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miércoles, 31 de agosto de 2011

El Tiempo, El Padrino y Al Pacino

                                      
                                            Tócala otra vez, Michael (mejor)


    Pocas veces cómo esta que ahora te recuerdo, lector, habrá conseguido el Arte, a mi juicio, expresar con una intensidad similar y con una belleza tan sobrecogedora las heridas del Tiempo y de la propia vida en los hombres, personalizados en la trágica figura de Michael Corleone. Actores, imágenes, música, palabras, todos los ingredientes con los que el Arte se hornea, elevados a las más altas cotas de su potencia evocativa y representativa, se funden aquí en un extraordinario trenzado único que sólo puede ensanchar el corazón y la sensibilidad de quien lo contempla. Así es que si tú lo quieres, lector, recorramos juntos una vez más este prodigioso testimonio artístico, pues nunca ha de avergonzarnos el frecuentar la dimensión inabarcable de las creaciones más logradas que tan felices con su sólo curso nos hacen.
     Recordemos: Michael Corleone es ya un hombre envejecido y enfermo, atormentado sobre todo por el demonio obsesivo de la culpa, torturado por los remordimientos del reguero de crímenes en que consistió su vida, y del que ya no puede ni le permiten escapar, anhelante de una íntima redención que al menos apacigüe el dolor lacerante de su conciencia. Es un hombre derrotado. Ha accedido al fin a que su hijo Anthony, desligado del todo de la familia, desarrolle su vocación musical. Michael viaja a Sicilia, el totémico lugar de origen de sus antepasados, donde va a debutar en la Ópera su hijo.

       
       Vamos allá, lector. Reclama Michael con gesto y palabras el centro de la atención de la escena: “He querido invitaros… para celebrar la primera actuación de mi hijo…”, y es ya síntoma de su ocaso, siendo quien él es, que no consiga detener el bullicio imperante, como si no pudiera ya su sola figura imponer silencio y cada cual un poco siguiese a lo suyo. Significativamente la imagen se desplaza a la mesa de juego de una sala contigua en cuyo centro visual su hija a la misma vez propone a quienes la rodean jugar cartas “a la Philadelfia”, remarcando así la distancia de todo tipo (incluso geográfica) existente entre ellos. El error de Michael con el título de la ópera da pie a la intervención de Anthony, su hijo, que le corrige y, abandonando la mesa de su hermana, se aproxima a su padre, centrando ahora sí, también con la irrupción  del prestigio de su juventud, la general atención. “Todos recibiréis invitaciones así que sed puntuales”, recalca Michael, ilusionado como un solícito padre más del común.
     “Papá, quiero ofrecerte un regalo… proviene del pueblo de Corleone y es en auténtico siciliano”. Con su agradecido gesto hacia el Padre (la magia y la donación altruista siempre presente en todo regalo, antes de que el Corte Inglés mercantilizara el gesto, claro) ha mencionado además Anthony el talismán mágico para los oidos de todos los presentes, Corleone, la tierra mítica, cuyos ecos atávicos en todos retumba con violencia, y más que nadie en Michael. “La he aprendido… en tu honor”.
     Si es ya precioso que el hijo, lleno de gratitud hacia el terrible capo de la mafia que ha sido y continúa siendo su padre, porque le ha permitido elegir su destino, le ofrezca lo que él mejor puede darle, una simple canción –habría que pensar qué hubiera hecho Michael con ese presente en otro momento- mucho más lo es el que precisamente se lo ofrezca en su “honor”, sabedores todos del haz de connotaciones sangrientas y dramáticas que ese concepto exige y cobra en la vida de un mafioso. Michael acepta el regalo de su hijo, y es como si se patentizara de esta manera tan hermosa y sencilla el cambio de valores que preside ahora la declinante estrella del Padrino: frente al Poder, a la venganza, al círculo infernal de la violencia, irrumpen la búsqueda de la paz, la íntima comprensión, la música y el tesoro intangible que la misma despliega.  
     
     Y entonces, como en un milagro increíble y bien humilde a la vez, brota esa música de guitarra como un agua purísima, principia esa sencilla voz a cantar y ya queda sólo allí la música, la música y la portentosa capacidad de conmoción y de evocación que sólo ella posee. Es como si sus notas revelaran allí la misma ancestral alma siciliana, y por eso la cámara registra primero que nada la pesquisa primero y la discreta sonrisa asertiva del anciano patriarca que Michael tiene a su mesa sentado. Pero luego, en un majestuoso plano de casi invisible aproximación, la cámara va encuadrando a Michael, nos lo va lentísimamente acercando, y es como si nos introdujera a nosotros también en la carne viva del turbulento remolino de emociones que por dentro al implacable Don están con vehemencia golpeando.  
     El cómo se las apañan director y actor para con cuatro mínimos gestos – un ligero fruncir de labios, una bajada de cabeza, otro gesto de la boca al pasar la saliva amontonada a la garganta, y una espasmódica cabezada contenida hacia arriba al cabo- darnos la primorosa medida del volcán sentimental que se agita en erupción dentro de Michael es ya terreno del misterio que sólo la inspiración artística puede explicar. Tiene Al Pacino además los ojos velados tras las gafas de sol, secuela de la enfermedad del personaje, acaso símbolo también de la desorientación de valores que ahora le habitan, oportuno antifaz tras el que esconder la emoción, y es maravilloso cómo, sin poder usar los ojos, haciendo de lo que no puede verse y sólo sugerirse el recurso supremo, ha expresado tan a la perfección su íntima convulsión.
     Porque al vuelo de esa canción maravillosa –lo haría luego John Houston en The dead- le explota a Michael en la cabeza el tropel de los más sagrados recuerdos del pasado, -así los inserta Coppola- focalizados, claro, en el Amor, en el amoroso recuerdo de la segunda esposa asesinada, en el precioso momento del torpe baile de ellos dos durante la familiar boda siciliana. Se desbordan entonces sobre la pantalla un haz de rememoraciones incontables que anuda a los personajes de la historia, a los propios actores e incluso a los propios espectadores del film, que son en su mayoría los mismos que veinte años atrás –el Tiempo, su curso inexorable,  la incurable melancolía que el mismo produce, las personas amadas que ya no están- protagonizaron y disfrutaron con esa gran historia, anudándolos a todos en un cóctel cargado de emotivísimas añoranzas, multiplicadas siempre por el latido de la canción, que es como una versión desnuda de la propia e inolvidable banda sonora del film.
      No hace falta ni entender –prodigio de la música- esa letra para notar la sacudida emocional que la misma provoca. Sin embargo, cuando ésta se conoce, en su estremecedora belleza más nos derrota aún:
                Arde la luna en el cielo
                Y yo estoy ardiendo de amor
                El fuego que se consume
                Como mi corazón

