lunes, 20 de abril de 2015

Prolegómenos del Deseo



(Quedan 3 para el Día del Libro. El mío es LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS. Puede ser el tuyo también)
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Mi voz, en COPE, entrevistado por Cristina López Schlichting, sobre el porqué y el para qué de mi libro, cinco minutos

   
   Y bueno, ahí los tenemos, uno frente al otro, cuando está todo lo bueno a punto de culminar entre ellos. Recreémosles en la magnífica escena del beso, participemos así un poco con ellos. Suena en la radio un lentísimo soul, me parece. Llega ella, ataviada con el vestido que para ese momento horas antes compró. Se detiene a distancia, de pronto insegura, ama de casa, mamá y cuarentona al cabo ante él, aunque veterano, apuesto metrosexual, como pasando el duro examen. Se vuelve él y avanza un poco hacia ella, demudado también, mientras ella contiene la respiración, sin parpadear. “Estás maravillosa, si no te importa que te lo diga”. Ah, cómo respira entonces ella y esboza la sonrisa. “Tan maravillosa que cualquier hombre correría huyendo de alegría”, medio sonámbulo dice él, ¿huyendo? Hum, mira a la derecha, se muerde el labio de contento ella. Se pone de nuevo muy seria y avanza ya decidida hacia él… Timbra y retimbra el teléfono entonces, rompiéndoles el soñado clima. Qué hacer. Qué bien transparenta ella ahí su turbación, su contrariedad, su zozobra. “Familia Johnson”, como es habitual contesta, con brusquedad devuelta a la gris realidad. Le llama una vecina… ¡para cotillear sobre él!, pues lo han visto moverse por el pueblo. Lo que quiere Meryl es, claro, abreviar, pero al otro lado insisten en cotorrear, no la sueltan. Gestos de fastidio de Meryl. “Oh, sí, he oído hablar de él”, le dice a la otra, y es fantástico, porque como él se ha sentado de espaldas a ella, con inaudita delicadeza justo en ese momento que de él le hablan, empieza a colocarle bien el cuello de la camisa. Le deja una mano sobre el hombro mientras sigue despachando la llamada. Con un dedo maravilloso le acaricia el pelo. Pone él su mano encima de la de ella, de espaldas a él, pues no puede aún cortar la llamada. Cuelga al fin. Permanece ella un instante en escorzo contemplando las manos superpuestas. Se mueve hacia él, se miran  y sin soltarse ya las manos… comienzan a bailar la envolvente canción de la radio. 

   
   Todo el momento del baile nos recuerda, claro, a aquel otro baile con Redford, en la apoteosis de su galanura entonces este, de Memorias de África. Han pasado diez años, y la Streep sigue encantadora. Eastwood nos parece aquí más hierático que nunca, poniendo la percha sólo, y nos parece también que todo el gasto en la secuencia corre de parte de ella, que, sin hablar, sólo con la mirada y con las manos alrededor de él, -es digno de observarse varias veces el juego que a las manos da- colma de sentimiento y ternura la secuencia. Hum, el  emocionante titubeo de los cuerpos, el gozoso temblor del deseo previo al beso, el dulce trabarse de los labios abrazados luego, ese cuello de la camisa sobresaltado, el peinado perjudicado, hum, qué bien hace todo eso la divina Meryl

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