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martes, 9 de noviembre de 2010

Ciudadano Facebook (Comentario acerca de "La red social")


      
      Aborda la película la historia del creador del Facebook, y la de su socio, dos de los más precoces multimillonarios de la Historia. Cuéntase la crónica de ese invento, a partir de un genial friki de los ordenadores y de los algoritmos, al que la chica que pretende, harta de su “frikura”, manda a hacer gárgaras. Esas amargas gárgaras de despecho serán las semillas del artefacto que le hará prontísimamente –prodigios de la supersónica aldea global, de mísero estudiante a una especie de Ciudadano Kane en apenas dos años- de Oro. Es el reflejo y el relato de una portentosa visión empresarial asociada a la extraordinaria inventiva cibernética.
    
     Si la película arranca con un íntimo intríngulis –chico vése rechazado por chica-, al final, a pesar de las toneladas de dinero y de los millones de personas que el Einstein consigue vincular a su creación en tan corto espacio de tiempo, después de los problemas judiciales a los que ha de hacer frente –acusado de robar la idea, primero, enfrentado por desavenencias y celos profesionales a su socio y amigo del primer momento, después-la película apunta en el desenlace a que,  en apariencia íntimamente “tocado”, sigue el cerebrito preso de su carencia afectiva primera y primordial: teclea sobre su ordenador su invento, demandando una y otra vez cibernética amistad con la chica primera, aunque el rótulo final nos recuerda los muchísimos milmillones que atesora en la actualidad el colega, como desmintiendo a la vez de plano cualquier  romántica motivación decisiva.
      
     Y si Ciudadano Kane era toda una laboriosa pesquisa en torno a la íntima verdad –Rosebud, el trineo infantil, la infancia desdichada- que a través de la vida entera ocultaba el rostro del gran magnate, La red social renuncia a esa indagación, y lo hace en parte a la fuerza, por cuanto sucede ahora todo a una velocidad tan vertiginosa que no hay forma de encontrarle el sentido a nada. Renuncia pues la película al intento de explorar los móviles que en el fondo mueven al figura del Facebook, que es sólo una máscara impenetrable de ambición en abstracto por su juguetito, en cuya defensa demuestra muy acerada perspicacia, pero en quien nunca vemos una reflexión,  un humano interrogarse por la trascendencia de lo que tiene entre las manos, un libro, una amistad verdadera, nada. Resulta al cabo el jovencísimo artista un enigma dentro de un misterio envuelto en un arcano. Da que pensar realmente que el creador de toda una gigantesca malla para acercar y relacionar a las personas –epidérmicamente, por supuesto- resulte un tipo aislado, incapaz de un vínculo real con cualquier cosa.
    
     Y como la película rechaza explorar ese crucial interrogante, se entretiene, a cambio,  con brillantez y con habilidad narrativa sumas –es notable como consigue hacer entendible una temática tan extremadamente prolija- en contarnos, a través de diálogos acerados y de una sabia dosificación dramática de los argumentos, con riqueza expresiva y plástica, las peripecias judiciales del fenomenal embrollo. Tampoco vemos desarrollado y ahondado el que sería el verdadero asunto de la película: el del significado de la amistad, el de cómo la ambición y el éxito pueden destruir ésta y todos los valores humanísticos de paso.
    
     Y no lo hace, porque es que tampoco tenemos la sensación al principio de que sean los dos socios verdaderamente amigos, el haz de significaciones que esa palabra encierra, quiero decir, como si fuera la discreta levedad del ser, la acomodaticia adaptación a la momentánea exigencia del momento, la verdadera cifra de estos tiempos postmodernos, (hasta el punto de que la más reconociblemente humana en la película es una joven enamorada y engañada, que significativamente juega un muy secundario rol en la movida) en los que como digo, transcurre todo a una tan endiablada velocidad –véase el caso paradigmático de Susan Boyle, de anónima y amargada solterona, a quienes hasta los perros ladraban a su paso, a rutilante star del mediático universo discográfico sin solución de continuidad- que en el mismo parpadeo se diluye lo que hasta ahora creíamos específicamente humano, la lealtad, la memoria, la trayectoria y un cierto bagaje de universales sentimientos.
    
     En la pérdida de esa solución de continuidad –no deja de ser “solución” sinónimo de pegamento- se desvanece todo sentido de la acción humana. Sólo hay ruido y furia instantáneas, eso sí, bien conectados ambos en todo momento a la Red. Es, claro, la insoportable levedad del interné.    

domingo, 7 de noviembre de 2010

Ken Follet, Almudena Grandes, yo mismo


    
      Verá, Mr Follet, no me cuelgue todavía, please, no creo que el importe de esta llamada haya de suponerle mucho a su también descomunal Fortuna, que aún no he terminado yo de hacerle relación y escrutinio suficientes del cúmulo sin fin de espirituales refinamientos del que hacen gala los principales feriantes de la intectualité patria, mucho más divertida y sabrosa, dónde va a parar, que la plúmbea trilogía que tiene usted proyectada. Y es que el cloqueo del folleteo dragoniano, Mr Follet, como la uva arrancada de un racimo precioso, háse traido consigo otra, que lleva consigo el todavía reciente runrún del caso de la aguerrida miliciana Almudena Grandes, que no sé si a sus excelsos oidos terminó por llegar. A los sindicatos de Telemadrid y a los izquierdistas de postín que ahora acometen a lanzazos a Dragó herido, lo de Almudena ni les inmutó, claro. Como dicen ahora los loritos a la última, Mr Follet, le cuento, es decir, si tú así me lo permites, Ken, te comento: 

     Es Almudena Grandes conocidísima, y laureada entre las que más, española escritora.  Participa además en muy principales tertulias radiofónicas y es señera columnista del periódico de mayor difusión nacional. Sus públicas y reiteradas tomas de postura, su conocida rúbrica e impulso a los habituales manifiestos de abajofirmantes hacen de ella muy destacada figura de lo que estos mismos promotores autotitulan –colándonos de matute al paso unas cuantas presunciones ventajistas- como “el mundo de la cultura” (…y de la prosperidad, le añadiría yo, Mr Follet, si me permite usted ponerle algo de británica guasa a la cosa). Arribó Almudena a la Fama de la mano de una muy picante novela, Las edades de Lulú, galardonada con La Sonrisa Vertical, cuyo contenido, con protagonistas menores de edad, convierte a las lolitas chinas de Dragó en ursulinas de la Contrarreforma. (otro ejemplo más que avala, Mr Follet, mi aviesa intención de darle una vuelta de tuerca puerca a mi relato del Antro, a ver si así Editores y  Fama, como lolitas dragonianas, asáltanme a mí también, y con ansias de devorarme.)
    