               Mi alma llora
               Dolorida
               No estoy en paz
               Que noche tan terrible

               El Tiempo pasa
               Pero no hay amanecer
               No hay sol
               Si ella no regresa

              Mi tierra está ardiendo
              Y arde mi corazón
           Lo que ella ansía por agua
           Yo ansío por amor.

           A quien cantaré mi canción
           Si no hay nadie
           Que se asome en el balcón.

     Cuando vuelve la imagen al presente, vemos a Michael restregándose los ojos sin las gafas, cobrando pie de nuevo en el presente. El presente es la peligrosa atracción entre su hija y su sobrino.  Observamos que su hija ha percibido desde la mesa la intensa emoción que embarga a su padre. Como si adivinara lo que por su cabeza ha pasado. Se miran y baja ella los ojos. A su lado, su primo, ajeno, le acaricia el pelo. Michael, que no aprueba esa relación, les mira. No es una mirada desafiante, es una mirada de reproche, desde luego, pero es casi también una súplica, y a la vez una orden. Sin palabras, en un momento cinematográficamente extraordinario, que sintetiza en sólo esas elocuentes miradas cien líneas de diálogo, Michael consigue esa victoria: los amantes no aguantan su mirada, reconocen su ascendencia, se separan.
     Puede así él volver de nuevo y en paz a reconquistar lo mejor de su pasado. “Era una mujer excepcional, muy hermosa. Yo la quería, pero murió.” Cierra así Coppola la escena, con Michael haciéndoles esa confidencia a sus hijos –que lo son de la primera esposa- en la calle llena de luz, sin guardaespaldas alrededor, como un padre más, concediéndole esa tregua a su tormento interior, junto al muro de un edificio religioso, símbolo de la paz y del perdón que Michael Corleone busca. Como dice la canción, el Tiempo pasa, mas no amanece.  
       
              

lunes, 29 de agosto de 2011

Gadaffi, aparta tus sucias manos de Condoleezza (Poessía diez)


Gadaffón, pedazo de bribón,
Aparta tus sucias manos de Condoleezza
Que es ella sólo mi negra Alteza
Que es ella mi morenísima divinidad
Olvida para siempre a mi más secreta beldad
No me seas, Muamar, por Alá tan julandrón.

Si te sobran vírgenes amazonas de garrafón
Rabiosas por morirse  ante tu look.
Que la vi yo mucho antes que tú
Mientras te  probabas el último canesú
Mientras fusilabas hasta en Uagadugú
Que es lo tuyo ametrallar libios sin contrición.

Ya entonces yo me postraba
Ante el escándalo de esa belleza
Ya mi fiebre las pantallas incendiaba
Ante la diáfana distinción de su fineza
Ya medio en sueños por lo bajo yo clamaba
Tras la dulce hermosura de Condoleezza.

Esa boca, con alas de tiramisú
Esos hoyitos, nidos de paspartú
Esa sonrisa como el más bello tul
Qué puedes de eso enseñarme tú

Fashion matarife de ocasión
Déjame a Condoleezza en paz
Dale la manita si quieres tú
Adefesio del Tumbuctú
A la pila de los esqueletos de tu ambición
No manches más con  aliento agraz
El recóndito vuelo de mi ilusión.


Qué sabes tú,
Haragán de la jaima chusca,
Pelandrusco del lambrusco
De esos dientes en hilera
Que son ringlera celestial,
De la música y del piano
Que le brotan a la vuelta de las manos,
Del agua en fulgor manantial   
Que le bruñe los ojos de negro,
De la finura en la linea de esos labios,
Delicados y rossos como un buen sueño.

Dime Gadaffón, sátrapa en camisón,
Déspota estilado por Christian Dior
De esa frente que es ubérrimo edén
De esa piel que es tenue melocotón
Del súmmum de esa serenísima belleza
Que puedes enseñarme tú.                      
                                                                                

(Post-post: tenía yo pensado, lector mío, tras la dudosa poesía de mi Contra Tiempo, escribirte y escribirme una extensa página que en prosa ilustrara con una parábola cinemascopera un poco esta misma tabarra del Tiempo que me traigo, acaso por ver si, al abundar uno en lo mismo, el rigor de Cronos,  aunque sólo por aburrimiento fuera, en algo amainara, o al menos que así nos lo pareciera. Eso había yo planeado, pero de golpe, la sierpe tentadora de la actualidad –al cabo es uno una mezcla mal acabada de periodista, politólogo, ensayista de variedades y cuentista del monte del olvido con ínfulas además de poetastro, es decir, como las malas pizzas, un surtido de todo y de nada- me ofreció la manzana que traía dentro las pruebas de la presunta obsesión de Gadaffi por la Rice. Y como un panoli la mordí.
      Me daba rabia, porque es que a la Rice creía ser yo el único en el mundo que la amaba, y verme coincidiendo en miraditas con Gadaffi hinchábame hasta el colmo las narices.  Más que probar la manzana del pecado fue como si una especie de abducción extraña me invadiera el ánimo, y como tenía aún por la cabeza resonándome la averiada música de la mía poesía, igual que los poetas románticos de cuando Bécquer, me dije, José Antonio, no es ya tu voluntad libre la que desbarra, es tu despecho, tu despecho y esa endemoniada posesión mesmérica por la noticia gadaffina de Condoleezza que te habita los que te empujan a escribir, para sólo así poder de ti todo eso arrojarlo. Le eligen a uno según que demonios, eso es todo.
      Visto con calma el resultado, ahora si que estoy ya del todo poseido por las brujas de las dudas. Ya comprendo que alguna leche me ha de caer por esta osadía de hoy, y que alguno huirá despavorido de mi mediocre jaima, mascullando para sus adentros pestes de mi facciosa herejía. Bueno, me liberé al cabo. Luego dicen que la poesía es cara. Si no manda uno en su triste blog, si no manda uno ni en el pañuelo de su fracaso, sería para ya escribir y no echar gota. Sabemos lo que pasa. Como dijo el otro, nadie es perfecto. Pues eso)     





