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sábado, 30 de junio de 2012

Lectura mía de Lo que queda del día UNO




     
   
   Y se entiende de sobra, además, más aún en estos tiempos postmodelnos, que a un chavalote de diecisiete tacos “Lo que queda del día” bien poco le diga. Me hubiera sucedido a mí otro tanto, seguro. Ocurre con los libros, creo, por muy valiosos que sean, que dicen cosas sólo apreciables a según qué edades o circunstancias del hombre –o de la mujer- que los lee, y sin esa “comprensión” que el lector de su parte le pone al libro -también porque sabe éste removerla hasta conseguirla- el libro, por decirlo así, no existe.
  
    Lo raro sería que una historia de amor tan íntima, sin desplantes, sin melodrama, sin épica alguna, sin arrebatamientos y casi sólo insinuada como la que aquí nos ocupa, entusiasmara a un adolescente, tan deseoso naturalmente a esa edad de muy tremebundas Pasiones y Aventuras. Se ha de recorrer, creo, un amplio trayecto de vida para paladear en su maravilla plena esta conmovedora historia de un amor negado, la historia de una renuncia.
   
    De esta manera, lógicamente pues, a las pocas páginas de Lo que queda del Día, la bruma de mi tristeza paterno filial se había por completo disipado. ¡Qué inesperadamente feliz me sentía viviendo y avanzando muy despacito entre esas páginas! Ya mío figlio algún día las saborearía, y peor para él si no. ¡Ah, el que quería de veras arrodillarse ante el nipón autor desconocido, el que se hallaba suspenso de admiración y embebido en cada recoveco de la lectura era el muá! Que le dieran por Buda a mío figlio ahora, ya él regresaría. 
   
  Maravillosa tanto en lo que cuenta (el relato a lo largo de los años de ese inmenso amor no revelado –ni el mismo que lo sufre osa a solas al menos una vez ni en su fuero íntimo reconocérselo-, entre un perfecto mayordomo, sentimentalmente hibernado, lastrado por su devoción al trabajo y a su Señor, y el ama de llaves, más sanguínea y vital, más abierta al huracán de la Vida, enamorada también, pero incapaz de traspasar la máscara de granito en que el otro se ha convertido), como en la manera en que se cuenta: destreza suma del Autor en el dominio de la sugerencia y la distancia, de los registros de lo sutil y lo indirecto, de lo delicado, en la adopción de un único punto de vista –la visión del mayordomo- que dota al relato de una cerrada coherencia narrativa, en la composición de las escenas y de los personajes, como soplados por una profundidad y una  humanidad envidiables... 




Post/post: gracias a Elena, a Metamorfosis, a Inmaculada Moreno Hernández, a Ruiz, por además de sostener sus excelentes blogs, hallar tiempo y gentileza dentro de sí para dejar sus pertinentes y lúcidas reflexiones en el mío, que es también suyo, y enriquecerlo así con su generosidad, GRACIAS.

viernes, 29 de junio de 2012

No sé, me gusta más Murakami


   
   Tomó entre sus manos Lo que queda del día, se resopló el flequillo, acarició la cubierta un instante, contrajo un punto los músculos maxilares, y con voz cadenciosa, como todo un samurai precoz me dijo: “gracias, papá, es sólo que… ahora estoy leyendo otras cosas, Murakami, otro sobre los árabes… ya me lo pillaré”. Y yo a él: “y claro, por supuesto, mi hijo, claro, sólo cuando tú puedas, y por supuesto, mi amor”.
    Lo malo fue que se iban pasando los días y aunque siempre estaba yo deseando sorprenderle enfrascado y suspendido en El Libro, ese supuesto nunca se daba. Se lo dejaba yo  a su alcance, como quien no quiere la cosa, hoy encima de la mesa, mañana al lado de la mochila, pasado sobre la tapa del inodoro, para que no olvidara el regalo de su Padre y se aprestara a sumergirse en él… En vano. Quizás notara él mi ansiedad y resultó mi ardid entonces contraproducente.
   
