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miércoles, 13 de julio de 2011

Adoración zetapeica de Ana Oramas

     
     


     Que hace tres años Víctor M, cuando el tsunami del desempleo y la desesperanza colectivas no había aún estallado, reclinara el rostro sobre el Amado, aunque pelín obscena la pose, tiene un pase. Do ut des, claro. Que en pleno debate sobre el pésimo Estado de la Nación quien en pública sesión deje todo su cuidado olvidado en la platónica y gratuita Adoración del presidente forzado incluso por los suyos a darse el bote resulte ser una diputada de la oposición, no sabe uno si resulta más arrebatador que pornográfico. Ni en Lo que el Viento se llevó alcanzáronse cotas de tal frenesí en el arrobamiento sentimental. Ana Oramas O’Hara, sí, que, en medio del general y devastador incendio, ardía ella también en ansias inflamada desde el estrado ante su Rhett Butler particular,  que es que flipaba el hombre ante el público derretirse de la diputada opositora. Ni la presencia de la legítima del galán en el graderío del Congreso detuvo la oramástica delicuescencia.
     Emplazo a quien pueda hallar en algún otro tiempo y lugar para similares circunstancias ejemplo de una desbordada ternura semejante. Ya podrá Rajoy solucionar el paro y la ruina de España, y hasta hacer el mundo entero justo y benéfico por sus cinco continentes, que por jamás de los jamases ni entre las suyas propias levantaría una diatriba de amorosa rendición comparable a la que el otro día Ana Oramas a Zapatero dedicó. Rompía de cuajo la declaración de la canaria la más elemental lógica de las funciones parlamentarias, y lo que tuvo de descontroladísima efusión la escena al observador desapasionado  deja atónito, apenas con un hilo aún en la voz para preguntar con mal disimulada envidia al –ahora sí que sí- indiscutible Presidente: ¿pero qué las das, so truhán, qué tú las das?
     
      Por eso, lector mío, si tienes tiempo y me tienes ley, apártalo todo –y si no ahora mismo, cualquier noche de éstas, fotocópiame, y bajo el imperio supremo de las estrellas y el pulso distinto que las noches de verano imprimen a los seres, sácame así a pasear- y recrea y revive a mi lado toda la extensión que el episodio de Ana Oramas merece, pues son los desaforados cataclismos sentimentales y los enloquecedores desvaríos del corazón  alimentos imprescindibles para que de verdad merezca la vida ser vivida y sentir de paso, al participar de los mismos, más engrandecida y conmovida la tantas veces pueril existencia propia.
     
      “Hemos compartido momentos difíciles… (con la voz algo tomada ya por la emoción arrancaba la portavoz de Coalición Canaria el último tramo de su parlamento sobre el Estado de la Nación, y sobresale ya ahí, en efecto, esa súbita confusión de planos, ese círculo exclusivo y vinculante que en pie de igualdad la oradora establece entre la persona, más que el cargo, del presidente y ella misma, sólo entre ellos dos solos y ya como a solas, precisamente basado ese círculo en lo que más puede unir a las personas, el compartir, y no cualquier cosa, sino justamente el haber vivido juntos peripecias atravesadas de dificultad, esos “momentos difíciles”; no estamos ya, pues, ante una simple portavoz de un minúsculo grupo con una valoración política, más bien ante la personal evocación de misteriosas aventuras compartidas que los dos conocen y que en ambos dejaron huella cómplice y que al resto nos vedan) ...y usted puede mirar a los ojos de los españoles, puede mirar a los ojos de su padre, que lo vimos ayer muy orgulloso de usted y de sus hijas (sorprende de nuevo el vertiginoso tobogán deslizado de golpe entre los españoles, de un lado, y el padre y las hijas del presidente de otro, a todos los cuales, tanto a la familia como a los gobernados, en lo privado y en lo público pues, la oradora considera que puede Él, más que rendirles cuentas, mirarles a los ojos, supremo acto íntimo éste donde los haya, y sobre todo sorprende el privilegiado e insólito lugar que en el discurso quiere arrogarse la oradora, como si fuera ella instancia decisiva y legitimante, portadora de Razón, portavoz tanto de los españoles en general, como de la propia familia del presidente en particular, con la chocante excepción de la ninguneada esposa, afirmando la portavoz por su cuenta el “orgullo” del propio padre del presidente y sin recatarse incluso en sacar a escena parlamentaria lo que a toda costa el mismo Zapatero, por ser particularmente espinoso para él, ha tratado de blindar en todos los medios, la persona de sus hijas) … y yo en su despacho una vez, porque yo tengo una hija de 16 años, y usted también, y siempre, y que los demás no se rían (y en ese descontrol inconexo y algo balbuciente asoma un idéntico descontrol emocional, como si algo se le removiera por dentro y pugnara por abrirse paso entre el fielato del consciente, qué significan esa insistencia en el “yo” y el “usted”, de un lado, y “los demás” de otro, de nuevo una frontera que a ellos solos aísla y que pone al resto extramuros de ese mundo particular, digan los demás lo que digan, bueno, eso, que los demás no se rían, y ahí la voz se le trastueca a Ana, el propio pudor le rompe su modulación natural, le ruboriza un poco la voz, como si un íntimo afecto que quizás un poco le sonroje contagiase sus palabras, como si los murmullos que su tono de ron y miel está entre los escaños levantando, risas según ella, no consiguieran del todo avergonzarla más que por un instante la voz) … yo creo que los trabajos en la política más duros que hay en este país es ser alcalde y presidente del gobierno de España, porque se es alcalde y presidente 24 horas al día y siete días a la semana y en temas que afectan a los ciudadanos, y se queda la familia y muchas cosas por el camino… (y como sabemos que Ana fue alcaldesa, por más que el símil de los cargos propuesto sea atrevido y absurdo, como el mismo Amor, comprobamos cómo continua operando en la oradora  ese paulatino proceso de equiparación simbólica y de aproximación e identificación sobre todo emocionales hacia el Presidente, igualándose humanamente a él en el sufrimiento y en el sacrificio personal que la responsabilidad acarrea, compartiéndolos y haciéndolos suyos así con él) … y recuerdo la primera conversación con usted y yo hablando de nuestras hijas, que tienen más o menos la misma edad, y yo le decía lo que significó para mí que mi hija con ocho años me dijera mamá quién es más importante el Ayuntamiento o yo, yo le dije yo te quiero mi amor, dice, no te estoy preguntando eso, y la niña con ocho años tenía razón, usted y yo nos perdimos muchas cosas de la vida de nuestros hijos (y de nuevo en la tribuna parlamentaria del Estado de la Nación hirviendo la personalísima evocación, con ánimo balsámico hacia el Presidente in traslation, María Magdalena de las Islas Afortunadas,  de un intenso recuerdo teñido de rebosante afectividad, esa primera conversación, igual que los novios rememoran siempre su primera cita, y para ser la primera, la fuerza de esa confidencia tan íntima, compartiendo de primeras dadas nada menos que el dolor que siente una hija relegada, yo te quiero mi amor, y aquí Ana desbarra un poco, es como si el inconsciente se le explayara ahora por territorios del son del culebrón, y sugiere así ella como si otro tanto le hubiera ocurrido al presidente, y así se lo hubieran mutuamente confiado, para volver a tomar pie de nuevo sobre esa mutua y exclusiva melancolía del “usted y yo nos perdimos muchas cosas”, uff, qué feeling entre portavoz y presidente, con la de tareas incontables que a diario deben abrumarles, y luego dicen que es inhumana la Política.) …pero la vida que le viene ahora tiene un montón de momentos, y agárrelos fuertemente, y lo va a disfrutar y se lo merece, se lo merece a nivel humano y a nivel personal… (y es sobre todo, aparte de la confusión de niveles, esos pasos a nivel que Ana emocionada va deslizando, que se transparenta la emoción en el dulzón deje que vibra ahora un poco, en esos ojos que echan chispas, que proyectan hacia el sillón azul chiribitas, en esas medias sonrisas obsequiosas, es, digo, la insólita aproximación simbólica de la diputada a la más inmediata intimidad del presidente lo que maravilla, y la que le permite, sintiéndose en posesión de confianza suficiente para ello, regalarle esenciales consejos de vida desde una cercanía humana ardientemente sentida y sancionarlos ella misma como merecidos de verdad) “…y le digo una cosa, no es infalible, ¿eh?... (y en ese ¿eh?, un punto desacompasado y altisonante, reverbera la marejada sentimental que la oradora está experimentando, temblor de Ana Oramas que ahora nos trae a la memoria a una rediviva Ana Ozores ante Álvaro de Mesía en “La Regenta”) …pero usted puede mirar a los ojos a todos los españoles… porque ha trabajado por ellos y también por los canarios, muchas gracias (y regresa al final Oramas al principio, a la esencial mirada a los ojos, esto es,  a cerrar ese insólito círculo admirativo que ella solita en nombre de todos los españoles, acaso algo fuera de sí, sentencia).
     Tan entregada vióse a Ana Oramas a la alabanza del presidente, en una forma tan  incomprensible para lo que allí les reunía, que alguien incluso se malició que éste, como el mítico Clark Gable, pudiera subirse al estrado y replicarle el legendario “francamente, querida, me importa un bledo” que al final de Lo que el Viento se llevó le espetaba aquel a la O’ Hara. Quizás Bono, tan al loro siempre de todo lo en verdad importante, como hípico caballero sudista, hubiera debido ordenarle a un ujier que al menos por la megafonía hubieran atronado entonces aquellos inolvidable sones del Gone with de wind.  Tan-tan-tatán, tan-tan…tatán.
   
