el vals agridulce de las hojas
amoratadas inmolándose
como un dejarse ir de versos
exhaustos
que alfombren de ilusión nuestro
pisar,
ese apagarse de amarillentas confidencias
esta fragilidad dadivosa de la luz,
una miel que por momentos se congela en membrillo,
el ocre murmullo de todo este sosiego
precario,
tu viento frío que las mejillas nos
afila,
que a frotarnos las manos nos empuja
para inventar así de nuevo el fuego,
estos crepúsculos desbocados hacia el
púrpura,
las aves que parlotean en las ramas
sus adioses,
el ímpetu de los niños que se
conjuran en los parques,
es el gemido de los árboles desnudos
resistentes en su más íntima pureza
¡cómo nos susurran ateridos!
¡cómo también no abrazarse a ellos!
Cómo no entonces despedirte, Otoño,
con un verso autónomo, con un beso redondo.
SOY ESCRITOR ¿BUSCAS UN BUEN LIBRO? LO TENGO:
“VEINTE RELATOS DE AMOR Y UNA POESÍA INESPERADA”.12
euros, envío incluido. 165 pgs de SENTIMIENTOS,
HUMOR Y AVENTURAS acerca de la condición humana enamorada… y desenamorada,
en muchas de sus vertientes, cimas y simas, con la emocionante recreación de
las más perturbadoras encrucijadas a que nos arrojan los sentimientos
inevitables. Personalmente dedicados. Pídemelos
aquí o escríbeme a josemp1961@yahoo.es Es muy sencillo. 12 E por correo ordinario, envío incluido, a la dirección (PUEDE SER
TAMBIÉN la del trabajo, o la de un
establecimiento público que conozcas) de España que desees; 15 E por correo
certificado. Escríbeme aquí y te informo sin compromiso.
Se huele, se nota, se presiente ya por tierra, mar y aire la lenta arribada del Otoño, la estación preciosa, esa en la que la Naturaleza en susurro nos desliza exhausta sus ocres confidencias. En el Retiro madrileño, puedes imaginarlo, se anuncia ya el Otoño de lo lindo, en clamorosa obertura su sinfonía amarillenta y melancólica. Vuelve con el Otoño la propuesta de este escritor sin Nombre allí: a quien así lo prefiera, estoy encantado de llevarle en mano hasta allí, al lado de estanque y de las barcas, mi obra, sin incremento de precio. Y encima te invito a un café, para que veas. Avísame antes, claro.
SOY ESCRITOR
“VEINTE RELATOS DE AMOR Y UNA POESÍA INESPERADA”. 165 pgs de SENTIMIENTOS, HUMOR Y AVENTURAS acerca de la condición humana enamorada… y desenamorada, en muchas de sus vertientes, cimas y simas, con la emocionante recreación de las más perturbadoras encrucijadas a que nos arrojan los sentimientos inevitables. Personalmente dedicados. PÍDEMELOS aquí o escríbeme a josemp1961@yahoo.es Es muy sencillo. 12 E por correo ordinario, envío incluido, a la dirección de España que desees; 15 E por correo certificado, envío incluido. Escríbeme aquí y te informo sin compromiso.
