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viernes, 12 de febrero de 2016

Soñé que Sabina y Serrat se convertían en Lady Gaga y Beyoncé

        


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LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON INFULAS
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   La devoción formal, la entrega y el íntimo entusiasmo con el que los más importantes artistas norteamericanos, en las más simbólicas y cruciales ocasiones para ellos como nación, se ofrecen a cantar para todos su himno, mueven a admiración, claro, en la medida en que esa práctica continuada en ellos, los depositarios de tantísimas adhesiones emocionales, es la argamasa ideal que por encima de muchas mayores diversidades de todo tipo –sociales, étnicas, generacionales, geográficas, vivenciales, religiosas-  que las que podamos en España conocer, les mantiene cohesionados en esa emoción como multimillonario grupo social, capaces de soportar una convivencia y un futuro compartidos.

    La última ha sido la impar Lady Gaga en la gran final de la Superbowl, con una ejecución tan limpia como arriesgada y vibrante, brillantísima, que a todos dejó boquiabiertos. Como en la ceremonia de posesión de Obama igual Beyoncé hiciera. Así es que, conmocionado uno un poco también por el ejemplo, a la noche soñé, bendita ilusión,  eso, que en la próxima Final de la Copa del Rey de España, de pronto al centro del campo saltaran Serrat y Sabina por los hombros enlazados, y que ante el general respeto, se atrevieran con el corazón en la mano a entonar el lalalá del himno español, o el España camisa blanca de mi esperanza, aquí me tienes nadie me manda, quererte tanto me cuesta nada… de Blas de Otero.  

martes, 15 de marzo de 2011

Santiago Segura, ese torrente

    
     El landismo es, desde luego, arte y ensayo sueco al lado de la bajísima estofa de Torrente. Estos son mis poderes ha venido a decir por la vía inobjetable de los hechos su inspirado creador, Santiago Segura, una máquina de hacer millones el tío, un lince disfrazado siempre de menesteroso, muy progre eso sí, es decir, muy partidario de un igualitario reparto de los bienes en esta “podrida” sociedad: 1 millón de espectadores en el primer fin de semana, 8,2 millones de recaudación en esos días, 666 cines, 910 pantallas. Lo repican bien alto todos los media: la película más taquillera del cine español. Ahí es nada. Loor y gloria de Santiago Segura, ese torrente que no cesa. Loor y gloria de la sociedad española también, por supuesto, de sus élites pensantes, de sus instituciones, formadoras de las “generaciones mejor preparadas de la Historia de España” como machaquea el recurrente eslógan.
    
     Enésima constatación del Reinado de la Mugre, sobre la seda lujosa del 3-D of course. Las cifras de Torrente: el polígrafo de la Verdad, DNI  y ADN, la exacta  radiografía inesquivable de la sociedad española, espejo en el que se miran y que les refleja, ese millón de amigos que tiene Torrente, que se aprestan el primer finde a solazarse con sus regueldos. Por supuesto, no muy distinta a la Mugre Transnacional propia de las sociedades hiperconsumistas y maleducadas: Sangre y Semen, l´air du temps, decíamos ayer de Lady Gaga, y Sangre y Semen, no otra es la bien segura apuesta de Santiago Segura, en su cuarta deposición millonaria. Mugre entronizada, claro, como revela la alegre participación de los más populares líderes sociales en la Cosa, que le transfieren así su misma naturaleza triunfadora y canónica, fundiéndose ahí el hambre y las ganas de comer, toda la élite triunfante bajo ese fetiche y el perfume ganador de las heces bendecidas.
    
     Dice Segura que es que triunfa él “porque en España tenemos mucho sentido del humor”, idéntica clave pret-a-porter que siempre nos restriegan por los morros el de La Noria y el del Sálvame, como un mantra aprendido para la ocasión. Qué graciosos son ellos. ¿Sólo humor? Segura, puesto ya, da un paso más: “es la oportunidad de reirse de gente machista, mezquina y racista…” claro, claro, que lo de Torrente es sobre todo denuncia social comprometida, niquelada en ese sentido al servicio del Dogma Progre, que pasa por animalizar lo “facha” a la vez que se atiborra uno de vil metal limpiándole los bolsos a una audiencia barbárica, complacida encima en su propia molicie y burricie, hay que ver qué gracia tiene Segura.
    