      Post-post: ahora mismito caigo yo, la nada interbloguera que uno es, quiero decir,  en que también el muá, como el Presidente y como Ana Oramas, tiene un vástago de dieciséis abriles, que también yo como ellos me perdí muchas cosas de la vida de mío figlio, y aunque fuera ello por culpa de desempeños mucho menos filantrópicos y abnegados que los suyos, también me aplico yo el cuento de Ana Oramas, ese de fuertemente agarrar la vida que ahora me viene, que creo que también un poco lo merezco, así que muchas gracias a vos, Ana, y si por milagro d´amore a Usted llegan estas lineas, nada, decirle que tengo yo un tomo de románticos relatos que son los pobres islas desafortunadas que por ningún modo encuentran edición, de suerte que quizás usted, con el desmedido corazón que Vos a las cosas le ponéis, quizás pudiera usted digo …pues eso, que beso yo mucho siempre sus canarios pies, Ana.             
    

lunes, 11 de julio de 2011

Víctor y Ana, dulces sueños, amargo despertar


     El rostro reclinó Victor M sobre el Amado, decíamos ayer. Hace sólo tres años del reparador sueñecito sobre el hombro providencial en la Noche de la Victoria. El otro día, cuando se destapó el lío del Montepío de la Innombrable, en cuya alta directiva el afamado cantautor protesta pasta, en exclusiva entrevista para EL PAIS sentenció él en primera instancia defensiva de ese Jardín de la Alegría cuyos senderos se bifurcan, que el sostener que han desaparecido cuatrocientos millones… “es de gilipollas”. Eso dijo él, todo un corazón tendido al sol, como sabemos. Luego quieren que los blogueros del hormiguero no seamos faltones, produciéndose tan elevados creadores en más deleznables términos que las verduleras estrellas de la Tele del Cinco. ¿Qué ocurrió entre el dulce sueño y el exabrupto abrupto de ese amargo despertar? Pasen y vean, si es que les place, mis nunca bien alabados lectores, este otro pasmoso Episodio Nacional.
     
      Habían creado los Síndicos de la Ceja la célebre Plataforma de Apoyo a Zapatero, con alegre músiquita ad hoc y tácita contraseña macarril y todo. Ellos eran… la PAZ, claro. Comparecieron en la noche electoral junto a él, ebrios de triunfo sobre el tablado de la victoria. Consiguieron la dimisión del anterior ministro, que no acababa de plegarse a sus órdenes. Instauraron de canónica ministra a una de las suyas, cuyo mayor merecimiento para el cargo era un desastroso guión precisamente titulado “Mentiras y gordas”, que gusta mucho a realidad y ficción meterse mutuamente mano aprovechando el revuelto caudal de la atestada actualidad . Afanóse ella cuanto pudo en la elaboración de la ley perseguida. Sólo que, había trámites legales inexcusables de cumplir, explotó mientras tanto la crisis económica negada, pasaba el tiempo, resultó el internet al cabo un vasto campo al que es difícil vallar por las bravas, empezó ZP a trastabillar… y ya el desánimo cundía entre las filas de la PAZ.
     Declaró entonces Víctor M que ya sólo a esas alturas creía él… “en la Guardia Civil”.  Dibujó un panorama apocalíptico, el discurso propio de lo que los de la PAZ llamarían un ultrarreaccionario de la caverna algo cenizo: “…ya está todo podrido,... todo está destruido, las cosas no se van a poner mejor, son historias siniestras… hay una generación entera que ha interiorizado que de esto no se vive,… el consumidor roba siempre que puede y no le pillen, las cosas no se van a poner mejor,…  para los políticos la cultura empieza a ser algo cuando la pueden instrumentalizar, España es uno de los países más piratas del mundo, aquí sólo preocupa la Guardia Civil”. Todo un sorprendente vademécum de optimismo antropológico, vamos, pues no reclamaba, claro, Víctor Manuel, nada para su persona, “yo estoy de vuelta, hablo por la gente que viene detrás”. Ya.
     
      Las apesadumbradas declaraciones del asturiano (“las medidas antipiratería llegan tarde”) revelaban a la vez el desencanto del Alto Marquesado de la Cultura para con ZP, -el garante gerente de sus filantrópicos intereses-, y el recelo de ese formidable grupo de presión a la simple disposición legal, que como tantas en España se cumplen a medias, a la par que la admiración y hasta el reclamo de la bruta fuerza expeditiva (¡A mí la Guardia Civil!) que hiciera valer su cejijunto privilegio. Pedía entonces a voces Bosé, atacaito de los nervios, la policía contra los manteros callejeros. Sólo nos queda Rubalcaba, venía sobre todo a significar la protesta de fé en la Benemérita, que a la postre llegaría… para esposar a Teddy y a sus cuates.
     Bueno, sobrevino la crisis económica que primero se negó, con el desastre social subsiguiente. La lógica implacable del Capital Tal, que diría mi amigo de la Spanish Revolution. A los mandamases socialistas no les fue en cambio nada mal: hipódromo de Bono, florecientes joyerías de su esposa, galáctico fichaje bancario de Maleni, ostentosas comisiones de un tal Iván Chaves,  pensionazas de Teddy,  tan sólo unas muestras entre tantos otros barrosos pastizales. Carlos Carnicero llegó a amenazar en su blog con contar un día cómo habíanse hecho de oro los amigos presidenciales. Se necesitaba con urgencia un discurso legitimador del cacao maravillao. Aún la teoría de la burbuja no se había formulado. Compareció entonces al público escenario de las ideas Ana Belén, mírala, mírala.
     “Los españoles hemos vivido como nuevos ricos. Nos hemos creído los reyes del pollo frito. Pensábamos que todo era una fiesta, que nada tiene final”, con este triste lamento de adolescente contrariada resumió ella el cuadro del Desastre. Así, con ese difuso plural  buscaba Ana B transferir graciosamente el vituperio a la generalidad de los españoles, difuminar en el etéreo Viento de Agapimú la bien concreta responsabilidad del despilfarro y la inacción, tan grande como la misma Puerta de Alcalá, que sería luego indignada Puerta del Sol. 
     
