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jueves, 7 de octubre de 2010

Ken Follet, Kafka, yo mismo


      Desde hace días una universal fanfarria atrona a la misma vez en los telediarios, en los talk-shows, en los prime-time de mañana, tarde y noche y en la ubicua publicidad –indistinguibles ya todos estos negociados bajo el Reinado de la Mugre- por todos los confines del Planeta: anunciábase urbi et orbe la nueva novela de Ken Follet. No sé cuantísimos millones de ejemplares se ponían a la venta ese mismo día en siete mil ciudades distintas del mundo, para unas masas ávidas de derribar los muros de las grandes superficies para comprarlo y poseerlo. Sólo era el primero de una trilogía  que abarcará todo el siglo XX, se añadía. Al lado autor mismo en persona, sonriente y como barnizado todo él en el Éxito mismo, soberbias montañas de libros relucientes, como bólidos cegadores recién salidos de una trepidante cadena de montaje, ilustraban la noticia. Ken Follet, casado con una parlamentaria laborista, -se nos informaba-, lleva vendidos ya más de cien millones de libros. En Vitoria hay levantada también una muy realista estatua suya, que incluso ya en vida perpetúa su memoria.
    
     Qué más natural entonces, ante tan desaforado estruendo, que uno, un don nadie abetunado  de fracaso, se acordara luego, para resistir un poco tanto fulgor kenfolletiano, de la impecable anotación leída este verano en los diarios de Kafka, a propósito de uno de los escasos libros que logró él publicar en vida: “Se han vendido once ejemplares. Diez los he comprado yo mismo. Me gustaría saber quien tiene el úndécimo”.
    
    Es tentador y al tiempo muy consolador para el anónimo escribano de blogs –hablo por mí-, que lleva siempre un fracasado resentido rugiéndole en las venas, equipararse así con el genial checo a través de los comunes vasos comunicantes del ostracismo público y el desánimo en vida, que crean además la fantasía –tan necesitado cómo se halla aquél de ilusiones, sean éstas vanas o de las otras- de que una misma genial prosa une también a  en el fondo a ambos.
    
     Así es que, de forma imaginaria, le dije también yo a Ken Follet lo mismito que elucubré que le dijeron al Príncipe de España en Onda Cero –véase, por favor, la entrada aludida-, lo de Diógenes al Magno, “apartáos, Majestad, me quitáis el sol”, y  me refugié en la cita de Kafka. Me dije:
     
     “Si tuviera al menos un lector, mejor lectora, ¿no, Neo?, sí, al menos una lectora, que se imprimiera los textos de mi blog, -que es uno, como alguien apuntaba por aquí, raro bicho de otra época-, y le gusta la cosa táctil y acariciadora que tiene el libro, el simple papel en su defecto, que lo puedes doblar, agitar, manosear, acercártelo al corazón,  -cómo hacer todo eso con una fría pantalla- , que llevara pues entre sus manos lo que yo escribo, el fruto vivo de mi desconsuelo, y que al salir de trabajar, tarde en la noche de la ciudad huraña, tomara el último metro vacío del día o el primero, igualmente desierto, de la mañana en un día festivo, o en la soledad de una oficina enorme abandonada ya por todos los demás, o en el cuarto de descanso de la planta de un hospital en plena madrugada tranquila, yo que sé,  y por unos minutos, mordisqueando acaso a la vez una manzana, se olvidara de todo sólo para leerme, y que lograra yo con mis pobres medios, contra la lógica absurda de vértigo del internet, detener el tiempo, arañarle un poco el corazón y ocupar para ella la totalidad del mundo en esos instantes, si consiguiera que en ella las palabras fueran más que palabras, y se las llevara a la boca primero, para gustarlas muy despacio, y al cerebro entero después, para prolongarlas y dejarlas allí, en los confines anaranjados de su memoria, si eso consiguiera, si doblara entonces ella esas hojas y se las introdujera con cuidado entre la camisa para darles calor y alojarlas junto a su pecho unas horas, como hacen los ciclistas para bajar el Tourmalet, aunque fuera solo una lectora, entonces, en nada me turbaría a mí lo de Follet y mucho más cercano, con motivo o sin él, me sentiría de Kafka, y todo esto tendría entonces algún sentido”.   
  

miércoles, 6 de octubre de 2010

Charlatanes

     
     El otro día escuchaba yo en la radio a una de las Grandes Comunicadoras DE-ESTE-PAÍS entrevistando a un anónimo viejete de pueblo. El señor, la verdad, con su gracejo natural, con su acento… serrano, sonaba a algo distinto y estaba en apariencia encandilando a la Divina: que si las ovejas churras tal, que si él ya sólo mirando a las nubes sabía no se qué, que si el campo en agraz estaba precioso, que sabía él silbarle a los mirlos para que se le posaran en el cogote, que había meses enteros que no cruzaba palabra con nadie, que si tenía un transistor para matar el tiempo, que si él no se había casado porque todas las veces que en serio lo había propuesto en ese mismo momento le había dado siempre la risa, y claro, las mozas nunca lo tomaban en serio, cosas así.
    