    Se nos olvida a los padres que los mozalbetes –nosotros una vez lo fuimos, oh, Dios, cuándo- más que nada anhelan construirse sus propias referencias, por pésimas que éstas sean, y también que en buena medida durante esos años “construyen” su personalidad por oposición al Padre. En realidad, por tanto, mi hijo japonesófilo, al rechazar con el consciente o con el inconsciente Lo que queda del día, estaba “asesinando” al Padre. Vamos, que estaba apiolando él lo que en mi quedara de vida. Lo piensas todo esto más tarde y lo entiendes, aunque no por ello deja de dolerte como punzada seca en la quinta intercostal.
   Por fin una tarde en que ya había abandonado yo toda esperanza le descubrí leyéndolo. Le dedicaría una media hora de ojeo y lectura picoteada. Con todo, esperé yo en vilo su comentario. No sé, a ver si por milagro del Sinto se arrollidaba en mi presencia y con gruesas lágrimas de gratitud me expresaba su deuda impagable conmigo, su padre, la enormidad artística de lo que hasta entonces se había perdido y cuánto había cambiado en ese instante su vida… Pero no. Con suavidad algo zen lo depositó él entre mis manos, me miró un instante y luego bajando los ojos dijo: “… no sé, me gusta más Murakami”, y desapareció entonces tras la puerta, como alma que se llevara Lao Tsé, yo que sé.
   
    Un escritor de los consagrados escribiría quizás ahora –copiando a los del dirty realism- que se pimpló una botella de bourbon, o que destrozó catorce platos seguidos, por causa del berrinche paterno filial. Qué estupidez. ¿Qué otra cosa mejor podía hacer yo durante los próximos días, eso sí, al principio embargado por una muy íntima y pegajosa tristeza, salvo leer El Libro? Al cabo yo no lo había leído, y a lo mejor mi hijito japonesófilo tenía la razón, y resultaba una chusta de libro. Así empecé yo a leerme Lo que queda del día.


Post/post: gracias a Mónica, gracias a CHARO Y ROY -bravo-, por sus minutos conmigo, por no dejar mi texto tan solo, por bloggear ayer a mi lado, GRACIAS.

jueves, 28 de junio de 2012

Deprisita, que en cinco minutos cerramos, guapetón


   
    ¿Y por qué se me escaparía a mí lo de “guapa”, si frisaba la buena señora los sesenta y ni por asomo lo era? Los temblores, debieron ser los temblores. Pensé, se pensará ella ahora que le acabo de tirar los trastos y me arreará un karatekazo que no olvidaré en… justo, lo que queda de mi vida. Me miró perpleja, ajaponesando los ojos negros tras unas gafas ovaladas. Le brindé yo un gesto algo penoso con las manos a modo de disculpa. Me hizo odiosamente repetir ella el jodido título, “¿que si tienes Lo que queda del día?”. 
   Hostias, es que en efecto, podía parecer la cosa una proposición deshonesta en toda regla. Cerró ella muy espiritualmente los ojos oblicuos –como si todo allí virara de golpe hacia el Lejano Oriente-, permaneció un rato en algún limbo suyo, o de Buda... los abrió al fin y, señalando hacia el fondo oscuro que había a su derecha, pronunció sibilinamente: “si está… busca por ahí, y si no lo ves… es que no está”. Incliné el melón ante la Señora, como un monje del Tao ante una máxima de Confucio y allá que me encaminé. Por la espalda me alcanzó más alto su castizo retintín: “y de-pri-si-ta, que en cinco minutos cerramos… guapetón”. Glups, estábamos en los madriles, esto no era Kyoto, y me estaba bien empleado, por melón, así es que ni giré el ídem.   
      
