viernes, 14 de julio de 2017

Lo bueno, si largo, mil veces bueno



   "... nadar sabe mi llama la agua fría
         y perder el respeto a ley severa... "

   Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Eso dicen y dicen, desde que el gracioso Gracián así lo pontificase. No digamos ya en estos tiempos del Internet, que jibarizan que es una barbaridad. Pues yo me rebelo. Si una escritura me cautiva, querría no salir nunca de ella, que el libro tuviera, qué se yo, dos mil páginas. Si una peli de verdad me atrapa, quiero que nunca acabe, y cuanto más se prolongue, mejor. Como en la amistad, como en el amor, cuanto más prolongado, mejor. ¿Prestigio de lo breve? Bastante breve es ya de por sí la vida para a cada paso redundarla más. ¿No perder el tiempo? De eso se trata, de perder el tiempo en lo bueno, para así ganarlo. ¿Lo bueno, breve? Si acaso lo malo, eso sí, que sea breve. Lo bueno, si largo, mil veces bueno. Ya me gustaría poner aquí un texto de setecientos párrafos y que no quisieras tú nunca abandonarlo.  

     UNA TARDE EN EL RETIRO

    Fue como en los cuentos de hadas, entonces ella apareció y… pero no adelantes los acontecimientos, ansioso. Rebobino. Fffffgggggluuuuiú. Va. A las seis de la tarde del sábado uno de este julio el Retiro madrileño era… la humilde estampa de la desolación. Parecía, y ello era bien extraño, un parquecito provinciano, como venido abajo todo él, tal era el escandaloso despojamiento de gentes que presentaba, incluso en su paseo central a la vera del estanque. Se veían bastantes barcas ancladas, no te digo más, sin tripulantes que sobre ellas batieran los remos de la imaginación y de las aguas, por lo que estas mismas parecían, más que vivas esmeraldas venecianas, charcas de plúmbeos cenagales. Como contagiado todo por algún virus del abandono, los célebres cielos velazqueños comparecían allí mates, cual lonetas de toldos ya gastados. Para colmo hacía casi frío ¡en julio!,  y a traición un viento áspero de tanto en tanto encogía el ánimo de los paseantes. Es que una multitudinaria convocatoria muy cercana, que a ingentes masas orgullosas y eufóricas atraía, había dejado esa tarde al Retiro medio en cueros.
      Bueno, seamos positivos, me dije, pues el casi vaciado del Parque me permitió “okupar” esta vez uno de los bancos del paseo principal, frente por frente -estanque mediante- a la columnata con la soberbia estatua de Alfonso XII el Pacificador. Paz, paz, eso me dije yo, no espada sino libro en mano, en aquel extraño Retiro. Allá que planté el tenderete. La poca gente que paseaba por fuerza tenía que ver mis ejemplares. Me pareció que traía la mayoría el semblante metido en sombras, a juego allí todo con todo. A mi lado, ahora lo fijé, reunía sus pertenencias sin desplegarlas aún un payaso bien entrado ya en años. Si reza el tópico que tienen los payasos por lo común un rostro triste, el de este me pareció tristísimo, como vinieron a confirmar las palabras que cruzó conmigo. Le había dicho yo, por saludarle, que si el tenderete de mis libros estorbaba su ejecutoria no tenía más que decírmelo y menda se retiraría enseguida.
   “No, por favor, el Retiro es de todos”. Gracias, hay poca gente hoy, ¿no? “Mira… yo tengo sesentaidós años, me tengo recorrida Europa de parte a parte, respeto a todo el mundo, ¿no lo voy a respetar yo?... ahora, lo que no comprendo, de verdad, es que los padres se lleven a los niños en masa a ver según qué pintas y qué muecas obscenas ahí abajo”, me dijo señalando a lo que ya hervía a nuestra izquierda en la Puerta de Alcalá. Respiraba por la herida, claro, el viejo payaso, pues sentía que le habían robado a su público, a los niños, en una fecha señalada para su mester. “En fin, haremos lo que se pueda”, me dijo, también él en positivo, con un conato de sonrisa en la boca. “Por cierto, majo, no sé si sabes que en el Retiro está prohibido vender, nosotros pedimos sólo la voluntad, así es que si ves venir a los guripas, ya sabes, recoge, disimula y a silbar, que estos, según cómo les dé, ya sabes”. Ostras, es verdad, no lo había yo hasta ahora pensado, así es que le agradecí mucho el profesional soplo a aquel payaso. Oyes, retirarse él a lo suyo y ver venir de lejos yo a los guardias fue todo uno, así es que, como africano ambulante -que ahora por allí no se ven-, me precipité a ocultar mis géneros y a silbotear el des-pa-si-to, por mejor pasar así inadvertido. Bueno, sólo me tocó hacer el des-pa-si-to cuatro veces en toda la tarde. Qué voluntad la mía, jó.
