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lunes, 3 de septiembre de 2018

Sangre dulce




   La tarde transcurría plácida y lenta, amarillenta, como un río de membrillo que apenas fluyera. ¡Y con qué cruel vértigo sin embargo me mordía el Tiempo! A la sombra del ciruelo jugaban a la brisca. A la que podían se hacían sus trampitas, no creas. Se injuriaban entre risas. Sólo las moscas, quizás rabiosas porque también a ellas otro verano más se les escapaba entre las manos, les incordiaban. Se sacudió mi padre de pronto las espaldas, aahh, como el espantón de un caballo bayo alanceado por un tábano traidor. Se rascó los lomos, dejando en ellos el rastro blanco y luego rojo de las uñas. ¡Me cago en la leche, estas jodidas moscas! Y entonces mi madre, que iba perdiendo las partidas, me parece, con azucarada dulzura, es decir, con sorna, con fingida compasión, le espetó,  “ay, hijo, ¿es que ahora tienes la sangre dulce?”. Estallaron los dos en risas, como si no hubiera un aquí y un ahora, como dos novios recientes y encantados. Se rieron hasta las moscas, creo yo. Incluso sobre sus cabezas, diminuto y estelado de blancura, en las alturas grisazuladas un avión supersónico pareció tras su zumbido con ellos carcajearse. La tarde estival era toda una alberca idílica que, clamorosa, se hubiera detenido en su estro. Eso parecía.  


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viernes, 17 de agosto de 2018

Y el Verano va



Cómo me va el verano
Bueno, bien, va
Leyendo un poco
Escribiendo un poco
Imaginándote un mucho
Imaginándonos muchísimo


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jueves, 21 de junio de 2018

Sentido del Verano






21-6-2018. "VERANO"
El invierno de nuestro descontento ahora, escribió una vez Shakespeare. ¡Sea este el verano de nuestra alegría!, a pesar de tanto apocalipsis nos decimos now. ¿No enarbolas, a la vista de tanta luz y de cielos tan altos, al oído embriagador del pulso loco de las noches estivales, siquiera una pequeña ilusión? Pasa entonces por un ambulatorio y diles que te tomen la tensión. Puede que sin saberlo andes muerta/o en vida. Eso, acerca el oído, ven, ¿sabes cuál es ahora mi minutísima ilusión? Pasar, no otro, este verano contigo. Mi gran ilusión, qué digo. 




CRISTINA LÓPEZ SCHLICHTING EN LA CADENA COPE SOBRE MI OBRA: "TE DEJA DESLUMBRADO... UNA IMAGINACIÓN DESBORDANTE... UNAS FIGURAS INSUPERABLES… NO OS LO PODÉIS PERDER".   


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lunes, 22 de agosto de 2016

Los Rodriguez y las Rodriguez en el Antro

   


   Pues the last viernes night in the Antro, para variar, se espantaban más si les hablabas de libros y de versos que si les hablabas de meter y eso. Porca MISTERIA…
   Y, por cierto, observábanse junto a los seculares y algo patéticos, la verdad, "Rodriguez", también las muy rumbosas y garbosas "Rodriguez" de ahora, lógica consecuencia a la relativa equiparación de roles que habemus. Es de justicia, claro. Si tú, yo igual, y tal. Perfecto. También como ellos, lógicamente, en adaptación a estos tiempos modernos, en los que la FÍSICA y los CUERPOS tanto MONTAN, aspiraban ellas a procurarse un bien musculado CHAVALOTE que, como vemos en tantas pelis, de lo lindo les zarandeara el cuerpo propio. Lógico. Y funcionaba una vez más la oferta y demanda: como quiera que había allí bastantes de estos CHAVALOTES DE LANZAROTE, deseosos de descargar lo suyo, pues oyes, muchas de estas "Rodriguez" obtenían su premio. Lógico. No se veían allí chavalotas, no me digas por qué. Tampoco importa, se ha vuelto uno ya no invisible, inexistente para ellas. Era un espectáculo formidable... y perfectamente lógico. Los "Rodriguez" parecían así, desastradas almas en pena sin nadie con quien intercambiar quejas ni fluidos, un poco más patéticos aún. Muy lógico, muy justo todo el cuadro. Muy divertido y ejemplar, muy cervantino todo, oui.

