Pensando y pensando en Paula Prendes y en Patricia Conde, tan galácticas ambas en la Televisión de la Sexta, dos de las principales niñasRoures, multimillonario trotskista, y en su CINISMO-CHICA FEA-NINGUNA OPORTUNIDAD-CRUEL-TELEVISION, la mente se me quedó en blanco, divagó luego en el tiempo, como en el lento balanceo de una hoja otoñal al desprenderse de la rama y se me perdió por entre los parajes ya algo invernales de la memoria, hasta prenderse sin daño en la Chica de la Rayuela de mi infancia, que sólo mis más dilectos-dilectos conocen. Bueno, si Orson Welles tenía un trineo, yo tengo una chica de la rayuela almacenada en los confines más remotos de mi melancolía. ¿Qué cantaba ella - y qué cantaban también sus trenzas rubias cómo hélices de oro que en la tarde asoleada la impulsaran sobre el suelo, mientras sus manos con pudor indecible refrenaban el revuelo de su falda tableada- en aquel patio escuálido, cuando saltaba y saltaba a la comba con sus amigas, mientras yo, agazapado tras las cortinas de mi habitación que allí daban, contenía la respiración ante el estallido vivo de armonía tanta?
Siempre ha querido verse en las canciones populares e infantiles la reafirmación de los cerrados prejuicios del secular orden dominante, que irían así moldeando las conciencias y aherrojando a la mujer en su tradicional rol subordinado. Supónese también que el triunfo en la modernidad del discurso ilustrado acabaría sobre todo con la llamada cosificación de la mujer-objeto, por la que ante todo se valora en ella su apariencia, lo que en alguna manera la encadena a una esclavitud perpetua, en detrimento de su más profunda valía. Y sin embargo basta asomarse a las televisiones de hoy para comprobar el estrepitoso chasco de esa pretensión.
Se le ocurre a uno invitar a Paula y a Patricia a saltar a la comba y a cantar conmigo –también contigo, amado lector, si te place- y a fijarnos en lo que dice lo que cantaba en el año de la Polka mi chica de la Rayuela: “Al pasar la barca me dijo el barquero las niñas bonitas no pagan dinero… (hélos ahí en una sola frase mezclados unos cuantos misterios antropológicos de la existencia: aparición del hombre adulto con Poder, -tiene él una barca, mejor no indagar más en lo que la barca “represente”-, su invitación/incitación a la niña bonita que está en un lado del río y a quien el Adulto ofrece pasar gratis al otro lado, ¿a cambio de qué?, a la vuelta del cual no será ya la misma, rito de paso simbólico que exprimió de lo lindo Julio Iglesias en su “de Niña a Mujer, ah y el dinero, que también Poderoso Caballero es. Traigámoslo a la actualidad: tiene Roures una televisión, que se la dio Zp, y para pasar por ella las niñas guapas no han de pagar nada, les dice. Caperucita ante el laberinto, pues)… Yo no soy bonita ni lo quiero ser, yo pago dinero como otra mujer… (y he aquí también, impresionante a pesar de su modestia, el grito de dignidad y de liberación impensables en una cancion infantil, pues en ese yo no soy “bonita” no hay tanto una reivindicación de la fealdad cuanto una recusación a identificarse y a verse encuadrada en el manejable concepto de “belleza apetitosa” que el barquero maneja y al que por eso se le devuelve, rechazándoselo, el cumplido interesado y manipulador, es decir, que lo que la niña sobre todo afirma es yo no soy lo que a ti te interesa que sea; y fijémonos que, aun dentro de la brevedad de la letra, no sólo aparece bien remarcada la rebelión –no soy “bonita”- sino, con expresa vehemencia, radicada la voluntad futura de no serlo, es decir, afianzado así el pleno ejercicio de la autonomía –ni lo quiero ser-. Que “yo pago dinero…” (por tanto, que me he procurado yo, autosuficiente, los medios para poder ejercitar mi albedrío, y el dinero, en tanto que abstracto capital social que no atiende a razones de aristocracia lo hace posible, ése es el modelo propuesto) “…como otra mujer” (que pese a ser infantil canción es de Mujeres de lo que siempre se está hablando, y de mujeres en igualdad y en genérico, rehusada en pro de la libertad la discriminación positiva que el zalamero barquero propone).
“Al volver la barca, me volvió a decir, las niñas bonitas no pagan aquí. Yo no soy bonita ni lo quiero ser, las niñas bonitas se echan a perder. Como soy tan fea yo le pagaré ¡Arriba la barca de Santa Isabel”. Que vuelva el señor barquero a la carga, y que la niña de la canción mantenga firme el pabellón de su autoestima resulta conmovedor. La cara que debió ponérsele al barquero. Y nuestra niña, crecida ya, va y le arrea encima un buen bofetón simbólico al cuadro de valores que el barquero en realidad transporta: “las niñas bonitas se echan a perder…”, que admite tanto la lectura realista del carácter meramente transitorio de la belleza física, como la interpretación moral de que una vez aceptados los códigos ajenos de alguna manera se han extraviado el valor y el amor propios. “Como soy tan fea yo le pagaré”, es el remate final en la que la burla al lenguaje del barquero, en apariencia y con ironía aceptándolo para de pleno negarlo en el fondo, es ya clamorosa, soy fea, es decir, soy, y te lo digo expresamente, lo contrario de lo que quieres que sea, y no admito regalías interesadas, así que adelante con los faroles de la barca que, no por casualidad, patronea una Santa.
Mucho me temo que tanto la Prendes como la Conde, si por carambola mágica mi farragosa disertación llegara a sus oídos guapos, mucho pasarían de la misma. Bueno, siempre me quedará, mientras la cabeza a uno le rule, la chica de la Rayuela. Ni Roures podrá arrebatármela.



