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martes, 23 de enero de 2018

Gregorio Ordóñez, siempre (23 años ya)



   Imposible olvidar a Gregorio Ordóñez, imposible olvidar su arrojo, imposible olvidar todo lo que a él y a los íntimos suyos todos debemos. Aunque de poco sirva mi escritura, aunque no pueda devolvernos nunca la estampa viva de su bravura, tan descomunal y homérica que ni las más certeras palabras podrían jamás apresarla, imposible olvidar al Héroe. Le leí hace poco a Woody Allen una frase acerca de que, más que en el corazón y en el alma de las generaciones venideras, preferiría él vivir en su propio apartamento. Sí, vale, es una broma cínica, que finge desconocer la más elevada dimensión de sacrificio que el valor de un hombre, superior y mejor por ello que el resto, puede arrostrar. Se insiste mucho hoy en la básica igualdad de todos los hombres: ¿Y un mismo género constituye a Gregorio y a Txapote? ¿Atesoran acaso idéntica dignidad la plena alegría de vivir libre y el torvo y purulento odio? Permítanme dudarlo, pues hasta repugna escribir juntos esos dos nombres. Qué tiempos estos, centrifugados como vamos todos y a rastras de la epiléptica vomitona incesante de noticias que lo que sólo hacen es robarnos la memoria y la inteligencia, incapaces de separar el grano de la paja, ciegos y sordos a la semilla y a las más esenciales gestas que nos mantienen en pie.
     Soñaba Gregorio con una plaza de toros para su ciudad. Y qué elocuente era ese dorado sueño: como un torero de la libertad, con su flequillo rebelde, a pecho descubierto y sin engaño, armado con la palabra sólo, cuando a todo el mundo le temblaban las canillas, delante de los hocicos del bárbaro Minotauro él mismo se plantó. Hay en el toro una nobleza que las alimañas etarras jamás conocerán y había algo en Gregorio, siendo tan donostiarra,  de radiante maletilla cordobés, intrépido de luz y desparpajo ante los bufidos siniestros de la terrorífica Bestia. Era tan arrolladora y chispeante su figura, que a los mismos tendidos atenazados por el miedo, alcanzaba y contagiaba el rompiente de su ilusión indómita. Qué murallones de terror no derribaba el sólo carisma de su coraje ¿Qué podía hacer un simple joven, diminuto y solo, tan solo, ante el ciclópeo  Monstruo y sus zarpazos de muerte?
    
     Consiguió que fuera una vez la suya, en el más aterrador de los ambientes imaginables,-te quemaban el coche, te amenazaban de muerte, se concentraban ante tu domicilio coreándote encima de ¡asesino!, se mofaban de las víctimas- la lista más votada de la ciudad. Algo que las podridas meninges de los criminales y de otros nacionalistas un poco menos salvajes, no podían literalmente soportar. Por eso le asesinaron mientras comía, por eso destrozaron con saña su tumba muchas veces, como si mil veces quisiese la cobardía afirmarse en su vileza más atroz, como si a las ratas descompusiera el simple recuerdo tanta hombría.
    
      Eligió Gregorio, no de boquilla sino de verdad, no vivir de rodillas en su tierra ante la barbarie. La espita  que su hazaña abrió, todo lo extraordinario que en Gregorio rebosaba, convoca por sí sólo a lo más alto. Soñándolo él nos hizo y nos hace soñar a todos con abrir de par en par el portón de la libertad, con la promesa en él anunciada de un vendaval de libertad en el País Vasco, es decir, en España. En la Historia de España está, al lado de los mejores de sus mujeres y de sus hombres, en una de sus más conmovedoras  páginas. Si Manrique, si Garcilaso, si Lope, si Cervantes, si Quevedo, si Galdós aquí estuvieran, sin duda a Gregorio rendirían el más acabado de sus tributos.  Si todas las naciones dignas de sí celebran y guardan siempre gratitud y admiración a la memoria y a la vida de sus héroes, porque en buena medida prenden y  avivan ellos el fuego y la antorcha perpetuas en que consisten, qué hermoso sueño sería que algún día los corazones de todos los niños españoles, con la misma delicada unción con que los escolares que pintaba Edmundo de Amicis escuchaban las historias de amor a su patria,  palpitaran de  pureza al aprender la gesta de Gregorio, su infinito manantial. 


