Si los Indignados sobones de Indignadas –sólo de esos pocos hablo ahora, de su agónica reivindicación de un Eros desatado- quisieran en parte redimirse de lo suyo y de paso relanzar por las pantallas del mundo entero los brillos heroicos de la Spanish Revolution deberían, en fulgurante acción de comando, secuestrar a Cameron Díaz, esa horrorosa starlette de Hollywood –ese nido de plutócratas judíos que controla y coloniza el ocio y el negocio del mundo entero, que acaso dirían ellos-, instalarla como reina en una de sus jaimas, y darle allí asambleariamente lo suyo, es decir, lo que a ella, según acaba en público de confesar, por encima de todas las cosas la priva.
Dice ahora la boba Cameron, en plena promoción de su penúltimo bodrio, nada menos que… “me gustan los hombres muy primarios, que me hagan sentir una esclava sexual”, que “siempre viajo buscando sexo, mi deporte favorito”, que “una de las cosas que más me gusta es mantener relaciones sexuales con desconocidos en los baños de los aviones”, que “está ella siempre dispuesta para el sexo”, en fin, que se confiesa la criatura... “fanática de las películas porno”.
Se trata de formidables estupideces calculadas, por supuesto, -y ni siquiera por esa tiparraca, o en exclusiva para que se hable de este film, sino pensadas como gancho habitual por sesudos cerebritos de los estudios- que invitan mucho a la risa, que casi hacen quedar mal a quien pretenda tomárselas en serio. Esa es la clave buscada: que nos sintamos como retrógrados todos los que critiquemos el desvarío, que le demos carta de naturaleza humorística a estas putrefacciones, y “entremos” de esta forma en ellas. Lo cierto es que es ésa la rastrera palanca que buscan sobre todo remover entre las audiencias. Se revela así una vez más con la más cínica desenvoltura la nítida regresión animaloide propiciada en estos Tiempos de la Mugre, puestas ahora incluso sus máximas en la boquita de las más angelicales e “inocentes” rubias, las mismas que Hitckock creía frígidas. Eso sería antes, don Alfred.
No se imagina uno, desde luego, a la Hepburn o a la Garbo, a la suma distinción de su belleza, al inconfundible aura de su elegancia, propalando esas patochadas de camionero salidote, lo que no era óbice para que fueran ellas mil veces más libres en su privada existencia que estas adictas ¡al porno!, que resultan encima ser las más mundialmente admiradas y pagadas. La estulta estupidez de la Díaz sobre su afición al sexo con desconocidos en el baño de los aviones hace recordar aquella escena de Aterriza como puedas, con aquella larga fila de voluntarios abofeteando a una pasajera histérica, prestos en la ensoñación de la famosa rubieja a sodomizarla uno tras otro. Sin duda merecería que eso le ocurriese de verdad en el avión en que los sobones Indignados se la trajesen a la Spanish Revolution. Susurraríanle al oido de la boba lo que la santa Comisión de Feminismo portasolera denunciara: tocamientos, abusos, vejaciones, mientras a ésta seguro que hariásele la boca mil aguas. Cualquiera le envía a la Díaz las rimas de Bécquer.
Burda, superexplícita y primaria hipersexualización de la existencia, despojada clamorosamente de la más mínima apelación sentimental pues, -una Enmanuelle infinitamente más grosera que protagoniza luego los más comerciales films- que lleva incluso a promover por todo el mundo milimétricamente las más podridas y delirantes imaginerías… ¡de los agresores sexuales!, de los violadores, asestando de paso un daño incalculable a la más mínima aspiración a la estricta dignidad de los hombres y de las mujeres, en medio del silencio olímpico de los líderes de opinión sociales, prestos a Indignarse a lo Hessel por cualquier nimiedad a la carta progre que en el camino se les cruce.
Obsérvese que sería el secuestro aquí propuesto, no ya el crimen, sino la Acción Perfecta, que a todos sin duda daría gusto, y hasta gustirrinín, un revolutum de diosas y plebeyos en imparable coyunda, de húmedos sueños de todos hechos de golpe realidad, hiperrealidad porno, reallity, claro. Quizás la Milá retransmitiera para el GH 24h, gustosa también, los vaivenes del carnal ayuntamiento. Seguro que Sabina, como asegura Loquillo, otra vez llevaría, bien achanté, las cervezas a los Indignados sobones. Si desde siempre además en las Revoluciones los fines han justificado los medios, es que serían estos ahora irreprochables, en la misma medida en que sarna con gusto no pica.
Como en una coctelera asombrosa de azar y necesidad, en un agitado convoluto de casualidad y de causalidad, resulta también que el libre acceso al cambio de sexo para ¡los menores de edad! háse constituido en ardua reivindicación de los Indignados, que para completo pasmo del mundo entero han recibido ahora el apoyo a lo suyo… de ¡Paris Hilton! y también… de la mujer más rica de España, la ex del señor de Zara.
Dice la ex del señor de Zara, que sólo posee 4200 millones de dólares para ella solita, que se da también en ella “mucha tentación de estar en el campamento con los Indignados”. Dice a su vez Paris Hilton, esa forradísima heroína de los porno-shows, en entrevista de EL PAIS, que realmente “admira” ella “a estos chicos”, que “yo triunfo todos los días”, y que no pensaba por el momento pernoctar en la plaza del Sol. Paris, Paris, ¿y si se viene Cameron, no te animarías a lo de la Spanish Revolution? ¿Dime, no te tienta también a ti la Indignación?