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Perdóname, Otoño, estación favorita mía, si no he sido capaz de darte la bienvenida que mereces. Ya sé que no te gusta tampoco a ti plantarte y trompetearle a la gente tu incursión, que sólo le hablas tú despacio y al oído a quien quiera y sepa escuchar tu murmullo, a quien quiera y sepa admirar tu insinuación. Eres, Otoño, muy poco post-moderno tú. Verás, pude esta mañana caminar un rato a mis anchas por el parque de mi barrio y de nuevo te encontré, dulce Otoño. Reinabas sobre un viento tibio que traía consigo la promesa de la lluvia contra el rostro y que movía a las mujeres a abrazarse a sí mismas, a estrecharte en realidad junto a su seno. Qué hermoso estaba todo bajo la sombra de tu compás inicial, como la alegoría de una decadencia detenida en el crítico punto de su belleza. Qué alegría el descubrir de nuevo que permanece en ti intacta, como nueva, la melodía de la serena seducción que para mí te envuelve. Una belleza frágil, sí, que cada año retorna, que con el Tiempo no caduca, por más que se construya sobre la estela misma de la caducidad del verano. Aleteas, Otoño, en las ramas peladas y altas de los árboles, en sus cortezas cuarteadas, vives en los bosques y en los parques, desciendes a ellos desde el cielo azul vertiginoso para investirlos de tus ropajes ocres, para alfombrarlos de las anchas hojas que son tu divisa y quizás tus mismas manos amarillentas. Susurran las hojas al descender suavemente desde los árboles, como balanceándose al compás de una música sinfónica que te fuera propia y solo tuya, Otoño, como si fuera el susurro el dialecto que tú hablas y al que a todos nos invitas, tras el vocinglero verano. Invitas al paseo en paz, invitas a la contemplación y al sosiego, nos convocas como cada año al espectáculo callado de la mano del oro viejo que le das a todo. Haces de la Naturaleza, Otoño, un libro amarilleado por los ecos del verano y por los dedos del Tiempo en sus bordes que es una delicia contemplar. A tus pies, Otoño mío. Vas siempre conmigo.
“VEINTE RELATOS DE AMOR Y UNA POESÍA INESPERADA”.12
euros, envío incluido. 165 pgs de SENTIMIENTOS,
HUMOR Y AVENTURAS acerca de la condición humana enamorada… y desenamorada,
en muchas de sus vertientes, cimas y simas, con la emocionante recreación de
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Una mañana cualquiera de la estación ardiente, de improviso un viento suave se abre paso...y en el cielo azulísimo unas nubes, hasta hace un momento invisibles, parecen huir, como ciervas alarmadas por un algo más presentido que real. Se anuncia así el primer compás del Otoño.
Tiene el Otoño inicial mucho de Emperador declinante y melancólico, que quisiera contarnos al oido la memoria de sus gestas, sin poder evitar del todo al tiempo una tristeza cierta por la decadencia que le acoge, que quizás un poco le mengüe hoy. ¿Y por qué no atender su convocatoria? ¿Por qué no escuchar su confidencia? ¿Por qué no abrir bien los ojos a su luz claudicante?
Acaso sea el susurro el lenguaje propio del Otoño, el mismo susurro de las hojas al caer, el susurro de la mansa lluvia amarillenta de hojas, que recubren los senderos de los parques, que ciegan en ocre tapiz los caminos rurales, el que inviste las aldeas de una melancolía indecible, que sólo un viejo acordeón pueda quizás evocar.
Es también a veces la propia lluvia real, la lluvia dócil, el otro dialecto del Otoño, esa agua del cielo en el que empaparnos sin temor, como cuando niños. Respirar bajo esa lluvia apacible, aproximarnos así al latido mismo de la Tierra mojada. Es también Otoño el susurro del viento, real mensajero del frescor. La Naturaleza entera, esa reina de la abundancia plantada por una mano divina , nos susurra en Otoño el oro envejecido de su pátina, sus rojos exhaustos de luz.
Huele el Otoño a leña quemada, a humo de rastrojos agostados, al perfume de las flores entregadas, al olor húmedo y selvático de las zarzas de moras cuando la lluvia las remueve. Y es Otoño, cómo no, la estación de las nubes, el tiempo propicio de admirar el capricho de sus mil formas, de aspirar la promesa de ingravidez que toda nube encierra. Está en una nube, decimos de alguien que se rompe de dicha. Vivamos en las nubes, claro.