viernes, 26 de agosto de 2011

Contra Tiempo (Poessía nueve)



Sé que entonces la vida
era una playa más que infinita
un páramo inacabable
un estanque sin márgenes a la vista
y que sólo un mes por delante
era la inconcebible eternidad.
También me encorajinaba,
no creas; el alevín nunca
rasgaba la crisálida,
empantanado en el garabato de su rostro por hacer.

Sólo sé que ahora
es ya todo
cuesta abajo en despeñadero,
un áspero Tourmalet a abierta tumba,
sólo el remolino turbio
de un agua sucia
que se pierde a toda prisa
para la vorágine de
las pirañas sin alas
que graznan sedientas bajo el fregadero.

No hay mariposa que nos manche ya,
que nos alcance de color
ni las manos ni los tubulares gastados.
Vamos ya con la cadena fuera.
Montamos sólo el vértigo
y la ola en caída de una  montaña rusa
despiadada
que en cualquier retortijón
nos escupirá hacia la nada

Por eso antes yo rezo
rezo, no me avergüenzo,
y chasco mis dedos,
a ver si todo se detiene un segundo
y tú y yo, sí, tú y yo,
aprovechamos el impasse
y nos emigramos de la mano
a un planeta sin nombre,
en el que no se respire tanto
el anhídrido del Tiempo.

Tú y yo, sí.







miércoles, 24 de agosto de 2011

Eva Amaral vuelve


                             
                        De Eva María a Eva Amaral, mejor
   
      ¿Se halla, lector mío, la memoria íntima del verano, su latido más hondo y verdadero, en las conocidas vulgarmente como las Canciones del Verano? Diríase que no, que las hechuras repetitivas y facilonas de éstas, poco o nada tienen que ver en principio con el secreto de la estación del esplendor, en la que tantas cosas parecen trenzadas con el mismo material del que están hechos los sueños de sus noches calurosas. Y sin embargo, si nos esforzamos en singularizar alguna de ellas, si buscamos la  mena entre la ganga, puede que esas canciones nos revelen esenciales sustancias del verano, gemas que antes ni sospechábamos que pudiesen llevar envueltas entre su resuelta banalidad.
     De forma que, por ejemplo, recordamos todos de sobra (casi todos, claro) que Eva María se fue, buscando el sol en la playa. Nos despista del todo el tono sandunguero de la melodía, pero, ¿de qué nos habla en el fondo esta canción?  De la herida abierta y del dolor sin tasa que causa la pérdida del ser amado. Ella se marchó –dice el chico de la canción, desconsolado tras la chispa de sus trinos gongorinos- y sólo me dejó recuerdos de su ausencia. Y sin la menor indulgencia, Eva María se fue.  Habla también de que las chicas maduran antes y de que pronto nos ven pequeños y bobos, y de que necesitan entonces ellas conocer y abrirse a nuevos y más amplios horizontes, los que dora a lo lejos el Sol, esa promesa total de libertad.
    
       Por eso cogen su maleta de piel y su bikini de rayas y se van, y la aflicción por el abandono nos hace –entre timoratos y hamletianos infantes- seguir viéndolas aún en la distancia, qué bonita está bañándose en el mar y tostándose en la arena, mientras anida en nosotros sólo la pena de su amor perdido. Es esta canción a un tiempo protesta de amor loco –paso las noches mirando su fotografía-, es angustiada proclama existencialista –qué voy a hacer si Eva María se fue, yo ya no puedo vivir- y es expresión lúcida de una realidad cambiante, de un momento histórico concreto –años 70- en el que está la sociedad evolucionando, en el que las chicas –Eva/María, genéricos nombres por excelencia de la mujer, por tanto no al azar elegidos- empezaban en primera persona a decidir sus vidas. Estamos, pues, –y la festiva canción da cuenta en el fondo de ese trascendental cambio- ante el pleno acto libre de una muy resuelta voluntad afirmándose y ejercitándose en la persona de una joven, sin la menor conciencia además de estar con ello haciendo nada malo: sin la menor indulgencia Eva María se fue. Nos dejó, punto pelota.
      
