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sábado, 1 de octubre de 2016

Los del puño quieren aplastar la rosa

     


   Como otras veces en la Historia de España (largocaballeristas versus prietistas), el drama interno del PSOE, pilar principal de la Izquierda política aquí, puede arrastrar consigo el drama más cruento e importante de la nación española. No es justa la repetición de esa trágica sinécdoque. Ellos escribirán luego la Historia como quieran –tal es desde siempre su apabullante hegemonía publicística- , pero la esencia del drama consiste en la periódica atracción fatal con que el extremismo y la negación de la unidad de España subyugan a la mitad del PSOE. Los del puño quieren aplastar la rosa, ea. Y ese terrible mal, para cualquier país que se quiera maduro y próspero, es letal. 



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domingo, 4 de noviembre de 2012

Si los hombres fueran perfectos...


   
     Hace mil años, cuando estudiaba Políticas, polemizaba un día con un buen amigo acerca de nuestras respectivas ideas. Él –más joven que yo, que ya era todo un licenciado en Periodismo- trataba de venderme su ideal izquierdista del Pueblo por aquí, el Pueblo por allá, y todas esas logomaquias tan hermosas como emocionantes en que sobre todo consiste ese credo: un mundo en el que reinen la igualdad, la fraternidad, el altruismo, la entrega a los demás, la solidaridad, la paz, la justicia, la bondad, el socialismo, el todos juntos… los Universales del Bien, vamos, que ellos enseguida, como un ramillete de fragantes rosas sin espinas, te arrojan a la cara.
   
   Apenas le replicaba yo con templado escepticismo sobre la naturaleza humana y con mi convicción de que, a trasmano de las Grandes Palabras, es siempre mejor, en la medida de lo posible, alejar las emociones de lo colectivo, de la Política, pues es sabido que también ahí del amor al odio hay sólo un paso, y que me parecía preferible, por parecerme la menos dañina de todas, una sociedad abierta, representativa, basada en la ley, en la separación de poderes y en la iniciativa individual, es decir, las aburridas, frías y antipáticas recetas liberales de siempre, tan poco sugestivas y enardecedoras, sobre todo para un joven, que tiende a suplir su lógica falta de conocimiento con sobredosis de fanatismo.
     
   Tampoco el liberalismo tiene soluciones para todo, porque no existe una ideología que absorba la complejidad del mundo, y siempre la injusticia y el mal, que es  preciso tratar de aminorar, acompañarán a los hombres, al menos mientras sigan siendo hombres. Le vendía yo la evolución y no la Revolución, vamos, que deviene siempre –por su propia naturaleza coercitiva, por su ineludible germen totalitario- en tiranía y miseria, aliñadas eso sí con un colectivo lavado de cerebro que impide incluso la conciencia de las mismas.
      
   Me dijo entonces mi amigo, “José Antonio, te reconozco que el verdadero Socialismo sólo sería posible si los hombres fueran perfectos; tienes que reconocerme tú que mis ideas socialistas son superiores éticamente a las tuyas y más necesarias”. Le dije yo al cabo de unos instantes: “Pero de lo que se trata precisamente es de administrar lo más sabiamente posible, de la forma menos nociva en potencia, la imperfección humana, las espinas que tiene la rosa. Si los hombres fueran perfectos, si lo fueran, maldita la falta que nos haría el Socialismo, y todas las ideologías”.  Y la verdad es que no conseguí convencerle de nada.

(me permito recomendar a quienes aquí recalen el por nada perderse el post de mañana)



Post/post: gracias a Winnie0, a Juante, a Inmaculada Moreno H, a El Fugitivo, a Santi, a BEGO, a George Orwell, a Fran, a CLAVE, a mybuscador, a DORAMAS por completar este blog, con sus opiniones, que siempre que sean respetuosas son bienvenidas, e invitan siempre a pensar, esa actividad en general tan beneficiosa como la lluvia que ahora mismo sobre los madriles cae, GRACIAS.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Adoración mía de La Chica de Rubalcaba (y sólo mía)


