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viernes, 15 de octubre de 2010

Queda terminantemente prohibido abuchear a ZP

    
     Desde el momento mismo en que el indiscutido e indiscutible Presidente bajóse del coche oficial y pisó con su galanura habitual el suelo del paseo de la Castellana, el inmenso gentío allí presente estalló en  atronadores aplausos solo a su graciosa persona dirigidos. De nada sirvieron las artimañas protocolarias, incapaces los barrotes y la distancia kilométrica de contener el clamor multitudinario: parados oficiales y parados en cursillos lost in Oslo, oferentes y diferentes, jóvenes y jóvenas, sindicalistas y comerciantes, funcionarios y pensionistas, una espesa marabunta ciudadana ovacionaba sin cesar a su admirado presidente. Hasta la oficial televisión comprendió la necesidad –por no incomodar en demasía a la oposición- de maquillar un poco tan extraordinario fervor. Eran todos ellos, todos los que a rabiar aplaudían, supiéranlo ellos mismos o no, de la extrema izquierda, claro. Rebrincaban las ovaciones y los cánticos enfervorizados como olas rugientes de un mar inmenso  que rompieran a la vez en la cara misma del susodicho Presidente, que por jamás de los jamases habría nunca de fallarles. Eran de tal estruendo el júbilo y las aclamaciones que el Pueblo en la calle tributaba a su presidente que ni siquiera el momento sagrado del himno nacional se respetó, ahogado por los ensordecedores vítores. El Rey y los Príncipes, claro, no pudieron por menos que mostrar en su círculo íntimo el hondo desagrado que esa falta de consideración les causó.
    
     Y el Gobierno entonces, ante la inconmensurable deferencia, ante la emocionada devoción que siempre en el ejecutivo socialista palpita hacia el Ejército español y hacia los caídos en combate por España, determinó ordenar que quedaba a partir de ese instante terminantemente prohibido (sólo la penúltima prohibición, en la larga letanía de proscripciones en que el socialismo, so capa de libertades sin fin y optimismos antropológicos sin tasa, siempre consiste)  aplaudir al presidente en el Día de la Fiesta Nacional. Que mucha pose guay con que la Tierra pertenece al Viento, pero hasta al Viento, incluso a los ecos que flotan en el mismo quieren ellos ponerle su mordaza censora. Cómo si no iba Rubalcaba a contarles a los embajadores la bárbara afrenta recién vivida, tanto entusiasmo chivato.  

miércoles, 13 de octubre de 2010

Contador y un camarero que era marido de la Princesa del Pueblo


     Admiro muchísimo a Alberto Contador. Su férreo coraje le ha llevado a protagonizar sobre la bicicleta, y contra las más empinadas rampas, extraordinarias proezas sobrehumanas sólo al alcance de los elegidos por los dioses. Brotó el escándalo de su dopaje. Ofreció aquella rueda de prensa. Creí en él a ciegas. Y sin embargo, cuando la otra noche le vi aparecer en La Noria, el más celebrado de los lujosos escaparates de la Mugre, algo dentro de mí me susurró: no, no, no… NO.
    
     A los pocos días, como un medicamento homeopático, el más elevado gesto imaginable, que nadie –que yo sepa- ha ponderado en lo que verdaderamente tiene de irreprochable lección ética a tanto “bienpensante caviar”, a todos esos  líderes de opinión que por la pasta untan en la perola mugrienta pringándose los dedos sin cortarse un pelo, a la misma vez que claman contra “esta podrida sociedad”. Vino de la mano el alto ejemplo de un chiquilicuatre de verdad –como el del anónimo redactor de Onda Cero en la real visita que ya comentamos aquí; habrá que ir pensando, como chamarileros de la Virtud ignorada, en reunir  cosas así, rosas de verdad en medio del desierto, y hacer con ellas un libro,  sólo para que los mandamases de las editoriales lo tiren asqueados y horrorizados al cubo de la basura- : Fran Álvarez, sólo un camarero, nada más, pero nada menos, ha rechazado QUINIENTOS MIL euros que le puso en los morros Antena 3 por contar sus intimidades con la llamada Princesa del Pueblo. Lo hizo público Fran sin cobrar nada en Sálvame de Luxe, también otro de los más aparatosos de los chorreantes mostradores de la Mugre entronizada.
    
