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viernes, 26 de octubre de 2012

Mi libro será también canción


   
   Tratará al menos que la melodía de las palabras que lo conforman envuelva y acompañe, como murmullo, como caricia, como lluvia suave contra el rostro, a quien a él se acerque. Que siempre a él se pueda volver, como mil veces volvemos a canturrear y a disfrutar las canciones que nos gustan. Sonarán entonces sus notas muy parecido a como suenan las de este discreto blog, -¿qué otra cosa podría yo hacer?- , acaso algo más elaboradas, por disponer de más tiempo para ellas: a veces festivas y vivaces, otras enrabietadas y sardónicas, a menudo desesperanzadas y románticas. Es que esos acordes, esa desigual sinfonía, lector, son los que a mi me trajo el Viento, los mismos que yo recompongo y ahora devuelvo. 
     
   Permite además la distancia temporal que procura el libro desentenderse de la inesquivable actualidad y bucear artísticamente –intentarlo al menos- en la ardiente intimidad de las historias más personales, tratadas literariamente, -nada del tono de unas plomizas memorias- las que a uno le conformaron, a la busca quizás de aclararse primero uno mismo, de hallar así las claves de su confundida sensibilidad, en las que quizás puedas también tú  reconocerte, lector. Nos hablaremos allí entonces más de tú a tú.
    
    Hace posible el libro también el dar rienda suelta del todo a la capacidad de fabulación que en uno puede haber, buscarle resquicios de evasión a la realidad, para engrandecerla, claro, y siempre pasada esa imaginación a través del tamiz de los sentimientos, que es la forma duradera en que al cabo nos impregnan los asuntos y los negocios del mundo. Pero la idea es esa: volcar el alma en esos relatos intimistas para conocerse uno mejor, para mejor conocernos tú y yo, buscando eso, que las palabras, como la música, se adentren y habiten las cámaras interiores de la sensibilidad y queden allí alojadas para siempre. No sé, estoy contento.

(Si todo sale bien, creo que estará listo para primeros de diciembre y su precio rondará los doce euros. Anda, Eva, échame tú también un cable, plis.)



Post/post: especialísimas gracias hoy a Mateo, a Paco Gacela, a Juante, a Juan Carlos, a Explorador, a Al Neri, a CLAVE, a Winnie0, a El Fugitivo, a Cesar, a Belkys Pulido, a Purificación Fernández Guijosa, a Mónica por sus palabras de ayer, tan emocionantes e inolvidables para mí. Tengo fé en mi libro, que es, a mi manera hecha, una "novela". Me lo pago yo. Tiene y tendrá toda la dignidad de los libros que yo amo. Y eso, que es un trocito vivo de mí. GRACIAS.  Lo iremos viviendo juntos aquí, mon amís.

lunes, 26 de marzo de 2012

Lejos del olvido

    
    De manera que lo que a uno de verdad/de verdad le gustaría es tener el don suficiente para subirse a un escenario a la vera de Eva Amaral y cantarle a ella, bueno, y que ella me cantara a mí, téte a téte, bis a bis, mano a mano, boca a boca, ya de paso cantarles los dos al mundo entero esta canción tan bonita, envolverme en Eva, junto al flanco azul de su voz que es caricia y fermento a la vez, murmullo y acicate, ola y espuma, quedarme un instante eterno ahí, preso en la telaraña de su melodía, que le canta al olvido, a la necesidad y a la fatalidad del Olvido, más presente hoy que nunca ese miedo, pues es el olvido el terrible fantasma que a todos nos acecha hoy, el perder del todo la memoria, la trayectoria y el sentido de lo que somos, en una sociedad expuesta a tal alud de información y de estímulos diarios que nos hace perder la memoria esencial de las cosas, que vivimos ya un poco como los robots que telemanejan este lío, expuestos a una instantaneidad electrónica de flashes que nos alumbran y atontan como a búhos atolondrados por un foco de sensaciones epidérmicas, y por eso de sobra se sabe que tiene internet, esta Galaxia de la Ciberesfera, la memoria de un pez, que nada vale nada porque nadie recuerda luego nada, las redes sociales que nada de verdad atrapan, en un libro hay páginas, capítulos, un proceso en marcha, un ciclo que se abre y se cierra, que se cumple, las pantallas son sólo parpadeo y olvido, y olvido… y así le canta Eva con aparente contención inicial, en tono autoirónico, a la pérdida de la propia identidad (olvido mi nombre, a los que he odiado, a los que he querido, el paso cambiado de las estaciones, mi propio reflejo cayó en el olvido)  solo que, remontar la corriente de ese río del olvido implica paradójicamente el empezar a recordar, literalmente re-cordare, traer de nuevo al corazón, pasarlo por él, y empieza así, puede que sin pretenderlo, a vadearse la propia memoria del dolor verdadero (olvido la madre que nunca he sido, las vidas ajenas que no he vivido, todos los mitos que se me han caído, motivos me sobran para asesinar a algunos fantasmas a golpe de olvido) para darse de bruces al cabo con la fuente misma de la que mana la vida y la que le otorga sentido y la mantiene en pie, ese misterioso, que tanto puede ser la madre, el padre, el amigo, la persona amada, un tú crucial en todo caso, que puede tanto habitar este mundo como no hacerlo ya, por más que se halle ese tú  presentísimo más que cualquier otra cosa, y que en la ya dolorida indagación de Eva comparece insoslayable (pero tú eres lo ÚLTIMO que veo antes de vencerme al sueño –metáfora de la muerte- SIEMPRE estás conmigo en una dimensión, lejos del olvido) y entonces, arrancada y aflorada esta verdad última y trascendental, definitiva, su incalculable tesoro, y con el mismo la necesidad vital de no perderlo jamás, ese riesgo al acecho hoy, sólo le queda al autor, al cantante, a cada uno de nosotros que la cantamos, explotar y vaciarse en ese crucial desgarramiento y clamar, como si se cantara con las entrañas, sólo por conjurar ese terror, que es grito y súplica y llanto y aullido y promesa, todo a la vez, encontrarnos lejos del olvido, lejos del olvido, lejos del olvido, lejos del Olvido, .

