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lunes, 31 de diciembre de 2012

Ajuste de carta


      

                      FELIZ AÑO NUEVO, AMIGOS
   

   Me preguntaban ayer, “bueno, vale, ¿pero tu libro de qué va?”. Me hubiera gustado contestar lo de Woody Allen a propósito de “Guerra y Paz”: “Va de Rusia”. Decirle yo: “Va de las ilusiones”. Pero esos lujos le están vedados al bloguero anónimo que va por los ríos desbordados del Twitter mendigando aquí y allá su desconocida mercancía.
      Tuve entonces que pensarlo. Mi libro cuenta la historia de un cuarentón al que su mujer le señala la puerta de salida de la casa. Descubre entonces su minusvalía emocional. De cuanto le ocurre después, cuando ha de salir al mundo, ajeno y anchísimo, para superar su zozobra, para engañar a su desconcierto. De lo duro que se le hace ese aprendizaje elemental de la supervivencia afectiva. De cómo hallará en la propia escritura, a trancas y barrancas, la brújula que le permita hallar al cabo una imagen aceptable de sí mismo, y levantar así el muro de la obturación interna que le impide ver la belleza y el propio absurdo del mundo y de la vida, que es lo único que tenemos. De eso, de esas ínfulas.
  
      Encontrarás en mi libro, lector, humor y amor, alegrías y tristezas, encuentros y desencuentros, presente y pasado, trozos de vida al acecho, un cuarentón abandonado, discotecas dudosas, fatales mujeres, rollizas peluqueras, un sofá misterioso y abrazador, un cartel de Comisiones, un buzón en el que ya no figura tu nombre, la dentadura perfecta de Burt Lancaster, el fiasco de una noche de verano, una chinita que hace como que toca el violonchelo en el metro, una niña que juega en el patio a la rayuela mientras otro niño la observa tras las cortinas y un tercero  enchufa triples como un descosido, lo que entre ellos tres sucede, una tía y su sobrino en la sagrada edad de la iniciación erótica de éste, Nocheviejas agridulces, risas y humo, ginebra y música, un amigo fiel, una mujer solitaria, otra mujer bella y propagandista, los malentendidos en que consiste a veces la existencia, alguien del pasado que reaparece para bien y para mal, un héroe local, el lío de un sms enviado por error, unas navidades tristes, una Venecia imaginaria, un vikingo fenomenal, la fuerza del sol, la memoria de la emigración, un juego de dardos al límite, un padre y un hijo paseantes y ofuscados, un ascensor y una comunidad de vecinos estrafalarios, una patata frita elevada hacia el Cielo como una hostia, un cumpleaños insólito cantando a lo Sabina entre polacos, todo eso, como un baúl de la Piquer muy revuelto, como un arca de Noé para  el diluvio sentimental del protagonista, de este Armando que  está, en efecto desármandose y rearmándose al paso duro de los días, tras la estela todo de su particular sensibilidad… todo eso y más, lector, y cuantas cosas compartiremos como un secreto, entregándonos a través del libro lo que tenemos, tanto amor y desamor que tenía yo guardado para ti; todo eso en mi libro hallarás, lector. 
       
    Porque a mí parecer un libro íntimo, no tanto porque nos revele interioridades escabrosas, sino porque sobre todo consiga con desnudez hablarnos como al oído de los paisajes esenciales del alma de quien lo escribió, es también uno de los más acabados símbolos por los que alguien ofrece al Otro –a quien físicamente no tiene delante, al que de otra forma difícilmente podría hacerlo- la propia mano. Esto soy. En estas historias –no en forma de un discurso, sino con destreza encarnadas en personajes vivos a los que les ocurren cosas, a quienes sorprenden los avatares amargos o alegres de la vida- late la urdimbre sentimental que hasta aquí me trajo.  Quiero ponerlas en común contigo. Quiero revivirlas a tu lado. Puede que te reconozcas también en ellas. Aquí tienes mi mano, tómala. Estréchala. Entrelaza la tuya con la mía.   


LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

domingo, 30 de diciembre de 2012

Hamlets de suburbio pala en mano


   
      Debía faltar poco para las doce de la noche, si es que no lo eran ya. Llevábamos desde las diez dándole al tema. Tenía que hacer frío, en medio del desierto club poligonero, aunque en absoluto lo sentíamos. Bien al contrario, el calor que desprendían mis carrillos empañaba los cristales de mis gafotas de manera para mí vergonzante. Los limpiaba con blancos papelillos sobrearrugados, y a los veinte segundos otra vez se volvían a llenar de vaho. Debía parecer yo un camión achacoso en medio de la niebla.
      El caso es que habíamos ganado un peleadísimo set cada pareja y teníamos Javier y yo bola para ponernos 5 a 2 en el definitivo.  Si ganábamos el partido subíamos de grupo y alcanzábamos el brutal –pour muá- puesto 100 en nuestro suburbial ránking padelero (el 100 de entre una lista de 240 parejas de tíos, pues empezamos, tres años ha, desde abajo del todo, desde ese infierno). En ráfaga pensé entonces, joder, ojalá ganemos, qué momento para, en loor de triunfo, como los matadores diestros, cortarme la simbólica coleta del jodido pádel y jugar luego sólo ya festivas pachangas. Sí, le daría un abrazo de maestro torero a Javier y le invitaría a, con tiempo, irse buscando otro compi de fatigas padeleras. Me liberaría de esa agridulce angustia de la idiota competición.
    Teníamos enfrente a los Kirpatrick, padre e hijo, que no sé aún por qué les llaman así, siendo ambos dos de Toledo muy naturales. El padre es finústico y largo como día sin pan, pero el hijo de primeras vistas no diríase tal, pues de rechoncho que es, pareciera más bien su escudero. Aunque más que escudero resultaba, mejor dicho, su pinche, ya que no dejaba de pincharle al padre con motivo de los escasos errores que el longo Kirpatrick cometía. Con los yerros propios, mucho más habituales, el pinche escudero juraba incluso improperios aún no escritos, mientras su papito suavemente lo animaba.  Se notaba de lejos que juntan los Kirpatrick  muchas más horas de vuelo padelero que Javier y yo, por más que, con la Fortuna de nuestro lado, teníamos como digo el partido en la mano.
   