     Ni siquiera los jefazos de Antena 3 se han molestado en desmentir la inmoral propuesta, que tanto dice en sí misma del estado de las cosas. Qué parábola, lectores míos, si fuese uno un evangelista verdadero y supiese contarla bien, y abrirle así los ojos primero a mil, que la contarían después a otros diez mil, y que acabarían llevándola  luego éstos a los oídos de un millón: todo un señero medio de comunicación social, plagado de respetabilísimos ejecutivos, atiborrados todos de premios y dignidades,  pugnando oro en mano por envilecer la conciencia de su millonaria audiencia, a través de una muy diabólica tentación, de esas que-no-podrás-rechazar, a un simple camarero. ¡Y va éste y les manda a los insignes mercaderes de la basura y a todo su dinero sucio a la misma playa!   
    
     Piensen, lectores míos, en todo ese pastón tintineando delante de los ojos del chaval. Está por demostrar que Fran Alvarez, un camarero nada más, pero nada menos, haya cobrado algo de Tele 5. En el fondo estamos deseando todos que se demuestre que también él ha arrebañado su parte en la rebatiña del mefítico perol. Nos quedaríamos mucho más tranquilos todos. Y es que el rechazo del golosísimo pastizal por parte de un simple camarero atenta con gravedad máxima contra el supremo mandamiento que todos compartimos en estos tiempos: todo por la pasta. Si me lo ofrecen a mí, vamos, es que le dan por… no otra cosa es lo que espontáneamente expelemos todos al escuchar la noticia, con ese tonillo petulante que da por segura la complicidad del que tienes delante. Necesitamos, como sea, que Fran Álvarez sea un impostor.
    
     Pues bien, Antisistemas del mundo, Liberadísimos sindicalistas, Intelectuales tan anticapitalistas, Chiquilicuatres de Cinco estrellas, supuestos aborrecedores del Sistema todos: Fran Álvarez, he ahí el Hombre. Fran Álvarez, Juan Nadie. Seguidle. ¿O acaso el meollo de su gesto también os desnuda a vosotros?  

martes, 12 de octubre de 2010

And the winner is... Vargas Llosa

     
     Vale, yo también me alegro de que a Vargas Llosa le hayan dado el Nobel. No tanto por el Premio, que a mí plín, como por hacerme rememorar de nuevo todo lo que uno disfrutó en tiempos leyéndole. La ciudad y los perros, La Tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras, Conversación en la Catedral me contagiaron el gusto y la querencia que en mí pueda haber hacia las palabras. No deseaba uno nunca terminar del todo esos libros. Hicieron mi escueto mundo mucho más amplio e intenso. Nada más lógico, pues, que sentirse agradecido hacia él, aun cuando el expresarlo sea ya en sí un poco ocioso. No se va a encontrar uno a don Mario mañana caminando por Berlín Park, que es el parque de mi barrio, para en persona decírselo. Las diminutas hormiguitas les somos perfectamente ajenos –salvo como números en su grandiosa contabilidad- a los Dioses y a sus olímpicas alturas. Quizás deba ser así. Por eso sostengo yo –con un énfasis digno de que el meollo que contiene mi approach revelara algo verdadero- que los fracasati únicamente debemos elogiar, con derroche caníbal de adjetivos encomiásticos, a anónimos fracasati como nosotros mismos.   
    
     ¿Qué le gustaría al muá que Vargas Llosa hiciera ahora –mantengamos la ficción, mon amis, de que el mundo entero estuviera en vilo ante lo que ahora voy yo a decir- y que ni de coña el ya (como si antes no lo fuera) Peruano Universal va a hacer? Mandar el premio  de las narices a tomar por retambufa, que se lo metieran por do les entre. La ceremonia esa debería resultarle vomitiva a todo escritor que se considere digno de portar sobre su persona el nombre de esa profesión. Era grotesco ver a García Márquez con el liqui-liqui y a Don Camilo y su frac, a San José Saramago tan entorchado, cada uno con su trouppe, (perfectamente absurdo recordar entonces lo maravillosos que algunos libros suyos son), que no cabían en sus EGOS infladísimos de gozo, venga a dar cabezadas y reverencias y genuflexiones sin fin, como endomingadas cortesanas, ¿ante quién?  Pero, en todo caso, ¿no debería precisamente ser al revés?
    