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lunes, 23 de enero de 2017

Gregorio Ordóñez, siempre (22 años ya)


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   Imposible olvidar a Gregorio Ordóñez, imposible olvidar su arrojo, imposible olvidar todo lo que a él y a los íntimos suyos todos debemos. Aunque de poco sirva mi escritura, aunque no pueda devolvernos nunca la estampa viva de su bravura, tan descomunal y homérica que ni las más certeras palabras podrían jamás apresarla, imposible olvidar al Héroe. Le leí hace poco a Woody Allen una frase acerca de que, más que en el corazón y en el alma de las generaciones venideras, preferiría él vivir en su propio apartamento. Sí, vale, es una broma cínica, que finge desconocer la más elevada dimensión de sacrificio que el valor de un hombre, superior y mejor por ello que el resto, puede arrostrar. Se insiste mucho hoy en la básica igualdad de todos los hombres: ¿Y un mismo género constituye a Gregorio y a Txapote? ¿Atesoran acaso idéntica dignidad la plena alegría de vivir libre y el torvo y purulento odio? Permítanme dudarlo, pues hasta repugna escribir juntos esos dos nombres. Qué tiempos estos, centrifugados como vamos todos y a rastras de la epiléptica vomitona incesante de noticias que lo que sólo hacen es robarnos la memoria y la inteligencia, incapaces de separar el grano de la paja, ciegos y sordos a la semilla y a las más esenciales gestas que nos mantienen en pie.
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      Eligió Gregorio, no de boquilla sino de verdad, no vivir de rodillas en su tierra ante la barbarie. La espita  que su hazaña abrió, todo lo extraordinario que en Gregorio rebosaba, convoca por sí sólo a lo más alto. Soñándolo él nos hizo y nos hace soñar a todos con abrir de par en par el portón de la libertad, con la promesa en él anunciada de un vendaval de libertad en el País Vasco, es decir, en España. En la Historia de España está, al lado de los mejores de sus mujeres y de sus hombres, en una de sus más conmovedoras  páginas. Si Manrique, si Garcilaso, si Lope, si Cervantes, si Quevedo, si Galdós aquí estuvieran, sin duda a Gregorio rendirían el más acabado de sus tributos.  Si todas las naciones dignas de sí celebran y guardan siempre gratitud y admiración a la memoria y a la vida de sus héroes, porque en buena medida prenden y  avivan ellos el fuego y la antorcha perpetuas en que consisten, qué hermoso sueño sería que algún día los corazones de todos los niños españoles, con la misma delicada unción con que los escolares que pintaba Edmundo de Amicis escuchaban las historias de amor a su patria,  palpitaran de  pureza al aprender la gesta de Gregorio, su infinito manantial. 


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sábado, 23 de enero de 2016

Gregorio Ordóñez, siempre (21 años ya)



   Imposible olvidar a Gregorio Ordóñez, imposible olvidar su arrojo, imposible olvidar todo lo que a él y a los íntimos suyos todos debemos. Aunque de poco sirva mi escritura, aunque no pueda devolvernos nunca la estampa viva de su bravura, tan descomunal y homérica que ni las más certeras palabras podrían jamás apresarla, imposible olvidar al Héroe. Le leí hace poco a Woody Allen una frase acerca de que, más que en el corazón y en el alma de las generaciones venideras, preferiría él vivir en su propio apartamento. Sí, vale, es una broma cínica, que finge desconocer la más elevada dimensión de sacrificio que el valor de un hombre, superior y mejor por ello que el resto, puede arrostrar. Se insiste mucho hoy en la básica igualdad de todos los hombres: ¿Y un mismo género constituye a Gregorio y a Txapote? ¿Atesoran acaso idéntica dignidad la plena alegría de vivir libre y el torvo y purulento odio? Permítanme dudarlo, pues hasta repugna escribir juntos esos dos nombres. Qué tiempos estos, centrifugados como vamos todos y a rastras de la epiléptica vomitona incesante de noticias que lo que sólo hacen es robarnos la memoria y la inteligencia, incapaces de separar el grano de la paja, ciegos y sordos a la semilla y a las más esenciales gestas que nos mantienen en pie.
    
