Desde hace días una universal fanfarria atrona a la misma vez en los telediarios, en los talk-shows, en los prime-time de mañana, tarde y noche y en la ubicua publicidad –indistinguibles ya todos estos negociados bajo el Reinado de la Mugre- por todos los confines del Planeta: anunciábase urbi et orbe la nueva novela de Ken Follet. No sé cuantísimos millones de ejemplares se ponían a la venta ese mismo día en siete mil ciudades distintas del mundo, para unas masas ávidas de derribar los muros de las grandes superficies para comprarlo y poseerlo. Sólo era el primero de una trilogía que abarcará todo el siglo XX, se añadía. Al lado autor mismo en persona, sonriente y como barnizado todo él en el Éxito mismo, soberbias montañas de libros relucientes, como bólidos cegadores recién salidos de una trepidante cadena de montaje, ilustraban la noticia. Ken Follet, casado con una parlamentaria laborista, -se nos informaba-, lleva vendidos ya más de cien millones de libros. En Vitoria hay levantada también una muy realista estatua suya, que incluso ya en vida perpetúa su memoria.
Qué más natural entonces, ante tan desaforado estruendo, que uno, un don nadie abetunado de fracaso, se acordara luego, para resistir un poco tanto fulgor kenfolletiano, de la impecable anotación leída este verano en los diarios de Kafka, a propósito de uno de los escasos libros que logró él publicar en vida: “Se han vendido once ejemplares. Diez los he comprado yo mismo. Me gustaría saber quien tiene el úndécimo”.
Es tentador y al tiempo muy consolador para el anónimo escribano de blogs –hablo por mí-, que lleva siempre un fracasado resentido rugiéndole en las venas, equipararse así con el genial checo a través de los comunes vasos comunicantes del ostracismo público y el desánimo en vida, que crean además la fantasía –tan necesitado cómo se halla aquél de ilusiones, sean éstas vanas o de las otras- de que una misma genial prosa une también a en el fondo a ambos.
Así es que, de forma imaginaria, le dije también yo a Ken Follet lo mismito que elucubré que le dijeron al Príncipe de España en Onda Cero –véase, por favor, la entrada aludida-, lo de Diógenes al Magno, “apartáos, Majestad, me quitáis el sol”, y me refugié en la cita de Kafka. Me dije:
“Si tuviera al menos un lector, mejor lectora, ¿no, Neo?, sí, al menos una lectora, que se imprimiera los textos de mi blog, -que es uno, como alguien apuntaba por aquí, raro bicho de otra época-, y le gusta la cosa táctil y acariciadora que tiene el libro, el simple papel en su defecto, que lo puedes doblar, agitar, manosear, acercártelo al corazón, -cómo hacer todo eso con una fría pantalla- , que llevara pues entre sus manos lo que yo escribo, el fruto vivo de mi desconsuelo, y que al salir de trabajar, tarde en la noche de la ciudad huraña, tomara el último metro vacío del día o el primero, igualmente desierto, de la mañana en un día festivo, o en la soledad de una oficina enorme abandonada ya por todos los demás, o en el cuarto de descanso de la planta de un hospital en plena madrugada tranquila, yo que sé, y por unos minutos, mordisqueando acaso a la vez una manzana, se olvidara de todo sólo para leerme, y que lograra yo con mis pobres medios, contra la lógica absurda de vértigo del internet, detener el tiempo, arañarle un poco el corazón y ocupar para ella la totalidad del mundo en esos instantes, si consiguiera que en ella las palabras fueran más que palabras, y se las llevara a la boca primero, para gustarlas muy despacio, y al cerebro entero después, para prolongarlas y dejarlas allí, en los confines anaranjados de su memoria, si eso consiguiera, si doblara entonces ella esas hojas y se las introdujera con cuidado entre la camisa para darles calor y alojarlas junto a su pecho unas horas, como hacen los ciclistas para bajar el Tourmalet, aunque fuera solo una lectora, entonces, en nada me turbaría a mí lo de Follet y mucho más cercano, con motivo o sin él, me sentiría de Kafka, y todo esto tendría entonces algún sentido”.


