      Era, una vez más, como si los ricachones del mester de progresía bienpensante quisieran traspasarnos a todos la carga de la incumbencia de su propia complicidad. Y ocurría en esto, como en tantas cosas, que quien más debería, por propio y mínimo decoro, un poco cortarse al menos, no dejaba de rajar y hasta de dar magistrales lecciones de lo que se terciara. No era preciso remontarse, turbias aguas de la memoria histórica arriba, hasta las niñas prodigio del zampoyyofranquismo, ni siquiera a las millonarias soldadas obtenidas, como gallardoniano emblema, de la comunidad madrileña. Pero, ¡por el amor de Víctor Manuel!, ese hombre, ¿no hubiera debido, antes de desparramar sobre la cabeza de todos el cubo de la basura responsable de la ruina, moderarse un poco precisamente quien se apalancó una millonada en benéfico concierto toledano con cargo… a fondos destinados a la erradicación de la pobreza en el mundo?
     Sí, el sosegado sueño de aquella noche de verano de golpe se quebró. Arribó al palacete de la Innombrable, de la mano del juez Ruz, la Guardia Civil para apresar a algunos jerifaltes de la Honorable sociedad, que en lo más duro de la crisis habíanse hecho lindos apandadores de lo ajeno y dijo entonces Víctor M,  rehén de brusco y malhumorado despertar, esa cosa de los gil y tal y tal Con lo propio que le hubiera quedado replicar a la prensa tan sólo: ¿Teddy B, decís? Agapimú, Agapimú. Y por cierto, ¿qué les parecerá a los del 15-M  Víctor M?





viernes, 8 de julio de 2011

La Noche Oscura de Víctor Manuel


     
      Apuremos un instante más una de las Imágenes por antonomasia de estos años que vivimos zetapeicamente. Era la clara noche de la segunda victoria electoral de Zetapé.  Principiaban entonces, al decir de Zerolo, cuatro años más de democráticos orgasmos. ¿Os imagináis? , añadió radiante, con bríos de Cameron Díaz brillándole por entre los ojos, el señorito. Y cómo habríamos de imaginar placer tanto. Bueno, de pronto encaramóse al estrado Víctor Manuel, comandante en plaza de la Ceja, ese jardín de la Alegría zetapeica. Y allí, delante de la querida presencia Vencedora, perdida un poco la compostura, casi en femenil querencia, vivió Víctor Manuel la Noche oscura de su alma enardecida. Víctor y Víctor, Víctor M y la Victoria hecha Hombre anudados en público, apoteosis y sobredosis de vencedores, pues .
     Críate fama de cantautor protesta para acabar en esto, para al fin echarte a dormir casi abrazado al regazo del Presidente. Recreemos esa noche oscura, penetremos los abismos de esa Pasión incomparable, participemos así, aunque sea de refilón, de semejante deliquio.
                               En mi pecho florido
                               que entero para él solo se guardaba
                               allí quedó dormido,
                               y yo le regalaba,
                               y el ventalle de cedros aire daba.
  (Y, en efecto, he ahí ese pecho florido, el del mandamás de la rosa socialista, ese pecho leonés de poéticas flores atiborrado, que por doquier Él a su paso derramaba, el propicio almohadón de ese hombro providencial y presidencial sobre el que descansar, y sí, allí quedó nuestro cantautor, como dormido en un complaciente sueño, como demudado de efusión, y acaso el sueñito éste valiera la regalía del Canon, quid pro quo, yo me recuesto delante de todos a tu costado y me dejas tú a cambio un regalo, como cuando de niños el ratoncito Pérez Rubalcaba nos dejaba un presente, ¿acaso no notas, oh Invicto príncipe, este Viento de cedros que nos acuna, que, sabido es, la Tierra entera sólo al Viento pertenece?)
                                 El aire de la almena
                                 cuando yo sus cabellos esparcía,
                                 con su mano serena
                                 en mi cuello hería,
                                 y todos mis sentidos suspendía.
 (mano serena, sí, y sonrisa gioconda en el perfil de esos labios también serenos, en esos ojos de Gladiator vencedor y de recientes campañas fatigados, victorioso guerrero presto ya al reposo y al deleite, ojos entreabiertos, como achispados de idilio, ah, la galanura presidencial de esos brazos hospitalarios, ven, tesoro mío,  que te embarcaré yo entre la cuenca propicia que forman mis brazos fundidos a la artesa de mi pecho, ven, y esas manos como suavísimas flores acariciantes, sobre el hombro y sobre el mentón, y sobre los cabellos y el cuello y la oreja misma del gran cantautor, cuya manita entrelaza y se ancla al antebrazo presidencial, cerrando así el círculo perfecto del abrazo, apresándose por propio gusto, preso tuyo soy, a ti me doy,  como sólo hacen los enamorados, más la sonrisa feliz del cantautor, de amante desfallecido, rendido a los resplandores del Vencedor, también como de plácido angelito durmiente, ahuyentados todos los temores nocturnos, a salvo ya entre la mullida arboladura presidencial, ah, esa frente que descansa piel con piel sobre la firme mandíbula zetapeica, sí, diríase que todos los sentidos suspendidos)
                                     Quedéme y olvidéme,
                                     el rostro recliné sobre el Amado,
                                     cesó todo, y dejéme,
                                     dejando mi cuidado
                                     entre las azucenas olvidado.
  (Hum, y lo agustito que así se está, esas caritas, esa Cáritas, olvidado de todo y de todos, olvidado de uno mismo incluso, de las urgencias del mundo y de los blogs, de la realidad pesada del propio cuerpo, en éxtasis ya, contemplándonos en paz sin el cuchillo del Tiempo en la espalda, rostro con rostro tú y yo, el tuyo y el mío cara a cara, y disolvernos tú y yo en nuestro amor pluscuamperfecto, acurrucadito a tu vera, deshacerme así contigo, escuchando sólo el latido de tu corazón y el fluir tranquilo de la sangre corriendo tus venas, el rumor de tu respiración más íntima, puede ya acabarse el mundo, que lo mismo me da, libre incluso de la propia conciencia, enajenado, pena de esos malditos focos, con lo requetebien que se está entre las azucenas moradas de tus brazos enamorados, tan de cerca tú y yo, juntos de la mano en el jardín, humm, amore mío, que sólo pienso en tí).

     Postblog: cuentan que a las afueras de Weimar paseaban una vez Goethe y Beethoven en animada charla. De pronto un carruaje principal ante ellos se detiene. Era el Archiduque de Baviera, o algo así. Allí se le veía, emperifollado tras la ventanilla. Se aprestó Goethe a hacer entonces al Poderoso la florida reverencia, mientras Beethoven seguía a lo suyo. Desaparecido el carruaje, Beethoven, con ánimo torvo, le espetó al escritor: “Pensaba que erais el Rey de los Poetas y ahora veo… que sólo sois el poeta de los reyes”. Pos eso, lector mío.




