Recordaba entre sollozos, Adoración Zubeldía, viuda del concejal de UPN Jorge Javier Múgica, asesinado por la Eta hace diez años, desbaratada por el dolor y ante la sala enmudecida, las muy amargas circunstancias en que se vio arrastrada a contemplar el cobarde y cruel asesinato de su marido: “Ese día no fui con él a la tienda a trabajar. Habíamos estado fuera unos días y me quedé organizando la casa. Escuché la terrible explosión… supe al instante que era él. Me asomé a la ventana y vi la furgoneta nuestra envuelta en llamas. Medio sonámbula, me fijé un poco más… el coche estaba ardiendo… mi marido estaba allí, contra un arbusto, quemándose…”.
La juez Murillo debió ver entonces algún gesto jocoso entre los acusados. “Y encima se ríen estos cabrones”, explotó por lo bajo ante su compañero de tribunal. Luego relató la viuda el calvario de amenazas recibidas antes del asesinato: las pintadas con dianas, los robos en la tienda, la quema de otra furgoneta arrasada. Sólo por casualidad ni ella ni su hijo murieron también de esa vil manera aquel día. La chulería, el descaro, la ausencia de la más mínima señal de arrepentimiento y de la más elemental empatía ante el sufrimiento causado, y a su lado mismo revivido, siguen siendo las señas de identidad de los etarras. Ni de los acusados en el juicio, ni de los bilduitarras que les apoyan, sean los que acuden a la vista, orgullosos de jalear a sus heroicos txapotes, sean los que se apalancan ya en las instituciones representativas, que ni mu han dicho. Es lo que hay.
Es cierto que la juez Murillo retrató con su exabrupto a los etarras a la perfección. Ni el prodigioso artista del siglo de Oro español con su mismo nombre hubiera pintado mejor de un solo trazo a esos angelotes mofletudos y psicópatas de la Eta. Pero es cierto también que demostró, a mi juicio, una alarmante falta de profesionalidad, a todas luces impropia de su responsabilidad. Luego las radios, las televisiones, los diarios, los digitales ni te cuento, se han lanzado con fruición a repetir ad náuseam la grosería, recreándose en la suerte, como si la jueza hubiera levantado la veda y los “profesionales de la información” ardieran en deseos de pronunciar también ellos, como niños malcriados, la palabrota de marras. Por todas partes resuenan los cuernos de cientos de machos cabríos pero que muy mal hablados.
Ya, ya sé que está la palabra en el diccionario de la Rae, y que Cela tal y cual. No soy ningún cursilón del almidón. Pero veo en ese regusto malsano por lanzarse encantados por el tobogán de los tacos una demostración más de la derrota del Pensamiento que ayer te conté y del pernicioso influjo de la “GranHermanización” de la sociedad entera, esto es, del Reinado dela Mugre: esa mezcla insolente de banalidad y vulgaridad. ¡Cómo extrañarse luego de que por las modernísimas redes sociales circule a todo gas el más tabernario de los lenguajes, cuajado, sin conciencia de culpa alguna, de las bajezas más infamantes! ¿Quién es el guapo que una vez más le recuerda a esta prominente juez, y a tantos eminentes líderes de opinión, la frase aquella de Wittgenstein que reza que “los límites de mi lenguajeson los límites de mi mundo”?
La nada interbloguera que uno es –mejor que todo lo demuestra, lector, el que ni tú ni yo nos llevamos ni un euro al bolso por escribir lo nuestro- se atreve a decir que cuánto mejor, por ética, por estética, y hasta por pragmática, si la juez Murillo hubiera explotado en este símil: “y encima se ríen estosde la izquierda abertzale”. He dicho.
El Encuentro entrambos cracks, para intercambiar ideas acerca del Futuro, con la que está cayendo, la verdad es que prometía. Hay que reconocerle a Guardiola, en medio de una sociedad como la nuestra, que suele, a lo Balzac, ver detrás de cada gran fortuna un crimen, una habilidad especial para, con ciertos quiebros de nacionalismo contestatario que de vez en cuando él prodiga, saber hacerse perdonar su plutocrático privilegio ante el Pueblo. El arte de Fernando Trueba, un gran director, en esos menesteres es aún mayor, pues le hace posible despotricar contra la industria americana del cine y a la vez arramplarse un Oscar. Las últimas perlas nominalistas de Trueba en El Mundo, en febrero de este año (“Todas las dictaduras para mí son de derechas. Nadie que diga que es de izquierdas o revolucionario tiene a la gente sojuzgada. Lo revolucionario es considerar a los seres humanos libres y capaces de dirigir sus vidas”), además de hacerle removerse en su tumba a Guillermo de Ockham, no añadían sino más emoción preliminar al Encuentro.
Y sin embargo, la decepción en el espectador, leído y releído el texto, como cuando en el futbol se espera un partidazo y sale un pestiño, es espantosa. De la misma manera que los cronistas del fútbol acumulan tópico tras tópico, lo mismo se amontonan aquí los lugares comunes sobre el Futuro, en un tono además deliberadamente nebuloso y como de postal de plexiglás. Valga de prueba el único titular que del texto se entresaca: “ElFuturo –asegura Trueba- es el único sitio al que puedes ir”. Tócate los pies al biés, Jean Paul Sartre, que la náusea me da ahora a mí.
