Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Konchalovsky. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Konchalovsky. Mostrar todas las entradas

miércoles, 21 de febrero de 2018

Fue Konchalovsky, no Redford, quien a Streissand replicó sobre Papá Stalin

     


  
  La morrocotuda sorpresa que me llevé (ver post de ayer) al descubrir a la cándida Streissand, en Tal como éramos (1973), como ferviente adoradora -hasta el punto de reservar a su imagen de Ídolo Máximo el principal Lugar de su salón- del Grandísimo Tirano Stalin, tras el completo pasmo inicial, me hizo recordar al ruso Konchalovsky, que fue quien en realidad, a través de una mujer, –no el guaperas Redford en la peli de marras- le daría adecuada y tragicómica réplica a la bárbara Barbra.  En la irregular obra que Konchalovsky consagró al monstruoso sistema criminal del estalinismo, “El círculo del Poder” (1991), existe una secuencia preciosa, bien ilustrativa también de los extremos aberrantes y antinaturales a que puede llevar el fanatismo político. El protagonista, Iván Sanshin, un ingenuo supercrédulo de la omnipresente propaganda oficial comunista, es un candoroso y humilde servidor del “Amo” Stalin, a quien adora sin humana medida y cuyas consignas repite con entusiasta y adorable entrega. Ni siquiera, como la Streissand en la de Pollack, es dirigente de nada. Su mujer, Anastasia, más en la realidad de las cosas, es más escéptica y contestataria. Se va abriendo, claro, a pesar del amor que sin duda se profesan, una distancia irreparable entre los dos. Un “Tal como éramos” al revés, yes. En el clímax de una discusión, Anastasia interroga a Iván:
     -Iván… necesito saberlo, ¿a quién quieres más? ¿a Stalin o a mí?
     Emite entonces Iván una sonrisa, desarmante por lo abierta y tierna. Le contesta con la misma en la flor de los labios.
     -Cariño… qué cosas tienes…
   Le busca ya los ojos, la encima para abrazarla. Concluye, todo serio, al cabo la respuesta…
     -… ¡a Stalin, naturalmente!

     Quien naturalmente queda conmocionado, acongojado, petrificado es, junto a Anastasia, el espectador, partícipe ahora de la terrible capacidad que tiene la Ideología estalinista para penetrar y trastocar hasta subvertir, los lazos más primarios y los sentimientos más cercanos e íntimos de los individuos, incluso en un ser tan angelical como el Iván éste.

SOY ESCRITOR ¿BUSCAS UN BUEN LIBRO? LO TENGO:
“VEINTE RELATOS DE AMOR Y UNA POESÍA INESPERADA”. 12 euros, envío incluido. 165 pgs de SENTIMIENTOS, HUMOR Y AVENTURAS acerca de la condición humana enamorada… y desenamorada, en muchas de sus vertientes, cimas y simas, con la emocionante recreación de las más perturbadoras encrucijadas a que nos arrojan los sentimientos inevitables. Personalmente dedicados. Pídemelos aquí o escríbeme a  josemp1961@yahoo.es   Es muy sencillo. 12 E por correo ordinario, envío incluido, a la dirección (PUEDE SER TAMBIÉN  la del trabajo, o la de un establecimiento público que conozcas) de España que desees; 15 E por correo certificado. Escríbeme aquí y te informo sin compromiso. 

jueves, 7 de abril de 2011

Zapatero, Iván Sanshin, esa Pasión bifronte

    

     Zetapé es Iván Sanshin. O casi, porque, mientras Iván, como uno mismo, era en la realidad Nada, Zetapé, cuando disertó para EL PAÍS y para Millás sobre el Amor, ya lo era Todo. Existe en la irregular película que Konchalovsky consagró al monstruoso sistema criminal del estalinismo, “El círculo del Poder” (1991), una secuencia preciosa, bien ilustrativa también de los extremos aberrantes y antinaturales a que puede llevar el fanatismo político. El protagonista, Iván Sanshin, un ingenuo supercrédulo de la omnipresente propaganda oficial comunista, es un candoroso y humilde servidor del “amo” Stalin, a quien adora sin humana medida y cuyas consignas repite con entusiasta y adorable entrega. Su mujer, Anastasia, más en la realidad de las cosas, es más escéptica y contestataria. Se va abriendo, claro, a pesar del amor que sin duda se profesan, una distancia irreparable entre los dos. En el clímax de una discusión, Anastasia interroga a Iván:
     -Iván… necesito saberlo, ¿a quién quieres más? ¿a Stalin o a mí?
     Emite entonces Iván una sonrisa desarmante por lo abierta y tierna. Le contesta con la misma en la flor los labios.
     -Cariño… qué cosas tienes… le busca ya los ojos, la encima para abrazarla, concluye al cabo la respuesta… ¡a Stalin, naturalmente! 
     Quien naturalmente queda conmocionado, acongojado, petrificado es, junto a Anastasia, el espectador, partícipe ahora de la terrible capacidad que tiene la ideología para penetrar y trastocar, y hasta subvertir, los lazos más primarios y los sentimientos más cercanos e íntimos, incluso en un ser tan angelical como el Iván éste. Ni por asomo sugiere uno que sea Zetapé estalinista. Para esas exageraciones demagógicas se basta el Cardenal Faisán con sus tertulias favoritas de la extrema derecha. Lo que defiendo, a la luz de las propias palabras presidenciales, es un carácter sumamente chocante.  
    