     Pero la ensalivada aceptación de los Premios –y más ensalivada cuanto más supuestamente críticos dice el premiado de turno ser con esta “injustísima sociedad- es una de las señas de identidad de estos tiempos que sobrevivimos: el Reinado de la Mugre.
     No hace tantos años, por ejemplo, Woody Allen seguía tocando el clarinete en su antro de siempre, con su cutre banda de siempre, la misma noche que debía recibir el gran Premio, o Marlon Brando mandaba a una linda apache a recoger el suyo. No, no me imagino yo a Vargas Llosa enviando al pobre Guillermo Fariñas a leer el discurso de celebración en Estocolmo.

    

sábado, 9 de octubre de 2010

Trini, Guerra, Lissavetzsky, está todo PERFECTO

     A los socialistas de la Federal una Piedra Gómez que se les atravesó en el camino les mostró que su destino era rodar y rodar. Rodó y rodó la pobre Trini, que no le pudo al rudo vaquero Tomás y quedó de su chupa maltrecha, que ni el mismo ZP, que fue quien en verdad la estrelló, en el Senado quiso ya ni reconocerla –el Señorito es que las gasta así, no otro es su talante, lo dijo ya Jordi Sevilla-. Casi peor era ver la cara de viudo demudado que, sobre la bien triste que ya tenía, al mohíno Lissavetzky le ha quedado, que daban ganas y todo de ponerle ahora a él alguna medalla de esas que él tanto dio por ahí, sólo por ver si así se le subían un poco la color y la moral del Alcoyano. Tendrá ahora que abrazarse la pena que le consume a las farolas. Colocó entonces ZP otra más de sus logradas reflexiones, esas cosmovisiones penetrantes que tan merecida fama en todo el orbe como preclaro filósofo/poeta (no se sabé si más de uno que de otro, tal es su brillo en ambas categorías) le han reputado: “el que gana es el mejor, el que gana se lo merece”. Vaya, pensé, entonces, como antes de la drea había sostenido Él (el Señor que con solo sus palabritas derrite los relojes de todas las mundiales puertas del sol) que Trini era la mejor, reconocerá ahora que estaba equivocado, que la contestación interna crece, y acaso perdiéndose entre el Viento, dejará el puesto a otro... Ni hablar del gótico gato encerrado.

     En éstas llegó Alfonso G, que como un Oscar Wilde de pega pasado por el puño en alto de Rodiezmo, es que no pudo resistir la tentación de dejar muestra de su sorna: “la señorita Trini ha perdido”, graznó por lo bajini el en tiempos bígamo, conteniéndose además, como el cuervo de la fábula, el queso de la guasa en el pico mismo. Se ve que los aguerridos guerristas, que en su momento auparon a ZP contra Bono, se tronchan ahora navajeando a ZP a través de la pobre chupa, por el fango arrastrada, de Trini. Son los guerristas, como en el anuncio ese del metro, los que cada mañana abren las flores, las flores de la venganza, claro.

     Mas las Mujeres de la Federal, egregias matronas de decenas de organizaciones feministas, heridas en lo más propio de su amor y acusando de esta forma la estocada, tronaron sus malos humos y sus peores humores contra el histriónico lider internacionalista. Al mítico A Guerra cayóle encima la mundial: “sexismo, clasismo, misoginia, antiguo, rancio”. A las señoronas del PP se les puede poner de vuelta y media, ahora, haz un cuarto de ironía sobre una de nuestras heroínas y te verás de vuelta y media en todos los papeles.

     Parecía la cosa como la escenificación de aquella remota canción infantil que la niña de la Rayuela jamás ha dejado de canturrear para mí, aérea y radiante, saltando a la comba en el barrio de mi memoria -quien de vosotros,oh, amados lectores la recuerda, Javir seguro-, esa que decía: "el señorito Guerra me echa el humo... y yo le digo Guerra, eres un chulo, eres un chulo Guerra, eres un chulo, mi novio cuando fuma me echa el humo".( Será mejor no entrar ahora a escarbarle la trastienda psicoanalítica a la cancioncita de marras) A lo que íbamos: y entonces, para pasmo de todos, Bronco Guerra se la envainó y musitó: “bueno, bueno, retiro la palabra y ya está”. Moraleja de la sit-com: el alcalde de Madrid, como el niño ese del anuncio del metro, echó un ojo al panorama en derredor y, en los brazos de papá Rajoy, apenas se puede contener: “está todo PERFECTO”.

