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domingo, 8 de enero de 2012

Los amigos de Juan Luis, el Reencuentro DOS

     
     Encontrarse con los viejos amigos, a los que hace mil años que no se ve, tiene siempre algo de chute estupefaciente. ¡Qué alegría más desbordante se desata de golpe y por todo el cuerpo al verlos! ¡Qué espontáneos achuchones entonces! Quizás, al abrazarse con esa fuerza, en realidad está uno a sí mismo en espíritu estrechándose, apresando en los viejos amigotes las pruebas vivientes de que uno vivió, de que alguna vez se fue joven y tal, aspectos éstos que siempre gusta corroborar para no sentirse perdido del todo uno en medio del marasmo que es la vida postmoderna, que si además escribes un blog, ni te cuento ya. Sí, es seguro que, con los energuménicos brincos de reconocimiento que pegamos, pareceríamos a ojos de extraños estas dos cosas solo: o trastornados niños de cumpleaños o cincuentones haciendo el indio. Así de rara es la vida: no se entiende muy bien, si tanto nos queríamos, cómo era posible que lleváramos la mayoría treinta años sin vernos.
     Tuvo que ser Juan Luis quien pusiera la guinda al pastel: “¡cabrones, no habéis cambiado nada, estáis exactamente igual!” Es verdad, es verdad, reverberaron algunas voces en eco al líder. Era mentira y gorda, claro, pero es que el efecto del chute aún nos duraba y hacía invisible la ineludible devastación, el estrago que la Vida –que es Tiempo en fuga- siempre consigo arrastra. Pelo, estómago, dientes, piel, rictus, gafotas, cada quien cojeaba de según que peana. Creo que se refería sobre todo a los gestos propios e íntimos de cada uno en la cara y en el cuerpo al hablar, al gesticular y moverse. Y en eso llevaba toda la razón, ahí seguían esas muecas personales y características de cada uno, el hilo conductor y el reducto cierto de nuestra individualidad. Conservaba Juan Luis, por ejemplo, intacto el sello de su impulso arrollador.
     Así es que, como era previsible, al punto empezamos a rememorar, convenientemente manipuladas, claro, para salir bien todos en nuestra película, las gestas (que si Lydia Lozano, que si Jesús Maraña, que si tal y cual profesor idiota, que si aquel examen de coña) de nuestro indomable pasado. ¿Te acuerdas Juan Luis el día en que tú solito en el abarrotado salón de actos te atreviste a enfrentarte a toda la asamblea de ultraizquierdistas de Kaos, -aquellos Indignados avant la lettre- sin importarte un pelo los multitudinarios abucheos teledirigidos? Porque Juan Luis era entonces un anarquista naif por libre con una gracia seria que no se podía aguantar.  
     Claro que, una vez festejadas las proezas del Pasado siempre mítico, enfriados ya los palmetazos iniciales, disipado el éxtasis, es decir, a la media hora más o menos, el inexorable ajuste de la Realidad empieza a pasar su factura. Para empezar, ni están todos lo que son, ni lo otro, es decir, alguno de los más íntimos amigos no acudieron a la pira de la Amistad y algunos de los que acudieron ni nos conocen ni les conocemos más que de refilón. Además, que han pasado treinta años, que muchos nos hemos perdido entre tanto la pista, que con la Crisis a cuestas según de qué cosas es mejor no preguntar. Entonces la traca inicial languidece, empiezan las miradas al suelo y los amagos de silencio… que a su manera reparó Juan Luis, “chavales, vamos a comer pero ya, que se nos va a hacer tarde”. Vamos todos tras él, claro. Cuentas entonces: siete camaradas facultativos del Periodismo en total, idéntico cabalístico número al de los legendarios sabios griegos... CONTINUARÁ

