Páginas vistas en total

viernes, 29 de abril de 2011

¿"¡Indignaos!"? No, gracias

      
    
    La Progresía está indignada. ¿Qué tendrá la Progresía? No se encuentra. No se halla. Se forran con el Capitalismo pero tienen mala conciencia. Viven como reyes –y hasta como reinonas-, mas anhelan ellos disfrazarse de hombres justos y humildes.  Nos dan órdenes ahora. ¡Indignaos! Tiran de imperativos militares. Nos lanzan a las hormiguitas a las barricadas mientras continúan ellos llevándoselo crudo. 
     Decía Kant en su imperativo categórico: obra de tal modo que la máxima de tu acción pueda servir de ley universal de comportamiento. Imperativos, los progres lo son un rato, que no dejan un instante ellos de decretarnos todo lo que por nuestro bien debemos hacer, ahora, en eso de acompañar a las palabras con los actos, hermano mío, eso ya es harina de otro costal menos categórico. ¿No posee acaso sus bienes, Almodóvar, un poco el Papa de todo ellos, bajo el cielo protector de una SICAV?
    
     Hacen circular los pósters, eso sí: al del Ché, al de Ho-Chi-Minh, al de Marx, al de Gadaffi, al del subcomandante Marcos, al del gran Saramago, añaden ahora uno nuevo para la cole: el de Stéphane Hessel. ¡Indignaos!, nos sermonea colérico ya desde la montaña del título el anciano –un saramago parisién, oh-la-lá- y nuevo gurú. Diríase que la izquierda prueba ahora con  su Jomeini particular. Le bastan a Hessel apenas treinta páginas de airadísimo “panfleto” –desvergonzadamente reivindicada con esa palabra su propaganda, alejada pues ya desde la misma entrada la compleja deliberación en pro de la directa agitación- para “arrasar”,  –así lo jalean las mismas editoriales que por todas partes lo mercadean- en el Top de los Best-Sellers: más de UN MILLÓN Y MEDIO de ejemplares vendidos en Francia en sólo tres meses, mundial y millonario lanzamiento de la “obra”, en fin, planetario acontecimiento que a unos cuantos hará de oro, claro. Arrasa, pues, Hessel, como un Ken Follet más, qué digo Follet, como si fuese él la Lady Gaga de la Izquierda gagá.
     ¡Hombre, para tratarse de un panfleto de severísima denuncia sobre cómo “ahora TODO está dominado por medios de comunicación que proponen a nuestra juventud el horizonte del CONSUMO MASIVO, el desprecio a los débiles y a la cultura, la amnesia generalizada y la competición a ultranza” no puede decirse que no esté bien explotada la sahumada promoción que de tanto gozo ha colmado los prístinos corazones de las más bellas almas del mundo, sedientas, claro, de justicia.
    
     Y sin embargo, algo chirría en el merchandaising del panfleto. Necesita con urgencia la imagen de Hessel de algún exótico aditamento para el póster, aunque sea el archisobado foulard de un parisino clochard al cuello. Las juventudes progres del mundo no van a lanzarse a las sublevación tras un señor que gasta tan impecable terno. Mejor encajaría en el póster principal su prologuista español, Jose Luis Sampedro, de más sugerentes aires “ayatólicos”. Dice Sampedro en “Público” (chiringuito, junto a la Sexta, propiedad de ese pobre de solemnidad trotskista llamado Roures) que el del PSOE zetapeico “es un gobierno capitalista, y que el PP se regodeará encima apretando los tornillos de la explotación”. Esa sádica presuposición en el competidor sí que es una “fatwa” jomeinista en toda regla, que por sí misma legitimaría la inmediata ilegalización del PP. Claro que, hablando de amnesia generalizada y de justa memoria histórica, mejor será no recordarle al mullah Sampedro ni la guerra civil (ojalá que no fuera algún amigo suyo de entonces el que diera matarile al abuelo de Zetapé) ni sus principales puestos durante el franquismo criminal.
     No hace tanto, por cierto, eran las señoronas franquistas las que bramaban todo el día “¡indignadas!” con el devenir desbocado que tomaban las cosas del mundo. Les gastaban muchas coñas a cuenta de esos arrechuchos apocalípticos los pequeños wyomings patrios, tan felices ellos con la Movida y con el País de la Alegría que iluminaría luego para su exlusivo boato Zetapé. Se ve que el rasgarse las vestiduras por barrios va, vista la inflamada cólera con que los santones progres nos exhortan ahora a la batalla.
    
     ¿Y cuál es para el exitoso panfletito de Hessel la más crucial de las batallas? “La dictadura de los mercados financieros que amenaza la paz y la democracia… Nunca el poder del dinero fue tan inmenso, tan insolente y tan egoísta”. Y aunque pueda uno estar en algún aspecto de acuerdo con los abusos de las grandes corporaciones y de la necesaria lucha ciudadana contra los mismos, y aunque conozca uno de sobra injusticias ante las que plantarse, no debe ese cebo hesseliano hacernos morder el anzuelo de lo que tras él nos quiere Hessel hacer tragar. La Culpa de lo que al mundo le pasa la tiene, para el Panfleto,… Bush, of course, y el Estado de Israel, por supuesto, es decir, acabáramos, el capitalismo criminal.
    
     Entendámonos: se deben criticar los errores y las carencias de las sociedades liberales, es decir, de las sociedades abiertas, las únicas que admiten en su seno la crítica y la reforma (incluso, como se ve, hasta el punto de hacer de oro a quienes aspiran a enterrarlas). Pero hacer residir en ellas, en las únicas que precisamente son democráticas, la principal amenaza a la Paz y a la Democracia mundiales, mientras se ignoran cómo las tiranías más abyectas, los fundamentalismos más fanáticos y el peculiar modelo cuasi-esclavista chino campan a sus anchas por la mayoría del Planeta, sólo puede ser la inconfesada expresión de la profunda aversión que en la sedicente progresía anida y siempre anidará hacia las propias sociedades occidentales y democráticas.
     El panfletito de Hessel rezuma ese secular aborrecimiento de la Progresía a las sociedades basadas en la iniciativa individual, gustosa encima de convertirse en banderín de enganche y boba compañera de viaje de las más implacables organizaciones de la extrema izquierda, como puede verse en los principales apoyos mediáticos que el libelo hasseliano ha encontrado. El propio Hessel aseguraba algo apesadumbrado en un Informe Semanal no muy lejano que “desde la caida del Muro de Berlín se descartó completamente un pensamiento social ambicioso como era el de los países del Este, pernicioso en muchos aspectos, pero ambicioso”. Y en ese último “pero”, que minimiza lo pernicioso para engradecer lo ambicioso (y no deja de resultar insólito que lo que más valore Hessel del pensamiento comunista sea precisamente la enorme medida de la AMBICIÓN que el mismo albergaba, qué poco kantiano de nuevo) no deja de traslucirse la impronunciable nostalgia que en él y en sus seguidores late por el Muro Comunista, hoy ya en el basurero de la Historia y necesitado por tanto de mutarse y de montarse sobre un nuevo soporte, sea el que sea, que haga posible destruir las sociedades que mayores cotas de prosperidad y de libertades de todas las conocidas históricamente han conseguido establecer.    
     La dictadura castrista (los Castrones), por sólo poner un ejemplo, lleva cincuenta y dos años aplastando bajo la miseria los derechos humanos más fundamentales, pero ni un miserable renglón merece a los indignados ojos hesselianos. Hasta tal punto se halla la Izquierda perdida y ayuna de un claro modelo alternativo, que tiene que utilizar todos y cada uno de los remiendos que al paso le van saliendo: ecologismos, animismos, femininismos, indigenismos, animalismos, pansexualismos… todo les vale para su convento anti-liberal. El propio Hessel apunta en unas muy elocuentes lineas de su panfleto este ciego leit-motiv: “Deseo que halléis un motivo de indignación (¡) Eso no tiene precio. Porque cuando algo nos indigna, nos convertimos en militantes, nos sentimos comprometidos y entonces nuestra fuerza es irresistible”.
     Y como en una burlona añagaza del destino resultó que tras el panfleto los finlandeses se indignaron y mira tú en las últimas elecciones lo que salió. Pero incluso esa indignación finlandesa a Hessel, creo yo, en el fondo no le disgusta del todo. A mí, que soy nada, sí.     

