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viernes, 4 de marzo de 2011

Zapatero también mete, la gamba

    
    
     Ha tenido Presidente Zetapé dos nuevos detalles en Túnez, de esos que retratan para la Historia todo un talante. Son, como decimos en el lenguaje corriente, esos pequeños detalles que tiene contigo una persona por los que de verdad acabas por conocerla, quizás por amarla. Va a ser que Túnez le inspira, porque fue allí donde, en la no más alta ocasión que vieran los cielos precisamente, llamó a la deserción de los aliados en Irak. Por cierto, que era también en Hammamet, Túnez, donde Craxi, compadre de Berlus y socialista presidente italiano en la época de Tangentópolis, poseía una asiática mansionaza, a la que, según cuenta Julio Feo en su libro, habría acudido invitado de finde Felipe González, y de la que habría venido éste encantado de lo pipa que allí lo había pasado. No en vano la eterna satrapía de Ben Alí, esencia de los jardines de Alá al cantar de Antonio Molina, contaba con la filantrópica bendición de la Internacional Socialista, esa oenegé. En Túnez tuvo pues que ser donde eclosionó de nuevo Zetapé.
    
     Venía Él muy contento de Abu Dhabi de gestionarles unas inversiones para España a los señores jeques de las mil y una noches. Ah, pensamos acaso todos, dónde quedaba aquel discurso del Viento sobre los ricos y los pobres, aquel otro del jornalero del Antiguo Testamento junto a Obama, o el de los especuladores desalmados de los mercados de capitales. Sí, yo creo que por un momento le ganó a él la melancolía de los principios abandonados al socaire de los Vientos dominantes, y no por otra causa tiró de avión hacia la Moncloa, deseoso de ganar la propia cama y quizás de soltar una lágrima a solas allí por las causas, a causa del Poder, traicionadas. Ya nos decía Sabina en su última interviú que Zetapé le seguía pareciendo un tipo honrado. Con Presidente Zetapé la Odisea homérica se hubiese resuelto en un par de hemistiquios. No cayó en la cuenta el señor Presidente de los quince mil euros sólo en combustible que importaban su nostalgia de Palacio, dulce Palacio. Es sólo, señor Presidente, que se le olvidaron a usted los millones de parados, los miles de pequeñas empresas quebradas, la negra desesperanza que campea sobre la dudosa nación que usted preside. No son los quince mil del ala, señor Presidente, es… es el detalle.
    
     De manera que al día siguiente, rehecho ya en su mismidad zetapeica, voló raudo hacia Túnez y volvió también por sus fueros favoritos, como si para dar los pasos adelante de la manita de los jeques necesitara también dar el paso atrás de la fabulosa historia de su abuelo, con la que inauguró su puesta de largo presidencial, como si se la contara ahora, no a los dudosos representantes que ante sí tenía, sino a las mismas muchedumbres de la Plaza del Tahrir transplantadas de golpe a Túnez: “El dictador murió cuando yo tenía quince años. Merece la pena lo que ustedes han hecho. Mi padre no pudo disfrutar de las libertades y mi abuelo fue fusilado…” encasquetó allí ante el asombro de la concurrencia, que quizás, obnubilada ante aquel despliegue de generaciones, esperara ya la mención filial.  Y después de por todo lo alto parangonar allí el paradigma impresionante de la Transición española, terminó Zetapé por medio declamar: “No sabéis… cómo se puede disfrutar de la democracia”, ante lo que el aire de fronda tunecina allí mismo se serenó y se llenó de musicales ecos, de manu chao, of course. Se le olvidó al Presidente señalar el pequeño detalle de que todo el empeño terrible de su primera legislatura consistió precisamente en la decidida impugnación de esa transición ahora tan alabada y en la forja del famoso cordón sanitario. No es tanto la mentira, señor Presidente, es… es el detalle, hombre. 

    
    
    


martes, 22 de febrero de 2011

Túnez y el Tesoro de Ben Alí

    

     Según la televisión pública tunecina, el sátrapa depuesto Ben Alí vivía entre montañas de dinero, oro y diamantes en su palacio de ensueño de Sidi Bou Said, a las afueras de Túnez. ¿Por qué no pensar que pasara muchos de sus días revolcándose sobre esas montañas? Puso su esposa buen cuidado, antes de abandonar por patas el país, de arramplarse consigo ciento cincuenta y cuatro lingotes de oro. Puede que más que el valor crematístico fuera sobre todo el puro valor estético de contemplar en el sórdido exilio todo esos  lingotes juntos,  esa chocolatería espesa del sol más brillante, ese piélago cegador de lisura incomparable delante de los ojos de uno ante el que quedarse mudo. Nos recuerdan a todos esas montañas de oro y diamantes el pasmo boquiabierto de Alí Babá ante la maravillosa visión de aquella cueva atiborrada de refulgencias preciosas, que avistadas encima dentro de una oscura cueva deben asombrar mucho más.
     
      Treinta años le duró la satrapía a Ben Alí. Ahora, cuando me enteré de que Ben Alí, y su partido, y también mi amigo Mubarak y el suyo, eran miembros de pleno derecho de la Internacional Socialista, esa organización por encima de las patrias que vela sin descanso por los desheredados del mundo, después de la guasa facilona,  reflexioné a lo gran pensador, es decir, a lo Sabina y me dije… no-seré-yo el que arroje adrede basura sobre el socialismo internacional, que luego me dirán que sólo me fijo en una parte, que soy un facha sectario y tal, cuando uno sólo quiere que, conocidas de sobra las servidumbres de la realpolitik, y la dificilísima adecuación de medios y fines en los procesos históricos desde que el mundo es mundo, al menos no le den a uno lecciones de bondad universal quienes no dejan sin el más mínimo motivo de presumir de ella.   
      
     Dicen, desde Oscar Wilde para acá, que la Naturaleza imita al Arte. Es esto una verdad incontestable. Véase si no el carácter profético con que el arte de la zambra del grandioso cantaor que abajo pongo anticipó, avant la copla, la fantástica história de Ben Alí, el reciente sátrapa tunecino depuesto, que a su letra premonitoria a pies juntillas esforzóse él en aferrarse: “Ben Alí tiene la esencia de los jardines de Alá”, que como sabemos son los ríos de miel que no cesan de manar, vale decir, las riquezas del mundo terrenal allí traspasadas, al palacio soberbio que Ben Alí mandóse construir. “Y una mora en su presencia que bailaba en Tetuán”, y puede ser ella tanto la señora de Ben como la Internacional de antes, que tanto le bailara el agua a Alí. “Ven conmigo, linda mora a mi palacio a bailar… que a tu casa yo no paso que me puedes engañar”, y tenemos ya ahí el nudo y el desenlace de la historia que nos ocupa, que temía Ben el embrujo de la señora y a la postre fue él quien, palacio mediante, camelóse a ella, que no quería, ella no quería. Y el resto fue chiribiri, chiribiri del tahirir que les cayó encima durante tres décadas a los tunecinos, es decir, silencio.
     Esa canción sí que es verdadero Oro en paño y del bueno, señora de Ben Alí, y no sus lingotes robados, que lo son de los que defecara en una mala noche su señor. Esto si que debería usted escucharlo mil y una veces dondequiera sea el sórdido exilio en que se halle y pedir luego perdón por sus pecados.
    
     (Post-post: y según citan ahora las agencias, las masas tunecinas en triunfo no dejan por las principales avenidas del país de a coro canturrearle a los vientos esta canción, que perseguirá siembre la sombra funesta del tirano allá donde se halle)