     Y con el mismo transcurrir de tanto veranos, con el tiempo infinito que los mismos despliegan, la simbólica Eva María de entonces, que se marchó en busca del sol, que se bañó, llena de ilusión, en mil playas y en otras tantas costas de relucientes esmeraldas, se hizo un día realidad, se hizo de carne y hueso, varió un poco su nombre, porque ya no era exactamente la misma, Eva Amaral llamábase ahora, -aunque no deja de maravillarnos el casi idéntico nombre de la Rosa- y ella misma, mujer autónoma y en plenitud realizada, con la caricia única de esa voz tan suya, que tiene vibración de ola rompiente, nos deja otra hermosa y simbólica canción que se titula “Días de verano”, en la que la vemos, un poco  de vuelta de todos los viajes y de todas las cosas, aferrada a la misma maleta simbólica que llevaba Eva María, atravesando pedregales con chumberas desde alguna playa remota, -simbólico escenario de la desolación que ella ahora experimenta, correlato histórico también de la inevitable decepción que le sigue al ejercicio de la libertad, en el que tantas cosas imposibles se soñaron- que vuelve y nos mira un poco triste a los ojos para cantarle a su chico de siempre, lo que son las cosas, cantarle y contarle… que no quedan días de verano para pedirle perdón, para borrar del pasado el daño que ella le causó al dejarle, sin besos de despedida y sin palabras bonitas, que le mira a los ojos y no le sale la voz…
      Bueno, Eva Amaral, siempre nos quedará un día de verano para otorgarte la gracia del perdón, a ti, que llena tú eres de la gracia. A la luz de esa mirada tuya, Eva. Y comprendemos entonces, un poco reconfortados también por dentro, que, con todo, algo del espíritu libérrimo del Estío se encierra también dentro de las machaconas canciones del verano.

    
    




lunes, 22 de agosto de 2011

Lost in traslation


                                     Kiss in traslation, mejor
      
      Viajaba ella en el avión, volaba por tanto y confinada en aquellas alturas, ingrávida alondra rendida, …ella se durmió. Lost in traslation, pues. Le cantaríamos al oido muy bajito una nana si pudiéramos, sólo por levantarle una sonrisa involuntaria que rematara la gracia de ese rostro en muy esbelto abandono hallado. Viajar a los remotos veranos de la infancia es también cerrar un momento los ojos, balancearse un poco en ese ensueño… adormecerse… soñar… despertar en la ribera de otro tiempo no del todo sepultado.
      Soñar es también vivir otra vida, lo sabemos bien. Existen las pesadillas, por supuesto, mas de igual manera asaltan a veces  nuestra mente sin avisar los más dulces sueños, como si el minotauro irracional del inconsciente quisiera otorgarnos por cada prenda de arena otra de cal preciosa. Qué gozada entonces participar de ese sueño, como asistir a una película fantástica que por nada del mundo querríamos ver finalizada. Qué fastidio, justo a la inversa de lo que con el delirio acontece, abrir los ojos luego a la gris realidad.
     
      Soñar así… con besar la cúspide sólo de los labios entreabiertos que esta otra chica de la perla nos ofrece, besar ese arco apenas, quiero decir, hacerlo con inaudita suavidad, con muy depurado tacto, con la fresca delicadeza de una brisa inadvertida. Que por nada del mundo despierte ella a la verdad de las cosas y descubra entonces, para su absoluto espanto, que fuimos nosotros los que hollamos su más preciado confín. Que por nada del mundo interrumpamos su deleitoso sueño, ese en el que es George Clooney quien con  desvelo único la besa, pues es a él, y no a nosotros, tristes pícaros de ocasión, a quien ofrenda ella el fruto hermoso de su boca franca.
    Soñemos con besarla así, con la insoportable levedad del blog, que tiene algo de sueño también, no nos comportemos como patanes rijosos, reverenciemos esa sagrada corola. Sólo hace falta para ello que nos revistamos de la vibrante ilusión de timidez con la que, en la noche extraviada de aquel lejano verano de nuestra infancia, después de haber jugado con ellas a las prendas, también con los ojos entrecerrados, acercamos nuestros labios temblorosos para por  vez primera en la vida juntarlos con los de aquella chica que nos gustaba. Probar a qué sabían aquellos labios encendidos, con los que ya días antes habíamos soñado. Y qué habrá sido de Bego, de sus rizos morenos, dios mío.
      
     ¿Lo ves, chica de la perla, prenda sólo por un instante bloguero mía? Fui capaz de besarte con dulzura en las alturas, saboreé apenas el caramelo que se te agolpa en el vértice de los labios, y lo hice sin incomodar tu sueño de Clooney, incluso alborozándolo, pues soñaste que era él quien bien te besaba. Humedeciste, sin abandonar la dorada cala de tu sueño, con la punta de la lengua tus labios, como para retener un poco más de ese dulzor cluniano ahí. Pasó por el sagrario de tu boca un Clooney, yes.  Fue también para mí besar de nuevo a Bego, recobrar por un momento, en ese vuelo fulgurante de la memoria que el verano nos propicia, aquel primer escalofrío incomparable.
       Cerrar los ojos, adormecerse, sí, soñar, volar, viajar en pos del sol eterno de los mejores recuerdos. Destaparlos un poco, paladear su brillo duradero. Vivir también, claro. 

viernes, 19 de agosto de 2011

El Himno de la Sandía


      
     Si buscamos, fiel lector, en una cosa sola la Apoteosis del verano, la culminación del Estío, la consumación de este tiempo impetuoso, entonces hemos de mirarle cara a cara a una sandía. El más acabado de sus frutos y a la vez el más precioso de sus alivios, tan sólo una sandía de dulce agua. Si en uno anidara una brizna  del don de la música, ese lenguaje superior, sin dudarlo le compondría un himno a la sandía. También a esa gitanilla con ojos de charol relimpios que en la furgoneta ambulante de su padre me la dio a probar una mañana de la estación ardiente en la plaza de mi pueblo. Intentemos al menos un pobre remedo de ese himno, con sólo palabras hecho.
      
     Crecida y generosa de hechuras, pone de entrada ya la sandía su  estampa de fruto colosal y esférico, el propio de un estado de buena esperanza con inminencias de cumplirse. Se ha formado en el interior nutricio de la tierra, apenas sin dejarse ver hasta su estallido final, y viene a nosotros cubierta de polvo, como un último chal que la tierra le prestara en el adiós. La limpiamos luego entre las manos, al tiempo que la sopesamos, y la humilde sandía se deja cachetear, tan confiada. Nos intriga ya ese verde tan profundo, ese verde abisal tan terso que ahora luce, como si del mismo fondo del mar oscuro viniese, con sólo un ramalazo de luz amarillenta a un costado. Queremos saber lo que la sandía lleva consigo, claro.
     