miércoles, 24 de agosto de 2011

Eva Amaral vuelve


                             
                        De Eva María a Eva Amaral, mejor
   
      ¿Se halla, lector mío, la memoria íntima del verano, su latido más hondo y verdadero, en las conocidas vulgarmente como las Canciones del Verano? Diríase que no, que las hechuras repetitivas y facilonas de éstas, poco o nada tienen que ver en principio con el secreto de la estación del esplendor, en la que tantas cosas parecen trenzadas con el mismo material del que están hechos los sueños de sus noches calurosas. Y sin embargo, si nos esforzamos en singularizar alguna de ellas, si buscamos la  mena entre la ganga, puede que esas canciones nos revelen esenciales sustancias del verano, gemas que antes ni sospechábamos que pudiesen llevar envueltas entre su resuelta banalidad.
     De forma que, por ejemplo, recordamos todos de sobra (casi todos, claro) que Eva María se fue, buscando el sol en la playa. Nos despista del todo el tono sandunguero de la melodía, pero, ¿de qué nos habla en el fondo esta canción?  De la herida abierta y del dolor sin tasa que causa la pérdida del ser amado. Ella se marchó –dice el chico de la canción, desconsolado tras la chispa de sus trinos gongorinos- y sólo me dejó recuerdos de su ausencia. Y sin la menor indulgencia, Eva María se fue.  Habla también de que las chicas maduran antes y de que pronto nos ven pequeños y bobos, y de que necesitan entonces ellas conocer y abrirse a nuevos y más amplios horizontes, los que dora a lo lejos el Sol, esa promesa total de libertad.
    
       Por eso cogen su maleta de piel y su bikini de rayas y se van, y la aflicción por el abandono nos hace –entre timoratos y hamletianos infantes- seguir viéndolas aún en la distancia, qué bonita está bañándose en el mar y tostándose en la arena, mientras anida en nosotros sólo la pena de su amor perdido. Es esta canción a un tiempo protesta de amor loco –paso las noches mirando su fotografía-, es angustiada proclama existencialista –qué voy a hacer si Eva María se fue, yo ya no puedo vivir- y es expresión lúcida de una realidad cambiante, de un momento histórico concreto –años 70- en el que está la sociedad evolucionando, en el que las chicas –Eva/María, genéricos nombres por excelencia de la mujer, por tanto no al azar elegidos- empezaban en primera persona a decidir sus vidas. Estamos, pues, –y la festiva canción da cuenta en el fondo de ese trascendental cambio- ante el pleno acto libre de una muy resuelta voluntad afirmándose y ejercitándose en la persona de una joven, sin la menor conciencia además de estar con ello haciendo nada malo: sin la menor indulgencia Eva María se fue. Nos dejó, punto pelota.
      