     La Divina le escuchaba fascinada, aunque a la vez se notaba que exageraba un poco la fascinación esa, no sé, la cosa esa de la radio. En realidad, creo yo, contemplaba a aquel viejete, su graciosa cazurrería, un poco con curiosidad de entomólogo, como hacemos todos los urbanitas en casos así, sólo que, ya digo, con la nota subida que el guión de la radio al parecer exige. Aunque el viejo estaba un poco sordo –normal-, la Divina consiguió que a través del móvil –cómo consiguieron que el buen señor dispusiera y manejara el aparato no se nos reveló- le canturreara y todo unas joticas que recordaba él de su mocedad. Muy “entrañable” todo, diríamos.
    
     En un momento dado, al hilo de un refrán de pueblo que con suma gracia el viejete le dejó caer –refrán que no era en modo alguno memorable, al menos yo ahora no lo recuerdo, aunque sí lo que luego vino-, la Divina no pudo ya más contenerse:"Eustaquio, es usted… un FILÓSOFO”. Al oírla pensé: bueno, cuando la sabiduría se le acabe a Guardiola, ya tiene el Barsa mánager fijo. Pero el viejo, al escuchar la divina flor, guardó un silencio radiofónico, tan memorable al menos como los de El Loco de la Colina, hasta que contestó: “… Quiá. Lo que soy yo es un… ¡CHARLATÁN! “
    
     Se rió el viejete, se rió luego más alto la Diva, creo yo que nos reímos después cuantos escuchábamos la radio a todo lo largo del ancho mundo. Pensé luego en eso: políticos, escritores, comunicadores, intelectuales, cantautores, gurús, economistas, sociólogos, sexólogos, tertulianos, espiritualistas varios… ¡CHARLATANES todos!, tratando cada uno de ellos siempre de vendernos su particular moto de cada día, incapaces de reconocer lo que mejor saben de verdad: su verdadera ignorancia sobre lo que en realidad acontece y acontecerá alrededor nuestro.
    
     ¿Los blogueros, como yo mismo, charlatanes también? Of course, salvo que, con la gloriosa excepción de las celebrities, a la inmensa mayoría no nos lee ni nuestra madre, ni nosotros mismos, con lo que, por fuerza, el daño que podamos hacer ha de ser mínimo. La moto que podamos nosotros vender está ya antes de dar un paso, lo sabemos todos, averiada. Somos, creo yo, los anónimos blogueros como ese viejete campero de la radio, sólo que a nosotros la Divina ni nos roza. Sniff.   

martes, 5 de octubre de 2010

Ana Rosa Quintana tiene

    
     Debemos todos, creo yo, felicitar a Ana Rosa Q, y congratularnos con ella, por, como decían el viernes los diarios digitales con prosa algo revenida, “cuánto le sonríe la vida”. El titular era ya llamativo: “Ana Rosa Q debuta como inversora VIP en el capital riesgo”. Pero más asombro causaba aun lo que luego íbase desgranando: “la reina de las mañanas televisivas sigue diversificando su patrimonio… Ha sido nombrada consejera de Cartera Industrial Rea, sociedad de inversión que agrupa importantes fortunas del país, donde tendría invertidos seis millones de euros… No es la única experiencia bursátil de Ana Rosa Q: a través de la SICAV Alquite Inversiones, gestionada por el Banco do Espirito Santo, junto a su marido, el empresario Juan Muñoz, tiene invertidos más de dos millones de euros en renta fija y deuda corporativa, con una FILOSOFÍA muy conservadora (nunca mejor visto eso de que, si de especular se trata, es muy necesario el poseer toda una filosofía). Además de su elevado caché de varios millones de euros, la periodista ha tejido toda una red empresarial en el mundo de los medios, a través de la revista AR y de la productora audiovisual Cuarzo Producciones (aunque más que cuarzo, se ve que son purititos diamantes los que ahí se producen). Es, -cerraban el círculo pelín empalagoso los digitales-, “la historia de un éxito”. Los violines es que sonaban ellos solitos.
    
     Es seguro además que al lado de este acaudalado way of life alberga el corazón de Ana Rosa Q nobilísimos sentimientos altruistas, incuestionables participaciones en decenas de oenegés y hasta encendidas proclamas de justicia social y de benéficos maratones en solidaridad con los damnificados del último desastre en cualquier estercolero del mundo. Uno admira sin reservas a quienes legítimamente ganan el dinero e invirtiéndolo, es decir, arriesgándolo, crean empresas y ganan más, y al sistema político que  hace posible la iniciativa individual, pero le queda a uno la sensación de que debería corresponder a personas como la que nos ocupa la defensa y legitimación del mismo y no a uno, que llegado el caso tiene a lo sumo un kiosco y quiere, viviendo de su trabajo, defenderlo. A la mínima el progre de turno sin duda le motejará de facha egoísta e insolidario ultraliberal, de avaricioso gusano, vamos, mientras gentes como Ana Rosa Q, espléndida siempre, generosamente aporta a todo color el óbolo de su inmensa solidaridad para Haití. A quien pillaron en el tocomocho de Madoff y cía fue a Almodóvar, no a mí. A quienes los piquetes humillan es al tendero de al lado, no a Cuarzo Producciones (y en modo alguno lo deseo, quede claro).
    