   (Y estoy convencido también de que, si te gusta escribir, aunque sea sin mayores pretensiones, mis VEINTE RELATOS DE AMOR Y UNA POESÍA INESPERADA te servirán de inspiración y te aportarán ideas, modelos, motivos, recursos  y maneras concretas para que también tú –o a quien pudieras regalarle mi obra- te atrevas a emprender la aventura de escribir un libro.
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lunes, 15 de agosto de 2016

El Día Mundial de la Soledad, algo así



   En días como el de hoy en mi país, (qué extraño esto del bloguerismo transnacional, debe recordar siempre uno que está escribiendo para el mundo entero, por más que todo ese universo mundo lo constituyan en  realidad cuatro gatos, quizás escaldados, no tanto como yo, de soledad y desánimo) hoy, decía,  la mitad de los nacionales está de parranda en la fiesta de su pueblo del alma (es día festivo en todos) y la otra mitad anda broceándose de lo lindo, jubilosos al viento y al sol marineros de las infinitas playas del litoral.  
     
   Pero también en días como hoy (día crítico en el calendario, junto al Día de Fin de Año) hay miles de personas, apenas visibles, por miles de razones a su vez que malamente pueden resumirse en una esencial inadaptación al monstruo de los mecanismos sociales, que sienten más que nunca el mordisco rabioso de la soledad. De la soledad no escogida, hablo. Todo a su alrededor les remarca y les recuerda hoy su estricta soledad, esa sombra tan acerva. No la pueden hoy siquiera difuminar en el tráfago corriente de un día habitual. Duele más hoy, en el inmediato contexto de una climatología paradisíaca que es en sí una clamorosa invitación a la vida, la herida de esa dolorosa inadaptación más que nunca. 
   
  No, no toda la gente se pone feliz por decreto. Pues que sepan cada uno de ellos, a todos a quienes pueda mi débil voz alcanzar, que soy yo uno de ellos, (los años peores eran cuando ni siquiera podía uno escribir la soledad) y que aquí está mi mano, y este pobre cuaderno, y mis libros, lo mejor de mí que yo pudiera darles, por si de algo les pudiera valer. Habla, lee, canta, salta, baila conmigo, amigo, si tú quieres. Aquí me tienes, nadie me manda, excepto tú.


VEINTE RELATOS DE AMOR Y UNA POESÍA INESPERADA. 165 pgs de SENTIMIENTOS, HUMOR Y AVENTURAS acerca de la condición humana enamorada, en muchas de sus vertientes, cimas y simas, con la emocionante recreación de las más perturbadoras encrucijadas a que nos arrojan los sentimientos inevitables, que sin tu amor lector serán humo, polvo, sombra, nada. Personalmente dedicados. Pídemelos aquí o escríbeme a  josemp1961@yahoo.es  Es muy sencillo. 12 E por correo ordinario a la dirección de España que desees; 15 E por correo certificado. Sílbame aquí y te informo sin compromiso.
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sábado, 15 de agosto de 2015

El Día Mundial de la Soledad... y la Sandía




   En días como el de hoy la mitad de los nacionales está de parranda en la fiesta de su pueblo del alma (es día festivo en todos) y la otra mitad anda broceándose de lo lindo, jubilosos al viento y al sol marineros de las infinitas playas del litoral.  
     
   Pero también en días como hoy (día crítico en el calendario, junto al día de Fin de Año) hay miles de personas, apenas visibles, por miles de razones a su vez que malamente pueden resumirse en una esencial inadaptación al monstruo de los mecanismos sociales, que sienten más que nunca el mordisco rabioso de la soledad. De la soledad no escogida, hablo. Todo a su alrededor les remarca y les recuerda hoy su estricta soledad, esa sombra tan acerva. No la pueden hoy siquiera difuminar en el tráfago corriente de un día habitual. Duele más hoy, en el inmediato contexto de una climatología paradisíaca que es en sí una clamorosa invitación a la vida, la herida de esa dolorosa inadaptación más que nunca. 
   
   No, no toda la gente se pone feliz por decreto. Pues que sepan cada uno de ellos, a todos a quienes pueda mi débil voz alcanzar, que soy yo uno de ellos, (los años peores eran cuando ni siquiera podía uno escribir la soledad) y que aquí están mi mano, y este pobre cuaderno... y mi sandía, por si de algo les pudiera valer. Va:


  Si buscamos en una cosa sola la Apoteosis del verano, la culminación del Estío, la consumación de este tiempo impetuoso, entonces hemos de mirarle cara a cara a una sandía. El más acabado de sus frutos y a la vez el más precioso de sus alivios, tan sólo una sandía de dulce agua. Si en uno anidara una brizna  del don de la música, ese lenguaje superior, sin dudarlo le compondría un himno a la sandía. También a aquella gitanilla con ojos de charol relimpios que en la furgoneta ambulante de su padre me la dio a probar una mañana de la estación ardiente en la plaza de mi pueblo. Intentemos al menos un pobre remedo de ese himno, con sólo palabras hecho.
      
