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viernes, 16 de febrero de 2018

A mano y a piano

   



 Antes, hace años, escribía y emborronaba los folios primero a mano –con los impagables bics cristal de vivísima tinta azul-, y luego los pasaba ya a máquina. Doble trabajo, claro. Me costó mucho, pero mucho, acostumbrarme a escribir directamente a máquina. Al principio es que no me venía así la inspiración, como si fuera ésta un exclusivo hilo directo que desde la sesera, por el cuello al hombro y de ahí a lo largo del brazo hasta la mano, sólo de entre mis dedos se fraguara en escritura, con los rasgos de mis propias letras como una suerte de sangre o de savia nada más que mía, que sólo a ese ritual obedecía. Acabas, cuando escribes y escribes mucho, por acostumbrarte. Creo que hoy lo que no sería ya es capaz de volver a escribir sólo a mano, no sé. Cuando ahora me siento a escribir,  me gusta imaginar el teclado del ordenata como el de un piano, y a mí mismo un poco como un músico presto a crear, y a interpretar, una u otra melodía, según el humor  que entonces me acompañe, convencido como estoy de la primacía expresiva de la música sobre la escritura, y por ello mismo, imbuido también del sueño loco de que alguna de mis composiciones se quedará, como tantas canciones que nos gustan, para siempre en tu memoria, para que además algún día me la recites tú frente a frente.     


“VEINTE RELATOS DE AMOR Y UNA POESÍA INESPERADA”. 12 euros, envío incluido. 165 pgs de SENTIMIENTOS, HUMOR Y AVENTURAS acerca de la condición humana enamorada… y desenamorada, en muchas de sus vertientes, cimas y simas, con la emocionante recreación de las más perturbadoras encrucijadas a que nos arrojan los sentimientos inevitables. Personalmente dedicados. Pídemelos aquí o escríbeme a  josemp1961@yahoo.es   Es muy sencillo. 12 E por correo ordinario, envío incluido, a la dirección (PUEDE SER TAMBIÉN  la del trabajo, o la de un establecimiento público que conozcas) de España que desees; 15 E por correo certificado. Escríbeme aquí y te informo sin compromiso. 

jueves, 8 de febrero de 2018

Otras metamorfosis, otros triunfos



   

      Escribíamos ayer… de la Metamorfosis de Amaia, de esa formidable mutación que en ella se opera, ni siquiera en el escenario, al sólo entrar en contacto con la Música, como si fuera ésta un mágico bebedizo que de golpe transforma a una joven apocada en toda una Deidad Hechizante. Recordé, al escribir de Amaia, un caso idéntico, bien que mucho menos glamouroso, que de primera mano conozco: músico también, organista y cantor asimismo, su nombre es Pedro, Pedro Bajo. Más Metamorfosis en él si cabe, pues, alejado de la música, Pedro es soso hasta decir basta,  cuarentón poco agraciado, cargado de espaldas, desastrado en el vestir, en fin, un tartamudeo congénito mortifica lo indecible su existencia. Pero a-migo, es enchufar los bafles, embutirse en uno de esos trajes horteras de solapas anchotas y colorones intolerables, aferrarse a los teclados y empezar a darle y darle a las canciones –al tocar en bodorrios y fiestas de pueblos, por fuerza ha de adaptarse él bien, so pena de acabar en el pilón, a muy diversas y exigentes tesituras-, y del todo erguírsele de pronto la Figura -es de verse-, hasta componer una Presencia centelleante que desprende magnetismo y seducción por todos los poros de la piel, como demuestran los ojitos admirativos de no pocas admiradoras que a su vera entonces se concentran. ¡Por completo cuando así canta y toca –o presenta el siguiente tema- la tartamudez le desaparece! ¡Prolonga el fraseo de las letras como un consumado experto entonces! La música, su buen trato con la misma, como por milagro convierte a una suerte de jorobado tartajilla de Leganés en un Prince de segunda, Prince al fin y al cabo. Disfruta Pedro esos momentos como nadie, claro. Son su Vida. Se gana malamente así la vida. Cuando acaba su función, sudoroso y en loor de multitudes, como si apurara el trance, quizás también para que nadie quede ya por allí, se demora mucho en salir del camerino. Es doloroso entonces, con la imagen aún viva en la retina de su indiscutible Esplendor, verlo normal de nuevo, reducido de nuevo -uno más como los demás- a su borrosa estampa encorvada, a su trabucarse con las palabras más habituales. Bueno, Pedro no es joven, ni tiene el mundo y el futuro a sus pies, y lo suyo es más bien una Operación Fracaso, pero yo le tengo ley. Admiro también en él lo que, a pesar de tantísima distancia, con Amaia comparte: ambos tienen un Don.  

