Ha tenido Presidente Zetapé dos nuevos detalles en Túnez, de esos que retratan para la Historia todo un talante. Son, como decimos en el lenguaje corriente, esos pequeños detalles que tiene contigo una persona por los que de verdad acabas por conocerla, quizás por amarla. Va a ser que Túnez le inspira, porque fue allí donde, en la no más alta ocasión que vieran los cielos precisamente, llamó a la deserción de los aliados en Irak. Por cierto, que era también en Hammamet, Túnez, donde Craxi, compadre de Berlus y socialista presidente italiano en la época de Tangentópolis, poseía una asiática mansionaza, a la que, según cuenta Julio Feo en su libro, habría acudido invitado de finde Felipe González, y de la que habría venido éste encantado de lo pipa que allí lo había pasado. No en vano la eterna satrapía de Ben Alí, esencia de los jardines de Alá al cantar de Antonio Molina, contaba con la filantrópica bendición de la Internacional Socialista, esa oenegé. En Túnez tuvo pues que ser donde eclosionó de nuevo Zetapé.
Venía Él muy contento de Abu Dhabi de gestionarles unas inversiones para España a los señores jeques de las mil y una noches. Ah, pensamos acaso todos, dónde quedaba aquel discurso del Viento sobre los ricos y los pobres, aquel otro del jornalero del Antiguo Testamento junto a Obama, o el de los especuladores desalmados de los mercados de capitales. Sí, yo creo que por un momento le ganó a él la melancolía de los principios abandonados al socaire de los Vientos dominantes, y no por otra causa tiró de avión hacia la Moncloa, deseoso de ganar la propia cama y quizás de soltar una lágrima a solas allí por las causas, a causa del Poder, traicionadas. Ya nos decía Sabina en su última interviú que Zetapé le seguía pareciendo un tipo honrado. Con Presidente Zetapé la Odisea homérica se hubiese resuelto en un par de hemistiquios. No cayó en la cuenta el señor Presidente de los quince mil euros sólo en combustible que importaban su nostalgia de Palacio, dulce Palacio. Es sólo, señor Presidente, que se le olvidaron a usted los millones de parados, los miles de pequeñas empresas quebradas, la negra desesperanza que campea sobre la dudosa nación que usted preside. No son los quince mil del ala, señor Presidente, es… es el detalle.
De manera que al día siguiente, rehecho ya en su mismidad zetapeica, voló raudo hacia Túnez y volvió también por sus fueros favoritos, como si para dar los pasos adelante de la manita de los jeques necesitara también dar el paso atrás de la fabulosa historia de su abuelo, con la que inauguró su puesta de largo presidencial, como si se la contara ahora, no a los dudosos representantes que ante sí tenía, sino a las mismas muchedumbres de la Plaza del Tahrir transplantadas de golpe a Túnez: “El dictador murió cuando yo tenía quince años. Merece la pena lo que ustedes han hecho. Mi padre no pudo disfrutar de las libertades y mi abuelo fue fusilado…” encasquetó allí ante el asombro de la concurrencia, que quizás, obnubilada ante aquel despliegue de generaciones, esperara ya la mención filial. Y después de por todo lo alto parangonar allí el paradigma impresionante de la Transición española, terminó Zetapé por medio declamar: “No sabéis… cómo se puede disfrutar de la democracia”, ante lo que el aire de fronda tunecina allí mismo se serenó y se llenó de musicales ecos, de manu chao, of course. Se le olvidó al Presidente señalar el pequeño detalle de que todo el empeño terrible de su primera legislatura consistió precisamente en la decidida impugnación de esa transición ahora tan alabada y en la forja del famoso cordón sanitario. No es tanto la mentira, señor Presidente, es… es el detalle, hombre.