     Y con el mismo transcurrir de tanto veranos, con el tiempo infinito que los mismos despliegan, la simbólica Eva María de entonces, que se marchó en busca del sol, que se bañó, llena de ilusión, en mil playas y en otras tantas costas de relucientes esmeraldas, se hizo un día realidad, se hizo de carne y hueso, varió un poco su nombre, porque ya no era exactamente la misma, Eva Amaral llamábase ahora, -aunque no deja de maravillarnos el casi idéntico nombre de la Rosa- y ella misma, mujer autónoma y en plenitud realizada, con la caricia única de esa voz tan suya, que tiene vibración de ola rompiente, nos deja otra hermosa y simbólica canción que se titula “Días de verano”, en la que la vemos, un poco  de vuelta de todos los viajes y de todas las cosas, aferrada a la misma maleta simbólica que llevaba Eva María, atravesando pedregales con chumberas desde alguna playa remota, -simbólico escenario de la desolación que ella ahora experimenta, correlato histórico también de la inevitable decepción que le sigue al ejercicio de la libertad, en el que tantas cosas imposibles se soñaron- que vuelve y nos mira un poco triste a los ojos para cantarle a su chico de siempre, lo que son las cosas, cantarle y contarle… que no quedan días de verano para pedirle perdón, para borrar del pasado el daño que ella le causó al dejarle, sin besos de despedida y sin palabras bonitas, que le mira a los ojos y no le sale la voz…
      Bueno, Eva Amaral, siempre nos quedará un día de verano para otorgarte la gracia del perdón, a ti, que llena tú eres de la gracia. A la luz de esa mirada tuya, Eva. Y comprendemos entonces, un poco reconfortados también por dentro, que, con todo, algo del espíritu libérrimo del Estío se encierra también dentro de las machaconas canciones del verano.

    
    




sábado, 2 de abril de 2011

Shakira por Libia

    
     No sé si Manu Chao, que tanto gustaba al Zetapé revol-progre de la primera legislatura, estará por la labor de ir a animar a la soldadesca en la cosa humanitaria libia. Si fuera por la Causa Lacandona que abanderaba el sub-comandante Marcos (qué habrá sido de Marcos y su pasamontañas, de Osama Bin y sus barbas, del mulá Omar y su moto, de tantas y thanthas buenas gentes que tanto alegraron nuestras mediocres vidas) es seguro que Chao se apuntaba al bombardeo, pero amigo, actuar a cargo de la OTAN en la Odisea del amanecer libio va a ser demasiado compromiso, y me temo que dirále Manu a Zetapé que nones, que arrivederchi, que chao, vamos.
     Al Hombre del Momento, el Cardenal Faisán, le priva, igual que a mí, -horteras de bolera que somos en esencia el Cardenal y el pajarraco que aquí escribe- Eva Amaral, y  casi sin ella somos nada. En ese tránsito de Manu Chao a Eva Amaral, de la transgresión antisistema y un punto gótica a la romántica balada de toda la vida, en el enorme caudal simbólico que el mismo comporta, en ese aggiornamento, se cifra en síntesis la dimensión de la delicuescencia zetapeica. Te digo mi verdad, caro lector mío, al cóctel que se agita en mi confundida sensibilidad le sería incapaz de soportar la amargura cruel de contemplar a Eva Amaral, esa diosa, poniendo cachondos a los apatrulladores hispanos de los cielos libios. Aparta de nos, pues, taimado Cardenal, -la nada que yo soy os lo suplica- tan amargo cáliz.
    
     ¿Entonces? Si  Zetapé es principal hincha del Barsa, el equipo del Régimen hoy, si Piqué oficia de defensa central de la Barcelonidad y mete, como los mismos F-18, unos muy buenos meneos a los rebeldes que por los campos se le cruzan, si la felina Shakira ha al parecer probado en carne propia y como sarna que no pica los susodichos meneos piquianos, si es Ella inmejorable sexy-símbolo planetario del dale que te pego al waka-waka, si todo así tan bien cuadra al general Bien de la Humanidad, ¿quién mejor que la multinacional cantante de la nación que lleva el nombre de Colón para levantar los ánimos de los nostros aviadores en la humanitaria guerra que no acaba?
     Veamos los precedentes históricos –ese paseo en el que realidad y ficción se meten mano mutuamente con verdadera ansia primaveral- en que se basa nuestra justa demanda de la imposición de la Shakira y del artístico escándalo de sus caderas en orden a poner bien altos los ánimos de nuestros humanitarios bombarderos:
     Uno: en el principio fue, por supuesto, el franquismo, origen y fuente única como sabemos de todos los males que nos asolan. Ahí tenemos a la mítica Rosa Morena en blanco y negro echándole las guindas al pavo y poniendo ella solita garañona a toda una brigada paracaidista de homínidos en celo, que es que están que se la comen. Nunca un blanco y negro tuvo tanto color, tanta pasión, tanta ebullición,  no sé si me explico, pero parecen todos los paracas juntos una especie de global King Kong priápico, presto a devorar de lujuria a la sonriente y ardiente rubia, que se arrima y se arrima a esa montaña de testosterona lista para estallar, entre complacida y aterrorizada, en una secuencia delirante que parece una turbadora pesadilla onírica del Fellini más desbarrado.