     Decía la otra mañana Ana Rosa Q, para defender a Sara Carbonero de las censuras que levantaron sus categóricas afirmaciones periodísticas, que es que la criticaban mucho a la pobre por tener éxito y por ser guapa. Pero eso es prejuzgar las intenciones ajenas y blindarse contra cualquier debate posible. Pensará entonces que es la pura envidia la que pueda llevar –pecado gravísimo- a elevar siquiera una ironía que a ninguna parte va contra algunos de sus procederes.
    
     Y la verdad, el asunto de su libro, de su plagio, de su “negro”, con tanta gente sin enchufe a quienes las editoriales desprecian, póngase ella como se ponga, no hay por donde cogerlos, y en cualquier sociedad éticamente sana y con un criterio elemental de lo que es justo, la hubiera relegado a un oscuro blog de provincias. Nunca, en cualquier caso, a reinar multimillonariamente por las mañanas.

domingo, 3 de octubre de 2010

El secreto de la chica del millón de dólares (Relato)

                                     
     Ella nunca bailaba. Siempre sola, desde una butaca alejada de la pista, miraba con expresión grave el jubiloso despendole de los cuerpos, y allí permanecía. Como si toda aquella algarabía no fuera con ella y al tiempo la necesitara como un oxígeno de urgencia.
     Bebía despacio una o dos consumiciones, seguía levemente con los dedos sobre la mesita los ritmos que inundaban el Antro, y hora y media después, sin apenas cruzar palabra con nadie, se marchaba. A mí me gustaban sobremanera sus grandiosos ojos negros, como dos lunas llenas de tinta china. La venía observando a distancia hacía meses. Me atraía, rarito que es uno, su rictus serio, más bien triste, como si sombrearan sus rasgos mil enconadas batallas. Pero lo que me hizo definitivamente cómplice suyo fue su rechazo tajante a cuantos ofrecimientos exhibían ante ella los chacales de la noche. Todos aquellos zánganos se estrellaban contra el muro de su indiferencia.
     Ni los tipos más atractivos, tíos como torres, de facciones angulosas y presencias apabullantes, con sus miraditas y sus toquecitos llenos de insinuación. Ni los más dicharacheros, tan liantes con sus zalemas y su guasa, ese chisporroteo de alegría que contagia su gracia, natural y trabajada a la vez. Ni siquiera los más bailones, esos seres diríase que ungidos de la cabeza a los pies con los óleos de la armonía, que se deslizaban por la sala con una facilidad desarmante que prometía un mundo de terciopelo. Nada, ningún arma de la seducción valía contra mi heroína particular. Era emocionante ver, desde lejos, cómo los miraba durante un instante, y nada más que eso le hacía falta para fulminarlos. Parecía como si el aroma de su tristeza –si se me tolera una cursilada más- bastara para disuadirlos. Bien, muy bien mi chica, la jaleaba yo desde mi esquina, como si fuera Eastwood y ella la chica del millón de dólares.
     El día que, aupado sobre la ingravidez que regalan tres gin-tonics libados en una hora, me decidí a abordarla, yo tenía un ojo amoratado. Después de varios penosos intentos, y sus rectificaciones y disimulos subsiguientes –alguien que lo viera desde fuera pensaría sin duda que aquel gafotas que merodeaba alrededor de esa chica bajita y morena, de ojos negros y lazo rojo en el pelo recogido en la nuca, era presa del baile de San Vito- , a pesar de que al sentarme derribé su vaso, el mío, y otros tantos que llenaban la mesita, para fastidio del camarero -que me fusiló con la mirada mientras recogía los licores derramados-, ya no había marcha atrás posible.
     -Perdona, es que esta alergia me está matando, dije.
     Y saqué un kleenex arrugado del bolsillo; fue lo que se me ocurrió. Ella me miró, pero no tuve que enfrentar su mirada, parapetado tras el kleenex como estaba.
     -Claro, y la alergia te puso también morado ese ojo, ¿no?, dijo ella.
     -Verás… es que es una alergia muy especial, es un virus, el chéjov-carver, creo que se llama.
     No le iba a contar en ese momento la verdad: cómo el día anterior, en el Antro, dónde si no, a pesar de que yo había prefabricado con mimo las palabras y las imágenes, y las cadencias más envolventes entre unas y otras para justificar lo injustificable –incluso me había quitado en un momento dado las gafas para parecer más sincero, aunque entonces no viera ni tres ni burro que se me apareciera-, Mercedes y su melena pelirroja, inflamadas ambas y al grito de NO HAY DOS SIN TRES, PEDAZO DE CABRÓN, me atizaron un directo de derecha que me abrasó el mentón. Después Mercedes enfiló la salida con cajas destempladas. ¿La lumbre de un amor que se extinguía? Sé que merecía que me hubiese cortado en trocitos con un cuchillo carnicero, aunque  no recuerdo bien por qué.
     Pero ahora no estaba Mercedes, yo tenía delante aquella enigmática mujer de tensos ojos negros, que miraban sin parpadear hacia la pista, ajena a mi zozobra. My problem, una vez más, era que no sabía qué hacer. Lo apremiante de romper aquel silencio me hizo recaer de nuevo fatalmente –como ese ex –alcohólico con las mejores intenciones que ante una situación peliaguda vuelve a caer en el vicio sólo por huir de momento de esa quema- en otra de esas célebres sandeces que en tan críticos momentos revelan a las claras mi indudable temperamento artístico,
     -Oye, si lloras porque no puedes mirar el sol, no dejes que tus lágrimas te impidan ver el brillo de las estrellas.
     -Qué potito-, me dijo ella, incluyendo en sus palabras todo el ácido sarcasmo que se pueden imaginar.
     -Pareces ausente-, añadí yo entonces, nerudiano total, ya no sólo tuerto, sino ciego y sordo a su desdén.
     Ella me maniató con su mirada. Suspiró. Resopló luego mirando a un punto indeterminado que no era yo. Volvió a suspirar… Habló al fin, como si se hablara a sí misma. “Y como estarías tú, graciosillo, si a los tres meses de casarte, embarazada de días, llena de felicidad, una tarde, al volver rauda a casa desde el trabajo, antes de lo habitual por un corte de luz, sorprendieras en tu misma cama de matrimonio al hombre de tu vida con tu propia hermana menor…”
     Ahora el que resoplé fui yo. Ostras… ¿y no le arreaste un puñetazo en un ojo?- le dije
     Pero ella continuaba hablando sin oírme, con su rostro sombrío que miraba a la nada, como si no estuviéramos en una sala de fiestas, sino en el espacio etéreo de un serial radiofónico.
     “Me quise morir. Literalmente. Me largué a casa de mis padres. Me tumbé en una cama y me dejé llevar: no moverme, no oír, no hablar, no abrir los ojos, apenas respirar, descender, descender como un buzo hacia el fondo del mar, hacia abajo, cada vez más abajo y profundo, atenta tan sólo a encontrar el cofre con la llave que detuviera mi corazón, que apagara el interruptor de mi cerebro. Así días y días, me dijeron. Casi lo consigo…Y ahora, lárgate, chavalín.
     -“Va a ser que sí”, balbuceé, fuera de combate, claro.

