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miércoles, 10 de noviembre de 2010

Toy Story 3, la lealtad, idiotas, la lealtad


    
     No me gustan las películas de dibujos animados: vi muy pocas durante la infancia y, acaso por eso, algo me impide “conectar” con ellas. Déficit de imaginación en lo sucesivo lo mío, como otros niños sufrieron la falta vitamina C, qué le vamos a hacer. No suelo, por lo mismo, nunca elegirlas. Hice una excepción en su día para ver, rodeada de la laudatoria leyenda que la rodeaba, UP: diez minutos a tempo lento primorosos y el resto, para mí, decepcionante carrousel de ruidos y eyaculación incesante de planos apta sólo para epilépticos. No había visto además las previas del Toy Story, aunque sabía más o menos de qué iban.
    
      Por si lo anterior fuera pequeña contraindicación, te confesaré solo a ti, lector mío, que iba a verla con mi hijo, que tiene quince añazos, y que ese día, por motivo de las infaustas Matemáticas que amenazaban el inminente septiembre, andaba yo encabronado con él. Trata de imaginarlo, lector: un padrazo y su hijo, más alto ya el descendiente que el ascendiente, -habría que cambiarles entonces los nombres a las cosas, qué lío-, malhumorados Uno con  Otro y Otro con  Uno, por lo mismo casi sin hablarse y como a un metro de distancia los pasos del Uno de los del Otro, metiéndose en pleno agosto madrileño a ver una de dibus.
    
      Yo creo que la multitudinaria guardería que llenaba la sala debió imaginar, silenciosa sólo por un instante al vernos tan contrariados entrar, que formábamos parte del corto de terror que ponían antes de la peli, porque, pasado el susto inicial por nuestra “triunfal entrada”, siguieron gritando como posesos. Y por si toda esa anterior escocedura fuera poca, había  además que por narices colocarse, a riesgo, de lo contrario, de quedarte bisojo, sobre las propias gafotas esas otras tridimensionales que en la sala te adjudican, como si alguien en la cabina de proyección, hasta los mismísimos de tanto griterío, se dispusiera a propulsar a toda aquella escandalosa Disneylandia –más el Uno, más el Otro, sí, lector-, al mismo estelar Infinito, o más allá incluso… hasta el Infierno mismo. La ocasión, pues, se las prometía felices. En fin.
        
     He querido desde entonces adrede dejar pasar el tiempo, a ver si se me pasaba la fiebre, dar tiempo a que se posase en mi cabeza el terremoto de sensaciones deleitosas y enaltecedoras que la película levantó en mí después de verla. Dejarla como en la punta de la lengua… del cerebro, dejarla ahí, no archivarla, no pasar a otra cosa, no llenar ese espacio sagrado con cualquier otra inmundicia. Ponerla a prueba ahí también. Y en ese sitio, desde finales de este agosto, la película en mi memoria no ha hecho más que crecer. Hablo, claro, de Toy Story 3.
       
     Coincido con todos los que han catalogado a Toy Story 3 como auténtica obra maestra, con la condición de que reservemos este marchamo -para no devaluarlo- como oro en paño a solo muy escogidas películas, no más allá de dos por año. Y es que en Toy Stoy 3 hay una muy acabada y pensada historia, hay personajes maravillosos con conflictos hermosísimamente recreados en los que todos nos reconocemos, -la alegría, la tristeza, la soledad, la amistad, la angustia por lo incierto del porvenir, el amor, la vida a chorros, la despedida, el abandono, el miedo, los celos, la ternura, la imparable corriente de la vida , la aceptación de la misma- hay, pues, un caudal jubiloso de sentimientos universales, hay una prodigiosa mutación de ritmos y de músicas y de géneros acompasados con perfección al hilo de una historia trepidante que sabe también remansarse cuando conviene; hay, en estos tiempos de cochambre, una  emocionantísima exaltación de la lealtad.
    