El arranque filosofal es portentoso: “¿Sabes que hemos nacido el mismo día?”, interroga Pep. Efectivamente, el 18 de enero, responde Trueba. “Y me hace mucha ilusión, Fernando. Siempre le digo a tu hermano que te felicite, pero seguro que nunca lo hace”, incide Pep. “Sí, me lo ha dicho… yo siempre he sido el chalado de mi casa. Dime una cosa sinceramente, Pep, ¿tú te veías llegando a ser entrenador?”… inquiere Trueba. “Yo con 25 ya quería entrenar, siempre he considerado que tenía un físico patético para jugar al fútbol, no sé cómo subsistí.”, le aclara Pep. Es fantástico, reconozcámoslo: “el chalado” y el del “físico patético”, ¿pillas, lector, el truco?
Pintemos primero la pared de los lugares comunes: “La única cosa por la que rezo es por no perder la pasión… si perdiese la pasión dejaría el cine”. “Completamente de acuerdo. Siempre he pensado que todo parte de buscar lo que realmente te gusta. La gran fortuna que uno puede tener es hacer lo que le gusta hacer”. “Me gustaría tener 14 vidas para poder hacer otras cosas maravillosas. Y quizá equivocarme, que en definitiva es ir hacia el futuro, que es el único sitio donde se puede ir”. “Una cosa que tienen en común tu profesión y la mía es que debemos sacar lo mejor de la gente que tenemos. Eso es bonito”. “Deberíamos tener más culto a nuestros viejos porque son los que transmiten las cosas, son la experiencia en el buen sentido de la palabra”. “Entiendo lo que dices, aunque yo pienso que el joven de todas las generaciones siempre es el mismo”. “Sí, en eso no te falta razón. Pienso que todos tenemos nuestros tiempos”. Esas cosas, señores cracks, mejor las dice hasta un jorobado bloguero.
Al fin va la conversación tomando pie por los alrededores de la tremebunda realidad. Dice Pep: “Mira, por ejemplo, la economía. No podemos pensar que los políticos o los economistas nos arreglarán las cosas. Quizá haya que dar el paso y decir: “O lo hacemos nosotros o nada”. El espectador se pregunta: alto, ¿quién es ese “nos” que como un pase magistral nos cuela entre las piernas, en el que se embosca el multimillonario Guardiola? ¿Y de dónde se saca esa drástica disyuntiva entre el nosotros o la existencial Nada? ¿No estará posando ahora, encima que le patrocina un Banco, también él de Indignado? ¡Impresionante!
Claro, temblaba uno, conociendo las lineas maestras de su dolorido pensar, ante la respuesta que a esta incitación podía brindar Trueba. Pensé, ahora verás, lanza Trueba su furiosa diatriba anticapitalista, se interrumpe el spot, corten, mandan al productor y al banco a la PM y se lía parda allí mismo. Pues agarra Trueba el turno y, al loro, que va y dice: “Yo con toda esta crisis económica he llegado a la conclusión de que los gobiernos deberían… (tachán, tachán)… convertir la economía en asignatura obligatoria. No vale sólo con unas nociones básicas cuando tienes 7 u 8 años. Hay que enseñar a los chicos a entender la jungla en la que van a vivir y a que no tomen otros las decisiones por ellos”. Y aquí si que el espectador le bate palmas de arte a Trueba, por cuanto su curiosa opinión puede pasar tanto por inofensiva bagatela –no reclama ahí la nacionalización de la banca, con lo que el productor bancario respiraría por allí aliviado- como por radical propuesta –basta con añadirle “para el socialismo” a esa economía obligatoria demandada-.
Pero Pep, que sigue con la marcha Indignada puesta, no ha debido pisparse, pues vuelve a ponerle la muleta en los morros a Trueba: “Sí, porque los que en teoría sabían de economía nos han llevado a donde nos han llevado, por las razones que sea”. ¿Por dónde escapará ahora su comprometido interlocutor?, piensa uno “Yo no creo ni que las sepan. En cualquier caso, todos debemos hacer CURSILLOS ACELERADOS para entender la NUEVA realidad”. ¿Es o no magistal, lector, la larga cambiada de Trueba? El del Banco debió otra vez suspirar. Cursillos acelerados para entender la nueva realidad, tócate los gabilondos hondos de la crispación.
Nos falta sólo ya la revolera de las despedidas. Planes para el futuro: “…Si no me quieren, me echarán y haré lo que salga”, se barrunta el dickensianoPep. “Seguir contando películas a los amigos en la calle de mi barrio, charlar con ellos y salir a cenar, que es una cosa cada vez más difícil”, aventura Trueba. Calle-barrio-difícil, capicci, ok. “¿Nos vamos acomer que tengo un hambre que me muero?”, dice Pep. “Por supuesto, Señor, ha sido un placer”. “Ahora nos tenemos que levantar y darnos el abrazo del siglo”, remata a gol Guardiola. Que se besen, entonces, que se besen.
