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domingo, 6 de marzo de 2011

Párate con un cualquiera, princesa mía

    
     Cuenta la leyenda reciente que propala la canallesca que hallábanse sus Altezas Reales –me parece que así debo decir- en pleno besamanos coruñés. (Qué bonita palabra, besamanos, que gusta sólo el tenerla ya en la boca, qué hermoso el gesto que en sí denota, qué mejor ocasión aún. Ya daría uno –apenas un buhonero bloguero- media vida por encontrarse con cada una de las seguidoras de este penoso blog y poder agradecerles así la ley que me guardan, besando suave y en calma la extensión entera de sus manos. Beso tus manos, puedo solo decirte aquí. A los chicos, tan sólo se la estrecharía, claro es.)  Estaba, dice la leyenda por mi culpa interrumpida, en amable conversa Príncipe Felipe con el concejal de fiestas coruñés. ¿Y de qué demonios se hablará en esos casos?, pensaba siempre uno cuando veía esas imágenes, consumado ignorante como uno es de los usos protocolarios del alto copete y asombrado a la vez del grave énfasis con que se les vé entregados a ese minué a quienes participan de los mismos. Ni que resolvieran, cual Heideggeres besamaníacos, la esencia misma del Ser y de la Nada en el Tiempo.
      ¡Claro, se habla del Tiempo atmosférico, ¿de qué si no?, que así lo ha revelado el concejal coruñés, Carlos González Garcés. Confiábale al parecer Principe Felipe que habíase él aviado con ropajes de especial abrigo en esa ocasión para mejor llevar el rigor del clima reinante, je, jé. Así transcurría el espíritu del amable besamanos, como un minuetto festivo de Boccherini ilustrado con muy reverenciales gestos y palabras casi inaudibles.
     En éstas, tronó el látigo de una voz, atravesada de disgusto, tras ellos. Era Princesa Leticia, al parecer también infartada entonces de premura. ¡Si te paras con cualquiera, no vamos a acabar nunca!, bramó entrambos la que un día se sentará sobre el más alto Trono de nuestra nación, si es que hemos de creer el testimonio del contrito edil. Es seguro que Príncipe Felipe debió sonreirse y mirar luego en todo caso enarcando las cejas al concejal, demandando su comprensión y dando así por concluido el principesco coloquio.
    
     Naturalmente en nada escandaliza a uno la sinceridad en casos tales, que lo rococó empalaga sobremanera, - así también comprendo yo a quien de mi blog huya lanzando pestes- ni la peculiar liasson psicológica que, tal como despréndese del suceso, sus Altezas Reales entre sí mantienen, por ser esas cosas muy particulares y suyas, que sólo a ellos atañen. Sí, subleva un poco, en cambio, el contenido clasista del reproche. Primero, por lo explícito del mismo, pues ya deberían haber convenido entre sí sus Altezas, como hacen todas las parejas enamoradas, un gesto cómplice que tal significara y que ahorrara el exabrupto algo bruto de la Princesa. Y segundo, por ese “pararte con cualquiera”, que igual que a un trapo debió hacerle sentirse al pobre edil, hasta tal punto apenado por el desdichado lance que…  -y aquí, lector mío, toma aires valleinclanescos el lance de la leyenda volandera que trae la canallesca-  no pudo reprimirse él de contarlo todo en un evento… ¡de la Asociación de Viudas Coruñesas!, tócate los gabilondos. Imagino uno bien la dramática escena: la desolada confesión del edil ante el concierto de todas esas señoras desconsoladas por el feo Real al concejal de su alma, y con lo prontas a la lágrima que sin duda han de resultar esas asociadas, la llantina desbordada y general que debió montarse en la Asociación,  es que se te quiebra  el pulso.
    
      Pero es que revela además el acre sucedido que desconoce del todo Princesa Leticia a los más ilustres ciudadanos sobre quienes habrá Ella un día de reinar, por ser Carlos González Garcés toda cosa menos un “cualquiera”, ya que amén de concejal, profesor de Historia, importante preboste socialista y relevante animador cultural en la ciudad desde tiempo inmemorial, hijo de un gran poeta y escritor, es persona de estupendo sentido del humor bien dotada, tan estupendo que le llevó el mismo en inolvidable ocasión a la mediática celebridad que abajo, para solaz ahora de mis seguidores, recuerdo. En fin, qué hubiérase oido de labios de la Princesa, que admira tanto al gran Sabina que le invitó a Palacio a cenar, si a  Príncipe Felipe le llega a dar por departir con un anónimo bloguero, éste si que sí, un cualquiera. Le echa los perros.
     Párate tú pues, princesa mía, a ti ahora te digo, aquí, en esta mi covacha ruin, detente un momento conmigo, extiende ante mí tus manos claras, permite que las bese yo, un cualquiera, que blogs blancos no ofenden, princesa.