      Soñaba Gregorio con una plaza de toros para su ciudad. Y qué elocuente era ese dorado sueño: como un torero de la libertad, con su flequillo rebelde, a pecho descubierto y sin engaño, armado con la palabra sólo, cuando a todo el mundo le temblaban las canillas, delante de los hocicos del bárbaro Minotauro él mismo se plantó. Hay en el toro una nobleza que las alimañas etarras jamás conocerán y había algo en Gregorio, siendo tan donostiarra,  de radiante maletilla cordobés, intrépido de luz y desparpajo ante los bufidos siniestros de la terrorífica Bestia. Era tan arrolladora y chispeante su figura, que a los mismos tendidos atenazados por el miedo, alcanzaba y contagiaba el rompiente de su ilusión indómita. Qué murallones de terror no derribaba el sólo carisma de su coraje ¿Qué podía hacer un simple joven, diminuto y solo, tan solo, ante el ciclópeo  Monstruo y sus zarpazos de muerte?
    
     Consiguió que fuera una vez la suya, en el más aterrador de los ambientes imaginables,-te quemaban el coche, te amenazaban de muerte, se concentraban ante tu domicilio coreándote encima de ¡asesino!, se mofaban de las víctimas- la lista más votada de la ciudad. Algo que las podridas meninges de los criminales y de otros nacionalistas un poco menos salvajes, no podían literalmente soportar. Por eso le asesinaron mientras comía, por eso destrozaron con saña su tumba muchas veces, como si mil veces quisiese la cobardía afirmarse en su vileza más atroz, como si a las ratas descompusiera el simple recuerdo tanta hombría.
    
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“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

viernes, 23 de enero de 2015

Gregorio Ordónez, siempre (20 años ya)

              



   Imposible olvidar a Gregorio Ordóñez, imposible olvidar su arrojo, imposible olvidar todo lo que a él y a los íntimos suyos todos debemos. Aunque de poco sirva mi escritura, aunque no pueda devolvernos nunca la estampa viva de su bravura, tan descomunal y homérica que ni las más certeras palabras podrían jamás apresarla, imposible olvidar al Héroe. Le leí hace poco a Woody Allen una frase acerca de que, más que en el corazón y en el alma de las generaciones venideras, preferiría él vivir en su propio apartamento. Sí, vale, es una broma cínica, que finge desconocer la más elevada dimensión de sacrificio que el valor de un hombre, superior y mejor por ello que el resto, puede arrostrar. Se insiste mucho hoy en la básica igualdad de todos los hombres: ¿Y un mismo género constituye a Gregorio y a Txapote? ¿Atesoran acaso idéntica dignidad la plena alegría de vivir libre y el torvo y purulento odio? Permítanme dudarlo, pues hasta repugna escribir juntos esos dos nombres. Qué tiempos estos, centrifugados como vamos todos y a rastras de la epiléptica vomitona incesante de noticias que lo que sólo hacen es robarnos la memoria y la inteligencia, incapaces de separar el grano de la paja, ciegos y sordos a la semilla y a las más esenciales gestas que nos mantienen en pie.
    
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      Eligió Gregorio, no de boquilla sino de verdad, no vivir de rodillas en su tierra ante la barbarie. La espita  que su hazaña abrió, todo lo extraordinario que en Gregorio rebosaba, convoca por sí sólo a lo más alto. Soñándolo él nos hizo y nos hace soñar a todos con abrir de par en par el portón de la libertad, con la promesa en él anunciada de un vendaval de libertad en el País Vasco, es decir, en España.
    
