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martes, 19 de septiembre de 2017

La última en la frente, lo de Ken Follet, el follón

   



   La noticia is this: la Gran Editorial paga a Grandes Influencers para que posen guapísimos, arrebatadores, animalmente hiperseductores, con toda su belleza suma abismados ante el recientísimo producto, de cuyo nombre mejor ni acordarse, del Artista Laborista entre las manos.  (No es por tirarme aquí el folio pero ya me pispé -post 10-6-2017- que debería haber contratado yo a un metrosexual total como autor de mis Veinte relatos de amor y una poesía inesperada y otro gallo menos triste y más orgiástico me cantaría ahora, y ni uno sólo de mis buenos amigos aquí se olvidaría ya de pedírmelo). Refleja muy bien la añagaza publicitaria el espíritu de estos tiempos: superficiales hasta el hartazgo, apabullantemente visuales, gregarios como nunca, montados alrededor de las adhesiones epidérmicas que las Celebrities bobas despiertan entre la gente, en los que el libro en sí es lo de menos. Ahí está, en todo su dudoso fulgor, el libro fuera de sí: un recurso de estilismo y de ornamento más, un fetiche que a la onda dominante y guapa nos conecta, un adminículo subalterno de la más general adherencia emocional que los modelos -que en la luz cegadora que les envuelve eclipsan al autor, no digamos ya a las palabras-  suscitan. La derrota del libro, del sagrado aura humanistíco y espiritual que lo aureolaba, claro. El protagonismo cobrado por los influencers, resultones líderes del gusto social hoy, modelos sociales dominantes, es sólo un paso más (comprada ya antes la Crítica, sólo que ahora, sumidos en el relativismo total, en los cánones hegemónicos de la telebasura y en la anomia vertiginosa de las “redes sociales”, los Críticos pintan nada) en la estrategia general de convertirnos en meras terminales de hiperconsumo por adhesión, sin criterio ni deliberación interior propia. Folleteo –de Follet- a discreción, marchando una más de regresión cultural.

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“VEINTE RELATOS DE AMOR Y UNA POESÍA INESPERADA”. 12 euros, envío incluido. 165 pgs de SENTIMIENTOS, HUMOR Y AVENTURAS acerca de la condición humana enamorada… y desenamorada, en muchas de sus vertientes, cimas y simas, con la emocionante recreación de las más perturbadoras encrucijadas a que nos arrojan los sentimientos inevitables. Personalmente dedicados. Pídemelos aquí o escríbeme a  josemp1961@yahoo.es   Es muy sencillo. 12 E por correo ordinario, envío incluido, a la dirección de España que desees; 15 E por correo certificado. Escríbeme aquí y te informo sin compromiso.  


miércoles, 8 de octubre de 2014

Ken Follet y la solidaridad de las estatuas fatuas



   Atracó la multinacional Ken Follet –más de cien millones de libros vendidos, casado con una parlamentaria laborista, házles tú las cuentas, indignado compañero, que a mí me da la risa- en el puerto de ocasión de la TV3, y sólo por ver si así vendía un puñado más de ejemplares de su último pest-seller, complacido, allí que les lamió el argumento entero a los separatistas. Folleteo de Follet, vamos. Si así de mamones se revelan los Grandes Escritores, lector, qué  habremos de hacer los escritorzuelos sin nombre.
      
   Dijo así Mr Ken que sabe él que la negativa del Estado español al referéndum separatista “no será aceptada por el Pueblo Catalán”.   Que sabe él “que el Pueblo Catalán está muy enfadado ahora mismo”. ¡Y qué no sabrá el archiforrado Autor, aupado sobre los pilares de tantísima pasta! Por supuesto el, más aún que galés, fenicio Follet se manifestó partidario de la unidad del Reino Unido –esa sí- y horrorizado ante la posibilidad del independentismo galés: “sería una catástrofe para nosotros, los galeses, tener que pedir permiso para ir a trabajar a Inglaterra”. Un monumento a la coherencia intelectual como puede verse este exitosísimo Follet.

      
   ¿Catástrofe? ¿Ha dicho Usted Catástrofe, Mr Ken? Me acordé claro, de la reciente y estrepitosa Caída de la altísima Estatua del honorable Pujol. Recordé entonces que también ya en vida Ken Follet tiene levantada estatua propia… ¡en Vitoria!, tócate los gabilondos a fondo, eso es triunfar planetariamente y lo demás tonterías. Pujol y Follet estatuados, era eso. De manera que el grosero chupeteo folletiano al aparato separatista catalán lo que sublimaba en el fondo no era sino… eso mismo, la íntima solidaridad de las estatuas fatuas. Todo un hijo de la gran bretaña este Mr Follet, yes.



LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen y análisis de la obra en estos enlaces)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