      
     Ay, lector, que volví a caer. Esta fiebre mía. Lo mismo que con la impar Ana Oramas ya me ocurriera (glorioso post del 29 de julio del corriente). Héteme aquí,  atrapado de nuevo en las redes de la adoración onírica, rehén del “mal de José Antonio”, diríamos, loco y enfermo de amores soñados, un poco como esos desaforados poetastros románticos del Diecinueve. Por contemplarla en demasía, en amores ideales vine a dar ahora con la Chica de Rubalcaba, ya tan mítica pour muá  como la famosa Chica de Ipanema.
     Los mismos síntomas, lector: empiezas a estudiar con detenimiento profesoral los videos, sigues luego con delectación en ellos la figura contemplada, paladeas sus felinos contoneos, observas en vilo el agitarse de su respiración, comienzas a ver el contorno de su rostro en medio de la oscuridad y cuando quieres darte cuenta, zape, estás ya en amores soñando con la Chica de Rubalcaba.
     Como en la peli esa de W Allen, en que se las apañaba el muy genio para incrustar su figura en medio de históricos sucesos del siglo, en mi sueño era yo un figurante más en el cuadro flamenco que maestre Rubalcaba dispuso para la señalada Noche de autos. Estaba al ladito de la Chica, claro. Mi hombro rozando su hombro desnudo. Hum, olía a vainilla la temible criatura. Maestre Rub hablaba y hablaba para las cámaras a un par de metros nuestros, pero entenderás, lector, que sólo tuviera yo entonces sentidos -¡todos!- para la Chica. Podía incluso cerrar los ojos y concentrarme en aspirar toda la frescura primaveral que en medio del áspero noviembre ella desprendía, y pasar del todo allí inadvertido.
     
      ¡Qué guapa estaba La Chica de Rubalcaba! ¡Cómo se le agrandaba de ilusión el alma al respirar! ¡Ah, la selva profusa de su cabellera, la donosura de mazapán de su piel! ¡Parecía que acabara de chupetear una piruleta roja, así era el bermellón brillante de sus morritos. Que me perdone Don Pablo Iglesias, lector, pero, Dios, cuánto anhelé entonces medirle a incontables besos la extensión de sus hombros hasta el mismo cuello, tan terso, hundir allí mismo la yema de mis dedos entre el pelo hasta llegar a su raíz y masajeárselo, y alborotárselo, peinárselo con mis dedos al cabo, como le había visto yo hacer a Robert Redford en una peli, mirarle muy de cerca esos pícaros ojos zarcos que tanto a ella le rebrillaban, la gracia de sus mohínes de adolescente actriz francesa.
     Fíjate, lector, hasta dónde no llegaría entonces la mía devoción, que  incluso soñaba yo con que, a la salida de aquella extraña movida rubalcaba, ella sonriente me hablaba, “cómo ha estado Rub, ¿eh?”, y el muá, con los ojos abatidos por los suelos, “verás, Laetitia, es que yo… soy faccioso… vine hasta aquí… persiguiendo sólo la estela de un sueño”, y cómo entonces ella tomaba mi mediocre rostro entre sus manos y lo elevaba hacia sus ojos, y en cuatro palabras me hablaba de la belleza sin igual del Socialismo, del precioso mensaje de solidaridad y fraternidad que por  dentro atesora, y, algo hipnotizado por esos labios rosas, cómo desee, lector, entonces, que me curara ella de mi egoísmo pequeñoburgués, de la rapiña procapitalista y liberal que en mí habita, que me absolviera un poco y se limpiara para siempre de mí ese pecado individualista y empezáramos los dos allí mismos a hacernos mimitos, pero no de los chaconianos, sino de los de verdad, los que se regalan a mansalva por la espalda y en la boca los enamorados, que no otro es el mundo perfecto.
     Bueno, me desperté esta mañana con el recuerdo del sueño aún muy vivo y los ojos lunáticos, y no sé, como no me baje esta fiebre, me planto en Ferraz y le pido yo a Maese Rub, por las buenas o por las malas, la dulce mano de su Chica. ¿No hemos acaso de luchar por lo que queremos? Si puedes de alguna manera TÚ, por milagro que el Amor obrara, escucharme, preciosa Chica de Rubalcaba,  …¡corre, Chica, CORRE! …  escápate, ven conmigo y llévame de la mano al cole, anda, cielito, sumérgeme en la primavera triunfal del Socialismo que contigo se anuncia.