miércoles, 27 de abril de 2011

El que avisa NO es Troitiño

    
    
     Troitiño, Sagarduy, Gatza, De Juana Chaos, Txapote, Josu Ternera, Usabiaga, Otegui, tutti quanti, ya vemos lo derrotados y arrepentidos de lo suyo que se sienten. Almas en pena, arrasadas y contritas por la Kulpa, por tanta sangre por ellos derramada. No pueden sus conciencias soportar tanto crimen, están literalmente desechos. Se les hace insoportable la metralla que escupieron, el dolor que ejecutaron a menudo por la espalda contra simples ciudadanos indefensos. Homenajes públicos, colectivos cánticos, masivos brindis con cava, sonoros fiestorros, clamorosos vivas a Eta militar delante de la policía, Jo-ta-ké, duro hasta el final. ¿Y qué es lo suyo? La paz, el Proceso, los Hombres de Paz, ¿es que no lo véis? Claro, os mueve sólo el cálculo electoral y el resentimiento, por eso os negáis a verlo. Miradlos: un mundo nuevo y humano se anuncia al fondo del balcón, el que ellos alborearon con su lucha, tan limpia.
    
     Anda, Gatza, majete, sal al balcón, tira un jamón, mira que viene Txusito, oséase Eguiguren. Ahí les tenemos: un mismo gesto, el retador puño en alto, hilvana tres generaciones y dos sexos. Imprescindible que la pequeña asomárase también a este balcón histórico, que alzara ella también el puñito: indubitable demostración de que la semilla germinó, de la continuidad de la estirpe, de que la lucha continuará, eslabón vital y último de lo que vendrá… la Paz, por supuesto. ¿Eta? Eta está derrotada, ¿no lo véis?
    
     El puño en alto, voilá: la consuetudinaria ceremonia que atávicamente identifica a los más celosos partidarios del totalitarismo comunista. Saludo y amenaza al tiempo, que tal es la bifronte naturaleza de la mueca comunista. Salud, camaradas. Arriba los pobres del mundo, en pie que vamos a gritar. Agrupémonos todos en la lucha final. Es la Internacional, que va este año a arrasar en la indignada Eurovisión.
    
     Puede que Troitiño, tras su mutis por el foro, hállese por pagos de Belfast, con De Juana, con Usabiaga, y con Ternera, esos hombres. Puede que estén echándose un triste mus. “Órdago a la chica”. “Voy”. Puede también que anden entusiasmados leyéndose unos a otros el exitoso panfleto de la Indignación que mañana –o pasado a lo más- pienso aquí pormenorizadamente destripar, y del que haré tan lúcido análisis que se correrán las voces del mismo, cada seguidor mío encarecidamente lo recomendará a otro, y a otro más éste, y un similar éxito al del arrasador panfleto conocerá entre las gentes al fin mi persona, y pronto los periódicos principales solicitarán mis colaboraciones, las de un don nadie, que me harán entonces tanto caso a mí como ahora le hacen al célebre panfletista que con talmúdica dureza les incrimina, y tanto caso también como el “Pueblo” vasco y sus pacíficos medios afines le hacen a estos heroicos luchadores fugados. Ya te lo dejo pues dicho, lector mío, que el que avisa no es troitiño.   

domingo, 24 de abril de 2011

De cómo la Milá le toquetea los gabilondos a un paje

    
     Entregábanle a la gran Mujer del periodismo hispánico otro Premio. El Premio Limón, qué marrón, asignado a la Gran Hermana que, en inmejorable signo de los Tiempos de la Mugre, habíale tomado el relevo televisivo al mítico Gabilondo, dispuesto ahora él, tócanos Iñaki otra vez los gabilondos, nada menos que incluso a votar a Rajoy. Puede que Milá le palpe también en la próxima entrega de su grandioso programa a Rajoy los dídimos, que le escrute las bolas a don Mariano bajo los focos en prime time, tan metido que anda ahora el hombre entre interminables piernas rubias del Sálvame telecinquiano, que mucho deben turbar y dar votos, y hasta botes, cosas de ese jaez.
    
     Bueno, nos ha dejado Mercedes Milá, la Condesa obsesa, con su morbosa escenita del sobeteo testicular al reportero, una entrega más para la posteridad del coleccionable “El discreto encanto de la Progresía” que ya prologábamos aquí el otro día, y que habría que ir encriptando y poniéndolo a salvo –porque la Historia, que cofrades suyos la escriben y la escribirán, nunca lo recogerá- para enseñanza y deleite, no se sabe si más ético que estético, de las generaciones venideras. Para salvaguarda de la verdad, también. Hablo de hacer otro “Libro de los Exiemplos Progres”, de similar afán, salvadas todas las cualitativas distancias, al clásico del conde Lucanor: “Et entendiendo que estos exiemplos eran muy buenos, fízolos escribir en este libro, et fizo estos viesos en que se pone la sentencia de los exiemplos”.
      
     Vamos allá, hermano lector. Arrímase el gacetillero a la Condesa, ataviada para la ocasión con sencilla camiseta beige de virtuosa pionera del Oeste, collar de abalorios de madera que remite a la secular indumentaria progre y un par de aparatosos relojes blancos que remiten sólo a la tontería. Bueno, pronto se ve que, como mandan los más severos cánones clasistas, antes de nada la persona de rango superior pasa revista, inspecciona, fiscaliza de arriba abajo con la mirada al humillado don nadie que se le acerca: “… Pero eres mucho más guapo de lo que me habían dicho… a ver que te vea YO los dientes, la boca, la nariz, todo… date la vuelta… bien peinadito, bien cuidadito…”, le mueve, le pellizca varias veces la cabellera, como si un poco le despiojara, le da órdenes, claro, porque el Superior tiene siempre prerrogativa no escrita para, a pesar de ponerse en jarras a un palmo suyo y en bandeja exhibirle sus caedizas ubres siliconadas, sin poder por el gusano jamás ser ni siquiera rozado, mangonear ella sí a placer al pelanas que cabizbajo osa acercarse.
     El pelanas, claro, le lleva una ofrenda a la Condesa. Sobre un plato blanco brilla una fresa rojísima, la fruta de la pasión allí, en ese escenario que pareciera ahora el mismo Edén progre. Sí, porque, campechana Condesa donde la haya, porque da así más juego y más jugo la Cosa, allí mismo se la lleva ella a la entrada de la boca, y la mordisquea. “Está mu fría, ¿quiés un poco?, farfulla y mastica ella a la vez. Y allá que le da a probar de su mano la roja fruta a la boquita del doncel, como en la escena bíblica del pecado original. Sí, menuda Eva, menudo Adán, menudo Paraíso basuriento. “Tá buena”, musita el gañán. “Tú si que estás bueno”, no le deja ni acabar la mandamasa, acortándole los terrenos, encarándole con deseo. Se le ponen a ella los pezones en puntas. Sonríe ruborizado él, y baja más la cabeza. Ah, si tal le hiciera Alfonso Ussia a Patricia Conde.
     Empiezan a charlar luego entrambos de… ¡desvirgar! televisivos canales. “Sí, sí, yo soy agresiva, que quieres que te diga, no nos vamos a engañar…” (sincérase entonces la condesa Milá… ostras, ¿endilgará entonces ella también hostias a tutti-plén, como reconoció en célebre interviú fray Iñaki Gabilondo haber repartido en su infancia entre los suyos Enmanos?, que la infancia del ministro de Educación no ha de ser, a lo Machado, sino recuerdos de esas hostias ignacianas). Hállanse luego departiendo entrevistador y entrevistada sobre naranjitas y  limones cuando de repente… sucede.
    