jueves, 5 de mayo de 2011

Kate Middleton, el Viagra, yo mismo

     
     La otra mañana,  todo meditabundo y errabundo a pesar de dirigirme hacia el trabajo, venía yo arrastrándome más que caminando sobre las aceras, tal era la gravedad que alcanzaban mis mentales inquisiciones. Joder, ni que llevara el peso entero del mundo contra mis vencidas espaldas. Debía parecer el muá, a los ojos del resto de ufanos viandantes, uno de esos adustos caballeros, sobrecargados de los hombros y como teñidos de una enfermiza palidez sobre el oscuro jubón, de los que en su día inmortalizara Doménico Theotocópulos. Theo-to-cópulos Doménico, qué nombre tan bonito y tan sensual, casi sus sílabas reverberan ellas solas en los labios sin quererlo, tan a tono además con la mañana calurosa y jubilosa, impropia a todas luces de las calendas que llevamos, y que más aún debía contrastar la pesadez de mi estampa cabizbaja. Era ya a esas horas el sol un buen tunante allá arriba, que caldeaba los cuerpos con imprevistas caricias subiditas de tono. Los gorriones se perseguían frenéticos de rama en rama con fornicatorias intenciones. Todo lo calenturaba ese pedazo de sol, todo, menos mi  frígida silueta.
     Y es que en los últimos días me habían colocado en el blog dos bien extraños comentarios a una poessía d´amore que había puesto yo… en las vísperas de San Valentín, tilín, tilín. ¡Great post!, clamaba al principio zesovela. ¡Nice and helpful piece!, encomiábame los míos versos mesunazi. Carambola, me decía yo a mi vez,  entusiasmado también de inicio, hasta en la lengua de Shakespeare existen almas caritativas que de lo mío se apiadan. ¡Y tanto! Great, nice, helpful. Rebotaban por mi cabeza –y con qué sobredulzura de almíbar añadido- los elogios anglosajones como bolas premiadas en un remoto bingo. Con un par, José Antonio, –noté cómo mi ilusión crecía y crecía- así llama el Destino a la puerta del Hombre, las cosas del Intenné ansí son,  quién te dice que detrás de zesovela, detrás de mesunazi acaso, no anda la británica Editora que le haga al fin justicia a mi arte, que es punto y aparte. Quizás Mr Follet le haya dicho por lo bajini a alguien: lee, lee a este hijo de la Gran… Bretaña y verás lo que es bueno.
      Mas  a lo que sus comentarios remitían era a… – aún temblando pulsé esos enlaces-… a  una guapa médica, tan guapa al menos como ¡la mismísima Kate Middleton!, a la que muchísimo se le parecía,  -ahí está, en los comments de mi poesía, mírala y dime si miento- que se me apareció entonces sobre el ordenata como una hada medicinal. Tenía la doctora Middleton –sorry, lady Mi, pero así la bauticé yo al instante-, que sin pestañear me miraba con sólo una discreta sonrisa,  bata blanca y  fonendo al cuello. Tenía sobre todo un par de prometedores ojos y dos muy saludables pómulos, como de manzana reineta en sazón. Tan rebosante aspecto arrumbó por lo suelos al momento la cometa de mi fantasía, claro. Pues lo que en realidad, tras una breve y técnica disertación, venía a ofrecerme la lozana doctora Middleton  era… ¡viagra!, buena, bonita y barata viagra, azulada y lírica viagra, que al parecer de las zesovelas  debía yo encargarle pero que ya mismo.
    
     O sea, que había querido yo con mis versos perfilar y dilatar los temblorosos contornos más del enamoramiento que del puro deseo, y coincidían las zesovelas, tras penetrar en la clave última de los mismos, en recomendarme… la dichosa pastillita azul. De esta forma me leían como poeta ese par de foráneas. Pensarían las zesovelas: le hemos calao, a este pájaro lo hemos calao. Mucha palabrita pero es nuestra pastillita lo que en el fondo tú necesitas, puestos ya a sobetear el ripio, calculé que habrían ellas cavilado. Algo así como el inveterado “¿eres poeta? pues abróchate la bragueta”, adaptado a los modernos tiempos de la Mugre: ¿eres Poeta? pues cajita de Viagra a la Maleta. Leches, si al menos no me hubieran puesto por delante los turgentes great,  nice y  helpful de los prolegómenos, si tanto no me hubieran encelado con ellos, no habría sido tan dura la caída mía.
     Era algo perfectamente absurdo: de sobra sé que ese día, como todo en esta tarantiniana vida, llegará, pero a día de entonces, tilín, tilín, San Valentín, y odio alardear de nada, no se daba el caso aún de que necesitara mi lírica lira de químicas sustancias para, modestamente eso sí, elevarse y por si solita fulgurar. Tampoco pasaría nada muy grave si así fuera. Hay cosas peores. ¿Quieren creer que, como en las más idiotas profecías que se autocumplen, sucedieron a las recomendaciones zesovelas unos muy amargos días en los que, lleno de un pánico desconocido, me miraba, me escrutaba, me espiaba… y no del todo me encontraba?  Se me llenó el espíritu de dudas. Me decía, no si al final verás, tendré que escribirle a las zesovelas estas encareciéndoles su apoyo y… rogándoles que me receten un poco de lo suyo. Sólo por reencontrarme, quede claro.
    
      Y con ánimo tan apesadumbrado gravitándome sobre la chola, como de nubarrones atiborrándose de creciente negrura, arrastraba yo mis pasos camino del trabajo en la ardiente mañana que el madrileño abril casi a traición nos brindaba. Al atravesar un paso de cebra un conductor malencarado me pitó con rabia. Se ve que no me correspondía pasar entonces y tuvo que frenar, yo que sé. Encima aquel macarra me mostró al pasar muy rígido sólo el dedo corazón de su mano derecha. Qué menda. Alcancé, tratando de disimular cuanto pude el engorro, la otra orilla.
     Había allí, al pie del semáforo, una mujer morena, menudita y un poco rechoncha. Ya verás, me habrá visto esta tía los ridículos aspavientos que por culpa del claxonazo hube de proyectar, y aun se estará riendo de mí, me malicié. Pero no. Esbozó sin mirarme un amago de sonrisa compasiva. Me fijé entonces un poco más en ella. Llevaba una bolsa de mandarinas. No, no era tan atractiva como la lozana doctora Middleton a que me habían enviado las zesovelas viagrófilas. Era normalita, como tú y como yo, aunque todos los miembros de su cuerpo guardaban entre sí una adecuada proporción. Llevaba el pelo negro un poco largo. Tuvo además la indecible bondad mi samaritana particular de no hurgarme en la herida, es decir, de hacer como que nada de mi estrepitosa gesticulación reciente había ella visto.
     De alguna misteriosa forma captó también al vuelo que alguna íntima herida más aún  me mortificaba, pues con naturalidad dejó caer a mi lado, “uff, cómo calienta hoy el Greco”,  concediéndome un invisible permiso para contestarle algo y proseguir después cada uno su camino, poca cosa en apariencia, un cabo con que aferrarme al mundo de los vivos en realidad. Cómo calienta el Greco, juro que eso dijo. Doménico Theo-to-cópulos, traduje al instante yo. “Es verdad…es… verdad”,  le respondí un poco alelado, qué quieren. Se inclinó entonces ella a recoger la bolsa de mandarinas que había dejado un momento en el suelo y por entre los pliegues entreabiertos de su camisa azul mahón pude ver durante un instante electrizante el doble promontorio divino y agitado de sus senos, los indicios gloriosos de sus pechos yendo y viniendo, redonditos como dos mandarinotas exuberantes y vivas, que desde donde yo estaba se adivinaban golosas y muy bien colmadas.
     Debió ponérseme el rostro más rojo que la misma luz incandescente de la figurita del semáforo que a los peatones nos prohibía el paso. Debió darse ella cuenta. Me miró algo seria, se giró de espaldas contra mí… y vino entonces lo mejor.   
    