    

miércoles, 6 de julio de 2011

El Dioni debería presidir la SGAE


    
     Lo digo sobre todo porque, si Teddy B anda afónico, al menos el Dioni canta. Es un crack el tío. Ya en su momento el gran Sabina dedicóle memorable copla encomiástica. “¿Dónde-está-la-pasta?, clama el Dioni en su vibrante rock and roll, y también eso mismo se le puede reclamar al gran Judas de la Innombrable Sociedad General. Cuando en el plató de Tele 5 aquel día, en vivo y a traición le desnudaron del peluquín, y así en grado máximo delante de todos le vejaron, por muy que en el mefítico guión acaso estuviera comprendida la cosa, sintió uno piedad hacia él. Pues ahora, Dioni, anda, tronco, échale otra vez un par y preséntate para presidir la Innombrable. Tienes ya el lema niquelao: “¿Dónde-está-la-pasta?”. Arrasas, tío, te lo digo yo. Llévate en la candidatura contigo a Little Carmona y su sabor a canela en rama. 
     A la postre el Dioni sólo a un banco le robó. Sí, un banco se hace bien odioso en las conciencias cuando cobra cruel comisión hasta por las humanitarias transferencias de fondos para los pobres damnificados del terremoto en Haití. Por cierto, lo mismito que entonces pretendió la Innombrable sociedad, que,  de la mano rectora de Teddy B, quiso arramplarle el pellizco de su alcabala  a un festival benéfico para haitianos deudos, o al de aquel niño enfermo, o a tantos otros.
      
      Si el Dioni alcanzara la presidencia de la Innombrable, ya te digo, sin duda podría ésta recobrar una mejor imagen pública y, lo que es más importante, una naturaleza y una sustancia íntima más humanitaria y compasiva. “¿Dónde-está-la-pasta?”, eso, eso. Reza el espíritu fundacional de la muy honorable sociedad Innombrable, que es la suya una entidad, agárremonos que viene Judas… sin ánimo de lucro. Arándanos, si lo llega a tener. Ya veremos si, por muy coleguitas que sean, hasta al mismo ZP no le pasaron la factura por los arreglitos que el muy cuco le hizo al  Deuteronomio cuando lo de Obama y tal. Cree uno que, visto el pastón  en que se mueven los números de sus capitostes, la ausencia de lucro esa es  una leyenda urbana más, de mayor calado incluso que las trolas de los boleros del Dioni. Quizás debiera el gran Sabina también, por aquello de ser ecuánime cronista del asfalto, levantar ya bravos versos cantábiles a Teddy y  a su transilvánica estampa dedicados.
     
      Y es que a veces la Innombrable proyecta la imagen invertida de los románticos bandoleros, como si fuera a los pobres a quienes gustara de acogotar sin tregua para sólo su pingüe medro. Como esos delincuentes compulsivos que incapaces de reprimir su pulsión delinquen una y otra vez, y que tanto gustan a las televisiones, a todo lo que se mueve dispara la Innombrable. Hagámosle a la Innombrable su peculiar lista de Schindler: tristes peluquerías de barrio, equipos de baloncesto mediopensionistas que han de renunciar a su himno, baruchos de malvivir, tunas que han de pasar la pandereta para los chupasangres, centros de jubilatas, festivales de discapacitados, escolares funciones de instituto, tiendas y restaurantes de barrio a punto de echar el cierre, contra los anarquistas, contra las radios en dificultades, contra los consumidores sin distinción.  Hasta todos llega la larga mano de la Innombrable, que con armadura legal y batallón de picapleitos cuenta para sus atropellos. ¿Amagos de protestas? ¿Súplicas? “Que paguen y punto”, bramaba con crueldad avara Teddy B. Eso, que paguen, ¡y contra ellos la Guardia Civil!, azuzaban con saña Víctor Manuel y Ramoncín al alimón. Y queda terminantemente prohibido teclear en el google la palabra latrocinio, no vaya a ser que broten ahí de golpe, como en mágico espejito, espejito, el nombre de la rosa y el esplendor afilado de sus espinas empaladoras. 
     
      ¿No es por un casual, Mr ZP, explotar a quien con el sudor de su frente se afana cada día por llevar el jornal a su casa lo que la Innombrable hace? ¿Cómo entonces su acendrada sensibilidad social lo permitió y alentó? No tenían bastante, a lo que se ve, con sus opíparos sueldazos, con sus estratosféricas pensionazas. Por supuesto, el tendero de la esquina es un puro explotador facha. Ellos, los bienpensantes apandadores, son la limpia conciencia de la Humanidad en marcha.
     Así es que anda, Dioni, prenda, ponle un par a la cosa y postúlate tú a mandamás de la Innombrable. Llévate a Little Carmona de number two. Sólo a pleno pulmón habéis de preguntarle  a Teddy eso, “¿DÓNDE-ESTÁ-LA-PASTA?”. A ver si de una vez Bautista canta. Vamos, tío, no tenemos nada que perder, sólo nuestras cadenas. Que estoy viendo ya mismo a toda una marabunta de superidealistas Indignados, a cuyas limpias conciencias es que se les hace insoportable tanta rapiña, acampada ante el magno Palacio de la SGAE en pro de la gloriosa Spanish Revolution, of course. Que Teddy fue también él, en su momento, oh tiempos, un no menos furioso indignado. ¿Y ahora qué Teddy B?



lunes, 4 de julio de 2011

Zapatero y la Spanish Revolution

     



      Imaginémoslo por un instante: si Zapatero se hubiera negado hace un año a ejecutar los severos recortes sociales a que le urgían Merkel y Obama y, solo como la luna, sí,  pero también como una clamorosa luna llena de coherencia y de honestidad consigo mismo y con los sagrados principios que dice le inspiran –aquella ansia infinita de paz y el amejoramiento de la vida de los más humildes, tal como él mismo con nítida rotundidad los dejó enmarcados en el frontispicio del discurso de su inaugural investidura- hubiérase marchado entonces a casa, dejándole a Big Faisán para él solito los trastos todos del Poder, vista ahora la colosal marea levantada por la Spanish Revolution, qué o quién le hubiera impedido a Zetapé, pulgar extendido en ristre y guiños al Viento, capitalizar como todo un campeón del Pueblo las mieles de la inminente victoria. Las banderas republicanas –tan caras al imaginario zetapeico- que ondeaban el otro día por Neptuno a buen seguro flamearían  por él.
     No lo hizo y anda ahora el pobre como ausente, porque claro se ve como el agua que la modernización capitalista de la economía no es lo suyo, y que le siguen repicando por su interior, y cómo de persistentes, las campanadas que a él de verdad le conmueven, ese precipitado difuso de radicalismo naif e ignorancia rencorosa que a él  distinguen. Se dan, a mi modesto juicio, toda una serie de neblinosas concomitancias y de simbióticas relaciones especulares, como las de los célebres espejos deformantes del callejón del Gato que citara Valle-Inclán, entre la orientación básica de Zetapé en la política y muchas de las ensoñaciones anti-liberales más movilizadoras de la Spanish Revolution. ¿No sostuvo acaso el propio Presidente, en portentoso desdoblamiento a la vez que muy entrañable confesión, que de tener él veintipocos abriles habríamos de buscarlo entre las huestes de la Puerta del Sol? ¿Y no sería acaso su líder natural?
     
      Entre aquel hombre que reconocía sotto voce, pese a llevar en el Congreso casi veinte años ya, no tener ni papa de economía –ostras, se le ocurrió a Jordi Sevilla ponerle deberes para dos tardes y lo fulminó en un pis-pás-, que a propios y extraños aseguraba la noche misma de la Victoria que el Poder no le iba jamás a cambiar, que no  iba él a los ciudadanos a fallarles nunca, que se sentía, claro,  “rojo”, que “no puedes imaginar, Sonsoles, la de miles de españoles que podrían ser presidentes”, que juraba y juraba más tarde “que su gobierno no dejaría tirado ni a uno solo de los españoles que necesitase ayuda”, que a la mínima derramaba por do iba sonrojantes delirios seudopoéticos sobre el Viento, la Paz y el Amor, de un lado,  y el ramillete portasolero de imaginativas proclamas en esos cartelitos tan guays, entre apocalípticos y cursilongos,  o la colorista y utópica sarta de demagogias socio-económicas, encantadas encima de desconocer las leyes económicas y el desastre criminal de las economías planificadas, que alegremente lanzan al Viento muchos de los asamblearios portavoces de la Spanish Revolution, de otro, ¿no hay un similar aire de familia en común respirado? De alguna manera son muchos de los que comulgaron y crecieron con las alegres y pre-políticas idealizaciones populistas del primer Zetapé quienes, sin comprender quizás del todo, como el propio Presidente, lo que en realidad con la crisis ha sobrevenido, escenifican ahora por las plazas su propia decepción y estupor ante el descubrimiento de la ley de la gravedad. Esto explica también las continuas cucamonas “comprensivas” que los prebostes cooptados por Zapatero al Poder prodigan, en irreconocible estampa de relaciones Poder/Revolución,  hacia las masas indignadas.
     
