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domingo, 24 de diciembre de 2017

Feliz Noche Silenciosa, Feliz Noche Sagrada, Amigos




   Qué precioso este villancico de siempre y para siempre, qué acompasamiento tan feliz de ritmo, letra y melodía, cómo le da la vuelta al misterio turbulento que siempre agita la oscuridad tenebrosa de la noche, pues algo ha ocurrido, una epifanía, el fruto del amor, que nos vale también para cuando en la noche estamos muy muy a gusto con alguien, suspendidos en su encanto, y paladeamos el regusto inefable del después, esa epifanía, sí, y entonces, mágicamente, en efecto, sucede, y qué bien y qué dulce suena también en la lengua de Shakespeare, escucha bien esa canción, suspéndete en ella, "oh, Noche silenciosa, oh, Noche sagrada, todo está en calma y todo brilla, todo brilla alrededor del niño sagrado y bondadoso que duerme en una paz celestial, los pastores tiemblan al mirar...", y bueno, se nos esponja y se nos inunda de paz y de calma el mismo alma, todo en silencio, todo brilla, sin rastro de ansiedad, oh, noche silenciosa, oh noche sagrada y del todo sosegada, oh, mágico VIOLÍN, que de nuevo nos vuelves a mecer y estremecer. 


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domingo, 25 de diciembre de 2016

Sobre "El tamborilero"

 
   He brujuleado en el Internete hasta dar con que se inspira el Tamborilero en un tradicional villancico checo medieval, otros dicen que francés, y sobre todo, con que la letra de la versión española es obra del letrista, adaptador y poeta Manuel Clavero, hijo en realidad del grandioso maestro Quiroga, autor de tantas indelebles letras de la copla española. Y este rarísimo prodigio de hermosura y acendrado sentimiento que el hijo de Quiroga dio a luz, -tan lejos del tétrico tambor de hojalata y de su más tétrico tañedor que luego Grass novelara-  quisiera yo ahora recrear –y hasta susurrarte en la distancia si es posible- aquí:

El camino que lleva a Belén
baja hasta el valle que la nieve cubrió,
los pastorcillos quieren ver a su rey,
le traen regalos en su humilde zurrón
ropopom pom ropopom pom
Ha nacido en un portal de Belén
el niño Dios
ropopom pom ropopom pom

     (Ahí lo tenemos delante, el camino que ya nos lleva, tomémoslo con el candor despojado de toda ansia que el mismo nos pide, que es  descenso –y no por tanto escalada hacia las alturas, esas que dominan siempre los halcones amos del Mundo-  por un valle que la nieve de plena blancura todo engalanó, que nos contagia y viste así de su misma inocencia, que somos ya pastorcillos –niños humildes de esa tierra pura con escaso ganado a su mando al que ahora abandonan- y “queremos ver” a nuestro rey –he ahí la dimensión volitiva y visual, no abstracta, que nos pone en marcha y nos guía, el querer tener delante de los ojos de uno la increíble donosura indefensa de un recién nacido… al que regalar, (regalar es también un poco religar, creación de vínculo, religión) a quien darle, sin cálculo alguno y de corazón, algo nuestro, por más que tan poco tengamos, algo que quepa en nuestro zurrón, y cómo se anticipan y resuenan ya por el camino, alegrándolo en medio del frío, los ecos de un tambor, esa musical percusión que retumba suave y misteriosa al ritmo de nuestros corazones, ropopom, pom, también como las campanadas de un reloj que diera una hora nueva, pom, pom) .

Yo quisiera poner a tus pies
algún presente que te agrade, Señor,
más tú ya sabes que soy pobre también
y no poseo más que un viejo tambor,
ropopom, pom, ropopom, pom.
En tu honor frente al Portal tocaré
con mi tambor

( Que se singulariza y se hace carne ya, de entre todos los que caminan, ese pastorcito único, cobra vida singular la luz de su ilusión, hermosísimo el subjuntivo ese, “yo quisiera”, sí, Señor, te daría yo lo que fuera que a ti gustara, más bonito dicho aún, que fuera de tu agrado, qué precioso el gesto, ese poner a tus pies un “presente” –el regalo hecho así Tiempo actual y vivo-, que a tus pies me pongo así yo también en tu presencia, Señor mío, pero sabes, pues eres tú Dios, que como tú soy pobre, que, pastor sin oveja alguna, como el mismo recién nacido, no poseo más que un tambor, que es viejo, claro, de mi padre heredado, seguro, nada más que el tambor que aprendí a tocar tengo, humilde zurrón y viejo tambor, los objetos que me definen, poco más que el latido de ese tambor soy, el tamborilero,  y entonces… lo único y al tiempo lo mejor que puedo hacer haré, mi decisión a pesar de todo, ésta es mi voluntad afirmándose, sí, rey mío, tocaré por ti, tocaré para ti, pondré mi único y más preciado don al servicio de la alegría de tu nacimiento, así que ahora con más resolución hago sonar mi tambor, es decir, más presente yo mismo me hago con mi arte.)
El camino que lleva a Belén
yo voy marcando con mi viejo tambor
nada mejor hay que te pueda ofrecer,
su ronco acento es un canto de amor
ropopom pom ropopom pom
Cuando Dios me vio tocando ante él
me sonrió
ropopom pom
ropopom pom
ropopom pom
ropopom pom.