     Sí, porque mientras esperábamos el verde que aflojara el nudo que el semáforo había entre nosotros dos formado, soltó de nuevo la bolsa de la mandarinas y con aérea destreza empezó a recogerse la mata de pelo negro y liso por encima de la cabeza, anudándolo en varios intentos, amasándolo en dos o tres formas distintas de trenza, buscándose con la otra mano una diadema o una goma que no aparecían, sosteniéndose simplemente el pelo negro allá arriba acopiado entre sus manos, los brazos desnudos y flamantes en triángulo hacia esa altura, sus flancos expuestos y libres, sólo para aliviarse un poco el calor que la traía sin duda sofocada, hasta fijárselo al fin con arte, como una piña que hubiérase dispuesto ella sobre la cabeza.
     Parecía todo transcurrir al ritmo de una primorosa cámara lenta. Sin quererlo ella, dejó al descubierto para mí allí mismo el cielo de su cuello esbelto y terso, y la postrimería de su nuca, esa pelusilla preciosa de melocotón que las mujeres ahí poseen, a escasos centímetros míos esas hebras de cabello angelical en escarpado rizo sobre una piel tan exquisita. Le brillaban ya por el sudor, mínimas perlas en bucle sobre aquella nuca; algún júbilo remueve por dentro siempre el sudor, así  es que no pude por menos que, afinando mucho los labios, soplarle y soplarle para mejor refrescar ese cuello, para en algo refrigerar ese cuerpo acalorado, como si, más que boca y dientes, un fuelle de aire tibio inagotable para ella tuviera yo allí.  Con los ojos entornados movió ella, de forma quizás inconsciente,  hacia uno y otro lado la cabeza, dejándose llevar durante un instante en la caricia intáctil, sin preguntarse por tanto todavía por el origen de su dicha inesperada,  para que la brisa  de mi soplo le alcanzara bien todos los recovecos de la nuca ardiente.
     Se volvió al fin y me encaró. Puede que vaya a cruzarme la cara de un torniscón, pensé. Se sonrió en cambio, tan discreta, ahora sí, como la misma doctora Mí. Se agachó entonces, poniendo cuidado en estirarse bien la camisa para vedarme por completo la visión pecaminosa, y, eligiendo entre todas, me regaló una de las mandarinas de su bolsa. “Me encantan”, acerté a decirle.  Saltó la luz verde. Y se alejó en  dirección distinta a la que yo llevaba la mujer de las mandarinas. Aún veía yo su nuca cuando ella ya había desaparecido. Hum, me resbalaba el jugo de la mandarina barbilla abajo, pues la estaba comiendo con la fruición de un caníbal.  
    ¿Y lo Otro? Entonces no ocurrió; nunca me hubiera perdonado grosería tan indefendible en un momento tan sobrenatural. Pero unas horas más tarde,  sin causa alguna que lo provocara, por así decirlo… me reencontré. Tampoco era para tanto el tema, que es que soy más bobo que Abundio. Ah,  y muchas felicidades, doctora Mí.
        
      
        
    
    
    

domingo, 30 de enero de 2011

El Manifiesto Bloguero

    
     Miles de fantasmas recorren el Mundo: los fantasmas del bloguerismo. Todos los Grandes Escritores del Orbe se han unido en Informal Alianza para ahuyentar esos fantasmas: Ken Follet y Millás, Pérez Reverte, Almudena Grandes y la Sgae, entre otros. Ha llegado el momento, companieros, de que los blogueristas mostremos con orgullo al mundo nuestra faz: la ilusión que nos agita, sí, la injusticia que nos oprime, también.
    
     La historia de la Escritura hasta nuestros días no ha sido hasta ahora sino la historia de la lucha de clases entre escritores: los del Establishment, de un lado, a quienes todo galardón parece pequeño y que con avaricia de agiotistas  acumulan uno tras otro –más las argénteas recompensas que les van anejas- sobre sus augustas plumas y cabezas, incluso navajeándose entre ellos en el empeño, tal es su avaricia desatada, que hasta les roba el sueño y todo, y las hormiguitas del Inframundo bloguero, del otro, que sólo de las migajas del desprecio y del cruel anonimato se mantienen, que se hacen entre sí, en bien tierna estampa, seguidores los unos de los otros, como caritativa mancomunidad de apostólicas insignificancias. Sigámonos, blogueros del ancho mundo,  todos a todos de verdad y ahora en esta lucha semifinal.
    
     Tienen unos, ya se ve, patente de corso para publicar cuanto les pete y en los más privilegiados escaparates, facilidades mil para dar rienda suelta al lujoso caletre de su mollera y llevar el boato de su voz a todas partes, cotización al alza para subastar la más peregrina de sus ocurrencias y apalancarse muy generosos anticipos. ¿Qué tienen los otros sino la negrura de su infortunio, la amargura de su ostracismo, el perpetuo revés de la invisibilidad a que vénse aherrojados? Sí, ¿por qué a unos se les ve tanto –y hasta el plumero, que ya incluso estragan- y en tantos saraos y fregaos envueltos y revueltos, mientras a los otros, sin importar siquiera el rigor extremo del más crudo invierno alrededor, con la misma puerta en las narices se les arrea, en cuanto osan asomarse un poco, como taciturnos niños del hospicio, a ese club de los negocios raros?
     