     No sé tú, lector, pero cuando ayer, para tratar de explicarme la alusión de Zapatero a la familia, como una de las claves por él alegadas en el trasfondo del anuncio de su me-voy-pero-no-me-voy, repasé la entrevista en EL PAIS con Millás y me dí de bruces con las, para mí, capitales  frases suyas ya reseñadas,
     “Yo sentía tanta pasión por la política como por mi mujer. Creía tanto en ella como en mi mujer”,
     el efecto tremendo de las mismas no se me disolvía en las entendederas así como así. Se pregunta entonces uno lo obvio: de qué pasta están hechos los políticos. Hombre, si al menos hubiera dicho él experimentar semejante enajenación del afecto y de la voluntad, qué se yo,  por los desheredados de la Tierra, o por ponerse al servicio de la Humanidad, que decía el catecismo del centenario socialista que el otro día te conté, o desde otro ángulo, por la honda reflexión en torno a las más intrincadas querellas del pensamiento político, no sé, me hubiera sonado distinto, pero enarbolar la política así, a secas, sabiendo que del libro máximo de Aristóteles ni de lejos estamos hablando, parecióme obsesiva fijación por el mero adiestrarse en el necesario oficio marrullero de conseguir y conservar el Poder.
     Las propias ventoleras en las lineas de acción gubernamentales por él promovidas para auparse y mantenerse en el mismo –de una oposición moderada a otra radical, de un iluminismo arcangélico y extremista a la vez en el prime time a los más severos recortes neocon pro Botín y cía de sus postrimerías- así creo yo lo prueban. También el haber permanecido años y años en el escaño sin en nada distinguirse, salvo en  hacer voluntaria nescencia de cuanta doctrina económica por fuerza soplábale a todas horas los oídos, que tiene también esto su mérito indudable, claro es.
    
     Y, claro, poner esa misma razón práctica en pie de igualdad, en cuanto a PASIÓN Y CREENCIA, es decir a sentimiento y fé –no caben cualidades mayores- volcadas en esa cosa, junto a la que en uno despertó la Mujer que entre todas ha elegido para desposar, no sé si no dice mucho y bueno de quien equidistancia de esa expresa manera tan distintos ámbitos. Hombre, hace Zapatero ese balance a la altura de las sesenta castañas y uno lo entiende, que sabemos todos lo que la costumbre amaina la omnívora pasión juvenil, incluso entre los más enardecidos enamorados. Pero es que encima hablaba Zapatero de su pasado juvenil, es decir, de el preciso momento en el que, por fuerza natural de las cosas, mayores y más dulces habrían de ser las mieles que entre su mujer y él  mutuamente se obsequiasen. No cabe, pues, siquiera hablar aquí de la archisobada erótica del Poder, por cuanto era Zapatero entonces un neófito virgen en el mismo, mientras que muy reales y vivas debían ser las hogueras que el cuerpo y la inteligencia suyas entremezclados con los de su querida mujer podían entrambos alimentar, para ni remotamente resistir la comparación con la abstracta pulsión de poder que representa “la política”, como el célebre Golum y su anillo-tesoooro a la perfección ilustran.
     Por eso acaso sea mejor, con todos los respetos, que no le ponga Sonsoles a Zapatero en la drástica tesitura interrogativa que le pone Anastasia a Iván Sanshin. Es ahora que anuncia, obligado por sus conmilitones, su retirada e insiste él en apurar enterito el cáliz, por amargo que éste sea.