      Ya digo, la tarde estaba en el Retiro tibia y anémica, convaleciente del éxito apabullante de la convocatoria aledaña. Paseaba por allí –quién lo ha visto, quién lo veía- un personal escaso y desganado. Lo de siempre: miraban de reojo al paso la preciosa portada de mis ejemplares, me miraban de reojo luego también a mí y… pasaban. Lógico y natural. ¡Si hubiera sido yo todo un metrosexual en shorts allí, otro gallo me hubiera cantado, claro! No era el caso, ay. Qué sabían todos aquellos de mí. Nada. Qué podía esperar yo entonces de ellos. Nada. Por eso mismo no estaba en absoluto yo contrariado. Yo SÓLO ESPERO ALGO de quienes me conocen, de quienes me leen, de quienes aquí me siguen. Un señor gordito se detuvo de pronto a hojear mi libro. A Dios las gracias di. ¿Puedo sacarle una foto? Amable pero circunspecto, “vale”, le dio al tomo unas vueltas palante y patrás, escrutó su envés y su haz, al fin me dijo, “lástima, lo mío es la Historia, soy historiador”. Bueno, por eso mismo, aquí hay historias, “intrahistorias”, si usted quiere, y bien apasionantes, una de la Revolución Francesa y todo, le salí al quite. Se sonrió el señor gordito, se caló las gafas, se azoró un poco, me dio una palmadita, “Suerte, amigo”, me dijo. De allí se alejó. Seamos positivos, algo es algo, cavilé, un historiador, la Historia, se han detenido un instante ante mí, quizás se vuelva el gordito, quizás la Historia se dé un día la vuelta para mí, yo que sé. 
     Entonces, a mi lado, el viejo payaso, encaramado ya a los zapatones de rigor, a la roja narizota y a unos pantalones remendados a colores, con un truquito le dio el alto a un niño. No alcanzaba yo a oírle –¡rabia!- pero consiguió luego detener a otro. Y a otro. Y a una niña después. ¿Empezamos ya?, les decía en voz alta,  mientras con los ojos desorbitados en realidad iba “pescando” a los escasos infantes, y a sus padres, que por allí caían. No me digas cómo, pues fue en verdad milagroso en medio de tan magra concurrencia, pero en quince minutos consiguió el cómico -¡envidia!- congregar, sin que se le fueran,  pues dilataba y dilataba el arranque de la actuación,  a una veintena larga de criaturas. Obtenido el quórum, el artista comenzó.
       Desplegaba el payaso allí los trucos de siempre, los pañuelos que cambian de colores, la cuerda que se pone fláccida o enhiesta cuando él y el niño voluntario quieren –un poco como en la Megamovida de al lado, ya ves, todo rimaba en la tarde juliana-, el bastón del que de súbito brota un clavel reventón. Eran, en fin, trucos viejos y pobres, más que gastados ya, sí, pero a los que, eterno elixir que nunca falla, la inocencia fulgurante en los ojos, las risas que estallaban sin aviso y las puras expresiones de gracia de los más pequeños allí convertían en nuevos y divertidísimos prodigios para cuantos los celebrábamos. Veía yo también cómo el payaso a su vez, con la magia de las risas obtenidas, para pasmo de mis ojos, que daban y no daban a la vez crédito, rejuvenecía de golpe los menos veinte años en esa tacada.
