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miércoles, 24 de enero de 2018

Jó, qué nochecita

  



   ¿Te despiertas de pronto muchas noches, al rato de dormirte, pongamos que hablo de las tres, con una PALABRA como una bombilla prendida relampagueándote la frente? Sabes que de no incorporarte en ese momento su preciosa luz mañana se habrá extinguido olvidada,  así es que lo haces: enciendes la lamparita y la anotas en la libreta que a propósito dejaste en la mesilla. Guay, a salvo ya. Te vuelves a encoger bajo las mantas. Tratas de retomar el sueño. Un par de vueltas sobre el camastro. Ocurre entonces: ¡otro “palabro” que te estalla, que le hace además majestuosa coda al primero de antes! Repetir la rosa, claro: lámpara, anotar, apagar, mantas, cerrar ojos… En vano. ¡Ostras!,  que ahora, como en racimo que de aquella germinal uva se desprendiera, relacionadas pues con ella, otras palabras –que además te parecen felicísimas en la intensa oscuridad- en tropel te invaden la mente, a medias pergeñando ya en tu melón las expresiones fulgurantes de un texto que ahí encuentras genial. El procés again, yes: lamparita, apuntar en abreviaturas, apagar, mantas, vueltas, lo mismo de antes. ¿Dormir al fin? Imposible. Como en una soberbia mascletá, ideas y expresiones resplandecientes, abierta ya y desbordada la feria, asaltan en traca inacabable tu entendimiento nocturno. Qué colores, qué figuras, qué ooooohs. Un cielo electrizado de belleza, todo eso es que lo ves alucinado sobre la negrura nocturna. Guau, chico, esto no lo puedes dejar pasar. Levantarse entonces de nuevo, pies sobre el frío parquet, apuntarte todas, ah, maldición, se me olvidó esta, levantarse otra vez, pasar “yaque” al baño: mear, beber water. A la piltra de nuevo. Vueltas. Más vueltas. Con el cerebelo revolucionado, del todo desvelado, lo sabes bien, alcanzar el sueño es ya pura utopía. Te escribes mentalmente de corrido tres libros de una hermosura nunca vista. Te dieron las cinco, las seis y las siete, y obnubilado al amanecer te abandonó la luna. Noche en blanco, pues, como búho hechizado por linterna incontestable, médium y rehén de las más altas Potencias Imaginativas. Te vence al final el sueño, claro. Sólo que a la hora y media el grito del despertador te expulsa de la cama. Ducha. Relees entonces las genialidades que garabateaste anoche en la agenda… Bah, a la cruda luz del día, de geniales les queda ya poco. Merde. Alguna cosita podrás salvar. El resto del día arrastrándote, alma en pena entre miradas circunflejas a tu alrededor. Cómo explicarles que la culpa fue de las palabras, que ellas te emborracharon y se apoderaron de ti. ¿Algo así también te ocurre? No lo dudes en ese caso: peor o mejor, consagrado o sin Nombre, amigo mío, eres escritor. Y con moraleja: ¿quién, al otro lado de la cama puede soportar cataplasma y  trajín de noche así, eh?  


 SOY ESCRITOR ¿BUSCAS UN BUEN LIBRO? LO TENGO:
“VEINTE RELATOS DE AMOR Y UNA POESÍA INESPERADA”. 12 euros, envío incluido. 165 pgs de SENTIMIENTOS, HUMOR Y AVENTURAS acerca de la condición humana enamorada… y desenamorada, en muchas de sus vertientes, cimas y simas, con la emocionante recreación de las más perturbadoras encrucijadas a que nos arrojan los sentimientos inevitables. Personalmente dedicados. Pídemelos aquí o escríbeme a  josemp1961@yahoo.es   Es muy sencillo. 12 E por correo ordinario, envío incluido, a la dirección (PUEDE SER TAMBIÉN  la del trabajo, o la de un establecimiento público que conozcas) de España que desees; 15 E por correo certificado. Escríbeme aquí y te informo sin compromiso.   