     Almacenan los unos sobre sí mismos –a despecho encima de un mensaje de airado tono redistributivo- mil y unas colaboraciones periodísticas, literarias, mediáticas, conferenciantes, en las mil y una suertes con que la Industria Cultural favorece a sus primas donnas, que son otras mil y una formas de multiplicar sus crasas plusvalías, y otras mil y una patadas en las posaderas de los oscuros blogueros, que nada en claro le extraen a su desvarío, que tanto tiempo y afanes se dejan en el cuidado de su blog, al que sin embargo aman tanto como a un hijo propio, pues como éste, extensión de su misma carne y sangre es. Y si hasta hace bien poco le daban hasta dos mil quinientos euros a cada niño que viene al mundo, ¿no debería en igual forma subvenirse a esos hijos preciosísimos de la imaginación y la ternura que son la inmensa mayoría de los blogs? Y no digamos ya los blogs de los poetas, que derraman gratis et amore un elixir de belleza no recompensada cada día sobre el mundo.  ¿No podría en todo caso un poco repartirse la pitanza?
    
     ¿No merece tanto desvelo aunque fuera sólo una mínima subvención de la Innombrable sociedad de los Autores, que lo es hoy sólo de los Autores encumbrados? ¿No se cansan de repetirnos los propagandistas estos tan pesados que todo trabajo merece ser retribuido? Hágase entonces. ¿No se jacta acaso uno de los príncipes de este perro mundo de que la Tierra no pertenece a nadie sino al Viento, (y qué es un blog, sino simple escritura en el Viento, que raudo se lo lleva al piélago del desamparo, al fondo tenebroso del mar de los sargazos desconocidos) que hay demasiados pobres (blogueros, blogueros) y muy pocos ricos (los de arriba, los de arriba nominados, entre otros).
    Entonces, adelante, blogueros, adelante, y como dicen los sindicalistas “liberados” (¿y por qué los ínfimos blogueros que nos dejamos los ojos y la vida en la escritura, que ponemos en ella el alma, habríamos de ser menos, por qué no habríamos nosotros, creadores inmersos en la niebla fría del olvido, reclamar la igualdad?) si esto no se arregla, GUERRA, GUERRA, GUERRA.  
    
     ¿Es acaso justo  tan desigual reparto de elementales bienes? ¿Hemos de soportar además que posen y pasen encima los grandes Acaparadores de libros, de pasta y de honores por inmaculados santones revolucionarios? ¿Pero que contradiós es éste? Despertad, blogueros del mundo, no creáis los piropos envenenados que de cuando en cuando os regalan los escritores consagrados. Abandonad la mansa resignación. Cuestionad sus privilegios. No les riáis las gracias. Discutidles la desmesura de su rango. Os copian las ideas además, sabedlo. Sed bien conscientes, en fin, de nuestra verdad: no residimos en las brillantes estrellas de la Ciberesfera como quieren hacernos creer. Esas galaxias aparatosas las copan ya los bien afamados escritores, son ellas el negociado de sus intereses, que siempre han venido ellos a hablarnos de su libro. Es lo nuestro el inframundo, las sombras de las catacumbas, los senderos municipales de los parques de un barrio triste. Mirad allí un hormiguero, divisad esa hilera animosa e incansable que de cuando en cuando el capricho de un gigante juguetón desbarata y aplasta. Eso somos, blogueros del mundo, hormiguitas alrededor de olímpicas estatuas (como la real de Follet en Vitoria) que ni se inmutan a nuestro paso y que todas las guirnaldas se cuelgan.
    
     Despertad, borrosos blogueros del subsuelo, heroicos escritores de la humildad, dulces escribanos sin nombre casi, hermanos-hormiguitas de la fraternidad del blog. Enarbolad ahora el blog, la flor que destila vuestro desamparo, como una espada justiciera. Puedo casi ver ahora mismo el calibre de vuestro desconsuelo, el prodigio incalculable de ilusión con que elaboráis vuestros escritos, el latido de belleza que os sacude por dentro y que queréis en el blog estampar también para el mundo entero, la franqueza de vuestros ojos radiantes ahora. Son los míos, también, camaradas. Ponéos en pie como una formidable marabunta: Guerra a la Opresión, ya. Blogueristas del mundo: fundíos. Adelante. Adelante. No tenéis nada que perder, sólo vuestras condenas. 

viernes, 19 de noviembre de 2010

Ken Follet, Juan José Millás, yo mismo


       
       Abramos de nuevo de par en par la cibernética Gran Ventana, asomémonos otra vez un instante a la interespacial Eternidad, llenémonos de estelar oxígeno los pulmones y lancemos entonces de nuevo a esta inmensidad nuestra voz desesperada… ¡KEN! … ¡KEEEN! … ¡KEEEEEN!, por si diérase el caso de que una extraña conjunción de astros obrara el prodigio y llegara mi reclamo a los egregios oídos de Mr Follet just a minute, el tiempo necesario sólo para decirle que gratis et amore le acarreo yo nuevo material sobre la intelectualité hispana, mucho más morbosa y fabulosa que la interminable trilogía por Usted proyectada.
    
     Tráigole yo hoy relación del muy insigne Juan José Millás, galardonado y afamado escritor donde los haya, que casi sonrojo da el recitar las credenciales interminables de sus éxitos: Premio Nadal, Premio Primavera, Premio Nacional de Narrativa, y, claro, Premio Planeta también,  por citar sólo algunos y no abrumar a las mismas estrellas con el lustre de sus prestigiosos entorchados. Es un galáctico de nuestras letras, Señor. Acaso habrá que ir pensando también en levantarle en vida alta estatua también a él, y emplazarla en la misma calle de Ferraz esquina con Gobelas, por razones que pronto habrá usted de entender.
    