      Sin duda resulta la Spanish Revolution original en sus trazas: no se encontrará en la Historia otra revolución como ésta, presa de un en apariencia inexplicable y al tiempo extraordinario recato, que menos se atreva a nombrar al gobernante del Poder contra el que se rebelan. Sí, a Esperanza Aguirre, de hija de la gran a coro se la festeja y frente a la sede de su gobierno se acampa, a Rita Barberá se le monta el número a las puertas de su casa y por escrito se le desea la muerte, al Parlamento catalán se le cerca, ¡hasta a un diputado ciego el perro se le quiere quitar!, mas al Presidente que al Desastre todo llevó… sólo unos monjiles pellizquitos los revolucionarios procuran, como si al padre putativo de todo ese fenomenal caudal idealista evitaran de forma inconsciente lastimar. Seguro, que de estar Rajoy en el machito, hubiera estado la Spanish Revolution atacada de un idéntico pudor. Más: al envolver la crítica en una formidable impugnación al Sistema entero que neutralice y obstruya la alternancia, está la revolución, insólitamente, contribuyendo a difuminar casi del todo la presidencial responsabilidad, siete años después de bellacos y antipatriotas epítetos presidenciales. ¿Por qué?
      
     Es como si, en asombroso espejismo, los ideólogos de la Spanish Revolution, los venerables ancianos Hessel y Sampedro, viniesen a ser, vivitos y coleando, recuperado de alguna forma así, el mismo abuelo que a Zetapé los franquistas fusilaron, selectiva memoria histórica ésta que no se recató Zetapé en revolver… ¡incluso ante la madre de Irene Villa!, queriendo ponerse así él galones también de víctima del terrorismo. Y digo espejismo, porque archisabido es que Zetapé tuvo dos abuelos, que el fusilado fue agente doble, y que, en el colmo de los colmos estocolmos, resúltase que Sampedro, exitoso escritor en el odioso capitalista Sistema, vaya por San Hessel,  participó en la guerra civil… del lado franquista.
     Así, como una nota semifusa más en la melodía de los altibajos de esta partitura compartida que nos suena, si entre los políticos singularizó a Zetapé entre sus cofrades un mímico aspaviento que enarcaba con la mano la propia ceja, otro mímico gesto de las manos, tomado del lenguaje de los sordomudos, ha caracterizado mediáticamente las asambleas revolucionarias, como si la Palabra, y con ella el logos, tan contraproducente en estos tiempos icónicos, más que otra cosa estorbase.
     
      Penúltima prueba del nueve de este especular y espectacular juego de equívocos y espejos rotos: a la Spanish Revolution le falta sólo, para ser en verdad inolvidable, una música, una canción quizás, que todos sus ardientes defensores sientan como propia. Cómo no va a tener prestigio y fulgor cegador entre las hispanas gentes la idea de la Revolución, si incluso los baladistas de éxito del Sistema, los Amarales digo, la cantan, extasiados ante su inaplazable urgencia. Imaginemos que el otro día en Neptuno, un grupito cualquiera de aquellos idealistas hubiera subido al estrado, con armónicas y guitarras en bandolera pertrechados. Que hubieran cantado y hecho cantar a las masas, entrelazadas las manos y los corazones de todos allí, una tonada que dijera algo así:

     Defender la Alegría
     como una trinchera,
     Defenderla del caos… y de las pesadillas,
     de la ajada miseria… y de los miserables,
     de las ausencias breves… y de las definitivas.
     Defender la Alegría
     como un atributo,
     defenderla del pasmo… y de las anestesias,
     de los pocos neutrales… y de los muchos neutrones,
     de los graves diagnósticos… y de las escopetas.
     Defender la Alegría
     como un estandarte,
     defenderla del rayo… y de la melancolía.
     Defender la Alegría.

     Dime, lector, ¿no habríase venido Neptuno entero abajo? ¿no hubiéranse sentido, a la vez confortados, emocionados, sacudidos y espoleados, todo eso al tiempo, aquellas miles de almas? ¿No recogerían esos versos, que remedan el Himno de la Alegría de Beethoven y de Schiller,  la medular esencia de la Spanish Revolution, el “que somos humanos” que a su manera enarbolara Little Carmona? ¿Cómo, después de algo asi, con abstractas consideraciones y con gélidas estadísticas enfrentarse a una fuerza semejante? Imposible de parar. Pues bien: esa es la letra exacta con que los afamados cantautores de la Ceja pidieron hace ahora tres años el voto para… ¡Zapatero!
     Y quizás entonces, para hacerle justicia poética al aún Presidente, muchos allí mismo acordarían partir e ir a acampar sus reales y sus tiendas… en el polvoriento aeropuerto non nato de Ciudad Real, símbolo máximo y más acabado del zetapeísmo a guardar para siempre, memoria inolvidable y cifra exacta de sus realizaciones: ruina y palabras que se lleva el Viento, padre éste, al decir de Zetapé, de todas las cosas de la Tierra.
     Y por cierto, que podrían más tarde levantarse allí, con la altura misma de aquellos hangares desangelados, sobre el asfalto de aquellas pistas del imprevisto aterrizaje de la desolación, reconvertido el aeropuerto al menos en rentable parque tematico, en la perdida Terra Mítica del Zetapeísmo, y elevarse allí, digo  soberbias estatuas de Sabina, de Serrat, de Victor Manuel, de Ana Belén, de Miguel Bosé, de Concha Velasco y demás cantores del Jardín de la Alegría Zetapeica, tan, tan revolucionaria siempre.

      
        
    
         

martes, 28 de junio de 2011

Padres, hijos, Kate Middleton, lady Di y por ahí (Relato)


      
     Tenía que ir yo mismo al centro el otro domingo a recoger al mío figlio, que se examinaba de inglés en uno de esos paraoficiales centros que su graciosa Majestad Británica tiene por todo el orbe repartidos. Bueno, no se le da al chico del todo mal, y en esta academia –por no tanto dinero- han conseguido que no aborrezca el idioma de Shakespeare y de los Sex Pistols. Le digo yo, en plan folletón decimonónico, “apenca, hijo mío, porque con el dominio del inglés… tendrás la llave del mundo en tu mano”. Me mira entonces mi hijo y se encoge de hombros. “Claro, como tú controlas tanto inglés”, me replica. Se sopla de lado el flequillo melenudo y me deja luego con la sentencia en la boca, sin decir diciéndome que le deje mucho en paz. Él quiere sobre todo aprender inglés… ¡para no sentirse del todo perdido en el Japón!, que es El Dorado que por el momento le tiene, a través de la figura interpuesta de una amiguita japonesófila con la que se habla por el Internet, algo nublada la voluntad. Quiere luego atreverse con el mismo idioma japonés, aunque comprende mi criatura que por el momento es tarea esta que excede a su capacidad, lo que no obsta para que a todas horas porfíe en los cuadernos escolares con misteriosos pictogramas en la lengua nipona, que acaso le ordene memorizar como inexcusable prueba de devoción la amiguita de los manga. ¿Qué sabemos en realidad de nuestros hijos? ¿Qué japoneses denuestos no dedicará a su padre en esos puntiagudos garabatos como recién afiladas dagas?
    
