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viernes, 3 de agosto de 2012

Néctares ambiguos de la Noche


  
    La aparición resultó del todo providencial. Le brillaban de éxito renovado los ojos a aquel fulano. Hasta se relamía de inminencias el muy cabrón. Olvidó, por supuesto, nuestra pendencia. Volvió a colocarme el brazo velludo y chorreante sobre los hombros, como si nada hubiera alterado su lección magistral:
    
    -Verás, amigo, para estos casos tengo yo… el Cialis (o algo así me pareció oírle a aquel elemento radiactivo) nada que ver con el Viagra, mucho mejor, y sin efectos secundarios, pero… (y aquí levantó el índice ante mí, como si ahora fuera él el inolvidable Juncal y yo el pupilo aquel que le limpiaba las botas) … ni se te ocurra tomarte la pastilla entera, sólo la mitad, ¿me entiendes?, con la mitad te vale, y máximo un cubata, te la tomas media hora antes y… funcionas, vaya que si funcionas… la última vez estuve así cuatro horas follándome a una chavala como si ná… (y como le pusiera yo entonces a lo que contaba inequívocos ojos de admiración, remató la faena)… coño, hasta al día siguiente me rocé sin querer con la puerta y ya estaba otra vez empalmao como un toro, que hasta yo mismo me decía… pedazo rabo que tengo, …la hostia, tío, funciona que te cagas.   
  
   Bueno, regresó justo entonces el conocido del principio, contento también él. Volvieron a poner el Pan pan panamericano de nuevo. Me trajo esa música, claro, el recuerdo fulminante otra vez, de Leire Pajín, de De la Vega, de Maputo, de la eterna juventud, de los sueños cumplidos y de los otros, como los sucesivos convoyes de un tren a toda pastilla delante de mí, con su mismo traqueteo. Miré a mi alrededor. Todo el Antro bailoteaba como una marabunta discretamente posesa. Pretendí adrede que allí mismo me invadiera una suerte de vago impulso hacia una abstracta fraternidad universal. Apuré el gin-tonic. Hice un poco el cabra en la pista junto a aquellos dos conocidos y me despedí de ellos con soberbia mueca de pulgares.
   
    Caminé un rato luego hacia el coche, simulándome a mí mismo que aspiraba a fondo todos los néctares ambiguos de la noche y que contemplaba ensimismado el brillo desolado de las estrellas. Bah, aquella camiseta de colorines seguía pareciéndome horrorosa.


Post/post: gracias a Kayla, a Mónica, y a NVBallesteros, por sentir y pensar el relato conmigo, por bloggear ayer a mi lado. GRACIAS.

martes, 31 de julio de 2012

¿Tina Turner o Beyoncé en el Antro?


     
    Pasó delante de mí una mujer negra de muy exuberantes formas, que parecía llevar una luna menguante tumbada sobre la boca. Vestía un ceñido modelito en tonos atigrados. ¿Tina Turner reloaded, acaso Beyoncé? Pasó. Como Leire, como tú, como yo. Pasó. Vi de lejos entonces, acercándose hacia mí,  a un conocido. Chocamos las palas como pivots de la NBA.
   Venía con otro tío, por las trazas cincuentón y renacuajo como yo. Sólo que, donde yo llevaba una convencional camisa azul a rayas, el colega se lucía con una camiseta de lisérgicos colorines sobre el serranote tronco abombada. Como si le acabaran de estampar sobre el pecho y a manguerazos no menos de quince kilos de pintura de unos colores vivísimos y como vomitados unos contra otros.  Desde luego, pensé, este tío las deslumbra. Me lo presentó el conocido y, no me digas cómo lector, pero  con ceremonial de auténticos negratas del Bronx ahora, de cuando el Bronx era el Bronx, puños con puños, pulgares con pulgares enganchados, dientes relucientes enfrentados, allí mismo aquel fulano y yo nos saludamos. Joder, ni que fuéramos a traficar material con otra banda.
     
   El conocido pronto se esfumó, y quedamos el cincuentón de la camiseta rabiosa y yo, mano a mano allí. Empezamos a voces, pese a estar al lado el uno del otro, a chamullar. Ponían cosas de Shakira, de JiLo, la Danza Kuduro esa de los eggs, y por ahí. O le caí bien o es que aquel hombre sentíase entre aquel gentío también muy solo. Con ademán señorial, más allá de su camiseta espantosa, me pasó la mano por el hombro mientras me impartía las claves para sobrevivir en el Antro, aunque a duras penas podía oírle yo. Qué quieres, debíamos de lejos parecer los modernos Stevens y su Lord Darlington en Lo que queda del día.
    Por dármelas de listo, colocando los brazos y el cuello serviciales, como a Anthony Hopkins le había visto yo hacer, le hablé yo de la increíble mujer negra, que ahora bailaba desmelenada hacia el centro de la pista. La enfocó de lejos con la visual… y nada, que abriéndose paso entre la cohorte de bailongos adoradores que en círculos la rondaba, el galáctico cincuentón al lado de aquella Reina de Saba que se plantó. Tuvo ya su mérito el alcanzar aquella cercanía, pues hubo de deslizarse entre y ganarle el sitio a muy modélicos guaperas. Para mí que los cegaba por un segundo con los destellos chisporroteantes de su camiseta y con destreza de alero por ahí que se les colaba.
     
