La tengo: buena, bonita y... lo otro. Mira, quiero decir, lee lo que sigue...
política, literatura, cine, sociedad
La tengo: buena, bonita y... lo otro. Mira, quiero decir, lee lo que sigue...
Ayer, tras ganar a los de la belga, la española pasó a semifinales del Mundial de fútbol, le voilá. Ayer la española jugó sólo regular, ¿no?… pero ahí sigue. Courtois se lesionó… hubo un disparo lejano, el susti que no ataja y de nuevo el susto bueno de San Merino de los Últimos Instantes, su finísimo olfato, para marcar. Como en todo, siempre para todo se necesita un poco de suerte, llámalo tú disposición favorable de los elementos del azar, si quieres. Parecía que el Destino llamaba a las puertas de Lamín Yamal… y quien apareció fue Merino, ni tan mal. A la española la espera ahora la francesa, esa tortilla fina que a la contra suele jugar en estampida de vértigo moreno con admirable precisión. A priori diríase que nos van a crujir. Pero… nunca del todo se sabe, ¿verdad? Los días son únicos; la suerte, se dice mucho, es caprichosa, así es que… que sigan esas apariciones, que sigan, por Dios.
“En literatura son fundamentales los compromisos amistosos, la amistad. Si no tienes eso, si no tienes amigos, ya puedes escribir el Quijote, que no te lo publican”. No lo digo yo, lo dice Manuel Langares, escritor, en ABC 2-2-26. Ya, ya sé que a la inmensa mayoría, lectores incluidos, esto no le importa. Y, esto ya sí lo digo yo, si arriesgas tus ahorros y te lo publicas tú, entonces, como no eres Famoso, ni Sexy, date por (h) odido. Curiosamente, si, como sea, te haces Famoso, incluso los conocidos que a diario te despreciaban, de repente se muestran encantadísimos con lo tuyo, te lo piden a mansalva. En fin, miseria porca.
Entrenadores –y jugadores- desatados que, con maneras hooliganescas, sublevan a los aficionados, prefigurándolos así como marionetas bajo su cuerda. De aquel “Míster”, de connotaciones nobles, caballerescas, deportivas... a estos bufones con retortijones que se gañanizan y gañanizan al respetable. Regresión de valores.
El extremo fingimiento teatraloide de muchos futbolistas en faltas y choques debería ser severamente castigado. Y el de los políticos, también. Tiene que ver con la tendencia general al victimismo, a menudo tan exagerado como falso: todo el mundo quiere hoy el status privilegiado de VÍCTIMA, que otorga notoriedad y derechos plenos.
En la desatada pasión patriótica de masas en torno a cada selección nacional que los mundiales de fútbol procuran, se ve bien la primacía “natural” del principio territorial sobre el principio de clase entre las personas. Los izquierdistas puros y duros deberían atreverse a denunciar la farsa patriotera y a descongelar su fumé de que los trabajadores no tienen Patria, y de que a lo sumo deberían enfrentarse sobre la hierba la selección mundial de proletarios contra la oligarca de los propietarios de los medios de producción, esto es, Opresores versus oprimidos, y ya por esa derivada deslizándose en sus dudosas actualizaciones neoidentitarias, los Pueblos contra la Burguesía, los LGTBiQ+racializados versus el heteropatriarcado genocida, etecé, etecé, kagebé, kagebé.
Cada vez más los partidos de fútbol parecen concursos de dramatización, tal es el histrionismo escénico de sus más rutilantes estrellas: ya en su presentación, en la jugadas dudosas, en las caídas, con desmayo o no, en las reclamaciones al árbitro, en las celebraciones particulares. Pronto el organigrama de los clubs incluirá, descarado, un profe de interpretación, verás. Porque el que mejor actúa, al final gana, ¿no?
Esa asombrosa y brutal potencialidad simbólica del futbol para sintetizar colectivamente la orgullosa o la penosa pertenencia a una nación, el ser o no ser de sus millones de nacionales, cuyo Éxtasis celestial o cerdanesca Caída a los infiernos depende sólo… de que un balón entre o no. (Anoche, la selección española, con algo de primoroso infantil juego en el baño que a la austríaca dieron, fue como si les sorprendieran, por aquí, por allá y por acullá, musitándoles por tres veces… ¡Cu-cu… Za-bal!)