     Con no ser moco de pavo todo esto, tengo para mí que el verdadero triunfo, la distinción que a uno de verdad ha de ensancharle de veras por dentro, y hasta llenarle de paz y de música celestial el hondón del corazón, debe hallarse sin duda en que pongan de uno, como es el caso de Millás, en la biografía de la Wikipedia –la Enciclopedia de estos días aciagos-  estas sin duda más que divinas palabras en las que cífranse la clave de su Gloria enorme: “ Empezó a colaborar en la prensa con gran éxito, nacido de su imaginación y de su insobornable compromiso con los desfavorecidos, de suerte que dejó el empleo en el gabinete de prensa de Iberia y ahora vive del periodismo y de la literatura”. Ahh, lo que debe a uno estallarle por dentro, sr Follet, al de sí mismo leer cosa así. El insobornable compromiso con los desfavorecidos, ahh.  
    
     Columnista habitual además en el más principal de los diarios españoles, asiduo colaborador de las más prestigiosas emisoras de radio, reportero y entrevistador de muy alto postín de los humildes –si hemos de creer a Millás- gobernantes socialistas,  ante los que él un poco se derrite para a cambio extraerles un muy preciado jugo que redunda en siempre renombradas declaraciones. Repasemos su mérito indudable: a De la Vega le sonsacó la increíble historia de su padre perseguido; de Rubalcaba, ministro todavía, le fascinaron los movimientos “un poco hipnóticos de sus manos”, y, quizás por eso un poco hipnotizado, le preguntó (junio de este año):
-¿No aspira a ser Vicepresidente?
Y respondió entonces Rubalcaba, con la Verdad siempre en los labios, que es él incapaz de mentir, que se lo prohíbe su código genético, si de sobra lo sabemos:
-Me hace mucha gracia cuando dicen eso. ¡Dios mío, volver a la Moncloa! Ya estuve allí y NO quiero volver.
  Ante Felipe G en el propio texto reconoce Millás que el exponerse a su plática le provocó “un estado hipnótico que anula casi todas tus capacidades”, pues debe, a lo que se ve, tener mucho el socialismo CINCO ESTRELLAS de suspensión del juicio… y de insobornable compromiso con los desfavorecidos, claro.
   Zapatero, en cambio, se adelantó a Millás y fue el Presidente quien al Escritor preguntó… “que si es muy difícil escribir un reportaje… con un gesto (en la pregunta) de estar a la escucha que me conmueve, de modo que empiezo a mostrarle mi cocina… con una sensación insoportable de cazador cazado” (así lo transcribe el Escritor, como al despertar del sueño conmovedor).  
    
     Convendrá conmigo, sr Follet, en la apasionante peripecia de Millás frente a los Grandes Hombres, y Mujeres, claro, de la Monclovita gobernanza. Es de todas ellas quizás la interviú a González en la que Millás, sólo preguntando, y eso lo hace con arte, más nos habla de sí mismo, porque le encasqueta (en realidad NOS encasqueta, que González las da la vuelta y se queda tan pancho) tres preguntas que son tres puñales a las conciencias, que son como un estruendoso do de pecho en tres actos con el que el Escritor se planta frente al mundo: ¿cree usted que hay alguna posibilidad de que los seres humanos se puedan relacionar en una estructura distinta de la del mercado? ¿estamos viviendo un totalitarismo del mercado? Se está pagando con nuestros impuestos una crisis que no hemos provocado nosotros ¿No es como para TOMAR LAS ARMAS?
    
     Dígame, sr Follet, si no debería al menos darle un poquito de vergüenza el arrojar esos dramáticos aspavientos (enalteciendo casi el terrorismo, hace falta valor) un tan insigne miembro del establishment y de la multinacional prisaica. ¡Un ganador del Planeta, que cien kilos se llama el invento, más lo que en sí significa el premio ése, llamando a “tomar las armas! Pero luego, sr Follet, recapacité. Recordé la magnitud enorme del éxito en Millás, el orden refulgente de su nombre. Este es, me dije aquiescente, el air du temps: el de los heroicos millonarios progres que odian el Sistema que a ellos por encima de la Humanidad entera encumbra.
     De forma que, Ken, please, hágale caso a este don nadie, y si quiere en su nueva novela reflejar el espíritu cierto de este tiempo, abandone su letárgico proyecto y escríbale a Millás, a Almudena, a Dragó, a tutti quanti, la novela ejemplar que ellos, insobornables a más no poder, se merecen.  
    

domingo, 7 de noviembre de 2010

Ken Follet, Almudena Grandes, yo mismo


    
      Verá, Mr Follet, no me cuelgue todavía, please, no creo que el importe de esta llamada haya de suponerle mucho a su también descomunal Fortuna, que aún no he terminado yo de hacerle relación y escrutinio suficientes del cúmulo sin fin de espirituales refinamientos del que hacen gala los principales feriantes de la intectualité patria, mucho más divertida y sabrosa, dónde va a parar, que la plúmbea trilogía que tiene usted proyectada. Y es que el cloqueo del folleteo dragoniano, Mr Follet, como la uva arrancada de un racimo precioso, háse traido consigo otra, que lleva consigo el todavía reciente runrún del caso de la aguerrida miliciana Almudena Grandes, que no sé si a sus excelsos oidos terminó por llegar. A los sindicatos de Telemadrid y a los izquierdistas de postín que ahora acometen a lanzazos a Dragó herido, lo de Almudena ni les inmutó, claro. Como dicen ahora los loritos a la última, Mr Follet, le cuento, es decir, si tú así me lo permites, Ken, te comento: 

