jueves, 9 de julio de 2015

En las horas caniculares

   



   A lo lejos el zumbido en sordina de los abejorros más aún incita a ello. Sí, el sopor propio de las horas caniculares, después de comer, cuando el calor nos aplasta y reduce hasta dejarnos suspensos y exánimes, es toda una incitación al dolce far niente, al paulatino e inevitable abandono de la consciencia sobre cualquier tumbona… y a dejarse caer en el marasmo amarillento de la siesta, en sus arenas movedizas que como un membrillo dorado poco a poco nos van atrapando en su concéntrica espesura… Vale, entremos en la siesta, como el que se deja muy despacio conducir a un amodorramiento placentero del sentir, como si a cada parpadeo nos invadiera el reino de un pacífico aletargamiento, como si nos maniatara un bebedizo narcotizante vagamente risueño... entreguémonos y disfrutemos así de la siesta, pero… contigo cerca, por favor, a la vera mía, a mi mano, para que sea también la muda fiesta del adormecimiento compartida y doble, para que mi mano, sonámbula y premiosa, como al desgaire, casi sin quererlo, se abandone sin peso también por entre tu cuerpo, sin buscar ni perseguir nada, sin que apenas tú la sientas, posarse sólo como una gaviota desganada y rendida por entre la maraña de tu pelo y el pomelo de tu cuello, por aquí y por allá, lentísimamente rodando por entre los acantilados misteriosos de tu cuerpo sólo a medias desmayado, como una suavísima y dorada esponja de mar decantándose morosa –la siesta tiene algo de la lentísima vida submarina- y sin afán alguno aquí y allá sobre tus cofres naturales … Hum, en las horas caniculares, sí,  il dolce far niente … contigo.    




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LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS 
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3 comentarios:

  1. Me ha encantado esta siesta...la siesta marina.

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  2. muchas gracias, Campu, buena amiga, un abrazo

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  3. Creo que ella no rechazará un ofrecimiento así, tan tierno y apasionado a la vez.
    Un beso integral, como el pan.

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