    Tenía cinco jodidos minutos para encontrar Lo que queda del día. Hubiera ido por mi gusto tirando uno tras otro de los combados estantes, para apartármelos de la vista, todos aquellos libros, pues no era ninguno de ellos el Deseado. Nada, ni rastro de Lo que queda del día. Doblé más aún la cerviz,  hacia los más arrinconados tomos por los suelos. Ah, mi coronilla a ras de zócalo como el cono de una linterna contra el techo. Me sentía muy desnudo así, mas debía como fuera encontrar El Libro. Apagaron una luz, se escucharon unos carraspeos admonitorios y la sesentona iba a darme ya un toque, seguro,  cuando… ¡lo encontré!  
    Cinco leuros y una nueva máxima confuciana de la dueña, eso fue todo: “Ya se lo dije, de estar… ahí tenía que estar, y si no está ahí… es que no está. Eso es lo que nos queda del Japón”. “Muchas gracias, Señora”, le dije yo, y escapé de allí lleno de un raro júbilo júbilo, como un novicio budista que acabara de alcanzar el salmo de una sabiduría milenaria, como un Padre feliz que entre las manos llevara una llave muy valiosa, un tesoro muy sagrado, “Lo que queda del día”.
   "Hijo", le dije ese mismo día, espiándole al tiempo cada uno de los microgestos de la cara, "te he traído una gran novela, importantísima para conocer los valores y recursos narrativos, para entender la construcción de un punto de vista y de unos personajes memorables. Te va a encantar, ya lo verás. Y la ha escrito un japonés, Kazuo Ishiguro, je, jé". Tomó entre sus manos Lo que queda del día, se resopló el flequillo, acarició la cubierta un instante, contrajo un punto los músculos faciales, y con voz cadenciosa, como un samurai precoz me dijo...


   Post/post: lo que él entonces me dijo te lo diré yo mañana, lector, que no quiero más por hoy invadir tu Tiempo, que es sagrado para mí. Gracias a Juan Carlos, y a CHARO y ROY por no dejarme solo con el japonés, por bloggear ayer a mi lado, gracias a adamirta mendoza por seguirme en el blog, GRACIAS.

miércoles, 27 de junio de 2012

¿Por casualidad tendrías,guapa, Lo que queda del día?



   Lo que queda del día, la novela de Ishiguro, me trajo… hasta il mío figlio. Ya sabrás, lector, a estas harturas del blog, que soy el padre yo de un indolente mozallón… japonesófilo. Cuenta el rapaz diecisiete tacos recientes y vive para estar tumbado (tumbao, sería más apropiado decir) leyendo mangas, aparte de para terminarme este año Primero de Bachillerato y de restregarme por los morros un 8 final en el english del British Institute tras el que casi se me saltan las lágrimas. Digo casi, porque en indirecto homenaje al mayordomo Stevens, me abstuve. Sólo  salió de su tumbado cuando el Desastre de Fukushima, y tanto me conmovió esa estirada entonces, y el alarde insólito de ese noble corazón, que incluso aquí lo conté (ver post mío del 16-3-2011).
   El sumatorio de la afición por el tumbao de los mangas, más la súbita  conmiseración fukushima, más los ojitos de alguna amiga suya aficionada también al aura del país del Sol naciente,  hicieron del mío figlio un enardecido japonesófilo. Se puso dos tardes por semana a estudiar japonés con un profe. Le gusta, dice. Al menos entonces no está tumbao-con-los-mangas.
   