sábado, 12 de marzo de 2011

A la atención de Lady Gaga

    
      Querida Estéfani Joanne Angelina Germanotta, que teniendo nombres tú tantos y tan bonitos no sé como consientes que te pongan ese adefesio por apelativo con el que se te conoce , como tampoco comprendo el que siendo tú con la cará lavá y recién peiná -que decía el otro- incluso guapa, por lo común hayas de comparecer con tan horripilante faz. Debe ser sin duda, visto tu éxito planetario, una estrategia meridiana a estos tiempos góticos que el carcamal renacentista que uno es no alcanza del todo a asimilar.
     Verás, querida Germanotta, -me quedo de entre los cuatro con éste, por parecerme acaso el que más justicia le hace a la exacta denominación de tu planta y de tu flor- te escribo, primero y sobre todo, porque me mueve hacia ti, por encima de tu estrafalaria envoltura, por encima del hediondo Perfume que en estos días anuncias, grande admiración ante tu Arte, único y distinto a todo, y no sé, me apetecía en mío blog decírtelo. Segundo, porque mi hijo se llama Fernando y a veces yo mismo me sueño Alejandro el Magno, de manera que entonces, Alejandro, Fernando, ya sabes. Sólo nos falta Roberto, Roberto Carlos y el millón de seguidores que tú tienes. Te cuento un poco, my lady: A mi hijo le ha entrado ahora la manía por el manga y por lo japonés. Es porque tiene una amiga japonesófila y el pobre se tira las horas muertas repitiendo ante el espejo “Konichiguá” y dos cosas más. Le ha impresionado lo del terremoto de allá más que si hubiera ocurrido en Madrid mismo, claro. Así es un poco este Fernando.
     Y tercero, te escribo, así es también un mucho este Alejandro, porque conocedor como soy de tu extrema sensibilidad a las más bellas artes, pues nada, contarte sólo que… tengo yo un buen surtidito de muy románticos relatos y había pensado que quizás, con la tremenda influencia que tú mueves por todo el mundo, una llamada tuya bastaría para sanarme del mío mal del penoso anonimato. Te propongo, estimada Germanitta, ¿mejor así, no? que seas mi lady Mecenas.   
    
     Ya, ya sé que son infinitesimales las probabilidades de que arribe este mensaje dentro de una botella que desde el destierro de mi minúsculo Perejil a los alcázares de tus ignotas mansiones envío, pero no quiero del todo perder la esperanza en los pequeños milagros, que entreverados con las más penosas catástrofes casi a diario acontecen por el mundo según nos cuentan en las teles. En fin, Germanitta, había pensado incluso, llevado sólo por la trampa de la desesperación, fíjate, hacerme pasar por damnificado japonés del terremoto, ahora que los súbditos del Trono del Crisantemo atraviesan las horas más difíciles, enterrando o buscando el rastro de los suyos entre el Desastre, y ganar mejor con este engaño tu compasión. No tengo arrestos para hacer algo así.
      Verás, es que escribí ya antes a Botín, a Garzón, a Lydia Lozano, y… nada. Podrás pensar acaso que el colmo de mi deshaucio me lleva ahora a disparar por elevación. Pero es que tú, Germanitta, hermanita mía, tú sí puedes de verdad comprenderme. ¿No dicen acaso que tu propia carrera se inició de forma bien casual, que tu propio padre, productor musical, al principio no quería ni mirarte a la cara? Quién me dice que estas torturadas lineas por puro azar no le llegan  a alguien de tu club de fans, que, conmovido, las envía a la nave nodriza de tu metropolitano club de partidarios, cuyo responsable, a su vez conmocionado, lo hace por el internete hasta ti llegar, y que me lees tú, Germanitta mía, en medio de uno de esos momentos tontorrones que a veces la Vida nos procura, quizás después de visionar un minuto de desgracia nipona, y que araño yo entonces con mis pobres recursos las entretelas de tu corazón, y que sacudida de belleza y alma grande exclamas… “a este cabronazo, quien quiera que sea, hay que darle una oportunidad, me reconozco en esa rabia”.
     Si sostiene la teoría de Catástrofes que el aleteo de una mariposa en Tokio puede desencadenar un terremoto en Los Ángeles, ¿no habrá también de ocurrir al revés, es decir, que un tremebundo terremoto en el Japón haga levantar el vuelo a la mariposa apagada de unos ignorados relatos? Sólo falta, hermanita mía, el soplo divino de tu intercesión.
    