viernes, 8 de octubre de 2010

Sebastian y Montoro se lucen de nuevo

    
      Los políticos –algunos más que otros, cierto- se chotean del personal sin cortarse un pelo. Ahora Sebastián nos vuelve a subir el recibo de la luz y Montoro, su partenaire en el PP, es que ni pía. Pero… ¿y el superferolítico acuerdo anunciado por ambos a la ciudadanía ¡a finales de julio! y ante cientos de  cámaras por el que se congelaba la subida? Se le avisó a Montoro de la estupidez intrínseca en esperar cierto respeto a lo acordado con según quién. La clientela progre no sanciona la mentira, lo sabemos de sobra, pero que no pretendan también hacernos comulgar con ruedas de iberdrolas a quienes no pastamos por esas dehesas. No espabilan nada los dirigentes pepeicos. O espabilan demasiado, según como se vea. Seguro que de haber sido a la inversa, el Señor de las Dos Bombillas, cual sumisa geisha zetapeica, hubiérase callado, seguro. ¿Cómo se puede despreciar tanto al respetable? Es difícil encontrar una prueba de mayor descaro gubernamental, refrendado como en este caso, por la propia y estólida oposición.
      
     Lo más grave es la falta de pudor, el mínimo sentido del ridículo y de la decencia propia ante la reiterada escenificación de los más aparatosos embustes. Eso es lo que en ellos vale la palabra dada. No se respetan a sí mismos, cómo habrán de respetar a nadie. Venderían a su abuelita moribunda con tal de seguir en el candelabro. Deberían pagar políticamente el par de figurantes que hoy nos ocupa por ello, que hasta casi da vergüenza ya el decirlo. Merecerían que una plataforma ciudadana les vituperara en público, que unos piquetes “convencitivos” de ciudadanos libres les soltaran cuatro frescas a la cara. Es inenarrable y bochornoso el espectáculo ofrecido a los paganos ciudadanos, más cruel todavía el timo en el contexto de la miseria creciente en familias y pequeñas empresas. Es escupirnos en la cara a todos sin excusarse siquiera.
    
      No me gustaba mucho el señor Labordeta –algún programa de la mochila, sí-, ni sus formas insultonas –es bien sabido, las palabrotas faltonas, en un progre, son siempre “entrañables”, en alguien de derechas son indudablemente “fascistas”, que es que les encanta el vocablo, lo cortan/pegan para todo-,  pero lo que a uno le pide el blog, ante Sebastián y Montoro, Montoro y Sebastián, que mandan y mienten tanto uno y otro, como los Reyes aquellos, ante su odiosa estafa, es mandarles a… adónde amargan los pepinillos, vamos.
     Nos atropellan, nos engañan, nos humillan.  

jueves, 7 de octubre de 2010

Ken Follet, Kafka, yo mismo


      Desde hace días una universal fanfarria atrona a la misma vez en los telediarios, en los talk-shows, en los prime-time de mañana, tarde y noche y en la ubicua publicidad –indistinguibles ya todos estos negociados bajo el Reinado de la Mugre- por todos los confines del Planeta: anunciábase urbi et orbe la nueva novela de Ken Follet. No sé cuantísimos millones de ejemplares se ponían a la venta ese mismo día en siete mil ciudades distintas del mundo, para unas masas ávidas de derribar los muros de las grandes superficies para comprarlo y poseerlo. Sólo era el primero de una trilogía  que abarcará todo el siglo XX, se añadía. Al lado autor mismo en persona, sonriente y como barnizado todo él en el Éxito mismo, soberbias montañas de libros relucientes, como bólidos cegadores recién salidos de una trepidante cadena de montaje, ilustraban la noticia. Ken Follet, casado con una parlamentaria laborista, -se nos informaba-, lleva vendidos ya más de cien millones de libros. En Vitoria hay levantada también una muy realista estatua suya, que incluso ya en vida perpetúa su memoria.
    
     Qué más natural entonces, ante tan desaforado estruendo, que uno, un don nadie abetunado  de fracaso, se acordara luego, para resistir un poco tanto fulgor kenfolletiano, de la impecable anotación leída este verano en los diarios de Kafka, a propósito de uno de los escasos libros que logró él publicar en vida: “Se han vendido once ejemplares. Diez los he comprado yo mismo. Me gustaría saber quien tiene el úndécimo”.
    