     Crecida y generosa de hechuras, pone de entrada ya la sandía su  estampa de fruto colosal y esférico, el propio de un estado de buena esperanza con inminencias de cumplirse. Se ha formado en el interior nutricio de la tierra, apenas sin dejarse ver hasta su estallido final, y viene a nosotros cubierta de polvo, como un último chal que la tierra le prestara en el adiós. La limpiamos luego entre las manos, al tiempo que la sopesamos, y la humilde sandía se deja cachetear, tan confiada. Nos intriga ya ese verde tan profundo, ese verde abisal tan terso que ahora luce, como si del mismo fondo del mar oscuro viniese, con sólo un ramalazo de luz amarillenta a un costado. Queremos saber lo que la sandía lleva consigo, claro.
     
      Y cuando al fin la abrimos, cuando entramos en su corazón, con ese crujido seco suyo como un movimiento de tierras, con ese dolor del parto como una inútil protesta, dios mío, es como si avistáramos de pronto la arista enorme de un rubí arrebatado, tal es el brillo de las sandías mejor cuajadas. Casi hemos de cerrar un poco los ojos a tanta luz líquida del color de la púrpura. Tiene algo la sandía, su súbito grito de luz roja en la penumbra, de adolescente al que se le hubiera de golpe subido el rubor a la cara al ser sorprendido en un apuro. Brillan entonces, en ese firmamento encendido en color escarlata que chorrea, sus pepitas negras, estrellas oscuras ahí, que relumbran como si de un inaudito oro negro fueran, y apetece, pese a que nada son, pasárnoslas una a una por la punta de la lengua.
     
      Si con destreza sacamos entonces de la redonda sandía no menos de doce magníficas medias lunas purpuradas, dime, amigo, cómo evitar, si el calor aprieta, si su soberbia figura tamaña turbación nos procura, si es tan cercana su promesa de frescura, cómo evitar, por qué y para qué evitar tener esa carne y esa pulpa entre los labios, tan tierna que anega de un agua carmesí  nuestra boca, hasta resbalarnos barbilla abajo.
     
   Bendición y maravilla, pues, de la sandía, de su íntimo agua tan exquisito, en el clímax de su sazón en el corazón del Verano, revelación gloriosa y dulce remedio a la vez del mismo. Ah, aquella gitanilla que de la mano un día me la dio a probar, iniciándome ya en su misterio, “¿a que sabe dulce?”, me dijo medio riéndose. Y uno, medio atontolinado por la leyenda del mal de ojo, que sólo acertó entonces a contestarle, como si le devolviera una maldición, “y tú más”.





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martes, 19 de agosto de 2014

Himno a la Sandía


   Si buscamos, fiel lector, en una cosa sola la Apoteosis del verano, la culminación del Estío, la consumación de este tiempo impetuoso, entonces hemos de mirarle cara a cara a una sandía. El más acabado de sus frutos y a la vez el más precioso de sus alivios, tan sólo una sandía de dulce agua. Si en uno anidara una brizna  del don de la música, ese lenguaje superior, sin dudarlo le compondría un himno a la sandía. También a esa gitanilla con ojos de charol relimpios que en la furgoneta ambulante de su padre me la dio a probar una mañana de la estación ardiente en la plaza de mi pueblo. Intentemos al menos un pobre remedo de ese himno, con sólo palabras hecho.
      
     Crecida y generosa de hechuras, pone de entrada ya la sandía su  estampa de fruto colosal y esférico, el propio de un estado de buena esperanza con inminencias de cumplirse. Se ha formado en el interior nutricio de la tierra, apenas sin dejarse ver hasta su estallido final, y viene a nosotros cubierta de polvo, como un último chal que la tierra le prestara en el adiós. La limpiamos luego entre las manos, al tiempo que la sopesamos, y la humilde sandía se deja cachetear, tan confiada. Nos intriga ya ese verde tan profundo, ese verde abisal tan terso que ahora luce, como si del mismo fondo del mar oscuro viniese, con sólo un ramalazo de luz amarillenta a un costado. Queremos saber lo que la sandía lleva consigo, claro.
     
