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viernes, 10 de septiembre de 2010

Cuando ZP mandó a Tomás Gómez a... Parla


 



    
Es posible que de economía, de idiomas, de historia, de filosofía, en fin, de humanísticas sabidurías ande ZP un poco PEZ, pero habrá que convenir en que sobre marrullerías políticas sábeselas todas el presidente discutido y discutible. Al dominio de ese exclusivo peritaje eligió él dedicar sus muchísimos años (casi veinte) de diputado mudito. Véase, si no, la reciente defenestración de Tomás Gómez, factótum del socialismo madrileño, a quien ZP en su momento encumbró –era el alcalde más votado del mundo- y a quien ahora, como en los sondeos pintan bastos, hay que descabalgar. Sí, algo de vaquero triste, despelujado y cubierto de polvo, al que el caballo de golpe hubiera tirado por los suelos, hásele quedado incrustado en el semblante a TG.


Se trata de detener la sangría de votos en la capital de la nación discutida y discutible. Si sale bien, se apuntará él el mérito. Si sale mal, como los elegidos son sobradamente conocidos, y hasta de relumbrón, sobre sus cabezas rodarán las culpas del estrépito. Y voilá, ahí tenemos, en pleno ferragosto, al tándem ganador haciéndose miles de fotos en la vía pública –porque ellos no son apparatchiks zetapeicos, qué va, son ellos puritita emanación de la misma calle, hijos del duro asfalto-. El día de la presentación se prodigaban ambos tantos y tan cumplidos arrumacos que parecían prestos a marcarse allí mismo el célebre vals de las mariposas.

Aunque a Lissavetzky, que dijo, como un Iniesta de ocasión, “salir a darlo todo”, no acabara de acompañarle el tipo. Su más acabado perfil es el de ese gris funcionario encargado de poner mil medallas en el que, por indudable mérito suyo, nadie repara. ¿Era necesario, señor Ponemedallas, en presencia del mismo TG, ponerle ya una bien grande a Trinidad Jiménez, su rival? Entre deportistas parecería eso juego sucio, desde luego. Y bueno, veíase a una Trinidad J radiante y hasta pletórica. Y de retórica, pletórica relucía también TJ, por cuanto juró y perjuró a los allí presentes, poniendo a ZP por testigo, que de ella y sólo de ella había sido la bombilla de la idea. Pero la verdad es que debe TJ adorar mucho a ZP, pues cuanto a éste de ella le peta, ella, chupa en ristre, al instante acomete, aun cuando nada al cabo concluya: Iberoamérica, Ayuntamiento de Madrid, Sanidad, Comunidad ahora.

Ironías del manifiesto destino socialista, vése ahora Tomás Gómez como el mismo ZP cuando, siendo sólo mudo diputado, se enfrentó a todo el oficial aparato. ZP habríase mutado ahora –pásmense los cielos- en el mismo F González, que apoyó entonces a Bono contra ZP. Oh, tiempos. Repase, pues, TG cuanto entonces maniobraron ZP y su troupe, despliegue esa misma astucia que a todos los descontentos algo promete, explote a conciencia las querellas intestinas y podrá subirse de nuevo al caballo ganador.

Lo que más sobresale en la jugada zetapeica es el horrísono contraste entre la obsequiosa neutralidad y hasta complicidad con que de un lado ZP respeta y secunda cuanto puedan decidir los socialistas catalanes, y de otro, la obscena intromisión con la que mangonea sin pudor alguno desde sus alturas y desde siempre al socialismo madrileño, a quien por sus más caprichosos designios arrastra como si de doncella por rastrojo se tratara.