                                          

viernes, 1 de octubre de 2010

El mundo se acaba


 
    

          
     Archisabido es que las desgracias jamás vienen solas, pero últimamente los más impensables desastres se suceden a una tal supersónica velocidad que tentado está uno de pensar,  desbordado por una muy amarga tristeza, si acaso el mundo -el mundo de los bienpensantes, claro, que es en España el mundo oficial- no se habrá salido de sus ejes y entonces  hállese próximo ya el fin de los tiempos.
    
     ¿Cómo entender si no en tan sólo una semana tal rosario de funestos presagios: primero, que le niegue el primate Chávez la entrada en SU país al superprogresista  Follonero; segundo, que el acratísimo socio de Buenafuente en la Sexta haya de escapar por piernas de las hordas de los antisistema en Barcelona, que pretendieron al parecer comérselo vivo; y tercero, de momento, que el quijotesco Willy T háyase visto cruelmente apaleado y con escarnio torturado por la policía marroquí? ¡Cómo pueden acontecer tamaños asaltos a la Razón, ZP mío, y que nadie ponga remedio y fin a calamidades tan atroces! ¿No encierran estos inexplicables infortunios del Bien Puro el secreto designio de un mundo guay que se desmorona ante nuestros ojos, y a golpes precisamente de sus supuestos beneficiarios sobre las cabezas –oh, ironía sangrante- de los heroicos promotores que tanto por ellos se desvelan? Oh, desdicha suma de estos tiempos aciagos y de este mundo cruel, qué mas afrentas a la Justicia Planetaria nos veremos obligados a contemplar. ¿El juez Garzón arrostrando presidio por culpa del progresista Varela? ¡No! ¡No han de ver mis ojos tal contradiós infamante!  
    
     ¿De qué le sirvieron a Follonero su colegueo con Otegui y sus continuas gracietas anticapitalistas, si luego el gran Primate te impide entrar incluso a disfrutar del paraíso chavista? ¿De qué le han valido al socio de Buenafuente tantas coñas libertarias en pantalla, tanto trotskismo roussoniano y rouresiano de diseño, para que luego una turba de matones “alternativos” al grito de esquirol quiera a ti precisamente darte el paseíllo? Pero ya lo de Willy Toledo es desgracia que rebosa el colmo de la más inicua adversidad: vióse él brutalmente humillado en el Aiún por “conocidísimos torturadores” de la policía secreta marroquí. No deben saber, claro, los esbirros de este régimen que ahora le han roto un dedo, cuánto ha legitimado él a sus colegas de la Tortura castristas, cuántas paletadas de infamia el mismo Willy T en persona vertió sobre el cadáver caliente de Orlando Zapata, defendiendo con ardor fanático un régimen torturador como pocos desde hace ya más de cincuenta años. ¡Parias del Animalario, por los clavos de Castro, liberad a Willy de las golpizas alhauitas!
    