     Es Almudena Grandes conocidísima, y laureada entre las que más, española escritora.  Participa además en muy principales tertulias radiofónicas y es señera columnista del periódico de mayor difusión nacional. Sus públicas y reiteradas tomas de postura, su conocida rúbrica e impulso a los habituales manifiestos de abajofirmantes hacen de ella muy destacada figura de lo que estos mismos promotores autotitulan –colándonos de matute al paso unas cuantas presunciones ventajistas- como “el mundo de la cultura” (…y de la prosperidad, le añadiría yo, Mr Follet, si me permite usted ponerle algo de británica guasa a la cosa). Arribó Almudena a la Fama de la mano de una muy picante novela, Las edades de Lulú, galardonada con La Sonrisa Vertical, cuyo contenido, con protagonistas menores de edad, convierte a las lolitas chinas de Dragó en ursulinas de la Contrarreforma. (otro ejemplo más que avala, Mr Follet, mi aviesa intención de darle una vuelta de tuerca puerca a mi relato del Antro, a ver si así Editores y  Fama, como lolitas dragonianas, asáltanme a mí también, y con ansias de devorarme.)
    
     Bueno, pues es el zumo de la dichosa uva que tuvo a bien no ha mucho doña Almudena, coincidiendo, vaya por Marx, con la promoción de su libro “Corazón helado”, de en efecto dejarnos a todos el citado músculo tiritando, al proclamar sin más ni más ella a los cuatro vientos que “cada mañana fusilaría a dos o tres voces de la derecha española que me sacan de quicio”.
    
     Era en verdad inaudito ese desquiciado ánimo fusilador (o trajinador, que diría Dragó, que mezcla el castellano curiosas anfibologías para el Eros y el Tánatos, por qué será) en tan insigne representante del dorado mundo de la Inteligencia y el Humanismo sin Fronteras, máxime en un país como el nuestro, azotado desde hace cuarenta años por los más cobardes asesinatos terroristas. Almudena quería cada mañanita fusilarse ella sola dos o tres. Pues vaya toalla, ¿no, Mr Follet? 
    
     Mas no termina ahí, sr Follet, la cima de la espiritualidad almudena. Porque a finales de 2008, en la contraportada del más importante periódico nacional, a propósito de una monja –para los católicos además santa, sor Maravillas- Almudena G se preguntaba: “¿Imaginan el goce que sentiría al caer en manos de una patrulla de milicianos jóvenes, armados y ¡mmm! sudorosos?”.  ¡Ahí estaban, en la cabeza de la escritora, primero, transcritos después como ideas propias, los más sórdidos prejuicios que atiborran las podridas mentes de los violadores más reincidentes! ¡Si eso de una mujer hubiera escrito Dragó! Ni las raspas quedan de él a estas alturas. Ese ¡mmm! incalificable, como esencias de Aníbal Lecter que la Grandes se echara encima tan ricamente.

     Bueno, sr Follet, no le entretengo ya más, pero  dígame si no merece acaso Almudena Grandes estatua colosal como la suya, a colocar en la sede de la Sgae  frente a la de Ian Gibson, que no encontrará el tío la tumba de García Lorca ni para atrás, pero que no se corta el muy intelectual en pedir ¡una bomba! para la basílica del Valle de los Caídos. Dígame también si no es la intelectualité hispana mil veces más morbosa, y por lo mismo con éxito asegurado de ser por vos novelable, que la saga que quiere endiñarnos. Dígame, please, por último, Mr Follet si no le interesaría a usted subvencionarme mi relato del Antro, aunque haya yo de darle al mismo, si es que me sale, una puerca vuelta de tuerca, a la “Grandragoniana maniera”.   

viernes, 5 de noviembre de 2010

Ken Follet, Sánchez-Dragó, yo mismo

    
      Por si el sr Follet pudiera o pudiese, a través del cibernético espacio, por raro milagro oírme: ¡Ken! ¡KEEEEEN!, tenga a bien escucharme, Mr Follet, olvide su plomiza trilogía proyectada y pégueles el ojo y el oído a la intelectualité española, que está la pobre que de sí misma se sale. Que está salidísima, vamos. La penúltima fantochada de Dragó (que antes la montó de budista, y antes de manchesteriano liberal, y posó también en bolas, y luego de falangista cantando el cara al sol, y antes de experimentado homosexual, y luego de tántrico atleta sexual, y antes de mitinero de Aznar, y antes de partenaire en frac con la Obregón, y antes de comunista de postín, que acaba Dragó él solito con todos los antes, tal es la frivolité  inmisericorde de su ego Super, que al mismo Freud hubiera vuelto tarumba) exige también colosal estatua, broncínea como la suya, Mr Follet, y me parece a mí que de lujo quedaría emplazada esa talla al lado de la torre inclinada de Pisa, frente a frente con otra que a pulso gánase a diario Berlusconi, gemelos ambos dos a sus añitos en idéntico y desatado furor puericial. Vaya par.
    
     El libro que ahora mismito a su manera promociona Dragó lleva por título “Dios los cría y…”, y paréceme ello gratuita alusión al Altísimo, a no ser que donde pone Dios pongamos nosotros la Televisión, en efecto Suma Hacedora hoy de famas y haciendas, que sólo endriagos parece capaz de producir. Debe resultar apelotante el llegar a ser toda una “vedettona” de la literatura y la cultura patrias, y soltar luego la primer sandez que por el caletre se te cruce, con la única condición de que aquilate la misma los más fenicios de los intereses propios, brújula máxima en estos tiempos detestables. El que a la misma vez se siente acreditada plaza de Superácrata y contestatario librepensador al Sistema roza ya la cuadratura del círculo.
    
     Claro que, vistos la celebridad y el caché que Dragó legitimísimamente ostenta, no le vendría mal a uno aplicarse el cuento, es decir, retomar el relato del Antro que de esta covacha apenas salió y darle una vuelta, a la “dragoniana maniera”, por ver si el pobre respirar pudiera el oxígeno ambiente y crecer y crecer hasta hacer de mis seguidores legión, y que los ecos de la misma a las oídas de un editor llegara y prestara éste al fin algún caso a lo mío, celoso seguidor como soy, gemelo en eso yo también de Dragó, si bien gemelo fracasati, del caché y la celebridad antes reseñadas. Y si no, seguro que usted puede, Mr Follet, que célebre también es el tamaño descomunal de su magnanimidad, el subvenir con apenas una propina suya la publicación de lo mío.  Ya ve, Mr Follet, que el cuento de la lechera es de universal alcance.
    
