Un paseo tan misterioso como precioso, ¿es preciso reiterarlo? El misterio de la amistad, además. Eso concelebramos ayer en una terracita con vistas, con vistas al Manzanares -misterioso río donde los haya-, a la vera de la Almudena, aunque, ay, nos faltara nuestra Almudena. Misterio en los calamares, tiernísimos y blancos como lechales, misterio en las croquetas, tropezadas de esencias, misterio en la empanada, de azules atunes cuajada. Más los tercios del Duque de Mahou, tan gélidos ellos. Nos tocaba arreglar Madrid… y con qué arte y mesura, oye, en tres patadas lo resolvimos. Parecíamos profesores. El anochecer allí, vertiginoso ayer, cayó sobre nosotros con las sombras que le son propicias, misterizándonos aún más, y hasta el Manzanares por la espalda nos insufló entonces una bocanada de insólita frescura. De vuelta al Metro, sobre el ojo del Viaducto, sobre esa gran panorámica que desde allí se te ofrece, en medio de la inmensa oscuridad el larguísimo y rectilíneo Paseo de Extremadura iluminado, las lucecitas rojas traseras de los coches como bolas de Navidad en september, la luna llena y plena yesterday, rebosante de láctea sugestión. Con todo esto junto y conjunto lo que apetecía era eso, allí mismo sacarse el arpa y quedarse para siempre allí tocándolo, sólo que... (pg 219 de mi obra MIÉNTEME, DIME QUE ME LEES).