(Aquí tienes mi viejo tambor, Señor, aquí me tienes, aquí me doy, no hay mejor ofrenda que pueda yo darte, que es su acento ronco –tosco, bronco si quieres, acaso algo áspero, lo que corresponde a la pobreza y al despojamiento último y verdadero- , ronco, sí, pero transfigurado ahora, por la desprendida donación, por la maravilla que también el arte despliega, en lo que viene al cabo a ser su decisiva música, canto de amor, canción y cadencia de entrega total, tómalo, escúchalo Dios mío, y aquí el autor nos pone en el clímax del sentimiento altruista, ¿qué pasará?, pone uno lo mejor de sí, pero, ¿cómo se entenderá? ¿cómo recibirá la divinidad el ruidoso atrevimiento?, y entonces el Dios recién nacido… le ¡sonríe! al pastorcito   –y qué mejor expresión de agrado y a la vez de caricia y de ternura recíprocas puede imaginarse que el regalo de la sonrisa de un recién nacido, ¿cuándo en su vida volveremos a ver sonreír a ese Dios?, ¿nos damos cuenta de que, antes incluso que arriben los magos de Oriente,  el niño Dios a otro niño con un tambor le ha sonreído, calibramos el tesoro incalculable de ese gesto?- y con qué pudor contada ahora la acción en tiempo pasado, ya transcurrido y vivido, ofrecido en distancia así; el niño del portal sonríe –y a la vez diríase que el valle entero, hasta el mismo Dios de las alturas que todo lo ve le sonríe al pastorcito- y con él a nosotros, en catarsis liberadora, nos rueda entremezclada con la sonrisa una lágrima, al compás de ese tambor estremecido de emoción en aquel remoto portal, ropopom, pom, tócalo otra vez, pastorcito, cántalo de nuevo, Raphael, como tú solo sabes, anda.)
SOY ESCRITOR
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sábado, 24 de diciembre de 2016

Noche silenciosa, noche sagrada




   Qué precioso este villancico de siempre y para siempre, qué acompasamiento tan feliz de ritmo, letra y melodía, cómo le da la vuelta al misterio turbulento que siempre agita la oscuridad tenebrosa de la noche, pues algo ha ocurrido, una epifanía, el fruto del amor, que nos vale también para cuando en la noche estamos muy muy a gusto con alguien, suspendidos en su encanto, y paladeamos el regusto inefable del después, esa epifanía, sí, y entonces, mágicamente, en efecto, sucede, y qué bien y qué dulce suena también en la lengua de Shakespeare, escucha bien esa canción, suspéndete en ella, oh, Noche silenciosa, oh, Noche sagrada, todo está en calma y todo brilla, todo brilla alrededor del niño sagrado y bondadoso que duerme en una paz celestial, los pastores tiemblan al mirar... y bueno, se nos esponja y se nos inunda de paz y de calma el mismo alma, todo en silencio, todo brilla, sin rastro de ansiedad, oh, noche silenciosa.oh noche sagrada y del todo sosegada...

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miércoles, 30 de noviembre de 2016

Una idea para estas Navidades




   (Lo leí en el Muro de Gloria del Pino Sans, que a su vez agradecía a Rafa Valentín… Y me pareció estupenda Idea) 
Hagamos un propósito: comprar los regalos de Navidad a las pequeñas empresas y autónomos. El artesano que hace bisuteria, la conocida que tiene una tienda, el panadero que hace los turrones propios, la mujer que tiene la paradita del mercado... el amigo a distancia que cada día escribe para ti en las estrellas... Deja que el dinero llegue a la gente común y no a las grandes multinacionales.
Así, la mayoría de la gente tiene una mejor navidad. Apoyemos a nuestra gente.

...Y estoy convencido también de que, si te gusta escribir, aunque sea sin mayores pretensiones, mis VEINTE RELATOS DE AMOR Y UNA POESÍA INESPERADA te servirán de inspiración y te aportarán ideas, modelos, motivos, recursos  y maneras concretas para que también tú –o a quien pudieras regalarle mi obra- te atrevas a emprender la aventura de escribir un libro. 

"... Y creo que necesitaba ese bien con urgencia de vida o muerte. Tan real e inexorable como la diferencia de edad que a los dos nos separa, seguro que te haces cargo... Bueno, ahora ya es tarde, empieza a clarear el día, la luz asoma ya entre las paredes de la tienda, la ciudad recobra su pulso, y el mío está hoy sólo regular, pues Adrián no vino esta noche, y por eso te escribo, desde esta celda mía, tan similar a la tuya, Angélica, dulce prima, que no sé qué va a ser de mí este año... " . (Fragmento de Carta para Angélica, uno de mis VEINTE RELATOS DE AMOR Y UNA POESÍA INESPERADA)
SOY ESCRITOR 
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martes, 6 de enero de 2015

Navidad me dejó una granada, de nuevo

                   




   Toda la hermosura de la Creación se condensa para mí en una granada. Si algún día la presencia de una granada me es indiferente, ese será el día en que estaré yo ya difunto para el mundo. Cuando de niño leyó uno en Homero a los héroes y a los dioses disponiéndose a zampotearse la ambrosía, sin saber siquiera qué cosa pudiera eso ser, la boca se me hizo aguas y sólo por ese nombre imaginé entonces el más deleitoso de los manjares. Cuando ya mayorcito uno, la vida le puso delante de los ojos una granada en sazón –y siendo todas similares, no hay dos idénticas y hablo yo, claro, de las más granadas entre las granadas-, fue verla, digo, y al instante se me disparó por dentro la flecha del conocimiento ciego en busca de su diana... ¡ambrosía!, me dije, le voilá, no otra cosa ha de ser el fruto del que se alimentan los homéricos dioses. Y si Newton necesitó de una manzana sobre la cabeza para descubrirle a la Ciencia su ley universal de la gravedad, me bastó a mí aquella granada para descubrir en soledad la belleza toda del universo allí condensada, y acaso debí allí mismo caer fulminado para ser de verdad alguien para siempre en la Historia.
     