    Bueno, pues a cuenta de aquel alarde fukushimo, cuya onda tanto me animó a mí también, me acordé de la maravillosa película de James Ivory, con Anthony Hopkins y Emma Thomson en los estelares papeles. Quise en su momento leer la novela, pero, no me digas lector ahora cómo, se me pasó. Recordé, claro, que la había escrito un japonés y que alguien me había hablado muy bien de ella. Me dije, ¡zape!, ocasión que ni pintada en un manga para que el Padre, a la vez que “canaliza” el ocio de su vástago por altos y artísticos senderos, gánase la cercanía sentimental del hijo. Ya sabes, esa dependencia idiota de los padres modernos en sentirnos queridos por los hijos.
      Me dije luego, a ver cómo crisantemos encuentro yo ahora esa novela descatalogada. Me interné en el Intenné, buceé en el Liberlibros creo que se llama y… ¡Banzai! … allí que estaba Lo que queda del día, que era entonces para mí muchísimo y valiosísimo. De segunda mano, vale, pero a un precio irrisorio y a sólo unos quilómetros de casa. ¡El Destino Sintoísta me hacía la reverencia! ¡Ganaría la querencia de mi hijo, más el dulce nirvana que debe seguir a la misma!
     
    Me costó encontrarla, pues estaba en un callejón más que apartado, pero al fin me planté en la deliciosa tienducha de libros viejos. ¿Se me habría adelantado algún Padre necesitado también de filiales quereres? ¿No se produciría ahora al pedir allí Lo que queda del día uno de tantos errores del Intenné? ¿Se notaría quizás la tan poco oriental ansiedad que a mí en esos momentos se me desbordaba por el pecho, y me exigiría entonces la avispada dueña un millón de yenes por el librajo de marras? Procuré como pude disimular los temblores y le dije, “¿por casualidad tendrías, guapa, Lo que queda del día”? Entonces...

   


   Post/post: entonces continuará mañana, lector, que por lo que resta del día ya abusé yo bastante de tu atención. Gracias a Shikilla, a JOSÉ -gracias por leer desde Malta! post atrasados míos y por decírmelo-, a CSPeinado, a Fernando, a CHARO y ROY -no, no vi a la Oramas,cachis-, a Yolanda Valenzuela, por gastar algún Tiempo de sus vidas en este blog, que es tambien suyo, por bloggear ayer a mi lado. GRACIAS

martes, 26 de junio de 2012

Quisiera poder decirle algo que le sirva de consuelo...


   
     Consuelo, la hermana valiente de Gregorio Ordóñez, aquel Titán al que mataron mientras comía. Precisamente llevar sobre sí ese nombre común que en ella se hace propio. Dar consuelo, decimos, procurar un alivio en la pena que a uno le consume. Consuelo ella, que le mataron al hermano que se jugaba el tipo por todos.  El nombre, la palabra, me llevaron a Lo que queda del día, la extraordinaria novela de Kazuo Ishiguro.
     Hay allí un pasaje estremecedor –no en el sentido sensacionalista del término, sino en el de ser capaz de remover en el lector instancias muy hondas de lo humano- en el que, al coincidir la agonía de su padre –sirviente también en la mansión- con el desempeño de la más crucial ocasión de su vida profesional y de la de su Señor, a las que ha consagrado él su existencia, vemos al mayordomo Stevens sacudido de dolor –siempre hacia sus adentros, nunca exteriorizándolo- entre esos radicalmente encontrados sentimientos.  El mayordomo Stevens opta por su “profesión” y no está presente en el momento que su padre fallece, aunque sabemos los lectores –maestría del escritor nipón- el  dolor que a la vez no deja de atravesarle.
   
    Cuando miss Kenton, el ama de llaves, más vulnerable a la intemperie de los sentimientos que el mayordomo, -no conozco una historia de amor, a la vez no declarado ni realizado pero inmenso en su verdad, superior a la que entre ella y  Stevens en las páginas de la novela vive- , que sí ha asistido a ese fallecimiento, acude conmocionada a comunicarle la reciente muerte de su Padre, el Autor, dentro del consumado dominio de los registros de lo indirecto –más complejos y por lo mismo más duraderos que los ya trillados por lo obvio- con maestría simplemente pone en sus labios estas palabras:
   “Lo siento mucho, mister Stevens. Quisiera poder decirle algo que le sirviera de consuelo”.