    No habráse visto otra vez una pareja más disímil bailoteando tan próximos,  orientados el cuerpo de uno hacia el del otro. ¿Recuerdas a De la Vega cuando el sarao aquel de Maputo? Más o menos, así. A veces el cincuentón, que era un poco saltimbanqui, parecía de lejos sólo el camafeo resultón que la negraza imponente estuviera en su danza bamboleando, pero es lo cierto que ella lo miraba, abría mucho los ojos,  y se sonreía sin dejar de contonearse. Se cortaban allí las miradas de envidia con que los irresistibles guaperas atravesaban al cincuentón bailarín. Bravo, mi Señor, jaléabale yo en cambio mentalmente desde lejos. 
      Hasta que aquella exuberante mujer negra de improviso...


CONTINUARÁ, amable lector, mañana, que no deseo ya fatigarte más por hoy con esta mía danza. Gracias a Juan Carlos, a Anónimo, a Kayla, a Paloma, a Mónica, a BNBallesteros por entrar en el Antro, eso es, párrafo a párrafo conmigo, pot bloggear ayer a mi lado. GRACIAS.

  
 

domingo, 12 de diciembre de 2010

Con dos pajines (y un zarrías)


    
     Hay que tener una muy perturbada concepción de uno mismo o ser un redomado hipócrita para acogotar como se ha hecho a un colectivo laboral tan reducido como el de los controladores, señalados y crucificados ante todos como odiosos multimillonarios extorsionadores e insolidarios, crimen de lesa patria éste hoy, a la misma vez que se guarda una olímpica manga ancha para las más estrepitosas mangancias de los propios.
    
      Sencillamente no puede ser que un Presidente de Gobierno desde el mismo Parlamento inculpe y militarice a un colectivo regido por un convenio laboral de “extraordinarios privilegios laborales”, insoportables al parecer ahora para su conciencia moral, hasta que apareció el justiciero ministro Blanco, quien ebrio de justicia social, se atrevió a enfrentarse a los susodichos sacamantecas. No le importó siquiera al Presidente reconocer implícitamente en el envite justicialista que él mismo, durante siete años, había tragado y permitido esas sangrantes prerrogativas, como si con denunciarlas él así  su responsabilidad en el caso quedara de súbito absuelta y la de aquellos definitivamente incriminada.  
    
     Pero al cabo, todo lo bien pagados que se quiera, los controladores sólo son trabajadores que desempeñan una muy delicada y responsable función. Si de verdad tanto le dolieran los privilegios y los millonarios, ordenaría el Presidente investigar el estrepitoso déficit en que han sumido a Aena, empresa en beneficios hasta su égida y ahora empantanada en ruinosa jungla, producto de dudosas inversiones costosísimas que de oro hicieron a muy concretas constructoras.
    
     Qué pensar entonces, cuando con militar contundencia se apunta a los controladores, de las estratosféricas soldadas de sobra conocidas que se apalancan los políticos, sin haber demostrado siquiera capacitación especial para ello. Por no hablar de las multimillonarias corrupciones de las que jamás vuelve a verse un denario. Que uno de los siniestros martillos de esos herejes (y de la educada oposición) haya sido precisamente Gaspar Zarrías, secretario de Estado, reconocido  perito en prácticas caciquiles, urdidas por él desde hace mil años como lucrante sanguijuela a lomos del Estado que todos mantenemos, le deja a uno de verdad a cuadros.
    
     Sabemos ahora, por ejemplo, que la ministra de Sanidad, con el pastizal que por sí solita la señora se levanta, ha ofrecido nada menos que el cargo de la dirección del Plan Nacional contra la Droga… ¡a una personal amiga suya!, cuya categoría laboral es la de auxiliar administrativa. Y que cuando esto mismo se le ha hecho notar, en privada ocasión, cierto, no se ha privado ella encima de alardear de… sus muy masculinas gónadas –decía Marx que la lengua era la cultura en estado vivo, y qué cultura tan feminista la de Pajín- para nombrar a quien a ella de allí le salga. Recordemos las hazañas de los tránsfugas del PSOE en Benidorm, su descomunal embuste allí, donde la Pajín tanto manda. Recordemos que arrebaña ahora incluso más tela marinera Bibiana Aido, como secretaria de Estado, que antes de imprescindible ministra para el tráfico de gansadas ¿Qué pensaría entonces uno de esos controladores militarizados que se haya limitado siempre a cumplir con su trabajo?