martes, 30 de enero de 2018

Operación Triunfo, significado y significante

   

   
   Expresa muy bien, creo, Operación Triunfo, la condición ya más gaseosa que líquida de las sociedades presentes. Incluso desde el propio nombre de la cosa, este par de sustantivos conectados que revela una suerte de terminología militar en la que sobre todo importara el fin, que no es otro que el Triunfo -así de nítidamente inscrito desde el principio-, ese becerro de píxeles ganadores que tanto se adora y al que todo se supedita. Sería inimaginable hoy una Operación Fracaso, ¿verdad?, por más que en otros tiempos los perdedores, los fracasati, atraían sobre sí, en tanto que cuestionadores de los cánones dominantes, un aura de pureza y prestigio moral que a los triunfadores, por mucho que ganaran y ganaran y volvieran a ganar, estaba vedada.
    Operación Triunfo significa también esa negación, tan cara a los tiempos posmodernos, de la perspectiva y del criterio como bases sólidas desde las que valorar la realidad y el arte. En tres meses, unos adolescentes talentosos –esa casi angustiosa advocación hacia la juventud, elemento imprescindible, en el contexto de unas sociedades muy envejecidas-, sin carrera previa, en supersónica fusión y fisión de sus personas, pasarán de la Nada al Todo, del más gris anonimato a la Celebridad más bestial, acaso esto nunca mejor dicho. Así de azarosa es la vida de todos en tantos órdenes ahora, cierto es. Desaparece pues la idea del Tiempo, de la paciencia, de ese paulatino hacerse al contacto con la vida, de la propia noción de carrera profesional como una progresiva subida de peldaños en cuyo itinerario iba mejorándose el artista, en pro de una atronadora implosión de la que a menudo sale una criatura por completo diferente a la que hace sólo unos meses entró. Ese explosivo transcurso lleva implícito, claro, la total confusión de roles: tal es la potencia cegadora del espectáculo televisivo que a menudo comparecen en él reconocidos artistas, con verdadera trayectoria a las espaldas, es decir, con éxitos y fracasos sobre sí, para rendir homenaje a la verdadera condición de artistazos de los neófitos, amalgamados así todos con todos.
     En fin, al basarse sobre todo en versiones de temas ya existentes, se manifiesta asimismo en OT la pérdida de valor de la propia autoría de la obra. En tanto que apabullante espectáculo televisivo, inscrito en las amarillistas pautas del hegemónico reality, cruje también en OT ese extremo narcisismo banal tan del gusto hoy, en virtud del que resultan más decisivas –para el Triunfo- las morbosas monerías auto-referenciales del artista que su obra misma. Ojalá el diabólico entramado hipergaseoso que rodea OT no consiga destrozar la condición artística que en alguno de estos concursantes apunta como una prometedora verdad… en ciernes.  

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