     Al parecer ha rozado de forma inadvertida el pelanas con el brazo uno de los pechos de la Condesa. Sepárase entonces ella de él, espantada. Se toca la silicona profanada, le aparta con el brazo de su cercanía. Enarca ella las cejas. ¡Tabú! Claro, el patán ha infringido el tabú de ese tótem que es desde hace mil años en España la Milá. La ha rozado. Entonces ella, la Condesa obsesa, en clamorosa punición pública, extiende a distancia, para que bien se vea, la mano derecha ahuecada en forma de cuenco y así le palpa allí mismo sobre el pantalón al mozuelo todos los testículos. Detiénese con primor el cuenco de la mano milana en la bolsa escrotal del perillán, recreándose en la suerte, a medio camino su gesto entre el estruje y la caricia, como corresponde a toda una Condesa  de la Ceja.
     No hay duda, si se para la imagen –párala Pol, que gritaría Boris- claro se ve: nos hallamos ante mano sabia y diestra, exacta la extensión e inclinación, preciso el ajuste y la conexión, otra vez el yin y el yang, mano que acoge y mano que recoge, mano que sopesa y mano que apresa, mano diríase que doctorada en esos súbitos menesteres. Perito en lunas, decía de sí Miguel Hernández. Perita testicular, acaso debamos decirle nosotros a la Milá, a la vista de su maestría en el tocamiento del tema. Ah, si tal hubiese procedido el premier Iraní con Ana Pastor, la estupenda señora de los 59 segundos, lo que de él hubieran entonces publicado todas las feministas sin fronteras del maravilloso mundo zetapeico.
    
     Mas, con el obsceno manoseo público de la Milá al pelanas de la prensa, la escena alcanza ya el paroxismo de la humillación de status por parte de una Intocable  contra el mísero paria: la situación nos reenvía a pasados esclavistas y nos recuerda una de aquellas secuencias en las que aristócratas desalmadas comprobaban así, hurgándoles un poco el falo y las pelotas a los esclavos, la calidad del producto que a los negreros iban a comprar, para ser más tarde destinado a la plantación. Mi nombre es Kunta, Kunta Kinte, debiera haber proclamado ahí el ganapán, de haberse dado en él un mínimo reflejo de dignidad.  
    Y al cabo, la sentencia del exiemplo, como pedía el conde Lucanor, que la propia Señora bien clara deja. “Ya puedo decir que me he tocado con Mercedes Milá”, musita él, radiante. “Tú sin querer; yo queriendo”, le baja al punto los humos ella, apuntándole con el mentón, como corresponde al derecho de pernada de la altiva Señora con el paje. Le pide el pobre dos besos de despedida. “¡NO!”, se los niega ella destemplada, asqueada ahora de tanta familiaridad. “Me ha tocado el paquete y ahora no me quiere dar dos besos”, pregona entonces a punto de lloriquear pero lúcido el menda. Hay cortes en la escena. Ha debido comprender Ella que una Condesa progre no puede “acabar”  el acto de tan señorial manera. Quedaría Ella mal ante el Pueblo.
      “Sólo uno te voy a dar”. Y entonces, como dos perfectos tórtolos del mester que iguales en condición fueran, nos endiñan a nosotros su acostumbrado final estafador. Dánse el pico y se esfuman. Cada mochuelo a su olivo, claro: el perillán a currelar en la secta de la Sexta;  la Condesa,  a sus posesiones. Discúlpame, querido lector mío, pero ahora, visto ya el exiemplo entero, con ese final tan tramposo, soy yo el que acaba por tocarse los gabilondos. Bravo, Milá, con un par.

Para ver la tocata y fuga enterita de la Milá


    
    

jueves, 21 de abril de 2011

Iker besó a la Diosa (Poessía siete)



Como un ángel olímpicamente humano
Como un niño humilde con superpoderes
 y un par de guantes que le vienen algo grandes
Como un héroe del común ante el gran Napoleón
 Ante el mago Messi y sus diabluras inconcebibles.
 Nobilísima contienda de infantiles colosos
 Casi dos chavales frente a frente
 Durante el recreo montaraz del instituto
 Que boquiabiertos pasman a los mil y un Universos
 Que  ante ellos  detienen su estrépito
 Que los astros mismos se les reclinan en silencio.
 Como un resorte de felina inverosimilitud
 Como el gato cimarrón de un barrio en construcción
 Que le obligara siempre a andarse con cuidado
 Y a recortarse un poco las mangas
 Cerrándole así el paso al miedo.
 Cruzando a ras de hierba, un palmo por encima de ella
  Fundiendo en su estirarse el hierro mismo
  Y la severa gravedad… de la ley que lleva ese nombre
  Que nunca vióse levitación tan rauda
  Ni el vértigo fulminante de ese vuelo.
  Benéficos ciclones que tras sus espirales se levantan
  Dulces brisas que con su prisa él impulsa.
  Salvaguardando de norte a sur
  Los dominios de su arco inmaculado
  Las diagonales sagradas de su puerta
  Que Iker en su alarde ampara y pone brillo de dintel.
   No, no se estiran sólo unos dedos,
   Un trabajado muelle de articulaciones y tendones.
   Lo que se despliega, lo que vuela,
   Lo que porfía y lo que nos salva
   Es el prodigio inacabable de una ilusión,
   El raudal inagotable de un niño enfebrecido
   El corazón bárbaro de un niño valiente
   Que soñó un día detenerlo todo
   Que soñó un día besar a la Diosa
   Que por mucho que sea ella de piedra
    Divinamente humana  ahora
    Ante Iker también tiembla
    Y ya le ofrece al Arquero –míralo-
    Húmedos labios de gloria eterna .
  
     

miércoles, 20 de abril de 2011

El Barsa, el Real, Raúl Castro y nuestro excelso Ex-Canciller

    
     Fidel, a sus 84, el Tiranosaurus Rex, levanta cabizbajo el puño de su Gran Enmano, Raúl, Brontosaurus Prínceps, un pipiolo a sus 79, como al final de un combate de dragones y mazmorras, muchas mazmorras. Y es que Brontosaurus Prínceps, Raúl79, si se abriera también él un blog de poemas carcelarios, ha sido FORMALMENTE elegido primer secretario del Partido Comunista cubano, ese inmenso honor.
    
     Cuando España ganó el Mundial de fútbol supimos todos que nuestro inolvidable Canciller Moratinos, tan dado a las lacrimógenas emociones él, de entre todas las innúmeras flores del jardín había escogido a Raúl Castro como ideal partenaire junto al que vivir y un poco morir durante aquella inolvidable final.
    
     ¿Habrán quedado también hoy, día de la final de la Copa del Rey de España, por la que pelean los dos más renombrados equipos del mundo, ese par de exquisitos prendas? De momento, véase la foto, Raúl canta ya el primer gol. ¿De quieeeeén? De él mismo, que tiene ya algo que celebrar.

martes, 19 de abril de 2011

Zapatero en China, el yin y el yang

    
       Zetapé, algo perdido ya el hombre, un poco lost in traslation, sintió sobre sí de nuevo la llamada de la selva y pidióse pista en Pekín. Parará-papá, parará-pachín, redoblaron acongojados los timbales del Cirque du Soleil nasciente y nesciente a la vez. Como Mao, egregio poeta también, como el gran Timonel de este poderoso transtlántico que la Trujillo no supo entonces ver, declamó y derramó contra el Viento su estremecido canto:
     “Cuando un niño aprende a decir AMIGO o PAZ está empezando a brotar la semilla de nuestra lengua”.
    De la lengua de Rajoy también, que aquí sacaba yo, avieso de mí, el otro día  enfilando el final de las interminables piernas de la rubia del Sálvame. Lo mejor de la poesía, el secreto de que como música penetre ella en nuestros corazones, hállase, es bien sabido, en la intensa capacidad evocativa de la misma, que dispara como altruista bomba de racimo  una imparable cadena de significaciones asociadas que hace de las palabras más aroma profundo que simple vocablo. Al oírle hablar de niños, de amigos, de paz, de semilla, mi malvada y facciosa imaginación volaba en primera instancia a Shangay, con el Miguelín de la Expo. Imaginábame a Zetapé abrazadote a Miguelín, llorándole al oido la dimensión transatlántica de su infortunio desde entonces, agosto de 2010, cuando delante del bebote aseguró Zetapé, para el pasmo de todos, que el futuro de España era del tamaño mismo de Miguelín, que ya se ha visto luego como se la han jugado a la criatura los miguelones de su partido sólo por salvaguardar su personal futuro.
    