A falta de Heideggeres que nos enseñen a pensar, aquí tenemos a Pep Guardiola y a Fernando Trueba. Mano a mano, y con indudable amor por la sabiduría, desde luego, charlan los dos para nos, aunque no gratis etamore precisamente. Les patrocina a toda pastilla publicitaria –prensa, radio, tv, redes sociales- un Banco. Es conocida la alta consideración ética que para la inmensa mayoría de los españoles y para los Intelectuales más comprometidos con las causas populares, poseen los bancos. No digamos ahora, con la crisis terminal del capitalismo que la Spanish Revolution no deja de anunciarnos, de cuya secuela de desempleo y pobreza crecientes se suele responsabilizar a la desatada codicia de las financieras instituciones.
¿Les ha echado para atrás esa sin duda penosa consideración a nuestra pareja de solemnes pensadores? No lo parece, pues por todos lados puede contemplarse, con el soberbio envoltorio de lujoso apresto con que el capitalismo sabe vender estos sucedáneos heideggerianos, su metafísica conversa. “CONVERSACIONES SOBRE EL FUTURO”, así, en capitales tipografías proclama la convocatoria a doble página el periódico que tengo delante, aliñada, claro, con sus nombres y las expresas firmas propias, amalgamados además los nombres respectivos con el emblema ese que une la J y la B del famoso whisky, más la fecha y el lugar de la charla (06.09.2011 BARCELONA), como remarcando el momento inolvidable en que ambas inteligencias con el diálogo se fecundaron, magno acontecimiento a partir del que pudiera, en la historia de las ideas, señalarse con inapelable nitidez un antes y un después.
Enmarcan además las trascendentales conversaciones sobre el devenir de la Humanidad sendos nobles retratos de los eximios eruditos convocados, en muy especulativa pose, por más que pueda dudarse desde el principio si sus respectivas profesiones, aquellas por las que han conseguido ambos indiscutible éxito y brillo social, les facultan especialmente para la ardua tarea de prefigurarnos el futuro que encima se nos viene.
Sea como fuere, es el caso que Guardiola, a quien, lo que son las cosas, un futbolista sueco por él rechazado, al despedirse, con sorna andaluza tildó precisamente de “filósofo”, desde el periódico, con sabia admonición desde luego, levanta la palma de la mano hacia nosotros, abierta la boca y brillantes los ojos, con ese gesto explícito con el que se ponderan las más visionarias conjeturas del pensamiento. Y sí, ese rapado estricto y esa barba de un día supercuidada, sus bellas orejas puntiagudas, no dejan de conferirle un cierto halo místico, el que acaso conviene -y que el banco, en estos tiempos de la imagen y de la fusión de géneros, no habrá dejado de apreciar- a un aparente híbrido de misticismo zen sobre una cálida pero occidental mediterraneidad.
En la página de enfrente, en actitud reflexiva, como sujetando algo invisible –el hilo de una Idea antes de que se vaya, diríase- entre el índice y el pulgar de la mano, con atuendo más informal, camiseta blanca bajo una azul camisa vaquera arremangada, aunque en perfecto orden los cabellos y la barba entrecana, luminosas y dignificadas también las facciones, comparece la efigie de Fernando Trueba, cuya mirada, en un ojo extraviada, remite ya por sí misma a la del mítico filósofo Jean Paul Sartre, ese otro gran pensador que, a la inversa de Heidegger, se dio el pico con el estalinismo.
Sí, vale, las formas, el continente, vale, pero qué coño es lo que allí uno y otro se dicen, acaso te estés ya preguntando, lector. El contenido propio, la sustancia del futuro venidero, su meollo, el mensaje a pachas de marras, apenas ocupa un tercio del espacio desplegado. Diríase que no es entonces lo más importante. No por ello deja de tener su miga. Hazme caridad, lector, y sigue mañana de mi mano el ringlero de esas miguitas que hasta el mismo futuro nos lleven. Que por hoy, ya me vale.
Picoteaba yo la otra tarde algo desganado un libro –las noches me las reservo para espiar La Noria y el Sálvame de luxe- acerca de todos esos egregios pensadoresque en vida abrazaron con entusiasmo los sangrientos totalitarismos del siglo XX, cuando di en el mismo con un párrafo de Hanna Arendt, tan luminoso y revelador, que al instante me sacudió la modorra. (Esto de picotearle a los libros es un efecto secundario de la hegemonía de las trepidantes redes sociales, mea culpa, que a todos nos tendrán conectadísimos, desde luego, pero que también a todos nos entontecen, y hasta a marchas forzadas, dada la lectura en parpadeo que las mismas, al ritmo frenético del twist del tweet, imponen… sólo que, dudosa manzana del Edén, cómo si no podría encontrar yo editor para mis relatos o público amigo para mis facciosos alegatos)
Sólo de forma tangencial tenía el párrafo de marras que ver con la línea principal de la obra, arriba mencionada. Trataba éste sobre el clima de fascinación y la aureola de respeto y prestigio que los más importantes pensadores de Alemania en los años 20 producían, sobre todo a través de la lectura y del posterior boca a boca, entre la mayoría de los estudiantes alemanes por aquellos años. Hablaba en concreto de Heidegger (entonces tan sólo un gran pensador, ajeno del todo a las veleidades pronazis que luego mostraría) y los términos en que Arendt describía esa colectiva admiración eran, además de muy inspirados, bien elocuentes:
“Era apenas algo más que un nombre, aunque el nombre viajaba por toda Alemania como el rumor de un rey oculto… El rumor sobre Heidegger, dicho de forma simple, rezaba así: existe un maestro, alguno de nosotros quizá pueda aprender a pensar”.