    Es tentador y al tiempo muy consolador para el anónimo escribano de blogs –hablo por mí-, que lleva siempre un fracasado resentido rugiéndole en las venas, equipararse así con el genial checo a través de los comunes vasos comunicantes del ostracismo público y el desánimo en vida, que crean además la fantasía –tan necesitado cómo se halla aquél de ilusiones, sean éstas vanas o de las otras- de que una misma genial prosa une también a  en el fondo a ambos.
    
     Así es que, de forma imaginaria, le dije también yo a Ken Follet lo mismito que elucubré que le dijeron al Príncipe de España en Onda Cero –véase, por favor, la entrada aludida-, lo de Diógenes al Magno, “apartáos, Majestad, me quitáis el sol”, y  me refugié en la cita de Kafka. Me dije:
     
     “Si tuviera al menos un lector, mejor lectora, ¿no, Neo?, sí, al menos una lectora, que se imprimiera los textos de mi blog, -que es uno, como alguien apuntaba por aquí, raro bicho de otra época-, y le gusta la cosa táctil y acariciadora que tiene el libro, el simple papel en su defecto, que lo puedes doblar, agitar, manosear, acercártelo al corazón,  -cómo hacer todo eso con una fría pantalla- , que llevara pues entre sus manos lo que yo escribo, el fruto vivo de mi desconsuelo, y que al salir de trabajar, tarde en la noche de la ciudad huraña, tomara el último metro vacío del día o el primero, igualmente desierto, de la mañana en un día festivo, o en la soledad de una oficina enorme abandonada ya por todos los demás, o en el cuarto de descanso de la planta de un hospital en plena madrugada tranquila, yo que sé,  y por unos minutos, mordisqueando acaso a la vez una manzana, se olvidara de todo sólo para leerme, y que lograra yo con mis pobres medios, contra la lógica absurda de vértigo del internet, detener el tiempo, arañarle un poco el corazón y ocupar para ella la totalidad del mundo en esos instantes, si consiguiera que en ella las palabras fueran más que palabras, y se las llevara a la boca primero, para gustarlas muy despacio, y al cerebro entero después, para prolongarlas y dejarlas allí, en los confines anaranjados de su memoria, si eso consiguiera, si doblara entonces ella esas hojas y se las introdujera con cuidado entre la camisa para darles calor y alojarlas junto a su pecho unas horas, como hacen los ciclistas para bajar el Tourmalet, aunque fuera solo una lectora, entonces, en nada me turbaría a mí lo de Follet y mucho más cercano, con motivo o sin él, me sentiría de Kafka, y todo esto tendría entonces algún sentido”.   
  

miércoles, 6 de octubre de 2010

Charlatanes

     
     El otro día escuchaba yo en la radio a una de las Grandes Comunicadoras DE-ESTE-PAÍS entrevistando a un anónimo viejete de pueblo. El señor, la verdad, con su gracejo natural, con su acento… serrano, sonaba a algo distinto y estaba en apariencia encandilando a la Divina: que si las ovejas churras tal, que si él ya sólo mirando a las nubes sabía no se qué, que si el campo en agraz estaba precioso, que sabía él silbarle a los mirlos para que se le posaran en el cogote, que había meses enteros que no cruzaba palabra con nadie, que si tenía un transistor para matar el tiempo, que si él no se había casado porque todas las veces que en serio lo había propuesto en ese mismo momento le había dado siempre la risa, y claro, las mozas nunca lo tomaban en serio, cosas así.
    
     La Divina le escuchaba fascinada, aunque a la vez se notaba que exageraba un poco la fascinación esa, no sé, la cosa esa de la radio. En realidad, creo yo, contemplaba a aquel viejete, su graciosa cazurrería, un poco con curiosidad de entomólogo, como hacemos todos los urbanitas en casos así, sólo que, ya digo, con la nota subida que el guión de la radio al parecer exige. Aunque el viejo estaba un poco sordo –normal-, la Divina consiguió que a través del móvil –cómo consiguieron que el buen señor dispusiera y manejara el aparato no se nos reveló- le canturreara y todo unas joticas que recordaba él de su mocedad. Muy “entrañable” todo, diríamos.
    