     Mi madre, que me quiere mucho, tiene siempre la infinita delicadeza conmigo, pero sólo por Navidades, de traerme para mí solito una granada, como los Magos al niño aquél, aunque ande ya uno pisando la cincuentena y peine ya coronilla de santidad. Sí, sólo por Navidades, porque cuando la belleza extrema se hace cotidiana, como les pasa a los edecanes del Museo del Prado, llegamos a despreciarla, que hasta ese punto nos carcome la sensibilidad la lepra de la costumbre. Pone mi madre la granada encima del plato y con su sola apariencia toda asechanza desaparece. Se le olvida a uno entonces incluso la promesa de rubíes prendidos que la granada dentro de sí encierra, abismado ya por de pronto en la lisura y el color increíbles de la esfera de su piel. Ah, esos tonos mates y flamígeros al tiempo entremezclados, esa concatenación, esa disolución de los tostados en los carmesíes y viceversa, esos sienas arrebatados de escarlata, esos bermellones salpicados y fusos en lenguas de fuego del color gualda, esos arreboles difuminados de albero y vivo rojo. ¿Por qué tener que traspasar con el cuchillo el primor de esa piel en llamas y esférica?
     
   Y luego, como en los cuentos infantiles, abres la granada, y cual si descerrajaras un cofre precioso ya por fuera, se te agigantan ahora los ojos hasta el tope de los mismos, ooohh, ante lo que su interior te desvela. Escribió Lorca –según brujuleé ahorita en el Intenné- que es la granada olorosa un cielo cristalizado, y no va uno, siendo menos que una nada a enmendarle al Poeta la plana, pero, casi al contrario, pareciera que se abre delante tuya el fondo encendido de los mismos mares del coral luminiscente, un geométrico arrecife de madreperlas de una extremada belleza. Recuerda la granada a un panal de ricas gemas, en sus celdillas cuajado de granos translúcidos, que portaran ¡cada uno!  una bombillita prendida consigo, ya digo, cada uno de ellos como  rubí muy precioso. Invoca también la lámina de una granada la de un delicado vitral gótico, o al revés, que debió sin duda aquella, el misterio de su luz, inspirar a los mejores orfebres del vidrio.
     
   Nadie es perfecto, claro, y tanta belleza formal que la granada en sí compendia algunas veces vése algo defraudada –no le ciega a uno del todo la perfección de la forma- en el fielato del gusto por un punto de sequedad en su comer. Acaso por eso reuniendo tanto encanto haya sido la granada tan poco cantada. Pero, ¿qué decir de ésas, no tan infrecuentes, que sobre el escándalo del  atractivo de su hechura  desparraman además un sabor único, ese licor sólo suyo tan rico, que enreda y confunde en la lengua almíbar y acíbar, lo dulce y lo ácido en inefable gozo que hasta de grana te pinta los propios labios? La ambrosía, sí, la ambrosía en Navidad.



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“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

martes, 7 de enero de 2014

Esto me trajeron los Magos de Oriente

   


    El rosco. Cero. Cero rosconero. Nada de nada para la nada infulada. El martes 2 de enero a través del blog escribía yo mi peripatética Carta a los Magos, a mis lectores:

  
   Que me pidieran el mío libro, vamos, que me agradecieran así mi diaria música, como les hacen a los que tocan el violonchelo en el metro, que van y les sueltan luego algunas gentes unas monedas.  Pues los Magos ni carbón me dejaron. Eso sí, el recórd mío de “pero qué bien escribes”, viento en popa va. En fin, lector, qué bello es vivir, what´s   a wonderful world, sí.



lunes, 6 de enero de 2014

La Navidad y los niños



   Detesto el sentimentalismo blandengue, claro, pero más aún abomino del dirty realism, del cinismo sucio tan en boga hoy que lleva sólo a proferir –en las redes asociales, en los libros, en las pelis- elementaladas excrementicias que pasan encima como las más prodigiosas escrituras. Defiendo la noble excelencia del sentimiento, cuando es genuino y acierta a expresarse bien.
     
   Por eso mismo me parece que la Navidad estuviera ideada para los niños, para los más pequeños. Sólo en ellos, mientras los adultos hemos de impostar una alegría que ya no tenemos, se encarna con plenitud natural la dicha que la Navidad lleva dentro. Tengo ahora una sobrina de tres años, un diablillo incansable de rubiales bucles que, tiempo tendrá de crecer y hacerse luego larguirucha y hosca, pues en eso consiste la adolescencia, mas por el momento todo en ella reboza chispa, donaire y dinámica armonía. Reflejemos toda esa gracia, atrapémosla, tratemos de fijarla antes de que el Tiempo la disuelva en sombra, en humo, en polvo, en nada. 
   
   Nada la detiene en sus correrías por la casa de los abuelos, en sus razzias incruentas de pequeña walkiria alborozada, todo lo desbarata y lo trastueca a su paso, a todas las cosas les impone el desorden de su júbilo para aparente disgusto de los mayores, que un poco a ese turbión dorado quieren reconvenir. Nos cautiva en ella, claro, la pureza sin cálculo y desorbitada de sus expresiones, sea su risa incontenible, sus mohínes, su contrariedad, el sueño súbito que la asalta, la estela de cometas chisporroteantes que parecen perseguirla, el juego perpetuo que se trae con la vida, la belleza reciente y no premeditada, y por lo mismo más intensa, con que esos sentires se reflejan en los gestos de su cara, de sus ojos y de su boca, en la pizarra de su frente tan limpia, que se moldean ante nosotros como arcilla novísima y pasmosa.

     
   La prueba del nueve de todo eso está en que cuando la infantita se va, porque sus padres, muerta de batallar y de sueño, han de llevársela en brazos a la casa propia, en un primer momento, mayorzotes nosotros ya, respiramos casi aliviados ante el fin de las inclementes turbulencias que la niña produjo, pero al instante… lo notamos, lo respiramos, lo palpamos… qué vacía y triste la Casa sin la niña se queda, qué sombría de golpe a pesar de las mil luces, qué yerto parece todo… y sobre todo qué amargos y dickensianos viejos nos vuelve la ausencia de la niña, qué huérfanos de ella, qué secretamente esperanzados en volver a ver pronto  ese escándalo de gracia y ocurrencia en el que el espíritu de la zarabanda ilusionante de la Navidad no puede condensarse mejor. Te queremos mucho, sobrinita mía.