viernes, 13 de mayo de 2016

A sólo cuatro días ya, no habría un lugar mejor



    (A sólo cuatro días ya) ¿Qué DÓNDE tendrá lugar la Presentación de mi obra? AQUÍ, junto a los mismos cielos, en la alta Ciberesfera, claro, en las redes sociales, en el Blog, en este globo ilusionado, en esta sutil urdimbre que nuestros avatares acoge, en estas extensiones azulísimas e interestelares, en estas descomunales soledades, entre estas virtuales muchedumbres también, entre, hacia por y para los amigos del Blog, aquí, claro que sí, dónde mejor si no. ¿Qué somos los escritores sin Nombre más que ilusos equilibristas proyectando sus dudosas cabriolas sobre el firmamento intergaláctico centelleante de cometas y estrellas? ¿Qué somos sino chisporroteantes estrellas fugaces? ¿Y que son nuestros amigos verdaderos en las redes salvo el entramado de afectos básicos que nos soporta, el que impedirá que del todo en el salto mortal nos rompamos la crisma? Aquí, pues la solemne Presentación de mi Segunda Obra, sí. No habría jamás ni un espacio ni un tiempo mejores. ¡A cuatro días del Día, mon amis! 
 

Aquí arriba, si lo pinchas, el vídeo con Alfredo Urdaci valorando en su Telediario mi primer libro: 
   “Son las historias de Armando, un cuarentón al que le ponen la maleta en la puerta de casa y tiene que recorrer de nuevo el camino de lo sentimental. Descubre que es un minusválido del sentimiento, un hombre al que todo le sale mal, un paria del afecto, un hombre patético al que todo le sale al revés. En lo que le pasa hay también una gran carga de ironía y de crítica hacia el mercado de los sentimientos, hasta el punto que uno acaba sintiendo una piedad desternillante por este antihéroe que tiene en estos relatos UNA VOZ AUTÉNTICA. SE VAN A REÍR HASTA LLORAR CON ESTE LIBRO, llorar de piedad por este hombre perdido, este bobo con ínfulas”. "Disfruté mucho con las Historias. Sigue escribiendo", me dijo Urdaci también.
   ¿Tienes que hacer o hacerte un buen regalo? LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON INFULAS   154 pgs de humor, amoríos, aventuras e ilusiones. Personalmente dedicadas. Escríbeme a   josemp1961@yahoo.es  Es muy sencillo. 10 E por correo ordinario a la dirección de España que me digas, no tiene por qué ser la de tu domicilio, la de cualquier local público que conozcas, el que sea.

domingo, 19 de agosto de 2012

Noche y Día


  

  El microclima veneciano que se genera en una discotheque ha hecho más por la liberación sexual de la Mujer que miles de manifiestos ad hoc: sólo allí pueden verse mujeres en los umbrales mismos de la ancianidad, bien es verdad que atalajadas, refocilarse y de lo lindo darse el lote con estupendos chorbos que perfectamente podrían ser sus nietos y que ellas solitas se han ligado. Con todo el derecho, faltaría plus.

   

 Cuánto más magnetismo y sugestión en la mujer que, tempranísimo en la sagrada quietud de la mañana dominical, con livianas y domésticas prendas veraniegas ataviada, los brazos hasta los hombros desnudos, la falda ondulante, el pelo sólo a medias recompuesto, con la cara recién lavada que decía el otro, a la pata la llana se echa a la calle para pasearse e inundarla de paso del frescor rebosante de esa sensualidad matinal, tan natural.  Van a por los churros, creo.


Post/post: gracias a Winnie0, a Anónimo, a 40añera y a Marian Gardi por bloggear ayer a mi lado, GRACIAS.

sábado, 18 de agosto de 2012

Lecturas de día, lecturas de Noche


  
    Interpretamos lo que leemos durante las horas diurnas, al hilo del tumulto y de las prisas propias del día, según el criterio que nos dicta la recta Razón, la instancia propia de las Luces como tantas veces se ha dicho. Esas lecturas mañaneras aparecen cribadas, por así decirlo, por las severas instancias fiscalizadoras de un criterio que se atiene sobre todo a los cánones del frío raciocinio. ¿No hablamos acaso de “un sol de Justicia”, asociando así la extrema claridad con la más impersonal ecuanimidad? Nos entran los textos diurnos entonces  por la aduana de un frío tribunal que sólo se atuviera a abstractas consideraciones. Emitimos sobre ellos un distanciado veredicto. 
  