     Además de lo del inglés siempre ando yo encareciéndole a mi hijo que module sus andares, que son sus trancos por la calle, cómo decirlo, un poco deslavazados y desparramados, con algo de bamboleo gorilesco en los mismos. Ya comprenderán lo mucho que esta reconvención encabrona al mío figlio, que suele ojerizarme en estos casos con muy reconcentrada aversión. Le digo yo entonces, sin duda para mortificarle en un grado más, pero consciente a la vez de mi inexorable responsabilidad paterna, que claro, si domina ya lo básico del idioma inglés, si tiene las claves del Planeta a su alcance, es que es entonces… todo un gentlman por dentro ya casi, y que muchísimas ventajas más le esperarían, incluso en el mismísimo Imperio del Sol Naciente, si al british acento en la voz acompañara en el desenvolverse el legendario porte y la innata elegancia vertical de los hijos de la Gran Bretaña y del Corte Inglés, “pues de lo contrario, hijo mío, los japas pensarán que eres tú un impostor, y ellos, tan ceremoniales y rígidos de consuno, permanecerán impasibles en tu presencia, vamos, que no harán puto caso a las empresas que allá tú  lleves, Marco Polo mío”.   Ah, cómo le hierven de odio paterno entonces a mío figlio los suyos ojos. Le doy yo luego un cachete y cinco euros, queriendo así solucionar con gracia la afrenta, acaso cebando más la natural traca de animadversión que los hijos guardan siempre a esas adolescentes edades hacia sus padres. ¿Odiaba yo hace dos mil años al mío padre? Seguramente sí.
     Esa misma mañana se lo había yo una vez más recordado, “suerte, hijo… y camina recto, no lo olvides”. “Joooder”, me replicó él y se fue contrariado a su examen. También yo es que soy la polla records, I know. Y ahora estaba yo allí, cuatro horas later, sobre la cera de la academia junto al resto de padres, esperándole a la salida, con los dedos cruzados como un bobo y caminando medio histérico sobre esos cinco metros pacá-y-pallá, como en el patio de una cárcel, deseando que le hubiera salido bien la prueba, y que así la gracia de su graciosa Majestad, o de Kate Middleton en su defecto perfecto, desde algún rincón propicio de Buckingham Palace nos extendiera su first plácet. Y andaba yo así, con los dedos de ambas manos engarfiados, en tan poco flemática pose, cuando alguien tocó mi espalda. “Jose, tío,…no me jodas… pero qué haces tú aquí”.
    
     Por los clavos de lady Di, q.e.p.d., allí estaba ¡Edmundo! mi gran amigo de la Universidad, a quien no veía yo como poco desde hacía más de doce años. “Para un poco, tío, que parece que estás en la antesala del paritorio”, me reconvino él con amabilidad. Joder, qué alegría encontrarme allí a Edmundo. Mi gran amigo de la Facul. La de veces que a las tantas habíamos arreglado el mundo mano a mano sobre un Mini de rica cervecita, dorada como el oro puro de nuestra amistad, compartida por los antros de los bajos del madrileño Aurrerá. Hum, el aroma embriagador de aquellas noches de bohemia y de ilusión me acarició como brisa milagrosa levantada de la nada un instante el rostro.  Resulta que su niña, de la misma edad que mío figlio, exáminábase también de inglés. Ah, el sobadote kleenex del mundo volvía así por sorpresa a anudarnos a ambos en uno de sus infinitos gurruños. “Jose, cabrón, estás igual”, me dijo Ed, mirándome directo a los ojos desde su altura, como siempre hacía él. Y sin embargo, bien sabíamos los dos que no era así. Hace doce años mis hermosas greñas alteraban las fases de la Luna, que no quería Selene por nada perdérselas; ahora… mejor dejémoslo.
     Era él quien de forma asombrosa aparecía ajeno por completo a los estragos del Tiempo: espigado, bien parecido, con su rostro anguloso de galán de Hollywood, un Matt Damon de Moncloa Sur,  a la vez distinguido e imperturbable como un lord. Nos palmeamos fuerte a la altura de los hombros. Hablamos un rato: a los dos nos va… regular. Y cómo habría de irnos, si la vida es una eterna promesa que, por propia ley suya, acaba siempre en fracaso. Siempre hay una distancia irrellenable entre lo que, ingrávidos, soñamos un día y el irrestañable abofeteo de realidad que los años procuran. Al menos conservaba mi amigo, de momento, su legendaria apostura.
     
      En éstas salieron justo entonces en tropel los cachorros pequeñoburgueses que habían finalizado su pequeño juicio isabelino. Fue curioso, porque aquel grupito de treinta o cuarenta yogurines que acababan de examinarse, unidos por la argamasa de la experiencia reciente, -dos horas largas de oral y escrito examen-, se demoraban charloteando entre ellos a la puerta de la academia, sonriéndose mutuamente, componiendo sus primeros gestos adultos cara a la galería que éramos entonces sus padres,  como si se conocieran también ellos al menos desde hace una docena de años, apurando la aventura de sentirse mayores y autónomos ya, un grupo matriz en sí, y no las simples filiales de los viejorros que, al otro lado de la verja asistíamos algo atónitos, haciéndoles vagas señas de apremio, al alegre compadreo de nuestros retoños. “Míralos, y no tienen prisa, hay que ver”. 
     Qué paisaje costumbrista de un Turner urbano acabó por formarse allí: delante de la pretenciosa Academia de rosados muros recién pintados, sobre la gris acera salpicada de frondosos árboles entre los que los rayos del sol apenas podían entrometer su lanza, los unos a la sombra ya de su propia madurez, los otros refulgentes de juventud al pleno sol, los dos tan distintos grupos separados por una verja… y por mucho más. Me pareció como si entonces el Tiempo, el jodido meridiano de Greenwich percutiendo en el Big Ben, hubiérase detenido. Podría lady Di, q.e.p.d., habérsenos allí aparecido y servirnos a todos un inolvidable té, con el limón refrescante de aquella pícara sonrisa de ojos bajos.  
     “A que adivino de entre todos quién es tu niña”, me aventuré entonces a soltarle a Ed, deseoso de presumir ante mi amigo de mi enorme intuición escritora. Sobresalía del grupo una adolescente morena, muy alta y estilizada, de ojos almendrados y trazas de futura miss. Más, mucho más guapa que Kate Middleton. Giraban un poco todos sin darse cuenta alrededor de ella, como rindiéndole involuntario homenaje. Sonreía ella sin descomponer ni un instante un aplomo insólito para esa edad. “¿A qué es esa, eh, Ed, a que sí?”.  “Jose eres… mooi bueno, acertaste, capullo…” “¿A que te adivino yo ahora quién es tu hijo?”, me devolvió rápido él la estocada. “A ver, a ver, listillo”, le emplacé yo a Ed, anhelante de que mylord allí patinara y partiérase simbólicamente la crisma. Mio figlio me saca cabeza y media y gasta unas melenas sesentayocheras, de estrella del rock…japonés, así que me sentía yo ganador ya de la vaina. No se tomó Ed más de tres segundos: “el de la camiseta negra con letras japonesas, ése es”. 
     “No me jodas, Ed”, le respondí desolado, “…cómo pudiste calarle”. Pero más helado acabó por dejarme la aplastante explicación que vino después, “pero, tío, si es clavado a ti, si es que se mueve, gesticula, camina, anda igualito que tú”. “Ed, GRANDÍSIMO SON OF BITCH  POR SIEMPRE TÚ SEAS”, era todo lo que me repetía por dentro entonces, tras la radiante sonrisa de aprobación que regalaba yo a mi mejor amigo, allí felizmente reencontrado. Se deshizo al cabo el grupo de los yogurines en festín y caminaron nuestros hijos hacia donde estábamos. Observaba yo a mi hijo acercándose, sus andares arrítmicos y sin compás, un poco palurdos, reverberaban aún por entre las hojas de las acacias las notas del reciente “se mueve igual que tú” de mi amigo, y a mi hijo se le veía contento, acaso por ir al lado de una niña tan guapa y naturalmente elegante. Tuve ganas de salir corriendo a su encuentro y abrazarles, aunque es posible que la británica compostura que exhalaba el edificio fuera la que me disuadiera de hacerlo.
     