     En un momento dado, al hilo de un refrán de pueblo que con suma gracia el viejete le dejó caer –refrán que no era en modo alguno memorable, al menos yo ahora no lo recuerdo, aunque sí lo que luego vino-, la Divina no pudo ya más contenerse:"Eustaquio, es usted… un FILÓSOFO”. Al oírla pensé: bueno, cuando la sabiduría se le acabe a Guardiola, ya tiene el Barsa mánager fijo. Pero el viejo, al escuchar la divina flor, guardó un silencio radiofónico, tan memorable al menos como los de El Loco de la Colina, hasta que contestó: “… Quiá. Lo que soy yo es un… ¡CHARLATÁN! “
    
     Se rió el viejete, se rió luego más alto la Diva, creo yo que nos reímos después cuantos escuchábamos la radio a todo lo largo del ancho mundo. Pensé luego en eso: políticos, escritores, comunicadores, intelectuales, cantautores, gurús, economistas, sociólogos, sexólogos, tertulianos, espiritualistas varios… ¡CHARLATANES todos!, tratando cada uno de ellos siempre de vendernos su particular moto de cada día, incapaces de reconocer lo que mejor saben de verdad: su verdadera ignorancia sobre lo que en realidad acontece y acontecerá alrededor nuestro.
    
     ¿Los blogueros, como yo mismo, charlatanes también? Of course, salvo que, con la gloriosa excepción de las celebrities, a la inmensa mayoría no nos lee ni nuestra madre, ni nosotros mismos, con lo que, por fuerza, el daño que podamos hacer ha de ser mínimo. La moto que podamos nosotros vender está ya antes de dar un paso, lo sabemos todos, averiada. Somos, creo yo, los anónimos blogueros como ese viejete campero de la radio, sólo que a nosotros la Divina ni nos roza. Sniff.   

martes, 5 de octubre de 2010

Ana Rosa Quintana tiene

    
     Debemos todos, creo yo, felicitar a Ana Rosa Q, y congratularnos con ella, por, como decían el viernes los diarios digitales con prosa algo revenida, “cuánto le sonríe la vida”. El titular era ya llamativo: “Ana Rosa Q debuta como inversora VIP en el capital riesgo”. Pero más asombro causaba aun lo que luego íbase desgranando: “la reina de las mañanas televisivas sigue diversificando su patrimonio… Ha sido nombrada consejera de Cartera Industrial Rea, sociedad de inversión que agrupa importantes fortunas del país, donde tendría invertidos seis millones de euros… No es la única experiencia bursátil de Ana Rosa Q: a través de la SICAV Alquite Inversiones, gestionada por el Banco do Espirito Santo, junto a su marido, el empresario Juan Muñoz, tiene invertidos más de dos millones de euros en renta fija y deuda corporativa, con una FILOSOFÍA muy conservadora (nunca mejor visto eso de que, si de especular se trata, es muy necesario el poseer toda una filosofía). Además de su elevado caché de varios millones de euros, la periodista ha tejido toda una red empresarial en el mundo de los medios, a través de la revista AR y de la productora audiovisual Cuarzo Producciones (aunque más que cuarzo, se ve que son purititos diamantes los que ahí se producen). Es, -cerraban el círculo pelín empalagoso los digitales-, “la historia de un éxito”. Los violines es que sonaban ellos solitos.
    
     Es seguro además que al lado de este acaudalado way of life alberga el corazón de Ana Rosa Q nobilísimos sentimientos altruistas, incuestionables participaciones en decenas de oenegés y hasta encendidas proclamas de justicia social y de benéficos maratones en solidaridad con los damnificados del último desastre en cualquier estercolero del mundo. Uno admira sin reservas a quienes legítimamente ganan el dinero e invirtiéndolo, es decir, arriesgándolo, crean empresas y ganan más, y al sistema político que  hace posible la iniciativa individual, pero le queda a uno la sensación de que debería corresponder a personas como la que nos ocupa la defensa y legitimación del mismo y no a uno, que llegado el caso tiene a lo sumo un kiosco y quiere, viviendo de su trabajo, defenderlo. A la mínima el progre de turno sin duda le motejará de facha egoísta e insolidario ultraliberal, de avaricioso gusano, vamos, mientras gentes como Ana Rosa Q, espléndida siempre, generosamente aporta a todo color el óbolo de su inmensa solidaridad para Haití. A quien pillaron en el tocomocho de Madoff y cía fue a Almodóvar, no a mí. A quienes los piquetes humillan es al tendero de al lado, no a Cuarzo Producciones (y en modo alguno lo deseo, quede claro).
    
     Decía la otra mañana Ana Rosa Q, para defender a Sara Carbonero de las censuras que levantaron sus categóricas afirmaciones periodísticas, que es que la criticaban mucho a la pobre por tener éxito y por ser guapa. Pero eso es prejuzgar las intenciones ajenas y blindarse contra cualquier debate posible. Pensará entonces que es la pura envidia la que pueda llevar –pecado gravísimo- a elevar siquiera una ironía que a ninguna parte va contra algunos de sus procederes.
    