     Mas luego, “niños-amigos-paz”, como profundizando por la senda de esa malicia, me llevaba mi memoria hasta Washington y hasta Obama, recalaba en la famosa foto, aquel posado en negro… dejémoslo, ni el peor de los poetas merece escarnio… de no ser porque resulta ser él presidente del gobierno de una nación que un día le pareciera discutida y discutible, y que ahora, que sale a liquidarla en increíbles rebajas precisamente a los chinos, quiere a ellos vendérsela como poderoso transatlántico…en el mismo día del aniversario del hundimiento del Titanic, que tiene la cosa perfiles góticos. Como si los chinos en sus ratos libres no compraran también en Media Markt. “Estad tranquilos”, añadió además el Timonel de las cejas esdrújulas, como si estuviera a punto de caminar sobre las aguas. Es triste sufrir a un presidente español dando esos sonámbulos tumbos.
     Cuánto mejor el encadenado del niño-amigo-paz-semilla-lengua, pese a la dulzona cursilería del mismo, que el símil del poderoso transatlántico para la España zetapeica del hoy. Eso no es poesía: ha acuñado Zetapé para pintarnos un dudoso recurso de marketing para engañabobos. Ha ido justamente a elegir él, sacando pecho, encomiándola, de entre todas las imágenes posibles la favorita de los plutócratas, la favorita también de los progresistas del mundo a la hora de denigrar ellos el egoísmo desalmado de Occidente ante los pueblos del mundo. Cuántas lacrimógenas fábulas no nos habrán hecho tragar estos progres-protesta con la idea-fuerza ésta, que ahora su querido Presidente por el jeto les restriega, del capitalismo como un lujoso transatlántico blindado, ciego y sordo a los estertores de quienes se ahogan en las pateras tratando de alcanzarlo. Ahí tenemos a Zetapé, su genio, su figura, precisamente vendiéndonos a los chinos como poderoso transatlántico. Qué cosas nos hacen ver. 
    
       Por eso lo mejor que, creo yo, podría hacer Zetapé es ahorrarnos estas postrimerías tan calamitosas y marcharse al cuerno del limbo, y hacerlo, como de sí mismo dijo Felipe González con su alma de nardo machadiano, ligero de equipaje como los hijos del mar.
       Y entonces sí, libre ya de toda atadura… abrirse Zetapé un blog de pura poesía, uno más entre los nuestros, donde derramara ingrávido y radiante la esencia de su néctar, esa adánica música que en su alma delicada se agolpa,  donde diera rienda suelta a toda la vena que en él palpita y se agita, donde habita una belleza extremada que sólo Él con palabras sabe apresar, donde fuera al cabo mejor de lo que es, que aquí las anónimas hormiguitas blogueras sabríamos hacerle la ola y de verdad hacernos seguidores suyos en legión, antes que el ábrego Viento de la vida a todos nos arroje al más profundo mar del olvido.     
      

domingo, 17 de abril de 2011

Maria Antonia Trujillo, lady Macbeth de rompe y rasga


    
     Del Zen al Zas. Trujillo no sólo perdió los papeles; iracunda y descabalada los rompió además en vivo y en directo, como quien destroza el espejo que no le devuelve la beatífica imagen que ella espera. Recordaba un poco su aire en esa danza a Lady Macbeth, venga a lavarse las manos, venga a romper papeles, venga a tratar de acabar con las pruebas y con la culpa. Escribió así con su desabrido gesto Trujillo otro delicado apólogo izquierdista que acaso merezca ser contado a los niños, a esos infantes de los que fabla por el Lejano Oriente Zetapé in traslation. Acompáñame, lector mío, házme sentir tu mano junto a la mía, mientras también a mí mismo me lo cuento.
      En el principio fue el Zen. En el principio de la Era Zetapeica, quiero decir. El famoso “talante”, esa sonrisa algo mecánica con que arribó Bambi a la Presidencia, ese célebre buen rollito, venía a ser la peculiar deconstrucción que la Banda de los Cuatro de la Nueva Vía llevó a cabo de la milenaria sabiduría filosófica oriental, para derramarla luego sobre la inagotable reserva espiritual que continúa siendo esta vieja nación discutida y discutible. Y un poco de ese Zen es lo que le receta Lady Macbeth a su codicioso esposo para sobre sí acumular el Poder: “para engañar al mundo, toma del mundo la apariencia; pon una bienvenida en tu mirada, y en tus manos y lengua procúrate el inocente aspecto de la rosa, pero sé tú la víbora que ella oculta”. Oh, divino Shakespeare, cuánto los humanos a ti debemos.
         Hablábase así a todas horas del llamado socialismo zen, sin saber del todo entonces, entre tanta éterea bruma, a qué esencial sustancia nos estábamos refiriendo. Así es que para que fueran tomando cuerpo y realidad ese brumoso vacío, para sumarse también a la ola de la espiritualidad entonces triunfante, Maria Antonia Trujillo, a la sazón Ministra de la Vivienda, ordenó ampliar y redecorar su despacho bajo los cánones del minimalismo zen. Bah, total, qué eran 37 000 podridos euros del común si a cambio podría ya la ministra disponer de 77 clamorosos metros cuadrados de despacho rebosantes de espiritual armonía planetaria sobre los que poder elucubrar en paz. Y es que aborda sobre todo el Zen la conquista de la plena serenidad interior, el logro del precioso equilibrio íntimo, ése que nos evite ser marioneta al pairo de las vanas pasiones mundanas que tanto esclavizan a mujeres y a hombres en su diaria existencia.
      
      Más tarde, sumida ya de pleno en el nirvana de la vorágine minimalista, vivamente recomendó a la ciudadanía sus nunca bien ponderadas “soluciones habitacionales” de 27 metros cuadrados, para de una definitiva vez afrontar el engorroso problema de la vivienda. Añadiría luego al asunto la increíble y sobre todo simbólica dádiva de las míticas kelyfinder, para que a la manera de Kung Fú, pudieran con calma los jóvenes y jóvenas patearse los confines de su comarca hasta dar con la susodicha solución habitacional.
     Algo debieron conturbar a la Ministra las tímidas críticas -por causa sobre todo de ese inarmónico contraste entre los 77 para mí y los 27 para el resto- que  entonces entre los ciudadanos brotaron, en algo debió alterarse la supuesta autocontención de que el Zen hace gala, no sé, dejaría de hacer bien las hondas respiraciones,  el caso es que fue muy comentado  más tarde aquel verano en el que ordenó ella movilizar hasta  un helicóptero por causa de la picadura de una avispa refractaria al Zen sobre sus meditativas carnes ministeriales. Arcanos incomprensibles acaso para los legos en socialismo zen.
     Tuvo que ser la picadura de la avispa refractaria  sin duda la culpable decisiva de la notable pérdida de la dorada imperturbabilidad que el Zen persigue y que Trujillo a partir del prurito experimentó  sobre su persona, hasta un punto tal llegó su zozobra que el Sumo Zen, o sea, Zetapé, en la siguiente remodelación por la borda la arrojó del Poder, buscando con ello, es claro también, nada más que la verdadera sanación de la afectada. En vano, pues hémosla visto todos la otra noche en un debate televisivo descompuesta y atacadísima por muy traidores nervios, perdida en todo la compostura. Fue tormentoso el bravío episodio, y bien revelador de un en verdad extraño talante, que a los maestros del Zen, no a Shakespeare, hubiera puesto los cabellos como doradas escarpias.
    