     No, no estábamos jugando bien, y los dos lo sabíamos. No nos salía nuestro juego habitual. Entonces, con el 5-2 a punto de nieve, a un paso del ansiado top 100, puede que quizás paralizados por ese redondo espejismo en medio de la fría noche poligonera sin estrellas,  con estrépito nos vinimos Javier y yo del todo abajo. Perdimos rápido ese juego, y los tres siguientes en un santiamén se evaporaron. En los tres cambios de pista que hasta el final hubieron –dale que te pego yo a los papelillos sobre las gafas- no acertábamos a intercambiar palabra. Del todo se nos encogió el brazo, casi entregando las bolas, mientras los Kirpatricks tornáronse eufóricos pulpos, como de tentaculares martillos armados. Nos ganaron. 4-6. A la mierda.
     
     Con el frenesí de la Victoria, Kirpatrick hijo, en muy hermosa por lo inesperada estampa tras tanto gruñirle al Padre, corrió como loco a echarse en los brazos progenitores. ¡Papá!, incluso de la boca se le cayó. Kirpatrick padre le acarició entonces los rizos como sólo un padre puede a su hijo bebé hacerlo. Les saludamos deportivamente. Me alegré por ese Padre, un notable y veterano jugador, a la misma vez que a toda leche empecé a entristecernos por nosotros, por Javier y por el muá, que habíamos palmado.
      
     Ah, cómo escuece el perder. Cómo entonces te pesa y se te atraganta de pronto incluso el aire. Qué áspera hiel recubre entonces las cosas y los gestos más habituales. No era, ni mucho menos, la primera vez que perdíamos, pero había algo en esta derrota, en visperísimas de las Navidades, acaso la forma fulminante en que se produjo, acaso nuestro mal juego, cuando tan cerca habíamos acariciado nuestro –el mío, al menos- Toisón, que la hacía indigerible. Para nada discutíamos ni proyectábamos Javier y yo los fríos aspavientos de la distancia, esos gestos que sin quererlo aluden a la derrota. Era sólo que esta vez, dentro del coche a las tantas, parados ya en la desolada plazoleta en que siempre dejo a Javier, las palabras no cauterizaban, no restañaban como otras veces la herida, no apaciguaban nuestra pesadumbre. Yo creo que sobre todo nos dolía el habernos decepcionado antes que nadie cada uno a nosotros mismos, y al otro inmediatamente después.
     
     Y sí, nos dijimos felices fiestas y todo eso mirándonos a los ojos, y chocamos con fuerza nuestras manos, y ningún mundo se acababa, ya, pero Javier y yo sabíamos que eran unas felices fiestas escarchadas por una tristeza que nos era hasta entonces desconocida. Era como si nuestro mal juego nos hubiera arrojado dentro de una niebla tan espesa como desconcertante entre la que no veíamos la salida navideña. Parecíamos Hamlets de suburbio con una pala entre las manos. To blog or not to blog, pensé mucho más tarde yo.




LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

sábado, 29 de diciembre de 2012

Nunca he sentido igual una derrota


  
   Debía faltar poco para las doce de la noche, si es que no lo eran ya. Llevábamos desde las diez dándole al tema. Tenía que hacer frío, y de lo lindo, en medio del desierto club poligonero, aunque en absoluto lo sentíamos. Bien al contrario, el calor que desprendían mis carrillos empañaba los cristales de mis gafotas de manera para mí vergonzante. Los limpiaba con blancos papelillos sobrearrugados, y a los veinte segundos otra vez se volvían a llenar de vaho. Debía parecer yo un camión achacoso en medio de la niebla.
     
     El caso es que habíamos ganado un peleadísimo set cada pareja y teníamos Javier y yo bola para ponernos 5 a 2 en el definitivo.  Si ganábamos el partido subíamos de grupo y alcanzábamos el brutal –pour muá- puesto 100 en nuestro suburbial ránking padelero (el 100 de entre una lista de 240 parejas de tíos, pues empezamos, tres años ha, desde abajo del todo, desde ese infierno). En ráfaga pensé entonces, joder, ojalá ganemos, qué momento para, en loor de triunfo, como los matadores diestros, cortarme la simbólica coleta del jodido pádel y jugar luego sólo ya festivas pachangas. Sí, le daría un abrazo de maestro torero a Javier y le invitaría a, con tiempo, irse buscando otro compi de fatigas padeleras. Me liberaría de esa agridulce angustia de la idiota competición.
    
     Teníamos enfrente a los Kirpatrick, padre e hijo, que no sé aún por qué les llaman así, siendo ambos dos de Toledo muy naturales. El padre es finústico y largo como día sin pan, pero el hijo de primeras vistas no diríase tal, pues de rechoncho que es, pareciera más bien su escudero. Aunque más que escudero resultaba, mejor dicho, su pinche, ya que no dejaba de pincharle al padre con motivo de los escasos errores que el longo Kirpatrick cometía. Con los yerros propios, mucho más habituales, el pinche escudero juraba incluso improperios aún no escritos, mientras su papito suavemente lo animaba.  Se notaba de lejos que juntan los Kirpatrick  muchas más horas de vuelo padelero que Javier y yo, por más que, con la Fortuna de nuestro lado, teníamos como digo el partido en la mano.
  
   No, no estábamos jugando bien, y los dos lo sabíamos. No nos salía nuestro juego habitual. Entonces, con el 5-2 a punto de nieve, a un paso del ansiado top 100, puede que quizás paralizados por ese redondo espejismo en medio de la fría noche poligonera sin estrellas,  con estrépito...

CON ESTRÉPITO, LECTOR, CONCLUIRÁ MAÑANA ESTA DISCRETA AVENTURA, QUE NO DESEA EL AUTOR CASTIGAR MÁS YA HOY TU  LEGENDARIA PACIENCIA HACIA SU ARTE


         
 


LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
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“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)


viernes, 28 de diciembre de 2012

Todo conspira



     Todo conspira entonces en el Internet para enarbolar una especie de acomodaticia ética de la renuncia y, en una suerte de revancha cósmica, nada de exprimirse la sesera en vano, adaptarse a lo que hay, sí, y escribir cosas rápidas y a medias de hacer, total, entre el exabrupto y el sarcasmo,  amagar y vacilarle a esa oficial, también la oficiosa, sociedad que te da la espalda. Así, escribir relatos terroristas –sólo del mío terrorismo, ¿eh? terrorismo de fracasati, ya tú sabes, lector- que solo sean chispazos absurdos y sensacionalistas, que parezcan a la vez profundísimos siendo nada. O escribir bocetos de artículos, como bonsáis con paridas colgantes, como bolas de Navidad sobre la playa de agosto. Del tipo de: tengo la idea muy clara de cómo superar la crisis económica y acabar con el paro, y que seamos así todos justos y benéficos, pero como no me haréis ni puto caso, que os vayan dando mucho por ahí.  Muchas risas, sí. Algo así como una colección de guiños tipo los-relatos-que-nunca-escribiré, los-libros-que-jamás-escribiré. Sí, algo así de estúpido, algo así de bobo. Au revoir a las jodidas ínfulas.




