Creo que la propuesta mía para elevar a Javier Bardem como Abanderado, Icono y Ecce Homo de los asaltos gordillos, y
por extensión de la Spanish Revolution,
se fraguó en la indignación que a su vez me asaltó a mí la otra noche viendo
por el TDT una de Bardem, Entre las
piernas (1998). Vaya engendro, o
sea, vaya fuliñaca de vaca paca. No se sabe bien si daba más pena que risa la
contumacia en llevar a cabo aquel horror, de mano encima de los más consagrados
nombres de la cinematografía patria: cuantiosos medios, un reconocido director,
hasta cuatro guionistas y una docena de
principalísimos actores.
Cuántas veces se habrá entre bromas y veras apuntado, y esta película
alimenta esa chufla, que la mayoría del cine español pareciera obra de genuinos
obsesos sexuales, vista la frecuencia con que el tema en cuestión, recreado
además en sus variantes más morbosas, degradantes y chuscas, con lujo de pelos
y señales es abordado, nunca mejor dicho. Que se abalanzan deseosos sobre el mórbido
Deseo, vamos.
Juzga tú, lector, ya sólo el argumento: un exitoso guionista casado, Bardem, vive “enganchado” en una
relación erótica, siempre a través del teléfono, con una enigmática mujer.
Entonces, en una terapia con adictos al sexo conoce a otra, Victoria Abril, que trabaja por las
tardes en una radio. Ésta, casada con un joven, fornido y serio inspector de
policía, enamorado además de ella, es, a pesar de esto, víctima de una adicción
en verdad pasmosa: cada mañana, al sacar el perro a pasear al parque, entre los
matojos se aparea ella con el que por allí pasa, pese a no obtener placer
alguno en la municipal hazaña. Resulta luego que se entera Bardem de que su propia mujer le es infiel con su socio en la
productora. Bardem y Abril se lían, claro, y el policía
marido de Abril les pilla de marrón,
pero, muy profesional y flemático él, decide cerciorarse bien. Aparece un fiambre por medio en el
aparcamiento en que Bardem y Abril
fornican, cuya investigación casualmente corresponde investigar al marido de Abril que, claro, quiere colgarle el
muerto a Bardem. El cúmulo de
desatinadas coincidencias que los guionistas fuerzan pretendiendo entrelazarlo
todo es irrisorio cuando no grotesco, hasta desembocar en un final
im-presionante: de pronto al malo le pilla un coche y se acabó.
Tampoco la “morbosa” relación Bardem/Abril
en pantalla funciona, no es nunca creíble, sobre todo porque son sus personajes
literalmente inconcebibles. Hay una escena, en el que una menor de edad se zafa
del fornido policía marido de Abril golpeándole
con un osito en la cara y provocándole una hemorragia nasal incontenible, que resulta
cómica de puro estrambótica en un thriller.
Creo que ahí alcancé yo el clímax de mi indignación. Me dije, Bardem, dedícate mejor a protagonizar
la Spanish Revolution, anda. Claro
que, el errado debo sin duda serlo también yo, pues después de ese congrio de “Entre las piernas” de lo lindo triunfó el Señor en Hollywood (10 Millones de Euros por
bodrio, ¿existe una mejor prueba del Triunfo?)
y tiempo le sobra encima para hacer sus pinitos revolucionarios aquí, que sabe
él hacer los dos papeles de fruta madre a la vez.
Post/post: gracias a Xesús López, a Mónica, a Juante, a Candela, a Fran, a Zorrete Robert, a Lobo Solitario, a Anónimos varios (no sé su nombre), por hacer mejor este blog con sus opiniones, por bloggear a mi lado ayer, GRACIAS.