jueves, 2 de abril de 2020

LA DISTANCIA, LA DISTANCIA, ES POR SU SALUD (SALTARNOS EL CONFINAMIENTO II, RELATO, DÍA 19)



   
   
   Y me contestó que sí. Y sólo se nos ocurrió que podíamos vernos en un Mercadona que a los dos nos quedaba a medio camino. Que iríamos hasta allí cada uno en su coche. Pero sólo un ratito, me advirtió secamente. Ella así es. Vale, va, si se tiene que acabar el mundo, que al menos me pille conversando en vivo con ella, me dije. Por las calles desoladas sólo pululaban algunos silenciosos espectros, apurándose a las tiendas para el acopio de víveres. Las carreteras vacías, los semáforos extrañamente relucientes, fiscales ante los que los escasos conductores parecíamos todos sospechosos de algo. Conduje hasta el merca bajo el atardecer de marzo, venenoso en sí por la belleza con que se escurría tras el parabrisas, con el corazón retumbándome como el Tamborazo de Calanda, imagínate. Al aparcar arañé de lo lindo el coche y no maldecí, no te digo más. Llegué a la lánguida cola en la calle, con dos metros entre zombie y zombie, casi todos ya enmascarados, yo no, con la bolsa de la compra vacía también servidor, para mejor disimular. No la vi. ¿Me habría estado vacilando? A la entrada ya del merca, el segurata proclamaba la consigna sin parar… Guarden la distancia, por favor, guarden la distancia, de uno en uno solo, por favor, solo de uno en uno…
   La encontré al fondo del primer pasillo, tras los palés con las cajas de leches, en la zona de los cereales, con su bolsa de cuadritos también, allí estaba, enfrascada en las etiquetas. Qué guapa estaba la condenada. Unos vaqueros, una trenka azul, una diadema para contenerle el pelo y sus ojos mesopotámicos, que más aún descollaban sobre la mascarilla quirúrgica. Fantaseé con besarle el pelo por la espalda y a traición, en la nuca, pero me detuvo a tiempo el estado de las cosas sobre la violencia de género, o el que podría arrearme un bofetón del quince y ya está, y también el que, otro fornido segurata, celoso de su misión, no dejaba de recorrer el local mirándolo todo sin dejar de gritar… la distancia, es por su salud, la distancia, es por su bien… Así es que yo hola, cómo estás, y ella “de salud, bien, de lo otro, puedes imaginártelo… y tú”, y yo “de salud, bárbaro, de lo otro… he tenido siglos mejores”, y ella “tonto… hemos quedado para hacer la compra juntos, ¿vale?”, y yo… pero, claro, y qué emoción, malimitando a Boris Izaguirre. CONTINUARÁ MAÑANA

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