   Aunque cuando más se despepitó la chiquillería –a todos en ese instante se nos olvidó por completo el fiasco tremendo del Retiro esa tarde- fue cuando, de forma inopinada y sin truco alguno, un golpe tremendo del aire arrancó de pronto el bombín negro de la cabeza del payaso, bombín que rodó y rodó por los suelos, para desespero real de aquel, quien, avinagrado de verdad en el envite, temeroso de perder ahí su valioso instrumento de trabajo, intentaba y no podía con las manos atraparlo, ya que un nuevo latigazo de viento lo desplazaba otro techo, y de nuevo lo mismo otra vez, para explosión descontrolada de las risas del respetable, que es que se tronchaban allí aquellos renacuajos. Al fin el payaso pudo enganchar con un pisotón el ala del bombín, se lo encasquetó de nuevo sobre el melón, abrió mucho la boca y los brazos en risueño reclamo… y atronaron sobre él los aplausos, por supuesto.   
      Terminó el cómico su actuación, sinceramente le ovacionaron aquellas gentes, y en el fondo del bombín de marras le fueron depositando la voluntad, su voluntad, la mayoría de los asistentes. Los padres les daban las monedas a los niños y estos encantados acudían hacia el payaso, que junto a los zapatones había dispuesto el sombrero, entregándole allí, más que las monedas, su propio corazón ilusionado, es que era así.  Se disipó la concurrencia. Se quedaron con el payaso un par de chavales mayores, gamberretes, tratando acaso de mangarle o sonsacarle algo, de arrancarle por sorpresa la nariz falsa, pero éste, con una formidable imprecación aquí impublicable, añadida a una mueca feroz, de allí los expulsó sin contemplaciones. Recontó el payaso la recaudación, y sin gesto alguno, como quien está más que hecho a lo malo y a lo regular, lo puso a buen recaudo entre sus enseres. Se quitó la nariz, se cambió los zapatones por otros normales, volvió a caer sobre él el triste manto de su edad verdadera, en fin, se ensimismó entre sus cosas, casi mimetizándose con la melancólica oquedad de la tarde.
     Volví yo también a lo mío, al duro banco de mis libros. Más de lo mismo, para qué repetirlo. Alfonso XII, su sable, el estanque estancado,  las barquitas a medias, la rala procesión de las gentes, sus ojeos de soslayo a lo mío. Después del éxtasis mágico del payaso, de que le viera yo luego despojarse del disfraz de su trabajo y aviejarse,  por ósmosis en aquel microcosmos del abatimiento me ganaron entonces un poco la depresión y la tristeza, qué quieren. Que qué demonios hacía yo allí. Que si aquello de que en esta ciudad hay que partirse la nuca para… vender un libro. Que si mejor para eso que me llevaran preso los guardias, igual saldría en la prensa y entonces… lo que sigue. Cosas así. Cerré incluso los ojos ante el Sol -como aquel personaje de Kieslowski que luego copietearon cien películas y mil anuncios-, pues quiso justo entonces el astro rey desmentir con su caricia aquella grisura. Hmmm, bueno, hombre, no se estaba del todo mal allí así, en aquel agridulce purgatorio. Con un poquito de sol suave sobre los ojos cerrados se puede aguantar casi todo, ¿no? Y cuando al cabo los abrí… ¡dios mío!, ella estaba allí, a mi lado, respetando pacientemente el dorado paréntesis de mi ataraxia. No, pensé de inmediato, a las hadas no hay que hacerles fotos, es inútil además el hacérselas, se escabullen siempre en el proceso del revelado,  jamás podrá una cámara capturar su esencia. “Acercaos, hada mía, con vos me traéis el sol”, al revés que el otro pensé.