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“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

jueves, 27 de diciembre de 2012

Extraña Navidad


   
   Se hace tan extraña esta vez la Navidad, cuando debería estar uno lleno de los buenos sentimientos casi por inercia, de alegrarse, ahora que acaba el año, por estar vivo y todo eso, cuando las reuniones familiares y el cálido run-rún de las felicitaciones sinceras  te empujan al natural contento, cuando tantos motivos sobrarían para mostrarse al menos en paz, y celebrar que ya cada día se abre un celemín más de luz en los cielos, que aun quedan niños que canturrean por la calle villancicos –los has visto-, que el manzano del parque porfía con el general Invierno por salvar el mayor tiempo posible aunque sea sólo una de sus hojas exhaustas,  cuando, habida cuenta del océano tenebroso de tragedias circundantes, no tendría en fin  derecho alguno a quejarse uno de nada… y sin embargo, este acíbar en la punta de la lengua del que no logro desprenderme, esta egoísta pesadumbre al comprobar que no me salen las cosas como quiero, este absurdo sinsabor que me lastra también la imaginación y me ahoga en dudas e, igualito que al padel, encoge del todo mi mano. No me salen las cosas.
     
   Me puse anoche en la tele otra vez “To be or not to be”, la absoluta Obra Maestra de Lubitsch.  Casi al principio de la peli, llegué hasta la extraordinaria escena en la que de pronto se anuncia, para el horror de todos los miembros de la compañía de teatro y del público allí asistente, el estallido de la 2ª Guerra Mundial. En todo los que cruzan la pantalla se reflejan el espanto y la angustia ante la inmediata tragedia colectiva. En todos menos en  el egoísta Actor Principal –extraordinario Jack Benny-, ciego y sordo al pavor que a todos sacude, atribulado y quejoso solo él porque un espectador se ha levantado de la butaca en el momento en que iniciaba él su monólogo. ¿De qué estás hablando?, llegan a increparle entonces los demás personajes, entre ruidos de sirenas y de altavoces que llaman al refugio antiaéreo. Ese eres tú, me dije. Hasta las peliculas de hace 70 años te lo dicen bien clarito. Apagué y con perro humor me fui a la cama, claro.      





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miércoles, 26 de diciembre de 2012

Es tan solo un breve cuento de Navidad


    
    Lo grande que ahora le parecía el salón, visto así. El cerco renegrido del televisor al descubierto, las rajas del temple en el techo, aquella desolación de paredes desnudas. “¡MAMÁ… VUÉLVETE!”. Se volvió de golpe, alarmada del todo por la extraña voz apremiante del niño, que entraba corriendo, orden que pareció auparse además sobre el chasquido del súbito montarse de un arma. “¡MAMÁ…  PAM!”.  Pero no la mató, porque era sólo una pistolita de agua, una pistolita roja que le roció el rostro entero a la madre. “Qué susto me has dado… Pero… Serás tunante”.  Se arrodilló ante el niño, en el centro del salón completamente vacío, fantasmal, apilados ya en un rincón los escasos enseres en tres cajas mal selladas con cinta adhesiva marrón oscura. Puso entonces los ojos empañados a la altura de aquellos ojos pícaros, que  chispeaban de audacia. Le hundió los dedos empapados entre la media melena rubia y rebelde. “Mami… No voy a escribirles la carta a los Reyes este año”. Se abrazaron luego los dos, con los ojos cerrados, las caras mojadas una contra la otra,  envueltos sólo por el lazo de su sonrisa. 





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lunes, 24 de diciembre de 2012

Carta de reajuste



   
                                 FELIZ    NAVIDAD ,    mon amis

   Me preguntaban ayer, “bueno, vale, ¿pero tu libro de qué va?”. Me hubiera gustado contestar lo de Woody Allen a propósito de “Guerra y Paz”: “Va de Rusia”. Decirle yo: “Va de las ilusiones”. Pero esos lujos le están vedados al bloguero anónimo que va por los ríos desbordados del Twitter mendigando aquí y allá su desconocida mercancía.
      Tuve entonces que pensarlo. Mi libro cuenta la historia de un cuarentón al que su mujer le señala la puerta de salida de la casa. Descubre entonces su minusvalía emocional. De cuanto le ocurre después, cuando ha de salir al mundo, ajeno y anchísimo, para superar su zozobra, para engañar a su desconcierto. De lo duro que se le hace ese aprendizaje elemental de la supervivencia afectiva. De cómo hallará en la propia escritura, a trancas y barrancas, la brújula que le permita hallar al cabo una imagen aceptable de sí mismo, y levantar así el muro de la obturación interna que le impide ver la belleza y el propio absurdo del mundo y de la vida, que es lo único que tenemos. De eso, de esas ínfulas.
  
      Encontrarás en mi libro, lector, humor y amor, alegrías y tristezas, encuentros y desencuentros, presente y pasado, trozos de vida al acecho, un cuarentón abandonado, discotecas dudosas, fatales mujeres, rollizas peluqueras, un sofá misterioso y abrazador, un cartel de Comisiones, un buzón en el que ya no figura tu nombre, la dentadura perfecta de Burt Lancaster, el fiasco de una noche de verano, una chinita que hace como que toca el violonchelo en el metro, una niña que juega en el patio a la rayuela mientras otro niño la observa tras las cortinas y un tercero  enchufa triples como un descosido, lo que entre ellos tres sucede, una tía y su sobrino en la sagrada edad de la iniciación erótica de éste, Nocheviejas agridulces, risas y humo, ginebra y música, un amigo fiel, una mujer solitaria, otra mujer bella y propagandista, los malentendidos en que consiste a veces la existencia, alguien del pasado que reaparece para bien y para mal, un héroe local, el lío de un sms enviado por error, unas navidades tristes, una Venecia imaginaria, un vikingo fenomenal, la fuerza del sol, la memoria de la emigración, un juego de dardos al límite, un padre y un hijo paseantes y ofuscados, un ascensor y una comunidad de vecinos estrafalarios, una patata frita elevada hacia el Cielo como una hostia, un cumpleaños insólito cantando a lo Sabina entre polacos, todo eso, como un baúl de la Piquer muy revuelto, como un arca de Noé para  el diluvio sentimental del protagonista, de este Armando que  está, en efecto desármandose y rearmándose al paso duro de los días, tras la estela todo de su particular sensibilidad… todo eso y más, lector, y cuantas cosas compartiremos como un secreto, entregándonos a través del libro lo que tenemos, tanto amor y desamor que tenía yo guardado para ti; todo eso en mi libro hallarás, lector. 
       