     Pertenecerá la Tierra al Viento, quien lo duda, pero hay semanas que no parece sino que sea éste un vendaval áspero que las más nobles almas arrasa a su paso, que a los buenos todo nos sale estos días mal, y la leninista virtud vése con rigor escarnecida, para más inri a manos de sus beneficiarios, como si el mundo hubiésese vuelto loco, loco. Sniff.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Sabina se sostiene

    
     Quería Sabina a principios de este mes, según declaró a EL MUNDO, instruir a sus hijas en las bondades del Incesto (“estoy tratando de convencerles de que es una cosa natural, los animales lo hacen y no pasa nada”). Transgresor Mayor del Reino le proclamamos entonces en primerísima instancia (véase principio del blog, please). Cantautor favorito de la Princesa, añadimos allí, visto su fantástico relato de Cantautor en Palacio: contra sus letras premonitorias resultó que las niñas progres muérense por ser Princesas. Intuíamos ya también entonces que, ávido acaparador de títulos, el de Úbeda querría siempre más y más. A mediados de mes en pública declaración aventó Sabina, en mero amago de finta distanciadora, el penoso ripio ese de “Zapatero rima con Bombero Torero”. Ja, já, le reímos la coña, y como Tío más Enrrollao de la Comarca al punto le postulamos. En éstas llegó la Huelga General de Candy&Toxo. Y el de Úbeda debió notar sobre sí el veneno de los celos chiquilicuatreros: también tenía que posar él ahí.  
    
     Es propio de los grandes prohombres del mester de progresía patrio el  querer mojar el dedazo en todas las salsas, siempre-siempre con la conciencia más reluciente que las melenas de Alberti, por raras que sean las contorsiones que se traen de un día para otro. Seguirles en su festival declarativo resulta bien aleccionador empeño: aprende uno lo mucho que, a despecho de las más peregrinas y a la vez calculadas imposturas, quiérense a si mismos estos sin duda Grandes Hombres. Sabina apoya a muerte la Huelga, claro: “no vemos posibilidades de que nuestros hijos vivan mejor que nosotros, esto… también es por nuestros hijos”. ¿Dónde, díganme ustedes, pacientes lectores míos, habránse visto antes   Padre más abnegado y  Paternal Amor más venerables y acendrados que estos que ahora nos ocupan?  Padre del Año le nombramos, pero que ya mismo.
    
     La fundamentación filosófico-política-poética que del lío de Candy&Toxo hace luego el cantautor es de tal calado epistemológico que reduce al cabo los videos del Chiquilicuatre a lo que tristemente son: una ramplona sarta de chocarrerías paleomarxianas de un Alfredo Landa picado de un prurito progre. Cree antes que nada Sabina en el derecho…al pataleo, que sin duda debe ser muy natural derecho, tanto como el antes citado al Incesto, y que a los más finos constitucionalistas debió escapárseles de teorizar. Es una forma también curiosa de no decir nada, porque esto del pataleo suena a excusa paternalista: venga, venga, patalead un rato, chavales, que soy uno de los vuestros, joer.
    
     Dice además Sabina que la HG sirve...”para decir algo que nadie dice”, a saber: que tiene que haber alternativas. ¡Pero si no hay desde hace cuarenta años murga más rallada e inmune a la realidad del desastre que siempre propicia la misma! Y descubre entonces en su razonar Sabina, y ante ello se postra solemne, que es la huelga para él… “una palabra sagrada”. Persignémonos entonces: siéndole al de Úbeda tan naturales nada menos que el Incesto y el pataleo, al menos aun queda en su noble corazón espacio para lo sacro: la palabra huelga. Siempre lo religioso exige sacristanes, claro. ¿Y no será acaso, sr Sabina, la Huelga el mismito opio del pueblo, que los Principales de la Progresía a propia conveniencia entre las masas embrutecidas  administran?
    
     “Cuando la huelga contra F Gónzález se apagó TVE. Fue una preciosidad: siempre quise escribir una canción sobre el tipo que desenchufó”. Se comprende entonces que, dada la proverbial facilidad compositora del cantautor, primó en él el manchesteriano cálculo mercantil sobre la pura emoción poética: en efecto, de cantarle al cierre de TVE, cómo hubiera podido el de Úbeda salir tantísimas veces en la misma desde entonces a anunciarnos siempre su penúltima mercadería. En esta HG, en pasmosa y elocuente profecía, la única tele que se vió desenchufada, qué casualidad, fue Telemadrid. Dice Sabina que a su palabrita sagrada “la están echando mierda por todos los lados… lo que está haciendo Esperanza Aguirre es un peligro tremendo. Se quieren cargar a los liberados sindicales, demonizan a los piquetes…”. ¡Adonde vamos a llegar a parar!, le falta acaso por clamar a nuestro sacrosanto héroe, travestido ahora en indignado y severísimo Padre protector. Quizás por eso los capitostes de UGT tildaran luego precisamente a E Aguire de... “bruja”, y es que va encajando todo en el lenguaje milenarista que ahora adopta la Progresía.
    