     En la Historia de España está, al lado de los mejores de sus mujeres y de sus hombres, en una de sus más conmovedoras  páginas. Si Manrique, si Garcilaso, si Lope, si Cervantes, si Quevedo, si Galdós aquí estuvieran, sin duda a Gregorio rendirían el más acabado de sus tributos.  Si todas las naciones dignas de sí celebran y guardan siempre gratitud y admiración a la memoria y a la vida de sus héroes, porque en buena medida prenden y  avivan ellos el fuego y la antorcha perpetuas en que consisten, qué hermoso sueño sería que algún día los corazones de todos los niños españoles, con la misma delicada unción con que los escolares que pintaba Edmundo de Amicis escuchaban las historias de amor a su patria,  palpitaran de  pureza al aprender la gesta de Gregorio, su infinito manantial. 






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viernes, 24 de enero de 2014

Qué error, señor Rajoy, qué inmenso error

     


     Si Jose Antonio Ortega Lara, sin él haber cambiado su pensar, todo lo que él simboliza, el Auschtwitz etarra y el indomable coraje cívico en su persona unidos, si muchas otras víctimas, si los más allegados a Gregorio Ordóñez abandonan doloridos el Partido Popular, necesariamente, sr Rajoy, es que algo, en el mismo corazón de los principios que dan vida al Centro-Derecha español, se está haciendo muy mal.
    Sabemos de sobra que para gobernar un país, a pesar de lo que digan los hagiógrafos de turno, es preciso carecer de humana compasión, pues esa fibra paraliza la inexcusable toma de a menudo duras y necesarias decisiones. Ahora bien, hay en eso grados también, y no era imaginable, señor Rajoy, tan heladora frialdad en usted. Frialdad terrible para con los suyos, señor Rajoy, con quienes incluso su vida dieron para que pudiera usted auparse al cargo que ocupa.  
     
     Resulta no ya incomprensible sino aniquilador el observar que usted, a quien no faltaron buenas palabras para el funesto Zapatero en el Parlamento durante el traspaso de poderes, que tampoco reparó en dedicar recientes elogios al mismo Rubalcaba a cuenta de su seriedad sobre el problema catalán –veremos-, a usted, que acaba, con daño enorme para su partido, de plantarse en público en insólita defensa de la inocencia de la Infanta  -a cuento de qué, ¿de los chistecitos vejatorios que sobre Aznar se intercambiaban los Duques?, ¿de la catarata de elogios que el Rey dedicara en su día sólo para Zapatero?-, a usted, sr Rajoy, que de perfil ha aceptado las excarcelaciones luxemburguesas y bolinagas  y las afrentas independentistas, jamás desde el gobierno se le ha oído una buena palabra hacia quienes justamente todo lo dieron en defensa de los más cruciales valores que impulsan a su partido. 

   ¡Los ha desplazado, los ha ninguneado, los ha despreciado! ¡Si ellos fueron y son lo mejor que tienen! ¿Qué ha hecho la cúpula del PP para que millones de niños españoles conozcan y admiren, se contagien y difundan el sobresaliente ejemplo de Gregorio Ordóñez?

   
   Por eso, ese atronador silencio oficial de la cúpula del Partido Popular… ¡en el aniversario del asesinato de Gregorio Ordóñez!, esa contraprogramación que incluso los borjamaris del PP vasco para ese mismo día delinearon, ese “soviética” difuminación de la colosal figura de Gregorio, resultan ahora particularmente nauseabundos. Esa extrema frialdad, sr Rajoy,  con los que más han hecho -¡dieron sus vidas!- por defender una España democrática en el escenario más horrible y avieso, no se comprende; esa “autocastración simbólica” es impensable en el resto de los partidos y hiela el alma de los propios, sí, y crea una distancia insalvable. A usted, sr Rajoy, no lo reconocería hoy Gregorio Ordóñez, desde luego que no. 