      Y cuando al fin la abrimos, cuando entramos en su corazón, con ese crujido seco suyo como un movimiento de tierras, con ese dolor del parto como una inútil protesta, dios mío, es como si avistáramos de pronto la arista enorme de un rubí arrebatado, tal es el brillo de las sandías mejor cuajadas. Casi hemos de cerrar un poco los ojos a tanta luz líquida del color de la púrpura. Tiene algo la sandía, su súbito grito de luz roja en la penumbra, de adolescente al que se le hubiera de golpe subido el rubor a la cara al ser sorprendido en un apuro. Brillan entonces, en ese firmamento encendido en color escarlata que chorrea, sus pepitas negras, estrellas oscuras ahí, que relumbran como si de un inaudito oro negro fueran, y apetece, pese a que nada son, pasárnoslas una a una por la punta de la lengua.
     
      Si con destreza sacamos entonces de la redonda sandía no menos de doce magníficas medias lunas purpuradas, dime, lector, cómo evitar, si el calor aprieta, si su soberbia figura tamaña turbación nos procura, si es tan cercana su promesa de frescura, cómo evitar, por qué y para qué evitar tener esa carne y esa pulpa entre los labios, tan tierna que anega de un agua carmesí  nuestra boca, hasta resbalarnos barbilla abajo.
     
   Bendición y maravilla, pues, de la sandía, de su íntimo agua tan exquisito, en el clímax de su sazón en el corazón del Verano, revelación gloriosa y dulce remedio a la vez del mismo. Ah, aquella gitanilla que de la mano un día me la dio a probar, iniciándome ya en su misterio, “¿a que sabe dulce?”, me dijo medio riéndose. Y uno, medio atontolinado por la leyenda del mal de ojo, que sólo acertó entonces a contestarle, como si le devolviera una maldición, “y tú más”.



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(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
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“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)


viernes, 15 de agosto de 2014

El Día Mundial de la soledad, o algo así

   

   
   En días como el de hoy en mi país, (qué extraño esto del bloguerismo transnacional, debe recordar siempre uno que está escribiendo para el mundo entero, por más que todo ese universo mundo lo constituyan en  realidad cuatro gatos, quizás escaldados, no tanto como yo, de soledad y desánimo) hoy, decía,  la mitad de los nacionales está de parranda en la fiesta de su pueblo del alma (es día festivo en todos) y la otra mitad anda broceándose de lo lindo, jubilosos al viento y al sol marineros de las infinitas playas del litoral.  
     
   Pero también en días como hoy (día crítico en el calendario, junto al día de Fin de Año) hay miles de personas, apenas visibles, por miles de razones a su vez que malamente pueden resumirse en una esencial inadaptación al monstruo de los mecanismos sociales, que sienten más que nunca el mordisco rabioso de la soledad. De la soledad no escogida, hablo. Todo a su alrededor les remarca y les recuerda hoy su estricta soledad, esa sombra tan acerva. No la pueden hoy siquiera difuminar en el tráfago corriente de un día habitual. Duele más hoy, en el inmediato contexto de una climatología paradisíaca que es en sí una clamorosa invitación a la vida, la herida de esa dolorosa inadaptación más que nunca. 
   
  No, no toda la gente se pone feliz por decreto. Pues que sepan cada uno de ellos, a todos a quienes pueda mi débil voz alcanzar, que soy yo uno de ellos, (los años peores eran cuando ni siquiera podía uno escribir la soledad) y que aquí está mi mano, y este pobre cuaderno, lo mejor de mí, con la excepción de mi libro, que yo pudiera darles, por si de algo les pudiera valer. Habla, lee, canta, salta, baila conmigo, lector amigo, si tú quieres. Aquí me tienes, nadie me manda, excepto tú.



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(Resumen y análisis de la obra en estos enlaces)
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sábado, 26 de julio de 2014

¿Son los blogs para el Verano?



   A veces, lector, ciego de rabia y de fracaso, hubiera deseado vivir en uno de esos países luteranos de las Escandinavias que no ven el sol ni en las  pinturas de Van Gogh. No puede allí nadie casi salir a la calle en todo el año y enciérranse así en sus casas todos como suecos venga a leerse unos a otros los blogs, y cuanto más malditos y anónimos con más ardor leídos en la penumbra de esos cuartos todavía. El blog de Van Gogh le pondría yo al mío, sin llegar como aquél a cortarme la oreja, que mi chaladura mediocre no es ni por asomo la genial del pintor de los girasoles. Mejor cortarle las dos al asesino de Oslo.
     