     “Yo sí fui de la ceja, y estoy orgulloso de ello… yo he respetado y sigo respetando mucho las buenas intenciones de Zapatero, que me parecen reales. Pero su discurso apoyando a Sarkozy fue realmente obsceno”. No me dirán que la cabriola del cantautor no resulta aquí en extremo fantástica: en sólo dos frases muéstrase a la vez  henchido de orgullo y arrobo con ZP y airadamente contra ZP, con los sindicatos y con la Huelga, con el gobierno y contra el gobierno, siempre consigo mismo.  Y es que no conoce Sabina ningún país “en que se ataque de esta manera a los escritores, a los cantantes, a los actores”, antológica bobada que no hay por donde cogerla con sólo mirar alrededor, como si pretendiera él, y con él los de la Ceja Futbol Club, participar a capricho y con mando en plaza  en el debate público, imponiéndonos sus cánones y su rancio leninismo de todo a cien, y encima que  hagamos siempre la ola a lo inmensamente guays que ellos son. Natural entonces la crítica, señor Cantautor favorito de la Princesa, tanto al menos como el Incesto y el Pataleo esos que usted, cuando le conviene a su negocio, reclama. 



    
    

miércoles, 29 de septiembre de 2010

La ley de Cándido&Toxo


     Prueba de la verdad verdadera de la Huelga en la capital: a las 00 h de hoy la única cadena que vio interrumpida la programación, que se vio secuestrada para no poder ni lo más mínimo  informar y obligada  a poner una foto fija en pantalla fue, claro, Telemadrid. Debería ahorrar ya sólo ese hecho cualquier otro comentario sobre los móviles de la Huelga.
    
     En todo caso el escenario de una Huelga General, la violencia fáctica y simbólica que desde su génesis chorrea y rezuma impregnándolo todo, sí muestra a las claras la conculcación por la fuerza bruta del curso cotidiano de la vida, la obscena coacción a la voluntad libre de las personas y a sus cosas,  a lo que las personas creen y aprecian como inseparables de sí mismos y como extensión de su propia personalidad, por haberlo conseguido en buena ley, y sobre lo que ahora unos extraños malencarados disponen, obligándoles,  avasallándoles,  acogotándoles. Los piquetes “convencitivos” son la más patente e incivilizada demostración del arbitrario sometimiento por la fuerza a la libertad de las personas y a sus bienes, y sobre todo a su dignidad y a su estima, a merced de la voluntad de los energúmenos. Es muy difícil describir la humillación, la impotencia y la rabia que se sienten cuando una partida de mamporreros cafres, tan parecidos a los de la kale borroka, te ORDENAN que no trabajes, o que cierres tu comercio, y que para empezar te lo pintarrajean en tu cara.
    
     La Huelga General es el recordatorio y el anticipo bien nítido del retroceso a formas de vida retrógradas y aun bárbaras, depredadoras y de horda, en las que el atropello y el miedo constantes impiden las normas elementales que hacen factible la coexistencia entre personas que se respetan.
    
     De qué sirve oponerle a esa demostración de brutalidad el valor de la palabra y del argumento: cómo es posible que los GRANDES sindicatos se financien opíparamente con los expedientes de regulación de empleo, es decir, con el despido de los trabajadores, cómo es posible que no sepamos el número de liberados sindicales y lo que nos cuestan, cómo es posible el saqueo continuado que de los presupuestos generales del Estado, bajo mil formas y con la anuencia de los gobiernos locales, autonómicos y central, llevan a cabo, cómo es posible que no reconozcan aún que las ideas que les inspiran llevan a la miseria y a la dictadura en todos los países que las pusieron en práctica, cómo es posible que la nomenclatura general de sus cuadros vivan como marqueses, cómo puede ser que las empresas que ellos promueven sean ruinosas, cómo puede ser que los asalariados de las propias centrales tengan condiciones leoninas y precarias como tantos otros, en fin, cómo pueden tensionar de forma impune la normal convivencia de todos hasta extremos tan radicales.
     Despotrican, cuando toca, contra los díaz-merchanes y demás grandes empresarios: en realidad es con ellos con quien mejor se entienden. Se necesitan mutuamente. Conforman ambos el establishment del oficial sistema zetapeico –anterior también a ZP, que conste, aunque le haya dado él las últimas e incomparables pinceladas poéticas- que todos los demás, que no somos ni del gran empresariado ni de la gran nomenclatura político-sindical-cejicultural- mantenemos. Son, lo sabemos, y hoy nos lo soban además por los morros, los “liberados”.

martes, 28 de septiembre de 2010

Chiquilicuatre for President



     Existe un hilo de continuidad simbólica y argumental en que fuera Chiquilicuatre, en el principio discreto miembro de la trouppe de Buenafuente, el elegido, primero, representante de la España zetapeica ante Eurovisión, y ahora, supremo cerebro de la invocación a la Huelga General contra… el PP, violenta por su propia naturaleza violenta. Un común tufo de degradación empalma ambos acontecimientos, trasuntos bien expresivos a su vez de una más general degeneración de la textura ideológica y moral de la sociedad: el Reinado de la Mugre. No deja en el fondo de resultar Chiquilicuatre, con aquella guitarrita de pega, una parodia del mismo ZP en sus momentos de levitación poética, parodia éste a su vez ya de por sí de un presidente de gobierno normal. Así, resulta impresionante y muy revelador síntoma de estos tiempos el que la antiguamente llamada “cuestión social”, su expresión y reivindicación, haya quedado a la postre en manos de un rústico caricato, deseoso de dar rienda suelta a su más chabacana imaginería, aplaudida a rabiar incluso por los “intelectuales” adictos, reducidos ya, de ser dueños del “capital simbólico” a patéticos corifeos del graciosete “figura” de turno.
    