     Ayer tarde, Germanitta, -no vas a creer lo que voy ahora a contarte, yo sé que es verdad, quizás no sea otro el motivo crucial de animarme a escribirte- tenía  que ir con mi hijo Fernando a un mandado. Iba él como a rastras, cabreado con el mundo, ve, tú que los entiendes, a saber por qué. ¿Barruntaría a su manera mi criatura, como hacen los animales, la catástrofe que se gestaba en el Extremo Oriente? ¿Se habría hecho su amiguita japonesófila el harakiri? Qui-lo-sá.  Él era Fernando y era también a la vez Alejandro, el Magno, porque me saca ya la cabeza. Encima el cabreo le estiraba un poco más al niño, así que el múa no llegaba a ser ni Roberto. Sólo era yo un padre confuso. La tarde, en el suburbio madrileño, de buena que era… resultaba milagrosa, con los cielos estirándose de impaciencia y de luz, como deseosos de lucir bien chuletas sus prendas de estreno. La tarde en Madrid desmentía de pleno la posibilidad de cualquier seísmo en el mundo. Había unos viejetes en el parque tirando al chito. No fallaban ni una. Le dije a mi hijo, Fernando, por favor, ¿has visto ese almendro? Me dijo a su vez él sin siquiera mirarme, ¿has visto tú eso? Me señaló el muro pintarrajeado de un local abandonado, sobre el que lucía el espantajo de un graffiti, LADY GAGA ES UNA BRAGA, pero alguien, Germanitta, algún refinado poblador del suburbio madrileño, había tenido a bien borrar en cruz con un nuevo graffitti la última palabra y sustituirla debajo, aunque más pequeñita, por MAGA. Desenfundé entonces yo mi lápiz, listo por una vez en mi vida de reflejos, tratando en vano de allí mismo añadir a lo de maga, más pequeño aún,  GUAPA, y referirme así de una tacada a las dos, a tu indómita y suburbial incondicional –no sé por qué pero se lo achaqué a una fan- y a tu misma persona, Germanitta. Me cargué el lápiz, claro, pero al menos Fernando y Alejandro, incluso Roberto, se sonrieron, aunque fuera de lado, y pudimos así de buena gana cumplir el mandado, mientras el crepúsculo, como una manta imprevista por encima de las cabezas,  nos caía de golpe a todos. Pensé, tengo esto que contárselo a Germanitta, y ya de paso, y ya que me pongo, lo otro le propongo. Sí, el yaque.    
    Si quieres, sweett Germanitta, puedo yo componerte gratis et amore letras para tu próximo Alejandro/Fernando, sólo a cambio de que me consigas una apañada edicionzucha de mis más romantics relatos. No quiero más. Quién sabe lo que a cada uno nos espera a la vuelta de la esquina. ¿Por qué no confiar en la beneficiencia suma de las más distinguidas estrellas, tan proclives por propia naturaleza a estremecerse ellas ante el asalto súbito de la Belleza, de donde quiera que sea que ésta venga? Anda, Germanitta mía, échame una mano, prima, házme un poco de caso, please.

lunes, 17 de enero de 2011

A la atención de Lydia Lozano (El curso en que amamos a Lydia)


    
 Querida Lydia:
      Es seguro que para nada te acordarás de mí y que menos aún que nada te dirá mi nombre. “Jo-se-An-to-nio-del-po-zo, y éste quién cuyóns es”. Es lógico. Si pasamos aquella vez más de un año entre cuatro paredes juntos -aunque no revueltos, aclarémoslo de inmediato, no vaya esto por estratosférica carambola a caer en manos de la Gemio y te la líe ella parda- y ni siquiera entonces advertiste mi penosa presencia,  cómo habrías ahora, encaramada a la espiral de tu enorme éxito, ya toda una reina del periodismo y de la televisión, reparar en un blog inmundo de este inframundo, por mucho que en las estrellas ciberesféricas pretendamos los bloggeros residir. Y sin embargo, Lydia, cruzo los dedos porque una extravagante conjunción de asteroides y demás cuerpos celestes, la más fantástica que se diera nunca, hiciera posible que esta carta llegara a tus manos. Leerías entonces esto que ahora mismo estoy escribiéndote: ¿te acuerdas, Lydia, de aquella encrucijada en la que yo tanto te ayudé? He pensado que quizás estés ahora tú en condiciones de devolverme aquel favor. No hay más que verte en la pantalla, siempre dispuesta a colaborar en las más benéficas causas de los desfavorecidos por la Fortuna, o sea, para qué irse más lejos, yo mismo con mi triste mecanismo, Lydia.
     Sí, seguro que de sobra habrás ya caído: yo, mejor dicho, la torva sombra que me constituye, estudié contigo durante los dos primeros años de la carrera en la Complutense madrileña. La mayoría de los que entonces eran mis compañeros más cercanos han acabado de funcionarios, y cuando de Pascuas a Ramos nos juntamos en tabernones rústicos llenos de humo de Legazpi y por ahí, para ponerle algo de brillo a nuestras rutinarias existencias te rememoramos todos en muy similares términos: es que Lydia, y sus  amiguitas, es que se veía ya… Lydia era otra cosa, joder. Tendrías que ver, Lydia, cómo entonces por un momento fulguran esos mustios semblantes, como si el mismísimo pincel de Velázquez, de bruces ya en el túnel del tiempo, tuviera que venir quinientos años después a pintarnos de nuevo, contagiándonos todos un poco vicariamente de tu triunfo. Chocamos siempre los vasos de cerveza rubia bien altos en tu honor, como en la polka de la cerveza, aquella del año la polka, claro. Brindo a solas yo ahora porque sea capaz esta misiva, impropia en extensión para la ley de hierro del Internet, I know, de atraparte en los efluvios de su seducción, y que no puedas soltarte de ella hasta el mismo punto final. Me va tanto en ello. Al fin y al cabo versa la misma sobre todo de ti, de refilón de mí, de soslayo un poco de los secretos y mentiras de todos, creo.
    