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jueves, 23 de enero de 2014

Gregorio Ordóñez, siempre (19 años ya)

               




                  
                  

   Imposible olvidar a Gregorio Ordóñez, imposible olvidar su arrojo, imposible olvidar todo lo que a él y a los íntimos suyos todos debemos. Aunque de poco sirva mi escritura, aunque no pueda devolvernos nunca la estampa viva de su bravura, tan descomunal y homérica que ni las más certeras palabras podrían jamás apresarla, imposible olvidar al Héroe. Le leí hace poco a Woody Allen una frase acerca de que, más que en el corazón y en el alma de las generaciones venideras, preferiría él vivir en su propio apartamento. Sí, vale, es una broma cínica, que finge desconocer la más elevada dimensión de sacrificio que el valor de un hombre, superior y mejor por ello que el resto, puede arrostrar. Se insiste mucho hoy en la básica igualdad de todos los hombres: ¿Y un mismo género constituye a Gregorio y a Txapote? ¿Atesoran acaso idéntica dignidad la plena alegría de vivir libre y el torvo y purulento odio? Permítanme dudarlo, pues hasta repugna escribir juntos esos dos nombres. Qué tiempos estos, centrifugados como vamos todos y a rastras de la epiléptica vomitona incesante de noticias que lo que sólo hacen es robarnos la memoria y la inteligencia, incapaces de separar el grano de la paja, ciegos y sordos a la semilla y a las más esenciales gestas que nos mantienen en pie.
    
      Soñaba Gregorio con una plaza de toros para su ciudad. Y qué elocuente era ese dorado sueño: como un torero de la libertad, con su flequillo rebelde, a pecho descubierto y sin engaño, armado con la palabra sólo, cuando a todo el mundo le temblaban las canillas, delante de los hocicos del bárbaro Minotauro él mismo se plantó. Hay en el toro una nobleza que las alimañas etarras jamás conocerán y había algo en Gregorio, siendo tan donostiarra,  de radiante maletilla cordobés, intrépido de luz y desparpajo ante los bufidos siniestros de la terrorífica Bestia. Era tan arrolladora y chispeante su figura, que a los mismos tendidos atenazados por el miedo, alcanzaba y contagiaba el rompiente de su ilusión indómita. Qué murallones de terror no derribaba el sólo carisma de su coraje ¿Qué podía hacer un simple joven, diminuto y solo, tan solo, ante el ciclópeo  Monstruo y sus zarpazos de muerte?
    
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jueves, 10 de octubre de 2013

Máximo Pradera tampoco fue nunca de derechas



   Lo soltó tan ancho como pancho don Máximo Pradera, esa lumbrera, en el debate de la telefacha de los curas, al que con asiduidad le convocan: “Por supuesto que reivindico la superioridad moral de la izquierda: la Izquierda defiende valores, la Derecha defiende intereses”.  Oye, que el resto de los contertulios, progres o retros, ante el aserto praderiano, es que allí se quedaron de pronto mudos. Clavó su pica Pradera en la casa de los Obispos. Toma Pradera, que diría el Rockefeller de Jose Luis Moreno. Too much, Pradera, debió al menos soltarle alguno de los concelebrantes.
  
   La Casta Lista, incluso entre los más babiecas de los miembros que conforman su nomenklatura, es más que perita en efectistas formulaciones lapidarias como esta. Ese eslogan tan conciso, tan nítido, tan fulminantemente maniqueo, es seguro que como una flecha prende, sobre el terreno abonado de su incesante publicística, en el inconsciente colectivo de ese amplio sector de la ciudadanía que sigue sólo la Política de lejos. Un ejemplo más de cómo se consigue la hegemonía ideológica en la Opinión Pública.  
    
   Cuántos, incluso de los que estas líneas leen, al escuchar la sentencia praderil no se sienten empujados a por dentro asentir: sí, eso es. Claro, pero es porque el prejuicio –las connotaciones simbólicas que el mismo colorea instantáneamente en las mentes-  se ha asentado con tal eficacia en la psique que casi nos parece un hecho elemental, natural. ¿No hemos visto acaso a todo un Papa precisar que, por Dios, nunca fue él de derechas?   
    