     Puede que de nuevo actuaran los documentos del caso Iván Chaves a modo de avispa traicionera contra la impasibilidad de la ex-ministra Zen. El caso es que el periodista dijo: “Te voy a regalar el listado de las reuniones que tenía el señor Iván Chaves, más de veinte reuniones con la Junta de Andalucía, entre ellos con su PAPÁ, en tres meses, te voy a regalar... los contratos en que él firma como COMISIONISTA, te voy a regalar los contratos en los que se especifican claramente el contrato y la comisión por intermediar ante la Junta, te voy a regalar…”. ¿Qué hace Trujillo ante el envenenado presente? Turbarse. Dice ella: “… No sé qué has publicado porque no lo he leído…”. El periodista aprovéchase de la turbación: “… ¿y cómo hablas de algo que no has leído? Es increíble”. El  nuevo picotazo acrecienta, claro, la turbación de la lady. A Trujillo le va subiendo más y más la color al rostro, se le avinagra el gesto, comienza a aspear a gran velocidad con brazos y manos y hasta a removérsele hacia los lados los ojos, arroja sobre la mesa los papeles chavianos. “¿Tú has llevado esto a los tribunales? ¿has llevado esto a los tribunales? ¿esto está en los tribunales? Pues si no está en los tribunales, esto es esto…”, y precipítase ya sobre los papeles chavianos, zas, los rompe, una vez, otra, otra, empuja los trozos hasta el borde de la mesa, “cuando llegue a los tribunales, cuando llegue a los tribunales hablaremos…no, no, no”, y el cuello suyo es ya un amasijo de afluentes desbordados de ira, cabecea, duda entre reírse, colocarse el pelo, quizás mejor disolverse en el éter cósmico, y el Zen, dónde quedó el Zen, pues diríase que todo un ejambre de grillos le chirría desafinado por los ojos airados a Trujillo, uff, qué talante.
     Ahora que el Sumo Zen cuenta por el Lejano Oriente la fábula de España como un transatlántico que gracias a su talante muy poderoso se hizo, es preciso recordar, para cerrar, lector, el círculo de esta singladura minimalista desde el Zen hasta el Zas, la ambigua metáfora marinera que también  Trujillo aventó  al pairo de su despedida ministerial: “siempre recordaré aquel día de abril de 2004 cuando el presidente me dio una carta de navegación, pero ningún barco, ni siquiera astillero para construirlo”. Siempre recordaremos nosotros a Shakespeare y a su Macbeth, que aseguran que la vida es un cuento lleno de ruido y de furia narrado por un idiota que no significa nada.

(Video de la cosa en   http://youtu.be/TYzPR-gc_Ns    )

viernes, 15 de abril de 2011

¡Ay, Rajoy, ay-ay-ay Rajoy!


    
     Para mí que Rajoy tiene pelusa de Zarrías, y quiere apuntarse él también a la moda del costalazo. Cuánto mejor un patinazo físico que uno moral. Con el primero, se ríe un instante uno, es casi inevitable: pierde un fulano delante de nosotros la verticalidad, y sin querer, nos estalla la carcajada, luego nos arrepentimos por ser tan malvados y casi hasta nos apiadamos del infeliz. El patinazo moral siembra por contra en el espectador el recelo y el encono, este tío no es quien yo pensaba, se piensa éste que somos bobos, nos maliciamos. El mismo Rajoy despeñóse una vez contra el suelo desde las alturas de un helicóptero en vuelo, con helicóptero y todo. Por más que saliera del lance con lividez de fiambre y la mirada nublada –extraviadas en la despeñadura las gafotas-, por más que su descolorida faz emergiendo a gatas bajo las aspas resultara entonces un tanto cómica, no por ello dejaba de despertar cierta ternura el contraste entre ese corpachón y su desvalimiento extremo. Cuánto por eso mismo más antipático el patinazo de hogaño.
        Vaya semanita de pasión que lleva marcándose –y brindándonos a los más fanáticos de entre sus irreductibles followers, que sin él también somos nada- el llamado por los hados a coger las riendas de esta nación indiscutible, por mas que discutibles y hasta incomprensibles resulten los más principales de sus prohombres. Malo es para un político serio no abrir  la boca cuando sobre el país caen fukushimos chuzos de punta, pero no cerrarla y dejar que en ella las moscas más aciagas depositen una tras otra sus más penosas deyecciones, sin duda mucho peor resulta. Quien ahora no le entiende la letra, ni el estribillo siquiera, soy yo, Señor Registrador.
    
      Qué curioso resulta todo, ¿no? Ahora que el gran Iñaki Gabilondo –después de pasear el palmito de sus siete mudas sucias por El Mundo y ¡hasta por la Cope! y exhibir al vent la lujosa capa de su abyecta hipocresía, sólo por ver si algún millonario y fariseo enjuague desde esas alturas le caía- el mismo Gabilondo que tantísima crispación de motu propio al soñador Zetapé contra la Derechona aconsejaba, ese Gabilondo que tantas hostias maltratadoras reconoció de joven entre sus meninos hermanos haber repartido, ahora que tanto y tan alto elogia él a Rajoy, “ese hombre al que cualquiera hoy podría votar” ,nada menos que eso ha dicho de Rajoy él, -tócate lector, los gabilondos, o las gabilondas, lectora mía, si te piacce-  es justo ahora cuando más Rajoy nos decepciona a quienes, con él o sin él, nada somos ni, me temo, nada nunca seremos.
     Primero fue su alucinógena respuesta a los periodistas, cuando sobre su asistencia a la manifestación de las víctimas le interrogaron: “No lo sé… soy un mandao, hago lo que me dicen”. Encogió después los hombros, sonrióse de lado y fuése, dejando a  los presentes transidos de muy pernicioso asombro. Sobrevino luego la aprobación de las listas valencianas, con los imputados gurtélidos empotrados en las mismas. ¿No es capaz Rajoy de romper con Camps? ¿Cuál es la consistente explicación oficial del PP a los tejemanejes de la Gurtel? Puede que mantenga así a corto plazo Rajoy algunos escaños en la zona. No sé si sabe en cambio el daño que con su estatuaria pose a la imagen limpia de la alternancia y de las ideas  en que millones de don nadies creemos asesta, la coartada perfecta que así les regala a los progres diletantes, esas bellas almas blancas que por nada del mundo ensuciarían jamás sus manos cogiendo una papeleta de la Derecha, por suicida que incluso a su propio momio le resulte el izquierdismo nauseabundo en el poder. Tales para cuales, lo véis, nos aseguran ya estos progres bon-vivants, encantadísimos de sí mismos y de la existencia de los gurtélidos, que  de lujo le vienen a su propio lujo.
     Ni por asomo sostengo yo –que soy el que en esta covacha desbarra- que sean comparables las corruptelas populares a las socialistas: me parece eso igual que comparar  un guisante estropeado con una calabazota podrida hasta la semilla. Ni tampoco la gestión de unos y de otros, ahí están los tercos hechos de paro y ruina de un lado versus empleo y prosperidad del otro, ahí está la confiscación fullera del Poder por unos contra el acomplejado sobrevuelo de los otros.  No por ello es para mí  disculpable la registrada complacencia con la corrupción.
     Ahora que, preguntado por el caso, el lider de la oposición le vacile encima con toda su barbada cara de póker a la concurrencia de los periodistas con su vergonzoso “Costa, ¿quién es Ricardo Costa?”, adornándose además de graciosote en el penoso episodio, a muchos de sus áulicos asesores les parecerá desde luego sagaz maquiavelismo, pero a uno, que  simple hormiguita bloguera es, le resulta sobre todo intolerable desprecio y penosa rechifla a un sistema de gobierno basado en un régimen de  opinión pública. Qué ocasión para al menos haberse sumergido en el habitual laconismo que le adorna, señor Rajoy. ¿O no?
    
