miércoles, 10 de mayo de 2017

Los chicos no hacen ya estas cosas, ¿verdad?

   

     Ponían la otra noche, a través de uno de los canales de la TDT, “Los chicos”, la película de Marco Ferreri del año 1959. Del año la polka y en black and white, yes. No la conocía, y fue todo un deleitoso descubrimiento. Me encadenó con placer a la obra la artística soltura con que allí se narraban las vicisitudes cómplices de la amistad entre cuatro amigos adolescentes, de 14 a 16 años, de clase humilde excepto uno -que viene a representar la emergente clase media- en el precario Madrid de aquellos años. Tienen ya por obligación que trabajar –menos el de clase media, que estudia, aunque en casa le aprietan a ello-, y ni de lejos pueden permitirse el lujo de ser ellos rebeldes sin causa a lo James Dean. Se juntan siempre en el pequeño kiosco de prensa que regenta uno de ellos, el refugio de su amistad, la guarida de su libertad. Contemplamos junto a ellos, a su lado, pues el arte del director consigue con sus detalles hacérnoslos próximos y humanos, con sus penas, sus desengaños, sus alegrías –escasas, y por lo mismo, plenas-, sus ilusiones, sus tristezas sobre todo. Me pareció muy logrado el tono agridulce y desenvuelto, el fresco de esas existencias anodinas y emocionantes, amargas y dignas a la vez.
     A la que te iba, aunque la peli de ñoña tiene nada, aún al contrario, es el retrato más bien desolado de una realidad áspera, injusta y problemática, no por ello aplasta a sus criaturas bajo una burricie violenta tipo La naranja mecánica, que sólo tres años después se publicaría. Hay un detalle en ella que a mí me pareció realista y bien precioso al tiempo: uno de los chicos, el que trabaja en el kiosko, anda enamoriscao de una joven del barrio, con más posibles que él, que le compra revistas francesas de moda. Aunque el chico del kiosko no sea ningún ingenuo idealista, aunque está maleado por las estrecheces de su vida, en la soledad del cuchitril donde malvive le escribe una carta anónima para declararle su más limpio amor y, con el alma en vilo, se la deja en su buzón. No tiene, por supuesto, la carta efecto benéfico alguno para él, pero ahí sí que nos ha atrapado a nosotros el candor ilusionado de ese gran corazón. ¿Podemos imaginar un detalle así en una peli que retrate el hoy?        

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