   En los países meridionales del hemisferio Norte, like Spain, durante las cuatro quintas partes del año el astro rey  derrama, como providencial maná que otorgara la vida misma, sus rayos hechiceros sobre la ciudadanía, absorbiéndoles por completo el seso. Son ellos súbditos del Sol más que de ningún otro gobernante, y a su reclamo acuden jubilosos, atestando playas y plazas, cuadras y galpones, por muchas quemaduras en el lomo con que aquel como todo premio les pague. La tropa agarra la bicicleta y se larga eufórica a… ¡vivir la vida!, no te jode, total, si son cuatro días los que estamos por el mundo. Sobreviene así il dolce far niente, ese celestial racimo de palabras que designa el tumbotearse bajo alguna sombra para desganadamente tocarse el cimbel.
       
   ¿Cómo competir con sólo palabras contra el aluvión de imágenes sensacionales que el Sol,con el desenvolverse de las parábolas propias de su Imperio, procura?  En estas condiciones “estructurales” escribir acá es quimera de tronados. Lo dijo Larra mucho antes que yo, escribir en España es llorar. Qué será entonces escribir en un blog, ¿acaso berrear? ¿Y qué entonces, descendamos un peldaño más en la escalera de la locura, escribir en un blog… cuando el Verano, como una Revolución exultante, estalla por todos los rincones y exige inmisericorde a todos su tributo de máxima atención?
      
     Llega el Verano y el blog languidece, mengua, se viene abajo toda esa rabia nutricia suya que el resto del año le afirma, aquejado ahora de invisibles ausencias que le merman, que debilitan su impulso, como un oleaje doblemente bastardo que a nadie siquiera roza. Perfectamente inútil en su vacío. Escribe uno para cuatro, y tres de ellos se han pirado a tomar los baños.
      
      Escribir para uno mismo, me decían ayer los coleguis blogueros. Sí, y es verdad, sólo que está ya uno algo cansado del mismo onanismo del mecanismo, ¿no oyes como rechina hasta su nombre?, fatigado de asomarse uno, como la madrastra de Blancanieves, sólo y solo,  al embustero espejo de la incomparable belleza propia. Quiere uno, orate total, loco de maniatar, rivalizar con el mismo Sol, y alcanzar con el rayo de su prosa hermosa –toma castaña- la piel y hasta el alma del penúltimo bípedo implume –mejor bípeda, claro- que pulule por las postrimerías de la Patagonia.
     
     Y es que detrás de los blogs que se escriben incluso en Verano, bajo el rejón del cruel ferragosto, oh criaturas en verdad desdichadas, se agitan las hormiguitas blogueras, que incluso en este mes despiadado los manuescriben haciéndolos posibles. Puedo verles afanarse, pulsa-que-te-pulsa, dale-que-dale-, teje-que-teje el naif tapiz diario de su anónimo infortunio. ¿Acaso no soy yo uno de ellos?
     A pesar del Inmenso Vacío a su alrededor, como niños castigados a quienes la Vida cateó el resto del año, como lastimosos seres esclavizados por una extraña adicción, bloguerheridos, ahí siguen aferrados al banco de su blog, que es sólo el globo amarillo de su espuria fantasía. ¡Cuánta ternura inadvertida en ellos se agolpa!
     
     ¡Blogueros del ferragosto, hermanos ciberesféricos escribientes bajo el inclemente Estío que nos roba incluso el triste público que somos sólo nosotros mismos, juntemos nuestras manos, unamos nuestros afanes, fusionemos nuestras ilusiones achicharradas y abramos, dentro de la universal fraternidad de los blogueros, una nuestra más particular, la que vincule y suelde unos contra otros a los más desesperados entre los desesperados, hagámonos así seguidores todos de todos, hagamos crujir con el estruendo de nuestros vozarrones amplificados los dominios del Internete, sólo por ahuyentar esta cósmica soledad y luego, que salga el sol por Antequera, no te jode! 




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domingo, 1 de septiembre de 2013

La Canción del Verano


                                 Sonata de Verano (y IX) 

(Y aquí, lector, acaba esta sonata mía de verano que en sábados y domingos de agosto hemos ido tú y yo componiendo. Si ha sido de tu agrado... pues, eso que tú y yo ya sabemos. Gracias)

 ¿Se halla, lector mío, la memoria íntima del verano, su latido más hondo y verdadero, en las conocidas vulgarmente como las Canciones delVerano? Diríase que no, que las hechuras repetitivas y facilonas de éstas, poco o nada tienen que ver en principio con el secreto de la estación del esplendor, en la que tantas cosas parecen trenzadas con el mismo material del que están hechos los sueños de sus noches calurosas. Y sin embargo, si nos esforzamos en singularizar alguna de ellas, si buscamos la  mena entre la ganga, puede que esas canciones nos revelen esenciales sustancias del verano, gemas que antes ni sospechábamos que pudiesen llevar envueltas entre su resuelta banalidad.
     