   Por eso mismo los contertulios quedaron lelos ante el speech praderil. Es preciso, así es la fuerza del eslógan, pensarlo en frío para desmontarlo. Por supuesto, valores e intereses hay en todas partes, e incluso intereses disfrazados de valores, como sabemos. Me acordé de Gregorio Ordóñez, de los suyos, de muchísimas más personas no izquierdistas que han dado y dan cotidiano ejemplo con sus hechos de real compromiso con sus ideas, con las suyas, no con las del dechado de abnegados valores que en Máximo Pradera a diario vibran.

    
   Le gusta mucho a cierta Izquierda fatua, orgullosísima de su innata superioridad moral, el aventurarnos el apocalipsis cotidiano, y desentrañarnos las peores y más criminales conspiraciones que incansables aletean en las mientes del Maligno, que es la Derecha, el Dinero y su dictadura, esa Caverna. Así, a Obama al día siguiente de tomar posesión lo iban a asesinar. Así, al Papa Francisco pronto lo liquidarán. No lo sabemos, al menos no lo sé yo. Lo que sí sabemos es dónde está Gregorio Ordóñez, y tantos otros derechistas como él.




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(Resumen y análisis de la obra en estos enlaces)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

miércoles, 23 de enero de 2013

Gregorio Ordóñez, 18 años hoy, so bárcenas



    Imposible olvidar a Gregorio Ordóñez, imposible olvidar su arrojo, imposible olvidar todo lo que a él y a los íntimos suyos todos debemos. Aunque de poco sirva mi escritura, aunque no pueda devolvernos nunca la estampa viva de su bravura, tan descomunal y homérica que ni las más certeras palabras podrían jamás apresarla, imposible olvidar al Héroe. Le leí hace poco a W Allen una frase acerca de que, más que en el corazón y en el alma de las generaciones venideras, preferiría él vivir en su propio apartamento. Sí, vale, es una broma cínica, que finge desconocer la más elevada dimensión de sacrificio que el valor de un hombre, superior y mejor por ello que el resto, puede arrostrar. Se insiste mucho hoy en la básica igualdad de todos los hombres: ¿Y un mismo género constituye a Gregorio y a Txapote? ¿Atesoran acaso idéntica dignidad la plena alegría de vivir libre y el torvo y purulento odio? Permítanme dudarlo, pues hasta repugna escribir juntos esos dos nombres. Qué tiempos estos, centrifugados como vamos todos y a rastras de la epiléptica vomitona incesante de noticias que lo que sólo hacen es robarnos la memoria y la inteligencia, incapaces de separar el grano de la paja, ciegos y sordos a la semilla y a las más esenciales gestas que nos mantienen en pie.
    
      Soñaba Gregorio con una plaza de toros para su ciudad. Y qué elocuente era ese dorado sueño: como un torero de la libertad, con su flequillo rebelde, a pecho descubierto y sin engaño, armado con la palabra sólo, cuando a todo el mundo le temblaban las canillas, delante de los hocicos del bárbaro Minotauro él mismo se plantó. Hay en el toro una nobleza que las alimañas etarras jamás conocerán y había algo en Gregorio, siendo tan donostiarra,  de radiante maletilla cordobés, intrépido de luz y desparpajo ante los bufidos siniestros de la terrorífica Bestia. Era tan arrolladora y chispeante su figura, que a los mismos tendidos atenazados por el miedo, alcanzaba y contagiaba el rompiente de su ilusión indómita. Qué murallones de terror no derribaba el sólo carisma de su coraje ¿Qué podía hacer un simple joven, diminuto y solo, tan solo, ante el ciclópeo  Monstruo y sus zarpazos de muerte?
    