    Porque a mí parecer un libro íntimo, no tanto porque nos revele interioridades escabrosas, sino porque sobre todo consiga con desnudez hablarnos como al oído de los paisajes esenciales del alma de quien lo escribió, es también uno de los más acabados símbolos por los que alguien ofrece al Otro –a quien físicamente no tiene delante, al que de otra forma difícilmente podría hacerlo- la propia mano. Esto soy. En estas historias –no en forma de un discurso, sino con destreza encarnadas en personajes vivos a los que les ocurren cosas, a quienes sorprenden los avatares amargos o alegres de la vida- late la urdimbre sentimental que hasta aquí me trajo.  Quiero ponerlas en común contigo. Quiero revivirlas a tu lado. Puede que te reconozcas también en ellas. Aquí tienes mi mano, tómala. Estréchala. Entrelaza la tuya con la mía.   


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domingo, 23 de diciembre de 2012

¿Relatos en el blog, para qué?


    
    Primero que te llegue la inspiración. Luego que, a base de transpiración, aciertes a darle la forma adecuada, que si el vivo acabado de los personajes, que hallar el ritmo idóneo que pide la historia, y un inicio que atrape, un lenguaje que cautive, un desarrollo que no sea un rollo. Acertar en la suerte del desenlace. Que todo eso te salga. Que le guste antes que nadie al ceñudo fiscal de tu autoexigencia. Y nunca sale del tirón. A mí al menos, nunca. Has de pensarlo a tope. Llevas el relato contigo por todas partes: lo llevas cuando trabajas, cuando charlas con tu familia, cuando conduces hacia casa, cuando te metes en la cama.  Incluso en medio del sueño el relato comparece, como alucinación dentro de la alucinación. Su vida propia acaba invadiendo tu propia vida exterior, jibarizándola. Hay un momento en que te ves apenas como un médium, torpe además, a través del que el relato nace, crece y se pronuncia.
     
     Le quitas, le añades, le pones, le cribas, le lijas por aquí y por allá, le agitas, lo pules y repules, lo volteas, lo sublevas o lo amansas, o lo hace él mismo a tu través, que ya ni sabes… lo rematas al fin y lo plantas en el blog. Y todo ese romperse los cuernos con el relato, con los relatos… ¿para qué? ¿Para que alguien CON CONTACTOS editoriales se lo apropie, le  cambie cuatro chismes –que hasta un robot es capaz de hacer eso- y pueda él publicar a su nombre un buen tomo de relatos? ¿Para que en el mejor de los casos recoja sólo tu relato sal de olvido y polvo de desconsideración? Ostias, no fotis, tú. ¿Entonces? Lo de Lenin a Fernández de los Ríos sobre la libertad, ahora referido a lo nuestro: ¿Relatos en el blog, para qué?  





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sábado, 22 de diciembre de 2012

El grito mío


      
   Me lo decía el otro día CLAVE en un comentario aquí: Pareciera que gritaras ¡EEHHHH!, que aquí estoy yo con mi libro, ¡Escuchadme! Me hizo pensar, claro, en si no estaría yo descomponiendo demasiado el gesto, descomponiendo acaso el blog, con estos penosos retorcimientos cibernéticos en pro del Mío Libro. ¡Cuánto me gustaría conquistar la sagrada ataraxia de un estoico de libro, el nirvana del santón hindú, la imperturbabilidad de un aristócrata inglés al menos, para, como recomendara Kipling tratar con un idéntico desdén a esos impostores que tanto el éxito como el fracaso son! O simplemente ser un autor reconocido al que relativamente se la trae floja el resultado comercial de su última obra de encargo. No, de esas mismas hechuras de zozobra y angustia, de desánimo y desesperanza está también entretejido mi libro, y qué se le va a hacer si así de vulnerable –flojucho, diríamos también- resulta uno.
    
     Pero qué nos queda a las ignotas hormiguitas excepto patalear aquí y allá, patas arriba incluso, contra el muro de silencio que cada día a los anónimos más y más nos pisotea. Más espeso aún bajo el océano de silencio que es el Internet, cuyas aguas gritonas es sabido que guardan la misma memoria que un pez, es decir, ninguna, pues todo lo arrastra al Infinito vacío la corriente dominante del día. Llevo al día de hoy 25 ejemplares vendidos, lo que quiere decir que me debato tan sólo entre el fracaso y el ostiazo. Me restan aún algunas fuerzas para dar la barrila antes de tirar la toalla. Si sospechara que lo que vendo es una jena, una ful, una mercancía chungala, me cortaría un poco sin duda de contorsionarme en público con tanta chingoleta. Creo en mi libro, es sólo eso.
     
   Me recordó también el comentario de CLAVE la célebre frase de Willy Loman, el protagonista de La muerte de un viajante de Arthur Miller, a propósito de la deshumanización neoyorquina: “En esta ciudad hay que partirse la nuca para poder ver una estrella”. ¿Cómo me lo maravillaría yo, pensé? A ver: En nuestro internet hay que hacer un rato el indio –ah, esos desaforados gritos de guerra comanches antes de la batalla- para sólo seguir cosechando fiasco. Hoy pienso amargo, que si no consigo, en un plazo razonable, por supuesto, cubrir siquiera los gastos de mi aventura es que lo mío no interesa. Punto sin pelota esta vez, plis.



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viernes, 21 de diciembre de 2012

Una persona lee, junto al fuego, al resto de la familia


   
     Desentrañando con brillantez las claves escritoras de Dickens anotaba el otro día en su blog Andrés Trapiello –uno de los escritores que yo más admiro-: “Tiene en mente (Dickens)  la sociedad a la que va dirigida, millares de hogares ingleses que al llegar la noche no tienen otro entretenimiento que ese en el que una persona lee al resto de la familia, junto al fuego, las entregas de una novela”.
   
