
Ramoneaba consigo mismo Felipe G el otro día en la tele acerca de si acaso la gente no habría olvidado ya las “barbaridades” que hubiera cometido él durante su larguísima etapa en el gobierno. No puede él olvidar, a lo que se ve, que tuvo un día tras la mirilla de la escopeta nacional que él mandaba a los cabezones criminales de la Eta, pero sabe de sobra que en las posmodernas sociedades de la hiperinformación continua, con el incesante bombardeo masivo de noticias de todo tipo, siempre que sean éstas sensacionalistas, se extingue la memoria colectiva más inmediata. Por eso acaso sea el mal de Alzheimer el fantasma que más nos aterroriza hoy en día, por resultar sus temibles contornos demasiado próximos y familiares a los que casi ya experimentamos todos. Como decían los progres del año de la polka, vamos a tener que ir pensando, por el bien de la Humanidad, en a mazazos destrozar no sólo las máquinas de tabaco sino también… las máquinas de televisión, dado el cariz diabólico que para la configuración de una personalidad sana éstas adquieren.
Sin perspectiva, sin distancia crítica, sin tiempo para digerir nada, el ciudadano cada día se expone a una suerte de fulgurantes impactos desde las pulidísimas pantallas que en sí mismos se agotan, como tracas artificiales que levantan un ooohh, o un aaahhh, sin dejarle espacio para una consideración crítica de nada. A cambio aparentemente parece estar él muy entretenido, aunque en cuanto se le acaba la dosis de morbosilla excitación artificialmente creada por el último numerito, como bajo un síndrome de abstinencia, deprímese primero y recaba después como sea el siguiente impacto que le remueva un poco del sopor opiáceo de su sillón.
(el otro día en el Sálvame –del que como sabes soy yo fan total- una señora del público se durmió en el graderío, y el muy ladino del conductor del “programa”-habrá que inventarle otro nombre a ese revuelto de higadillos- pidió con el dedo silencio a todos y hacia ella enfiló las cámaras, sólo que la pobre señora, con tanta quietud alrededor, se despertó, para hallar frente a sí a la vez la jeta del ladino y el ojo invasor de la cámara, y sólo se atrevió a musitar entonces, un tanto avergonzada entre el cachondeíto colectivo –qué grande sentido del humor allí reinaba- “…que es que me tuve que levantar a las dos de la mañana para estar hoy aquí”. Ahhh, bramo yo ahora, si le hubiera arreado un paraguazo en todos los morros y como es debido al astuto conductor, a la sazón premio Ondas y tal).
Anotábamos aquí antesdeayer, lector mío, como Gabilondo, muy arrepentido de su IRA provisional, cedía el testigo televisivo –más justo sería decir que no le importó a ella rematar la patada en los gabilondos que el gran comunicador había recibido, anótese al paso la fina solidaridad que entre sí gástase la Master clase progre- a la gran María de las Mercedes Milá. Es decir, del rollete progre, sin solución de continuidad, al nauseabundo reallity-show por excelencia. “Cuando salgamos de aquí, vamos a follar todos con todos”, es la última solemne máxima ofrecida por uno de sus muy eruditos participantes, que con su desparpajo habitual repetía luego a placer la Milá en prime-time y aun ofrecía a la glosa y al cotorreo de propios y extraños en el luminiscente plató. ¿Signo de los tiempos? ¿Síntesis de una era? Sí, reinado de la Mugre, y es Milá, y su peculiar involución profesional el bucle que a la perfección abraza ambos mundos, el paradigma incontestable de la regresión habida.
Porque yo, lector mío, conservo aún memoria suficiente, seguro que tú también, para recordarle al mundo entero desde mi diminuta covacha, pásalo, pásalo, cuando, no hace tantos años, -¿oh sí hace muchos ya, dios mío?- cuando estudiaba uno Periodismo en la Complutense, era Mercedes Milá la profesional por excelencia, y el espejo de seriedad y rigor en que todos nos mirábamos. Y si cualquiera nos hubiera dicho entonces que habría ella de reinar y de atiforrarse de vil metal sobre un engendro como el de GH24h, como la Esteban ahora, allí mismo hubiéramos matado por la Milá de nuestros ojos.
Pero, lector, se me ha hecho ya tarde para meterme por esos andurriales de la memoria subversiva. Eso que te ahorro. Quizás mañana, si la inspiración y las ganas tienen a bien alumbrarme y alentarme, me recree un poco en ello, a la busca -Proust de barrio venido a bloggero- de la magdalena de ese tiempo, ay, perdido. A ver si así, a cambio, es a ti a quien encuentro.