     Y la verdad, el asunto de su libro, de su plagio, de su “negro”, con tanta gente sin enchufe a quienes las editoriales desprecian, póngase ella como se ponga, no hay por donde cogerlos, y en cualquier sociedad éticamente sana y con un criterio elemental de lo que es justo, la hubiera relegado a un oscuro blog de provincias. Nunca, en cualquier caso, a reinar multimillonariamente por las mañanas.

domingo, 3 de octubre de 2010

El secreto de la chica del millón de dólares (Relato)

                                     
     Ella nunca bailaba. Siempre sola, desde una butaca alejada de la pista, miraba con expresión grave el jubiloso despendole de los cuerpos, y allí permanecía. Como si toda aquella algarabía no fuera con ella y al tiempo la necesitara como un oxígeno de urgencia.
     Bebía despacio una o dos consumiciones, seguía levemente con los dedos sobre la mesita los ritmos que inundaban el Antro, y hora y media después, sin apenas cruzar palabra con nadie, se marchaba. A mí me gustaban sobremanera sus grandiosos ojos negros, como dos lunas llenas de tinta china. La venía observando a distancia hacía meses. Me atraía, rarito que es uno, su rictus serio, más bien triste, como si sombrearan sus rasgos mil enconadas batallas. Pero lo que me hizo definitivamente cómplice suyo fue su rechazo tajante a cuantos ofrecimientos exhibían ante ella los chacales de la noche. Todos aquellos zánganos se estrellaban contra el muro de su indiferencia.
     Ni los tipos más atractivos, tíos como torres, de facciones angulosas y presencias apabullantes, con sus miraditas y sus toquecitos llenos de insinuación. Ni los más dicharacheros, tan liantes con sus zalemas y su guasa, ese chisporroteo de alegría que contagia su gracia, natural y trabajada a la vez. Ni siquiera los más bailones, esos seres diríase que ungidos de la cabeza a los pies con los óleos de la armonía, que se deslizaban por la sala con una facilidad desarmante que prometía un mundo de terciopelo. Nada, ningún arma de la seducción valía contra mi heroína particular. Era emocionante ver, desde lejos, cómo los miraba durante un instante, y nada más que eso le hacía falta para fulminarlos. Parecía como si el aroma de su tristeza –si se me tolera una cursilada más- bastara para disuadirlos. Bien, muy bien mi chica, la jaleaba yo desde mi esquina, como si fuera Eastwood y ella la chica del millón de dólares.
     El día que, aupado sobre la ingravidez que regalan tres gin-tonics libados en una hora, me decidí a abordarla, yo tenía un ojo amoratado. Después de varios penosos intentos, y sus rectificaciones y disimulos subsiguientes –alguien que lo viera desde fuera pensaría sin duda que aquel gafotas que merodeaba alrededor de esa chica bajita y morena, de ojos negros y lazo rojo en el pelo recogido en la nuca, era presa del baile de San Vito- , a pesar de que al sentarme derribé su vaso, el mío, y otros tantos que llenaban la mesita, para fastidio del camarero -que me fusiló con la mirada mientras recogía los licores derramados-, ya no había marcha atrás posible.
     -Perdona, es que esta alergia me está matando, dije.
     Y saqué un kleenex arrugado del bolsillo; fue lo que se me ocurrió. Ella me miró, pero no tuve que enfrentar su mirada, parapetado tras el kleenex como estaba.
     -Claro, y la alergia te puso también morado ese ojo, ¿no?, dijo ella.
     -Verás… es que es una alergia muy especial, es un virus, el chéjov-carver, creo que se llama.
     No le iba a contar en ese momento la verdad: cómo el día anterior, en el Antro, dónde si no, a pesar de que yo había prefabricado con mimo las palabras y las imágenes, y las cadencias más envolventes entre unas y otras para justificar lo injustificable –incluso me había quitado en un momento dado las gafas para parecer más sincero, aunque entonces no viera ni tres ni burro que se me apareciera-, Mercedes y su melena pelirroja, inflamadas ambas y al grito de NO HAY DOS SIN TRES, PEDAZO DE CABRÓN, me atizaron un directo de derecha que me abrasó el mentón. Después Mercedes enfiló la salida con cajas destempladas. ¿La lumbre de un amor que se extinguía? Sé que merecía que me hubiese cortado en trocitos con un cuchillo carnicero, aunque  no recuerdo bien por qué.
     Pero ahora no estaba Mercedes, yo tenía delante aquella enigmática mujer de tensos ojos negros, que miraban sin parpadear hacia la pista, ajena a mi zozobra. My problem, una vez más, era que no sabía qué hacer. Lo apremiante de romper aquel silencio me hizo recaer de nuevo fatalmente –como ese ex –alcohólico con las mejores intenciones que ante una situación peliaguda vuelve a caer en el vicio sólo por huir de momento de esa quema- en otra de esas célebres sandeces que en tan críticos momentos revelan a las claras mi indudable temperamento artístico,
     -Oye, si lloras porque no puedes mirar el sol, no dejes que tus lágrimas te impidan ver el brillo de las estrellas.
     -Qué potito-, me dijo ella, incluyendo en sus palabras todo el ácido sarcasmo que se pueden imaginar.
     -Pareces ausente-, añadí yo entonces, nerudiano total, ya no sólo tuerto, sino ciego y sordo a su desdén.
     Ella me maniató con su mirada. Suspiró. Resopló luego mirando a un punto indeterminado que no era yo. Volvió a suspirar… Habló al fin, como si se hablara a sí misma. “Y como estarías tú, graciosillo, si a los tres meses de casarte, embarazada de días, llena de felicidad, una tarde, al volver rauda a casa desde el trabajo, antes de lo habitual por un corte de luz, sorprendieras en tu misma cama de matrimonio al hombre de tu vida con tu propia hermana menor…”
     Ahora el que resoplé fui yo. Ostras… ¿y no le arreaste un puñetazo en un ojo?- le dije
     Pero ella continuaba hablando sin oírme, con su rostro sombrío que miraba a la nada, como si no estuviéramos en una sala de fiestas, sino en el espacio etéreo de un serial radiofónico.
     “Me quise morir. Literalmente. Me largué a casa de mis padres. Me tumbé en una cama y me dejé llevar: no moverme, no oír, no hablar, no abrir los ojos, apenas respirar, descender, descender como un buzo hacia el fondo del mar, hacia abajo, cada vez más abajo y profundo, atenta tan sólo a encontrar el cofre con la llave que detuviera mi corazón, que apagara el interruptor de mi cerebro. Así días y días, me dijeron. Casi lo consigo…Y ahora, lárgate, chavalín.
     -“Va a ser que sí”, balbuceé, fuera de combate, claro.