De tal suerte que si TG, más que como alcalde de Parla, como legendario alcalde de Móstoles obrara y con coraje denunciara la zetapeica invasión, si como Gary Cooper en Sólo ante el peligro se plantara, es seguro que la mayoría de los socialistas madrileños no iban a consentir el soberbio diktat monclovita.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Postrimerías del verano



Postrimerías del verano ya. Crepúsculos vertiginosos que ponen perdido de belleza el horizonte entero. Presagios del Otoño en un súbito viento frío en medio de la tarde de principios de septiembre. Si al principio del Verano éramos acróbatas inflamados, locos por tomar carrerilla y hacer uno, dos, hasta tres saltos mortales, y caer además con los brazos abiertos y sonrientes ante el respetable, somos hoy payasos de voz algo triste en el número que anuncia el final de lo bueno...


Aquel año terminaba también el Verano y yo tenía que despedirme de Maribel. Maribel era una chica morena y de ojos negros a quien había conocido aquel verano en un camping de la playa de Denia. Bueno, se trataba de olvidarme un poco de Silvia, la chica a quien en vano había enseñado yo ecuaciones. Era en Silvia en quien estaba yo pensando, a solas frente al mar y con pose de cantautor, cuando una pelota de goma verde cayó sobre mi cogote. “¿Perdona, juegas a las palas?” Sí, jugué con Maribel a las palas. Estaba tan nervioso que con uno de mis golpes le arreé un tremendo pelotazo donde termina la espalda a una alemana cuarentona que andaba tumbada por allí, quemada al sol como una nécora a la plancha. La alemana me insultó en alemán, que es insultarte el doble, y no atendía a mi cara de panoli que le imploraba perdón, pero Maribel, a lo lejos, es que se tronchaba. Luego nos bañamos juntos los dos en el mar. En los días siguientes volvió a aparecer Maribel, con sus palas y su pelota verde. Por las tardes comprábamos cucuruchos de vainilla y pistacho en el bar del camping y nos íbamos con ellos en la mano a pasear a la orilla del agua. Me hablaba sin parar de Umberto Tozzi. Así pasó agosto y, el último día, el bar del camping contrató un infame trío musical para una especie de fiesta de despedida. Atacaron una versión indescriptible de Gloria, la canción de ese verano. Maribel me pidió que bailáramos juntos, y aunque yo sólo rozaba su cintura, era avasallador el aroma que de su cuerpo me llegaba.

Terminó la canción. Era ya de noche y había cientos de estrellas arriba. Le pedí que me dejara acompañarla hasta la tienda. “Es que mi padre se enfada mucho con los chicos que me acompañan… bueno, vamos, no creo que esté ahora allí”. Pero estaba, vaya si estaba, y nos sorprendió él a nosotros, aunque ni siquiera yo la había tomado de la mano. El padre de Maribel era una montaña de músculos, con el cráneo rasurado y unos bigotes feroces. Llevaba una camiseta de hombreras ajustada y en la cara una expresión amarga. Pensé que de un puñetazo iba a aplastarme. Pero entonces descubrimos Maribel y yo que su padre en realidad contemplaba entristecido una foto borrosa. Era de una mujer muy guapa. Como si a aquel gigantón le doliera en el alma una ausencia irrellenable. “El amor, chicos,… el amor”, nos dijo con voz trémula. Maribel era la primera sorprendida y se abrazó a su padre. Y yo, aún hoy no sé de donde saqué resuello para sentar cátedra: “Verá, Señor, el amor es… una ecuación: hay que ser muy, pero que muy cuidadoso, resolver primero los paréntesis, hallar luego el mínimo común denominador, poner a cada lado los componentes homogéneos de cada parte, siempre bien atento, y sólo entonces, sólo entonces resolver la incógnita. Y ya está”.