   De forma que, por ejemplo, recordamos todos de sobra (casi todos, claro, oh, Tiempo) que Eva María se fue, buscando el sol en la playa. Nos despista del todo el tono sandunguero de la melodía, pero, ¿de qué nos habla en el fondo esta canción?  De la herida abierta y del dolor sin tasa que causa la pérdida del ser amado. Ella se marchó –dice el chico de la canción, desconsolado tras la chispa de sus trinos gongorinos- y sólo me dejó recuerdos de su ausencia. Y sin la menor indulgencia, Eva María se fue.  Habla también de que las chicas maduran antes y de que pronto nos ven pequeños y bobos, y de que necesitan entonces ellas conocer y abrirse a nuevos y más amplios horizontes, los que dora a lo lejos el Sol, esa promesa total de libertad.
    
       Por eso cogen su maleta de piel y su bikini de rayas y se van, y la aflicción por el abandono nos hace –entre timoratos y hamletianos infantes- seguir viéndolas aún en la distancia, qué bonita está bañándose en elmar y tostándose en la arena, mientras anida en nosotros sólo la pena de su amor perdido. Es esta canción a un tiempo protesta de amor loco –paso las noches mirando su fotografía-, es angustiada proclama existencialista –qué voy a hacer si Eva María se fue, yo ya no puedo vivir- y es expresión lúcida de una realidad cambiante, de un momento histórico concreto –años 70- en el que está la sociedad evolucionando, en el que las chicas –Eva/María, genéricos nombres por excelencia de la mujer, por tanto no al azar elegidos- empezaban en primera persona a decidir sus vidas. Estamos, pues, –y la festiva canción da cuenta en el fondo de ese trascendental cambio- ante el pleno acto libre de una muy resuelta voluntad afirmándose y ejercitándose en la persona de una joven, sin la menor conciencia además de estar con ello haciendo nada malo: sin la menor indulgencia Eva María se fue. Nos dejó, punto pelota.
      
     Y con el mismo transcurrir de tanto veranos, con el tiempo infinito que los mismos despliegan, la simbólica Eva María de entonces, que se marchó en busca del sol, que se bañó, llena de ilusión, en mil playas y en otras tantas costas de relucientes esmeraldas, se hizo un día realidad, se hizo de carne y hueso, varió un poco su nombre, porque ya no era exactamente la misma, Eva Amaral llamábase ahora, -aunque no deja de maravillarnos el casi idéntico nombre de la Rosa- y ella misma, mujer autónoma y en plenitud realizada, con la caricia única de esa voz tan suya, que tiene vibración de ola rompiente, nos deja otra hermosa y simbólica canción que se titula “Días de verano”, en la que la vemos, un poco  de vuelta de todos los viajes y de todas las cosas, aferrada a la misma maleta simbólica que llevaba Eva María, atravesando pedregales con chumberas desde alguna playa remota, -simbólico escenario de la desolación que ella ahora experimenta, correlato histórico también de la inevitable decepción que le sigue al ejercicio de la libertad, en el que tantas cosas imposibles se soñaron- que vuelve y nos mira un poco triste a los ojos para cantarle a su chico de siempre, lo que son las cosas, cantarle y contarle… que no quedan días de verano para pedirle perdón, para borrar del pasado el daño que ella le causó al dejarle, sin besos de despedida y sin palabras bonitas, que le mira a los ojos y no le sale la voz…
      
   Bueno, Eva Amaral, siempre nos quedará un día de verano para otorgarte la gracia del perdón, a ti, que llena tú eres de la gracia. A la luz de esa mirada tuya, Eva. Y comprendemos entonces, un poco reconfortados también por dentro, que, con todo, algo del espíritu libérrimo del Estío se encierra también dentro de las machaconas canciones del verano.


LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)


    
    

sábado, 31 de agosto de 2013

Contra Tiempo



                                 SONATA DE VERANO (VIII)


Sé que entonces la vida
era una playa más que infinita
un páramo inacabable
un estanque sin márgenes a la vista
y que sólo un mes por delante
era la inconcebible eternidad.

También me encorajinaba,
no creas; el alevín nunca
rasgaba la crisálida,
empantanado 
en el garabato de su rostro por hacer.

Sólo sé que ahora
es ya todo
cuesta abajo en despeñadero,
un áspero Tourmalet a tumba franca,
sólo el remolino turbio
de un agua sucia
que se pierde a toda prisa
para la vorágine de
las pirañas sin alas
que graznan sedientas bajo el fregadero.