      Y cuando al fin la abrimos, cuando entramos en su corazón, con ese crujido seco suyo como un movimiento de tierras, con ese dolor del parto como una inútil protesta, dios mío, es como si avistáramos de pronto la arista enorme de un rubí arrebatado, tal es el brillo de las sandías mejor cuajadas. Casi hemos de cerrar un poco los ojos a tanta luz líquida del color de la púrpura. Tiene algo la sandía, su súbito grito de luz roja en la penumbra, de adolescente al que se le hubiera de golpe subido el rubor a la cara al ser sorprendido en un apuro. Brillan entonces en ese firmamento encendido en color escarlata que chorrea, sus pepitas negras, estrellas oscuras ahí, que relumbran como si de un inaudito oro negro fueran, y apetece, pese a que nada son, pasárnoslas una a una por la punta de la lengua.
     
      Si con destreza sacamos entonces de la redonda sandía no menos de doce magníficas medias lunas purpuradas, dime, lector, cómo evitar, si el calor aprieta, si su soberbia figura tamaña turbación nos procura, si es tan cercana su promesa de frescura, cómo evitar, por qué y para qué evitar tener esa carne y esa pulpa entre los labios, tan tierna que anega de un agua carmesí  nuestra boca, hasta resbalarnos barbilla abajo.
     Bendición y maravilla, pues, de la sandía, de su íntimo agua tan exquisito, en el clímax de su sazón en el corazón del Verano, revelación gloriosa y dulce remedio a la vez del mismo. Ah, aquella gitanilla que de la mano un día me la dio a probar, iniciándome ya en su misterio, “¿a que sabe dulce?”, me dijo medio riéndose. Y uno, medio atontolinado por la leyenda del mal de ojo, que sólo acertara entonces a contestarle, como si le devolviera una maldición, “y tú más”.


miércoles, 17 de agosto de 2011

¡EHH, ¿HAY ALGUIEN AHÍ?!

     
      Recuerdo que, en medio de esos veranos dichosos de la infancia, ya le asaltaba también a uno de vez en cuando el tenebroso ogro  de la soledad. Tiende uno a la misantropía, como tantos otros basculan por instinto hacia el cachondeíto fino, y qué se le va a hacer. Me iba yo solo entonces a una dehesa apartada que había en mi pueblo, me internaba en aquella rara espesura de árboles y de sombra hasta llegar a un caserón abandonado, la casa de la Joaquina, el típico escenario de románticas y fantasmales habladurías. Nunca había nadie allí. Se encaramaba la trasera de aquel caserón sobre una quebrada natural del terreno en cuyo fondo rebrillaban las aguas de un río, que debió alguna vez  ser caudaloso, pero que entonces era ya sólo riachuelo.
     Me asomaba yo desde allí a todas aquellas feraces soledades, como un eremita niño, me abismaba un momento,  y sin saber bien por qué lo hacía, ahuecaba mis manos sobre la boca e interrumpía con mi grito un instante el parloteo incesante de las aves: ¡EHH, ¿HAY ALGUIEN AHÍÍÍ?!
     Nadie contestaba, claro, y reanudábase luego el habitual cotorreo piafante de los pájaros, incluso acelerado ahora, como si a sus estrofas de siempre acompañaran las notas de un nuevo trino, ¿habéis-visto-este-zagal-lo-tronao-que-está-lo-habéis-oído? Le daba yo entonces la espalda a todo aquel histérico canturreo.
     
      Pero un día, desde el alma de aquella hondonada una voz contestó a la mía. ¡ESPERA, CHAVAL, AGUANTA AHÍ! Me giré sobresaltado y, después de algunos instantes, entre los matojos que poblaban el fondo de aquel despeñadero, emergió la figura de un hombre barbado y sudoroso que llevaba un saco al hombro y que hacia mí venía, agitando con una oleada  su velludo brazo libre.
     No, no era el Hombre del Saco. Era vecino, según me explicó, de un pueblo cercano, Cabañas, que se había allegado por la dehesa para acortar el camino de vuelta a casa. Eso me dijo. Caminamos entonces un buen rato juntos, de vuelta yo ya también. Sin hablar apenas, qué frescor en esta dehesa, eh, cuál es tu pueblo, sólo eso, pero en compañía. ¿Me llevas un rato el saco? Me lo colocó sobre los hombros durante un breve trecho. Pesaba. Mientras, él liaba un cigarro de picadura y se lo fumaba, saboreándolo mucho. Yo miraba sus sandalias de cuero negro polvorientas. Al llegar a una encrucijada donde terminaba la dehesa nos separamos en direcciones distintas. Pero antes, aquel hombre rebuscó en su saco de tela marrón áspera y rezurcida y me dijo: toma chaval, por darme compañía. Gracias, le contesté, tal como mi abuela me aconsejaba responder siempre ante el regalo de un extraño.  
     
      Me costó unos instantes, caminando ya en solitario hacia el pueblo, obturado aún mi corto entendimiento por la simpleza ocurrida, comprender que lo que aquel hombre me había regalado era sólo… una sandía, una pequeña sandía. Me la acomodé, como un Hamlet infantil bajo el atroz agosto, sobre la palma de mi mano izquierda, y bajo la solana, la sandía, su rotunda esfericidad, como la cabeza de un negrito recién cortada, un poco me hechizó. Apenas podía apartar los ojos de ella. Le voilá, la sandía.
     Tuvimos que tirarla, claro, pues la mayoría de las sandías pequeñas salen insulsísimas, pero al menos aquella vez de mi grito ante el vacío, algo el mismo vacío me devolvió. ¿Era sólo cuestión de tiempo, era cuestión de insistir e insistir?
     Y ahora, a la vuelta de una torrentera ya desbordada de agostos inclementes, hoy como ayer, es como si cerrara yo una vez más el circulo de la mía misantropía, y siento que es la entera ciberesfera un poco como la casa de la Joaquina aquella, y asomarse en este agosto al balcón del blog es también asomarse, viejo y más Hamlet aún, a aquel hondo despeñadero, sólo que pobladas estas estelares vastedades de miles de rutilantes cuerpos celestes titilando al unísono sobre la universal bóveda del Internet, y cómo brillan en la Noche inmensa, por más que, ahuecando también las manos, sea idéntico mi grito al de entonces: ¡EHH, ¿HAY ALGUIEN AHÍÍÍ? 
    