Hum, como el rumor de un rey oculto, -me repetí y saboreé esos vocablos- …ese nombre viajaba por todos los andurriales de la Selva Negra, por las umbrías bávaras y por los caminos de cientos de villorrios prusianos, por los más alejados confines de la Germania...como el rumor de un rey oculto abriéndose paso en la fronda, corría de boca en boca ese nombre como un salvoconducto sagrado –yo pensaba en sucesivas ringleras de femeninos labios susurrando con admiración un nombre-, como la clave secreta que abría la puerta ilusionada e ilusionante a un saber más riguroso y fundado que vivificaba y hasta abrasaba a quienes entraban en su contacto, que era también caricia profunda y caballo con alas. ¡Aprender a pensar!
¿Qué pensadores despiertan hoy sólo con sus libros una tan honda y generalizada a la vez estima? Le voilá, me dije algo enajenado, la derrota del Pensamiento y el Reinado de la Mugre, esa mezcla insolente de banalidad y vulgaridad, ese amasijo de sangre y semen que ahora manda, como el perfume de Lady Gaga, la atroz muerte de Gadaffi yla Noria de los cucos,atestiguan.
Nada más coherente a la lógica inhumana que mueve a los más importantes medios de comunicación social que la sonada y anunciada entrevista de La Noria a la madre del menor de edad implicado en el asesinato y desaparición de Marta del Castillo. Parece que sólo le salió a La Noria por nueve mil euros su enésimo chapoteo por entre el fango de lo miserable. No puede además quizás imaginarse un mejor colofón a la humillación moral y simbólica de los padres de una víctima por parte de un sistema legal despojado del más elemental sentido de lo que es justo.
¿Han dedicado un solo segundo los responsables de esa estelar Noria a pensar en las razones y sentimientos que pudieran albergar los padres de Marta del Castillo al contemplar su show? De hacerlo, no hubieran seguido a pies juntillas una vez más el doble mandamiento con que los “media”, haciéndose eco del diktat de los “creadores” que tajan el bacalao en la industria cultural, se acercan a la artística “seducción delMal” que les anima: morbosa delectación ante los sociópatas y ninguneo de los deudosde las víctimas. Por eso mismo, en muy transparente corolario del aquelarre, la madre de el Cuco repetía, un poco sin ton ni son pero a la vez con todo sentido, lo de que “mi hijo es un buen chico”.
Mira que se habrán escrito novelas y filmado películas sobre los tenebrosos y omnímodos poderes que el Estado, ese monstruo frío, posee para quebrantar la voluntad de los individuos, incluso de las más criminales organizaciones de delincuentes. Pero la desnuda verdad del caso Marta delCastillo revela que tres pelanas y un menor han ridiculizado y han burlado cuanto les ha venido en gana todo el supuesto aparato represor e inquisidor con que cuenta el “terrible” Sistema: policías, fiscales, jueces, abogados, investigadores, periodistas, pedagogos, psicólogos, educadores, criminalistas. De todos ellos se han cachondeado con creces.
Vemos desenvolverse a los acusados en las sesiones del juicio, pasados ya años del horrible crimen. ¿Cómo ha obrado el paso de la Justicia, de los valores que la inspiran, sobre ellos? Cabría pensar que algún humano sentimiento de culpa, de contrición, de piedad al menos, se deslizaría entre alguno de ellos ante la barbarie por ellos protagonizada. Ni por asomo: actúan los criminales como resabiados figurantes del Gran Hermano de Mercedes Milá. ¿No debería un verdadero sistema de elemental justicia cómo mínimo ponerles enfrente de lo que hicieron?
En el súmmum del desquicie, el ministro de Justicia se preocupó en su momento de establecer que… ¡el asesino tenía todo el derecho del mundo a mentir! ¿Era necesario recordarlo? ¿Alguien de toda esa legión interminable de responsables públicos ha mostrado su vergüenza, su pesar al menos, por el bochorno sufrido? ¿Alguien ha sentido removida en un mínimo pellizco su conciencia para pedir perdón a esos padres, para al menos presentar su dimisión? Ni por asomo tampoco. Gira La Noria, sí, gira una vuelta más la putrefacta noria de los cucos.