      Llegaron al fin los niños a la nuestra vera. Me sacaban a mí los tres más de medio metro. Debía parecer yo un pitufo entre gigantes. “¿Qué tal os ha ido, chavales?”, les inquirió con diplomática energía Ed. “Bien, era fácil”, dijo la niña, y  besó en el mentón a su papi. “Bien, bien, pero hasta julio no sabemos nada”, le contestó mi hijo. Nos estuvieron contando cosas del examen durante un buen rato. Se nos hacía ya tarde a todos. Nos despedimos de ellos intercambiando telefónos y prometiendo volver a vernos muy pronto.
      A solas ya con mío figlio noté yo que recobraba enseguida él su habitual adustez hacia mí. La revelación de Ed, que ahora se había posado en mi entendimiento, me había dejado también a mí hecho papilla. Pobre chaval mío, había estado yo dándole a base de bien la vara durante los últimos años y con acritud a costa de un pecado que era mío. ¿Cómo se disculpa un Padre ante su hijo sin hacer el ridículo? Caminábamos hacia el coche y existía como un metro de de insalvable distancia y de silencio entre nosotros. Sólo reducían en algo ese hueco los naturales penduleos de nuestros pasos toscos. Necesitaba pedir perdón a mi hijo. Bueno, me acordé de una escena maravillosa de “París-Texas” de Wim Wenders y, agobiado por la premura de restañar la herida abierta, decidí literalmente fusilarla. También había allí un padre deseoso de ganarse el perdón y la estima de su hijo.
     Igual que el protagonista en aquella peli, ante la sorpresa de mi hijo, crucé hacia la acera contraria y me situé justo enfrente de él. Seguíamos avanzando hacia nuestro coche aparcado. Por suerte apenas había viandantes a esas horas caniculosas. Igual que aquel prota,  adecenté cuanto pude mi indumentaria, estiré  mi osamenta y enderecé hasta el límite mi porte, como si me hubiera de golpe tragado una espada y  todo un señor caballero tory, más tieso que una vela,  con los pulgares en los bolsillos de mi inexistente chaleco, paseando su ceremonial imperturbable por la misma City yo ahora fuera. Me miraba él, desde el otro lado de la calle, con ojos alarmados. Igual que en la peli, llevando un paso más allá, hasta la farsa, la imagen acartonada del estilo victoriano y señorial, exageraba los ademanes tiesos, como uno de esos robóticos soldados del cambio de guardia del célebre palacio inglés. Quise, como en la peli, incluso caminar así de espaldas, saludar firme con el bombín que no tenía y que me viera mío figlio hacer todo serio yo el tonto, por ver si de esta manera conseguía una sonrisa suya. En vano, porque sólo de reojo seguía él mis grotescos estiramientos al otro lado de la calle, como si quisiera no del todo reconocerme.
     
      Notaba yo, mientras prolongaba in extremis el numerito, que mi repertorio estaba llegando a su fin, que no lograba nada, y qué es lo que iba a hacer luego yo. Por suerte –y esto ya no estaba en la película, en la que el padre conseguía con esta maña el aprecio de su hijo- di entonces una mala pisada que acabó con mis torpes miembros rodando por los suelos en, ésta si que sí, penosísima estampa. Ostias, mínimo un esguince, pensé retorciéndome sobre el asfalto. Un coche frenó, unas voces lejanas de alarma se levantaron, unos pájaros salieron en desbandada. Llegó entonces a donde yo yacía mi hijo, haciéndose cargo, con tranquilizadores gestos ante los transeúntes, de las riendas de la situación. Traía la cara congestionada por las risas. “Papá, qué guarrazo te has pegado, indeed you are very silly… ¿estás bien?”. 
     Bueno, no era un esguince, y podía yo caminar de sobra, pero dramaticé todavía un poco, sólo para agarrarme al brazo de mi hijo y que éste pasara el suyo por encima de mi hombro hasta alcanzar el coche. Y ya dentro del mismo, mío figlio, como si fuera  tras todo lo ocurrido ahora él mi padre, con ojos soñadores me dijo, “creo que voy a aprobar el first… oye, ¿sabes? andamos los dos un poco de puta pena, ¿eh?, eso tenemos que mejorarlo, por cierto… que…cuándo vamos a quedar otra vez con estos amigos tuyos, no veas, papá, qué inteligente es la niña”. “Ya, ya”, le contesté.  Suspiré y miré a través de mi ventanilla antes de arrancar. Sí, en ese momento el Sol, que ya no era naciente, estaba tapado por una alta torre y desde allí su imperio parecía menguar un poco. Me dolía un poco el tobillo hinchado. No sé bien por qué, pero golpeó de nuevo  mi mente en ese preciso instante de nuevo la imagen de Lady Di q.e.p.d., de su pícara sonrisa de ojos bajos.
    
         

lunes, 27 de junio de 2011

Orwell y Garitano, por Guipúzcua de la mano


     
      Quiere uno, con sus dudosos medios, abandonar por unos días la Politicorra, y rebosante el corazón de infinitas ansias de belleza, cantarle a los ríos y a los montes, e incluso componerle un himno a la eléctrica agilidad de los verdes saltamontes, pero la actualidad es un potro desbordado que me cocea el rostro en su bárbaro galopar. Es Politicorra, lector, sí, pero es también el espacio sagrado en que se dirime la Libertad. Está además el conocido verso de Gabriel Celaya, que tanto canturreara entre mecheros encendidos de indignada conmoción in illo témpore Paco Ibáñez, que maldice la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales, que lavándose las manos se desentienden y evaden. No puedo yo, ni quiero, lector mío, evadirme de los graves episodios nacionales que ante nuestros ojos uno tras otro estallan.
     Accedió, como lista más votada, al Poder guipuzcuano la franquicia filoetarra de Bildu. El resto de los partidos sí se desentendieron, hiciéronse los neutrales y  les concedieron ese lujo. Malditos por ello, en lógica celayana, deberían por siempre ser.
      
      Veamos la imparable secuencia posterior: gritaron por la Independencia vasca (es decir, por la desmembración de España, sin que conste que a Maese Sala se le pusiese de gallina la piel), acosaron y amenazaron de muerte a representantes populares en varias localidades, dictaron inmediatas medidas para hacerles la vida aún más difícil a los concejales amenazados, repoblaron las calles vascas de sus totalitarios y nauseabundos pasquines, empezaron, contra la ley, a retirar de todas partes la bandera constitucional, y si un grupitos de Indignados gritó “Borbones-a-los-tiburones al paso de los Príncipes, los filoetarras, no tan radicales ahora, se contentaron de momento, en bien simbólico gesto, con ordenar retirar la imagen del Jefe del Estado español del salón de plenos donostiarra.. No sé, podrían poner la de Jose Antonio Ortega Lara tras su paso por el paraíso abertzale al que ellos arrojaron, a ver que tal. O mejor, la de Txapote, ese idealista, mucho mejor, dónde va a parar.
     
