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domingo, 12 de diciembre de 2010

Con dos pajines (y un zarrías)


    
     Hay que tener una muy perturbada concepción de uno mismo o ser un redomado hipócrita para acogotar como se ha hecho a un colectivo laboral tan reducido como el de los controladores, señalados y crucificados ante todos como odiosos multimillonarios extorsionadores e insolidarios, crimen de lesa patria éste hoy, a la misma vez que se guarda una olímpica manga ancha para las más estrepitosas mangancias de los propios.
    
      Sencillamente no puede ser que un Presidente de Gobierno desde el mismo Parlamento inculpe y militarice a un colectivo regido por un convenio laboral de “extraordinarios privilegios laborales”, insoportables al parecer ahora para su conciencia moral, hasta que apareció el justiciero ministro Blanco, quien ebrio de justicia social, se atrevió a enfrentarse a los susodichos sacamantecas. No le importó siquiera al Presidente reconocer implícitamente en el envite justicialista que él mismo, durante siete años, había tragado y permitido esas sangrantes prerrogativas, como si con denunciarlas él así  su responsabilidad en el caso quedara de súbito absuelta y la de aquellos definitivamente incriminada.  
    
     Pero al cabo, todo lo bien pagados que se quiera, los controladores sólo son trabajadores que desempeñan una muy delicada y responsable función. Si de verdad tanto le dolieran los privilegios y los millonarios, ordenaría el Presidente investigar el estrepitoso déficit en que han sumido a Aena, empresa en beneficios hasta su égida y ahora empantanada en ruinosa jungla, producto de dudosas inversiones costosísimas que de oro hicieron a muy concretas constructoras.
    
     Qué pensar entonces, cuando con militar contundencia se apunta a los controladores, de las estratosféricas soldadas de sobra conocidas que se apalancan los políticos, sin haber demostrado siquiera capacitación especial para ello. Por no hablar de las multimillonarias corrupciones de las que jamás vuelve a verse un denario. Que uno de los siniestros martillos de esos herejes (y de la educada oposición) haya sido precisamente Gaspar Zarrías, secretario de Estado, reconocido  perito en prácticas caciquiles, urdidas por él desde hace mil años como lucrante sanguijuela a lomos del Estado que todos mantenemos, le deja a uno de verdad a cuadros.
    
     Sabemos ahora, por ejemplo, que la ministra de Sanidad, con el pastizal que por sí solita la señora se levanta, ha ofrecido nada menos que el cargo de la dirección del Plan Nacional contra la Droga… ¡a una personal amiga suya!, cuya categoría laboral es la de auxiliar administrativa. Y que cuando esto mismo se le ha hecho notar, en privada ocasión, cierto, no se ha privado ella encima de alardear de… sus muy masculinas gónadas –decía Marx que la lengua era la cultura en estado vivo, y qué cultura tan feminista la de Pajín- para nombrar a quien a ella de allí le salga. Recordemos las hazañas de los tránsfugas del PSOE en Benidorm, su descomunal embuste allí, donde la Pajín tanto manda. Recordemos que arrebaña ahora incluso más tela marinera Bibiana Aido, como secretaria de Estado, que antes de imprescindible ministra para el tráfico de gansadas ¿Qué pensaría entonces uno de esos controladores militarizados que se haya limitado siempre a cumplir con su trabajo? 

                                                        

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Zarrías y Aido, solidarios en acción

     Empieza el tam-tam electoral socialista. El ruido y la furia, escrito no por Faulkner, claro, sino por Zarrías, como uno de esos extrordinarios artistas que pintan cuadros asombrosos con los dedos de los pies, en el hondo sur español de la gran Depresión zetapeica. Apelación, cuanto más grosera mejor, a las vísceras, remoción de los más turbios mecanismos del inconsciente colectivo: que viene el Doberman.
     Las campañas electorales son la savia y la sangre fresca que a ellos les devuelven la vida, el arma estratégica que les permite eludir el análisis estricto de la gestión, suplantado por un extenuante bombardeo emocional con el que darle la vuelta a los escuetos datos de la realidad: casi cinco millones de desempleados, gigantesca deuda que cortocircuita cualquier futuro, peligro de ruptura territorial, global desesperanza. Nos conviene la crispación, confesó en la intimidad ZP a Gabilondo. Ya lo creo, remachó éste, buen conocedor de las llamadas verdades como puños.
     Veamos la secuencia: De la Vega fulmina a la directora del CIS que le trajo la mala nueva de los sondeos desfavorables, mientras el PP mira para otro lado. Lo importante es la foto, se le escapa también en la intimidad a ZP con Mohamed V. Por eso tanto énfasis en censurar la famoso foto de familia con los Obama, tan elocuente.  Va entonces la Junta de Andalucía y da el pistoletazo de salida: 1800 euros para las mujeres que a través de una declaración jurada se consideren víctimas de la represión franquista entre... ¡1936-1950!
     ¿Es o no esto Hollywood, la California de España que juraron ellos hacer de Andalucía?  No importa tanto el despilfarro hacia atrás, cuando tantas carencias existen, cuanto agitar, una vez más, el cebo y el espantajo del franquismo. El franquismo cumple a la perfección el papel de mito fundacional, el maná fetichista en el que los capitostes socialistas se rebozan cada vez que ven el mantenimiento de sus privilegios amenazados.
     Hurgar en el pasado, perseguir "como sea" la fijación falsa y narcisista de la sociedad española en un relato embustero que permita justamente escatimar el presente: el desvergonzado intercambio de favores a cargo del erario público, en el contexto de un desempleo masivo, entre Aído y Zarrías, suerte de cacique fáctotum de la PSOE que en célebre instantánea votaba con los pinreles, por el que aquella "colocaba" a la señora de éste, mientras éste "colocaba" al noviete de aquella. ¡Solidarité y fraternité de los socialistas cinco estrellas! Igualdad, eso, Aido, igualdad.