     De esta manera, si ya los capitostes de la huelga del metro madrileño apuntaron indicios de la Mugre que rebosa su cerebro posando ufanos ante aquella célebre pancarta que rezaba “ESPE, si no nos das el cinco, por el… te la hinco”, como ufanos figurantes del “Sálvame”, ahora el centenario sindicato socialista concede el sagrado espacio del esclarecimiento de la “justicia social” a una infame colección de videos, no se sabe si más burdos que ofensivos, o al revés, al elemental entendimiento de las cosas. Si la telebasura de luxe en buena medida ha envilecido para siempre el gusto de millones de espectadores, la grosera apelación sindical a esos mismos degradantes códigos persuasivos busca con descaro pescar en ese mismo río revuelto y turbio de la agitación y propagandas más zafia.
     Y en milimétrica correspondencia material, el aroma putrefacto de un mismo elitista way of life –la llamada “izquierda caviar”- , por encima siempre de la vil plebe, equipara y sazona a Buenafuentes, Cándidos, Toxos y demás ilustres Chiquilicuatres de la forrada progresía patria. Con toda la razón del mundo llámanse a sí mismos “liberados”.  Y tanto. 

domingo, 26 de septiembre de 2010

Sara Carbonero sostiene

    
     Lección magistral de Periodismo a cargo de Sara Carbonero en el Aula Magna del Centro Difusor del Moderno Saber por excelencia, el Programa de Ana Rosa. Como el Chiquilicuatre con su célebre "Cruzadito", esa otra excelsa cumbre de la música,  fue Simplemente Sara desgranando uno a uno los renglones derechos de su sabiduría superprofesional:
-Uno: “CLARAMENTE te das cuenta  que Ujfalusi fue a partirle el tobillo a Messi”. Como poco resulta problemático y sumamente imprudente, dada la juventud de la analista, y por tanto, la escasa experiencia que en la práctica y en la reflexión sobre la materia puede enarbolar quien tan alegremente pontifica, lo que la lleva a prejuzgar con llamativa osadía una muy  específica intención alevosa en el jugador citado, nada menos que la de "partirle el tobillo" , sentencia reforzada, por si lo anterior fuera poco, con el definitivo adverbio de “claramente”, cuando si hay algo claro en el susodicho lance es no resultar en absoluto claro, como lo prueba el que hablemos de una lesión de diez días. 
 -Dos: “Ronaldo SIEMPRE ha sido, es y será ASÍ: egoísta e individualista en el campo”
Vuelve a sorprendernos la categórica clarividencia caracterizadora, ese descarnado pesimismo antropológico, diríamos, en una tan bisoña analista, que graciosamente descarga sobre Ronaldo, no menos joven que ella, susceptible por tanto de cambio,  una suerte de fátum tan irremediable, que deja el de  las tragedias griegas en un simple juego de niños. Item más: sin duda mucha gente puede considerar a Cristiano egoísta e individualista en lo suyo; ahora bien, que tan gruesas palabrotas –por mucho que hablemos del desempeño en el trabajo- provengan de una supersónica triunfadora en la élite de su profesión, con las inevitables postergaciones de cientos de personas que la misma supone, y  con muchas menos horas de vuelo en la misma que el portugués, resulta ya ciertamente chusco y revelador de la fatua arrogancia que los mass media otorgan a sus agonistas, en los que para nada se perdona una reflexión matizada o compleja.
-Tres: “Mi opinión sobre Ronaldo se ha sacado de contexto, como pasa muchas veces, COMO HAGO YO LA PRIMERA, que soy periodista y CORTO UNA FRASE”. La desvergonzada confesión de la propia falta de ética en el trabajo, reconocida como práctica común en el periodismo reinante y millonariamente triunfante, vale por sí sola más que un tomo entero que pudiera escribirse sobre el tema. Sobre eso y no sobre otras chorradas es sobre las que el Colegio de Periodistas debería pronunciarse, si es que esta profesión significa aún algo. 
-Cuatro: “Manolo Lama y Manu Carreño son mi referencia periodística”. Acabáramos: el joven y bello autor de la vil mofa al indigente hamburgués, con regusto a secuela de La Naranja Mecánica, elevado a instancia canónica y a espejo en el que nuestra…cómo se dice… guapísima reportera gusta mirarse. ¿Larra? ¿Galdós? ¿Woodward y el otro? ¿García Márquez? ¿Julio Cesar Iglesias? ¿Jesús Hermida, por lo menos?  Ni hablar: Manolo Lama es lo más.
-Cinco: “Me gustaría escribir, lo estoy mirando”. A Sara le gustaría escribir y lo está mirando. Qué bien. Hay que ver los retos increíbles que Sara/ periodista se pone. Podría haberle pedido consejo a Ana Rosa Q, otra multimillonaria triunfadora del periodismo patrio. Cuando se descubrió que los libros que ella firmaba se los hacía por cuatro duros un “negro” que, harto de su explotación, decidió a su vez filtrar los plagios que de autoras americanas él mismo apañaba para los libros de Ana Rosa Q, el share de su programa subió y subió, lo que le permitió a Ana Rosa Q, para nada egoísta ni individualista -que colabora ella con no sé cuantas humanitarísimas causas-, renegociar aún más al alza su multimillonario contrato. Qué bonita historia a escribir ésa, siquiera como vibrante prólogo para el Reinado de la Mugre.
     Como las palabras de Sara C armaron revuelo, la misma Ana Rosa Q, al día siguiente en su programa, vióse obligada a esgrimir el supremo argumento irrebatible: “y yo me pregunto, si Sara fuera un hombre, si fuera fea, ¿mirarían con lupa lo que dice?”.  Pobre Sara C, tan guapa y tan exitosa, tan envidiada por todos los parias de la tierra. Ajo y agua, le faltó añadir a la Señora para el científico guiso de un recetario de periodismo inolvidable.