No hay mariposa que nos manche ya,
que nos alcance de color
ni las manos ni los tubulares gastados.
Vamos  con la cadena fuera.
Montamos sólo el vértigo
y la ola en caída de una  montaña rusa
despiadada
que en cualquier retortijón
nos escupirá hacia la nada

Por eso antes yo rezo
rezo, no me avergüenzo,
y chasco mis dedos,
a ver si todo se detiene un segundo
y tú y yo, sí, tú y yo,
aprovechamos el impasse
y nos emigramos de la mano
a un planeta sin nombre,
en el que no se respire tanto
el anhídrido del Tiempo.

Tú y yo, sí.




LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)


domingo, 25 de agosto de 2013

Himno a la sandía


   
                                         Sonata de Verano  (VII)
   
   Si buscamos, fiel lector, en una cosa sola la Apoteosis del verano, la culminación del Estío, la consumación de este tiempo impetuoso, entonces hemos de mirarle cara a cara a una sandía. El más acabado de sus frutos y a la vez el más precioso de sus alivios, tan sólo una sandía de dulce agua. Si en uno anidara una brizna  del don de la música, ese lenguaje superior, sin dudarlo le compondría un himno a la sandía. También a esa gitanilla con ojos de charol relimpios que en la furgoneta ambulante de su padre me la dio a probar una mañana de la estación ardiente en la plaza de mi pueblo. Intentemos al menos un pobre remedo de ese himno, con sólo palabras hecho.
      
     Crecida y generosa de hechuras, pone de entrada ya la sandía su  estampa de fruto colosal y esférico, el propio de un estado de buena esperanza con inminencias de cumplirse. Se ha formado en el interior nutricio de la tierra, apenas sin dejarse ver hasta su estallido final, y viene a nosotros cubierta de polvo, como un último chal que la tierra le prestara en el adiós. La limpiamos luego entre las manos, al tiempo que la sopesamos, y la humilde sandía se deja cachetear, tan confiada. Nos intriga ya ese verde tan profundo, ese verde abisal tan terso que ahora luce, como si del mismo fondo del mar oscuro viniese, con sólo un ramalazo de luz amarillenta a un costado. Queremos saber lo que la sandía lleva consigo, claro.
     
      Y cuando al fin la abrimos, cuando entramos en su corazón, con ese crujido seco suyo como un movimiento de tierras, con ese dolor del parto como una inútil protesta, dios mío, es como si avistáramos de pronto la arista enorme de un rubí arrebatado, tal es el brillo de las sandías mejor cuajadas. Casi hemos de cerrar un poco los ojos a tanta luz líquida del color de la púrpura. Tiene algo la sandía, su súbito grito de luz roja en la penumbra, de adolescente al que se le hubiera de golpe subido el rubor a la cara al ser sorprendido en un apuro. Brillan entonces, en ese firmamento encendido en color escarlata que chorrea, sus pepitas negras, estrellas oscuras ahí, que relumbran como si de un inaudito oro negro fueran, y apetece, pese a que nada son, pasárnoslas una a una por la punta de la lengua.
     
      Si con destreza sacamos entonces de la redonda sandía no menos de doce magníficas medias lunas purpuradas, dime, lector, cómo evitar, si el calor aprieta, si su soberbia figura tamaña turbación nos procura, si es tan cercana su promesa de frescura, cómo evitar, por qué y para qué evitar tener esa carne y esa pulpa entre los labios, tan tierna que anega de un agua carmesí  nuestra boca, hasta resbalarnos barbilla abajo.
     
   Bendición y maravilla, pues, de la sandía, de su íntimo agua tan exquisito, en el clímax de su sazón en el corazón del Verano, revelación gloriosa y dulce remedio a la vez del mismo. Ah, aquella gitanilla que de la mano un día me la dio a probar, iniciándome ya en su misterio, “¿a que sabe dulce?”, me dijo medio riéndose. Y uno, medio atontolinado por la leyenda del mal de ojo, que sólo acertó entonces a contestarle, como si le devolviera una maldición, “y tú más”.



LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
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sábado, 24 de agosto de 2013

¡EHHH! ¿HAY ALGUIEN AHIIÏ?