    Sin embargo, sobreviene la hora del atardecer, la hora bruja –cuántas veces se habrá dicho-, y notamos un poco como nuestras irrevocables afirmaciones diurnas empiezan ya a flaquear. Qué decir con el caer de la Noche, y con el extenderse junto a ella el dominio de los misteriosos sortilegios que su diferente latido pone en oleaje dentro de… ¿nuestras entendederas?, mejor sería decir de nuestras sensibleras, de no estar este vocablo tan peyorativamente cargado. Y cómo referirse entonces ya a cuánto nos sobreviene por dentro al compás de las muy enigmáticas Noches de verano, tachonadas por miles de estrellas en lo alto, que gravitan y nos hacen gravitar a la vez al antojo mágico de millones de constelaciones que en las noches de estío con su chisporroteante arcano nos arrastran. Tiene sin duda la Noche, otro tempo, otra cadencia, otra trama.
  
    Ah, bienaventurados los textos que pasaron el áspero fielato diurno y fueron reservados a la instancia segunda y definitiva de la Noche. Porque entonces, cuanto leemos en la Noche sosegada nos penetra a través de los cauces desbordados del sentimiento y de lo volitivo, por encima del ventanuco de la gélida y escueta reflexión. Frótase el Poeta las manos, pues son ahora las palabras, más que grises medios, fines en sí mismos, más que vocablos, frutas que mordisquear, flores que aspirar, cachorrillos que acariciar, brisa balsámica; es sobre todo que las palabras bajo el influjo secreto de la Noche estival se hacen música embriagadora y por lo mismo cobran vida más intensa y más se adentran en los confines del alma que de verdad estremecen al lector para allí por mucho más tiempo quedarse a vivir. Los textos nocturnos de alguna forma nos poseen.
   No lo digo yo, pomposo bloguero al cabo, lector, lo dice el grandioso San Juan de la Cruz: “Oh, Noche, amable más que la alborada, oh, noche que juntaste Amado con Amada, Amada en el Amado transformada”.    


Post/post: gracias a Anónimo, a Purificación Fernández Guijosa, a Bucan y a Bego, y a manolo tolosana, que es seguidor ya de este blog, precioso aliciente todos ellos para seguir escribiendo, por bloggear ayer a mi lado, GRACIAS.    

domingo, 19 de septiembre de 2010

La otra noche

    La noche del jueves salía yo de un antrazo de la capital del Reino que a veces, sólo por airearme un poco, frecuento, y escuché al hombre que aparca los coches decirle a un cliente, "apúrese, Señor, que en poco tiempo va a caer  la Intemerata". Y como si el aparcacoches aquél tuviera mano con los elementos de la Naturaleza, al instante, en efecto, un viento antipático comenzó a azacanear las copas de los árboles y a remover un poco la hojarasca sobre las aceras, oscureciendo de golpe la noche con más noche. Bah, pensé, serán cuatro gotas, aunque me apresuré hacia el coche, izándome, como un Bogart venido a menos, las imaginarias solapas de la chaqueta que no llevaba.
    
     Cuando llegué hasta el coche aún no llovía, aunque en la esquina de un cruce sin soportales una prostituta rolliza y con minifalda roja había abierto ya su paraguas también rojo. Por el retrovisor vi como se detuvo a su lado un coche oscuro. Se bajó la ventanilla, quien fuera el que lo condujera cruzó con ella dos frases y se largó. Se ve que no hubo ni trato ni truco. Ella taconeó el asfalto con rabia, como si aquel anónimo bastardo encima le hubiese soltado alguna inconveniencia. Arranqué y entonces empezó a llover.
     Muy pronto llovía con furia. Los noctámbulos de la Gran Vía se apresuraban a recogerse bajo los edificios y otras gentes, con plásticos negros de bolsas de basura ensartados por la cabeza al cuello, como mosqueteros de la Orden Canalla, recogían a toda prisa sus dudosas mercaderías. La acera, el asfalto, los rostros, todo estaba mojado y reluciente, salpicado de destellos, y  aquella tropa agitándose en un palmo de la calle, unos de chunga y otros contariados, bajo la lluvia y a la luz artificial de farolas y neones, componían un cuadro de una extraña y a la vez tópica belleza. Me acordé entonces, claro, de Taxi Driver, de Robert de Niro haciendo a aquel zumbado, enfermo de soledad y de ignorancia, trastornado en psicópata justiciero de la noche. 
     