lunes, 15 de agosto de 2011

Soledad

     
      En días como el de hoy en el mío país, (qué extraño esto del bloguerismo transnacional, debe recordar siempre uno que está escribiendo para el mundo entero, por más que todo ese universo mundo lo constituyan en  realidad cuatro gatos escaldados, si bien no tanto como yo, de soledad y desánimo) la mitad de sus nacionales está de parranda en la fiesta de su pueblo del alma (es día festivo en todos) y la otra mitad anda broceándose de lo lindo, jubilosos al viento y al sol marineros de las infinitas playas del litoral.  
     
      Pero también en días como hoy (día crítico en el calendario, junto al día de Fin de Año) hay miles de personas, apenas visibles, por miles de razones a su vez que malamente pueden resumirse en una esencial inadaptación al monstruo de los mecanismos sociales, que sienten más que nunca el mordisco rabioso de la soledad. Todo a su alrededor les remarca y les recuerda hoy su estricta soledad, esa sombra amarga. No la pueden hoy siquiera difuminar en el tráfago corriente de un día habitual. Duele hoy, en el inmediato contexto de una climatología paradisíaca que es en sí una clamorosa invitación a la vida, la herida de esa dolorosa inadaptación más que nunca. No, no toda la gente se pone feliz por decreto. Pues que sepan cada uno de ellos, a todos a quienes pueda mi débil voz alcanzar, que soy yo uno de ellos, y que aquí está mi mano, y este pobre cuaderno.

    
    

viernes, 12 de agosto de 2011

Hogaza de Pan tan rica


          Nos peleábamos entre los primos, en los días furiosos del sol de agosto en el pueblo, porque la abuela, con su estricto moño de gobernanta sabia, nos mandara a uno y no a otro a la panadería, a comprar la hogaza del pan. Lóbrega panadería del pueblo, con horno propio, a la vez taberna y asador para el día de la Fiesta, tienda de ultramarinos –y cómo de exótico nos sonaba esto de ultramarinos, como si las sardinillas apretujadas en la lata vinieran así de allende unos mares colosales que no sabíamos siquiera ni imaginar por aquellos semidesérticos andurriales- y único teléfono también, club social además para las partidas de los viejos al atardecer, que todo eso reunían sus ahumadas paredes entre veinte metros cuadrados y bajo tres bombillas huérfanas. Era la panadería aquella como el bonsai de un Corte Inglés en potencia que el mío pueblo entonces ya tuviera, todo un lujo asiático en la híspida meseta, que había pueblajos de Dios perdidos que ni eso tenían, y que a mi modo, como en un haiku muy mío, quisiera yo ahora acercar a tus ojos y a tu alma, lector venerable.
     
      La blanca fumata del horno anunciaba a media mañana que ese día tendríamos ¡pan reciente! Corríamos luego por las callejas hasta allí para llegar cuanto antes… a esperar en la cola. “Ya sale, ya sale”, murmuraba con entusiasmo en la voz alguien, y aquel olor de la masa candeal horneándose que inundaba la estancia de la espera, aquel cálido y penetrante aroma sólo podía ser un anticipo cierto del Paraíso. No puedo concebir un olor más subyugante que aquel. Debe así oler la Gloria. Nos quedábamos todos ya un poco transidos y medio colocados en la ardiente esperanza de la epifanía de las hogazas,  que  como  escudos recién tostados al oro, como esféricas efigies de enormes monedas walkirias derramadas, entre la agitación festiva de los presentes, lanzaba el panadero sin contemplaciones al cabo sobre los estantes.
      
      Pagábamos la hogaza, restallante de brillo candente, y volvíamos a casa triunfadores, con ella entre las manos, y había que pasársela, con el pañuelo debajo, de la una a la otra, y soplarlas mientras, que quemaba de lo lindo la hogaza, como si acabáramos de conquistar un trofeo precario, aquel pandero de pan ardiente que tanto recordaba también al mismo disco solar. Mirábamos arriba del cielo azul, luego al círculo aquel de harina amasada e incandescente elevada al fuego del horno que entre las manos llevábamos. Qué cegadora confusión de soles. Sólo que nos quedaba éste de la hogaza al alcance, provocador, tangible, arrebatador, insolente de dorada y muy aromática belleza. 
     
     Y entonces, cuando íbamos ya a llegar a la casa de la abuela, cómo vence un niño la tentación, díganmelo, explíquenmelo bien, por favor, como puede un niño no darle un pellizco a la hogaza, mellarle con los dedos su corteza crujiente, encentarla y llevarse una primicia de ella a la boca, el milagro verdadero de aquel pan entre los labios y el paladar, que no habría manjar que la mejor cocina francesa en mil siglos que tuviera podría inventar a su altura.
     “Ahora verás, la que te vas a ganar con la abuela”, nos despertaba alguien  de ese sueño. Sólo que la abuela por esta vez, alabado sea el Señor, hacía como que nada veía. Ella misma se permitía la insólita indulgencia de  darle un trisco a la hogaza crepitante y tan rica, de saborear así su trozo de pan.


miércoles, 10 de agosto de 2011

Trillando voy, trillando vengo


       
      Me reñía mi abuela en agosto, cuando volvía yo a su casa, sudoroso y con la sonrisa bien dibujada en la boca, como un niño que aún se relame de cuanto acaba de disfrutar, justo a la hora de comer. “Ah, bobón, ya has estado trillando otra vez. ¿No ves que ése es su trabajo? Y mientras tanto ellos, tan ricamente a la sombra. ¿A que sí? Como vea a la María, me va a oír, me va a oír”. “No te enfades, abuela, si me encanta trillar con los burros”. Y le decía entonces yo a mi abuela nada más que toda la verdad. 
        