    Se imagina uno al momento la estampa, en sí sola ya idílica y venerable: la noche, el fuego, la familia reunida, una novela, una voz por lo alto, el aura de esa común atención concentrada –a la vez cada uno montándose en la mente su propia película de la historia- gravitando sobre la sala.
    
    Pensar en trasplantarla a los días del hoy, pese a ser materialmente posible para más gente mucho más que nunca, mueve a la risa por su nula posibilidad. Nevará antes el próximo verano. No creo, además, que fuese ese el único entretenimiento al alcance entonces para aquellos miles de ingleses. Por el motivo que fuere, se traslucen en esa imagen, en esa puesta en común de un producto cultural digno, prestigiado en sí, unos valores y unas creencias hoy ya en detritus. Exige también esa práctica de sus partícipes una autocontención y una cierta facultad imaginativa y receptiva, un rico mundo interior capaz de hallar disfrute y mejora personal en ceremonial tan precario, cualidades todas ellas para nada despreciables.
      
    Podríamos comparar ahora la lectura de las novelas de Dickens con los modernísimos entretenimientos nocturnos  de millones de ciudadanos contemporáneos. Lectura de “Oliver Twist” versus visionado del “Sálvame de luxe”, vamos. Incluso en los colegios e institutos, ¿resistirían “las generaciones mejor formadas de la Historia” una prueba de fuego dickensiano así? ¿Vamos entonces hacia delante o hacia atrás en lo que a la consideración y al respeto hacia los bienes culturales –hacia el libro- por parte de la mayoría se refiere? ¿Qué queda hoy de aquella pura devoción colectiva hacia los libros? Bueno, Jorge Javier Vázquez ha hecho también un libro, sobre su dickensiana infancia, sí. 


  
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jueves, 20 de diciembre de 2012

Isabel viendo escribir en Macondo


   


   A ton del creciente desprecio hodierno hacia los libros/libros, pensaba el otro día, al terminar de leer el “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”, qué suerte correría ese maravilloso texto de presentarse al público hoy bajo anónima autoría. Es una gozosa reliquia ese breve relato de García Márquez. Cómo nos golpea cada palabra que lo conforma, cómo pesa y cómo llena cada una de ellas, cómo sustancian la realidad que denotan hasta hacer de las palabras –simples signos- realidades más espesas que las propias cosas,  cómo admiran, cómo nos suspenden, cómo nos transportan… cómo nos confortan. Qué magia, qué delicado festín de palabras solas contando cosas. Incluso aunque se nos escape alguna de las significaciones ocultas tras el despliegue de las palabras, es casi imposible no rendirse a esa magnificencia escritora.
     Este soberbio relato se publicó… ¡en 1955! y aunque tiene alcance y vigencia ya intemporales es deudor, creo, del espíritu que informaba la época y la cultura de entonces, reminiscencia de una cultura libresca en la que los libros y las palabras se veneraban, poseían un prestigio, un respeto y una consideración humanísticas superiores y preferentes en las sociedades. ¿Qué recepción tendría hoy bajo anónima autoría un texto así? Sabiendo incluso que es su autor Gabriel García Márquez, si lo regaláramos hoy a millones de adolescentes españoles de “las generaciones mejor preparadas de la Historia”, cómo en general lo acogerían y estimarían? ¿Y sus padres? ¿Qué lugar ocuparía en sus casas y qué lugar ocuparía, ay, en sus cabezas?    




LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Nunca se despreciaron tanto los libros



     Es verdad, sin embargo, que es posible que se publiquen hoy más libros que nunca. ¿Pero cómo calificar, cómo categorizar lo que en grandísimas dosis y a todo lujo nos meten hoy en dos días por los ojos para pasar al más oscuro silencio al siguiente? Más que libros pareciera que se nos venden hoy bombones, con los que quisieran además atracarnos – en el doble sentido- sin darnos cuenta apenas, pues nos los ponen en la misma boca y de la mano nuestras amadísimas CELEBRITIES. ¡No hay  CELEBRITIE que no se revele ahora, pese a no saber disimular todo lo que aborrecen los libros, precisamente escritora!  Claro, para que toda esa bazofia tenga salida y genere pasta, se necesita una población sin criterio, ágrafa y vulgar a la vez, y muy babeante de lo buenísimo que están Fulanito y Menganita… que acaban casualmente, vaya por Planeta, de escribir un libro.
     
     Entonces la mayoría de los libros que a toda velocidad hoy circulan delante de nosotros, medio atontándonos, mucho más que necesarios alimentos para un cierto refinamento interior –y la elevación moral y espiritual que del mismo se deriva- son  fast-food que a ningún sitio superior llevan, son fetiche, guiño intertribal, tatuaje de pertenencia a un simbólico club de fans, gadget que otorga efímera modernidad, talismán de auto-referencia. Los libros quizás deberían venderse hoy en la sección de los artículos de complemento: como un bolso o un cinturón de marca, como objetos conferidores, a quien en público los pasea, de un status, el que sea, mucho más efímeros incluso que los propios complementos.
    
     Cómo puede en esas condiciones un anónimo escritor abrirse paso en medio de ese carnavalesco baile de celebrities, si no está a su alcance, cual Boris Izaguirre, bajarse los gayumbos en prime-time. Mendigar solo que una de estas deidades, con lo ocupadísimas que andan, le guiñe, aunque sea por puro malentendido, un ojo. Va Ronaldo mete un gol, tararea tres notas moviendo los brazos, y al día siguiente el autor de esa canción pasa de ser nada a serlo TODO. Jorge Javier, tío, eres el puto amo… de la tele, del periodismo y de la literatura también, claro que sí. ¿Sabes? Me he autoeditado yo un libro -¡es bueno!, llevo veinticuatro vendidos ya, anda, colegui, échame una mano, primo

   Vale, pero quizás en ninguna otra época histórica como en ésta se despreció más socialmente la verdadera valía que un libro de los de siempre consigo atesora.   





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martes, 18 de diciembre de 2012

Las Memorias de Victoria Adams (en siete tomos... y otros tantos lomos)


      
   Está claro que los libros no van a desaparecer, pero parece difícilmente discutible el constatar que sí se ha marchado por el desagüe de la Historia la significación que hasta hace no demasiados años rodeaba a los libros y les daba su sentido, por oposición a los que ahora mismo tienen. Los libros han pasado, creo, en líneas generales, de ser aureolado objeto de reverencia y viático imprescindible con el que adentrarse en el camino de cierta sabiduría o en el propio engrandecimiento espiritual derivado de la experimentación del goce estético, depósito cultural permanente además, es decir, lugares por excelencia a los que siempre podía y debía volverse, a lo que hoy parecen: brillantosos adminículos de evasión y de ocasión, que sólo ruido, furia y guiño de sociológica autorreferencialidad (un implícito guiño a quien lo compra de “Formas parte de la onda dominante”) ofrecen.  
   