Penetremos, pues, en los dominios únicos del Otoño, abramos de par en par el alma, amigo, a sus estandartes y a sus parábolas. Tiempo de la Vendimia, claro. Y son los colores primorosos del Otoño, los mismos de esos racimos sobredorados y amoratados, su sinfonía incomparable. Tiempo de colegiales, que vuelven a la escuela. Ah, la desazón sin igual del primer día de colegio en la vida de un niño, del festivo reencuentro con los amigos para los niños más mayores. Registrar también la grata sorpresa de la primera mañana tibia en la ciudad, cuando las gentes, desprevenidas de ropa de abrigo, se abrazan con gusto a sí mismas contra el viento, que atiranta un poco las mejillas. O la dignidad con que esa viejita barre la hojarasca para dejar reluciente el trozo de acera de su casa. Otoño para pasear los parques sin prisa, para espiar sin tregua sus crepúsculos vertiginosos.
Es Otoño un niño con jersey, que juega ávido en los columpios a la vez que merienda, ansioso por robarle al día, a su laboral horario escolar, al menos unas monedas de recreo. Y el cónclave, algo tenso, de las aves sobre los hilos de la luz, antes de volar hacia hemisferios de calor, como si les doliera en el alma abandonarnos. Sabemos que volverán, claro que volverán, cómo, si no se fueran, podrían dejarnos luego, volcados sobre sus trinos, los inauditos colores de allende los mares.
Es Otoño todo, la estación de los pintores, un cuadro en tonos sepia, con esos rebordes amarillentos que se les ponen a los libros viejos, como si en sus láminas se posara el destilado de una añoranza incalculable. Mansedumbre de una miel que gotea, pues, el Otoño.
Hay más belleza en lo que nos rodea de cuanto somos capaces de soportar. Y si el Poeta esperaba un milagro de la primavera, nosotros, lector amigo, que no llegamos a tanto, por qué no hemos de alentar al menos, un milagro del Otoño. Que colme el otoño de sosiego el retumbar de nuestros corazones primaverales.
Noviembre ya,
amigo/a. ¿Regalarle a alguien, regalarte mi libro? ¿Agradeces el blog? ¿Lo
valoras? ¿Merece una pequeña recompensa? Necesito vender algún ejemplar más de
mi libro, que es además muy bueno -creo-, para seguir escribiendo también este
blog. Pídemelo y te lo dedicaré personalmente.
Precio por correo ordinario: 10 euros. Precio
por correo certificado: 15 euros.)
Pedirle su libro a un escritor humilde al que sigues
es sobre todo un acto de sensibilidad y de nobleza incontestables.
LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen, análisis y UN CAPÍTULO de la obra en estos enlaces)
Una mañana cualquiera de la estación ardiente, de improviso un viento suave se abre paso. Y en el cielo azulísimo, unas nubes, hasta hace un momento invisibles, parecen huir, como ciervas alarmadas por un algo más presentido que real. Se anuncia así el primer compás del Otoño. Tiene el Otoño inicial mucho de Emperador declinante y melancólico, que quisiera contarnos al oido la memoria de sus gestas, sin poder evitar del todo al tiempo una tristeza cierta por la decadencia que le acoge, que quizás un poco le mengüe hoy. ¿Y por qué no atender su convocatoria? ¿Por qué no escuchar su confidencia? ¿Por qué no abrir bien los ojos a su luz claudicante?
Acaso sea el susurro el lenguaje propio del Otoño, el mismo susurro de las hojas al caer, el susurro de la mansa lluvia amarillenta de hojas, que recubren los senderos de los parques, que ciegan en ocre tapiz los caminos rurales, el que inviste las aldeas de una melancolía indecible, que sólo un viejo acordeón pueda quizás evocar.Es también a veces la propia lluvia real, la lluvia dócil, el otro dialecto del Otoño, esa agua del cielo en el que empaparnos sin temor, como cuando niños. Respirar bajo esa lluvia apacible, aproximarnos así al latido mismo de la Tierra mojada. Es también Otoño el susurro del viento, real mensajero del frescor. La Naturaleza entera, esa reina de la abundancia plantada por una mano divina , nos susurra en Otoño el oro envejecido de su pátina, sus rojos exhaustos de luz.