     Bueno, pues es el zumo de la dichosa uva que tuvo a bien no ha mucho doña Almudena, coincidiendo, vaya por Marx, con la promoción de su libro “Corazón helado”, de en efecto dejarnos a todos el citado músculo tiritando, al proclamar sin más ni más ella a los cuatro vientos que “cada mañana fusilaría a dos o tres voces de la derecha española que me sacan de quicio”.
    
     Era en verdad inaudito ese desquiciado ánimo fusilador (o trajinador, que diría Dragó, que mezcla el castellano curiosas anfibologías para el Eros y el Tánatos, por qué será) en tan insigne representante del dorado mundo de la Inteligencia y el Humanismo sin Fronteras, máxime en un país como el nuestro, azotado desde hace cuarenta años por los más cobardes asesinatos terroristas. Almudena quería cada mañanita fusilarse ella sola dos o tres. Pues vaya toalla, ¿no, Mr Follet? 
    
     Mas no termina ahí, sr Follet, la cima de la espiritualidad almudena. Porque a finales de 2008, en la contraportada del más importante periódico nacional, a propósito de una monja –para los católicos además santa, sor Maravillas- Almudena G se preguntaba: “¿Imaginan el goce que sentiría al caer en manos de una patrulla de milicianos jóvenes, armados y ¡mmm! sudorosos?”.  ¡Ahí estaban, en la cabeza de la escritora, primero, transcritos después como ideas propias, los más sórdidos prejuicios que atiborran las podridas mentes de los violadores más reincidentes! ¡Si eso de una mujer hubiera escrito Dragó! Ni las raspas quedan de él a estas alturas. Ese ¡mmm! incalificable, como esencias de Aníbal Lecter que la Grandes se echara encima tan ricamente.

     Bueno, sr Follet, no le entretengo ya más, pero  dígame si no merece acaso Almudena Grandes estatua colosal como la suya, a colocar en la sede de la Sgae  frente a la de Ian Gibson, que no encontrará el tío la tumba de García Lorca ni para atrás, pero que no se corta el muy intelectual en pedir ¡una bomba! para la basílica del Valle de los Caídos. Dígame también si no es la intelectualité hispana mil veces más morbosa, y por lo mismo con éxito asegurado de ser por vos novelable, que la saga que quiere endiñarnos. Dígame, please, por último, Mr Follet si no le interesaría a usted subvencionarme mi relato del Antro, aunque haya yo de darle al mismo, si es que me sale, una puerca vuelta de tuerca, a la “Grandragoniana maniera”.   

sábado, 6 de noviembre de 2010

El sueño de una noche de Otoño

     
     
      Anoche, como Luther King, también tuve yo un sueño. Y quiero contártelo a ti, confesarme así un poco contigo, lector mío, y hasta implorar tu perdón, por si es que no fuera el mismo de tu completo agrado. Ahora pienso –cuando a la luz de la razón contemplo mi nocturno desvarío- que una maldad congénita –que diría el Cardenal Rubalcaba-, en las dionisíacas tinieblas de la noche campa sin freno por mis fueros, atraviesa de parte a parte mi juicio y me turba un poco el mismo, hasta ofuscármelo; de forma que acaso exteriorizando el onírico lance, dándole cauce, pueda así al menos un poco atemperarle y esperar con tiempo en por mí mismo sanar de tanta polución. Sigo yo en esto a Cortázar, que creía mucho en lo que de verdad anticipatoria, libres de conscientes censuras, portan consigo los sueños, y se apresuraba él también nada más despertarse a anotar en la libreta, que al efecto dejaba preparada sobre la mesilla, cuanto del sueño de la noche reciente aún recordaba.  Bueno, júzgalo luego tú mismo.
    
     Verás, lector, el caso es que soñé que los 666 asesores presidenciales llegaron a la inaudita conclusión, desbaratada como baza electoral suprema la ilusión de la deposición etarra de las armas, -como la circular del CESID en días pasados de forma inapelable certificó-, que la única arma que a Zp restaba por jugar en orden a conseguir el vuelco electoral estribaba en… arrodillarse ante el Papa Ratzinger, y con gesto sincerísimo ante él, solicitarle su perdón. Sí, una parte de la hispana ciudadanía comprendería entonces todo, y contemplado ese honesto arrepentimiento, dibujado con esmero en el semblante presidencial, le renovaría sin duda en las urnas el apoyo.  Oh, lector, la amargura indecible que ensombreció el rostro del Presidente cuando el Mayordomo de los 666 comunicóle de trémula voz la estadística resolución. Si tuviera yo la habilidad. o el oficio al menos, de trasladarte aquella desolación.
    
     Trató el Mayordomo entonces, a pesar del Gólgota que aquel hombre estaba delante suya experimentando, de animarle: ¿no fuiste capaz, Jose Luis, de irte a orar con Obama sobre la Biblia hasta Washington en el sarao aquel que cada año trama una muy ultraconservadora facción? ¿no tuviste acaso reaños, José Luis, para sin temblarte el pulso, aceptar el diktat del ultraliberal FMI y por decreto rebajar salarios y congelar pensiones, por más sagradísimas promesas que habías antes juramentado de nunca jamás hacerlo?  Has de verlo, Jose Luis, como un acto de responsabilidad más, como un amargo trago a aceptar para asegurar a cambio tu permanencia, es decir, la pervivencia del socialismo en el Poder. Y con la hiel de ese cáliz atragantada, como una luna aciaga, en la boca del esternón retiróse entonces el Presidente a sus aposentos.
     
     Al día siguiente, al pie de la escalerilla del avión que en viaje pastoral dejaba al Papa sobre tierra española, para morrocotuda y planetaria sorpresa –allí las cámaras del entero orbe parecieron hasta relucir de pura perplejidad-  embutido en formalísimo terno y  muy compungido de rictus, compareció el Presidente. Y fue el besar el Pontífice el asfalto aeroportuario y el postrarse de hinojos el Presidente ante el sucesor de San Pedro todo y uno en el tiempo. Entonces el Papa, como en un deja vu, extendió el índice admonitorio sobre la presidencial cabeza, y ésta se humilló entonces un poco más, como si quisiera ocultarle al mundo unas moratinianas lágrimas.
     
     Pero no acabó ahí el dislate equinoccial de mi truculenta pesadilla, indulgente lector, que apelo yo de verdad ahora a tu más excelsa comprensión para digerir la desmesura que ahora viene y que puedas así excusármelo, porque a continuación, recobrado un poco el ánimo, el Presidente se irguió y, dando un pasito hacia atrás, extendió su brazo izquierdo para presentarle al Papa a su querida esposa y a sus dos góticas beldades que allí estaban, primorosamente vestidas de blanco las tres para la ocasión, más los zapatitos de negro charol relucientes como tricornios, y que al punto también allí se prosternaron con muy humilde acatamiento hacia el máximo Prelado. Algún acólito le acercó el hisopo y roció entonces el Papa aquellas benditas testas de muy purificada agua. Bueno y sonaba entonces y todo –no te digo más, apiádate de mí, lector santo- los primeros acordes del himno nacional.
      
