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miércoles, 1 de abril de 2020

Saltarnos el confinamiento (Relato, Día 18)




   Me moría de ganas por volver a verla, por tenerla cerca de nuevo, por conversar con ella, por mirarle los ojos a un palmo, por  tener su mano entre las mías, por todo eso, sí, sí, sí, pero en medio del severísimo confinamiento –tan largo ya, al que no veíamos fin- impuesto por causa del virus asesino, que no cesaba de cobrarse víctimas el muy cabrón, qué hacer, cómo hacer. Los controles policiales aumentaban, las multas eran también terroríficas, el miedo de sólo salir a la calle vaciada, y sin querer tocarte con vete a saber quién, nada despreciable. Pese a todo, ¿sería por la pesadilla de fin del mundo que la epidemia suscitaba?, ¿por nuestra triste historia en común?, ¿por la exacerbación sentimental que la clausura me estaba provocando?, la pura verdad es que yo suspiraba por estar con ella. Aunque tuviera que saltarme la drástica prohibición, aunque corriera riesgos, aunque sobre mí cayera el universo inmenso. No sabía tampoco por dónde podría salirme ella. Más de un año sin hablarnos.  ¿Plantarme en su casa? Ni hablar. Puede que me mandara al cuerno desde el mismo portero automático, amén de los vecinos, que andan miroteándolo todo ahora, que puede que alguno, asustado por todo y por nada, llamara a la policía y con los móviles y todo eso se montara allí por mi culpa un numerito que “pa qué”. Así es que, zasca, me limité a escribirle en el guasap… “¿te atreverías a saltarte el confinamiento y vernos un ratito?”. CONTINUARÁ MAÑANA

martes, 31 de marzo de 2020

Súbeme-la-radio (La chapuza y III, Día 17)



  …Bajo el sofá  –hasta allí debió salir disparada- había una especie de tuerca. Con agujero y doble cabeza, qué era eso, ¿una hidra bicefalita? Una tuerca rara, rara, rara. Al menos para mí. Como aquel hombre de Neandhertal al descubrir el Fuego, ahí yo ante esa extraña tuerca. A ver, a ver, a ver. La uní al tornillaco en todas las coyundas posibles que se me ocurrían. Así no encajaba, así tampoco, ni así, ni asao, joder, que nada, que nada… pero, wait, wait … ¡así, sí!, ¡claro!, ¡eureka!, así entraban los dos a la vez dentro del listón… y ya está. Los engarcé meticulosísimamente, los introduje en la tabla, los sujeté con la mano, crucé los dedos, recé mis oraciones, los apreté duro con el destornillador… ¡Sí! ¡Lo conseguí! Menos mal que nadie desde balcones próximos –que yo viera- me guipó entonces porque, ebrio de júbilo, me di tres volteretas seguidas sobre el parquet. Me repachingué por fin, Triunfador Sapiens sobre el balancín.  
   Aupado sobre esa insólita euforia, ingrávido, medio loco, ya puesto, entre cánticos pachangueros del súbeme-la-radio-esta-es-mi-canción  me puse a limpiar la mesa y las sillas y el mueble de la tele y las estanterías de los libros, que lucían la noble pátina del polvo acumulado, y yaque los cristales de las ventanas, no te digo más, que incluso hasta con las barruceras del espejo del baño y los grifos la emprendí y…  y ahí dejé ya la limpieza, que tampoco convenía pasarse, no fuera uno a desmayarse ante tanto brillo. Y es que entonces, además, noté explotar dentro de mí un violento caudal de inspiración escritora atravesándome de parte a parte, así es que de inmediato me puse al piano, digo al teclado del ordenador y, medio poseído y arrebatado por no sé qué dioses, me di a la escritura de una fabulosa historia, que ya a partir de tomorrow, si es que vous voulez, leeréis, compays.

lunes, 30 de marzo de 2020

¡PERO QUÉ MANAZAS ESTÁS HECHO, TÍO! (LA CHAPUZA II, DÍA 16)