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domingo, 5 de enero de 2014

Volvió a estallarme en los ojos una granada



    

  

  La Navidad explota de verdad dentro de mí cuando mi madre me deja en la mesa, como cada año, el blanco plato que contiene solo la granada. Para qué suspense alguno, qué necesidad de burdo envoltorio, ninguna añagaza necesita una granada. Únicamente en Navidad, ya digo, para no habituarme, para no acabar por ser indiferente y ciego a su escandalosa belleza. Que los hongos de la costumbre ni un ápice la empañen. Todo entonces en presencia de la granada queda postergado. Ser sólo ojos para la granada. Acercársela a los ojos como un perista tronado. Primero escudriñar esos colores mates y flamígeros entreverados, esa disolución de tostados en carmesíes y arreboladas viceversas. Te dejan ya suspendido, como niño en navidades, eso. Preparado el ánimo, dispuesto y elevado para lo que luego viene, cuando la abres con la punta del cuchillo, pirata que descerrajara el más valioso cofre anhelado y…  ooooh, no por conocidos la explosión, la traca, el estallido de toda esa magnificencia menos efectivos, como nuevos de nuevo cada año, abracadabrantes, los ojos hasta su quicio espantados de belleza, el mismo fondo de las mares incendiado, el geométrico arrecife de madreperlas luminiscentes ante ti. Podría darse un apagón entonces en la sala, que seguirías del todo atontado tras ese resplandor.  Qué pereza y qué delicado gusto al cabo paladear en la punta de la lengua ese licor sólo suyo tan rico, que enreda y confunde el acíbar y el almíbar, que hasta de grana te pintarrajea los labios.  Los labios, mis labios, tus labios. 



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martes, 24 de diciembre de 2013

Un relato de Navidad, o algo así


     Aquellos chicos malos le habían encerrado en el fondo de un arcón congelador  y debían luego haberse olvidado de él. Ahora sí que el frío empezaba a traspasar el plástico y le mordía ya con saña desde los pequeños dedos de los pies hacia las rodillas. Intentó Pablo forcejear entonces un poco por primera vez con el embalaje que le aprisionaba.
     
   Al terminar la fiesta de Navidad, cuando los profes y todo el mundo se habían ya despedido, Pablo se entretuvo a solas, como hacía a menudo,  empinado sobre los sucios y mal abrochados zapatos de suela de material, curioseando, tras sus gafotas rojas  torcidas un poco en diagonal sobre la cara taciturna, el mapa del mundo que la de Sociales había colocado a principio de curso en la pared del fondo. Desierto del… Ka-la-ha-ri, deletreó. Era aquella gran mancha tostada de África en la que, según la profe, el calor era tan sofocante que  la vida se hacía casi imposible allí. En  casa, Papá dejaba tan alto el termostato de la calefacción para que él por nada del mundo se enfriase, que muchas noches, sin poder aguantarlo más, harto de darle a la wii y de tragarse los anuncios de la tele antes de que él llegara, encaramado sobre una silla, abría entera la ventana de su habitación y ofrecía su cuerpo menudo a la intemperie y a la oscuridad reinante allá abajo,  aún a riesgo de pescarse una buena pulmonía. Entonces, ¿el Kalahari ese sería un poco como su casa durante esas noches?
     
   Papá, que llegaba siempre  tarde y cansado de la oficina, le encontraba a menudo dormido sobre la alfombra marrón de mezclilla. Sin quitarse la baqueteada gabardina oscura, le cogía en brazos para meterle bajo las mantas. Le arropaba y se demoraba un momento mirándole. Se encontraban un instante entonces sus ojos, soñolientos unos y un punto amargos los otros, y aunque su padre ponía cara siempre de querer revelarle millones de cosas decisivas a la vez, sólo atinaba al fin a darle unas deslavazadas buenas noches.
    
     Estaba tan abstraído que no los vio venir. Eran cuatro, o más. Se abalanzaron entre risotadas sobre él, Le echaron un abrigo oscuro sobre la cabeza, como si llevaran largo tiempo preparándolo todo. Debían ser repetidores de algún curso superior, con ganas de llevar a cabo una trastada muy planeada con la que sacudirse de paso el propio aburrimiento. Pablo apenas opuso resistencia. ¿Qué podía hacer él contra esos cuatro mayorzotes, sino esperar  que todo pasara pronto?
     
   Lo arrastraron hasta la cocina del colegio. Entre todos lo tendieron, con pies y brazos bien pegados al cuerpo, sobre una mesa de trabajo y vestido como iba, con el jersey granate, que le venía algo grande, y el pantalón marengo del uniforme escolar encima, comenzaron a envolverle bien fuerte de pies a cabeza con una gran bobina de plástico transparente, de esas que se usan para congelar en las cámaras frigoríficas los alimentos. Al cabo parecía Pablo una pequeña momia transparente, algo cómica su imagen de faraoncito petrificado, con  el pelo y la nariz espachurrados contra el plástico duro. Dejaron sobre su cabeza  un arrugado resquicio en vertical chimenea por el que entrara un poco de aire. Así tendido  le depositaron al fondo del arcón vacío y desde allí contempló Pablo, resignado, las cuatro cabezas asomadas un metro por encima de él, las melenas verticales apuntándole a los ojos, algo desfiguradas las caras por las muecas del jolgorio, antes que sobre él cerraran la  puerta del congelador.
    
      Aun sumido en medio de aquella completa oscuridad, en la que sólo se escuchaba el continuo run-rún del pequeño motor, maniatado e inerme como se hallaba, imaginaba Pablo sobre sí sucesivas capas de  escarcha  posándose con suavidad de mariposas blancas sobre todo su cuerpo, como si cuantiosos copos de nieve  fueran poco a poco recubriéndole los hombros y las cejas, como  esos soldados abandonados en el campo de batalla sobre los que una pacífica y fenomenal nevada descendiera sin cesar desde los cielos condecorándolos con su misma pureza. De momento el embalaje le mantenía a salvo del frío y Pablo se acomodó a la idea de que allí pasaría, en el fondo del arcón congelador, todas las Navidades. Bueno, pensó, hay muchas cosas peores, y seguro que si era capaz de dormirse a tope, de dormirse y dormirse a base de bien, al despertar ya las Navidades habrían pasado. Era cuestión sólo de cerrar los ojos y todo pasaría.