     Uff, me desperté desalado, avergonzado de la visión que dejaba atrás, perdida en la intrincada espesura del bosque enmarañado del sueño. Me acordé luego de Luther King, de cómo acabó el pobre, y se me llenaron a mí entonces de lágrimas los ojos, hasta que del llanto me arrancó Cortázar, y de su mano vine aquí, a compartirlo contigo, compasivo lector mío.

       

viernes, 5 de noviembre de 2010

Ken Follet, Sánchez-Dragó, yo mismo

    
      Por si el sr Follet pudiera o pudiese, a través del cibernético espacio, por raro milagro oírme: ¡Ken! ¡KEEEEEN!, tenga a bien escucharme, Mr Follet, olvide su plomiza trilogía proyectada y pégueles el ojo y el oído a la intelectualité española, que está la pobre que de sí misma se sale. Que está salidísima, vamos. La penúltima fantochada de Dragó (que antes la montó de budista, y antes de manchesteriano liberal, y posó también en bolas, y luego de falangista cantando el cara al sol, y antes de experimentado homosexual, y luego de tántrico atleta sexual, y antes de mitinero de Aznar, y antes de partenaire en frac con la Obregón, y antes de comunista de postín, que acaba Dragó él solito con todos los antes, tal es la frivolité  inmisericorde de su ego Super, que al mismo Freud hubiera vuelto tarumba) exige también colosal estatua, broncínea como la suya, Mr Follet, y me parece a mí que de lujo quedaría emplazada esa talla al lado de la torre inclinada de Pisa, frente a frente con otra que a pulso gánase a diario Berlusconi, gemelos ambos dos a sus añitos en idéntico y desatado furor puericial. Vaya par.
    
     El libro que ahora mismito a su manera promociona Dragó lleva por título “Dios los cría y…”, y paréceme ello gratuita alusión al Altísimo, a no ser que donde pone Dios pongamos nosotros la Televisión, en efecto Suma Hacedora hoy de famas y haciendas, que sólo endriagos parece capaz de producir. Debe resultar apelotante el llegar a ser toda una “vedettona” de la literatura y la cultura patrias, y soltar luego la primer sandez que por el caletre se te cruce, con la única condición de que aquilate la misma los más fenicios de los intereses propios, brújula máxima en estos tiempos detestables. El que a la misma vez se siente acreditada plaza de Superácrata y contestatario librepensador al Sistema roza ya la cuadratura del círculo.
    
     Claro que, vistos la celebridad y el caché que Dragó legitimísimamente ostenta, no le vendría mal a uno aplicarse el cuento, es decir, retomar el relato del Antro que de esta covacha apenas salió y darle una vuelta, a la “dragoniana maniera”, por ver si el pobre respirar pudiera el oxígeno ambiente y crecer y crecer hasta hacer de mis seguidores legión, y que los ecos de la misma a las oídas de un editor llegara y prestara éste al fin algún caso a lo mío, celoso seguidor como soy, gemelo en eso yo también de Dragó, si bien gemelo fracasati, del caché y la celebridad antes reseñadas. Y si no, seguro que usted puede, Mr Follet, que célebre también es el tamaño descomunal de su magnanimidad, el subvenir con apenas una propina suya la publicación de lo mío.  Ya ve, Mr Follet, que el cuento de la lechera es de universal alcance.
    
     Voy a empezar entonces por recrear, a tu lado, paciente lector, el lance que con indiscutible oficio puso en pié Dragó y por el que a todos los noticiarios vióse arrojado. Resúltase que “en Tokio, un día, al salir del metro, me topé con unas lolitas de esas, ahora hay muchas ( y es que habla Dragó de hace cuarenta años, que siempre fue él, por si lo habíamos olvidado, adelantado en todo y cuando los demás vamos está ya él de vuelta y media de la cosa), pero no unas lolitas cualesquiera (veamos, veamos en que se distanciaban las suyas de las ninfas nabokovianas, que por fuerza habían de ser las de Dragó en algo singulares), sino de esas que se visten como zorritas, con los labios pintados, carmín, rímel, tacones, minifalda… tendrían unos trece años (oséase, Dragó, unas lolitas verbeneras, era esa su especificidad). Subí con ellas y las muy putas (alto, alto: véase el ritmo desenfrenado que toma la acción, que fue llegar Dragó y besar el santo señor a las muy…, qué decir de esas instantánea captura psicológica del alma de los personajes, ni Dostoievski, aunque a la vez tenga la cosa maneras como de chiste de tasca) se pusieron a turnarse. Mientras una se iba al váter… (si supónese que no iba a vomitar la criatura, ni a hacer sus necesidades, ni a de cosa dragoniana limpiarse –lo habría él dicho-, cabe deducir que iba allí a con oriental paciencia guardar el turno, que las dos asistir a la vez a las fauces en acción del dragón debía ser grande pecado)… la otra se me trajinaba (bárbaro el encabalgamiento de reflexivos, que por lo demás sugiere la muy plástica imagen del sr Dragó, soberbio gallo, allí magníficamente expuesto y pasivo, apenas mera corpórea presencia enhiesta, sólo para que las muy niponas saciaran su lolitismo único, dígame, ¿no escucha aún, Mr Follet, el suave cloqueo del folleteo dragoniano?).
    
     Recuerde, Mr Follet , que arrancábamos la temporada con la Teoría del Incesto según Sabina, que quería él convencer de las bondades del mismo a sus hijas, por lo que ésta en verdad mágica historia de Dragó (qué lejos, sin embargo, de aquella monumental guía mágica de Gárgoris y el otro que escribiera él in illo témpore, y cómo mueven a pena estas idioteces en quien es a menudo un extraordinario animador cultural) rezuma todo un familiar aire de ambiente. Se piden luego disculpas, se jura luego “por el propio honor” (¡) que es todo mentira, y aquí paz y después gloria, y a ver si así se vende un poco más el libro, que está la cosa muy cruda. ¿En qué se diferencian tantos figurones de la intelectualidad de los calculadores concursantes del Gran Hermano? Recabar de ellos un algo de responsabilidad queda tan… estúpido.
     Ya le digo, Mr Follet,  voy yo a darle una vuelta de tuerca puerca al mío relato del Antro, a ver si así.
           


jueves, 4 de noviembre de 2010

Historia de Noelia Mota y un forcado portugués


    
     Ni siquiera sabemos su nombre. No les ha debido parecer rentable a los “media” el indagar sobre una acción ejemplar como pocas, ni sobre la persona que vibra detrás de ella. Sólo un anónimo forcado portugués, entonces. Pero su arrojo, su impulso fueron para mí tan bravos y nobles en esa tarde tiznada de drama, los propios de un Héroe, que a esta pobre covacha he querido yo traerlo, para hablarte, querido lector mío, de él. Para salvaguardar también una prenda más en la chamarilería de la Virtud ignorada que venimos con cosas así por aquí componiendo.
     No pienso poner el video de la espeluznante cogida –ése si que multiplicado ad infinitud en la Red-, por más que en el mismo pueda contemplarse también su hazaña. Prefiero a mi modo contártelo.
    