La carrera de mentecateces que, cual sarta de horrísonas latas al rabo de un tuso atadas, lleva enhebradas tras sí Peces Barba, Padre de la Constitución, ex-presidente del Congreso, ex-magnífico Rector, Alto Comisionado de Apoyo a las Víctimas del Terrorismo y Tercera Espada de la Santa Indignación merece hacer con ellas un libro monumental y, no sé, darle después el Príncipe de Asturias de las Humanidades o algo así, lo que mande Punset, que para eso conforma el jurado, y hacerlo luego texto de obligado estudio para todos los escolares hispanos, peninsulares y ultramarinos.
Ha soltado la penúltima Peces ahora en Cádiz, con un punto fanfarrón además en el lanzar de las bombas dialécticas: “igual nos habría ido mejor si en 1640 en lugar de quedarnos con Cataluña nos hubiéramos quedado con Portugal… No sé cuantas veces hubo que bombardear Barcelona, pero esta vez se solucionará todo sin necesidad de bombardear Barcelona”. Dice tal gansada (aquí Peces como sagrado portavoz él solito de la historia de España hablando de BOMBARDEAR) alguien de la -por definición abominable- DERECHA ESPAÑOLA, y vamos, hasta vudú hace con él Carmen Chacón en plaza de Cataluña, y con ella el pleno del progresismo bienpensante, aterrado siempre ante la eternamente amenazadora derecha española.
A falta de la Chacón, quien rápido saltó a la yugular de las bombas dialécticas de Peces, haciéndose al paso tirabuzones en las greñas, fue ese finísimo espíritu intelectual, esa cima de la elegancia oratoria, ese diputado en el que el saber de esta época mugrienta parece complacida en resumirse, que se llama Tardá. Tardá cogió su tweet y de... “ENORME HIJO DE PUTA” al instante tachó al ex-presidente del Congreso. Qué no podrá entonces llamarle a uno cualquier anónimo bloguero combativo, si los padres de la Patria esquérrica así se producen. Nunca se meditará bastante sobre el veneno que en la convivencia introducen estos ejemplos. No sé si habremos de ver a la ministra de la Defensa de España con una camiseta bajo el lema “todos somos Peces”.
Dejemos aquí entonces a salvo, antes de que los escribidores de la Historia las borren, ensartadas algunas de las labradas perlas últimas de Peces, ese rosario inagotable de majaderías, cuyo esplendor conjunto, si ha de espantar al Estado entero, no digamos entonces en qué medida habrá de ofuscar más al esquérrico Tardá, ese gentlman de la cultura y de la civilidad:
“Aquí estamos los buenos (en el homenaje zetapeico a Carrillo)- las víctimas del Terrorismo tendrán que aceptar muchas concesiones (en los albores del zetapeísmo)- despertad, madrileños, seguid el camino que marcan los venerables Hessel y Sampedro… no debemos dejar paso a esos sectores llenos de rencor y sedientos de riqueza- si hubiera que premiar la mayor degeneración, sin duda Esperanza Aguirre obtendría el primer premio- los católicos, cuanto más se les consiente, peor responden, sóloentienden el palo (empecemos por Blanco entonces, que para pasmo del santoral entero, acorralado en la gasolinera de los 400.000, revelóse creyente, de diario examen de conciencia además)”.
Ay, Peces, Peces, cuántos tardás, cuántas coces alimentas con tus preces.
También en otro octubre de hace ahora veinte años una mujer trabajadora se disponía a llevar a su hija al colegio. Sólo que no se trataba de un bonito spot. Era la mucho más gris realidad cotidiana de María Jesús González. La bomba etarra la despanzurró de golpe sobre el asfalto. La bomba, mejor dicho, los cobardes criminales que la detonaron, cubrió su cara y su cuerpo de mujer trabajadora de sus propias piltrafas ensangrentadas. No, mejor ni ver esas imágenes. Dicen que en esos instantes toda tu vida desfila ante tu mente. Puede que a María JesúsGonzález, sin entender aún lo que le ocurría, envuelta en humo y en el olor acre de la metralla, un pálpito más urgente y angustioso le invadiera entonces toda la voluntad y le golpeara el corazón: el anhelo apremiante e imperioso, como a la señora del bonito spot del PSOE, de dirigirse imaginariamente a su hija, que por allí debía andar y gritarle eso mismo… corre, hija, corre… el vehemente deseo de que al menos a ella no le alcanzara la explosión.
Quienes hicieron eso a María Jesús González y a su hija, Irene Villa, es seguro que ríen hoy sin parar. El niño del etarra Otegui presenta libros junto a Willy Toledo. María Jesús González e Irene Villa no caminan resueltas hacia el fondo de ninguna imagen. No pueden, aunque lo quisieran, correr. Caminan, sí, dando pequeños tumbos, pero caminan y nos llaman. No desde un bonito spot, no. Desde la agridulce realidad nos llaman. Y la nada bloguera que yo soy, esta mañana estará junto a ellas. Junto a ellos.