     Y además, creo que es de esas películas en las que vuelve a llenarse de  sentido el ver cine alrededor de una gran pantalla y al lado de muchas personas, -sí, aquella turbamulta de canijos alborotadores habíase tornado, de la mano de la magia única de la película, en adorabilísimos infantes de grandioso corazón- a las que sientes a tú lado, sacudidas y agitadas por un mismo sentir, estremecidas o dichosas por unas idénticas emociones -qué gozada el ver pulsadas con inteligencia suma dentro de uno, por una vez, las más nobles y altas aspiraciones de los humanos al compás de la historia, sin calzador de moralina postiza alguno- arte, pues, conmoción engrandecedora en medio de la que suspiras, piensas, ríes y lloras junto a quien tienes en la butaca de al lado, sin que haya necesidad siquiera de decirlo, reconociéndote así igual a ellos.
    
     Terminó la peli. Terminaron de pasar títulos y títulos de verdaderos créditos. Terminó aquella música deliciosa. Encendiéronse unas luces como si a algún sitio habitual aterrizáramos Nos miramos entonces mi hijo y yo, lector mío: parecíamos ahora dos astronautas con las respectivas viseras de la escafandra empañadas. Le brindé a mi hijo, un poco a tientas,  la palma de la mano abierta en alto, como los de la NBA. Sin quitarse las tridimensionales, él me la chocó con ganas. Toy Story 3 reconcilia con el cine y con las personas de buen corazón, sin ser en absoluto una película naif o tontorrona. Bravo por ella.
    (Ah, y te iba ya a confesar, lector mío,  que, en septiembre, regalo último de Toy Story 3, aprobamos las jodidas mates. Pero no sé si esto no será ya innecesaria moraleja. Bórralo entonces, si crees tú que sobra).

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4 comentarios:

Cesar dijo...

Al contrario que a usted, escritor mío, me encantan las pelis de dibujos animados. Pero no las veo. Hace tiempo que desaparecieron, desafortunadamente, de cualquier programación televisiva. Ahora hay dibujos animados de carne y hueso, sin la gracia de aquellos. Peleles, señor, peleles movidos por hilos bien visibles pero imposibles de cortar, salvo con el mando a distancia. Por eso le digo que echo de menos los dibujos animados, me reía sin resquemor alguno. Ahora en lugar de sonrisa dibujo un rictus amargo de incapacidad y de rendición. Por eso intentaré ver la película que usted menciona, que por lo que he entendido no son dibujos animandos sino personas de carne y hueso dibujadas.
A cambio de su consejo le regalo otro; de nada vale encabronarse con los hijos, somos nosotros mismos con veinticinco años menos; hábleles como quisiera que a usted le hubiesen hablado.
Déles armas para que peleen su batalla. No podemos peleer nosotros la suya.

Y si cree que me he pasado, borre lo que no le convenga, joven.

Javir dijo...

Yo he sido mucho de Walt Disney, (unas navidades me regalé "Fantasía", una pasada. La señorita que envolvía los regalos, me pregunto si lazo rosa o lazo azul. Azul, pero marino, que es para un servidor, le dije con mis treintaytantos a cuestas). Luego me equivoqué y perdí el interés por los dibujos. Hay que recuperarlo.

Por cierto, si el Toy Story 3 tiene esos efectos balsámicos entre padre e hijo, bien podía ser una idea convertirlo en visión obligada para nuestros próceres.

Un abrazo

Maribeluca dijo...

Pues son verdaderas obras de arte algunas antiguas de Disney, pero algunas resultan cursis ahora...en cambio las actuales son de unos diálogos ingeniosísimos y muy divertidas lo que hace que adultos y niños disfrutemos por igual, así que bienvenido al club.

José Antonio del Pozo dijo...

-Cesar: gracias por sus sabios consejos, de verdad, y por explayarse sobre los dibujos animados y sobre la vida, que se lo agradezco un montón.
-Javir:el detalle del lazito y de su color es total, qué escena, gracias amigo
-Maribel: es verdad, las de ahora parecen más para mayores, pienso en Schrek, y gracias por dejarse leer por aquí
(Sólo ahora he podido encontrar un rato para escribirles, un saludo de los de verdad, es decir, de los de dibujos animados, a todos los que escriben en il mío blog)