     Y es que,  acaso para la clase entera, desde luego para nosotros lo eras en aquel año de gracia, en efecto, eras otra cosa, eras… el glamour personificado, que me parece que entonces ni conocíamos esa palabra. Pero al lado de nuestras pellizas que debían oler a establo, de nuestra ropa de baratillo y sin gusto, de los trasquilones de las crenchas infames que gastábamos, venga a fumar Ducados todos como condenados en algún penal del buen gusto, al lado de todo eso, tus finos jerseys policromados sobre una piel bronceada hasta en febrero, tus pantalones fruncidos con los últimos cuadros escoceses, el cascabel de tus pulseras, el ingenio de tus peinados, el elegante antifaz de tus Rayban, el aroma british de tus colonias…  todo un emblema de la sofisticación coleando en el aire de una chavala rumbosa y rubicunda que a aquella partida de pueblerinos dejaba petrificados.
     Y lo más: es que eras un glamour en vendaval. Flameaban el escándalo de tus risas interminables que llenaban ellas solas el aula, el dinamismo de ajetreo con que ibas y venías, ese taconeo decidido de botas caras, el tono extravagante de tu voz estruendosa –a veces, perdóname Lydia, poblada de roncos ecos de cantina-  que a menudo se rompía como una porcelana, no sé, ese crujido y ese cóctel informe de distinción y vehemencia algo truhana a aquel atajo de paletos nos resultaba irresistible.  Ibas ya como quince años delante de nosotros, que sólo empollábamos aparatosos manuales uno tras otro entre la niebla de los Ducados mientras te bastaba a tí tu estilo –éste sí en verdad ducal- para saber con nitidez abrirte ya entonces tu propio camino. Claro, te contemplábamos fascinados, pero a distancia, como intimidados por la tempestad de tu empuje. Tenías mundo y rimmel. Nosotros teníamos pueblo y algunas películas de cine.
     No, no te hacían falta los libros, quizás es que te los machacabas todos por las noches. Aunque debía eso en todo caso ser muy de noche en la propia noche, porque hasta nuestros sitios, como olas rompiéndose contra un archipiélago, llegaba el fragor alborotado de tus risotadas cuando muchos días les contabas ya entonces, a las compañeras que a tu lado se arremolinaban haciéndote círculo, la última disco que la misma noche anterior a las tantas habías frecuentado, y a que no sabes quién estaba allí y con quién está liado… ¡No me digas!, clamaba alguna, y su pasmo y el estrépito de tu risa eran todo uno. Ya te movías de lujo en la cosa esta de las agencias del cuore. Recuerdo que tenías un hermano de profesor en la Facul, que me daría  más tarde a mí clase, una auténtica lumbrera que se lo sabía todo de la Semiótica. Y algo en suma de icono deseado e imposible a la vez tuviste aquel año para nosotros, que eras nuestra Kim Novak particular, y podías tú, discúlpame la menudencia, Lydia, muy a gusto rivalizar con la Novak también en la turbadora firmeza de tus turgencias, tan pujantes.
    