Es como si los cerebritos rubalcabos hubieran decidido esta vez sustituir la grosera apelación al Miedo de otras magnas ocasiones –el doberman, el franquismo, el lobo que viene de la extrema derecha- por la promoción entre su clientela de un cálido sentimentalismo, una íntima pero intensa emotividad –contenida herencia de los poéticos deliquios zetapeicos, coherente con las recientes lágrimas rubalcabas y con su declarada predilección por las baladas de Amaral, por más que sepamos todos que la supervivencia en política sólo puede ser fruto del cálculo y de la doblez más la fría puñalada- para llegar, eso sí, a una misma meta: la execración de la abominable derecha española.
¿Por qué me parece el spot formalmente prodigioso o, como diría Gallardón sobre el grandísimo Wyoming, moooi bueno? Por su excelente acabado formal, por la conseguida atmósfera emocional del mismo, por la magistral síntesis que el mismo pone en pie, por la brillante muestra expresiva conseguida sobre todo a partir de elementos indirectos, que penetran con mayor eficacia y verosimilitud en la sensibilidad –más que a la Razón, el spot se dirige al neblinoso inconsciente colectivo, a ese difuso pero decisivo entramado de convenciones, temores, recuerdos, suspicacias certezas, proyecciones y prejuicios que conforman la autoidentidad izquierdista- del destinatario buscado. Un paralelo magma informe existe, quede claro, entre los votantes de derechas, y esas autoidentidades a medio plazo son modificables, salvo que, en mi opinión, los cabeza de huevo del PP apenas lo “trabajan”. Así les va. Degustemos, lector, el spot, si a ti te piacce:
Radiantes en la mañana luminosa vienen hacia nosotros de la mano, caminando sobre la acera de una lujosa urbanización, (¿la Moraleja, ese mítico Lugar del Mal que con tanto regusto repican los ideólogos socialistas?) una mujer, caracterizada por su uniforme laboral de asistenta, y un escolar, ataviado con muy señoriales trazas. Sí, la mañana parece espléndida, y se despereza también en ella alguna desvaída rosa, pero casi la claridad pronto nos resulta excesiva, hiperreal, y por contraste observamos ya desde el inicio ciertas preocupantes sombras en el paisaje, con esa vaga amenaza que lo Oscuro, diríase que emboscado entre la densa copa con que esos arbustos acechan y parecen vigilar el caminar de la pareja, siempre acarrea.
El plano siguiente nos los acerca. Páralo, Pol. De la mujer vemos por el momento sólo su cuerpo, mejor dicho, su uniforme, el que denota su condición de trabajadora, casi de no persona, pues carece por el momento de rostro. En aguda oposición, sí que vemos el del niño, repeinado hasta las cejas, vestido con chaqueta azul marino de amplia solapa, blanca camisa abotonada y ancha corbata (más de adulto que de niño) en estricta perfección anudada al cuello. Ya ese otro “uniforme” del niño nos dice todo sobre él.
La imagen del infante, su excesiva rigidez, parece algo impropia para su edad, como si se nos quisiera sugerir algo antinatural y maligno en él, como si algo más que un simple niño, escindido su rostro por la mitad en un tajo deluz y sombra, en realidad fuese. En efecto, de repente, interrumpiendo la bucólica paz ambiental, con un atisbo de extraña gravedad en el ademán, el niño interroga a su asistenta: “Carmen, ¿tú tieneshijos?”
Podría parecer extraño que un niño, que va de la mano al colegio con la asistenta, desconociese esa respuesta. “Sí, además tengo una nena de tuedad”, responde ella, recogida en plano de tres cuartos, y que en un magnífico detalle gestual, le propina un casi imperceptible tirón de la mano, como de mudo reproche a la seca inquisición del niño rico. El que la “nena” aludida sea de la misma edad que el niño rico resulta desde luego idóneo elemento narrativo para que se afirme la subliminal tensión de confrontación que se va estableciendo entre ambos de camino al colegio.
Conflicto latente que sin más dilación estalla con la sorprendente ocurrencia sádica que a renglón seguido ponen los guionistas en boca del niño rico: “Pues qué bien, así cuando seamos mayores ella podrá ser lacuidadora de mis hijos”. Resulta evidente que semejante delirante autoconciencia es impensable en un niño de la edad del protagonista, salvo que se trate de un ser diabólico, o de que en realidad quieran los guionistas ponernos en la boca de un niño repelente los malignos argumentos supuestos y los clasistas modales descritos en el oponente político así de elípticamente aludido y simbolizado. Es de todo punto ilógico ese diálogo, ya digo, pero el cuidadoso realismo, sin énfasis, con que se ha ambientado la escena puede hacerla colar como “natural”.
Es bien expresivo en el spot –aunque no está remarcado con primeros planos que resultarían descaradamente “demagógicos”-el juego de antitéticas miradas entre los personajes entonces, con el que se refuerzaemocionalmente el mensaje clasista que se deriva de la sentencia/guillotina del niño rico: satisfecha y autosuficiente la de él, que le busca los ojos, huidiza, dolida y al fin humillada en el suelo la de ella. Meten además ahora una música de lastimeros tonos, como de melodrama de media tarde, que subraya toda la pesadumbre que embarga a la mujer.
