Ni el periodista que encarna Peck en “Vacaciones en Roma” es, a mi juicio, periodista creíble ni personaje bien construido, ni las situaciones y diálogos que plantea Trumbo resultan, en tanto que comedia, agudos, chispeantes, ni bien trabados -a años luz del Lubitsch de Ninotchka, o de Casablanca, películas a la que por el tema tratado, en tanto que Obras Maestras, puede compararse-, ni la historia de amor entre los protas está, según mi criterio, nada bien desarrollada ni mostrada, ni el choque entre el deseo personal de libertad y amor y el deber público del Cargo está con eficacia dramática escenificado. Muy flojo todo el conjunto, en mi criterio, excepto el recital de Hepburn que escribíamos ayer. Resulta ya estupefaciente en tan reivindicativo escritor su tan aclamado desenlace, tan conservador en realidad, en el que su Alteza Real – admirativísimamente contemplada- renuncia a lo más valioso que entusiasmada había descubierto 24 horas antes, la llamada del Amor y de la Libertad, total nada, en pro… de una supuesta responsabilidad con su país, que no hemos visto trabajada antes en el guión en absoluto, gratuita por tanto, mientras Peck… dice nada. ¡Quiere hacer un final triste a lo Casablanca -cuyos protas se habían jugado la vida en el asunto y se habían dicho a la cara cosas estremecedoras y preciosas- para alardear encima de que no es un happy end típico de Hollywood. Trompada de Trumbo, a mi modo de ver, entonces... CONTINUARÁ MAÑANA
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