     Consiguió que fuera una vez la suya, en el más aterrador de los ambientes imaginables,-te quemaban el coche, te amenazaban de muerte, se concentraban ante tu domicilio coreándote encima de ¡asesino!, se mofaban de las víctimas- la lista más votada de la ciudad. Algo que las podridas meninges de los criminales y de otros nacionalistas un poco menos salvajes, no podían literalmente soportar. Por eso le asesinaron mientras comía, por eso destrozaron con saña su tumba muchas veces, como si mil veces quisiese la cobardía afirmarse en su vileza más atroz, como si a las ratas descompusiera el simple recuerdo tanta hombría.
    
      Eligió Gregorio, no de boquilla sino de verdad, no vivir de rodillas en su tierra ante la barbarie. La espita  que su hazaña abrió, todo lo extraordinario que en Gregorio rebosaba, convoca por sí sólo a lo más alto. Soñándolo él nos hizo y nos hace soñar a todos con abrir de par en par el portón de la libertad, con la promesa en él anunciada de un vendaval de libertad en el País Vasco, es decir, en España.
    
     En la Historia de España está, al lado de los mejores de sus mujeres y de sus hombres, en una de sus más conmovedoras  páginas. Si Manrique, si Garcilaso, si Lope, si Cervantes, si Quevedo, si Galdós aquí estuvieran, sin duda a Gregorio rendirían el más acabado de sus tributos.  Si todas las naciones dignas de sí celebran y guardan siempre gratitud y admiración a la memoria y a la vida de sus héroes, porque en buena medida prenden y  avivan ellos el fuego y la antorcha perpetuas en que consisten, qué hermoso sueño sería que algún día los corazones de todos los niños españoles, con la misma delicada unción con que los escolares que pintaba Edmundo de Amicis escuchaban las historias de amor a su patria,  palpitaran de  pureza al aprender la gesta de Gregorio, su infinito manantial. 





LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS (Resumen de la obra en post del 19-1-2013)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

martes, 26 de junio de 2012

Quisiera poder decirle algo que le sirva de consuelo...


   
     Consuelo, la hermana valiente de Gregorio Ordóñez, aquel Titán al que mataron mientras comía. Precisamente llevar sobre sí ese nombre común que en ella se hace propio. Dar consuelo, decimos, procurar un alivio en la pena que a uno le consume. Consuelo ella, que le mataron al hermano que se jugaba el tipo por todos.  El nombre, la palabra, me llevaron a Lo que queda del día, la extraordinaria novela de Kazuo Ishiguro.
     Hay allí un pasaje estremecedor –no en el sentido sensacionalista del término, sino en el de ser capaz de remover en el lector instancias muy hondas de lo humano- en el que, al coincidir la agonía de su padre –sirviente también en la mansión- con el desempeño de la más crucial ocasión de su vida profesional y de la de su Señor, a las que ha consagrado él su existencia, vemos al mayordomo Stevens sacudido de dolor –siempre hacia sus adentros, nunca exteriorizándolo- entre esos radicalmente encontrados sentimientos.  El mayordomo Stevens opta por su “profesión” y no está presente en el momento que su padre fallece, aunque sabemos los lectores –maestría del escritor nipón- el  dolor que a la vez no deja de atravesarle.
   
    Cuando miss Kenton, el ama de llaves, más vulnerable a la intemperie de los sentimientos que el mayordomo, -no conozco una historia de amor, a la vez no declarado ni realizado pero inmenso en su verdad, superior a la que entre ella y  Stevens en las páginas de la novela vive- , que sí ha asistido a ese fallecimiento, acude conmocionada a comunicarle la reciente muerte de su Padre, el Autor, dentro del consumado dominio de los registros de lo indirecto –más complejos y por lo mismo más duraderos que los ya trillados por lo obvio- con maestría simplemente pone en sus labios estas palabras:
   “Lo siento mucho, mister Stevens. Quisiera poder decirle algo que le sirviera de consuelo”.