Huele el Otoño a leña quemada, a humo de rastrojos agostados, al perfume de las flores entregadas, al olor húmedo y selvático de las zarzas de moras cuando la lluvia las remueve. Y es Otoño, cómo no, la estación de las nubes, el tiempo propicio de admirar el capricho de sus mil formas, de aspirar la promesa de ingravidez que toda nube encierra. Está en una nube, decimos de alguien que se rompe de dicha. Vivamos en las nubes, claro.
Penetremos, pues, en los dominios únicos del Otoño, abramos de par en par el alma, lector amigo, a sus estandartes y a sus parábolas. Tiempo de la Vendimia, claro. Y son los colores primorosos del Otoño, los mismos de esos racimos sobredorados y amoratados, su sinfonía incomparable. Tiempo de colegiales, que vuelven a la escuela. Ah, la desazón sin igual del primer día de colegio en la vida de un niño, del festivo reencuentro con los amigos para los niños más mayores. Registrar también la grata sorpresa de la primera mañana tibia en la ciudad, cuando las gentes, desprevenidas de ropa de abrigo, se abrazan con gusto a sí mismas contra el viento, que atiranta un pocolas mejillas. O la dignidad con que esa viejita barre la hojarasca para dejar reluciente el trozo de acera de su casa. Otoño para pasear los parques sin prisa, para espiar sin tregua sus crepúsculos vertiginosos.
Es Otoño un niño con jersey, que juega ávido en los columpios a la vez que merienda, ansioso por robarle al día, a su laboral horario escolar, al menos unas monedas de recreo. Y el cónclave, algo tenso, de las aves sobre los hilos de la luz, antes de volar hacia hemisferios de calor, como si les doliera en el alma abandonarnos. Sabemos que volverán, claro que volverán, cómo, si no se fueran, podrían dejarnos luego, volcados sobre sus trinos, los inauditos colores de allende los mares. Es Otoño todo, la estación de los pintores, un cuadro en tonos sepia, con esos rebordes amarillentos que se les ponen a los libros viejos, como si en sus láminas se posara el destilado de una añoranza incalculable. Mansedumbre de una miel que gotea, pues, el Otoño.
Hay más belleza en lo que nos rodea de cuanto somos capaces de soportar. Y si el Poeta esperaba un milagro de la primavera, nosotros, lector amigo, que no llegamos a tanto, por qué no hemos de alentar al menos, un milagro del Otoño. Que colme el otoño de sosiego el retumbar de nuestros corazones primaverales.
154 pgs, formato de 210x150 mm,
cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en
España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones
del mundo” (Pessoa)
Estaba escribiendo y sonaron, muy tímidos, unos golpecitos en la puerta.
Me hice el longuis, no fuera a tratarse sólo de un gracioso, y seguí a lo mío.
Pero al rato, toc, toc, de nuevo aquellos ruiditos en la puerta, casi más como
saludo que como llamada. Pensé, vaya hombre, ahora que estaba a punto de dar
con la fórmula de la Justicia Universal y de la definitiva reconciliación del
hombre con el hombre, me cortan el rollo, no hay manera. Me levanté hacia la
puerta pensando más. No, no creo que ese llamar sea el de Corcuera, que venga in
person a felicitarme por mi artículo, y de paso a encargarme ya su ejemplar
del mío libro. ¿Quizás Chaves, a
quejárseme de mi Lord? Va a ser que
tampoco.
¿Y si fueran, pues en efecto más parecían toques infantiles aquellos
sones en la entrada que otra cosa, Los
chicos del Coro de Artur Mas quienes, en adelantada navideña estampa y a
cambio de unas rupias, venían a cantarme
la venenosa letra que había yo, sobre Perales,
inventado para ellos? No, no creo. ¿Y si
milagrosamente el mismo don Froilán,
contrito por los versos que a propósito de su temaayer mismo le dediqué, comparecía
tras la puerta presto a abrazárseme, en emocionado agradecimiento por haberle
hecho yo ver a él, todo un infante de España,
en su vida la Luz?