     Y al cabo su pretencioso corolario de Autor, qué valor, “… te ríes de todo eso y es algo catártico”. Nada, hombre, que sales de Torrente  purificado de todas las bajas pasiones, engrandecido en el fondo del alma y en estado de gracia humanista hacia el mundo y sus semejantes. Debe ser que la Poética de Aristóteles encarnó en la mente de Santiago Segura, lírica y elevada como pocas, generadora inmisericorde de una belleza… torrencial, claro, por más que uno le vea como el exitoso seguidor del más ramplón cinismo tan propio de estos tiempos. Nada, señor Segura, siga usted haciéndose más rico aún, siga usted tan progresista, ánimo, a por el quinto, que no hay quinto malo, que es lo suyo un inagotable torrente de poesía.    
    

sábado, 12 de marzo de 2011

A la atención de Lady Gaga

    
      Querida Estéfani Joanne Angelina Germanotta, que teniendo nombres tú tantos y tan bonitos no sé como consientes que te pongan ese adefesio por apelativo con el que se te conoce , como tampoco comprendo el que siendo tú con la cará lavá y recién peiná -que decía el otro- incluso guapa, por lo común hayas de comparecer con tan horripilante faz. Debe ser sin duda, visto tu éxito planetario, una estrategia meridiana a estos tiempos góticos que el carcamal renacentista que uno es no alcanza del todo a asimilar.
     Verás, querida Germanotta, -me quedo de entre los cuatro con éste, por parecerme acaso el que más justicia le hace a la exacta denominación de tu planta y de tu flor- te escribo, primero y sobre todo, porque me mueve hacia ti, por encima de tu estrafalaria envoltura, por encima del hediondo Perfume que en estos días anuncias, grande admiración ante tu Arte, único y distinto a todo, y no sé, me apetecía en mío blog decírtelo. Segundo, porque mi hijo se llama Fernando y a veces yo mismo me sueño Alejandro el Magno, de manera que entonces, Alejandro, Fernando, ya sabes. Sólo nos falta Roberto, Roberto Carlos y el millón de seguidores que tú tienes. Te cuento un poco, my lady: A mi hijo le ha entrado ahora la manía por el manga y por lo japonés. Es porque tiene una amiga japonesófila y el pobre se tira las horas muertas repitiendo ante el espejo “Konichiguá” y dos cosas más. Le ha impresionado lo del terremoto de allá más que si hubiera ocurrido en Madrid mismo, claro. Así es un poco este Fernando.
     Y tercero, te escribo, así es también un mucho este Alejandro, porque conocedor como soy de tu extrema sensibilidad a las más bellas artes, pues nada, contarte sólo que… tengo yo un buen surtidito de muy románticos relatos y había pensado que quizás, con la tremenda influencia que tú mueves por todo el mundo, una llamada tuya bastaría para sanarme del mío mal del penoso anonimato. Te propongo, estimada Germanitta, ¿mejor así, no? que seas mi lady Mecenas.   
    
     Ya, ya sé que son infinitesimales las probabilidades de que arribe este mensaje dentro de una botella que desde el destierro de mi minúsculo Perejil a los alcázares de tus ignotas mansiones envío, pero no quiero del todo perder la esperanza en los pequeños milagros, que entreverados con las más penosas catástrofes casi a diario acontecen por el mundo según nos cuentan en las teles. En fin, Germanitta, había pensado incluso, llevado sólo por la trampa de la desesperación, fíjate, hacerme pasar por damnificado japonés del terremoto, ahora que los súbditos del Trono del Crisantemo atraviesan las horas más difíciles, enterrando o buscando el rastro de los suyos entre el Desastre, y ganar mejor con este engaño tu compasión. No tengo arrestos para hacer algo así.
      Verás, es que escribí ya antes a Botín, a Garzón, a Lydia Lozano, y… nada. Podrás pensar acaso que el colmo de mi deshaucio me lleva ahora a disparar por elevación. Pero es que tú, Germanitta, hermanita mía, tú sí puedes de verdad comprenderme. ¿No dicen acaso que tu propia carrera se inició de forma bien casual, que tu propio padre, productor musical, al principio no quería ni mirarte a la cara? Quién me dice que estas torturadas lineas por puro azar no le llegan  a alguien de tu club de fans, que, conmovido, las envía a la nave nodriza de tu metropolitano club de partidarios, cuyo responsable, a su vez conmocionado, lo hace por el internete hasta ti llegar, y que me lees tú, Germanitta mía, en medio de uno de esos momentos tontorrones que a veces la Vida nos procura, quizás después de visionar un minuto de desgracia nipona, y que araño yo entonces con mis pobres recursos las entretelas de tu corazón, y que sacudida de belleza y alma grande exclamas… “a este cabronazo, quien quiera que sea, hay que darle una oportunidad, me reconozco en esa rabia”.
     Si sostiene la teoría de Catástrofes que el aleteo de una mariposa en Tokio puede desencadenar un terremoto en Los Ángeles, ¿no habrá también de ocurrir al revés, es decir, que un tremebundo terremoto en el Japón haga levantar el vuelo a la mariposa apagada de unos ignorados relatos? Sólo falta, hermanita mía, el soplo divino de tu intercesión.
    