   Con esa medida confesión de la propia impotencia de las palabras para poder traslucir en ellas cuánto de verdad por dentro uno siente, a la vez por alusión revela esto mismo de una manera excepcional. “No es necesario, miss Kenton”, es la helada respuesta que Stevens le devuelve. “Estoy seguro de que a él le gustaría que siguiera con mi trabajo”.   
   Cómo me gustaría, lector, haber poseído esa maestría de Ishiguro, y aquel lejano día -tan cercano- en que unos etarras mataron a Gregorio, haberle hecho llegar una nota anónima a su hermana con esa idéntica leyenda: “Quisiera poder decirle algo que aliviara su pena”. Y también para hoy, a la vuelta de su memorable “Ni olvido ni perdono” a Lasarte, escribirle aquí, en la humilde covacha de este blog, eso mismo a Consuelo Ordóñez: “Estoy seguro de que a Gregorio le gustaría que siguieras con tu trabajo”.     


Post/post: gracias a Eleonora The Light, a María Barrio Corral, a Fernando, a Juan Risueño, a CSPeinado por dejarme su brillante comentario, por bloggear a mi lado ayer, GRACIAS.  Y mañana, lectores mios, TACHÁN, TACHÁN... ¡RELATO! (o algo así). 
  

lunes, 25 de junio de 2012

Consuelo Ordóñez y la selección española


   
    Ganó la selección de España a la de Francia en la Eurocopa. Siempre antes perdíamos contra los galos, creo. Ese intensísimo voltaje emocional de participación vicaria –virtual- , de amplificadora fusión y de distancia también, que en las sociedades del espectáculo las victorias proporcionan a las masas. Del despectivo “son unos baldaos” de hace dos días ante Croacia, al jubiloso “hemos ganado a los franceses” de ayer, esas montañas pasionales a ritmo de infarto bursátil, claro. 
   Al compás mismo con que se suceden las victorias, se multiplican las terrazas engalanadas con la bandera de España. Quién convence ahora a esos paisanos de que su gesto en nada influyó para que Xavi Alonso cabeceara con tino la bola. Descártese, eso sí, cualquier ilusión de trascendencia: de todo ese tremolar de insignias y de todos esos cantares algo achispados de afirmación patriótica, dust in the wind, en plena lógica con la naturaleza de la sociedad del espectáculo, incesante generadora de imágenes efímeras, nada queda. Nada.
   
    El mismo día, casi a la misma vez, Consuelo Ordóñez se plantó delante del etarra que asesinó a su hermano Gregorio –inolvidable Gregorio Ordóñez- mientras comía. A Gregorio lo mataron por defender esa bandera y por defender allí con la palabra ese cántico del yo-soy-español-español-español. También lo mataron en plena comida porque le sobraba a él ese intangible –tan decisivo en las sociedades postmodernas, en el futbol, en la política, en todos sus compartimentos- llamado carisma, que hacía prender su persona entre las personas, y que le había hecho ya ¡ganar! en su ciudad alguna elección popular.
   Alguien ha pensado ahora en que se entrevisten víctimas –sus deudos- y verdugos, a ver qué tal. Consuelo debió buscarle los ojos a Lasarte: “Ni olvido, ni perdono. ¿Cómo podría hacerlo? Quién podría perdonarte no puede hacerlo. Tú le mataste”. Esas palabras, el coraje cívico que las pronuncia, el aliento noble que las arropa, son mucho más esenciales que el gol de Xavi Alonso. ¿Por qué y a quién deberían arropar tantas banderas españolas, tantos cánticos de reivindicación de una Nación en fase de  liquidación?
     Publicaban ayer los sondeos de las próximas elecciones autonómicas vascas. Hipermayoría nacionalista. Artur Mas, honorable él, incitaba otra vez a cuanto antes separar a Cataluña de España.  Vale, vamos a ganar la Eurocopa. Y las terrazas engalanadas, preciosas.



Post/post: muchas gracias a NVBallesteros y a Eleonora The Nihgt por compartir conmigo, por bloggear ayer a mi lado, GRACIAS.