     Y la dolorosa guinda al pastel que esta semana nos horneó Rajoy vino de la mano de la incalificable regalía que precisamente tuvo a bien el Señor Registrador ofrendarle a los finísimos humanistas del Sálvame telecinquianos. Presentábase un libro sobre Rajoy, bajo el título de, vaya por Dios, El hombre impasible, rótulo que acaso queriendo ser laudatorio, no sé si no esconderá además algo de sorna añadida al mismo. Asistía Rajoy, claro, y a la salida del evento, su séquito se empeñó en la habitual tarea de apartar a la prensa. No habrá declaraciones. ¿No las habrá? Húbolas y en primicia… para una dudosa rubia que ejerce de reportera del Sálvame. Con ella y a solas se paró nuestro Registrador, sin duda asesorado por algún perito en estúpidas mercadotecnias. Creen así arañar unos votos en territorio comanche, sin reparar en lo insoportable que a muchos de sus más fieros incondicionales se nos hace la vomitiva estampita. Pocos engendros televisivos generan tanta bazofia para la sociedad como el Sálvame, que tizna de Mugre a quien a él se asoma. Si dijéramos además que es que el barbado Señor Registrador se “come” a la sexy rubia con la arrolladora gracia y la natural seducción que Natura le ha prestado, y por reflejo camélase así de paso a esa audiencia, tendría al menos la parida un pase. Mas ocurre justamente al revés: es la rubia la que allí mismo se “ventila” al Señor Registrador, recochineándose encima en sus mismas barbas, que apenas balbucean sus célebres ¿eehhhh?  
    Qué estomagante bochorno el contemplar al Señor líder de la oposición garabateándole complacido la más insulsa de las dedicatorias: “A mi amiga Adriana, con todo mi cariño, Mariano Rajoy”. Como lo lees. Tócate los gabilondos again, caro lector mío. “Que no me extraña que no entienda su letra” pitorrea entre risas además la blonda reportera, mentándole la bicha de su sideral despiste. Tiempo le faltó luego a la amiga Adriana para subirse una foto al Twitter de la Verdad con el ejemplar del impasible Rajoy entre las piernas, lo que sin duda honda pátina de consideración y estima entre la ciudadanía ha de reportarle al señor Registrador. ¡Si al menos hubiera metido de verdad su espesa lenguota entre esas patorras!  Si total,  como con lucidez sanchopancesca reparaba Zarrías tras su Talegazo, “vamos todos a acabar en el suelo”, y puestos al caso hubiera al menos Rajoy paladeado con su lenguaza las rubias mieles adrianeras, le habríamos en algo comprendido.    
     
     ¿Sabe, sr Rajoy?, me ha dado usted, con su salvífico proceder, -no hay mal que por bien no venga, que dijo el Otro- una maquiavélica idea: voy yo a escribirle a su amiga Adriana, le diré que soy fachoso yo también, que compartimos por tanto los tres muy similares principios, y que fui compi en la Facul de Lydia Lozano y tal, y que tengo escrito yo un tomo de muy románticos relatos que ni por Blas encuentra editor, y que si pudiera ella, tan guapísima, echarle una mano al mismo, salvarme a mí un poco del mar de los fracasos en que me ahogo, aunque hubiera mi libro para ello también de alojarse entre sus piernas, lo que hiciera falta, que cuando le posee a uno una pasión, ahora bien lo comprendo, el fin justifica todos los medios, y que siendo así, ahora que lo pienso, nada me agradaría más en esta vida que ver mi libro de relatos publicado y, con mi impasible efigie en el mismo reproducida, entre las interminables piernas de la amiga Adriana acabar aposentado. Cómo lo ve usted, don Mariano, porfa, dígame también a mí algo, ande, que los amigos de los amigos resultan todos amigos, sean éstos la Nada, el Todo y hasta el fandango de la Bernarda… Alba, of course.


         
      

martes, 12 de abril de 2011

Auge y Caída de Gaspar Zarrías

      

      
     En plena inauguración arreóse Don Zarrías un morrazo, vale. Eso le pasa a cualquiera. Justicia poética, dirá quizás algún fachoso mal pensado. Zarrías, eterno factótum del socialismo andalusí “corruto” (mejor así, ¿no, sr Blanco?, además, es éste vocablo más adecuado a la naturaleza grotesca y cagarrutesca de la cosa) es ahora secretario de Estado y ha sido siempre secretario de Chaves, que acaso sea en sí otro Estado dentro del Estado, vista la Familiaridad con que lleva cocinándose el Señorito sus podridas tortillas del Gran Poder desde los más inmemoriales tiempos. Cautivaron en su día al soñador Zetapé las resplandecientes trayectorias de ambos, y como a nuevos y bien cebados Rinconete y Cortadillo, -y qué grandísimas testas ambas- hasta la capital misma de la nación discutida y discutible se los trajo, promocionando de esta manera y en grado sumo tantas acrisoladas virtudes. El idealismo zetapeico, claro, que diría Millás, que  de morros, cual machadiana pompa de jabón cantada por Serrat con la ceja puesta, contra la Botiniana realidad se ha quebrado. ¿Quién, quién me presta una escalera para sacar a Zarrías de la hondonada en que cayó?
       Zarrías alcanzó el cénit de la plena celebrity con aquella inolvidable instantánea que nos le inmortalizó en el escaño, pulsando con manos y pies a la vez su voto y el de los de al lado. Se ve que la querencia cuadrumana habitó desde entonces en él y ahora, urgido por las prisas del estreno, lastimado también en su íntimo fuero por tanta traición griñana, doblegarónsele ya los remos ante el cráter pancorruto que por toda la Alta –y aun por la Baja- Andalucía de par en par a sus pies se le abre. Menos mal que pronto del traspié vínose arriba Don Zarrías, pues de durar algo más la morrada, es seguro que al punto en su ayuda hubiera comparecido Garzón, ese íntegrísimo Superjuez, aunque sólo fuera por contraprestarle la ayuda que aquél, con ocasión de uno de sus deslices, también Botiniano, le procuró dejándose caer gubernativamente en la movida progre de la Complutense contra los torturadores del Supremo. Gaspar y Baltasar en mágica joint-venture, pues, y qué venture, tú.  
     
     Parecen las imágenes, la  insólita aceleración de las mismas, esa velocidad endiablada que, dejando atrás a la comitiva entera, como si de un caudillito raudo y voluntarioso se tratase, le imprime don Zarrías a sus pasos, estampa propia del mítico cine en blanco y negro. No deja al cabo el pobre Zarrías de portar consigo en su penosa lámina apagadas reminiscencias del inolvidable Oliver Hardy, aquel que junto a Stan Laurel tanto nos hizo alguna vez reír.
     Veamos: con el transbordador ya dispuesto, para sorpresa de los propios que en el trance le acompañan, destácase de todos en solitario Zarrías, como al súbito oído de una voz que sólo a él hablara, mondo y orondo Moisés del peñasco ya, y que emprende  veloz y  decidido paso de descenso a través de la plataforma de desembarque, con los mismos aires sobre sí que los de ese torero que ante el miura alardea delante de la cuadrilla, y por mejor ganarse al respetable, con el inveterado “dejarme solo”, por más que los trastabilleos iniciales en la misma rampa hagan ya a todos temer lo peor, aunque, claro, a ver quién es el guapo que levanta la muy ante su cabezona Excelencia. ¡Dios mío!, pareciera, tal es el brío del bizarro Zarrías, que desembarcara en Lepanto el mismo don Juan de Austria, bueno, seamos justos, sólo un adelantado chusquero de las mismas tropas corrutas, presto a clavar allí mismo el Perejil de su bandera indiscutible.
      Al poner pie en tierra el héroe dudoso, los vislumbres de la Tragedia que acecha más y más se acrecientan, pues Don Zarrías, lejos de toda prudencia, empieza a malcaminar a zancos sobre gruesas e irregulares piedras, como si ya, más que ante un Julio César cruzando el Rubicón,  ante un excursionista dominguero que es que se la va a pegar atravesando el riachuelo estuviéramos, sin por ello en lo más mínimo reducir esa velocidad de crucero que consigo lleva, que menudo es el Señor, que menuda es la chola que el colega se gasta. Los trancos de pingüino torpón tropiezan entonces una primera vez ante la vertical de una roca más gorda.
     “Cuidaaaoo”, óyese entonces desde atrás, con lorquiano acento premonitorio de lo peor, lo mismo que le diría desde el burladero uno de los subalternos más sabios al diestro figurín que se arrima demasiado, aun a sabiendas de que es ya todo inútil, pues el Artista, encelado con el brillo de la inauguración y de las cámaras, es que ya no hay quien le pare, tan grande es el clamor que le retumba por entre los aladares.  
    
