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martes, 31 de julio de 2018

Dramáticos instantes se están viviendo en el Antro


   


   (Viene del texto mío de ayer)

   ... Héteme aquí, Catherine Hakim, que en estas aparece otro conocido Ligón del Antro -una versión en degradée de James Dean, hazte una idea de las trazas-  más aniñado que el travolta, -podría sin duda pasar por hijo de nuestra Escarlata O´Hara ya contenta-, que a la misma con besos en mejillas saluda. Se deduce que es que se conocen. Como el travolta anda al lado, pero suelto, esperando la copa, cree el jamesdean que Escarlata baila sola. Le acaricia el pelo. Le ofrece también la sonrisa, más contenida que la del travolta. Le dice cosas al oído. Escarlata le da charla. Le están dando ya la espalda al travolta. Siguen de sabrosona cháchara los dos. Travolta que se pispa, empieza a echar humo. Mira con rabia al jamesdean. Entre bomberos no se pisa uno la manguera, joderrr. Sólo que el jamesdean no le ve, no lo pilla, tiene ojos sólo para Escarlata. Por si fuera poco, un amigo del travolta, que desde lejos está saboreando la escena, abriendo brazos y ojos se chufla de él, como diciéndole, qué pasa, jejejejé, te está levantando la piba, jajajajá. Va el travolta y por detrás le toca la cintura a Escarlata,  como recordándole, eh, que estás conmigo, que llegué yo primero. Bueno, Escarlata, contentísima now, está deshojando la margarita del Ligón que más mejor quiere para sí pedirse ahora. Son instantes dramáticos de verdad los que se están viviendo en el Antro. Al fin Escarlata, después de decirle algo al oído al jamesdean, -ahora sí que ve este, tras ella, al travolta- le despide. Hasta otra, parecen decirse. Vuelve Escarlata Triunfadora a los brazos y a la boca del Ligón Profesional del Antro. No suenan violines, claro.
   (Y ahora, a la Teoría: cabe conjeturar que lo que sobre todo quería nuestra Escarlata esta noche, por los motivos que fuera, era el sentirse abrazada. (En lo que sigue a los abrazos, no hace falta entrar, que incluso puede que entrar no entrara nada). Pero, parece también claro, no le valía en ese específico ÁMBITO cualquiera. Eligió esa buena mujer, porque así lo pudo ella hacer, para satisfacer esa su necesidad entonces, a los supremos detentadores allí del mayor Capital Erótico, que consiste, Catherine Hakim dixit, en la belleza, el atractivo corporal, la vitalidad, el encanto, el carisma, la competencia sexual. Moraleja: en el Antro, la Teoría del Capital Erótico se cumple y funciona a las mil maravillas).

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jueves, 26 de julio de 2018

Sara Carbonero y su compi de la Facul, vidas cruzadas


   