… Ostras, y por dónde y cómo empezar, si no tenía ni zorra de para qué todo aquel amasijo de alcayatas, arandelas y cachivaches varios servían. Volqué el balancín –casi me aplasto un pie, leche- para poder trabajarme bien la avería, lo examiné todo más serio que un perito fiscal y… me dio la risa… ¡NPI! Qué inútil eres, pero qué manazas estás hecho, me flagelé con ganas, de veras. Gasté lo menos diez minutos nada más que en mirar el entuerto: la tabla suelta, el tornillo largo que no enganchaba con nada, los encastres de madera a su bola. A ver, vale, podía darle pegamento durísimo a los encastres –que me puse perdidos los dedos con sólo intentarlo-, pero sin amachambrar el tornillaco no servía para nada. Saqué un destornillador, sólo que demasiado grande, luego demasiado pequeño, al fin el correspondiente, pero para apretar dónde. Ni flores. Otros veinte minutos en blanco, aunque me puse rojo, que hasta una patada, yo te confieso, le arreé al jodido balancín, desplazándolo lo menos un metro, descolocándolo, perdiendo más tiempo pa ná.
   Encabronado y todo, seguí porfiando con la cosa, una y otra vez repitiendo lo ya intentado, atornillando el vacío, que rayé la madera y todo en el forcejeo, una hora mínimo, o más, y es que mi porfía era del género bobo, dada mi nula clarividencia en esos negocios, dada mi torpeza constitutiva, vamos. No puede ser, tiene que faltarme algo, joder, pero qué. Me senté de culo sobre la alfombra, me insulté de nuevo, me tiré por el suelo derrotado y… entonces vi algo. CONTINUARÁ MAÑANA

domingo, 29 de marzo de 2020

Y de repente, una chapuza (Día 15)


  
  De no ser por esta obligada clausura, ni me pongo, ya te digo. Pero enjaulados a la fuerza como andamos todos, había que al menos intentarlo, ¿no? Hace unos días, verás, advertí que una de las tablas horizontales que contrapesan la estructura del balancín –a mecedora no llega- de Ikea en el que el menda se solaza a leer, y a ver pelis y tele, por uno de sus lados se había desencajado. Me asomé entonces a la anomalía, vi un largo tornillo suelto y dos anclajes de madera despegados, los encajé a lo bruto, le di a todo un golpe y… nada, que aquello bailaba para todos lados igual que antes. Negado del todo como es uno hasta para cambiar un halógeno, me dije, uff, ¿puedes todavía sentarte en él, no?, y como, si bien más hundido, así era, rematé la faena con un íntimo… pues passando. Hasta que al día siguiente, olvidado del asunto y por tanto del todo confiado, fui a apoltronarme sobre él, y de pronto aquella estructura retembló, y como barca averiada con estrépito se volcó de un lado, dando en el vuelco de paso, para haberme matado, con todo mi cuerpo serrano contra el parquet. Blasmefé hasta en yiddish, of course.
    Cuando el cabreo se me alivió, llegué entonces a lo del joder habrá que intentarlo que arriba te conté. Y me puse, jejejé, manitas a la obra. Saqué la maletita de herramientas básicas que my Father Protector, tan hábil él para todo, en su día dejara en mi casa.
CONTINUARÁ MAÑANA

sábado, 28 de marzo de 2020

Rocambolesco y asombroso (Día 14)




   Qué rocambolesco el que esta devastadora epidemia ya mundial, que tanta angustia como dolor y muerte nos contagia, que nos rodea y obliga a enchironarnos en las casas, le pille a uno enfrascado en un documentadísimo libraco que, a despecho de las habituales visiones apocalípticas, prueba el incontestable progreso de las condiciones de vida en sus principales parámetros para la inmensa mayoría de la Humanidad. Lo normal, lo cotidiano, hasta hace sólo doscientos años, y desde hace miles y miles de ellos, desde los hombres primitivos, para casi todos, que eran muy pocos, pues las poblaciones, presas de una mortalidad elevadísima, apenas aumentaban, eran la escasez, el miedo, las catástrofes, la enfermedad, la guerra y la muerte, en fin, la vida cortísima, penosa y lúgubre generalizada. Históricamente fueron las epidemias la más poderosa causa de mortalidad, esos invisibles organismos que la Naturaleza también aporta, que se reproducen con rapidez a costa de nuestras vidas, a veces exterminando civilizaciones enteras y matando a millones de humanos, más que diezmando a tantísimas poblaciones. La fiebre amarilla, la viruela, el tifus, la malaria, por decir algunas, cuando al menos pudo ya ponérseles un nombre, para luego combatirlas. ¿Consuela algo el saberlo? Hombre, algo sí, pero no mucho, la verdad.  