     Y entonces, al tratar de sortear la Piedra definitiva, la que como al Rey León al fin le encarame al Trono de la Victoria, desde el que acaso contemplar la extensión toda de sus corrutas posesiones, ante el ánimo lívido y suspenso de la cuadrilla, sobreviene el Talegazo: héteme aquí que Don Zarrías besa de bruces el suelo lunar de ese cráter. No, no es que hinque la rodilla, se incline más tarde y al fin caiga, no, es que pierde la vertical y gana la horizontal al instante delante nuestra. Ahora sí que se multiplican, inútiles ya totalmente, los cuidaaaoos anteriores, pues el daño está ya hecho. A ver a qué valiente de los allí presentes se le escapa una natural risita. Es sólo un instante, pero se hace el mismo eterno: ese cuerpo gentil, en todo su gallardo porte extendido en decúbito prono, con las piernas y las abaciales manitas abiertas y en total postración yace al fondo del secarral. Podría pensarse también que hállase don Zarrías cara a la Meca orando, así de expuesta se contempla la postura del secretario del Estado zetapeico. Salam malecon por la Alianza de las Civilizaciones gadaffianas, qui será, será.
     El ordenata me detiene sin querer un instante el video y me muestra entonces una congelada imagen de una belleza violenta y sobrecogedora: allí el azul corinto del mar eterno, el dorado sol de costado, el siena de la tierra inhóspita, el negro de los ternos casi fúnebres de los acompañantes, el fondo claro del barranco, ah, el rojo vivo de esa cazadora en uno de ellos, como en la película de Spielberg la rebeca de la niña, la metonimia de la pasión y de la sangre que los hombres en mil inútiles batallas derramamos, el cuerpo exánime de don Zarrías allá al fondo, oh, al fin, cuánta alegría nos embarga al verlo levantarse sano y salvo, nada grave pasó, sólo fue un mal paso, ya la Muerte se ocupará en su momento de cada uno de nosotros, el mismo don Zarrías,  ya recompuesto así lo avizora (puede oírse en el video chiclanero), “no, si terminamos todos en el suelo, ya verás”, vivamos entonces en lo que podamos con júbilo, vivir es ya sólo en sí un auge, fue sólo un instante, una parábola tal vez del Ascenso y Ocaso de Gaspar Zarrías, cénit  y caídas que, salvadas las distancias corrutas de tiempo y espacio, a los Chaves también, a todos nosotros también, un día nos esperan.  
    
    
 

domingo, 10 de abril de 2011

El discreto encanto de la Progresía

    

     ¿Por qué a pesar de todos los pesares que suponen unas monstruosas cifras de desempleo e inflación y unas prácticas de gobierno no se sabe si más clamorosamente nefastas que corruptas cuenta siempre y en todo caso el Mester de Progresía hispano con un muy considerable y bien seguro suelo electoral que nunca, hagan los desmanes que hagan, les abandonará? Por muchas cosas, desde luego, pero una de ellas podría denominarse, a lo Popper, el atractivo emocional que por sí mismo despierta el “progresismo”.
     Se entiende de sobra que los individuos nacidos en situaciones de penosa desventaja material, en el contexto de las sociedades libres, que no “adoctrinan” a sus miembros, naturalmente aborrezcan el “sistema”. Es lógico que así sea. Lo que es ya más sorprendente es que una muy amplia capa de individuos objetivamente favorecidos por ese sistema despotriquen airados del mismo y conspiren para enterrarlo. En parte es porque desconocen –o fingen hacerlo- las virtualidades y el ensanchamiento de las oportunidades vitales que los sistemas de economía libre a medio plazo siempre propician, y en parte también porque esta “nueva clase”, usualmente ocupada en labores de burocracia o dependiente de las concesiones administrativas de la misma, hace precisamente de la gestión discursiva del difuso anticapitalismo que el mismo sistema produce –basado en su mayoría en empresarios, de un lado, y trabajadores por cuenta ajena, de otra-, la base última del mantenimiento de su pingüe situación. Entendámonos: el héroe de nuestro tiempo es un forrado de izquierdas; la Ceja, aquí, y los grandes actores yanquis en Hollywood, con nuestros entrañables Bardem y Pé de pontífices pacá-y-payá entrambos dorados mundos.
    
      De esta forma. si reflejó Buñuel en su célebre y a ratos latosa película de 1972, la repulsión/atracción que le merecía la hipócrita clase burguesa, en medio de aquella absurda cena que nunca llegaba a celebrarse, qué punta corrosiva no sacaría su genio  hoy a la famosa y real (y también Real) cena que, como en farsa que la propia Historia le hiciera ahora al Arte, en su noche reunió en Palacio al gran Joaquín Sabina con sus Altezas Reales Borbónicas, y que continuaría días después con un nuevo cenorrio  en casa del no menos grande Víctor Manuel  -triunfantes epítomes ambos cantautores protesta, como la misma Leticia Ortiz, de esa “nueva clase”-, evento y tenida que debieron resultar ambos no poco memorables y aun cuajados de artísticas posibilidades y hasta de peripecias estupefacientes y rijosas, realistas, surrealistas y de las otras.
    
      Pero también entre la amplísima banda de las clases medias –histórica creación y conquista de las economías basadas en la iniciativa individual- domina este difuso anticapitalismo en virtud del que, por mucho que gocen sus miembros de estándares de vida muelles y aun a veces opíparos, desgañitan los cielos con su sedicente izquierdismo. Se quedaba de joven uno literalmente de piedra muchas veces al conocer de cerca las posesiones de los progenitores de estos airados anticapitalistas: un día, siguiéndole embobado la estela a una de estas chicas furiosamente antisistema, descubrí que en casa de sus papis, en la que ella vivía, llamaban con una campanilla a la mujer que, como a San Carlos Marx, desempeñábales las tareas domésticas. Como quiera que estaba yo delante ese día, ¡sí que entonces púsose “roja” ella de veras!
     Y es en parte porque el discurso izquierdista está atiborrado de un conjunto de logomaquias (de truquitos fabricados con las palabras más bonitas) que, sin atender a la realidad de los hechos y al resultado concreto de la acción de gobierno que consiguen esas ideas, en apariencia superaltruistas, procuran siempre a quien las porta una maravillosa autodefinición. Ser socialista decía la otra tarde por la radio un centenario militante es… ponerse al servicio de la Humanidad. Acabáramos, que dan ganas casi ya mismo de salir corriendo y pedirle el carnet a Pedro Almodóvar.
    