Abrí al fin la puerta y… nada. Allí no había nadie. Estiré el gañote, lo
giré hacia uno y otro lado y… también la
nada. Rien du rien. Ya me precipitaba a soltar un portazo maldiciendo en arameo
no, en cananeo –jodido prurito de originalidad que siempre a los poetastros nos
acucia-, cuando una inesperada brisa de viento septembrino me pixeló el rostro.
Hizo que me detuviera, que entornara los ojos. Hum, ese viento portaba un olor
a lejana leña quemada. Abrí entonces los ojos a lo que frente a mí se ofrecía:
allí los ocres, los amarillos gastados y
retostados como oros añejos de una muy longeva alcurnia, allí los rojos
extenuados, amoratados, acardenalados, los verdes agostados de las uvas verdes,
el marco amarillento como de libro viejísimo que parecía encuadrar en orla cuanto yo
veía… los colores del Otoño, la estación favorita mía, que sobre el parque
municipal ya imperaban. Hum, inhalé ahora con vicio todos esos tonos y,
doblando un pelín la cerviz y algo cursilongo, ante aquel aparente vacío declamé:
“Adelante,
Señor Otoño, avanti tutti, siempre usted tan guapo”.
154 pgs, formato de 210x150 mm,
cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en
España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones
del mundo” (Pessoa)
Caminaba hacia el trabajo meditabundo y ofuscado, para variar. El Otoño
en puertas, la estación favorita, con la primicia ocre de su mano afelpada y
tostada sobre las ramas de los árboles y la hierba ya, pugnaba en vano por
reclamar su atención mañanera. Nada, sólo el cansino runrún del chasco carrasco
del Libro de las ínfulas
percutiéndole por dentro de la chola. Ombligo del blog, ombligo del mundo,
olvido hormigos, hormigas del olvido y del ombligo, dale que que te pego y vuelta a empezar. Y de
repente, desde dentro de alguna de aquellas agrietadas ventanas, de par en par
abiertas al sereno clamor de la mañana
preotoñal, aquella música viejuna y pegadiza, una caricia, sí. Y más, la
revelación suprema que aquellos sencillos pero tan sentidos y maravillosos
versos traían consigo, que le estallaron contra toda la frente, so bobo,
escucha:
Yo soy un hombre sincero… de donde crece la palma… y antes de morirme
quiero… echar mis versos del alma…
Eso
es todo, melón, antes que la Muerte como a todos te alcance, acaso hay algo para
ti mejor y más emocionante a hacer que esparcir a los cuatro vientos eso que en
tus adentros vibra con vocación de música verdadera. Pues escríbelo, recítalo,
cántalo, merluzo, no dejes que se malade y avinagre dentro de ti. Házlo sobre
todo por ti, por tu más egoísta cuidado, por ti el primero… y por todos tus
compañeros. Canta, chavalín, que siempre
alguien con generosidad cantará contigo… y que luego salga el Otoño milagroso por Antequera.
LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
154 pgs, formato de 210x150 mm,
cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en
España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones
del mundo” (Pessoa)
La radiante mañana otoñal, bañada entera en una luminosidad impropia,
parecía incluso recrearse en sí misma, como si prolongara con visos de realidad
la ilusión del reciente estío. Sólo una tibia brisa con aromas de enebro en sus
vueltas le bajaba por momentos los humos a tanta vanidad, aunque a la vez, con
su fresca caricia hacía aún más hermosa y colonial la mañana.
Daba mucho gusto el conducir el coche muy despacio, con la ventanilla del todo
bajada, al pairo de los compases primeros del Otoño. Así de ecuménico arribé al semáforo en rojo,
como si por milagro del Otoño más que un infeliz bloguero suburbial fuera yo el
mismo Vivaldi primordial. ¿Qué más
podía pedírsele entonces a la mañana?
La figura de una mujer, claro. Y como si fuera todo el desenvolverse de
una partitura que a mi capricho al momento estuviérase escribiendo, ahora que
me fijé, bajo la marquesina roja del autobús, le voilá, allí que apareció una.