    
      El intríngulis del asunto ha de estribar en que los mandos entienden que con cosas así –y la Historia en distintas formas en parte lo avalaría, para qué hablar de los recientes casos de masivas violaciones a cargo de soldados de la ONU- se hace más llevadero el rigor de la vida campamental, no digamos si se trata de situaciones de guerra. Aquí, los opositores profesionales al franquismo arrimaron esas aguas turbulentas del deseo a su molino en la medida en que, para ellos, el impagable documento de las guindas del pavo (1974) venía a ilustrar la férrea represión que el Régimen aquél establecía sobre los instintos naturales de la población toda y la sojuzgada condición de objeto sobre todo turbador al que relegaba a la condición femenina.
     Dos: claro que, cuando cinco años más tarde, Ford Coppola ilustró de forma harto elocuente, con su bárbara secuencia de las rubias chicas Playboy en su Apocalipsis Now,  la locura y la desesperación extremas que podían desatar en una peripecia crítica como era la de Vietnam aquellos lúdicos divertimentos incluso en el país democrático por excelencia, a todos se nos heló la inicial sonrisa  condescendiente.

   
    Tres: pero más se nos heló aún, y hasta el pasmo, cuando en 1991, durante la Primera Guerra del Golfo, el gobierno socialista de Felipe González, ese filántropo, que había enviado a centenares de soldaditos de reemplazo a la conflagración, se atrevió a llevarles también a la entonces exitosísima Marta Sánchez para que, con sus canciones y sus insinuantes curvas, elevárales a todos la moral, ya te digo. Fue a bordo de la fragata Numancia y era como para pellizcarse. Otra vez una rubia, enfundada en pantaloncitos y botas de cuero ahora, con generoso bamboleo de ancas y de senos, para poner pero que bien prietas las filas de la ardiente soldadesca. Sólo los capitostes socialistas se atreven a hacer cosas así. Parece, es verdad, que hablamos del Pleistoceno: nuestro Cardenal Faisán ya estaba allí.
    
    Pero lo más abracadabrante del caso, el bucle paroxístico del lance diríamos, es que, si se observa el video, toda la berrea sensual que se esfuerza por levantar  con sus mohínes y contorsiones la Sánchez es en vano: los marineritos, escenográficamente bien separados del escenario, en un simulacro bien blindado, que jamás pudiera desparramar, sentaditos, repeinaditos, apenas si aplauden, apenas se agitan –véase el contraste con el rijo de los paracas del 74- como si con antelación, alguien que, en efecto, conociera de memoria Apocalipsis Now, hubiera ordenado la lobotomización de la marinería al completo, la bromurización al menos, las guindas de bromuro que en la sopa ese día les habían echado a todos aquellos pavos que ni se movían.
     Nótese además la estupefaciente canción que allí brindó Marta, Soldados del amor, en zeroliano hallazgo avant-la-lettre, y con un texto que se ajusta como un guante a la permanente y morrocotuda engañifa con la que los socialistas –entonces en Irak,ahora en Libia, mañana donde pete- encaran su intervención en las guerras, que de su mano son, como de memoria sabemos, vastas operaciones humanitarias: “No debemos tratar de explicar/ lo que se va nunca volverá/ Entre nosotros no hay guerra ahora/ vivimos al ritmo de un mismo tambor/ Yo más fuerte/ tú más fuerte/ fuerte fuerte todos juntos/ Únete a mi ritmo/ el ritmo del amor/ Soldados/ somos soldados del amor/ somos soldados del amor/”.   

      
     Y es basándonos en esta pila de antecedentes por la que vengo a proponer que se imponga a Shakira y a su indicadísimo waka waka (Llegó el momento/ caen las murallas/ Va a comenzar la única justa de las batallas/ No duele el golpe/ No existe el miedo/ Quítate el polvo/ ponte de pie y vuelves al ruedo/ porque esto es África/) para el solaz de las salaces tropas españolas en la Odisea del Amanecer libia. Sí, sería también conveniente al caso, ahora que De la Vega no puede bailar con ella, que la Chacón marcárase con la colombiana unos pasitos al menos, ministra de la Defensa y del Honor de España, como Piqué, que al cabo ella es.