Que hace tres años Víctor M, cuando el tsunami del desempleo y la desesperanza colectivas no había aún estallado, reclinara el rostro sobre el Amado, aunque pelín obscena la pose, tiene un pase. Do ut des, claro. Que en pleno debate sobre el pésimo Estado de la Nación quien en pública sesión deje todo su cuidado olvidado en la platónica y gratuita Adoración del presidente forzado incluso por los suyos a darse el bote resulte ser una diputada de la oposición, no sabe uno si resulta más arrebatador que pornográfico. Ni en Lo que el Viento se llevó alcanzáronse cotas de tal frenesí en el arrobamiento sentimental. Ana Oramas O’Hara, sí, que, en medio del general y devastador incendio, ardía ella también en ansias inflamada desde el estrado ante su Rhett Butler particular, que es que flipaba el hombre ante el público derretirse de la diputada opositora. Ni la presencia de la legítima del galán en el graderío del Congreso detuvo la oramástica delicuescencia.
Emplazo a quien pueda hallar en algún otro tiempo y lugar para similares circunstancias ejemplo de una desbordada ternura semejante. Ya podrá Rajoy solucionar el paro y la ruina de España, y hasta hacer el mundo entero justo y benéfico por sus cinco continentes, que por jamás de los jamases ni entre las suyas propias levantaría una diatriba de amorosa rendición comparable a la que el otro día Ana Oramas a Zapatero dedicó. Rompía de cuajo la declaración de la canaria la más elemental lógica de las funciones parlamentarias, y lo que tuvo de descontroladísima efusión la escena al observador desapasionado deja atónito, apenas con un hilo aún en la voz para preguntar con mal disimulada envidia al –ahora sí que sí- indiscutible Presidente: ¿pero qué las das, so truhán, qué tú las das?
Por eso, lector mío, si tienes tiempo y me tienes ley, apártalo todo –y si no ahora mismo, cualquier noche de éstas, fotocópiame, y bajo el imperio supremo de las estrellas y el pulso distinto que las noches de verano imprimen a los seres, sácame así a pasear- y recrea y revive a mi lado toda la extensión que el episodio de Ana Oramas merece, pues son los desaforados cataclismos sentimentales y los enloquecedores desvaríos del corazón alimentos imprescindibles para que de verdad merezca la vida ser vivida y sentir de paso, al participar de los mismos, más engrandecida y conmovida la tantas veces pueril existencia propia.
“Hemos compartido momentos difíciles… (con la voz algo tomada ya por la emoción arrancaba la portavoz de Coalición Canaria el último tramo de su parlamento sobre el Estado de la Nación, y sobresale ya ahí, en efecto, esa súbita confusión de planos, ese círculo exclusivo y vinculante que en pie de igualdad la oradora establece entre la persona, más que el cargo, del presidente y ella misma, sólo entre ellos dos solos y ya como a solas, precisamente basado ese círculo en lo que más puede unir a las personas, el compartir, y no cualquier cosa, sino justamente el haber vivido juntos peripecias atravesadas de dificultad, esos “momentos difíciles”; no estamos ya, pues, ante una simple portavoz de un minúsculo grupo con una valoración política, más bien ante la personal evocación de misteriosas aventuras compartidas que los dos conocen y que en ambos dejaron huella cómplice y que al resto nos vedan) ...y usted puede mirar a los ojos de los españoles, puede mirar a los ojos de su padre, que lo vimos ayer muy orgulloso de usted y de sus hijas (sorprende de nuevo el vertiginoso tobogán deslizado de golpe entre los españoles, de un lado, y el padre y las hijas del presidente de otro, a todos los cuales, tanto a la familia como a los gobernados, en lo privado y en lo público pues, la oradora considera que puede Él, más que rendirles cuentas, mirarles a los ojos, supremo acto íntimo éste donde los haya, y sobre todo sorprende el privilegiado e insólito lugar que en el discurso quiere arrogarse la oradora, como si fuera ella instancia decisiva y legitimante, portadora de Razón, portavoz tanto de los españoles en general, como de la propia familia del presidente en particular, con la chocante excepción de la ninguneada esposa, afirmando la portavoz por su cuenta el “orgullo” del propio padre del presidente y sin recatarse incluso en sacar a escena parlamentaria lo que a toda costa el mismo Zapatero, por ser particularmente espinoso para él, ha tratado de blindar en todos los medios, la persona de sus hijas) … y yo en su despacho una vez, porque yo tengo una hija de 16 años, y usted también, y siempre, y que los demás no se rían (y en ese descontrol inconexo y algo balbuciente asoma un idéntico descontrol emocional, como si algo se le removiera por dentro y pugnara por abrirse paso entre el fielato del consciente, qué significan esa insistencia en el “yo” y el “usted”, de un lado, y “los demás” de otro, de nuevo una frontera que a ellos solos aísla y que pone al resto extramuros de ese mundo particular, digan los demás lo que digan, bueno, eso, que los demás no se rían, y ahí la voz se le trastueca a Ana, el propio pudor le rompe su modulación natural, le ruboriza un poco la voz, como si un íntimo afecto que quizás un poco le sonroje contagiase sus palabras, como si los murmullos que su tono de ron y miel está entre los escaños