Aquel gigantón se sonrió un poco y me ofreció su manaza. “Escribe a Maribel, si quieres”, me dijo. Y yo caminaba ya de espaldas a su tienda, con las manos en los bolsillos, cuando Maribel de pronto echó a correr hasta detenerse justo delante de mí. De algún lado se sacó entonces la pelota de goma verde y con su mano la hizo resbalar muy despacito de un lado a otro de mi cara, desde una sien, por la barbilla, hasta la cima del otro pómulo, como si quisiera enjabonarme el vello que yo no tenía. Por increíble que parezca, aquella pelota verde, bajo los dedos de Maribel, olía a vainilla y a pistacho y, claro, ese olor no lo olvidaré ya mientras viva. Terminaba entonces también aquel verano.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Moratinos y Castro, las afinidades electivas


¿Dónde estabas el día en que el hombre pisó por primera vez la Luna? ¿Al lado de quien te hallabas cuando los terroristas embistieron las Torres Gemelas? ¿Con quien compartiste la inolvidable final del Mundial de fútbol que por vez primera en la vida habría de ganar la selección española? Existen, qué duda cable, fechas señaladas, muy concretos días destinados a perdurar por siempre en el imaginario colectivo como rotundos quicios de inesquivable presencia.

La playa inacabable de este verano abrasador nos deja, como la picadura de una medusa rabiosa, como un pecio de arrebujadas algas viscosas en torno nuestro, la sensacional revelación de que el ministro Moratinos, de entre todos los posibles, fue a elegir como ideal partenaire junto al que compartir la histórica final al cubano dictador. Elegir, sí, porque a esa final se llegó tras una ardua clasificación, y por tanto, el vivir tan especialísimo momento al lado de quien uno quiso tuvo para casi todos –no digamos para un señor ministro- mucho de personal opción. De la opción preferencial por el Tirano, en este caso. ¿Qué habrán pensado al enterarse de la francachela moratina con el dictador los miles de cubanos que luchan y sufren por la democracia?

Le preguntaron hace unos años a A Guerra que con quién le gustaría a él compartir una cena muy íntima. Estuvo esa vez el sevillano a la altura de la leyenda del gracejo que le adorna y con mucha guasa contestó… que no estaba ya él para esos trotes. El caso es que Moratinos, a la vista está, anda sobrado de ánimos para el trote, y se inclinó así por el dictador cubano como la persona junto a la que respirar y agitarse en tan excepcional ocasión. ¿Es temerario entonces deducir de ello que el ministro de exteriores español y el dictador cubano son íntimos?

Cuesta mucho imaginarse la escena. ¿Vestían el rollizo Moratinos y el asténico Raúl C pantalones cortos y calcetinitos blancos para la ocasión? Y es que experimentar el cúmulo de sentimientos que como un ciclón desatado a todos nos atravesaron el ánimo durante aquellas horas mano a mano con la tiránica momia no sé qué debió resultar más, si extravagante o estomagante. Y dado el triunfal desarrollo de la final, ¿se abrazarían y se palmotearían los dos hasta casi fundirse en uno, como hicimos todos con nuestros más próximos en aquel momento? ¿Se les caería a ambos la baba al unísono cuando Iniesta fusiló al arquero de los tulipanes? ¿Y no sobrevolaría al fondo de aquella estancia, sobre la menguada excitación de ambos, la entrecortada respiración asistida del Tiranosaurus Rex, el Gran Enmano de Raúl, puede que desplomado sobre algún camastro? Fidel C, sabido es, apostó por la Argentina de Maradona, ese castrista enjoyado a quien Alemania puso en su sitio.

Parece en todo caso indudable que lo que sí revela el asunto que nos ocupa son las nítidas afinidades electivas del ministro Moratinos, como decía Goethe, la misteriosa e irresistible atracción que igual que los metales los hombres entre sí conocen. Y puede que por eso -él mismo se ha encargado de revelar la peripecia- de entre las innúmeras flores del jardín, para vivir y morir en la inolvidable final, Moratinos a Raúl Castro ha escogido.



