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sábado, 8 de enero de 2011

El hombre de la maza, de nuevo

    

    
      Viendo al dueño de una sidrería vizcaína rompiendo a mazazos la máquina de tabaco de su local ante las cámaras me acordé, claro, de aquel otro joven hombre de la maza, que a principios del 2009, al día siguiente de que los trogloditas de la  kale borroka le arrasaran la casa, a plena luz del día y a cara descubierta él solo, destrozó el mobiliario de la muy céntrica y privilegiada herriko taberna de su pueblo. Al día siguiente aparecieron pasquines amenazantes contra Emilio Gutiérrez, el chico de la maza. Tuvo que, a toda prisa y luego de prestar declaración, abandonar su pueblo y verse condenado a sobrevivir como un furtivo amenazado por esa horda que a gritos reclaman a sus mayores que maten. ¿Qué ha quedado de su gesto? Una espesa cortina de silencio: nada. Es decir, el triunfo de los fanáticos borrokas.
    
     Si el periodismo patrio mereciera tal nombre, si además de echarnos a la boca la morbosa ración de mugre de cada día, indagara con profundidad en los asuntos sociales de crucial relevancia, se preocuparía por saber qué ha sido de Emilio Gutiérrez, cómo y de qué vive, qué siente, qué piensa, cómo es su día a día y el de quienes le rodean.
    
     Incluso con la temblorosa conformación de un gobierno no nacionalista en el País Vasco, que tantas grandes palabras de libertad ha enarbolado, nada sabemos de la peripecia de Emilio Gutiérrez, de si se arrepiente o no de lo que hizo, de la situación y de la angustia indecibles que le llevaron a ello, de las que pueda tener que seguir soportando ahora, lejos de sus amigos y de sus rincones favoritos, reducido a esquiva sombra de una sombra. Lo decisivo, y mil veces más importante que el que figure una presidenta “popular” al frente de la cámara vasca, es que la chispa de rebeldía –y nadie pide aquí, como hacen ellos, ninguna violencia física contra personas- contra las argollas del fanatismo haya quedado ahogada una vez más –como el espíritu de Ermua, planta que no se quiere que arraigue- en la invisibilidad más plena, sepultada en la oscuridad del olvido de lo que no deja huella, aldabonazo que no pueda por nadie reivindicarse, símbolo que no cuaje jamás como entramado de referencia duradera, emblema que apenas haya existido como fuente de significaciones y repercusiones en el mapa mental que todos nos hacemos del “problema vasco”, como a ellos les gusta hacernos decir.
     
     Ese déficit escandaloso de legitimación simbólica en las conciencias de unos y otros es lo que torna estériles los avances constitucionalistas allí: los borrokas son percibidos por muchos allá como heroicos e idealistas luchadores de la sagrada causa de su pueblo, y los terroristas son rememorados una y otra vez en efigie por calles y plazas, y nombrados hijos predilectos –se dice pronto- más tarde. Enfrente: humo, polvo, nada.
        Qué ha sido de Emilio Gutiérrez, hasta qué punto su vida se vió truncada por su acción, qué ha sido de esas herriko tabernas, cómo el campeador Garzón ha rematado esos sumarios por los que las ilegalizaba, cuánto se ha preocupado de esa recientísima memoria histórica, con qué afecto y publicidad ha recibido Zp, ese héroe de las libertades, a Emilio Gutiérrez en Moncloa, cuánto ha alentado Pajín –como en el asunto del tabaco propugna- la delación de los borroka, que incluso tantos conmilitones suyos asesinaron, cómo ha repugnado a la conciencia de todos los continuos favores penitenciarios a los etarras, incluido en muy preferente lugar esa tierna facilitación a que históricas etarras se inseminen y prolonguen de esta manera por los siglos de los siglos la estirpe etarra.
     ¿Qué es en definitiva de Emilio Gutiérrez, el chico de la maza?  ¿Cuántas canciones en su honor ha trabado el maestro Sabina? Dínos algo, anda, Paco Lobatón. Disipa estos malos humos que el hombre de la maza, aporreando la máquina expendedora, reavivó en nosotros. Yo sé que Galdós hubiera sacado de ahí uno de sus mejores Episodios Nacionales.