levantando, risas según ella, no consiguieran del todo avergonzarla más que por un instante la voz) … yo creo que los trabajos en la política más duros que hay en este país es ser alcalde y presidente del gobierno de España, porque se es alcalde y presidente 24 horas al día y siete días a la semana y en temas que afectan a los ciudadanos, y se queda la familia y muchas cosas por el camino… (y como sabemos que Ana fue alcaldesa, por más que el símil de los cargos propuesto sea atrevido y absurdo, como el mismo Amor, comprobamos cómo continua operando en la oradora ese paulatino proceso de equiparación simbólica y de aproximación e identificación sobre todo emocionales hacia el Presidente, igualándose humanamente a él en el sufrimiento y en el sacrificio personal que la responsabilidad acarrea, compartiéndolos y haciéndolos suyos así con él) … y recuerdo la primera conversación con usted y yo hablando de nuestras hijas, que tienen más o menos la misma edad, y yo le decía lo que significó para mí que mi hija con ocho años me dijera mamá quién es más importante el Ayuntamiento o yo, yo le dije yo te quiero mi amor, dice, no te estoy preguntando eso, y la niña con ocho años tenía razón, usted y yo nos perdimos muchas cosas de la vida de nuestros hijos (y de nuevo en la tribuna parlamentaria del Estado de la Nación hirviendo la personalísima evocación, con ánimo balsámico hacia el Presidente in traslation, María Magdalena de las Islas Afortunadas, de un intenso recuerdo teñido de rebosante afectividad, esa primera conversación, igual que los novios rememoran siempre su primera cita, y para ser la primera, la fuerza de esa confidencia tan íntima, compartiendo de primeras dadas nada menos que el dolor que siente una hija relegada, yo te quiero mi amor, y aquí Ana desbarra un poco, es como si el inconsciente se le explayara ahora por territorios del son del culebrón, y sugiere así ella como si otro tanto le hubiera ocurrido al presidente, y así se lo hubieran mutuamente confiado, para volver a tomar pie de nuevo sobre esa mutua y exclusiva melancolía del “usted y yo nos perdimos muchas cosas”, uff, qué feeling entre portavoz y presidente, con la de tareas incontables que a diario deben abrumarles, y luego dicen que es inhumana la Política.) …pero la vida que le viene ahora tiene un montón de momentos, y agárrelos fuertemente, y lo va a disfrutar y se lo merece, se lo merece a nivel humano y a nivel personal… (y es sobre todo, aparte de la confusión de niveles, esos pasos a nivel que Ana emocionada va deslizando, que se transparenta la emoción en el dulzón deje que vibra ahora un poco, en esos ojos que echan chispas, que proyectan hacia el sillón azul chiribitas, en esas medias sonrisas obsequiosas, es, digo, la insólita aproximación simbólica de la diputada a la más inmediata intimidad del presidente lo que maravilla, y la que le permite, sintiéndose en posesión de confianza suficiente para ello, regalarle esenciales consejos de vida desde una cercanía humana ardientemente sentida y sancionarlos ella misma como merecidos de verdad) “…y le digo una cosa, no es infalible, ¿eh?... (y en ese ¿eh?, un punto desacompasado y altisonante, reverbera la marejada sentimental que la oradora está experimentando, temblor de Ana Oramas que ahora nos trae a la memoria a una rediviva Ana Ozores ante Álvaro de Mesía en “La Regenta”) …pero usted puede mirar a los ojos a todos los españoles… porque ha trabajado por ellos y también por los canarios, muchas gracias (y regresa al final Oramas al principio, a la esencial mirada a los ojos, esto es, a cerrar ese insólito círculo admirativo que ella solita en nombre de todos los españoles, acaso algo fuera de sí, sentencia).
Tan entregada vióse a Ana Oramas a la alabanza del presidente, en una forma tan incomprensible para lo que allí les reunía, que alguien incluso se malició que éste, como el mítico Clark Gable, pudiera subirse al estrado y replicarle el legendario “francamente, querida, me importa un bledo” que al final de Lo que el Viento se llevó le espetaba aquel a la O’ Hara. Quizás Bono, tan al loro siempre de todo lo en verdad importante, como hípico caballero sudista, hubiera debido ordenarle a un ujier que al menos por la megafonía hubieran atronado entonces aquellos inolvidable sones del Gone with de wind. Tan-tan-tatán, tan-tan…tatán.
Post-post: ahora mismito caigo yo, la nada interbloguera que uno es, quiero decir, en que también el muá, como el Presidente y como Ana Oramas, tiene un vástago de dieciséis abriles, que también yo como ellos me perdí muchas cosas de la vida de mío figlio, y aunque fuera ello por culpa de desempeños mucho menos filantrópicos y abnegados que los suyos, también me aplico yo el cuento de Ana Oramas, ese de fuertemente agarrar la vida que ahora me viene, que creo que también un poco lo merezco, así que muchas gracias a vos, Ana, y si por milagro d´amore a Usted llegan estas lineas, nada, decirle que tengo yo un tomo de románticos relatos que son los pobres islas desafortunadas que por ningún modo encuentran edición, de suerte que quizás usted, con el desmedido corazón que Vos a las cosas le ponéis, quizás pudiera usted digo …pues eso, que beso yo mucho siempre sus canarios pies, Ana.