Y por si todo lo anterior fuera poco, conviene no pasar por alto la curiosa puerta metálica que justo en ese instante –páralo again, Pol- sirve de telón de fondo real y subliminal a la perversa maldad del niño rico y al más que simbólico desprecio que hace de la mujer trabajadora: en ese portón aparecen inscritas, en soberbia insinuación, las formas del haz de flechas… falangista y franquista. Absolutamente nada hay de casual en este elaboradísimo e hipersignificado spot.
Sortean entonces ambos uno de esos arbustos que casi parece expulsarles a la vía, sobre todo a ella, que va por el lado de fuera, y pasa ahora la cámara a recogerles, de espaldas y en silencio de nuevo, en un plano precioso, cargado por todo lo anterior de un patetismo conmovedor, en el que el caminar desciende y se hace más penoso por el vado para coches que ahora atraviesan, con ella caminando al borde mismo de la acera, en elocuente alusión a la cuerda floja a que el niñato acaba de arrojarla. Van de la mano al final, sí, pero ya no lo parece, su caminar se complica, -ese simbólico poste raído y reseco en primer plano- casi como si más tropezasen que otra cosa. Chaplin y la florista, claro, sólo que en estructural discordia.
Colofón de la historia: es fantástico, porque, manteniendo el halo unitivo de la música –es decir, llevándonos sin cortes también de la mano a nosotros- vemos ahora en contraplano frontal a la mujer trabajadora dejando en el colegio público –aquí claramente expuesto- a su hija. El poste raído de antes ha mutado en tronco de árbol, emblema de una cierta esperanza. Ha recuperado la mujer su carácter de sujeto, diríamos: lleva ropa de vestir, una sonrisa en la cara y un cariñoso beso para despedir a la niña, pero sin subrayados innecesarios que hagan el mensaje merengoso. Sube entonces esta niña, de apariencia “normal”, cotidianamente reconocible, las escaleras del cole entre las otras niñas, -algunas con las manos entrelazadas, en señal de unión-, escaleras que remiten a la mítica escena de El Acorazado Potenkim sólo que al revés, en ascenso de simbólico progreso aquí, donde les recibe con una caricia en la puerta, solícita y amable, la profesora.
Primerísimo plano entonces de la mujer trabajadora: el medido dramatismo caligrafiado con primor en su hermoso y desnudo rostro, a lo Dreyer, la angustia, sólo a medias revelada, que la recorre, su trémulo pero discreto agitarse, no el grito, no, sólo la reproducción de su monólogo interno, -multiplicada así por mil la eficacia comunicadora- “corre, hija,corre”, en genial paráfrasis del pobre Forrest Gump perseguido por aquellos desaprensivos niños que querían apedrearle en su inolvidable film. Ahí, en esa mirada atribulada tenemos el conflicto y su drama anejo en su clímax emocional, y por eso la cámara se demora en la misma un instante. Pensativa, “naturalmente” sobreiluminada, fija la vista en la escuela pública, suspira… y se rehace al cabo, como si hubiera al fin comprendido. Casi como si hubiera tenido una revelación, la de la escuela pública, claro. La vemos también alejarse de espaldas, con pasos decididos, poco a poco difuminándose hacia el fondo, diríamos que con su tribulación resuelta.
Sobra casi la explícita moraleja de los rótulos finales, como aquellos panfletos que nos daban hace mil años en los Alphaville, para que leyéramos allí el “mensaje” que no habíamos captado en la pantalla. Lo mismo aquí, pensado para quienes no hayan pillado el destilado de la historia, no en vano es un spot electoral.
Espléndido relato, ya digo, porque con sólo un mínimo diálogo y esas tres palabras últimas, más unas en apariencia sencillas imágenes, ha sido capaz de trasmitirnos con eficacia todo un concentrado de vida, de conflicto y de redentora ideología propuesta en menos de un minuto. Y aquí se lo dejo yo, bien desmenuzadito, creo, gratis et amore, a los cerebros grises del PP, que mañana mismo me llamarán interesadísimos… por buscarme editorial a mis relatos, ya tú sabes, lector mío.
Ningún reparo tengo en reconocer que el spot es, para mí, todo un prodigio de economía narrativa, incluso de envidiable capacidad expresiva para, en menos de un minuto, condensar y adentrarse con suma eficacia en el pantanoso territorio de las emociones y de los prejuicios más hondos del inconsciente colectivo de millones de españoles, reforzándolos.
El spot combina una exquisita sutileza formal de aparente simplicidad, atiborrada las imágenes de solo veladas alusiones ideológicas, con la brocha gorda del implícito contenido apocalíptico, que se hace explícito ya en los subrayados finales, como al cabo corresponde a una demoledora arma propagandística. No se le ocurre un video de tanta impregnación afectiva, es decir, de tanta reafirmación existencial en los propios estereotipos para los suyos –ojo, y para los votantes indecisos- , que es a quien va sobre todo dirigido, a los capitostes del PP ni aunque vivieran setecientas vidas. Los publicistas del PSOE, en enésima lección, vuelven a darles sopas con hondas a las eminencias grises –y tan grises- del PP.