     Ayer tarde, Germanitta, -no vas a creer lo que voy ahora a contarte, yo sé que es verdad, quizás no sea otro el motivo crucial de animarme a escribirte- tenía  que ir con mi hijo Fernando a un mandado. Iba él como a rastras, cabreado con el mundo, ve, tú que los entiendes, a saber por qué. ¿Barruntaría a su manera mi criatura, como hacen los animales, la catástrofe que se gestaba en el Extremo Oriente? ¿Se habría hecho su amiguita japonesófila el harakiri? Qui-lo-sá.  Él era Fernando y era también a la vez Alejandro, el Magno, porque me saca ya la cabeza. Encima el cabreo le estiraba un poco más al niño, así que el múa no llegaba a ser ni Roberto. Sólo era yo un padre confuso. La tarde, en el suburbio madrileño, de buena que era… resultaba milagrosa, con los cielos estirándose de impaciencia y de luz, como deseosos de lucir bien chuletas sus prendas de estreno. La tarde en Madrid desmentía de pleno la posibilidad de cualquier seísmo en el mundo. Había unos viejetes en el parque tirando al chito. No fallaban ni una. Le dije a mi hijo, Fernando, por favor, ¿has visto ese almendro? Me dijo a su vez él sin siquiera mirarme, ¿has visto tú eso? Me señaló el muro pintarrajeado de un local abandonado, sobre el que lucía el espantajo de un graffiti, LADY GAGA ES UNA BRAGA, pero alguien, Germanitta, algún refinado poblador del suburbio madrileño, había tenido a bien borrar en cruz con un nuevo graffitti la última palabra y sustituirla debajo, aunque más pequeñita, por MAGA. Desenfundé entonces yo mi lápiz, listo por una vez en mi vida de reflejos, tratando en vano de allí mismo añadir a lo de maga, más pequeño aún,  GUAPA, y referirme así de una tacada a las dos, a tu indómita y suburbial incondicional –no sé por qué pero se lo achaqué a una fan- y a tu misma persona, Germanitta. Me cargué el lápiz, claro, pero al menos Fernando y Alejandro, incluso Roberto, se sonrieron, aunque fuera de lado, y pudimos así de buena gana cumplir el mandado, mientras el crepúsculo, como una manta imprevista por encima de las cabezas,  nos caía de golpe a todos. Pensé, tengo esto que contárselo a Germanitta, y ya de paso, y ya que me pongo, lo otro le propongo. Sí, el yaque.    
    Si quieres, sweett Germanitta, puedo yo componerte gratis et amore letras para tu próximo Alejandro/Fernando, sólo a cambio de que me consigas una apañada edicionzucha de mis más romantics relatos. No quiero más. Quién sabe lo que a cada uno nos espera a la vuelta de la esquina. ¿Por qué no confiar en la beneficiencia suma de las más distinguidas estrellas, tan proclives por propia naturaleza a estremecerse ellas ante el asalto súbito de la Belleza, de donde quiera que sea que ésta venga? Anda, Germanitta mía, échame una mano, prima, házme un poco de caso, please.

martes, 8 de marzo de 2011

Lady Gaga, Semen y Sangre, L´air du temps

    
    
