Reciente aún el Goya, una lluvia de Premios sigue precipitándose sobre Garzón, que ve engordar así más y más las desbordadas costuras que revisten su símbolo. Ya lo era, pero, paradójicamente, tras la condena del Supremo, como el mismo Crucificado, más aun se adensa su naturaleza esencialmente mitológica: mucho más que un simple hombre es ÉL la Justicia Universal con patas. Así, boquiabiertos contemplamos la estela incesante y prodigiosa de su brillo.
Terminó el Congreso de los socialistas madrileños con un vibrante mensaje de apoyo… a Garzón, claro. Otorgáronle también en Valladolid el Premio Dignidad y Coraje. A ninguno de los dos actos pudo Él asistir, por hallarse il divo en triunfal gira por la Argentina, donde la impar Cristina Fernández de Kirchner, con algo de trágica mezzosoprano en los aires que la envuelven, lo declaró “Visitante ilustre”, lo procuró un nuevo estipendio como Asesor de la comisión parlamentaria de Derechos Humanos, a lo que hemos de sumar el ciclo de conferencias, como otros tantos nuevos recitales, que pudo luego el Superjuez apalabrar.
Recordaba, sí, la escena la estampa de una Ópera grandiosa y melodramática a más no poder cuando en presencia del Congreso, a modo éste del mismo Coro de los nibelungos, la Kirchner, viuda de Kirchner, inflamada por la emoción hasta en los labios, dirigiéndose al principal palco que el Superjuez ocupaba, como si desgarrada del todo cantara, así le habló: “Nos honra con su visita… Pareciera que su juzgamiento por haber intentado desvelar la tragedia del Franquismo es una afrenta para la Justicia Universal”.
Apuntaron las cámaras entonces hacia el palco señorial, donde il divo, sin duda arrebatado también por la emoción, a punto pareció también de arrancarse a entonar un aria, pues trazas de potente barítono no le faltan, mas debió recordar Él entonces que no es la Voz el fuerte suyo, por lo que, muy complacido, contentóse con cerrar los ojos y cruzar las manos sobre el pecho en dirección a la Kirchner, simulando así el abrazo en la distancia, como las grandes estrellas de Hollywood, como mil veces le habremos visto hacerlo al divino Pavarotti, más otras tantas majestuosas reverencias de agradecimiento que el Superjuez allí prodigó.
Y sin embargo fue en el acto de Valladolid donde más aún se aquilató, y hasta la saturación, la densidad simbólica que como titánico Superhéroe Garzón pretende. Como fuera que no pudiera él asistir en persona a la recepción sobre sí del “carisma” que todo Premio comporta, envió a la niña de sus ojos, María Garzón, que ya es de los nuestros también, para que una carta en su nombre allí leyera.
Presentaba Garzón en su carta con toda seriedad procedimental a su hija como “mi mejor embajadora”, y pronto se comprende que, quien en esos términos a su hija se refiere, poco menos que un soberano se considera. Agradecía luego la distinción el Superjuez, para a continuación dejar bien escrito y sucinto el definitivo impulso que a él le mueve:
“Continuaré hasta acabar con las lacras que destruyen al ser humano”
Categórico imperativo universal, desde luego, éste que Él mismo se marca, descomunal tarea que a todas luces excede la humana medida para indicarnos que, en efecto, ante un Mesías nos encontramos. Cómo no iba entonces a apostillar María Garzón de su propia cosecha que “mi padre es un hombre bueno, idealista y sobre todo trabajador”. Machado, Gandhi y Stajánov, tres en uno, que todos los excesos de la Virtud, sin mácula de Kissinger, de Botín y de Mr X alguno, en el Superjuez se amontonan. Y puede que también entonces sobre el salón de Valladolid el espectro bonaerense de Garzón con las manos entrecruzadas sobre el pecho por un momento a todos se les apareciera.