     Sólo que, aunque lo intentaba, no era capaz de conseguirlo. No podía moverse, estaba todo en tinieblas, le picaba la nariz. El frío comenzaba lentamente, como un fantasma sinuoso, a atravesar las primeras fronteras abullonadas de las envolturas y a penetrar con la insidia de su filo punzante más y más plegados revestimientos internos. Se le ocurrió a Pablo entonces que si pensaba mucho en el Kalahari, si representaba en su imaginación con viveza el espantoso calor que allí hacía,  ese sol abrasador en medio del desierto, en las más altas horas del día, como un mazazo de fuego inmisericorde sobre las dunas  achicharradas, y esa arena calcinada sobre la que le arderían los pies sin piedad, mucho más de lo que quemaban los sofocantes radiadores de su habitación estas noches,  -cómo se las apañarían los pobres camellos bajo ese sol aniquilador-, si eso hacía, se hallaría a salvo del frío. Y durante un buen rato así fue.
     
   Pero al fin el lengüetazo hipnótico del frío iba macerando su voluntad, aletargándole poco a poco en un sopor helado, como si con siniestro aliento fuera apagando a vaharadas una tras otra los cientos de pequeñas velas encendidas que en el interior de Pablo  le mantenían alerta. Trató, entumecido ya, en un último impulso de infantil  rabia concentrada, de sacudirse la emboscada criminal del frío y de la presión del caparazón de plástico que le inmovilizaba, pero fue en vano.  Sintió entonces Pablo que estaba a punto de parársele el corazón, que la sangre se le espesaba en las venas, que se abandonaba a un mar cenagoso y oscurísimo. Se rindió.
    
     Era como si la oscuridad total se hiciese más y más oscura si cabe por momentos a su alrededor, como si su cuerpo resbalase continuamente ladera abajo hacia una sima impensable que le iba ya devorando sin él apenas oponer nada, hasta que de pronto todo cesó y en lo alto una clamorosa luz anaranjada, que descorriera con su grito insólito un  telón muy negro, pareció un sol nuevo. Una presencia extraña que Pablo no podía aún adivinar, ni por tanto descifrar, le zarandeaba y tiraba de él hacia arriba y le golpeaba contra ella, como si a tirones quisiera arrancarle una y otra vez su gélida piel empañada,  al tiempo que le soplaba y le soplaba sobre las gafas rojas, casi en diagonal sobre su cara lívida, “mírame, Pablo, mírame” , y vio primero la oscura gabardina baqueteada, mojada en círculos, luego el arcón congelador debajo suyo y la cocina de su colegio, y encontró otra vez los ojos, esta vez un punto vidriados, de su padre contra los suyos soñolientos, como si una noche más acabara de despertarle al volver tarde del trabajo y fuera   en sus brazos a meterle bajo las mantas, tan calentitas, “Papá, Papá, que creo que ya es Navidad”, le dijo, como si de entre jirones de plástico hubiese germinado. Y se apretó entonces Pablo bien fuerte contra él.  



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QUERIDOS LECTORES Y LECTORAS DEL BLOG, FELIZ NAVIDAD
  

lunes, 7 de enero de 2013

Navidad me dejó una granada, again


    
   
    Toda la hermosura de la Creación se condensa para mí en una granada. Si algún día la presencia de una granada me es indiferente, ese será el día en que estaré yo ya difunto para el mundo. Cuando de niño leyó uno en Homero a los héroes y a los dioses disponiéndose a zampotearse la ambrosía, sin saber siquiera qué cosa pudiera eso ser, la boca se me hizo aguas y sólo por ese nombre imaginé entonces el más deleitoso de los manjares. Cuando ya mayorcito uno, la vida le puso delante de los ojos una granada en sazón –y siendo todas similares, no hay dos idénticas y hablo yo, claro, de las más granadas entre las granadas-, fue verla, digo, y al instante se me disparó por dentro la flecha del conocimiento ciego en busca de su diana... ¡ambrosía!, me dije, le voilá, no otra cosa ha de ser el fruto del que se alimentan los homéricos dioses. Y si Newton necesitó de una manzana sobre la cabeza para descubrirle a la Ciencia su ley universal de la gravedad, me bastó a mí aquella granada para descubrir en soledad la belleza toda del universo allí condensada, y acaso debí allí mismo caer fulminado para ser de verdad alguien para siempre en la Historia.
     
     Mi madre, que me quiere mucho, tiene siempre la infinita delicadeza conmigo, pero sólo por Navidades, de traerme para mí solito una granada, como los Magos al niño aquél, aunque ande ya uno pisando la cincuentena y peine ya coronilla de santidad. Sí, sólo por Navidades, porque cuando la belleza extrema se hace cotidiana, como les pasa a los edecanes del Museo del Prado, llegamos a despreciarla, que hasta ese punto nos carcome la sensibilidad la lepra de la costumbre. Pone mi madre la granada encima del plato y con su sola apariencia toda asechanza desaparece. Se le olvida a uno entonces incluso la promesa de rubíes prendidos que la granada dentro de sí encierra, abismado ya por de pronto en la lisura y el color increíbles de la esfera de su piel. Ah, esos tonos mates y flamígeros al tiempo entremezclados, esa concatenación, esa disolución de los tostados en los carmesíes y viceversa, esos sienas arrebatados de escarlata, esos bermellones salpicados y fusos en lenguas de fuego del color gualda, esos arreboles difuminados de albero y vivo rojo. ¿Por qué tener que traspasar con el cuchillo el primor de esa piel en llamas y esférica?
     