      Cuentan las crónicas del día (hace de ello un mes y poco) que lidiábase a caballo entonces el cuarto novillo del encierro en el coso marbellí. La rejoneadora madrileña Noelia Mota, acaso la más radiante promesa en el escalafón que a ella atañe, montaba a Piri Piri, un caballo tordo, que acostumbra ella a cabalgar en la suerte de banderillas. Es notoria, a pesar de su extrema juventud, la emoción y la alegría a raudales con que la amazona despliega su toreo, y la facilidad con que comunica esas cualidades a los tendidos. Llevaba Noelia al novillo, como a ella gusta, casi hilvanado a su estribo en el centro del ruedo –en mágica conjunción triangular de fulgurante movimiento: toro, caballo y jinete en un palmo; la fuerza, la elegancia, la destreza sumas y compactas allí-, cuando un tranco no esperado del novillo alcanzó apenas la trasera de Piri Piri, lo justo para desequilibrarlo y hacerlo rodar de golpe por tierra.
    
     Antes que Piri Piri, claro, cayó Noelia desde la montura al albero con estrépito, y el mismo caballo volteóse con todo su peso sobre ella, y sobre ambos el novillo, que los arrolló y coceó a placer, resultando en forma muy horrorosa la cabeza de Noelia golpeada y vapuleada. Sobre la arena, inconsciente y como exánime, quedó tendido su cuerpo. Rápido allí saltaron asistencias y subalternos, por ver de poder alejar al novillo y socorrerla, aun cuando no sabían bien si cogerla o no, tanto era su mal. Pero el becerro, que en principio pareció irse a acometer contra las tablas, de pronto giró sobre sí y bufó contra todo aquel maremágnum, encarándoles y precipitándose a embestirles.
    
     Y en ese instante crucial, cuando todos los demás huían en natural desbandada, quedándose solos un caballo gris desconcertado y un cuerpo de mujer que parecía casi inerte frente al agitado novillo, cuando a muchos de los asistentes en los tendidos les brotó en la garganta  un breve grito de terror, entonces apareció el Forcado portugués. Había participado antes, junto a sus iguales, en la corrida: el valor y la sangre fría indecibles para a cuerpo franco ser capaces de agarrarse a la cara del toro, entre los mismos puñales de sus astas, son sus señas de identidad. Pero lo que en esa terrible tesitura llevó a cabo el Forcado resultó más estremecedor aún: al ver a Noelia, desfallecida y desmadejada como una muñeca rota sobre la arena, de manera irreflexiva, como si actuara a través de él sólo un secreto designio para el Bien, se arrodilló frente a ella, y echó su cuerpo encima del de Noelia, haciéndole de caparazón suyo, decidido a defenderla sólo con su espalda, como un escudo verdaderamente humano, de la más que plausible arremetida del toro. Este hubiera tenido que atravesar a aquel Forcado antes de alcanzar a Noelia.
    
     Por fortuna algo distrajo al novillo entonces y pudo ya en volandas ser evacuada la rejoneadora. Luego curó Noelia sus graves lesiones –dos considerables coágulos cerebrales, entre ellas- en un tiempo impensable, dejando también ella una prueba más de la casta especial que constituye a los toreros, y con un hilo de voz que dolía sólo el escucharlo, contaría entonces por la radio que estaba deseando montar de nuevo a sus caballos, que tiene veinticuatro, y que se sabe, claro, el nombre de cada uno de ellos. Y que un mes después de la tremenda cogida, cuando por vez primera desde entonces pudo, nada más llegar a casa, porque no otra cosa deseaba hacer primero, ir al establo a ver a Piri Piri. Y que cuando notó el caballo sobre su lomo la mano de Noelia, cómo éste le relinchó, como si un poco de alegría también él a su modo llorara.
    
     Pero en la plaza de Marbella quedó también, y grabada a fuego en la memoria de los hombres y mujeres de bien que lo contemplaron, el hermoso derroche de indómito coraje de un anónimo forcado portugués que así expuso su vida.

(Postpost: brujuleando a última hora en el internete, en bonita crónica de Agustín Hervás para Onda Cero, aunque sea en letra minutísima, he podido encontrar el nombre deseado: Paulo Florentino. Pues que ¡Viva Paulo Florentino!)
 

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Paisaje después de la Victoria (2ª parte)

    
     Ah, pero la Victoria da alas, te lo dije al principio lector mío. Ahora sería incapaz de marcarme un solo paso, pero entonces, y sólo entonces, como si de golpe me hubieran sumergido entero en el Caldero Ideal en el que se cuece la Música, y su más íntima sustancia me hubiera traspasado allí el tuétano mismo de los huesos, me encontré poseído de un sentido del ritmo tan natural y vertiginoso que incluso me llevó a cerrar los ojos. Solo estábamos allí los rios esos de Babylonia y yo, como el Heráclito aquella otra vez, bañándome pletórico dentro de sus aguas. Nada más. Bailé, bailé y bailé, sí, porque estaba en estado de gracia, claro, y mis brazos y piernas y caderas, hasta los lomos, se me movían solos, animados por una cadencia extrañísima en mí que se fundía con la misma música, a la que sentía yo igual que a la misma sangre recorriéndome encabritada por las venas.
    
     Cuando quise darme cuenta y entorné un ojo, -creo que fue porque a Amparo se le había hecho añicos entre las manos un vaso tras el mostrador, por la sorpresa de verme desde allí tan inusualmente desatado- todo aquel ganado discotequero me había dejado para mí solo la pista entera. Habían hecho círculo alrededor mío, y hasta me pareció que me admiraban, y con la misma veneración en ellas –incluso sexual, por más que jamás lo reconozcan- con que las hembras paladean  los sensuales contoneos de alguno de los negratas que de vez en vez allí se lucen. Durante un momento hasta ese inaudito fervor hacia mi cuerpo en movimiento, hacia el mío lustre, increíble, increíble, me resbalaba. Me sentía completamente ajeno a mí, como abducido bajo las aguas en catarata de aquella música, y cerré de nuevo los ojos, quizás buscando a tientas prolongar más y más mi propia delicuescencia.
    
