Dicen que hay más poetas que lectores de poesía. Y puede que, a despecho de los estupefacientes datos oficiales sobre la lectura en general, sea cierto. La poesía está triste, diríamos, como la princesa rubendariana. Qué le pasa a la poesía. Que ni los célebres cuatro gatos le hacen caso. Le pasa a la poesía como a los deportes minoritarios: hay deportes más allá del fútbol, oiga, hay escritura más allá de la novela, per favore. Con tanto mérito sobre sí, quiero decir. ¿Es menos deportista el mejor del decatlón, de cuyo nombre nadie quiere acordarse, que Vinicius? ¿Es menos escritor, yo que sé, Machado que Blasco Ibáñez? ¿Pessoa menos que Víctor Hugo? Acaso la mejor prueba de la tristeza que acomete a la poesía sea el que a las Celebrities –que en estos tiempos hipergregarios, de influencers para todo, a cuanto tocan millones de seguidores convocan- no les da por presentar “su” libro de poesía. Y los poquitos que en el mundo mundial lo intentaron –Alicia Keys, Charlee Sheen, Antonia Sanjuán, Viggo Mortensen-, casi los mismos resultados que el pluscuamperfecto desconocido que ahora les escribe obtuvieron. Aquí, si a Belén Esteban le hubiera dado por los versos, ni un borisizaguirre se hubiera comido. A Ana Rosa Quin no le dio por fusilar a poeta alguno, descuida. Quizás su “negro”, condenado al ostracismo, sí que lo sea. Y sin embargo... (CONTINUARÁ MAÑANA, espero).


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