   Con esa medida confesión de la propia impotencia de las palabras para poder traslucir en ellas cuánto de verdad por dentro uno siente, a la vez por alusión revela esto mismo de una manera excepcional. “No es necesario, miss Kenton”, es la helada respuesta que Stevens le devuelve. “Estoy seguro de que a él le gustaría que siguiera con mi trabajo”.   
   Cómo me gustaría, lector, haber poseído esa maestría de Ishiguro, y aquel lejano día -tan cercano- en que unos etarras mataron a Gregorio, haberle hecho llegar una nota anónima a su hermana con esa idéntica leyenda: “Quisiera poder decirle algo que aliviara su pena”. Y también para hoy, a la vuelta de su memorable “Ni olvido ni perdono” a Lasarte, escribirle aquí, en la humilde covacha de este blog, eso mismo a Consuelo Ordóñez: “Estoy seguro de que a Gregorio le gustaría que siguieras con tu trabajo”.     


Post/post: gracias a Eleonora The Light, a María Barrio Corral, a Fernando, a Juan Risueño, a CSPeinado por dejarme su brillante comentario, por bloggear a mi lado ayer, GRACIAS.  Y mañana, lectores mios, TACHÁN, TACHÁN... ¡RELATO! (o algo así). 
  

lunes, 25 de junio de 2012

Consuelo Ordóñez y la selección española


   
    Ganó la selección de España a la de Francia en la Eurocopa. Siempre antes perdíamos contra los galos, creo. Ese intensísimo voltaje emocional de participación vicaria –virtual- , de amplificadora fusión y de distancia también, que en las sociedades del espectáculo las victorias proporcionan a las masas. Del despectivo “son unos baldaos” de hace dos días ante Croacia, al jubiloso “hemos ganado a los franceses” de ayer, esas montañas pasionales a ritmo de infarto bursátil, claro. 
   Al compás mismo con que se suceden las victorias, se multiplican las terrazas engalanadas con la bandera de España. Quién convence ahora a esos paisanos de que su gesto en nada influyó para que Xavi Alonso cabeceara con tino la bola. Descártese, eso sí, cualquier ilusión de trascendencia: de todo ese tremolar de insignias y de todos esos cantares algo achispados de afirmación patriótica, dust in the wind, en plena lógica con la naturaleza de la sociedad del espectáculo, incesante generadora de imágenes efímeras, nada queda. Nada.
   
    El mismo día, casi a la misma vez, Consuelo Ordóñez se plantó delante del etarra que asesinó a su hermano Gregorio –inolvidable Gregorio Ordóñez- mientras comía. A Gregorio lo mataron por defender esa bandera y por defender allí con la palabra ese cántico del yo-soy-español-español-español. También lo mataron en plena comida porque le sobraba a él ese intangible –tan decisivo en las sociedades postmodernas, en el futbol, en la política, en todos sus compartimentos- llamado carisma, que hacía prender su persona entre las personas, y que le había hecho ya ¡ganar! en su ciudad alguna elección popular.
   Alguien ha pensado ahora en que se entrevisten víctimas –sus deudos- y verdugos, a ver qué tal. Consuelo debió buscarle los ojos a Lasarte: “Ni olvido, ni perdono. ¿Cómo podría hacerlo? Quién podría perdonarte no puede hacerlo. Tú le mataste”. Esas palabras, el coraje cívico que las pronuncia, el aliento noble que las arropa, son mucho más esenciales que el gol de Xavi Alonso. ¿Por qué y a quién deberían arropar tantas banderas españolas, tantos cánticos de reivindicación de una Nación en fase de  liquidación?
     Publicaban ayer los sondeos de las próximas elecciones autonómicas vascas. Hipermayoría nacionalista. Artur Mas, honorable él, incitaba otra vez a cuanto antes separar a Cataluña de España.  Vale, vamos a ganar la Eurocopa. Y las terrazas engalanadas, preciosas.



Post/post: muchas gracias a NVBallesteros y a Eleonora The Nihgt por compartir conmigo, por bloggear ayer a mi lado, GRACIAS.