Ay, lector, que volví a caer. Esta fiebre mía. Lo mismo que con la impar Ana Oramas ya me ocurriera (glorioso post del 29 de julio del corriente). Héteme aquí, atrapado de nuevo en las redes de la adoración onírica, rehén del “mal de José Antonio”, diríamos, loco y enfermo de amores soñados, un poco como esos desaforados poetastros románticos del Diecinueve. Por contemplarla en demasía, en amores ideales vine a dar ahora con la Chica de Rubalcaba, ya tan mítica pour muá como la famosa Chica de Ipanema.
Los mismos síntomas, lector: empiezas a estudiar con detenimiento profesoral los videos, sigues luego con delectación en ellos la figura contemplada, paladeas sus felinos contoneos, observas en vilo el agitarse de su respiración, comienzas a ver el contorno de su rostro en medio de la oscuridad y cuando quieres darte cuenta, zape, estás ya en amores soñando con la Chica de Rubalcaba.
Como en la peli esa de W Allen, en que se las apañaba el muy genio para incrustar su figura en medio de históricos sucesos del siglo, en mi sueño era yo un figurante más en el cuadro flamenco que maestre Rubalcaba dispuso para la señalada Noche de autos. Estaba al ladito de la Chica, claro. Mi hombro rozando su hombro desnudo. Hum, olía a vainilla la temible criatura. Maestre Rub hablaba y hablaba para las cámaras a un par de metros nuestros, pero entenderás, lector, que sólo tuviera yo entonces sentidos -¡todos!- para la Chica. Podía incluso cerrar los ojos y concentrarme en aspirar toda la frescura primaveral que en medio del áspero noviembre ella desprendía, y pasar del todo allí inadvertido.
¡Qué guapa estaba La Chica de Rubalcaba! ¡Cómo se le agrandaba de ilusión el alma al respirar! ¡Ah, la selva profusa de su cabellera, la donosura de mazapán de su piel! ¡Parecía que acabara de chupetear una piruleta roja, así era el bermellón brillante de sus morritos. Que me perdone Don Pablo Iglesias, lector, pero, Dios, cuánto anhelé entonces medirle a incontables besos la extensión de sus hombros hasta el mismo cuello, tan terso, hundir allí mismo la yema de mis dedos entre el pelo hasta llegar a su raíz y masajeárselo, y alborotárselo, peinárselo con mis dedos al cabo, como le había visto yo hacer a Robert Redford en una peli, mirarle muy de cerca esos pícaros ojos zarcos que tanto a ella le rebrillaban, la gracia de sus mohínes de adolescente actriz francesa.
Fíjate, lector, hasta dónde no llegaría entonces la mía devoción, que incluso soñaba yo con que, a la salida de aquella extraña movida rubalcaba, ella sonriente me hablaba, “cómo ha estado Rub, ¿eh?”, y el muá, con los ojos abatidos por los suelos, “verás, Laetitia, es que yo… soy faccioso… vine hasta aquí… persiguiendo sólo la estela de un sueño”, y cómo entonces ella tomaba mi mediocre rostro entre sus manos y lo elevaba hacia sus ojos, y en cuatro palabras me hablaba de la belleza sin igual del Socialismo, del precioso mensaje de solidaridad y fraternidad que por dentro atesora, y, algo hipnotizado por esos labios rosas, cómo desee, lector, entonces, que me curara ella de mi egoísmo pequeñoburgués, de la rapiña procapitalista y liberal que en mí habita, que me absolviera un poco y se limpiara para siempre de mí ese pecado individualista y empezáramos los dos allí mismos a hacernos mimitos, pero no de los chaconianos, sino de los de verdad, los que se regalan a mansalva por la espalda y en la boca los enamorados, que no otro es el mundo perfecto.
Bueno, me desperté esta mañana con el recuerdo del sueño aún muy vivo y los ojos lunáticos, y no sé, como no me baje esta fiebre, me planto en Ferraz y le pido yo a Maese Rub, por las buenas o por las malas, la dulce mano de su Chica. ¿No hemos acaso de luchar por lo que queremos? Si puedes de alguna manera TÚ, por milagro que el Amor obrara, escucharme, preciosa Chica de Rubalcaba, …¡corre, Chica, CORRE! … escápate, ven conmigo y llévame de la mano al cole, anda, cielito, sumérgeme en la primavera triunfal del Socialismo que contigo se anuncia.