   
                                Sonata de Verano (VI)

Recuerdo que, en medio de esos veranos dichosos de la infancia, ya le asaltaba también a uno de vez en cuando el tenebroso ogro  de la soledad. Tiende uno a la misantropía, como tantos otros basculan por instinto hacia el cachondeíto fino, y qué se le va a hacer. Me iba yo solo entonces a una dehesa apartada que había en mi pueblo, me internaba en aquella rara espesura de árboles y de sombra, hasta llegar a un caserón abandonado, la casa de la Joaquina, el típico escenario de románticas y fantasmales habladurías. Nunca había nadie allí. Se encaramaba la trasera de aquel caserón sobre una quebrada natural del terreno en cuyo fondo rebrillaban las aguas de un río, que debió alguna vez  ser caudaloso, pero que entonces era ya sólo riachuelo.
     
   Me asomaba yo desde allí a todas aquellas feraces soledades, como un eremita niño, me abismaba un momento,  y sin saber bien por qué lo hacía, ahuecaba mis manos sobre la boca e interrumpía con mi grito un instante el parloteo incesante de las aves: ¡EHH, ¿HAY ALGUIEN AHÍÍÍ?!
     
   Nadie contestaba, claro, y reanudábase luego el habitual cotorreo piafante de los pájaros, incluso acelerado ahora, como si a sus estrofas de siempre acompañaran las notas de un nuevo trino, ¿habéis-visto-este-zagal-lo-tronao-que-está-lo-habéis-oído? Le daba yo entonces la espalda a todo aquel histérico canturreo.
     
      Pero un día, desde el alma de aquella hondonada una voz contestó a la mía. ¡ESPERA, CHAVAL, AGUANTA AHÍ! Me giré sobresaltado y, después de algunos instantes, entre los matojos que poblaban el fondo de aquel despeñadero, emergió la figura de un hombre barbado y sudoroso que llevaba un saco al hombro y que hacia mí venía, agitando con una oleada  su velludo brazo libre.
     
   No, no era el Hombre del Saco. Era vecino, según me explicó, de un pueblo cercano, Cabañas, que se había allegado por la dehesa para acortar el camino de vuelta a casa. Eso me dijo. Caminamos entonces un buen rato juntos, de vuelta yo ya también. Sin hablar apenas, qué frescor en esta dehesa, eh, cuál es tu pueblo, sólo eso, pero en compañía. ¿Me llevas un rato el saco? Me lo colocó sobre los hombros durante un breve trecho. Pesaba. Mientras, él liaba un cigarro de picadura y se lo fumaba, saboreándolo mucho. Yo miraba sus sandalias de cuero negro polvorientas. Al llegar a una encrucijada donde terminaba la dehesa nos separamos en direcciones distintas. Pero antes, aquel hombre rebuscó en su saco de tela marrón áspera y rezurcida y me dijo: toma chaval, por darme compañía. Gracias, le contesté, por inercia capitalina, aunque mi abuela me aconsejaba rehusar siempre el regalo de un extraño.  
     
      Me costó unos instantes, caminando ya en solitario hacia el pueblo, obturado aún mi corto entendimiento por la simpleza ocurrida, comprender que lo que aquel hombre me había regalado era sólo… una sandía, una pequeña sandía. Me la acomodé, como un Hamlet infantil bajo el atroz agosto, sobre la palma de mi mano izquierda, y bajo la solana, la sandía, su rotunda esfericidad, como la cabeza de un negrito recién cortada, un poco me hechizó. Apenas podía apartar los ojos de ella. Le voilá, la sandía.
     
   Tuvimos que tirarla, claro, pues la mayoría de las sandías pequeñas salen insulsísimas, pero al menos aquella vez de mi grito ante el vacío, algo el mismo vacío me devolvió. ¿Era sólo cuestión de tiempo, era cuestión de insistir e insistir?
     
   Y ahora, a la vuelta de una torrentera ya desbordada de agostos inclementes, hoy como ayer, es como si cerrara yo una vez más el circulo de la mía misantropía, y siento que es la entera ciberesfera un poco como la casa de la Joaquina aquella, y asomarse en este agosto al balcón del blog es también asomarse, viejo y más Hamlet aún, a aquel hondo despeñadero, sólo que pobladas estas estelares vastedades de miles de rutilantes cuerpos celestes titilando al unísono sobre la universal bóveda del Internet, y cómo brillan en la Noche inmensa, por más que, ahuecando también las manos, sea idéntico mi grito al de entonces: ¡EHH, ¿HAY ALGUIEN AHÍÍÍ? 

(Yo que tú, lector, por nada me perdería el Himno a la sandía que mañana, de no pasar algo raro, aquí levantaré, en esta Sonata mía de Verano que para tí y para mí los finde de agosto vamos de la mano desplegando)



LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)