     Sólo me hicieron volver en mí dos afilados pinchazos que de golpe noté por la espalda, a la altura de los omoplatos. Abrí los ojos y… ¡madre del amor hermoso!… allí estaba Carola, la espectacular Carola, bailoteando ella como una leona en celo tras de mí. Joder, la miré, y me dí cuenta entonces que lo que ella me había clavado en la espalda era la terminación picuda de sus pechos, que estaba ella en muy superlativas puntas. Como yo la sonreí, Carola siguió bailando conmigo, - en un segundo, podrido de imaginería barata, soñé que éramos Travolta y la Thurman en Pulp Fiction-, rozándome ahora su esférica y suntuosa trasera contra las delantera partes de mi negro pantalón. ¡Caramba, ahora el que estaba en mayúsculas puntas era yo! , que creo que me entiendes, lector. La tropa circundante empezó a batir palmas en ese momento, como si quisieran quizás animarnos a emprender la cópula allí mismo, delante de ellos.
       
     Pero los ríos babilónicos también de golpe se secaron, quiero decir, que la canción terminó y el Pincha, que desde su cabina estaría también de miranda, quizás asimismo algo excitado, dejó todo en silencio. Nadie sabíamos muy bien qué había que hacer a continuación. Salvo Carola, que a medio metro mío, y taladrándome con sus ojos claros, empezó a remover frente a mí la telaraña rubia de su cabellera, agitándola de todas las maneras posibles, como bandera de oro quizás de una muy amorousa guerra. Era como si una  galerna que sólo ella alimentara nos empujase a los dos hacia un mismo rincón, que hasta la cara me rozaban sus puntas, las del pelo esta vez. Mas como a mí, cortado de golpe el haz de la corriente que me transfiguraba, me ganaba ya la sosería habitual mía y sólo mía, decidió Carola pasar sin remilgos a la acción:
     -Uff, no sabía yo que eras capaz de moverte así… ¿Me invitas en la barra a tomar algo, cielo?  
    
     Carraspeé. Volví a carraspear. Busqué luego, más allá de las filas de caras que no se perdían ripio de la movida, el rincón habitual de Conchi, el sitio del que nunca ella se mueve, excepto para marcharse, bamboleándose tras sus muletas. Me miraba muy seria, como con una tristeza que viniese desde una isla inencontrable. Baila por los dos, me había dicho ella. Carola, al ladito mío su torso rebosante, también me interrogaba, con un attaché de dramatismo finolis añadido en sus ojos, que eran de un azul algo falso, por demasiado perfecto. Joder, ni que el destino de Troya dependiera de mi decisión. Casi estaba más a gusto cuando era sólo una nada trasnochada, un fracasati.
    
      Sé de sobra que tendría entonces que haberme encaminado hacia el taburete de Conchi, que debería haberla abarcado allí mismo entre mis brazos, a ella y a sus muletas, y con ella en vilo salir así los dos juntitos del Antro, delante de toda la concurrencia. Pero no lo hice. No hice eso… porque yo no soy un Héroe: sólo soy el número ciento cuarenta (entre doscientos) en un infame ránking padelero de un suburbio madrileño. Tampoco invité a nada a Carola. Y no hice esto porque es que tampoco creo ser un villano. De sobra sabía yo también que no se nos había perdido nada juntos a los dos, que sólo buscaba ella vacilarme un poco y encelar más a su inacabable cohorte de pretendientes con el tío más resultón de esa extraña noche. Además, sin el agua lustral de esos ríos babilónicos alrededor mío… yo es que no era nada, es decir, era lo de siempre, y Carola… bueno, que había una legión de guaperas por allí con los que ella pegaba mucho mejor que conmigo.
    
     Creo, a juzgar por el estruendo proveniente desde la barra, que  Amparo, cuando me vió dejar correr el agua deliciosa que Carola sonriente me ofrecía en las manos y darme la vuelta hacia la puerta de salida, debió dejar caer una estantería de botellas entera. Y entonces, el waka-waka de Shakira que al Pincha por fin se le ocurrió para llenar el vacío clamoroso que allí se abría, disolvió de un plumazo la escena, la tropa empezó a componer los aprendidos aspavientos de rigor que la cancioncita demanda, y todo retornó en ese parpadeo a la estricta normalidad del Antro.
      Fuera, en la calle, la noche otoñal, arrebatada de estrellas por arriba, seguía soñándose veraniega, aunque un viento liviano que justo entonces se levantaba pugnó por despertarla a la realidad de las cosas. Me sentía raro, y como en las películas pretenciosas, aspiré a bocanadas ávidas el aire, como intentando descifrar en la nariz el pálpito poético que siempre el aroma de la noche contiene. Desde el armatoste metálico en que guarda las llaves de los coches, -que cuando él lo entreabre destellan los llaveros allí como alhajas de un mercachifle calorro contra el negro paño de la noche- el Intemerata me salió al encuentro. No podía saber él nada de cuanto había ocurrido dentro. Me exploró la cara durante otro segundo interminable, soltó el aire como si algo a él tambien le estremeciera y al cabo me dijo:
     -Pues mire, Señor, qué nochesita tan relinda que tenemos, y qué goloso está el viento, que dan ganas casi de comerlo, ándele, pues, y no se aflija más, que anduvo usted esta noche ahí dentro pero que bien rechulo, que aún le llamea el resplandor mismo del Sol sobre las espaldas, mi Señor.
     
     Y así consiguió el muy macho cabrío andino (o algo así) que yo me sonriera, y que al punto se curara mi aflicción, y que volviera a pensar en la increíble Victoria que hasta allí me había traído. Ahora, que han pasado ya unos días de todo esto, y que como dice el tópico han vuelto las aguas a discurrir por su habitual cauce, doy en pensar si no será acaso el unico y verdadero Aura existente en el mundo el que consigo cada día transporta el Intemerata.

    

      
         


 

martes, 2 de noviembre de 2010

Paisaje después de la Victoria (Relato, o algo así) 1ª parte

    
Es lo que tiene la Victoria, que te da alas, que te hace de golpe ganar un par de tallas, como esos estirones que dan los niños a la salida de una gripe, que los microbios de la Victoria así te jalean y te empieza a parecer cuanto te rodea bien hecho, dotado de  sentido y hasta maravilloso, y entonces estás ya del todo perdido. Pero de esto último, catapultado  sobre el trampolín de esa fiebre súbita que te contagia el Triunfo  no te das cuenta entonces, y hasta te crees un poco inmortal, no sé si me entiendes, lector mío.
   