   Y más asombroso, alucinante diríamos, resulta aún el que, siendo un libro publicado en 2016, “En defensa de la Ilustración”, de Steven Pinker, 741 pgs, Editorial Paidós, pueda leerse en el mismo que el astrofísico Martin Rees “en 2002 apostó públicamente que en 2020 el bioterror o el bioerror provocarán un millón de víctimas en un solo suceso” (pg 371). Y que el mismo Pinker en público, irónico ante ese tipo de profecías chorras tan habituales, le aceptó la apuesta (pg 379). No sé cuántas víctimas al final se cobrará el coronavirus, en qué macabra estadística se detendrá su macabro mordisco, pero al leerlo, de momento, yo es que me quedé pasmado. Pasmado.     



viernes, 27 de marzo de 2020

Aquel flan




  Esta mañana bajé de nuevo a por el pan… y a por un flan. Tuve, en medio de esta ciénaga, ese antojo, yo que sé, me dio por ahí. Como si anduviera el muá, tú fíjate, embarazado, embarazado de ti, mujer. Me asaltó de golpe, vete a saber por qué,  el imbatible olor al flan casero que hacía mi abuela de pascuas a ramos en mi remota niñez. Venía, con un chino mandarín sonriente con sus finos y blancos bigotes más la perilla, pintado allí, dentro de un sobre que ya por sí solo lo aromatizaba todo con una primicia irrefutable de su maravilla, Flan Chino Mandarín. Hmmm, cerré los ojos y me relamí a fondo los labios, haciendo bien real aquella justa dulzura, aquel olor embriagador, su precisa textura, su flamante color, el del sol, el del oro, los mismos, sólo que mejor, en temblor vivo, todo ello por fusión multiplicado, más aquel dorado tiempo. Así es que terminado el éxtasis me dije, ya está, va, tengo para hoy plan: un flan.  

jueves, 26 de marzo de 2020

Máscara, mascarilla




   Parafraseando a Ortega y Gasset, -Ortega y Virusset aujourdhui- diríamos alora que yo soy yo… y mi mascarilla (la que, por cierto, no tengo). Con ella a cuestas, o con la sombra de su ausencia, a la compra, a la farmacia –de dónde desaparecieron-, a lo esencial. Obsérvese que en general la máscara supone comedia y, que de forma bien extraña, descubrimos que su diminutivo, que generalmente implica cariño, arrastra en esto tragedia, y que entre tanta risa –aumenta las defensas, dicen- en medio de las lágrimas –aumenta la humanidad-, a veces nos va pareciendo todo esto tragicomedia. Ojalá llegue pronto el grito de verdad liberador: ¡Fuera mascarillas!

miércoles, 25 de marzo de 2020

Esta primavera (Día 11)




   A ratos lucía el Sol con ganas tras la ventana. Como un resorte, me bajé a comprar algo entonces. A darme hasta allí un mínimo paseo de paso. Cuarenta metros, más o menos. A ponerme, ya tú sabes, a la cola de los pasmarotes medio zombies… que, sin duda por el influjo del esplendor del astro rey, indiferente del todo él –o no- a la peste que nos confina y ataca, estaba animada y charlatana, con menos distancia fija entre nosotros que otros días. Con el sol –se ha dicho un millón de veces, no por eso menos verdad- viene la alegría, aunque sea provisional, viene la luz, viene la claridad. Podemos entonces ver algo más allá. Desde la cola veía un trozo de campo. Es muy misterioso: en medio del virus, inmunes a él, a su bola, hierbas, matojos, arbustos, chiribitas… cómo todos se estiran y repintan, cómo se amarillea y verdea todo. Cómo, a pesar de los olmos derribados, despliega puntual sus hermosos protocolos la primavera. Y eso, que los pasmarotes andábamos hoy milagrosamente bienhumorados.  O sole mío, deberíamos habernos puesto a cantar. O sole mío, cómo tú estás. 

martes, 24 de marzo de 2020

¿Cuentos chinos?




  Dicen las radios que China –sus despóticos Jerarcas- se ha convertido ahora en el Gran Bazar Mundial ante el que los Emisarios Plenipotenciarios de todo el Mundo de rodillas mendigan con miles de millones de dólares y euros en la faltriquera digital las vituallas de emergencia ante la Peste Global: mascarillas, trajes de protección, pruebas diagnósticas, respiradores y lo que te rondaré coronavirusera. En meses tres, para el mundo entero, en medio de una plaga voraz, ha pasado China –como si sus Jerarcas fueran peritos, eso es, en mover siete platos a la vez ante el público atónito- de ser el epicentro del Mal a ser el tabernáculo del Vil Metal, de ser Zona Cero del horror y la exclusión a ser Zona One del negocio y la promisión, dime tú si no es asombroso, si prodigio así, en el intervalo de la catástrofe atroz,  habíamos visto antes en la Historia. Algún truco ha de tener, claro, la cosa, la chamusquina de China, de sus despóticos Jerarcas, tan astutos, que cazan los ratones todos, grandes y diminutos.  

lunes, 23 de marzo de 2020

Va (Día 9)




   -Espero, deseo y quiero que estés bien
   …
   -Lo mismo te digo