martes, 7 de septiembre de 2010

Carta abierta a Joaquín Sabina

Mi muy afamado cantautor:
Hay que ver, señor mío, lo endiablado que resulta hoy en día querer ser el eterno Transgresor Mayor del Reino. No me extraña que abomine usted ahora de la Telebasura, esa pestilencia mugrienta que perfuma, como una noria locatis y beoda, los más privilegiados escenarios sociales del presente. Sube tanto y de forma tan chabacana la Telebasura el listón de la pretendida seducción del Mal, que los numeritos que deben ahora ejecutar los más “comprometidos y rebeldes artistas”, para seguir como sea colocando en el mercado sus productos, amenazan con despeñarles por ribetes tremebundísimos. Las cosas que vense obligados a propalar, mamma mía. Repare por un instante, señor mío, si las barbaridades que usted secreta en sus últimas entrevistas, acaso ya no sólo muevan sino a lástima.
Si un día el gran Umbral proclamó, sólo para quedarse con el personal, creo, que era su ilusión mayor el violar a una menor, ahora se arranca usted con la especie de que… -pista, que va el artista-... “estoy tratando de convencer a mis hijas de que el incesto es una cosa natural, que los animales lo hacen y no pasa nada”. Claro, señor Sabina, por qué no dedicarle entonces una cancioncita de las suyas a la mayor gloria de Josef Fritzl, el muy real transgresor y célebre “monstruo de Austria”, que secuestró y violó durante veinticuatro años a su hija Elisabeth.
Y eso de llamarle en público una palabrota irreproducible a la suya señora, señor mío, como si le regalara un requiebro inverso, sólo por “haberle prohibido el whiskie”, -que champán fresquito al Señor al parecer si le dejan libar- aunque chocante, tampoco resulta muy revolucionario, la verdad, y mucho menos el propio descubrimiento de “el viejo verde que siempre quise ser”. Ya, ya, si sabemos de sobra que todo lo dice de farol, que es en el fondo usted esposo y padre ejemplar. Lo único es que carga ya un poco tanta supina astracanada, tanta grotesca exageración, sólo por querer vendernos la moto de su penúltimo producto en venta. Eso sí, mucha coña marinera al por mayor, pero por nada del mundo se le olvida a su señoría el posar precisamente de muy serio y concienciado antisistema: su apoyo a ZP en realidad era… “imaginar otras opciones en lugar de hacer al pie de la letra lo que dicen los mercados”, claro, claro.
Ahora que, señor cantautor, como le digo una Co le digo la O: su fábula de Juglar en Palacio resulta apelotante, aunque quizás no por los motivos que usted propone. En el principio Leticia oía sus canciones, dice. Sin duda sabría de memoria ella aquella notable letra suya que reza eso tan bonito de que “las niñas ya no quieren ser princesas…”. Bueno, parece que a las niñas progres al menos si les mola eso de la Realeza. Quiso Leticia entonces introducir al Príncipe en los arcanos del mester de progresía y llamó a Sabina a Palacio: horrorosa estampa esa donde las haya, señor Sabina, el rey de los cantautores convertido en el cantautor de los (futuros) reyes. Hubo luego otra cena más, dice, en su casa esta vez, y allí cocinó Víctor Manuel. No consta si tararearía entonces Víctor M, sumido en la faena, esa antigua cancioncita que como un fantasma aciago le persigue. Qué ocasión perdida en todo caso para que hombres tan justos redimieran allí a la Humanidad entera. ¿Existe algún video de aquella dichosa tenida? ¿Trató quizás, señor cantautor, de convencer entonces a sus notables invitados de las peregrinas gracietas socio-sexuales que asaltan su burbujeante caletre?
Sabe uno de sobra que estas líneas ni por coña a su augusta mirada han de llegar, señor Sabina, y más ahora que su triunfal gira no para de girar, y que incluso en ese impensable supuesto, es lógico, que de nada hayan de valerle. No me resisto, con todo, a dejarle una ocurrencia: ¿quiere de verdad ser hoy transgresor? Hable con devoción entonces de su señor padre, el de la “secreta”, como dice usted. No vaya a adelantarse Garzón y, sin saber el jardín que pisa, por mor de la memoria histórica, empapele al autor de sus días.
Y nada, señor Sabina, que siga usted muchos años tan transgresoramente bien como sin duda merece y parece.