     El caso es que la noche del jueves pasado, cuando, sólo por darle como de costumbre un recreo a mi murria, me dirigía al Antro, aún me duraba el éxtasis padelero del que te hablé (que habíamosle dado matarile a aquel par de figurines metrosexuales; ver el mío Match Point) e iba en consecuencia algo enajenado todavía. Prueba de ello es que, contra mi hábito, más por simple timidez que por un señoritismo para el que no doy la talla –y también porque le había sacado en mi blog, y del bloggeo, para mi pasmo, nace asimismo el cariño- saludé y todo al Aparcacoches, el andino (o algo así) adivino de la Intemerata que del cielo aquel otro día (ver La otra noche, please) encima nos cayó.
     -Buenas noches… qué, cómo lo ves, tronco, ¿van a caer hoy chuzos de punta o qué?
     
     Era una perfecta gansada, porque la noche otoñal lucía espléndida y serena como una hermosa hembra aún en posesión de todo el encanto estival acumulado, que además, mi amigo el Intemerata, -que sobre la mano que con los de la Naturaleza tiene, algún secreto trato debe mantener también con los dioses de la psicología-, se encargó de resaltar, tras escrutarme con sus ojos oscuros durante un segundo interminable, adobando de merengosa ironía  la respuesta.
     -¿Y cómo los chusos esos habrían de caer, Señor? Si no parece sino que traéis con vos el mismo sol subidito a las espaldas, que así son la luz y el aura dorada que os iluminan, mi Señor.
    
     Joder, me dejó planchado el Intemerata con el veneno de su flecha, y no supe entonces que más decirle, así que empujé de una vez las rojas puertas del Antro. Llevaba yo puestos unos pantalones negros casi nuevos que me había pasado mi hermano, que a él se ve que le quedaban estrechos, o quizás fuera esa la excusa que me dio por no poder soportar más mi torpe aliño indumentario. En todo caso, esos pantacas negros ajustábanse a mi cuerpo con remotas reminiscencias de Nureiev. Qué raro, pensé, porque, no es que fuera algo descarado, pero sí percibí con claridad que a mi paso,  -habitualmente el propio de una sombra esquiva y torpe, en su misma pequeñez encorvada, que a duras penas ha de abrirse camino entre cuerpos contundentes e ignorantes de su presencia-, acaso porque sin del todo ser consciente de ello desfilaba yo ahora estiradísimo sobre mi corto talle, como todo un presidente del Senado en histórica sesión,  era el hecho cierto que, aun de forma discreta, aquellas gentes se me apartaban, como si en efecto dimanara de mi cuerpo serrano el extraño aura que a la entrada me había adjudicado el Intemerata.
    
     Y más: como por arte de encantamiento, había un hueco preferente en el mostrador, que sólo para mí diríase reservado desde la misma Eternidad, y al momento Amparo, la rubia de bote que atiende la barra, con insólita presteza me sirvió el gin-tonic de Beefeater, y con el cumplido de una sonrisa también un poco de bote, me saludó por un instante antes de seguir a lo suyo. Era demasiado para mí, lector mío, acostumbrado a ser allí una nada trasnochada y con gafas, que sólo fisgonea un rato sin apenas cruzar palabra con nadie mientras se pimpla el cubata, y he de confesarte sólo a ti, que casi me sentía feliz allí. Así es que le pegué un buen trago al vaso.
    
     Encaramado sobre esa holgura divisé en un lado de la barra a Conchi, y en el extremo opuesto de la misma, rodeada de una inquieta cohorte de pretendientes en melée, estaba también Carola. Por ponerles un nombre, porque sólo las conozco yo de verlas en el Antro. Estaba Conchi al fondo de la barra, como siempre, apoyada contra la pared lateral, como siempre sentada sobre un taburete. Conchi tiene unos cuarenta y pico tacos, y es bajita y guapilla. Tiene el pelo castaño, y ella se lo peina en bonitas ondulaciones sobre la frente. Muchas veces está sola, otras, hay conocidas suyas hablándole un rato, en escasas ocasiones algún tiburón nuevo en el Antro busca darle palique. Pero ella nunca se mueve de su taburete, sólo en el momento de marcharse, porque es poliomelítica y necesita sus muletas, que bajo la barra no se ven, para moverse, y aun así avanza muy dificultosamente.
     Carola es, como lo diríamos…,  Carola es una tía espectacular de muy espectaculares prendas por las que todos allí suspiran: un escándalo de melena rubia, piernas interminables y torso sobresaliente que no es preciso detallar más, porque tiorras como ella salen a mansalva cada día decorando un poco la mugre de las televisiones.
     
     Y sumido como andaba yo en el éxtasis de mi aura triunfadora, que era como si sobre un palmo de la moqueta levitara, me decidí a abordar… a Conchi. Sin pedirle siquiera permiso, sin decirle ni mi nombre –así era mi impericia- empecé sin parar y con todo lujo de detalles a contarle el famoso partido que me llevó a la Gloria. Sí, allí desenvolví para Conchi un surtido muestrario de globos y bandejas con efecto, una exposición de reveses cortados contra la alambrada y derechas ganadoras, en fin, mucho le insistí en mis voleas resolutivas sobre la red (que eran en realidad de Javier, mi compi), quizás por el propio gusto de oirme rememorando la cosa y las ganas a la vez de comunicarle a alguien la misma.
      
     Cuando respiré, al ver que Conchi en todo el rato no movía un músculo de la cara, aunque no dejaba un instante de mirarme, pensé, verás, ahora ésta agarra una muleta y me la estampana en todo el jeto, que eres más bobo, tío… pero no, Conchi estiró un poco hacia abajo sus labios pintados de oscuro rouge, en señal que podía significar cualquier cosa, y mirando un palmo a la derecha mía casi deletreó, ¿de dónde te has sacado esos pantalones marengo, criatura?  Y yo me sentí de pronto abandonado de fuerzas, próximo al desmayo, de no ser porque Conchi, enfocándome los ojos con los suyos, remató la bola que ella misma se había lanzado, “…porque la verdad es que te quedan de cine, tío”. Me vine arriba, claro, y encima, como si la nochecita no anduviese ya ahíta de prodigios, sí, lector mío, como en una conjura prodigiosa, justo entonces empezaron a atronar por todo el Antro los para mí –tú lo sabes- míticos sones de By the rivers of Babylone, de los Boney M, y era tal el vértigo de mi efervescencia que estuve a punto entonces de invitar a Conchi a bailotear, sin caer en la cuenta de que eso ella no podía. Pero Conchi lo intuyó a la perfección, y de nuevo mirando un palmo a la derecha mía , me susurró: “ve, ve a bailar, vuela, vuela pajarito, baila también por mí, baila por los dos, anda, date prisa …”, me sopló luego con grande ternura alrededor del flequillo que alguna vez tuve, y como juez de linea inflexible con su brazo me señaló la pista.
    