     Tiene de suyo esta época, el Reinado de la Mugre, la cínica jactancia de no cortarse un pelo en restregarnos bien a las claras y por toda la cara su genuina y pringosa seña de identidad: la Mugre sobre mil sedas revestida. Es decir, el llevar continuamente a cabo una síntesis brutal entre un extraordinario acicalamiento formal, diríamos, y la rufianesca rudeza de sus contenidos. ¿Qué más implacablemente lógico en ese sentido que el penúltimo epifenómeno triunfante en las pantallas de todo el mundo, su dudosa contenedora, Lady Gaga, anuncie ahora el lanzamiento de su propio perfume, hecho de extractos de SANGRE y SEMEN, verdaderos fluidos nutricios y lubricantes estos de los engranajes de estos tiempos putrefactos?  Sangre y semen, he ahí los elementos que los presocráticos señalarían como las fundamentales sustancias de esta era aciaga, la inconfundible fragancia que la misma destila, l´air du temps, como rezaba antes la célebre colonia de Nina Ricci, que ahora su más triunfante sacerdotisa se apresura a embotellar para derramárnosla encima luego a todo quisque que se precie de saber de qué va la movida y tal.
     
     ¿No resulta tal vez elocuente el propio nombre adoptado por la estrafalaria oficiante, Lady Gaga, que significa nada, puro balbuceo dadaísta con antetítulo de nobleza, es decir, la nada revestida de elitistas sedas? Pero lo propio de este reinado es que, a diferencia de las apuestas vanguardistas de inicios del XX, que buscaban la provocación y el cuestionamiento de la ética y de la estética dominantes, y que acarreaban casi siempre exclusión y locura, pobreza y marginación para sus promotores, como son esa moral y esa estética dudosas las triunfantes ahora, no necesitan sus hábiles cultivadores cortarse ninguna oreja o ser carne de presidio, sino que su a la vez estrafalaria y cansina provocación les asegura casi el éxito multitudinario, con la condición, eso sí, de poseer una mercadotecnia milimétrica. Lo más transgresor es hoy escribir un sencillo poema de amor que se entienda: eso a ninguna editorial le interesa. No tiene salida, dicen.
    
     Por eso dice Gaga querer atrapar con su perfume “la esencia del semen que queda después de practicar sexo” (y qué reveladora la expresión practicar sexo, como un simple ejercicio, de vuelta pues de cualquier ilusión romántica arrebatadora) y que “fuera la sangre fundamental componente de su nueva creación”, como para simbólicamente embadurnarnos a todos de su esencia vampírica, dadora y aniquiladora al tiempo de vida virtual. Ha detallado Gaga, de nuevo transparente en su designio, que su perfume “huele como una puta bien cara”, tan evidente en sí que casi ni necesita demostración.
     Es decir que si Freud, Nietzsche, Marx, habíanse partido el alma en desvelar lo que se escondía de perverso tras la aparente autocontención de la moral burguesa, dicha perversión, triunfante y piafante, no necesita ni pensadores siquiera, porque se difunde en su estricto cinismo elemental, eso sí, envuelto en celofán de marrón glassé.
     “Será como llevarme a mí en la piel”, insiste Lady Gaga, con calculado ademán de publicista principiante, como si sus seguidores también un poco cortitos fueran, en patente y bruto contraste con la sofistidicasímas elucubraciones conceptuales y estilísticas llevadas a cabo por las colonias tradicionales, siempre indirectísimamente alusivas.
    
     Recuerda, claro, esta batallita de Lady Gaga, emblema y epítome de este Reinado de la Mugre, al inolvidable Greounille de la extraordinaria novela de Suskind, El Perfume, quien oliéndolo todo carecía él de olor propio. “Él, Jean Baptiste-Greounille, nacido sin olor en el lugar más nauseabundo de la tierra, en medio de la basura, excrementos y putrefacción, criado sin amor, sobreviviendo sin el calor del alma humana, y sólo por la obstinación y la fuerza de la repugnancia. Bajo, encorvado, cojo, feo, despreciado, un monstruo por dentro y por fuera… había conseguido ser estimado por el mundo, ¿cómo estimado?, ¡AMADO! ¡VENERADO!¡IDOLATRADO!... Y una vez en su interior el perfume iba directamente al corazón y allí decidía de modo categórico entre inclinación y desprecio, aversión y atracción, amor y odio. Quien dominaba los olores, dominaba el corazón de los hombres”.
     Hágase, pues: semen y sangre per tutti. El resto es… ruido; sobre pulidísimas pantallas, eso sí.