     Sólo así puede entenderse, creo, que líderes sociales de indudable arrastre entre  miles de seguidores, modelos sociales, por tanto, alrededor de cuyo ejemplo la población se mira y se admira, como Victoria Adams, de las exitosísimas Chicas Picantes, o Space Girls, alardee en público sin escándalo alguno de NO haber leído en toda su envidiable vida un solo libro. ¿Y quién puede afirmar con base categórica que, mañana mismo quizás, no nos sorprenda la Adams con sus memorias en siete tomos (y otros tantos lomos) … por entregas?
    
    Algo así, esa zafia vanagloria de la propia burricie que ha contaminado de un pésimo gusto la sociedad entera, era impensable hace 25 años y pone bien a las claras la inobjetable regresión cultural experimentada en general. ¡En vano buscarás ahora una CELEBRITIE enfrascada en un clásico! ¡La encontrarás, seguro, chusca y metrosexual a partes iguales, virtualmente alucinada con cualquier jueguecito audiovisual... interactivo, ya! Incluso autores de culto rebañan el crematístico perol de esa incultura basurienta, de paso legitimándola. El libro, en tanto que mágico objeto de veneración y estima, de reflexión y criterio, en tanto reflejo del prestigio de la cultura y de la excelencia,  se ha caído con todo el equipo. 




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lunes, 17 de diciembre de 2012

Profético Farenheit 451



   
   Fue sólo una coincidencia aquella visión mía del vagón sin libros, por supuesto. Es en parte una cuestión de soportes, desde luego, y aunque eso abre otras interrogantes, pues desde Mac Luhan sabemos que el medio es el mensaje, y que el “leer” sobre pantallas es distinto al leer un tomo entre las manos, que modifica el medio la naturaleza y el alcance de esa “lectura”, no quiero ahora atascarme en esos barrizales teóricos. El hecho es que la imagen de aquel vagón lleno de personas pero huérfano de libros me impactó con fuerza, puede que por las circunstancias que la rodeaban –iba yo a vender mi libro a un amigo mío, házte cargo del trago, compay- y al día siguiente estaba deseoso de indagar sobre la novela de Bradbury –que Truffaut llevó al celuloide- y cargarme de razón en mi propia desazón.
    
     En la estela de Un mundo feliz, de Huxley (1931), y de Big Brother (1949) de Orwell, nos plantea Bradbury una amarga profecía del futuro que nos aguarda. Como quizás sea inevitable en estas obras de prospectiva se mezclan los patinazos clamorosos con los ramalazos de auténtico genio visionario en un libro en conjunto muy sugerente. En Farenheit 451 (1953)  el Gobierno ordena a los bomberos quemar los libros, pues… atención queridos lectores, encargado de que los ciudadanos sean felices e iguales, considera que los libros les hacen diferentes, y llenan además de angustia a los individuos. Rinden menos en el trabajo entonces, claro. Una joven “diferente” será quien haga cuestionarse al bombero protagonista esas generales certidumbres. Cuando el prota se ve obligado a huir a los bosques, conocerá allí a los “hombres-libros”, comunes ciudadanos que adoran los libros, testimonio y memoria viva ellos mismos, como ángeles para la salvaguarda de los libros, que incluso memorizan enteros –uno cada uno de ellos, yo soy Oliver Twist, Yo soy Madame Bovary… yo soy el Bobo con ínfulas, okey- para, caso de desaparecer todos, poder de alguna manera asegurar su reimpresión.
     
    Total, que pronto encontré lo que mi propia murria andaba loca por encontrar. Hay fragmentos de Farenheit 451 de una asombrosa anticipación, casi profética de la mía visión: enormes pantallas de televisión que ocupan paredes enteras y difunden folletones interactivos, una población que a casi todas horas escucha una insulsa mezcla de música y noticias irrelevantes retransmitidas a través de pequeños auriculares dispuestos en los oídos de los individuos. En fin, puede allí leerse: “la televisión, esa bestia insidiosa, esa medusa que convierte en piedra a millones de personas todas las noches mirándola fijamente, esa sirena que llama y canta, que promete mucho y en realidad da muy poco…”.  Eureka, dije yo entonces.



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domingo, 16 de diciembre de 2012

Carta de Ajuste


     
    Me preguntaban ayer, “bueno, vale, ¿pero tu libro de qué va?”. Me hubiera gustado contestar lo de Woody Allen a propósito de “Guerra y Paz”: “Va de Rusia”. Decirle yo: “Va de las ilusiones”. Pero esos lujos le están vedados al bloguero anónimo que va por los ríos desbordados del Twitter mendigando aquí y allá su desconocida mercancía.
      
   Tuve entonces que pensarlo. Mi libro cuenta la historia de un cuarentón al que su mujer le señala la puerta de salida de la casa. Descubre entonces su minusvalía emocional. De cuanto le ocurre después, cuando ha de salir al mundo, ajeno y anchísimo, para superar su zozobra, para engañar a su desconcierto. De lo duro que se le hace ese aprendizaje elemental de la supervivencia afectiva. De cómo hallará en la propia escritura, a trancas y barrancas, la brújula que le permita hallar al cabo una imagen aceptable de sí mismo, y levantar así el muro de la obturación interna que le impide ver la belleza y el propio absurdo del mundo y de la vida, que es lo único que tenemos. De eso, de esas ínfulas.
  