Debía ya llevar allí un rato, claro. No importaba el que apareciera dándome del
todo la espalda, pues era por fortuna aquella línea trasera suya muy
estilizada, en armonía plena con la luciente mañana otoñal. Llevaba un fino
vestido rosa palo, vaporoso, con la falda entallándosele en tablas hasta más abajo de
las rodillas.
Arreció justo entonces de golpe la fuerza de la brisa reinante. Abrió
ella apenas un palmo el compás de sus piernas, sin moverse más. El viento, como
un amante invisible, le revolvía los cabellos, hacía flamear su vestido, le
ahuecaba primero y le remarcaba después, yendo y viniendo, las distintas
anfractuosidades de su cuerpo, que sólo podía ver yo de espaldas. Ese viento
era un elixir mágico esparciéndosele sobre todo el cuerpo. No sé por qué, pues no
podía verlo, pero hubiera jurado entonces yo que debía haber ella cerrado los
ojos ante aquel embriagador soplo.
Se puso luego el semáforo en verde. Tenía que desfilar mi coche delante
de ella. Avancé. No quise, sin embargo, a su paso desviar la vista y descubrirle el rostro.
¿Para qué? Ya estaba cuajada de belleza bastante la escena matinal para
jugarme entonces el desmerecerla o el saturarla del todo a esa sola carta. Allí quedó aquella mujer de espaldas, entre las primicias del Otoño. Aquí te
la pongo ahora, lector.
Post/post: gracias a CCGlobal, a Jaime, a Javir, a Winnie0, a Javier, a Fernando, a Mónica, a MAYTE, a Maribeluca, a Javier, a CLAVE, a Cesar, a BEGO por acompañarme en la celebración de este Otoño, incluso aunque a algunos no les guste, por bloggear ayer a mi lago, GRACIAS.
Perdóname, Otoño, estación
favorita mía, por no haberme detenido hasta hoy a darte la bienvenida que
mereces y de la que sea yo capaz. Ya sé que no te gusta tampoco a ti plantarte
y trompetearle a la gente tu incursión, que sólo le hablas tú despacio y al
oído a quien quiera y sepa escuchar tu murmullo, a quien quiera y sepa admirar
tu insinuación. Eres, Otoño, muy poco post-moderno tú. Verás, Otoño, es que
ando enfangado en bobos asuntos de Política, de una parte, e intimidado de otra
por poderosísimas y cegadoras Irrupciones de Señora en mis míseros predios,
imagínate, que me distraen de tu melancólica llamada a mi puerta, a la de
todos. A la porra la Política y la Señora. Pude hoy caminar un rato a mis
anchas por el parque de mi barrio y de nuevo te encontré, dulce Otoño. Reinabas
sobre un viento tibio que traía consigo la promesa de la lluvia contra el
rostro y que movía a las mujeres a abrazarse a sí mismas, a estrecharte en
realidad junto a su seno. Qué hermoso
estaba todo bajo la sombra de tu compás inicial, como la alegoría de una
decadencia detenida en el crítico punto de su belleza. Qué alegría el descubrir
de nuevo que permanece en ti intacta, como nueva, la melodía de la serena
seducción que para mí te envuelve. Una belleza frágil, sí, que cada año retorna, que con el Tiempo no
caduca, por más que se construya sobre la estela misma de la caducidad del
verano. Aleteas, Otoño, en las ramas peladas y altas de los árboles, en sus cortezas
cuarteadas, vives en los bosques y en los parques, desciendes a ellos desde el
cielo azul vertiginoso para investirlos de tus ropajes ocres, para alfombrarlos
de las anchas hojas que son tu divisa y quizás tus mismas manos amarillentas.
Susurran las hojas al descender suavemente desde los árboles, como
balanceándose al compás de una música sinfónica que te fuera propia y solo
tuya, Otoño, como si fuera el susurro el dialecto que tú hablas y al que a
todos nos invitas, tras el vocinglero verano. Invitas al paseo en paz, invitas
a la contemplación y al sosiego, nos convocas como cada año al espectáculo
callado de la mano del oro viejo que le das a todo. Haces de la Naturaleza, Otoño, un libro amarilleado por los
ecos del verano y por los dedos del Tiempo en sus bordes que es una delicia contemplar. A tus pies, Otoño mío. Vas siempre conmigo.