     Voy a empezar entonces por recrear, a tu lado, paciente lector, el lance que con indiscutible oficio puso en pié Dragó y por el que a todos los noticiarios vióse arrojado. Resúltase que “en Tokio, un día, al salir del metro, me topé con unas lolitas de esas, ahora hay muchas ( y es que habla Dragó de hace cuarenta años, que siempre fue él, por si lo habíamos olvidado, adelantado en todo y cuando los demás vamos está ya él de vuelta y media de la cosa), pero no unas lolitas cualesquiera (veamos, veamos en que se distanciaban las suyas de las ninfas nabokovianas, que por fuerza habían de ser las de Dragó en algo singulares), sino de esas que se visten como zorritas, con los labios pintados, carmín, rímel, tacones, minifalda… tendrían unos trece años (oséase, Dragó, unas lolitas verbeneras, era esa su especificidad). Subí con ellas y las muy putas (alto, alto: véase el ritmo desenfrenado que toma la acción, que fue llegar Dragó y besar el santo señor a las muy…, qué decir de esas instantánea captura psicológica del alma de los personajes, ni Dostoievski, aunque a la vez tenga la cosa maneras como de chiste de tasca) se pusieron a turnarse. Mientras una se iba al váter… (si supónese que no iba a vomitar la criatura, ni a hacer sus necesidades, ni a de cosa dragoniana limpiarse –lo habría él dicho-, cabe deducir que iba allí a con oriental paciencia guardar el turno, que las dos asistir a la vez a las fauces en acción del dragón debía ser grande pecado) la otra se me trajinaba (bárbaro el encabalgamiento de reflexivos, que por lo demás sugiere la muy plástica imagen del sr Dragó, soberbio gallo, allí magníficamente expuesto y pasivo, apenas mera corpórea presencia enhiesta, sólo para que las muy niponas saciaran su lolitismo único, dígame, ¿no escucha aún, Mr Follet, el suave cloqueo del folleteo dragoniano?).
    
     Recuerde, Mr Follet , que arrancábamos la temporada con la Teoría del Incesto según Sabina, que quería él convencer de las bondades del mismo a sus hijas, por lo que ésta en verdad mágica historia de Dragó (qué lejos, sin embargo, de aquella monumental guía mágica de Gárgoris y el otro que escribiera él in illo témpore, y cómo mueven a pena estas idioteces en quien es a menudo un extraordinario animador cultural) rezuma todo un familiar aire de ambiente. Se piden luego disculpas, se jura luego “por el propio honor” (¡) que es todo mentira, y aquí paz y después gloria, y a ver si así se vende un poco más el libro, que está la cosa muy cruda. ¿En qué se diferencian tantos figurones de la intelectualidad de los calculadores concursantes del Gran Hermano? Recabar de ellos un algo de responsabilidad queda tan… estúpido.
     Ya le digo, Mr Follet,  voy yo a darle una vuelta de tuerca puerca al mío relato del Antro, a ver si así.
           


viernes, 29 de octubre de 2010

Ken Follet, Pérez-Reverte, yo mismo


     
     Sabemos que Ken Follet, con lo vivo que es y con lo bien que se le ve de color y tal al señor, tiene ya estatua en Vitoria. Cualquier día de éstos habrá que levantar otra, tan alta como la de Ken, a Arturo Pérez-Reverte. Que pongan una enfrente de la otra, como las de las Torres Kío. Los dos colosos frente a frente (el de Rodas y el de Halicarnaso, pongamos por caso). Vende, como aquel, libros a patadas. Se hacen inmediatas películas de sus obras. Es un tío de éxito y es un nombrado académico a la vez. Desaparecidos Cela y Umbral (con el que Arturo, acaso cuña de la misma madera, se las tuvo tiesas), como la Naturaleza tiene horror al vacío, estaba disponible el carpetovetónico escaño.
    
     A raíz de las furtivas lágrimas moratinas, que con tanta finura glosé aquí yo (si no me lo digo yo mismo, lector mío, quién, dime, habría de alabármelo, si mis pobres abuelas yacen  años ha bajo tierra), el triunfante escritor  háse visto obligado a propinar algunas coces a moro muerto, a moratinos políticamente yerto, cabría mejor decir. Escuchemos, como decían hace mil años en el Un, dos, tres, la voz del Superescritor: “Moratinos es un perfecto mierda… a la política se va llorado de casa… Ni para irse tuvo huevos”. Y el estruendoso colofón, lo mejor: “Si lo sé, lo insulto antes”.
    
     Veamos: mierda, huevos, insulto. ¿Y qué motivos moverían a escritor tan exitoso a pronunciarse sobre un ministro de Exteriores en términos tan escatológicos, tan de tasca morroska? Suena el evento a ajuste de cuentas entre macarras, a puntillero rastrero con el toro en las últimas, más bien, quizás por causa de alguna representación exterior que al prolífico Reverte no alcanzó, mientras que a otros escribanos, más en la cuerda ideológica moratina, tan vituperable por cierto, llenó los bolsillos. Puede tener sus razones, Reverte, pero no las ha explicado. Lo que es difícil perdonarle a un escritor que se quiere serio es esa apelación, tan burda, a los más bajos instintos del público. Qué exiemplo tan romo.
    