   Y luego, como en los cuentos infantiles, abres la granada, y cual si descerrajaras un cofre precioso ya por fuera, se te agigantan ahora los ojos hasta el tope de los mismos, ooohh, ante lo que su interior te desvela. Escribió Lorca –según brujuleé ahorita en el Intenné- que es la granada olorosa un cielo cristalizado, y no va uno, siendo menos que una nada a enmendarle al Poeta la plana, pero, casi al contrario, pareciera que se abre delante tuya el fondo encendido de los mismos mares del coral luminiscente, un geométrico arrecife de madreperlas de una extremada belleza. Recuerda la granada a un panal de ricas gemas, en sus celdillas cuajado de granos translúcidos, que portaran ¡cada uno!  una bombillita prendida consigo, ya digo, cada uno de ellos como  rubí muy precioso. Invoca también la lámina de una granada la de un delicado vitral gótico, o al revés, que debió sin duda aquella, el misterio de su luz, inspirar a los mejores orfebres del vidrio.
     
   Nadie es perfecto, claro, y tanta belleza formal que la granada en sí compendia algunas veces vése algo defraudada –no le ciega a uno del todo la perfección de la forma- en el fielato del gusto por un punto de sequedad en su comer. Acaso por eso reuniendo tanto encanto haya sido la granada tan poco cantada. Pero, ¿qué decir de ésas, no tan infrecuentes, que sobre el escándalo del  atractivo de su hechura  desparraman además un sabor único, ese licor sólo suyo tan rico, que enreda y confunde en la lengua almíbar y acíbar, lo dulce y lo ácido en inefable gozo que hasta de grana te pinta los propios labios? La ambrosía, sí, la ambrosía en Navidad.


LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

     

jueves, 6 de enero de 2011

El gran Ego del pequeño Blog

    
     Sucedió también en Navidad. Era, claro, sólo una más de las miles de cenas de Navidad, dulce Navidad. Resulta bien curioso, porque desparramamos todos en estas fechas carretadas de buenísimos deseos, y durante esos días elevamos, un poco achispados por el decorado ambiental, grandiosas protestas, que digo de lealtad, de  amor verdadero a nuestros congéneres en general, y no se diga ya a los más cercanos y reales de nuestros amigos. Diríase, vamos, que a punto estamos de comérnoslos sólo de pura fraternidad. Son… tan importantes nuestros amigos, sin duda són ellos lo más para nosotros, como de forma irrefutable demuestra el hecho de que lo apartemos todo para compartir con ellos una muy festiva francachela antes de que el año acabe, que sin duda servirá de cauce a la radiante expresión de la intimidad que nos aviene.
    
     Reunía además supuestamente a la compartida cuchipanda que nos ocupa la devoción por la escritura. Si había abierto él un blog en el Intenné, como desde hacía un tiempo les había hecho saber a todos, aunque hasta ahora las muestras de aliento podría decirse que habían sido perfectamente descriptibles, quizás en el cenorrio de Navidad –que, verdad es, nada, en principio, salvo el mutuo afecto les obligaba a celebrar- le dijeran algo, aun cuando fuera ello el ponerlo a caldo. Al fin y al cabo, si eran tan amiguitos y jugaban juntos a aprendices de escribanos cabría esperar al menos un parecer, una alusión, jamás una ilusión, por Dios, que andamos todos ocupadísimos para seguir de cuando en cuando el blog de nuestros amigos.
    
     Bueno, pues, celebróse la cena de la dulce Navidad y resultó… entrañable, por supuesto. ¿Cómo te va eso del blog? , fue lo más que alguien le limosneó, igual que se pregunta por un hijo tonto. Bien, bien, respondió él. Punto pelota, que se dice ahora mucho.
    
      Le invadió luego, mientras conducía algo congelado hacia casa, una muy honda decepción, como la del Gabriel Conroy del Dublineses de Joyce, se dijo, por literaturizarse un poco, sólo que ahora no nevaba, con lo que la sima de la desilusión, heladora, apenas podía diluirse entre el paisaje. Conroy se había venido abajo también tras una cena de Navidad, cuando al arrimarse ebrio de deseo por los vapores de la fiestuki a su amada esposa, le confiesa ésta justo entonces haber vivido siempre irremisiblemente enamorada del recuerdo de un novio que ella tuvo y que había fallecido enfermo de tisis antes de conocerle a él. A él –hablamos ahora del aprendiz de escribano- sus amigos de carne y hueso lo que le habían confesado sólo unos minutos antes era el recuerdo de su indiferencia, justo cuando esperaba él de ellos un achuchón de aliento a lo que más de sí mismo estimaba. En nada me conocen, en nada me aprecian, nada significan las copas y las risas que no sea el vacío, caviló contra el parabrisas. ¿O era quizás el problema el tamaño de su Ego? ¿Habíase llegado él allí, como el Otro, acaso sólo para hablar de su blog?
   
     Sí, hubiera quedado tan bien y tan poética en ese momento una abundantísima nevada precipitándose en derredor. Por allí, dulce Navidad, sólo veíanse a algunos borrachuzos meando de lado sobre el pedestal de una estatua.   



   

miércoles, 5 de enero de 2011

Navidad me dejó una granada

    
 
     Toda la hermosura de la Creación se condensa para mí en una granada. Si algún día la presencia de una granada me es indiferente, ese será el día en que estaré yo ya difunto para el mundo. Cuando de niño leyó uno en Homero a los héroes y a los dioses disponiéndose a zampotearse la ambrosía, sin saber siquiera qué cosa pudiera eso ser, la boca se me hizo aguas y sólo por ese nombre imaginé entonces el más deleitoso de los manjares. Cuando ya mayorcito uno, la vida le puso delante de los ojos una granada en sazón –y siendo todas similares, no hay dos idénticas y hablo yo, claro, de las más granadas entre las granadas-, fue verla, digo, y al instante se me disparó por dentro la flecha del conocimiento ciego en busca de su diana, ambrosía, me dije, le voilá, no otra cosa ha de ser el fruto del que se alimentan los homéricos dioses. Y si Newton necesitó de una manzana sobre la cabeza para descubrirle a la Ciencia su ley universal de la gravedad, me bastó a mí aquella granada para descubrir en soledad la belleza toda del universo allí condensada, y acaso debí allí mismo caer fulminado para ser de verdad alguien para siempre en la Historia.