(Postblog: necesito, por favor, su opinión. ¿Es porno light este video? Para mí, sí. La foto de arriba en mi opinión, en cambio, sería erotismo)


viernes, 24 de septiembre de 2010

Prehistoria de Silvia (Adiós Verano, adiós)

    
     El Verano y el mar, y el viajar durante el verano en busca del mar son nociones tan asociadas en el imaginario colectivo que resulta obligado volcarlas desde el principio en cualquier memorial de estío, y éste quisiera extenderse hasta el infinito del tiempo perdido y más allá, que diría un Buzz Lightyear con ínfulas de poetastro. Salimos disparados hacia el mar en Verano, como si nos espoleara una necesidad tan acuciante que ni siquiera entendemos bien del todo.

     Es como si la naturaleza humana guardara una secreta melancolía de una anterior condición anfibia que con la irrupción del verano  estallara. Dejar de lado el orden cerrado de los días y simplemente plantarse delante de él. Contemplar el inmenso mar. Cerrar luego los ojos, ofrecerle el rostro entero y abrir bien los oídos al arrullo de su rumor, que nos alborota de caricias zalameras  los cabellos. Adentrarse luego en su entraña , flotar un instante sobre su arista, sumergirse en él y escuchar una vez más el oscuro latido  del mar desde su seno.
   
     Ahora que el viaje ya no es un avatar excepcional buscan los jóvenes en verano descubrir mares lejanísimos y transcontinentales. Pero todos los mares son el mismo mar, aunque a la vez nunca el mar es el mismo. Y acaso, de todos, el mar primordial sea el que de niños, antes de conocerle, nos forjamos un día en la cabeza, como un haz de ensoñaciones todavía inconcretas pero muy grandiosas. Por qué me trajiste, padre, a la ciudad, protestaba Alberti por haber sido separado de joven de su mar gaditana. A la inversa, qué no supondría para los más seriotes chicos del interior el subirse a un desvencijado autocar, que en viaje de fin de curso les conduciría por vez primera en sus vidas ante el mar. Llevábamos con nosotros una ilusión que casi nos dolía en el pecho.
    
     Recuerdo bien aquel interminable viaje hacia Alicante. Quizás porque además llevaba en el asiento de al lado a Silvia, mi compañera de clase, una rubia intrépida con los ojos verdes. Muchas tardes yo la ayudaba con las ecuaciones, sólo por verla con cara de bobo muy de cerca y durante más tiempo. Aquel infernal autocar dejó al fin de traquetear entre blancuzcos edificios y se internó por una de las ramblas que, como un tobogán cuesta abajo, tajan en perpendicular el casco urbano de la Playa de San Juan hacia la costa.
    
     Y entonces allí, hacia el fondo de la calle, con la forma de una gigantesca uve interminable, pude ver al monstruo. Sí, porque desde la perspectiva que llevábamos, aquella inmensidad vertical de un azul violentísimo que se agitaba sobre nosotros, pese a que el día era magnífico, a mí, que era la primera vez en mi vida que veía el horizonte revolverse delante mía, me pareció un monstruo. Un monstruo que sobrepasaba la altura de los bloques que lo antecedían, dispuesto además a abalanzarse sobre nosotros. Suspiré con toda el alma porque diera el autocar la vuelta y nos alejara de aquella descomunal aparición que nos envolvía más y más según nos acercábamos a ella. Pero entonces, Silvia, balbuceó a mi lado medio atontada: ¡MA-RA-VI-LLO-SO! ¿a que sí José Antonio?
    
     Claro, claro, maravilloso, qué otra cosa podía entonces yo decirle. Durante aquellos días descubrí también cómo el mar espolvoreaba de rebrillos azules el verde de los ojos verdes de Silvia.   De la mano de Silvia superé así mi pánico inaugural al mar, del que soy hoy, ya se ve, muy partidario.
    Y, como si este memorial de estío fuese sólo una simple caracola sobre la arena de la playa, algo de aquel remoto y a la vez eterno murmullo del mar, fiel lector, es el que se ha acercado en esta jornada al oído de tu memoria.