      Encontrarás en mi libro, lector, humor y amor, alegrías y tristezas, encuentros y desencuentros, presente y pasado, trozos de vida al acecho, un cuarentón abandonado, discotecas dudosas, fatales mujeres, rollizas peluqueras, un sofá misterioso y abrazador, un cartel de Comisiones, un buzón en el que ya no figura tu nombre, la dentadura perfecta de Burt Lancaster, el fiasco de una noche de verano, una chinita que hace como que toca el violonchelo en el metro, una niña que juega en el patio a la rayuela mientras otro niño la observa tras las cortinas y un tercero  enchufa triples como un descosido, lo que entre ellos tres sucede, una tía y su sobrino en la sagrada edad de la iniciación erótica de éste, Nocheviejas agridulces, risas y humo, ginebra y música, un amigo fiel, una mujer solitaria, otra mujer bella y propagandista, los malentendidos en que consiste a veces la existencia, alguien del pasado que reaparece para bien y para mal, un héroe local, el lío de un sms enviado por error, unas navidades tristes, una Venecia imaginaria, un vikingo fenomenal, la fuerza del sol, la memoria de la emigración, un juego de dardos al límite, un padre y un hijo paseantes y ofuscados, un ascensor y una comunidad de vecinos estrafalarios, una patata frita elevada hacia el Cielo como una hostia, un cumpleaños insólito cantando a lo Sabina entre polacos, todo eso, como un baúl de la Piquer muy revuelto, como un arca de Noé para  el diluvio sentimental del protagonista, de este Armando que  está, en efecto desármandose y rearmándose al paso duro de los días, tras la estela todo de su particular sensibilidad… todo eso y más, lector, y cuantas cosas compartiremos como un secreto, entregándonos a través del libro lo que tenemos, tanto amor y desamor que tenía yo guardado para ti; todo eso en mi libro hallarás, lector. 
       
    Porque a mí parecer un libro íntimo, no tanto porque nos revele interioridades escabrosas, sino porque sobre todo consiga con desnudez hablarnos como al oído de los paisajes esenciales del alma de quien lo escribió, es también uno de los más acabados símbolos por los que alguien ofrece al Otro –a quien físicamente no tiene delante, al que de otra forma difícilmente podría hacerlo- la propia mano. Esto soy. En estas historias –no en forma de un discurso, sino con destreza encarnadas en personajes vivos a los que les ocurren cosas, a quienes sorprenden los avatares amargos o alegres de la vida- late la urdimbre sentimental que hasta aquí me trajo.  Quiero ponerlas en común contigo. Quiero revivirlas a tu lado. Puede que te reconozcas también en ellas. Aquí tienes mi mano, tómala. Estréchala. Entrelaza la tuya con la mía.   


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sábado, 15 de diciembre de 2012

Ofrézcome de "negro" para CELEBRITIES


    
    Y claro, ¿por qué no intentarlo también así y por ahí? Cierto es que la mayoría de las CELEBRITIES van de “negros” bien servidas -que es ya el “negro” de Ana Rosa Quintana el rey de los “negritos” célebres-, y así de consuno vemos con qué pasmosa prodigalidad lo mismo te escriben una novela, que te esculpen las más soberbias piezas, que alumbran una exposición de óleos, al vapor express siempre las celebrities de su genio desbordante.  
          
   Entonces mi idea de hoy  va dirigida mejor a todo noble aspirante a CELEBRITIE a cuyos ojos pudieran llegar los torcidos renglones del blog. Condición sine qua non, claro, para estos Tiempos de la guapura bajo el Reinado de la Mugre, que así de contrahecho es el lapso que vivimos: el susodicho o la susodicha han de andar de carnes bien macizos y turgentes, que los pechos rotundos, las bocas carnívoras, las dentaduras refulgentes, las greñas aleonadas, el pandero en gloriosa pompa abren más cofres y puertas y éxitos HOY que nunca en la Historia de la Humanidad, bajo el tsunami de la furiosa sexualité que hoy nos abraza, que nos abrasa. (“Sin tetas no hay paraíso”, que sin tapujos y con duro cinismo proclamaba ya desde el título la popularísima serie telequinta, como levantando de paso acta del presente estado de la cultura)
   
   Estoy seguro: me tizno el careto de carbón, pongo mi libro bajo la firma de un pipiolo o pipiola de presencia desarmante, me sumerjo bajo un avatar así de arrebatador y macizote entre las aguas revueltas del Twitter y es fijo que las ventas de mi ópera prima se elevan y elevan al calor del sentimental empalme. Dejemos entonces aquí ya el anuncio bien expuesto, por si a algún interesado/a precisamente interesara:
    

OFRÉZCOME DE “NEGRO”, AL FIFTY/FIFTY DE LOS BENEFICIOS, PARA PONER EL MÍO FERMOSO LIBRO BAJO EL NOMBRE DE JOVEN MACIZA, O DE YOGURÍN QUE-ESTÉ-BUENÍSIMO, QUE TANTO A PELO COMO A PLUMA SUSCRIBO. ÉXITO GARANTIZADO. INTERESADOS ESCRIBIR AL CORREO ELECTRÓNICO QUE FIGURA AL PIE DE ESTE POST. DISCRECIÓN TOTAL.

    (Y entre tú y yo, noble aspirante a CELEBRITIE, aunque se descubriera el pastel y el tinglado nuestros, nada malo bajo la impostura general habría de ocurrirnos. ¿No recuerdas acaso el resultado de la escandalosísima revelación del “negro” del libro de Ana Rosa, en el que literalmente “fusilaba” a climatéricas y exitosas escritoras yanquis de novelas románticas? La diva de la comunicación vió aumentar el share de su programa y renegoció luego, al alza, claro, su multimillonario contrato televisivo. Muy romántico todo, a que sí. Pues, piénsatelo anda, corazón)  

  

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viernes, 14 de diciembre de 2012

Mas me valiera escribirle a esta chica



   
Querida Mackye, que ayer nomás -en involuntario guiño que el Mundo y los media le hicieran al mío relato- te despelotaste de lo lindo hasta mostrar todas tus lozanas encarnaduras al personal que viajaba en el metro de Monterrey –en exitosa señal, pues da ya la vuelta al globo global tu abrumador desnudo de protesta por la inseguridad allá del transporte colectivo-:
    Verás, que es que ando yo, dulce Mackie, entre manos con un negocio que proponerte, que acaso sea de tu interés. Ya te cuento: he escrito un libro muy bello –yo pienso-, y por ser uno del todo anónimo, y algo mayorzote ya para arriesgarse a destapes del calado exhuberante que alcanza el tuyo, no encuentro bien como darle retorno cierto a mi inversión. Claro, Mackie, al enterarme y contemplar ayer tu bárbara puesta en escena, chica, he visto los cielos dos de par en par delante de mí. Si vienes tú para España, mi Mackie, a cambio de un jugoso estipendio, off course, que para todo nos daría el indudable éxito de la tourneé, recorreríamos de cabo a rabo la línea metropolitana de los madriles, como ya tú sabes una de las más colosales y pujantes del mundo, vendiendo el Mío Libro con el aperitivo de tus carnes, o tus gloriosas carnes con el postre de mi libro, que no sé bien todavía el cómo. Es que puedo verlo ya… mi tímido libro emergiendo reluciente en medio del canal de tus fabulosas ínfulas.
    