   Así, como viniéndonos a huevo sobre lo que ayer te escribí, como ejemplo viviente y doliente del “Capital Erótico”, un artículo en la prensa digital de una compi de Facultad de la impar Sara Carbonero. Me parece, en fin, un artículo precioso de María Jiménez, que así se llama su autora, tan bonito que lleva ya, con ambas historias bien contrastadas, una hermosa película dentro… que nadie hará, no te preocupes. ¿Justa o injusta esa palmaria desigualdad vital entre Sara Carbonero y María Jiménez, entre tantos y tantos otros/as? Qué sabe nadie ya de nada, a estas alturas de la historia, excepto eso, que la vida nunca es justa, por una parte, y que qué será eso de lo justo o de lo injusto, por otra:
   “Estudié periodismo con Sara Carbonero y hoy comparo mi vida con la suya… Mientras ella es ‘it-girl’, ‘influencer’, empresaria, esposa de Iker Casillas y madre de dos hijos, yo lucho por llegar a fin de mes sin haber conseguido nada de lo anterior. ¿Quién dijo envidia?... Sí, lo confieso. Yo fui testigo del paso de Sara Carbonero por la facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid (y ella del mío, aunque no se acuerde, todo sea dicho de paso). Y aunque yo terminé la carrera y ella no, lo cierto es que su vida le ha ido muchísimo mejor que la mía… Aunque quizá no sea envidia y lo que siento sea frustración y enfado conmigo misma. ¿Por qué ella y yo no? ¿Qué paso dio Sara que yo no di o viceversa?... Cierto es que no soy guapa como Sara, ni poseo esa magnética mirada que encandila a la cámara. Tampoco cuido mis redes sociales y no tengo ninguna intención de montar una marca de ropa, pero envidio su éxito. No por el hecho de ser famosa, sino por haber sido capaz de estar a todo. En serio, ¿cómo lo ha hecho para llegar a TODO? Yo estoy agotada y no he hecho ni la mitad de lo que ha conseguido Sara. Cuando miro atrás y repaso mi vida, solo veo saltos de trabajo en trabajo por la maldita crisis, clases de inglés para intentar no quedarme atrás con el maldito (y demandado) bilingüismo, mudanzas en busca de un alquiler asequible, relaciones sentimentales fallidas y auténticos malabarismos para llegar a fin de mes. Es más, a lo largo de mi carrera profesional he escrito más de un artículo sobre Sara y su guardarropa. Ni os imagináis lo que es redactar sobre el estilo de alguien que era una universitaria más a tu lado en clase de Historia del Periodismo Español… Recuerdo un día, esperando para hacer un examen en septiembre, que entró por la puerta con un top básico y un vaquero. Se hizo el silencio en la clase y todos la miramos. A eso me refiero. Yo no dejo sin respiración una clase entera ni ilumino una habitación con mi presencia. Tampoco cubrí un Mundial de Fútbol ni me besó mi novio delante de toda España, tras ganar la Copa del Mundo… Me gustaría saber si todos los que fuimos a clase con Sara nos sentimos de la misma manera. Me encantaría que me contasen qué se les pasó por la cabeza cuando la vieron en ese enorme mural en medio de la Gran Vía en traje de baño. “Yo fui a clase con ella”, dirán alardeando muchos y muchas. Yo, sinceramente, hay veces que me lo callo. Porque no olvidemos que las comparaciones son odiosas.”
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miércoles, 25 de julio de 2018

El Capital... Erótico, ¿también redistribuirlo mejor?


   


   Encuentro muy interesante, a la hora de explicarnos tantas cosas del presente en nuestras sociedades, la teoría del capital erótico de Catherine Hakim, profesora en la London School. Si Bourdieu había señalado el capital económico, el capital social (las relaciones y contactos que tenemos, o no) y el cultural (más bien hoy, en plena regresión, inoperante) como activos que sentencian la estratificación social de los individuos, añade Hakim el capital erótico y lo señala como acaso más decisivo hoy, en plena Sociedad de la Imagen, para la suerte de las personas, exceptuando, claro, a los muy muy ricos o a los muy muy pobres.  El capital erótico lo conformarían la belleza, el atractivo corporal, la vitalidad, el encanto, el carisma, la competencia sexual. Partiendo de estudios rigurosos, explica Hakim cómo este factor incide desde la edad temprana, cuando los niños/as más guapos reciben más atención y aprobación generales que el resto, lo que les permite ya desde ahí sentirse más queridos, más aceptados, con mayor confianza en sí mismos, y obtener así mayores y mejores recompensas que los demás.
   A lo largo de sus vidas, lógicamente, hombres y mujeres poseedores de este capital tienden a aprovecharlo, cualquiera que sea el ámbito en el que desarrollen su actividad, pues en todos esta clave opera y funciona, decidiendo el desigual destino de unos y de otros. El capital erótico cobra, en fin, una importancia central y estratégica ahora, en sociedades tan sexualizadas como las nuestras. No es casual por ello que, en los realities, pero también en las redes sociales, en todo tipo de pantallas, es decir, en los escenarios principales de la representación social, el elogio básico y primordial que concursantes y personas (las fronteras entre unos y otros para todos hoy se nos difuminan, si es que no somos ya en todo más concursantes que personas)  se lanzan es el de “guapo/a”, “estás guapísimo/a”, y que no haya resorte, es decir, tesoro y talismán que más se estime hoy -¡incluso entre los escritores!- que una buena colección de favorecedoras imágenes. Hakim sostiene que, puesto que así es, los individuos/as pueden, con su esfuerzo consciente –deporte, operaciones, vestidos, peluquería, simpatía, estilismos, etc-  mejorar el capital erótico con el que de pequeños parten y no resignarse. Seguro que algunos le preguntarían: oiga, ¿y no podría también sobre este Capital erótico establecerse algún impuesto obligatorio, es decir, redistribuirse por ley sus ganancias y efectos orgásmicos un poco mejor y más igualitariamente entre todos/as?   
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