Post/post: gracias a Winnie0, a MAMUMA, a Cesar, a BEGO y a CLAVE por contar con su impagable aprecio, por bloggear ayer conmigo, GRACIAS.
No, no lo son. Antes, mucho antes que el Impuesto sobre el Patrimonio debería por Decreto Urgente de la Autoridad abolirse sin contemplaciones el Otoño.Que ni un alma pudiera salir a las calles durante su regencia, que es interregno sólo para la más venenosa melancolía. El Otoño embabia nuestros sentidos, nos emboba igual que nos abisman las llamas y el lento consumirse de los leños en una hoguera. ¿Qué puede contra toda esa formidable sugestión la fría pantalla de un blog? Habría en todo caso que escribir la balada de nuestra derrota en el envés de esas hojas que empiezan mansamente a desprenderse de las ramas.
Todo durante el Otoño convoca a la quieta admiración de la mayestática delicuescencia en que la Naturaleza, como exhausta de existencia, pareciera con complacencia abandonarse. Diríase que incluso a sí misma se contradijera, al ilustrar ese majestuoso declinar con una tan pujante inspiración. El vértigo de estos crepúsculos voraces que ponen los cielos perdidos de una rabiosa belleza fulminante, lápices de labios desatados sobre el rostro en fuga del horizonte. Como si la Creación entera nos susurrara me voy, sí, pero ahí queda eso.
El Otoño habla en voz baja, casi en confidencia, pero es su murmullo envolvente, su quedo y sinfónico amarillear, más arrebatador que cualquier grito imperativo. Van los árboles de los parques, como esculturales misses, muy despacio desvistiéndose ante nosotros, despojándose una a una de las que fueron sus doradas galas, dejándonos entrever en ese demorado desprenderse de sedas pizcas de los hombros y de los brazos al desnudo. Alfombran con ocres envejecidos nuestros pasos crepitantes por el parque, su atuendo de siena ahora en ofrenda puesto a nuestros pies. ¿Cómo desde un mísero blog rivalizar con tan grandiosa representación a dos pasos y al alcance de cualquiera?
Caen las hojas. Las recogen y arrastran luego en montón para quemarlas los operarios municipales con escobas de metálicas varillas. Chascan entonces un poco esas hojas, resecas, mustias, como oxidadas y rebozadas ahora en una hiel inadvertida, perdido su encanto de chispeante fronda en el chirriante arrastre. Así los blogs en Otoño: una miel saturada que resbala… ¿hacia dónde? También son los blogs reseca y quebradiza hoja otoñal, tan frágiles como ella, expuestos a cualquier mal viento serrano que los haga de una vez rodar contra el suelo, que los arrastre a la pira del desánimo en la que todos arderemos.
Y sí, contemplamos medio atontolinados el moroso balanceo de esas hojas en descendimiento sobre las aceras, engalanándolas tras su caida libre de su marchita compostura. Alguna de esas hojas la tomamos incluso entre las manos, para mejor admirar su interior arboladura, para aspirar en ella el resquicio que de linfa aún le quedara, para conservarla más tarde, si nos agrada su contorno, entre las hojas del libro que leemos. ¿Cómo puede eso tan sagrado hacersecon un blog, que recuerda mucho más al metálico entramado de las varillas chirriantes del escobón municipal?
Mucho mejor entonces cifrar el Otoñoen la avidez con que en las postrimerías de la tarde un colegial en el parque merienda a dentelladas su chocolate y se columpia en todo a la vez, loco por robarle al reciente horario escolar impuesto la calderilla sobrante de ese recreo vespertino. ¿Así también los blogs en Otoño? ¿Esa misma rabia, esas mismas comisuras chocolateadas por el ansia, esa calderilla de tiempo en tobogán?