     Hacia allá que me fui, por mucho que la mayoría la abandonaba, acaso en signo de desaprobación. Cretinos, no entendéis una mierda de música, me decía. Se amontonaban entonces sobre mí tantas cosas: el influjo de la Victoria aún crujiente, el Aura de que me invistió el Intemerata antes de entrar, la sonrisa en falsilla de Amparo, el oleaje del gin-tonic contra mi pecho, la voz suave de Conchi, que mucho me había encomiado la huella del pantalón negro sobre mi figura, el espejismo apabullante de Carola y sobre todo, esa llamada selvática a capturar el tiempo perdido que siempre me provocan los jodidos rivers of  Babylone. Qué podía hacer, lector mío, sino BAILAR,BAILAR y BAILAR, yo, que no tengo ni zorra idea, que jamás se me ocurre, ni siquiera alli, en aquella covacha inmunda, tan siquiera intentarlo...



(Continuará mañana, que no quiero, lector mío, reclamado tú, como todos por mil y una asechanzas, por hoy fatigar más tu indecible paciencia conmigo)

domingo, 31 de octubre de 2010

Canción de Otoño


      
     Una mañana cualquiera de la estación ardiente, de improviso un viento suave se abre paso. Y en el cielo azulísimo, unas nubes, hasta hace un momento invisibles, parecen huir, como ciervas alarmadas por un algo más presentido que real. Se anuncia así el primer compás del Otoño.
     Tiene el Otoño inicial mucho de Emperador declinante y melancólico, que quisiera contarnos al oido la memoria de sus gestas, sin poder evitar del todo al tiempo una tristeza cierta por la decadencia que le acoge, que quizás un poco le mengüe hoy. ¿Y por qué no atender su convocatoria? ¿Por qué no escuchar su confidencia? ¿Por qué no abrir bien los ojos a su luz claudicante?
     Acaso sea el susurro el lenguaje propio del Otoño, el mismo susurro de las hojas al caer, el susurro de la mansa lluvia amarillenta de hojas, que recubren los senderos de los parques, que ciegan en ocre tapiz los caminos rurales, el que inviste las aldeas de una melancolía indecible, que sólo un viejo acordeón pueda quizás evocar.
     Es también a veces la propia lluvia real, la lluvia dócil, el otro dialecto del Otoño, esa agua del cielo en el que empaparnos sin temor, como cuando niños. Respirar bajo esa lluvia apacible, aproximarnos así al latido mismo de la Tierra mojada. Es también Otoño el susurro del viento, real mensajero del frescor. La Naturaleza entera, esa reina de la abundancia plantada por una mano divina , nos susurra en Otoño el oro envejecido de su pátina, sus rojos exhaustos de luz.
     Huele el Otoño a leña quemada, a humo de rastrojos agostados, al perfume de las flores entregadas, al olor húmedo y selvático de las zarzas de moras cuando la lluvia las remueve. Y es Otoño, cómo no, la estación de las nubes, el tiempo propicio de admirar el capricho de sus mil formas, de aspirar la promesa de ingravidez que toda nube encierra. Está en una nube, decimos de alguien que se rompe de dicha. Vivamos en las nubes, claro.
      
     Penetremos, pues, en los dominios únicos del Otoño, abramos de par en par el alma, lector amigo, a sus estandartes y a sus parábolas. Tiempo de la Vendimia, claro. Y son los colores primorosos del Otoño, los mismos de esos racimos sobredorados y amoratados, su sinfonía incomparable. Tiempo de colegiales, que vuelven a la escuela. Ah, la desazón sin igual del primer día de colegio en la vida de un niño, del festivo reencuentro con los amigos para los niños más mayores. Registrar también la grata sorpresa de la primera mañana tibia en la ciudad, cuando las gentes, desprevenidas de ropa de abrigo, se abrazan con gusto a sí mismas contra el viento, que atiranta un poco  las mejillas. O la dignidad con que esa viejita barre la hojarasca para dejar reluciente el trozo de acera de su casa. Otoño para pasear los parques sin prisa, para espiar sin tregua sus crepúsculos vertiginosos.
     Es Otoño un niño con jersey, que juega ávido en los columpios a la vez que merienda, ansioso por robarle al día, a su laboral horario escolar, al menos unas monedas de recreo. Y el cónclave, algo tenso, de las aves sobre los hilos de la luz, antes de volar hacia hemisferios de calor, como si les doliera en el alma abandonarnos. Sabemos que volverán, claro que volverán, cómo, si no se fueran, podrían dejarnos luego, volcados sobre sus trinos, los inauditos colores de allende los mares.
     Es Otoño todo, la estación de los pintores, un cuadro en tonos sepia, con esos rebordes amarillentos que se les ponen a los libros viejos, como si en sus láminas se posara el destilado de una añoranza incalculable. Mansedumbre de una miel que gotea, pues, el Otoño.
     Hay más belleza en lo que nos rodea de cuanto somos capaces de soportar. Y si el Poeta esperaba un milagro de la primavera, nosotros, lector amigo, que no llegamos a tanto, por qué no hemos de alentar al menos, un milagro del Otoño. Que colme el otoño de sosiego el retumbar de nuestros corazones primaverales.
    
    
    

viernes, 29 de octubre de 2010

Ken Follet, Pérez-Reverte, yo mismo


     
     Sabemos que Ken Follet, con lo vivo que es y con lo bien que se le ve de color y tal al señor, tiene ya estatua en Vitoria. Cualquier día de éstos habrá que levantar otra, tan alta como la de Ken, a Arturo Pérez-Reverte. Que pongan una enfrente de la otra, como las de las Torres Kío. Los dos colosos frente a frente (el de Rodas y el de Halicarnaso, pongamos por caso). Vende, como aquel, libros a patadas. Se hacen inmediatas películas de sus obras. Es un tío de éxito y es un nombrado académico a la vez. Desaparecidos Cela y Umbral (con el que Arturo, acaso cuña de la misma madera, se las tuvo tiesas), como la Naturaleza tiene horror al vacío, estaba disponible el carpetovetónico escaño.
    
     A raíz de las furtivas lágrimas moratinas, que con tanta finura glosé aquí yo (si no me lo digo yo mismo, lector mío, quién, dime, habría de alabármelo, si mis pobres abuelas yacen  años ha bajo tierra), el triunfante escritor  háse visto obligado a propinar algunas coces a moro muerto, a moratinos políticamente yerto, cabría mejor decir. Escuchemos, como decían hace mil años en el Un, dos, tres, la voz del Superescritor: “Moratinos es un perfecto mierda… a la política se va llorado de casa… Ni para irse tuvo huevos”. Y el estruendoso colofón, lo mejor: “Si lo sé, lo insulto antes”.
    