Resulta verdaderamente chocante, después de más de treinta años de elecciones,lo poquísimo que aprenden en estas materias los huecos chorlitos del PP. Si fuera cierto el maniqueo de que los jerifaltes del PP se educan en colegios de pago y los del PSOE en escuelas públicas, lo que habría que concluir precisamente es que todos esos colegios de élite para nada les han servido a aquellos que no sea para ser derrotados en la mayoría de las elecciones, es decir, para perder la mayoría de los puestos a repartirse en el Poder. Lejos de ser entonces los colegios de pago garantía de preeminencia alguna lo serían en todo caso de segura derrota, pues nunca se reflexionará bastante sobre cómo un lego en casi cualquier materia –excepto en marrullería política- como Blanco –y tantos otros de la reciente hornada logsiana, vale decir rubalcaba-, sin ser en absoluto tampoco “hijos de la calle”, le dan mil vueltas, a la hora de persuadir y movilizar al personal, al más preclaro abogado del Estado del partido popular.
Otra cosa será gobernar, datos y hechos cantan, pero en cuanto al dominio consumado de los resortes que mueven la comunicación política, la superioridad socialista es apabullante. Las connotaciones sentimentales que la imagen de marca PSOE desprende, a pesar de todos sus errores y de todos sus horrores, para el no avezado en política y para el observador objetivo, continúan siendo las de de una cálida afectividad colectiva, mientras que las del PP redundan en una gelidez espectral que no hace masa, que no se conforma como una comunidad primaria que se aglutine alrededor de intensos y duraderos sentimientos de lealtad y pertenencia. Y este spot es sólo el penúltimo clavo en la pared que remacha tan trascendental, si de política hablamos, cuestión.
Por supuesto, como en las pelis, cualquier parecido de la moraleja del spot con la realidad pura coincidencia: que si la asistenta podría ser la del propio Zapatero en la oposición, a quien no dejaba coger el teléfono, tal como ella misma reveló, que si los niños de Blanco y su British School, que si la niña de Bono con su joyería y sus pura sangre, que si los de Montilla y su Colegio Alemán, que si los del jefazo de la UGT Madrid y su colegio de élite, tantos otros, y sobre todo el desastre y la degradación que del valor de la enseñanza los gobiernos socialistas llevaron. Pero todo eso en el tam-tam de la campaña electoral cuenta poco.
…Ostras, lector mío, cual cansina persiana antediluviana, me enrollé otra vez. No te molesto ya más. No te robo más tiempo hoy. Mañana entro en el análisis y degustación del bonito spot del PSOE. Muac.
Cuando se reveló ayer que Teddy Bautista demandará a la Innombrable reclamándole encima 1.200.000 euros por… ¡despido improcedente!, a quien le rodaron entonces lagrimones como piñas bajo las cuencas de los ojos fue a mí. Apenas pude, demudado, balbucear la máxima de Bisbal en OT… “es increíble”. Ni el mayor enemigo de la Izquierda podría, creo, imaginar cosa de la manera. No puede ser verdad, me dije consternado.
Me acordé, claro, de la menestral lista de sus víctimas: con qué saña acogotaron con la exigencia de sus gabelas sus inflexibles inspectores a gentes bien humildes, peluquerías de barrio, equipos de baloncesto que hubieron de renunciar a su himno, baruchos de malvivir, tunas, centros de jubilatas, festivales de discapacitados, funciones escolares, tiendas y restaurantes a punto de echar el cierre, radios en dificultades, consumidores sin distinción. A todos ellos hizo llegar Teddy la larga mano de la Innombrable con el batallón de sus picapleitos y su legal atropello. “El Canon se paga y punto” literalmente sentenciaba Teddy inmisericorde, el Mr Scrooge de la alegre progresía que ministros de la Cosa nombraba y todo.
Medité por un instante. Va a ser que a este superprogresista preboste le ha entrado pelusa de los Cobradores del FRAP donostiarras, resolví. Atreverse además en plena campaña electoral (es decir en pleno serial “Pobres versus Ricos”) a exigir tamaño pastizal, rebasa todo lo imaginable. El señor Alfredo le va a crujir, avizoré. Me autocensuré, claro, el fácil chiste con el nombre de ambos a cuestas, no vayan a decir que.
Me fui, subproducto jacobino del rencor social uno por unas horas, a ajustarle las cuentas a Teddy B, presidente de la Innombrable: 250.000 euros anuales mínimos –que se sepan- que se levantaba Judas Superstar en los últimos seis años, millonaria Pensionaza autoadjudicada, airosa mansión en floreada fincas en las elitistas boadillas madrileñas, más, en fin, cómo diríamos… el alegre tejemaneje que de los multimillonarios fondos de la Innombrable vamos conociendo, de la que vióse forzado a salir por piernas tras la intervención judicial en marcha… y se atreve encima el tío, con la que está cayendo, a reclamar 1,2 millones de euros. Han perdido del todo el pudor y mucho se la suda todo a algunos. No dirá el señor Alfredo que Teddy no pelea por lo que quiere. Hoy puede ser un gran día para Teddy… y mañana también.
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