   Perdón, fue lo que, algo aturullado, dije. “No importa, se le veía tan a gusto, no tengo prisa”. Vestía pantalón rojo, pero de un rojo no estridente, y una fina camisa blanca. Unas gafas de pasta roja. El aire le revolvía armónicamente el pelo corto, que relucía allí con los colores de la miel.  No es que fuera la suya una belleza despampanante, qué va, era mucho mejor que todo eso, parecía provenirle esta de una dimensión más honda que como de adentro afuera a ella le manara hasta culminar en su rostro bajo una expresión serena y cauta, unos gestos comedidos y suaves, una mirada limpia, franca y mesurada sobre las cosas. Porque, como resultó que no atinaba yo, medio atontolinado, a articular palabra, fue ella quien me empezó a hablar, y lo hizo, para mi total asombro, como si estuviera, en efecto, en  posesión de muy mágicas facultades, o de una poderosa  intuición telekinésica al menos, pues parecía conocer a la perfección mi penosa peripecia, que así era su pericia comprensiva y bondadosa. “Todo conspira ahora, bajo la hegemonía de las imágenes, en contra de los libros. Créeme si te digo, lo sé por mi trabajo, que incluso los escritores más renombrados se las ven y se las desean para dar salida digna a sus libros. La gente ahora no valora el trabajo y el talento que hay detrás de un libro, no aprecia la valía de la palabra escrita, se han vuelto sordos a la música que contiene. Comprendo entonces perfectamente la penosa odisea que vivís los escritores desconocidos. Por eso tenéis para mí tanto mérito”. Me fue desgranando razones de este cariz, con tal verdad y sentido en su decir que, qué quieren también, un poco como los críos con el payaso antes, me sentí reconfortado, se me esponjó allí el alma. Me parecía muy increíble todo, casi como una vergonzante auto-publicidad que hubiera yo adrede tramado, sólo que, lo juro,  era la pura verdad, y mira que sabemos también de sobra que la estricta verdad es a menudo inverosímil por completo. Me daban ganas de pellizcarme y de abrazarla, no digamos más. Pero quedaba más. “Por eso tengo que decirte… que eres un valiente, Jose Antonio, que te admiro un montón. Leí que ibas a estar por aquí y esta vez me dije sí, y aquí que me vine. Mira… tengo que hacerle un regalo a una amiga, que se llama, Luisa, así es que me estás poniendo pero ya una dedicatoria bien bonita”.
    Glups, andaba yo medio levitando, sobre el influjo de tan maravillosas razones en labios tan sugestivos como amables. Bueno, tomé el boli rojo que llevaba y, como si escribiera con sangre que me extrajera yo del corazón ahí mismo, puse: “Para Luisa, con afecto del autor, con admiración a su persona, pues escogida persona por fuerza ha de ser quien mantiene trato y traba franca amistad con las mismas hadas, que además le regalan libros, y que a todos nos hacen con su hechizo arrebatador más plena y hermosa la vida. Ojalá te guste, y perdona, ojalá le guste mucho a tu, a nuestra, hada”. Y mi firma. Bueno, aquella mujer leyó eso, guardó mi libro en su carcaj y en las mejillas muy suavemente me besó. Cerré sin querer un instante los ojos, porque no acababa de creerme del todo lo que estaba sucediendo, y cuando los abrí, a pesar de que miré y remiré los alrededores, ella ya no estaba allí, claro. Permanecía el aroma hondo de su gesto, eso sí.
          Se apuntaba ya contra los cielos del Retiro un vertiginoso crepúsculo de fucsias, púrpuras y violetas franjas entreveradas. La hora bruja, ese misterio, yes. Atronaron en descarga miles de decibelios, de las multitudinarias actuaciones que en la Puerta de Alcalá entonces arrancaban. El hada. Me pareció que nada más hermoso podía pasarme ya, y que era esa la manera ideal con que dar por cumplida mi incursión allí. Recogí los bártulos e inicié del Retiro, jejejejé, la retirada. No le había visto yo a él, pero el payaso viejo, que aún por allí rondaba, quiso de mí despedirse. “¿Qué, qué tal se ha dado?”, me dijo al paso, componiendo de antemano al mirarme un rictus de tristeza cómplice. “¡Muy bien! ¿Sabe? ¡Ha venido un hada a verme! ¡Me ha comprado un libro!”. Y para mi más indescriptible pasmo, tras mis palabras, como si de forma natural le brotara, como si ahora yo fuera él y él un niño más de los que flipan con sus números, con la narizota roja y los ojos pintados desplegó entonces el viejo payaso para mí, abriendo al colmo la boca y los ojos chispeantes, aquella maravillosa sonrisa muda que tanto le rejuvenecía y que yo jamás olvidaré. Nos dijimos entonces adiós con las manos. El hada, el hada. Miré las lindes de la desventura mía. Enfrascado en el atardecer clamoroso, se había puesto  el Retiro perdido de belleza, qué carajo. 

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