Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta 22-M. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 22-M. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de mayo de 2011

Los discursos genoveses

    
     Vale, habían ganado las elecciones autonómicas y locales. Lo habían conseguido. Habían reunido esta vez más apoyos de los electores a sus propuestas que nadie. Mas, como dice Voltaire, “no es suficiente conquistar, se debe aprender a seducir”. Tenían debajo a algunos cientos de entusiastas. Tenían sobre todo al otro lado de las pantallas a millones de españoles, a una nación atravesada por múltiples y emborrascadas discordias,  unos comicios generales a la vista y,  aunque imposible es el contentar a todos, hasta al más novato de los estudiantes de ciencias políticas se le alcanza la extraordinaria importancia de esos Discursos de la Victoria en orden, de un lado, a disipar temores infundados, y a cohesionar y remover la adhesión en torno a ellos de quienes les apoyaron y de quienes pueden entonces sentirse atraídos hacia su causa si  saben presentar de forma adecuada la misma en el momento del triunfo y de la asunción de la responsabilidad del Poder que habrán de ejercer sobre los ciudadanos, de otro.
     No hablo aquí de plantificar desde el balcón genovés unos soberbios discursos cuajados de floripondios merengosos y redichas grandilocuencias sin tino, -es decir, no hablo del muá- sino de la crucial trascendencia en la comunicación pública de presentar de forma sugestiva el mensaje político básico que se quiere trasladar a la ciudadanía, cara a movilizar sentimientos de aprobación y de aceptación hacia el futuro gobernante. Esos relevantes contenidos hay que prepararlos a conciencia, porque se trata de un momento clave, que casi todo el mundo sigue con la mayor atención y del que extraerá una sensación difícil de modificar luego.
    
     Los mandamases del Partido Popular –tan odiosos ellos para mí, you know- no lo hicieron, a mi juicio, y una vez más despreciaron las más elementales pautas de la comunicación política en las sociedades de masas, aquellas que consiguen la creación de invisibles pero indisolubles lazos de lealtad o de animadversión hacia determinados políticos entre los gobernados. No en otro lado radica, en mi opinión, sobre todo el éxito de Obama, excepcional orador donde los haya, cuyos brillantes discursos, escritos y pensados por auténticos profesionales, trabaja él al milímetro y pone en escena primorosamente. Más aún en España donde, como consecuencia de los valores culturales dominantes, la aproximación a los líderes sociales tiene en mucha mayor medida un carácter visual y oral que escrito.  El resultado aquí: Gallardón o el discurso pelota, Aguirre o el discurso meramente utilitario, Rajoy o el desolador Anti-discurso. Cierto es que en los tres confluían motivaciones personales distintas y que el mayor yerro, a mi juicio, por eso mismo, recayó sobre todo en el lider nacional.
    
     A Gallardón, que es, de los tres espadas genoveses, aquel cuya gestión menos estimo, le observé dos discursos radicalmente distintos, salvo en una nota común: hacernos olvidar a todos que en realidad había perdido él apoyos populares. Así, para la alocución primera, que llevó a cabo en el Ayuntamiento, elaboró un discurso espléndido, éste sí que trabajado a conciencia, hilvanado y fluido, con acertada entonación y precisa gesticulación,  eficaz y emotivo, en el que las palabras atrapaban por su trabada cadencia y por su perfecta elección para mostrarnos con ellas su sincera predisposición a luchar contra el desempleo entremezclada con el emocionado recuerdo a su padre y a la quinta mayoría absoluta consecutiva por él conseguida. Parecía más un estadista que un edil, ya digo, y daban ganas, te lo juro lector mío, de abrazarse a él sobre la misma pantalla. Sensacional.
     Luego en el balcón de Génova se le vio mucho más atropellado, manejándose más con abstracciones genéricas que con eficaces imágenes concretas y excesivamente inclinado, creo yo, a encomiar con insistencia los excepcionales méritos de Rajoy, al que una y otra vez levantaba el brazo de ganador, pese a que no había en realidad Rajoy ganado nada, anticipando acaso en exceso más un deseo propio, que a su propio interés conviniera, que sugiriendo a los electores el considerar  la conveniencia del mismo. 
    
     Esperanza Aguirre, la que, para mí, con mayor bravura se expone siempre de frente en el combate ideológico contra las recetas izquierdistas, no en vano es su genuina Bestia Negra, (para Peces, para Tomás Gómez, para El País, para los sindicatos, para los Indignados, para la Humanidad, vamos) hizo a mi entender un discurso gélido, insuficiente y en exceso pragmático. Ella sí que contra todo había ganado con claridad   (52% de los votos, cinco escaños más pese a los cuarenta mil votos menos que en 2007) y perdió una gran oportunidad de indirectamente reivindicar ante todos su genio y su logro. Se la vió un punto incómoda y algo apagada en el balcón genovés, como molesta porque fuera Rajoy el que capitalizara su éxito. Habló así en genérico del éxito del “Partido Popular” y apuntó hacia el gobierno instándole a convocar elecciones para que… el PP vuelva a la Moncloa, lo que siendo una aspiración suya legítima, es declaración de parte, y no es precisamente lo que en concreto más puede desear escuchar la mayoría, en la medida en que antepone el medio propio al fin que debe ser hacer frente a la pavorosa crisis económica e institucional.
    
     Convergieron al fin los focos hacia Mariano Rajoy, el secretario general del partido ganador, cierto, el candidato in péctore al gobierno de la Nación, el que tenía ante sí, pues, una ocasión única de proyectar ante la nación entera, en un momento más que propicio por el triunfo, un mensaje aglutinador y movilizador de simpatías hacia su persona de ser él capaz con elocuencia de hacerse mirar y admirar por el respetable con un mensaje elaborado y atrayente. Pero a  la disección del pufo rajoyesco te convoco yo para la próxima,  lector mío, que ya está bien por hoy de reclamar tu generosa atención.