      La sesión para la elección del Diputado General de Guipuzcua resultó especialmente tenebrosa. Por si quedara alguna duda de la filiación batasuna, es decir, etarra, de la Cosa Bilduitarra, los históricos Joseba Permach y Rufi Etxeberría –siniestro autor este último, durante los peores “años de plomo”, de la criminal ponencia que abogaba por la “socialización de la violencia”, que pedía a ETA, y que ésta llevó de inmediato a cabo, la liquidación física de los representantes populares opuestos al separatismo- asistían complacidos entre el público, como postulantes sumos de Martín Garitano, a la ceremonia. Bendecían así a Garitano, que iba el pobre, puño altísimo, claro, a saltar el monte y la caja de piedad de un tajo.
     Éste, aunque podría también decirse que tratábase tan sólo de un simple detalle, portaba en la solapa para la trascendental ocasión una bien simbólica Insignia Habilitante: un pin en la chaqueta en el que figuraba el número de recluso de Arnaldo Otegui, queriendo asociar, sin dejar puntada etarra sin hilo, sin duda a este grandioso “hombre de paz” -que de él dijera alguien de cuyo nombre no quiero acordarme- a similar estatus de padecimiento y persecución al de los prisioneros judíos de los campos de exterminio. Le faltó ya digo, el pin de Ortega Lara. De suerte que, así ataviado, a todas luces se coordinaba en perfecto convoluto el profundo impulso ético del espíritu discursivo de Garitano con la indumentaria misma, en redundante armonía previa ya con las angelicales facciones, claro espejo de esa noble alma, que al Señor distinguen.
     
      Anunció así Garitano que se abría tras él, claro, una nueva Era verdadera. Prodigó ofrecimientos a embarcarse en la misma a todos los allí presentes. Pero el delirio empezó a tornarse dantesca pesadilla cuando  pidió al PP vasco… “que no haga política de consigna”, uno, “que asuma la responsabilidad de enrolarse en la PAZ”, dos, y sobre todo, en el clímax demenciado de aquel real aquelarre, “…que tenga la VALENTÍA de enrolarse a la nueva era”.
     “¿Y encima nos pide valentía? Manda huevos. Sea usted valiente y pida a ETA que se disuelva”, le replicó el portavoz popular, sin que Garitano respondiera a esto nada. Garitano, ese Big Abertzale,  le hubiera, sin duda, exigido similar valentía también a Gregorio Ordóñez, a Miguel Angel Blanco, a tantos otros, instantes antes de que Txapote les hubiera destrozado de un pistoletazo la nuca. Hay que reconocerle a Garitano, eso sí, que ni al genio descomunal de Orwell se le hubiese ocurrido avizorar, para el perfecto totalitarismo de su Big Brother, una escena cuajada de mayor abyección. Cómo, después de algo así, ponerse uno, lector, a hacer poesías.
          

sábado, 25 de junio de 2011

Golondrinas para después de la Tabarra

     
      Sé de sobra, predilecto lector, que la Política estraga, que termina por aburrir, que no siempre saca lo mejor de nosotros, que nos impide prestar atención a todas las otras hermosuras y fealdades que también nos rodean y sobre las que mejor debiéramos escribir. Que nos hace unidireccionales y cansinos. Lo sé y te agradezco entonces, y como tú no lo puedes saber, el que con todo y con eso me sigas un poco. Que a pesar de no estar de acuerdo del todo conmigo me prestes tu atención, que ese pequeño detalle es, como diría Scarlett, beso y caución diarias e impagables para mi pobre alma adolorida.
     Verás, tiempo habrá, si sigues a mi lado y lo peor de la política no acaba por anularnos, de rendir cuenta de toda la belleza y el horror que se agitan por el mundo circundante. Siempre ha sido así, belleza y horror, bien y mal coexistentes, y me temo, a despecho de las juveniles ansias Indignadas, que siempre así será. Decía Alejo Carpentier que siempre los humanos anhelamos un trocito mayor de cielo de aquel que nos es dado contemplar o tenemos delante. Añadiría yo, porque estoy en il mío blog, que además, queriéndolo o sin querer, perseguimos también  un mayor espacio de infierno, porque sin el instinto zahiriente y agresivo hacia uno mismo y hacia los demás no se entiende tampoco a los humanos. No somos ángeles, y eso es lo que nos pasa.
     Si pensaba Gide que con buenas intenciones sólo se hacen malas novelas, añado yo, sólo osado en mi covacha, que a menudo con las mejores intenciones se construyen –se han construido- los peores políticos regímenes. De esa desconfianza preventiva, de ese pesimismo antropológico –tan en las antípodas zetapeicas- se nutre sobre todo el cimiento de mi liberalismo, por parecerme su doctrina la menos dañina posible de las que en la práctica –no en la teoría- conozco.
     
      De manera, lector mío, que a menudo me apetece a mí también mandar por dónde amargan los pepinos teutones a las querellas políticas, y escribirme y escribirte de las nubes, de sus formas caprichosas e inauditas, de las copas doradas de los álamos, de las golondrinas becquerianas, de esos sueños inverosímiles de rodar ladera abajo sobre valles de frondosa hierba que de pronto me asaltan, en fin, de la extensión inacabable del compás de la luz sobre los campos y los cielos en el curso de estos días casi infinitos. De todas esas cursiladas, ay, un poco zetapeicas.  Abrir aquí, de la manera que uno sea capaz, el abanico precioso de esos otros horizontes, más reales quizás, sólo para ti y para el muá.
      No sé. También a la vez me imagino a muchos de estos sinceros idealistas de la Indignación, que vienen eufóricos de una manifestación, de una protesta, de su lucha colectiva por ese mundo mejor en que ellos a pies juntillas creen, poseídos de esa efervescencia y esa certidumbre de hierro que el disolverse en una masa da, esa fe contagiosa y ardiente en la batalla que uno siente al compactarse en una masa, venir aquí, leerme de soslayo y pensar… y este cantamañanas fachoso, sin moverse de su jodido sillón, está más ciego que el diputado del otro día, con lo que tenemos encima. Es natural que así piensen. Las cosas son así, y no siempre tienen sencilla solución.
      
     Ocurre, amable lector, que en uno son las ideas políticas genuina pasión. Por eso decidí estudiarlas en la Universidad, trabajando en otra cosa a la misma vez, igual que miles de semejantes míos. Me entristece un poco el supremo mandamiento que desde hace mil años pulula en el ambiente intelectual: si tienes ideas de izquierdas y escribes de política, amigo mío, eres tú un escritor comprometido (más el cúmulo de humanísimas cualidades sin fin que ello gratis et amore te regala, por mucho que incluso abyectas tiranías defiendas); ahora, si piensas tú en liberal y escribes de política, de jodido fachuno defensor de los poderosos, hagas lo que hagas, no pasas. Como diría Mou, el portugués, que no Mao, aquel otro poeta genocida, ¿por qué?
     Sucede además, lector mío, que no todos los años se asiste nada menos que a los fulgentes chisporroteos de una revolución, la Spanish revolution, y el conglomerado de pasiones y pulsiones que la misma levanta obliga a muchos, me obliga a mí al menos, a tratar de, entre sus fulgurantes llamaradas, orientarme. Nuestro país, nuestra nación, bordea a mi parecer un amargo precipicio, y aunque un triste blog no pueda ir más allá de producir un levísimo hormigueo en el tobillo de la diosa de las ideas dominantes, no renuncio a ello. Además, que creo yo ya mucho más en ese mínimo hormigueo, sensual aunque inofensivo, pantorrilla arriba de las diosas, que en el sexo puro y duro, inserto entre las profundidades del corazón de las tinieblas de semejantes beldades.
    
      Y nada, que quería a mi manera hoy un poco explicarme y explicarte tanta tabarra politicorra mía, agradecerte una vez más tu eterna paciencia with me y seguir solicitando tu mano para con respeto tomarla entre las mías, que un blog es también eso, creo, el saludo casi diario entre fracasati que entre sí un poco se siguen y se enseñan sus respectivas cosas. Y que habrá sin duda, caro amico, y pronto, tiempos y nubes, y cielos y campos, y golondrinas mejores que estas que ahora tanto nos perturban.