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lunes, 26 de septiembre de 2011

Y de repente una de la Coixet


        
      Me pasó una muy amiga mía un deuvedé de la Coixet. Arrugué el morro, claro. No me mates con la “Coixete”, pensé.  Me repatea el izquierdismo anticapitalista de los forretis. Me vino a la mente el despilfarro millonario de su horripilante Miguelín y del stand de la Expo de Shangay, qué guay, entre otras muchas perlas coixetianas. Como a ellos les encanta proclamar, cuántos niños africanos podrían haberse salvado de las comeduras de las moscas con aquella estulta millonada que entre todos le pagamos. Coixet es además desde hace mucho una de las mandamasas de la industria publicitaria. Sus principales clientes: British Telecom, Ford, Danone, BMW, Ikea, Renault, Peugeot, Pepsi… en fin, la creme de las multis, esas que según nos perjuran los de su humanista cuerda arrapiñan cada día un poco más el mundo y sus pueblos.
     Me exalté de furia destructiva y así lo ideé: ya está, me tragaré la peli esta y la pondré a caldo en un post, como si  fuera uno entonces el crítico mismo del Washington Post, que ya es exaltarse partiendo sólo de un mísero blog que apenas en cuatro puertos, estelares eso sí, de la jodida ciberesfera reporta. De manera que así me predispuse esa noche, con el colmillo faccioso bien retorcido, a buscarle las vueltas al deuvedé de la Coixet. “¿Y cómo se titula esto? ¿Mi vida sin mí? Dabuten, se va a enterar ante el mundo entero esa “divina gauche”.
     Pero a los cinco minutos ya había olvidado todo eso. Es una película para mí maravillosa. Una joven madre trabajadora, con una grisácea existencia a cuestas, recibe un terrible diagnóstico médico. Cómo convertir tan fúnebre arranque, sin empozoñarse en las tentaciones del melodrama, en una conmovedora apelación a mejorar la propia vida de todos los días y en una emocionante aceptación de la inminencia del adiós y de la fragilidad que nos constituye es para mí la nuez valiosa de este intensísimo film.  De nuevo esa mágica capacidad de la Coixet –que yo conocía ya de La vida secreta de las palabras- para hablarte con credibilidad al oído de las cosas esenciales de la vida, encarnadas en personajes bien construidos, que parecen por tanto más personas, con sus diversos humores, complejos y valores, que esquemáticos tipos. Sin aparatosos efectos especiales, oscilando alrededor de las palabras y de las imágenes, a la medida ambas de los hombres y de las mujeres reconocibles a nuestro alrededor, conjugando con arte música y referencias cinéfilas bien incardinadas en lo que se está contando, un alud de cálidos sentimientos nos precipita hacia la película, que consigue una intimidad de comunicación con el espectador en verdad asombrosa. Lo consigue, creo, porque nos habla en voz baja. Y la peli funciona sobre todo, para mí, porque gravita siempre alrededor de su soporte carnal y cenital, el que le brindan esa actriz y ese personaje central, su pureza y bondad interior, que hacen verdad de la buena su sencilla historia de vida y de muerte, de desdicha y ternura y de coraje y poesía revueltas todas ellas entre sí.
              La volvi a ver enterita una vez más –parando la cinta a veces para pensarla, para disfrutarla- y fue una recompensa magnífica el sorprenderme a las tantas contemplando y participando, ganado por un montón de sentimientos engrandecedores, de esa historia tan delicada que ahí la Coixet vuelca.  Había que madrugar a la mañana siguiente, pero no importaba. Perduraban en el pensamiento con fijeza, y lo rebosaban, las primorosas escenas de Mi vida de sin mí. Gracias a Coixet, claro, que como le digo una co le digo la o, y gracias también a mi gran amiga, que tuvo el buen gusto de regalarme ese deuvedé. Me encantó pernoctar con vosotras.