      Existe un paisaje que a todos avasalla sin duda para rememorar los  días felices de agosto en el pueblo de Segovia: el cegador esplendor de la era en verano, el rubísimo mar de oro puro que parecían las mieses deslumbrantes,  extendidas por todo el erial bajo el clarinazo del sol en la mañana. La señora María, con sus ropajes negros y largos siempre, su ancho sombrero de paja sin cintita de color alguna, bajo el que ponía un pañuelo blanco que le colgaba hasta los hombros. Sus labios tan resecos y exangües, por el calor y por la edad, sus ojos oscuros, hundidos al fondo de las cuencas. Tenía a su cargo un hijo mayor, y no estaba muy bien de la cabeza el pobre, así que a ella le tocaba bregar en la era. “¿Anda, quieres ponerte un poco con los borricos, majo?”.
     
      Y se abría entonces para mí un mundo entero y del todo nuevo, sentado sobre el duro tablete del trillo, dando sólo vueltas y más vueltas al círculo de la mies, en un tiempo sin Tiempo, con aquellos dos burros parsimoniosos y remisos, que me miraban de lado, puede que algo neuróticos ellos mismos, filósofos achicharrados al cabo ellos también en la era verdadera, por obligarles nosotros a darle tantas vueltas a la cosa.
     
      Me daba la señora María a última hora un chorro del agua del botijo que se guardaba a la sombra de la montaña de paja. Ella misma me lo inclinaba desde lo alto y como no sabía yo del todo beber en botijo, me atragantaba un poco y me rebullía el agua pescuezo abajo. Asomaba entonces al rostro de la señora María una sonrisa de dientes desiguales y cariados, pero la risa también le rejuvenecía mucho de golpe el rostro. Nunca jamás licor alguno me ha sabido tan rico como aquel agua calentorra, que a mí me parecía fresquísima.   
    
      Cómo explicarle a mi abuela entonces que no me importaban nada ni el mazo del sol en la era, ni siquiera el pegajoso sudor adosado al pañuelo largo, acoplado a su vez al sombrero de paja de la señora María, que ella misma se quitaba y me encasquetaba en la cabeza sin posible discusión. Cómo contarle que esa mañana me había creído yo un indómito vaquero de novela de Marcial Lafuente, trajinando por desérticos parajes de Arkansas, que cruzara con el ganado el mismo río Pecos, sólo que era éste el río amarillo y reluciente de la parva sobre la era. “Abuela, no te enfades, anda, si me encanta trillar, si me voy a comer ahora mismo todos tus fideos, ya verás”.



lunes, 8 de agosto de 2011

Paula y los filósofos


                                                       
                                                      (II)
     Aquella mañana de agosto, que tenía un cielo tan limpio que parecía recién lavado, aquella mañana en que me bajé a la calle más temprano que ninguna otra. Había visto por el ventanuco de la cocina a Paula. A Paula y a sus trenzas casi blancas de tan rubias, que se columpiaba a solas en nuestro esmirriado parque, y aunque por nada del mundo me hubiera atrevido yo a decirle algo, sí quería contemplarla de cerca, enfrente de ella, pero sin que me viera. Creo que aún estaba yo medio adormilado, puede que medio sonámbulo incluso, cuando pisé la acera en la mañana inaugural, como si pisara a la vez la endeble urdimbre del sueño de una mañana de verano.
     
     Paula, y el que lo cuenta, también somos tú, fiel lector. Todos fuimos una mañana de verano ese niño y esa niña que se descubren por vez primera mirándose de una forma distinta, contemplándose desde una pureza nueva que algo remueve por dentro al tiempo. Y Paula, aquella mañana de agosto cerró los ojos al tibio sol madrugador, tomó impulso sobre el columpio y se balanceó con ganas. El columpio cobró así más y más fuerza. La catapultó tanto que ella salió al fin volando, con una sonrisa bien radiante en la cara, con sus trenzas rubias en hélice por los aires, con la altitud suficiente en medio de la parábola conseguida, para adecuar la postura y sumergirse hasta el fondo de un río caudaloso, en el que la esperaba, gentil como un principito del agua, y contra pronóstico, porque no parecía ahora un sueño, el pez de colores rojizos y opalescentes, que era tan alto como ella, el pez con el que Paula me había dicho un día que soñaba cada noche.
      
     Y Paula abrió entonces bien grandes los ojos frente a mí, como si no acabara de creerse del todo las burbujitas de aire que de nuestras bocas ascendían hacia la superficie del río de agosto, en el que buceábamos tan campantes.

                                                           (III)

     Y era también Agosto, durante algunas de sus clamorosas atardecidas, con los últimos rayos del sol colándose como dádivas anaranjadas entre las perezosas grúas, era también agosto el tiempo de los filósofos. Llegábamos allí los infantes traviesos, fatigados al cabo de tanto ardor guerrero que había contenido el día, seco ya el sudor sobre nuestros flequillos apegotados, y nos sentábamos en círculo, con las piernas cruzadas, como los del yoga, sólo algunos con la espalda contra las paredes de ladrillo rojo de algún portal. Nos repartíamos entonces el flash, nuestra ambrosía de héroes homéricos extenuados, la misma que nos elevaba a un dulce nirvana,  los flashes vamos, aquella agua congelada en un plástico con polvitos de colores pirotécnicos: de naranja, de limón, de coca-cola, ah, los flashes de menta, ese hielo verde pippermint, el mismo verde de los ojos de Paula, qué sabor tan sofisticado y amargo al principio, qué ricos y qué refrescantes los flashes, por mucho que nuestras madres se empeñaran en decirnos que eran malísimos para las anginas.
      