     Bueno, pues hubo un día, Lydia, imposible que te acuerdes, claro, -cuántos años han pasado ya, por favor- hubo un día, digo, en que, como dirían los antiguos folletones, nuestros destinos más aún se entrecruzaron. Llegabas tarde al examen de Introducción a la Economía y tu sitio habitual estaba ya ocupado, así que tuviste que sentarte en cualquier lado. Sí, aquel melenas borroso y con la cara atiborrada de espinillas que apenas se movía a tu lado era yo. Dios mío, lo recuerdo ahora y todavía, por encima de las paletadas inmisericordes de tierra que nos echan encima los años, al punto me viene aquel anonadante perfume tuyo ese día. Olías a… serían violetas violentadas, no sé, en mi vida había olido yo algo con ese poderío, que más que una colonia parecía un imán, de cómo tiraba de uno hacia ti aquel olor centrifugándote a la vez el cerebro. Ostias, había que rellenar el examen y estaba yo como un bobo, con los ojos entrecerrados e inclinado hacia ti como la torre de Pisa con sonámbula intención nada más que de adherirme a ti, tal era el sortilegio diabólico de aquella fragancia. Recuerdo que paseó por allí el profesor, el mítico Sánchez-Ramos, su mostacho de morsa canosa, seguro Lydia que de él si te acuerdas, y mientras a ti te sonrió, me largó a mí un bufido que al menos me sacó de mi sopor zombie.
     Empecé a escribir como loco, loco por recuperar todo el tiempo perdido en el éxtasis pituitario. No es por nada, Lydia, pero la curva de Philips y la ley de los rendimientos decrecientes y la utilidad marginal del último bien consumido, todo aquello me lo sabía yo de carrerilla. Zas, cuatro folios en un pis-pás. Levanté luego la vista hacia ti. No llevabas ni medio folio escrito. Me sonreíste pícara y me hiciste una mueca de película de espías después. Empezaste a arrimar tu silla (con aquellas odiosas… manoplas, creo que se llamaban esas tablas adosadas a la derecha para escribir sobre ellas) a la mía. Reconozco que por un momento, trastornado por aquella soga de violetas esenciales alrededor de mi cuello que sólo hacia ti me tironeababa, pensé… pero Lydia, leches, si estamos en medio de un examen, cómo nos lo vamos a montar aquí y ahora, quizás luego, luego. Otra mueca tuya y ya lo entendí bien. Puse mis folios a tu vista y te dejé copiar todo. Ahhh, aquel perfume tuyo como un remolino de vértigo justo encima de mis napias, qué turgencia de curvas, qué utilidades crecientes y anti-económicas me estaban a mí entonces aguijoneando.
     Yo creo que el profe, Sánchez-Ramos, aunque éramos en el aula más de ochenta, toleró tu copieteo. Te le habías, con la onda desarmante de tu simpatía, ganado antes, claro. El resultado de todo aquello, lo que son las cosas ahora que las repienso, tuvo valor anticipatorio y simbólico de nuestras posteriores trayectorias. A mí, por esas cosas de Kafka que tiene la Universidad, aquel cabrón me cateó, y a ti, no podrás jamás decirme a la cara que miento, Lydia,  te aprobaría, digo yo, porque te llevó ese día a casa en el Dodge-Dar que el muy marxista gastaba por entonces. No me diste, ni entonces ni después, las gracias, Lydia, pero yo lo entiendo, que andabas siempre liadísima con no se qué inaplazables inauguraciones de antros de perdición, que eran para ti, ya se ve, trampolines de salvación. Además, que yo muy bien lo comprendí, y el vernos alguien a ti y a mí, tan disímiles, charloteando, hubiera sido como contemplar en vivo una profanación. Tampoco yo habría sabido bien qué decirte, y si hubieras llevado puesto otra vez aquel perfume, yo que sé, igual se hubiera abalanzado sobre tu espalda el Cro-magnon que entonces uno un poco era. O sea que hiciste bien. Además de esa forma es como puedo ahora cargarme de razón histórica y con justicia pedirte el favor de que al principio te hablé, el único que de verdad me mueve a escribirte esta larga carta, que con todo el alma anhelo que como sea  te llegue y que hasta aquí te tenga en vilo.
    
     Así es que, Lydia, yo me alegro mucho de tu éxito. Los lectores de mi inmundo blog saben que soy yo fan total del Sálvame, muy principal programa donde descollas tú sobremanera. Hasta el baile Chuminero  que has puesto tan de moda, que en cualquier otra quedaría indecoroso, -la otra tarde te ví en la tele bailándolo sobre un cajón en plena calle Preciados, a ver quien más es capaz de hacer eso delante de la gente y sin avisar- reviste en ti perfiles de elegancia. Te dejo ya mi son:
     Verás, Lydia, tengo yo escritos más de cincuenta relatos de románticas hechuras casi todos y  vagan los pobres como almas en pena por mi covacha, condenados a una cruel oscuridad. Como no tengo yo contacto alguno, las editoriales ni se dignan siquiera a contestarles algo. Soy su autor: sé que no son del todo pésimos. No quebraría su penuria tanto mi moral si no viera uno publicados a diario, es decir dados a luz con plena bendición editorial, toneladas de incalificables engendros que por libros pasan. He pensado que tú, Lydia, si levantas un teléfono, podrías bautizar los míos, aunque fuera en parroquia de barrio, y sería así menor mi pena, y las violetas violentadas de la memoria como violines estradivarius en la misma seguirían sonándome. Sálvame, te digo yo a tí ahora.
     Y nada más, Lydia, que esto  era cuanto quería yo transmitirte. Que te dure de verdad el éxito y consigas tú también muy pronto un Ondas. Que sobre todo seas tú feliz. Oye, y un abrazo, de parte de este indocumentado que una vez estudió a tu vera. Tuyo siempre, José Antonio del Pozo.