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miércoles, 17 de enero de 2018

Tras una Experiencia así, o Dios, o Tarumba

   


   Hace unas noches me asomé a un concierto que daban por la tele. ¡Guau!  Tan mastodóntico, electrizante y apoteósico que, sin ser demasiado fan del cantante y compositor de marras, a pesar incluso de transcurrir sobre una pantalla y  retransmitirse grabado, resultaba peliagudo el sustraerse a aquel inmenso éxtasis colectivo. Miles y miles de almas atiborraban el monumental estadio, por completo entregadas a su Artista. Se conocían de principio a fin, y exaltadas le cantaban y bailoteaban cada palabra, cada nota de sus canciones. Cada cosita que él entre tema y tema les soltaba, se la celebraban y jaleaban enardecidos, presas aquellas mesopotámicas multitudes de una adoración más que religiosa, por voraz y omnímoda, brutal, TOTAL. La banda que para él tocaba, más que arropándole, a su arte doblegada, era tan numerosa y completa como virtuosa en cada uno de sus músicos. Además, a cada rato, entre el consiguiente estallido de júbilo del inmenso gentío, sobre el escenario comparecían otros grandísimos intérpretes, que en público proclamaban el inmenso honor y placer que para ellos era marcarse un “dueto” junto al artista principal, de cuyas enormes cualidades artísticas y humanas ellos rajaban y casi no paraban. Con él cantaban una de sus canciones,  y a él en frontal abrazo se fundían al terminarla. Otro luego, y luego otro. Dos horas y medias largas así, sin que la multitudinaria “deliquio” por un instante decayera, te lo juro. La moderna tecnología de las retransmisiones, con sus trepidantes planos de conjunto –aquella ingente muchedumbre eufórica-, pero también de detalle –sólo ahora los arrobados ojos de una joven-  permitía dar cuenta cabal y vivísima de todo aquel Superespectacular Acontecer. También de que el sonido por cada rincón del Estadio rayara la perfección.  Sé que Conciertazos como este de que te hablo, protagonizados por otros músicos, son bastante frecuentes ahora. Cuando pude más tarde tomar un mínimo de distancia ante todas aquellas abrumadoras imágenes, que eran bien reales, pensando en ese Grandioso Artista tan así venerado, me dije… uff, lo dificílismo que debe ser, después de una Experiencia así, el no creerte un Dios, el no volverte rematadamente tarumba. 

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domingo, 25 de marzo de 2012

Primacía de la música


      
    Es verdad, porque las canciones que nos gustan las escuchamos no una, cien, quinientas veces, y cada vez esa música nos va gustando más y más, qué importa que de sobra la conozcamos, si es este y no otro su principal aliciente, el irla deletreando, así la degustamos a placer, nosotros mismos la cantamos, es decir, participamos de su hechura nueva cada vez y no la olvidamos ya jamás, nos conmociona y se incorpora al cañamazo más hondo de nuestra sensibilidad para siempre, nos cala a perpetuidad, se entromete y penetra hasta el centro vivo de nuestro sentir, y por eso nos remueve tantísimos recuerdos la música, por la intensidad expresiva e invasiva que posee, mientras los textos apenas aguantan una segunda lectura, y son ya para entonces como grandes moscas aplastadas y patas arriba que por conocidos pierden su valía, su eficacia comunicativa, y piden pero ya el irse a otra cosa, mariposa.
   
   Compones una canción y, si a quien va dirigida le gusta, consigues para siempre quedarte a vivir dentro de esa sensibilidad. Para siempre: la victoria sobre la montaña del Tiempo y sobre la flaca memoria que eso significa. Escribes un texto, consigues como mucho un cabeceo de acuerdo y a la mañana siguiente no vale ya nada, tienes que levantar otro armatoste de letras y palabras que será muy pronto olvidado -no digamos en estos tiempos del tweet and shout-, que por bueno que sea jamás acariciará el alma de quien lo lea en la manera en que la música logra. Las canciones nos impulsan a cerrar los ojos cuando las canturreamos y de esa penumbra se valen para expandirse y allanar nuestra interior morada.  
   
    La música se enhebra y se hilvana sobre la pulpa misma del alma de quien la sigue, mientras la palabra escrita apenas roza el artilugio frío del razonar. Así, sale un cantante al escenario y antes de nada le reclama su público encendido que les cante lo ya conocido, con la misma desmedida pasión con que le gusta al niño escuchar el mismo cuento cada noche en la voz cantarina de sus padres.  Mientras, ha de devanarse el articulista los sesos cada mañana en pos de un imposible: cómo sorprender y agradar a quien te lee. Es tan distinta la disposición que, muy elocuentemente, a menudo abrimos un periódico, buscamos a nuestro predilecto escritor con un ánimo que en palabras vendría a traducirse como un… bueno, a ver que se cuenta hoy este cantamañanas. Mientras que la mano invisible de la música directamente nos instala en el reino del goce.