Una mañana cualquiera de la estación ardiente, de improviso un viento suave se abre paso. Y en el cielo azulísimo, unas nubes, hasta hace un momento invisibles, parecen huir, como ciervas alarmadas por un algo más presentido que real. Se anuncia así el primer compás del Otoño.
Tiene el Otoño inicial mucho de Emperador declinante y melancólico, que quisiera contarnos al oido la memoria de sus gestas, sin poder evitar del todo al tiempo una tristeza cierta por la decadencia que le acoge, que quizás un poco le mengüe hoy. ¿Y por qué no atender su convocatoria? ¿Por qué no escuchar su confidencia? ¿Por qué no abrir bien los ojos a su luz claudicante?
Acaso sea el susurro el lenguaje propio del Otoño, el mismo susurro de las hojas al caer, el susurro de la mansa lluvia amarillenta de hojas, que recubren los senderos de los parques, que ciegan en ocre tapiz los caminos rurales, el que inviste las aldeas de una melancolía indecible, que sólo un viejo acordeón pueda quizás evocar.
Es también a veces la propia lluvia real, la lluvia dócil, el otro dialecto del Otoño, esa agua del cielo en el que empaparnos sin temor, como cuando niños. Respirar bajo esa lluvia apacible, aproximarnos así al latido mismo de la Tierra mojada. Es también Otoño el susurro del viento, real mensajero del frescor. La Naturaleza entera, esa reina de la abundancia plantada por una mano divina , nos susurra en Otoño el oro envejecido de su pátina, sus rojos exhaustos de luz.
Huele el Otoño a leña quemada, a humo de rastrojos agostados, al perfume de las flores entregadas, al olor húmedo y selvático de las zarzas de moras cuando la lluvia las remueve. Y es Otoño, cómo no, la estación de las nubes, el tiempo propicio de admirar el capricho de sus mil formas, de aspirar la promesa de ingravidez que toda nube encierra. Está en una nube, decimos de alguien que se rompe de dicha. Vivamos en las nubes, claro.
Penetremos, pues, en los dominios únicos del Otoño, abramos de par en par el alma, lector amigo, a sus estandartes y a sus parábolas. Tiempo de la Vendimia, claro. Y son los colores primorosos del Otoño, los mismos de esos racimos sobredorados y amoratados, su sinfonía incomparable. Tiempo de colegiales, que vuelven a la escuela. Ah, la desazón sin igual del primer día de colegio en la vida de un niño, del festivo reencuentro con los amigos para los niños más mayores. Registrar también la grata sorpresa de la primera mañana tibia en la ciudad, cuando las gentes, desprevenidas de ropa de abrigo, se abrazan con gusto a sí mismas contra el viento, que atiranta un pocolas mejillas. O la dignidad con que esa viejita barre la hojarasca para dejar reluciente el trozo de acera de su casa. Otoño para pasear los parques sin prisa, para espiar sin tregua sus crepúsculos vertiginosos.
Es Otoño un niño con jersey, que juega ávido en los columpios a la vez que merienda, ansioso por robarle al día, a su laboral horario escolar, al menos unas monedas de recreo. Y el cónclave, algo tenso, de las aves sobre los hilos de la luz, antes de volar hacia hemisferios de calor, como si les doliera en el alma abandonarnos. Sabemos que volverán, claro que volverán, cómo, si no se fueran, podrían dejarnos luego, volcados sobre sus trinos, los inauditos colores de allende los mares.
Es Otoño todo, la estación de los pintores, un cuadro en tonos sepia, con esos rebordes amarillentos que se les ponen a los libros viejos, como si en sus láminas se posara el destilado de una añoranza incalculable. Mansedumbre de una miel que gotea, pues, el Otoño.
Hay más belleza en lo que nos rodea de cuanto somos capaces de soportar. Y si el Poeta esperaba un milagro de la primavera, nosotros, lector amigo, que no llegamos a tanto, por qué no hemos de alentar al menos, un milagro del Otoño. Que colme el otoño de sosiego el retumbar de nuestros corazones primaverales.
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