     Es decir, declararse progresista regala buena conciencia. Estoy con los buenos, con la buena gente, con el Pueblo, qué carajo, con todos los Pueblos del mundo, con los humildes, con los humillados, con los ofendidos, con los puteados de la Vida, con los sin voz, con los de abajo. Soy ya uno de ellos: no importan ni mis actos ni mis poderes. Uno se dice de izquierdas, joder, y respira complacido. El titulito enmascara la realidad, disfraza el propio privilegio, otorga indulgencia. Absuelve. Uff, soy bueno. Buen rollito, un tío enrollao.
     “Y eso que yo soy un privilegiado, lo reconozco”, golpéanse así estos que  digo como principales fariseos el pecho. Y en esa prestidigitación de su miseria moral, en esa magia nominal, reside la clave toda de su eficacia fullera. Porque entonces ya no designan los privilegios las odiosas e injustas manifestaciones de la desigualdad social que es preciso arrancar por la fuerza. Al contrario, juegan ahora esas prebendas como llave mágica que sirve precisamente para al nombrarlos minimizarlos, para que ese elitismo cuele, para que desaparezca, para que su simple eco le transforme a uno en paria, en pobre, en explotado, para que oculte en definitiva su real condición de beneficiado de un sistema al que se dice odiar. Y  no sólo es fetiche que sirva para la buena Fama del presente, sino que,  como en las religiones salvíficas que tanto dicen ellos abominar, alcanza su maná hasta la Posteridad: siempre posando ellos de perennes rebeldes para la Historia (cuyos descendientes de clase, en lo que a su escritura se refiere, suelen administrar) en el campo indudable de los generosos, de los solidarios, de los grandes de corazón. Las conciencias más libres y justas y limpias de la época, le voilá.
    
     Dígase entonces usted de derechas, o de ideas liberales, y veráse ya mismo convertido a ojos de la mayoría en monstruo racista, clasista, egoísta, y la habitual lista de istas que el guión exige: instrumento de la Inhumanidad, vamos. La hegemonía en la expedición y el cultivo ideológicos de esas ideas-fuerza, que hacen omisión de la concreta verdad que hay detrás de los actos cada persona, no de la leyenda que a cada uno le precede, es la principal palanca que explica, creo, el seguro suelo electoral del que –si hasta aquí me has soportado, caro lector- al principio hablábamos y con el que la Izquierda siempre cuenta. 

        

sábado, 9 de abril de 2011

Con ellos, con Ella


     Siempre con las víctimas, con su dignidad suprema. Siempre con Irene, con sus ojos tan vivos, con su sonrisa tan dulce, con su ejemplo. Guapa.

jueves, 7 de abril de 2011

Zapatero, Iván Sanshin, esa Pasión bifronte

    

     Zetapé es Iván Sanshin. O casi, porque, mientras Iván, como uno mismo, era en la realidad Nada, Zetapé, cuando disertó para EL PAÍS y para Millás sobre el Amor, ya lo era Todo. Existe en la irregular película que Konchalovsky consagró al monstruoso sistema criminal del estalinismo, “El círculo del Poder” (1991), una secuencia preciosa, bien ilustrativa también de los extremos aberrantes y antinaturales a que puede llevar el fanatismo político. El protagonista, Iván Sanshin, un ingenuo supercrédulo de la omnipresente propaganda oficial comunista, es un candoroso y humilde servidor del “amo” Stalin, a quien adora sin humana medida y cuyas consignas repite con entusiasta y adorable entrega. Su mujer, Anastasia, más en la realidad de las cosas, es más escéptica y contestataria. Se va abriendo, claro, a pesar del amor que sin duda se profesan, una distancia irreparable entre los dos. En el clímax de una discusión, Anastasia interroga a Iván:
     -Iván… necesito saberlo, ¿a quién quieres más? ¿a Stalin o a mí?
     Emite entonces Iván una sonrisa desarmante por lo abierta y tierna. Le contesta con la misma en la flor los labios.
     -Cariño… qué cosas tienes… le busca ya los ojos, la encima para abrazarla, concluye al cabo la respuesta… ¡a Stalin, naturalmente! 
     Quien naturalmente queda conmocionado, acongojado, petrificado es, junto a Anastasia, el espectador, partícipe ahora de la terrible capacidad que tiene la ideología para penetrar y trastocar, y hasta subvertir, los lazos más primarios y los sentimientos más cercanos e íntimos, incluso en un ser tan angelical como el Iván éste. Ni por asomo sugiere uno que sea Zetapé estalinista. Para esas exageraciones demagógicas se basta el Cardenal Faisán con sus tertulias favoritas de la extrema derecha. Lo que defiendo, a la luz de las propias palabras presidenciales, es un carácter sumamente chocante.  
    
     No sé tú, lector, pero cuando ayer, para tratar de explicarme la alusión de Zapatero a la familia, como una de las claves por él alegadas en el trasfondo del anuncio de su me-voy-pero-no-me-voy, repasé la entrevista en EL PAIS con Millás y me dí de bruces con las, para mí, capitales  frases suyas ya reseñadas,
     “Yo sentía tanta pasión por la política como por mi mujer. Creía tanto en ella como en mi mujer”,
     el efecto tremendo de las mismas no se me disolvía en las entendederas así como así. Se pregunta entonces uno lo obvio: de qué pasta están hechos los políticos. Hombre, si al menos hubiera dicho él experimentar semejante enajenación del afecto y de la voluntad, qué se yo,  por los desheredados de la Tierra, o por ponerse al servicio de la Humanidad, que decía el catecismo del centenario socialista que el otro día te conté, o desde otro ángulo, por la honda reflexión en torno a las más intrincadas querellas del pensamiento político, no sé, me hubiera sonado distinto, pero enarbolar la política así, a secas, sabiendo que del libro máximo de Aristóteles ni de lejos estamos hablando, parecióme obsesiva fijación por el mero adiestrarse en el necesario oficio marrullero de conseguir y conservar el Poder.
     Las propias ventoleras en las lineas de acción gubernamentales por él promovidas para auparse y mantenerse en el mismo –de una oposición moderada a otra radical, de un iluminismo arcangélico y extremista a la vez en el prime time a los más severos recortes neocon pro Botín y cía de sus postrimerías- así creo yo lo prueban. También el haber permanecido años y años en el escaño sin en nada distinguirse, salvo en  hacer voluntaria nescencia de cuanta doctrina económica por fuerza soplábale a todas horas los oídos, que tiene también esto su mérito indudable, claro es.
    
     Y, claro, poner esa misma razón práctica en pie de igualdad, en cuanto a PASIÓN Y CREENCIA, es decir a sentimiento y fé –no caben cualidades mayores- volcadas en esa cosa, junto a la que en uno despertó la Mujer que entre todas ha elegido para desposar, no sé si no dice mucho y bueno de quien equidistancia de esa expresa manera tan distintos ámbitos. Hombre, hace Zapatero ese balance a la altura de las sesenta castañas y uno lo entiende, que sabemos todos lo que la costumbre amaina la omnívora pasión juvenil, incluso entre los más enardecidos enamorados. Pero es que encima hablaba Zapatero de su pasado juvenil, es decir, de el preciso momento en el que, por fuerza natural de las cosas, mayores y más dulces habrían de ser las mieles que entre su mujer y él  mutuamente se obsequiasen. No cabe, pues, siquiera hablar aquí de la archisobada erótica del Poder, por cuanto era Zapatero entonces un neófito virgen en el mismo, mientras que muy reales y vivas debían ser las hogueras que el cuerpo y la inteligencia suyas entremezclados con los de su querida mujer podían entrambos alimentar, para ni remotamente resistir la comparación con la abstracta pulsión de poder que representa “la política”, como el célebre Golum y su anillo-tesoooro a la perfección ilustran.
     Por eso acaso sea mejor, con todos los respetos, que no le ponga Sonsoles a Zapatero en la drástica tesitura interrogativa que le pone Anastasia a Iván Sanshin. Es ahora que anuncia, obligado por sus conmilitones, su retirada e insiste él en apurar enterito el cáliz, por amargo que éste sea.