
La otra mañana, todo meditabundo y errabundo a pesar de dirigirme hacia el trabajo, venía yo arrastrándome más que caminando sobre las aceras, tal era la gravedad que alcanzaban mis mentales inquisiciones. Joder, ni que llevara el peso entero del mundo contra mis vencidas espaldas. Debía parecer el muá, a los ojos del resto de ufanos viandantes, uno de esos adustos caballeros, sobrecargados de los hombros y como teñidos de una enfermiza palidez sobre el oscuro jubón, de los que en su día inmortalizara Doménico Theotocópulos. Theo-to-cópulos Doménico, qué nombre tan bonito y tan sensual, casi sus sílabas reverberan ellas solas en los labios sin quererlo, tan a tono además con la mañana calurosa y jubilosa, impropia a todas luces de las calendas que llevamos, y que más aún debía contrastar la pesadez de mi estampa cabizbaja. Era ya a esas horas el sol un buen tunante allá arriba, que caldeaba los cuerpos con imprevistas caricias subiditas de tono. Los gorriones se perseguían frenéticos de rama en rama con fornicatorias intenciones. Todo lo calenturaba ese pedazo de sol, todo, menos mi frígida silueta.
Y es que en los últimos días me habían colocado en el blog dos bien extraños comentarios a una poessía d´amore que había puesto yo… en las vísperas de San Valentín, tilín, tilín. ¡Great post!, clamaba al principio zesovela. ¡Nice and helpful piece!, encomiábame los míos versos mesunazi. Carambola, me decía yo a mi vez, entusiasmado también de inicio, hasta en la lengua de Shakespeare existen almas caritativas que de lo mío se apiadan. ¡Y tanto! Great, nice, helpful. Rebotaban por mi cabeza –y con qué sobredulzura de almíbar añadido- los elogios anglosajones como bolas premiadas en un remoto bingo. Con un par, José Antonio, –noté cómo mi ilusión crecía y crecía- así llama el Destino a la puerta del Hombre, las cosas del Intenné ansí son, quién te dice que detrás de zesovela, detrás de mesunazi acaso, no anda la británica Editora que le haga al fin justicia a mi arte, que es punto y aparte. Quizás Mr Follet le haya dicho por lo bajini a alguien: lee, lee a este hijo de la Gran… Bretaña y verás lo que es bueno.
Mas a lo que sus comentarios remitían era a… – aún temblando pulsé esos enlaces-… a una guapa médica, tan guapa al menos como ¡la mismísima Kate Middleton!, a la que muchísimo se le parecía, -ahí está, en los comments de mi poesía, mírala y dime si miento- que se me apareció entonces sobre el ordenata como una hada medicinal. Tenía la doctora Middleton –sorry, lady Mi, pero así la bauticé yo al instante-, que sin pestañear me miraba con sólo una discreta sonrisa, bata blanca y fonendo al cuello. Tenía sobre todo un par de prometedores ojos y dos muy saludables pómulos, como de manzana reineta en sazón. Tan rebosante aspecto arrumbó por lo suelos al momento la cometa de mi fantasía, claro. Pues lo que en realidad, tras una breve y técnica disertación, venía a ofrecerme la lozana doctora Middleton era… ¡viagra!, buena, bonita y barata viagra, azulada y lírica viagra, que al parecer de las zesovelas debía yo encargarle pero que ya mismo.
O sea, que había querido yo con mis versos perfilar y dilatar los temblorosos contornos más del enamoramiento que del puro deseo, y coincidían las zesovelas, tras penetrar en la clave última de los mismos, en recomendarme… la dichosa pastillita azul. De esta forma me leían como poeta ese par de foráneas. Pensarían las zesovelas: le hemos calao, a este pájaro lo hemos calao. Mucha palabrita pero es nuestra pastillita lo que en el fondo tú necesitas, puestos ya a sobetear el ripio, calculé que habrían ellas cavilado. Algo así como el inveterado “¿eres poeta? pues abróchate la bragueta”, adaptado a los modernos tiempos de la Mugre: ¿eres Poeta? pues cajita de Viagra a la Maleta. Leches, si al menos no me hubieran puesto por delante los turgentes great, nice y helpful de los prolegómenos, si tanto no me hubieran encelado con ellos, no habría sido tan dura la caída mía.
Era algo perfectamente absurdo: de sobra sé que ese día, como todo en esta tarantiniana vida, llegará, pero a día de entonces, tilín, tilín, San Valentín, y odio alardear de nada, no se daba el caso aún de que necesitara mi lírica lira de químicas sustancias para, modestamente eso sí, elevarse y por si solita fulgurar. Tampoco pasaría nada muy grave si así fuera. Hay cosas peores. ¿Quieren creer que, como en las más idiotas profecías que se autocumplen, sucedieron a las recomendaciones zesovelas unos muy amargos días en los que, lleno de un pánico desconocido, me miraba, me escrutaba, me espiaba… y no del todo me encontraba? Se me llenó el espíritu de dudas. Me decía, no si al final verás, tendré que escribirle a las zesovelas estas encareciéndoles su apoyo y… rogándoles que me receten un poco de lo suyo. Sólo por reencontrarme, quede claro.