    Bueno, chica, cómo nos aclamarían las gentes, qué humano calor entre la prensa, las teles, los teleles, las terelus, el youtube, el tuiter, el feisbuk… hasta el tururú bantú querría saber de nosotros. Qué súbita calentura de literatura entre la Humanité.
   
     Podrían así a buen seguro, a través de estos torcidos renglones con que imperan las extrañas deidades mediáticas del hoy, mis pobres líneas llegar a las masas lectoras y que pudieran al menos éstas leerme. Te presentaría, al final de la tourneé, a los buenos amigos cibernéticos que como sacrificados apóstoles  ahora me siguen. Te invitaría, claro, al fiestorro de celebración por todo lo alto, que creo que a algunos, pese a ser muy libreros, no les importaría mucho conocerte, e incluso… re-conocerte, Mackie, miamol.  Ya tú me dices. It´s time for ínfulas!



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jueves, 13 de diciembre de 2012

Necesidad, virtud... Flaubert

    

    Hagamos, lector, de la necesidad en el día de hoy virtud y dejemos que el aroma delicado que pudiera envolver mi relato no se evapore tan rápido, que se pose y se remansen las palabras que lo componen en su propio curso también hoy, para que así más queden en ti, y quien aquí se asome, si es que le place, en ello medite, pues como decía Flaubert, para que una cosa resulte interesante al menos hay que observarla dos veces. Pues eso. 

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Como jovenzuelos de parranda


    
    Afuera, la noche, atravesada de un viento huraño y helador, era ya intratable. Por suerte cuando llegué al lugar de encuentro convenido, mi amigo estaba allí, esperándome. Ah, como celebré sólo ya esa suprema cortesía del espíritu que es la puntualidad. Hombre, qué alegría… y simplemente nos chocamos entonces las manos, que en estos trances somos los chicos algo sosotes, aunque, quizás también por efectos del airón, que todo lo pulía a su paso, observé que a ambos nos brillaban en un punto más alto de lo habitual las pupilas. Un apretón de manos, después de tanta burbuja de pantallas abajo, no es poca cosa, anoté para mis adentros.
   
   Tal como imponía el incordio áspero de la noche, enseguida nos replegamos hacia la acera en busca de un café. Rápido nos metimos en uno, que estaba semivacío. Bueno, cinco años. Chico, estás igual. Tú también, tío. No era verdad, a ciertas alturas el Tiempo indefectiblemente estropicia la carcasa sobre la que vamos pasando. Tampoco importa tanto. Estábamos allí, y como compartíamos recuerdos comunes y afectuosos, la hoguera de la amistad se avivó enseguida entre nosotros. Pareciera que calentáramos nuestras manos alrededor de ese rescoldo vivo que habíamos dispuesto sobre la mesa.
   ¿Por qué dejamos de tratarnos? Lo de siempre: los trabajos, los horarios, la familia, las nuevas ocupaciones… el propio curso de la vida que a veces casi sin darnos cuenta nos aleja. Recordamos, es decir, reactualizamos mucho de cuanto antes nos había unido, nos reímos con ganas, como si quisiéramos fabricarnos así la ilusión de poder salvar la distancia del Tiempo. Nos supo, claro está, a teta ese simple café. 
    
   Me dijo entonces mi amigo que, aunque le iban en general las cosas bien, andaba ahora preocupado por ciertos arrechuchos “en la salud de quien es mi pareja”. Eso me dijo. Aquello nos ensombreció por un instante a los dos, y a mí siempre me faltan en esos momentos reflejos para saber manejar bien esos imprevistos, esa especie de vida en directo dentro de la película propia de la vida. Permanecí en silencio. ¿Por qué decía él “mi pareja”, y no mi mujer? Puede que fuese simplemente el propio desenvolverse caprichoso de las palabras y que nada que yo no hubiera sospechado antes significase. ¿Qué sabía yo en realidad de mi amigo? Bien poca cosa. Habíamos coincidido en un taller literario durante un curso, habíamos en consecuencia tomado algunas cañas juntos, punto pelota.
    Iba yo al fin a inquirirle algo al respecto cuando él mismo, en un oportunísimo golpe de limpiaparabrisas sobre el cristal de la conversación, retomó lo que allí nos reunía. “Pero, a ver, enséñame ya ese libro, que estoy deseando verlo, José Antonio”. Lo extraje de la bolsa de plástico rojo en que lo había traído y se lo mostré. Lo recogió él con esmerada delicadeza entre las manos, como el recién nacido que era, lo contempló despacio acercándoselo a los ojos, que de golpe allí mismo se le agrandaron, le pasó muy lentamente la yema de los dedos sobre la portada brillante, sobre el envés luego, y al cabo tan solo murmuró “es… es precioso”.  Lo abrió luego y lo ojeó aquí y allá. “Cuánto me alegro, joder”.
     Hubiera besoteado los carrillos de mi amigo en aquel café en ese instante. “Sales tú en él”, fue lo que dije. Levantó los ojos hacia los míos y se sonrió. “Me encantaba siempre ese estilo tuyo para burlarte el primero de ti mismo… me lo voy a pasar pipa, lo sé”. Me remató entonces: “…y ni se te ocurra rechazarme los quince pavos, eh, para qué entonces están los amigos… sólo si amortizas tu inversión te recordaré el fiestorro prometido, que leo yo tu blog, chaval”. Nos reímos a placer, entonces, casi como jovenzuelos en parranda descarriados.
       
    En la despedida estreché con fuerza los hombros a mi amigo. Le deseé, con estas mismas escuetas palabras, que lo de su pareja quedara en nada. Más tarde pensé: en un relato canónico ese discreto misterio jamás podría quedar así de azaroso y de episódico, sin de él saberse más, o sin extraerle más jugo,  pero en la vida, que es sólo un relato mal acabado, o en el blog, que sólo es el desigual vuelo de ilusión que a veces alcanza la misma vida, así de mal rematadas quedan a veces las cosas, precisamente por ser reales.   
   De vuelta a casa, rememorando el momento completo que acababa de disfrutar, no sé, me sentía a gusto conmigo mismo. Tanto que no tuve la más mínima tentación de auscultar el título de los best-sellers que a buen seguro iban zampándose algunos en el convoy que de vuelta a todos nos traía. Vini, vidi, vinci, oui. Gracias, amigo mío. 



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