En días como el de hoy (día crítico en el calendario, junto al Día de Fin de Año) hay miles de personas, apenas visibles, por miles de razones a su vez que malamente pueden resumirse en una esencial inadaptación al monstruo de los mecanismos sociales, que sienten más que nunca el mordisco rabioso de la soledad. De la soledad no escogida, hablo. Todo a su alrededor les remarca y les recuerda hoy su estricta soledad, esa sombra tan acerva. No la pueden hoy siquiera difuminar en el tráfago corriente de un día habitual. Duele hoy, en el inmediato contexto de una climatología paradisíaca que es en sí una clamorosa invitación a la vida, la herida de esa dolorosa inadaptación más que nunca. No, no todas las personan se ponen felices por Decreto. Que sepan cada uno de ellos, a todos a quienes pueda mi débil voz alcanzar, que fui/soy/seré uno de ellos, (los años peores eran cuando ni siquiera podía uno escribir la soledad, al escribirla ya no estás tan solo, algo en ti se desdobla y te dice, vale, vale) y que aquí están mi mano, y este pobre cuaderno, y mis libros, lo mejor de mí que yo pudiera darles, por si de algo les pudiera valer. Habla, lee, canta, salta, baila conmigo, amiga/o, si tú quieres. Aquí me tienes, nadie me manda, excepto tú.

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