Y con ánimo tan apesadumbrado gravitándome sobre la chola, como de nubarrones atiborrándose de creciente negrura, arrastraba yo mis pasos camino del trabajo en la ardiente mañana que el madrileño abril casi a traición nos brindaba. Al atravesar un paso de cebra un conductor malencarado me pitó con rabia. Se ve que no me correspondía pasar entonces y tuvo que frenar, yo que sé. Encima aquel macarra me mostró al pasar muy rígido sólo el dedo corazón de su mano derecha. Qué menda. Alcancé, tratando de disimular cuanto pude el engorro, la otra orilla.
Había allí, al pie del semáforo, una mujer morena, menudita y un poco rechoncha. Ya verás, me habrá visto esta tía los ridículos aspavientos que por culpa del claxonazo hube de proyectar, y aun se estará riendo de mí, me malicié. Pero no. Esbozó sin mirarme un amago de sonrisa compasiva. Me fijé entonces un poco más en ella. Llevaba una bolsa de mandarinas. No, no era tan atractiva como la lozana doctora Middleton a que me habían enviado las zesovelas viagrófilas. Era normalita, como tú y como yo, aunque todos los miembros de su cuerpo guardaban entre sí una adecuada proporción. Llevaba el pelo negro un poco largo. Tuvo además la indecible bondad mi samaritana particular de no hurgarme en la herida, es decir, de hacer como que nada de mi estrepitosa gesticulación reciente había ella visto.
De alguna misteriosa forma captó también al vuelo que alguna íntima herida más aún me mortificaba, pues con naturalidad dejó caer a mi lado, “uff, cómo calienta hoy el Greco”, concediéndome un invisible permiso para contestarle algo y proseguir después cada uno su camino, poca cosa en apariencia, un cabo con que aferrarme al mundo de los vivos en realidad. Cómo calienta el Greco, juro que eso dijo. Doménico Theo-to-cópulos, traduje al instante yo. “Es verdad…es… verdad”, le respondí un poco alelado, qué quieren. Se inclinó entonces ella a recoger la bolsa de mandarinas que había dejado un momento en el suelo y por entre los pliegues entreabiertos de su camisa azul mahón pude ver durante un instante electrizante el doble promontorio divino y agitado de sus senos, los indicios gloriosos de sus pechos yendo y viniendo, redonditos como dos mandarinotas exuberantes y vivas, que desde donde yo estaba se adivinaban golosas y muy bien colmadas.
Debió ponérseme el rostro más rojo que la misma luz incandescente de la figurita del semáforo que a los peatones nos prohibía el paso. Debió darse ella cuenta. Me miró algo seria, se giró de espaldas contra mí… y vino entonces lo mejor.
Sí, porque mientras esperábamos el verde que aflojara el nudo que el semáforo había entre nosotros dos formado, soltó de nuevo la bolsa de la mandarinas y con aérea destreza empezó a recogerse la mata de pelo negro y liso por encima de la cabeza, anudándolo en varios intentos, amasándolo en dos o tres formas distintas de trenza, buscándose con la otra mano una diadema o una goma que no aparecían, sosteniéndose simplemente el pelo negro allá arriba acopiado entre sus manos, los brazos desnudos y flamantes en triángulo hacia esa altura, sus flancos expuestos y libres, sólo para aliviarse un poco el calor que la traía sin duda sofocada, hasta fijárselo al fin con arte, como una piña que hubiérase dispuesto ella sobre la cabeza.
Parecía todo transcurrir al ritmo de una primorosa cámara lenta. Sin quererlo ella, dejó al descubierto para mí allí mismo el cielo de su cuello esbelto y terso, y la postrimería de su nuca, esa pelusilla preciosa de melocotón que las mujeres ahí poseen, a escasos centímetros míos esas hebras de cabello angelical en escarpado rizo sobre una piel tan exquisita. Le brillaban ya por el sudor, mínimas perlas en bucle sobre aquella nuca; algún júbilo remueve por dentro siempre el sudor, así es que no pude por menos que, afinando mucho los labios, soplarle y soplarle para mejor refrescar ese cuello, para en algo refrigerar ese cuerpo acalorado, como si, más que boca y dientes, un fuelle de aire tibio inagotable para ella tuviera yo allí. Con los ojos entornados movió ella, de forma quizás inconsciente, hacia uno y otro lado la cabeza, dejándose llevar durante un instante en la caricia intáctil, sin preguntarse por tanto todavía por el origen de su dicha inesperada, para que la brisa de mi soplo le alcanzara bien todos los recovecos de la nuca ardiente.
Se volvió al fin y me encaró. Puede que vaya a cruzarme la cara de un torniscón, pensé. Se sonrió en cambio, tan discreta, ahora sí, como la misma doctora Mí. Se agachó entonces, poniendo cuidado en estirarse bien la camisa para vedarme por completo la visión pecaminosa, y, eligiendo entre todas, me regaló una de las mandarinas de su bolsa. “Me encantan”, acerté a decirle. Saltó la luz verde. Y se alejó en dirección distinta a la que yo llevaba la mujer de las mandarinas. Aún veía yo su nuca cuando ella ya había desaparecido. Hum, me resbalaba el jugo de la mandarina barbilla abajo, pues la estaba comiendo con la fruición de un caníbal.
¿Y lo Otro? Entonces no ocurrió; nunca me hubiera perdonado grosería tan indefendible en un momento tan sobrenatural. Pero unas horas más tarde, sin causa alguna que lo provocara, por así decirlo… me reencontré. Tampoco era para tanto el tema, que es que soy más bobo que Abundio. Ah, y muchas felicidades, doctora Mí.