     Dirá Reverte que si Quevedo, que si Torres Villarroel, que si la picaresca, que si la tradición del insulto en la literatura hispana. No. Si le hubiera puesto ingenio a la cosa, si hubiera elaborado algo perspicaz contra Moratinos, lo sabes lector mío, con gusto se lo hubiera yo celebrado. Esas apelaciones testicularias son bochornosas en persona tan leída. Pareciera que el éxito mismo le hubiera trastocado un poco el seso, e igual que algunos zumbados se creen Napoleón, acaso Reverte se cree D´Artagnan, sólo que en bruto. Y sin embargo, signo de los tiempos de la Mugre, observa, lector mío, los efectos de la sal gorda revertiana: subidón de popularidad en las redes sociales, dos mil seguidores nuevos en 24 horas, para un total de 38000 seguidores en el twitter, el escritor español más seguido ya en el internete.
    
     Cómo evitar entonces, aunque sólo sea en esta covacha que apenas cuatro gatos conocen, -y a los cuatro, uno a uno les amo, les amo-, que por lúgubre que sea esta zahúrda no impide que mida yo en ella mi resentimiento con el mundo entero, cómo evitar, digo, el  derramar otras furtivas lágrimas moratinas por uno mismo, las naturales que brotan al comparar los treinta y ocho mil de Reverte con los treinta y uno míos, los todos sus libros publicados y  los todos míos rechazados, que a lo mejor es que son ellos muy pésimos, que a lo peor es que no tienen padrino,  y sobre todo, el comprobar lo al alza que cotizan hoy las coces y todo lo que aplasta y conspira contra la sensibilidad y la delicadeza, que son, por si no había quedado claro en todavía, las únicas armas que al penoso pavo irreal que yo soy hoy le adornan.
    
     Decía Larra que escribir en España es llorar. Pérez-Reverte, que busca estatua, no llora. Ken Follet tampoco. ¿Y entonces, don Mariano José, escribir en el internete… qué cosa es lo que eso será? No, no me deje la pistola, en todavía.
        

jueves, 7 de octubre de 2010

Ken Follet, Kafka, yo mismo


      Desde hace días una universal fanfarria atrona a la misma vez en los telediarios, en los talk-shows, en los prime-time de mañana, tarde y noche y en la ubicua publicidad –indistinguibles ya todos estos negociados bajo el Reinado de la Mugre- por todos los confines del Planeta: anunciábase urbi et orbe la nueva novela de Ken Follet. No sé cuantísimos millones de ejemplares se ponían a la venta ese mismo día en siete mil ciudades distintas del mundo, para unas masas ávidas de derribar los muros de las grandes superficies para comprarlo y poseerlo. Sólo era el primero de una trilogía  que abarcará todo el siglo XX, se añadía. Al lado autor mismo en persona, sonriente y como barnizado todo él en el Éxito mismo, soberbias montañas de libros relucientes, como bólidos cegadores recién salidos de una trepidante cadena de montaje, ilustraban la noticia. Ken Follet, casado con una parlamentaria laborista, -se nos informaba-, lleva vendidos ya más de cien millones de libros. En Vitoria hay levantada también una muy realista estatua suya, que incluso ya en vida perpetúa su memoria.
    
     Qué más natural entonces, ante tan desaforado estruendo, que uno, un don nadie abetunado  de fracaso, se acordara luego, para resistir un poco tanto fulgor kenfolletiano, de la impecable anotación leída este verano en los diarios de Kafka, a propósito de uno de los escasos libros que logró él publicar en vida: “Se han vendido once ejemplares. Diez los he comprado yo mismo. Me gustaría saber quien tiene el úndécimo”.
    
    Es tentador y al tiempo muy consolador para el anónimo escribano de blogs –hablo por mí-, que lleva siempre un fracasado resentido rugiéndole en las venas, equipararse así con el genial checo a través de los comunes vasos comunicantes del ostracismo público y el desánimo en vida, que crean además la fantasía –tan necesitado cómo se halla aquél de ilusiones, sean éstas vanas o de las otras- de que una misma genial prosa une también a  en el fondo a ambos.
    
     Así es que, de forma imaginaria, le dije también yo a Ken Follet lo mismito que elucubré que le dijeron al Príncipe de España en Onda Cero –véase, por favor, la entrada aludida-, lo de Diógenes al Magno, “apartáos, Majestad, me quitáis el sol”, y  me refugié en la cita de Kafka. Me dije:
     
     “Si tuviera al menos un lector, mejor lectora, ¿no, Neo?, sí, al menos una lectora, que se imprimiera los textos de mi blog, -que es uno, como alguien apuntaba por aquí, raro bicho de otra época-, y le gusta la cosa táctil y acariciadora que tiene el libro, el simple papel en su defecto, que lo puedes doblar, agitar, manosear, acercártelo al corazón,  -cómo hacer todo eso con una fría pantalla- , que llevara pues entre sus manos lo que yo escribo, el fruto vivo de mi desconsuelo, y que al salir de trabajar, tarde en la noche de la ciudad huraña, tomara el último metro vacío del día o el primero, igualmente desierto, de la mañana en un día festivo, o en la soledad de una oficina enorme abandonada ya por todos los demás, o en el cuarto de descanso de la planta de un hospital en plena madrugada tranquila, yo que sé,  y por unos minutos, mordisqueando acaso a la vez una manzana, se olvidara de todo sólo para leerme, y que lograra yo con mis pobres medios, contra la lógica absurda de vértigo del internet, detener el tiempo, arañarle un poco el corazón y ocupar para ella la totalidad del mundo en esos instantes, si consiguiera que en ella las palabras fueran más que palabras, y se las llevara a la boca primero, para gustarlas muy despacio, y al cerebro entero después, para prolongarlas y dejarlas allí, en los confines anaranjados de su memoria, si eso consiguiera, si doblara entonces ella esas hojas y se las introdujera con cuidado entre la camisa para darles calor y alojarlas junto a su pecho unas horas, como hacen los ciclistas para bajar el Tourmalet, aunque fuera solo una lectora, entonces, en nada me turbaría a mí lo de Follet y mucho más cercano, con motivo o sin él, me sentiría de Kafka, y todo esto tendría entonces algún sentido”.