     Bajaba hacia la Plaza de España y ya diluviaba de lo lindo, y los limpiaparabrisas apenas daban abasto. Los coches avanzábamos un poco a tientas. Jodido Chamán-aparcacoches, pensé. Oh, Manitú, Manitú, y con lo que me gusta a mí conducir. Empezó a atronar y de pronto el resplandor cenital de un turbión de rayos y centellas que descargaran su ira al unísono bañó todo lo que nos envolvía en un colosal electroshock de una claridad quirúrgica. Uff, me alegré entonces de alcanzar al fin uno de los célebres subterráneos de la M-30 que te meten y te sacan de los madriles. Sin acelerar lo más mínimo, suspiré, puse música al tún-tún y como de un baúl viejísimo me salieron los sones de By the rivers of Babylone de los Boney M, fíjate tú. Me adelantaban algunos coches por la derecha y sin miramientos. Admiré entonces un momento la fábrica encofrada de los muros soterrados de mi ciudad y le di  una calada imaginaria al cigarro que no fumaba, otra vez como un Bogart de pacotilla. El tormentón se había esfumado allí abajo, aunque la claridad espectral -como si hubiera allí mucha más luz fluorescente de la habitual- era muy parecida a la de arriba. Yo tarareaba los míticos ríos de Babilonia, aunque no las tenía todas conmigo, la verdad.
    
     Primero fueron sólo unas filtraciones chorreando agua en varios tramos desde el techo del túnel. Pero cuando me acongojé de veras fue al observar -lo vi unos cien metros antes de llegar allí- que de un boquete en el lateral del muro izquierdo al lado del que yo circulaba, no es que manara, es que irrumpía a través del mismo -sería un colector desbordado, yo que sé- un violentísimo caudal de agua. El túnel, en mi ignorancia supina, en mi imaginería peliculera y de cultureta,  se me antojó entonces una presa presta a derrumbarse por la crecida salvaje del río Manzanares, que por allí habría discurrido siempre. La venganza de la Naturaleza, recelé. Dudé entonces, rehén de un indecible canguelo, entre acelerar el coche a toda leche o interrumpir los ríos babilónicos y pararme en seco allí mismo, antes de la implosión, y poner una queja en el libro de reclamaciones de la constructora.
    
     Ninguna hecatombe se produjo, claro, aunque lo que entonces me ocurrió allí fue mucho más… pónle tú mejor el adjetivo, paciente lector mío, cuando leas lo que ahora viene, que es, lo sé de sobra, un desenlace desinflado y caprichoso, no el que convendría al relato notable de un escritor sobresaliente, quizás sí el propio de la vida real , que es, creo yo, de naturaleza mucho más mediocre y azarosa, similar en eso a la endeble consistencia del blog de un don nadie.
    
     Porque, justo al pasar a medio gas por el boquete de agua en el muro, que tendría medio metro de diámetro y lanzaba agua turbia a propulsión contra la carretera, en mi cabeza, como el relámpago que antes les conté –ahórrense pensar, por favor, la  chanza barata de que yo había bebido, no era en absoluto así- se abrió paso hasta inundarme el cerebro, sin explicación posible a mano, como una pantalla que se despliega de pronto sin venir a cuento en nuestro ordenador, la imagen radiante de la pobre Marta del Castillo,su cara, sus ojos serios, su melena algo rubia y partida en dos, su juventud.

     Y en esos instantes tan sólo anhelé, con todas las fuerzas que yo entonces podía reunir, que Marta, aun empapada, aunque fuera muy desmejorada, emergiera  por entre aquella extraña riada y pudiera yo prestarle mis pobres ropas y secarle un poco el pelo.