     Veamos: mierda, huevos, insulto. ¿Y qué motivos moverían a escritor tan exitoso a pronunciarse sobre un ministro de Exteriores en términos tan escatológicos, tan de tasca morroska? Suena el evento a ajuste de cuentas entre macarras, a puntillero rastrero con el toro en las últimas, más bien, quizás por causa de alguna representación exterior que al prolífico Reverte no alcanzó, mientras que a otros escribanos, más en la cuerda ideológica moratina, tan vituperable por cierto, llenó los bolsillos. Puede tener sus razones, Reverte, pero no las ha explicado. Lo que es difícil perdonarle a un escritor que se quiere serio es esa apelación, tan burda, a los más bajos instintos del público. Qué exiemplo tan romo.
    
     Dirá Reverte que si Quevedo, que si Torres Villarroel, que si la picaresca, que si la tradición del insulto en la literatura hispana. No. Si le hubiera puesto ingenio a la cosa, si hubiera elaborado algo perspicaz contra Moratinos, lo sabes lector mío, con gusto se lo hubiera yo celebrado. Esas apelaciones testicularias son bochornosas en persona tan leída. Pareciera que el éxito mismo le hubiera trastocado un poco el seso, e igual que algunos zumbados se creen Napoleón, acaso Reverte se cree D´Artagnan, sólo que en bruto. Y sin embargo, signo de los tiempos de la Mugre, observa, lector mío, los efectos de la sal gorda revertiana: subidón de popularidad en las redes sociales, dos mil seguidores nuevos en 24 horas, para un total de 38000 seguidores en el twitter, el escritor español más seguido ya en el internete.
    
     Cómo evitar entonces, aunque sólo sea en esta covacha que apenas cuatro gatos conocen, -y a los cuatro, uno a uno les amo, les amo-, que por lúgubre que sea esta zahúrda no impide que mida yo en ella mi resentimiento con el mundo entero, cómo evitar, digo, el  derramar otras furtivas lágrimas moratinas por uno mismo, las naturales que brotan al comparar los treinta y ocho mil de Reverte con los treinta y uno míos, los todos sus libros publicados y  los todos míos rechazados, que a lo mejor es que son ellos muy pésimos, que a lo peor es que no tienen padrino,  y sobre todo, el comprobar lo al alza que cotizan hoy las coces y todo lo que aplasta y conspira contra la sensibilidad y la delicadeza, que son, por si no había quedado claro en todavía, las únicas armas que al penoso pavo irreal que yo soy hoy le adornan.
    
     Decía Larra que escribir en España es llorar. Pérez-Reverte, que busca estatua, no llora. Ken Follet tampoco. ¿Y entonces, don Mariano José, escribir en el internete… qué cosa es lo que eso será? No, no me deje la pistola, en todavía.
        

jueves, 28 de octubre de 2010

Del insólito parecido de caras entre Zp y De Juana Chaos

     

         En el último Comité socialista justificaba ZP a sus federales, con ese donaire que alcanza en él a veces auténticos timbres virtuosos, los nuevos nombramientos: “Parece que también les conocen (a los ministros) los dirigentes del PP. (Risas) Ya hemos visto lo que opinan y, sobre todo… LAS CARAS QUE PONEN. En fin, viéndoles LAS CARAS parece muy claro que hemos acertado en la decisión… (Aplausos)”. Cuando escuché esos términos, las caras, las caras, pensé, me suena, me suena, a qué me recuerda eso de las caras. Mi memoria, cada día más enteca –servidumbres de la edad, lector mío-, como un trepidante tren atravesando un túnel oscurísimo a ciegas no hallaba la mínima luz que diera con las caras, las caras… Podía escuchar casi el traqueteo de mis circuitos neuronales, iba ya a tirar la toalla de la olímpica gimnasia a que estaba sometiendo al músculo del recuerdo, cuando… zape, encendióse al fondo y a la derecha de mi hipotálamo una de las dos bombillas que nos regaló Miguel Sebastián. ¡Noooo!, grité yo mismo ante el hallazgo.
    
     Y es que, házte cuenta, lector mío, pues aparecierónseme allí los famosos artículos que desde la cárcel escribiera una vez De Juana Chaos, ese hombre, comentando, como quien no quiere la cosa, los sutiles sentimientos que se producían en él ante el cruel asesinato del concejal popular Alberto Becerril y de su esposa: “Sus lloros son nuestras sonrisas y terminaremos a carcajada limpia. Me encanta ver LAS CARAS desencajadas que tienen. Con esta ekinza ya he comido para todo el mes”. Así se explayaba el heroico Hanibal Lecter de la llamada izquierda abertzale. Leimos todos esas impresionantes lineas miles de veces entonces. Quedaron para todos grabadas como culmen difícilmente superable de  inhumanidad.
    
     A ver: de sobra sé que son sólo palabras coincidentes en términos y referentes aludidos (los rostros de los prebostes del PP como espejo y criterio de la acción propia), y para nada establezco relación alguna entre unas y otras, salvo la de la simple casualidad.. Archisabido es además que el presidente español, a pesar de dárselas de “rojo”, aborrece como el que más a los filoetarras, por muy rojos/rojos que éstos sean. ¿No podía el Presidente haber elegido cualquier otra justificación?
    
     Debemos entonces olvidar que cuando desde todos los puntos se afeaban las bárbaras líneas del etarra, para helado pasmo de todos, justo en ese momento intervino el Presidente para mandar a todos callar, pues sabía él que, por favor, “que es que De Juana está en el proceso”, que era como de forma elíptica se llamaba en aquellos días a la negociación política con la ETA. ¿Hemos acaso también de olvidar las indecibles palabras que el Presidente se atrevió a decirle a la madre de Irene Villa? Es que esas cosas, por increíbles que parezcan, las vieron estos ojos que un día la Tierra blablablá.
     
     Yo creo que, como mínimo, al Presidente, como a mí en padel el día de Kaká, fuésele la Pinza la otra mañana con la cosa esta de las caras delante de los Federales, que mucho le rieron la ocurrencia, por cierto.
(Postblog: y por cierto también, uno de los grupúsculos que con más ahínco promovió en instancias europeas la consideración de De Juana como… PRESO DE CONCIENCIA (¡), y de qué conciencia, fue, qué casualidad,… el que el otro día convocó y le montó el gorigori en la Complutense a la “fascista” Rosa Díez que te comenté. Qué caras, ¿no?)