     Y entonces, saciada la sed, comenzábamos a desbarrar, como si en vez de una pandilla de cansados mocosos  de Aluche, fuéramos la mismísima Escuela de Frankfurt en pleno debate, que hasta adorno le poníamos a nuestros conciliábulos de futuro. “Seré ingeniero y viviré en Inglaterra, me casaré con una holandesa y tendré tres hijos y un Morris 1500”. “Pues yo, en Alemania, seré futbolista y mi mujer se llamará Ingrid,  y nada de hijos”. “Ya, y con un Mercedes, ¿no? qué listo… me pido Italia, tendré un Mini y seré músico en un grupo de esos”. Desplegábamos esos nombres de extranjeros países, como si Italia, Alemania, Inglaterra, agotasen en sí  el más imaginable exotismo en aquellos años. Y nos tomábamos entonces, tan chuletas, otra ronda de  flashes para chupar, como adultos que se pasaran un puro, que aún nos quedaban algunos céntimos de la paga del domingo.
     
      No sé bien por qué nos daba por soltar aquellas cosas, pero eran las  que aquel verano decíamos, y aquí las quiero traer de nuevo, como una pincelada de verdad más al boceto de un agosto remoto, que vamos planeando de la mano, lector, un verano que tenía el mismo color  que el mazacote de membrillo  que a veces nos daban para merendar, que parecía un lingote de oro envejecido y blandurrio, como el sol que ya declinaba en remotos resplandores para entonces. “Mañana a las 10, todo el mundo en la plaza”. Y así se acababa ese día la función. 


                           

viernes, 5 de agosto de 2011

Sonata de Verano


     
      Tiempo de agosto, acaso tiempo a nuestro gusto. Tiene siempre agosto algo de paréntesis dorado abriéndose a lo diferente. Paréntesis, porque es casi siempre vacación, como si nos bañáramos ahora en un manantial distinto al monótono río de la vida que nos lleva el resto del año. Y dorado, sí, porque siempre el sol inflama agosto, y lo caldea  de parte a parte, en todo deja su aura, y quizás buscando el oro real y simbólico de las cosas lo que perseguimos es  retener un instante entre el cuenco de las propias manos el mismo tesoro del sol, que como sabemos, es la fuente y el misterio de la vida.
     Si la infancia –se ha dicho- es la patria del hombre, agosto es el paraíso del niño, su Edad de Oro más plena. Tiempo de vacaciones, territorio de libertad salvaje para la imaginación del infante comanche. Si nos aupamos a la memoria dorada de los veranos de la infancia, puede que hallemos allí el fulgor único de aquellas pepitas preciosas que nos devuelvan en parte el aroma de ese lejano edén.
     Intentemos, pues, remontar con júbilo el río arriba de los agostos de nuestra vida, a la busca del calorcito de ese tiempo perdido, sí, pero acaso un poco ganado de esta manera, como si fuera la escritura también un  agua  cargada de pasado, un tiempo rescatado y puesto en su propio lugar al sol, con el brillo delicado que esas prendas atesoran, a salvo así del ululante  remolino de desagüe que consigo trae el Tiempo inmisericorde.
     Busquemos y abramos, pues, ese cofre revuelto de soles y de playas infinitas, de niños libres como aves que se echan por vez primera al viento, de panes de pueblo crujientes y de sandías gloriosas, de zumbidos de avispas y de campos desbordantes de espigas, de la íntima sonata del estío, que sólo a veces se esconde en  la canción de aquel verano.
     Y hagámoslo juntos, fiel lector, y a bordo de esta carabela capitana en libertad, sobre el barlovento de il mío blog. Necesito, lector fiel, que como canta María Dolores Pradera, el tiempo que te quede libre, si te es posible… pues eso, que me lo dediques a mí, que nos lo dediquemos tú y yo, en este verano rubicundo y azul de los dos mil once corrientes.





                                               (I)

     Primeros días de agosto, perduraban todavía las vacaciones escolares para los infantes. En mi barrio madrileño, en Aluche, desde bien temprano en la mañana, nos agitábamos como apaches poseídos alrededor de la placita.  Apaches que oficiaran, no la danza de la lluvia, claro, sino la danza del Sol, que parecía reír con ganas a la misma vez que nosotros, melenudo y campanudo ya a esas horas desde lo alto. Teníamos más de un mes aún por delante, y un mes es una extensión inacabable en la mente de un niño, una playa sin final y amarillísima como el mismo Sol. Muy pocos de nosotros íbamos entonces a veranear a playa alguna, pero qué podía importar eso, si teníamos delante nuestra esa isla  prometedora que era en verano el feo barrio suburbial, a medias de hacer tan sólo, como nuestras propias caras.
     Los bloques en construcción medio desnudos, las grúas como metálicos diplodocus del pleistoceno, el vaivén interminable de los columpios sin horas, la explanada en pendiente para el fútbol perpetuo, nuestro híspido descampado como un campo de Marte en el que cazábamos lagartijas con la misma excitación con que otros atrapan cocodrilos en Kenia, ah, aquellos safaris de lagartijas bajo la canícula. El barrio entero como un continente recién descubierto que depredábamos cada mañana como jubilosos guerreros navajos.
     Y sobre todo, ya digo, esa primera hora de las mañanas de agosto, igual que un bollo reciente ante los ojos golosos, con el peinado de mamá aún mojado sobre la frente, ese runrún de expectativa informe, como potrillos relinchones antes de la carrera, quién podía embridar tanta ilusión en abstracto agolpada, qué hacemos hoy,- decía alguien-, aquel intraducible rebullir de los prolegómenos, cuando todo era posible y teníamos sometido el tiempo de agosto al imperio de nuestro capricho, a las espuelas de nuestra fantasía, sin nube alguna de preocupación, bajo un cielo purísimo y azul.