    
    
     Mi madre, que mucho me quiere, tiene siempre la infinita delicadeza conmigo, pero sólo por Navidades, de traerme para mí solito una granada, como los Magos al niño aquél, aunque ande ya uno próximo a la cincuentena y peine ya coronilla de santidad. Sí, sólo por Navidades, porque cuando la belleza extrema se hace cotidiana, como les pasa a los edecanes del Museo del Prado, llegamos a despreciarla, que hasta ese punto nos carcome la sensibilidad la lepra de la costumbre. Pone mi madre la granada encima del plato y con su sola apariencia toda asechanza desaparece. Se le olvida a uno entonces incluso la promesa de rubíes prendidos que la granada dentro de sí encierra, abismado ya por de pronto en la lisura y el color increíbles de la esfera de su piel. Ah, esos tonos mates y flamígeros al tiempo entreverados, esa concatenación, esa disolución de los tostados en los carmesíes y viceversa, esos sienas arrebatados de escarlata, esos bermellones salpicados y fusos en lenguas de fuego del color gualda, esos arreboles difuminados de albero y vivo rojo. ¿Por qué tener que traspasar con el cuchillo el primor de esa piel en llamas y esférica?
    
     Y luego, como en los cuentos infantiles, abres la granada, y cual si descerrajaras un cofre precioso ya por fuera, se te agigantan ahora los ojos hasta el tope de los mismos, ooohh, ante lo que su interior te desvela. Escribió Lorca –según brujuleé ahorita en el Intenné- que es la granada olorosa un cielo cristalizado, y no va uno, siendo menos que una nada –si bien una nada desahogada, al decir de César- a enmendarle al Poeta la plana, pero, casi al contrario, pareciera que se abre delante tuya el fondo encendido de los mismos mares del coral luminiscente, un geométrico arrecife de madreperlas de una extremada belleza. Recuerda la granada a un panal de ricas gemas, en sus celdillas cuajado de granos translúcidos, que portaran ¡cada uno!  una bombillita prendida consigo, ya digo, cada uno de ellos como  rubí muy precioso. Invoca también la lámina de una granada la de un delicado vitral gótico, o al revés, que debió sin duda aquella, el misterio de su luz, inspirar a los mejores orfebres del vidrio.
    
     Nadie es perfecto, claro, y tanta belleza formal que la granada en sí compendia algunas veces vése algo defraudada –no le ciega a uno del todo la perfección de la forma- en el fielato del gusto por un punto de sequedad en su comer. Acaso por eso reuniendo tanto encanto haya sido la granada tan poco cantada. Pero, ¿qué decir de ésas, no tan infrecuentes, que sobre el escándalo del  atractivo de su hechura  desparraman además un sabor único, ese licor sólo suyo tan rico, que enreda y confunde en la lengua almíbar y acíbar, lo dulce y lo ácido en inefable gozo que hasta de grana te pinta los propios labios? La ambrosía, sí, la ambrosía que me dejó la Navidad.
    

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Raphael, El tamborilero, yo mismo

     
     ¿Sabes? Es como si, una vez abierta la espita de las confesiones más vergonzosas,  habiéndose deslizado ya uno por esa pendiente, que en estas fechas sólo puede ser de una nieve inmaculada, -y la nieve siempre lo es- apetece, ya puestos, no cerrarla tan pronto y hundirse un poco en el júbilo näif de la misma, antes de volver a colocarse la avinagrada máscara de todo el año.
     Por motivos que no vienen ahora al caso explicar, carezco de una formación religiosa digna de ser considerada tal. Eso hace que no pueda uno, por más que a veces con la intuición ciega lo deseara, “entrar” del todo en el misterio religioso. A pesar de ello, desde la primera vez que siendo niño un día yo lo pude escuchar, siempre el villancico de “El tamborilero”, si lo escucho a solas y con los ojos cerrados, me arrebata el ánimo hasta el borde de las lágrimas. Es una canción preciosa, una música humilde y una letra inmejorable en su aparente sencillez, que  hacen latir y batir con fuerza –y con ecos de tambor, claro- el mío corazón.
    
      La Noche Buena pasada, antes del parchís azul que ya conté, pensaba en esto también viendo, con el famoso rabillo del ojo mío, el finisecular programa de canciones que en la TVE1 dedicaban a Raphael. En un momento vi cómo salía él a canturrear en compañía  de su propio hijo, que si joven el hijo, jovencísimo parecía a su lado el padre, que lo liaba todo un poco con su… “afán de protagonismo” –que, aspirando algunas consonantes, diría su hoy Bonísimo consuegro-, empezando por el raro prodigio allí visto, de que, siendo el hijo poco más que un adolescente como digo, apuntaban ya en su cabeza los signos externos de una pronta alopecia, -mi solidarité, mon  amí- al tiempo que el padre, un abuelo por edad, lucía un melenón como una selva entera sobre el melón, que ni los Who en el año de gracia de Woodstock. En fin, el signo de estos raros tiempos, me dije, y suspiraba yo porque, como cada año, cantara por fin el Tamborilero.
     Y eso que no me gusta del todo oída en ese Especial, inscrita en esa escenografía aparatosa, de luces y destellos y humos tan desorbitados, que es un es-cán-da-lo, más los muy empalagosos jeribeques y alifafes que el rococó Raphael le pone al villancico para casi echarlo a perder de tanto merengue sobreañadido. Me conmueve de verdad cuando se la oigo a Raphael…  cuando no era del todo Raphael, -creo que me entiendes- y la música y la letra y la voz, desnudas y acopladas en comunión suma las tres, brillan de verdad con su callada y esencial belleza. 
      
