Gadaffón, pedazo de bribón,
Aparta tus sucias manos de Condoleezza
Que es ella sólo mi negra Alteza
Que es ella mi morenísima divinidad
Olvida para siempre a mi más secreta beldad
No me seas, Muamar, por Alá tan julandrón.
Si te sobran vírgenes amazonas de garrafón
Rabiosas por morirse ante tu look.
Que la vi yo mucho antes que tú
Mientras te probabas el último canesú
Mientras fusilabas hasta en Uagadugú
Que es lo tuyo ametrallar libios sin contrición.
Ya entonces yo me postraba
Ante el escándalo de esa belleza
Ya mi fiebre las pantallas incendiaba
Ante la diáfana distinción de su fineza
Ya medio en sueños por lo bajo yo clamaba
Tras la dulce hermosura de Condoleezza.
Esa boca, con alas de tiramisú
Esos hoyitos, nidos de paspartú
Esa sonrisa como el más bello tul
Qué puedes de eso enseñarme tú
Fashion matarife de ocasión
Déjame a Condoleezza en paz
Dale la manita si quieres tú
Adefesio del Tumbuctú
A la pila de los esqueletos de tu ambición
No manches más con aliento agraz
El recóndito vuelo de mi ilusión.
Qué sabes tú,
Haragán de la jaima chusca,
Pelandrusco del lambrusco
De esos dientes en hilera
Que son ringlera celestial,
De la música y del piano
Que le brotan a la vuelta de las manos,
Del agua en fulgor manantial
Que le bruñe los ojos de negro,
De la finura en la linea de esos labios,
Delicados y rossos como un buen sueño.
Dime Gadaffón, sátrapa en camisón,
Déspota estilado por Christian Dior
De esa frente que es ubérrimo edén
De esa piel que es tenue melocotón
Del súmmum de esa serenísima belleza
Que puedes enseñarme tú.

(Post-post: tenía yo pensado, lector mío, tras la dudosa poesía de mi Contra Tiempo, escribirte y escribirme una extensa página que en prosa ilustrara con una parábola cinemascopera un poco esta misma tabarra del Tiempo que me traigo, acaso por ver si, al abundar uno en lo mismo, el rigor de Cronos, aunque sólo por aburrimiento fuera, en algo amainara, o al menos que así nos lo pareciera. Eso había yo planeado, pero de golpe, la sierpe tentadora de la actualidad –al cabo es uno una mezcla mal acabada de periodista, politólogo, ensayista de variedades y cuentista del monte del olvido con ínfulas además de poetastro, es decir, como las malas pizzas, un surtido de todo y de nada- me ofreció la manzana que traía dentro las pruebas de la presunta obsesión de Gadaffi por la Rice. Y como un panoli la mordí.
Me daba rabia, porque es que a la Rice creía ser yo el único en el mundo que la amaba, y verme coincidiendo en miraditas con Gadaffi hinchábame hasta el colmo las narices. Más que probar la manzana del pecado fue como si una especie de abducción extraña me invadiera el ánimo, y como tenía aún por la cabeza resonándome la averiada música de la mía poesía, igual que los poetas románticos de cuando Bécquer, me dije, José Antonio, no es ya tu voluntad libre la que desbarra, es tu despecho, tu despecho y esa endemoniada posesión mesmérica por la noticia gadaffina de Condoleezza que te habita los que te empujan a escribir, para sólo así poder de ti todo eso arrojarlo. Le eligen a uno según que demonios, eso es todo.
Visto con calma el resultado, ahora si que estoy ya del todo poseido por las brujas de las dudas. Ya comprendo que alguna leche me ha de caer por esta osadía de hoy, y que alguno huirá despavorido de mi mediocre jaima, mascullando para sus adentros pestes de mi facciosa herejía. Bueno, me liberé al cabo. Luego dicen que la poesía es cara. Si no manda uno en su triste blog, si no manda uno ni en el pañuelo de su fracaso, sería para ya escribir y no echar gota. Sabemos lo que pasa. Como dijo el otro, nadie es perfecto. Pues eso)