     He brujuleado en el Internete hasta dar con que se inspira el Tamborilero en un tradicional villancico checo medieval, otros dicen que francés, y sobre todo, con que la letra de la versión española es obra del letrista, adaptador y poeta Manuel Clavero, hijo en realidad del grandioso maestro Quiroga, autor de tantas indelebles letras de la copla española. Y este rarísimo prodigio de hermosura y acendrado sentimiento que el hijo de Quiroga dio a luz, -tan lejos del tétrico tambor de hojalata y de su más tétrico tañedor que luego Grass novelara-  quisiera yo ahora recrear –y hasta susurrarte en la distancia si es posible- aquí:

El camino que lleva a Belén
baja hasta el valle que la nieve cubrió,
los pastorcillos quieren ver a su rey,
le traen regalos en su humilde zurrón
ropopom pom ropopom pom
Ha nacido en un portal de Belén
el niño Dios
ropopom pom ropopom pom

     (Ahí lo tenemos delante, el camino que ya nos lleva, tomémoslo con el candor despojado de toda ansia que el mismo nos pide, que es  descenso –y no por tanto escalada hacia las alturas, esas que dominan siempre los halcones amos del Mundo-  por un valle que la nieve de plena blancura todo engalanó, que nos contagia y viste así de su misma inocencia, que somos ya pastorcillos –niños humildes de esa tierra pura con escaso ganado a su mando al que ahora abandonan- y “queremos ver” a nuestro rey –he ahí la dimensión volitiva y visual, no abstracta, que nos pone en marcha y nos guía, el querer tener delante de los ojos de uno –sólo vivo por VERTE le decía ayer Ángela (María) a Camilo (Jesús)- la increíble donosura indefensa de un recién nacido… al que regalar, (regalar es también un poco religar, creación de vínculo, religión) a quien darle, sin cálculo alguno y de corazón, algo nuestro, por más que tan poco tengamos, algo que quepa en nuestro zurrón, y cómo se anticipan y resuenan ya por el camino, alegrándolo en medio del frío, los ecos de un tambor, esa musical percusión que retumba suave y misteriosa al ritmo de nuestros corazones, ropopom, pom, también como las campanadas de un reloj que diera una hora nueva, pom, pom) .

Yo quisiera poner a tus pies
algún presente que te agrade, Señor,
más tú ya sabes que soy pobre también
y no poseo más que un viejo tambor,
ropopom, pom, ropopom, pom.
En tu honor frente al Portal tocaré
con mi tambor

(y se singulariza y se hace carne ya, de entre todos los que caminan, ese pastorcito único, cobra vida singular la luz de su ilusión, hermosísimo el subjuntivo ese, “yo quisiera”, sí, Señor, te daría yo lo que fuera que a ti gustara, más bonito dicho aún, que fuera de tu agrado, qué precioso el gesto, ese poner a tus pies un “presente” –el regalo hecho así Tiempo actual y vivo-, que a tus pies me pongo así yo también en tu presencia, Señor mío, pero sabes, pues eres tú Dios, que como tú soy pobre, que, pastor sin oveja alguna, como el mismo recién nacido, no poseo más que un tambor, que es viejo, claro, de mi padre heredado, seguro, nada más que el tambor que aprendí a tocar tengo, humilde zurrón y viejo tambor, los objetos que me definen, poco más que el latido de ese tambor soy, el tamborilero,  y entonces… lo único y al tiempo lo mejor que puedo hacer haré, mi decisión a pesar de todo, ésta es mi voluntad afirmándose, sí, rey mío, tocaré por ti, tocaré para ti, pondré mi único y más preciado don al servicio de la alegría de tu nacimiento, así que ahora con más resolución hago sonar mi tambor, es decir, más presente yo mismo me hago con mi arte.)
El camino que lleva a Belén
yo voy marcando con mi viejo tambor
nada mejor hay que te pueda ofrecer,
su ronco acento es un canto de amor
ropopom pom ropopom pom
Cuando Dios me vio tocando ante él
me sonrió
ropopom pom
ropopom pom
ropopom pom
ropopom pom.

(aquí tienes mi viejo tambor, Señor, aquí me tienes, aquí me doy, no hay mejor ofrenda que pueda yo darte, que es su acento ronco –tosco, bronco si quieres, acaso algo áspero, lo que corresponde a la pobreza y al despojamiento último y verdadero- , ronco, sí, pero transfigurado ahora, por la desprendida donación, por la maravilla que también el arte despliega, en lo que viene al cabo a ser su decisiva música, canto de amor, canción y cadencia de entrega total, tómalo, escúchalo Dios mío, y aquí el autor nos pone en el clímax del sentimiento altruista, ¿qué pasará?, pone uno lo mejor de sí, pero, ¿cómo se entenderá? ¿cómo recibirá la divinidad el ruidoso atrevimiento?, y entonces el Dios recién nacido… le ¡sonríe! al pastorcito   –y qué mejor expresión de agrado y a la vez de caricia y de ternura recíprocas puede imaginarse que el regalo de la sonrisa de un recién nacido, ¿cuándo en su vida volveremos a ver sonreír a ese Dios?, ¿nos damos cuenta de que, antes incluso que arriben los magos de Oriente,  el niño Dios a otro niño con un tambor le ha sonreído, calibramos el tesoro incalculable de ese gesto?- y con qué pudor contada ahora la acción en tiempo pasado, ya transcurrido y vivido, ofrecido en distancia así; el niño del portal sonríe –y a la vez diríase que el valle entero, hasta el mismo Dios de las alturas que todo lo ve le sonríe al pastorcito- y con él a nosotros, en catarsis liberadora, nos rueda entremezclada con la sonrisa una lágrima, al compás de ese tambor estremecido de emoción en aquel remoto portal, ropopom, pom, tócalo otra vez, pastorcito, cántalo de nuevo, Raphael, como tú solo sabes, anda)