                                          

viernes, 1 de octubre de 2010

El mundo se acaba


 
    

          
     Archisabido es que las desgracias jamás vienen solas, pero últimamente los más impensables desastres se suceden a una tal supersónica velocidad que tentado está uno de pensar,  desbordado por una muy amarga tristeza, si acaso el mundo -el mundo de los bienpensantes, claro, que es en España el mundo oficial- no se habrá salido de sus ejes y entonces  hállese próximo ya el fin de los tiempos.
    
     ¿Cómo entender si no en tan sólo una semana tal rosario de funestos presagios: primero, que le niegue el primate Chávez la entrada en SU país al superprogresista  Follonero; segundo, que el acratísimo socio de Buenafuente en la Sexta haya de escapar por piernas de las hordas de los antisistema en Barcelona, que pretendieron al parecer comérselo vivo; y tercero, de momento, que el quijotesco Willy T háyase visto cruelmente apaleado y con escarnio torturado por la policía marroquí? ¡Cómo pueden acontecer tamaños asaltos a la Razón, ZP mío, y que nadie ponga remedio y fin a calamidades tan atroces! ¿No encierran estos inexplicables infortunios del Bien Puro el secreto designio de un mundo guay que se desmorona ante nuestros ojos, y a golpes precisamente de sus supuestos beneficiarios sobre las cabezas –oh, ironía sangrante- de los heroicos promotores que tanto por ellos se desvelan? Oh, desdicha suma de estos tiempos aciagos y de este mundo cruel, qué mas afrentas a la Justicia Planetaria nos veremos obligados a contemplar. ¿El juez Garzón arrostrando presidio por culpa del progresista Varela? ¡No! ¡No han de ver mis ojos tal contradiós infamante!  
    
     ¿De qué le sirvieron a Follonero su colegueo con Otegui y sus continuas gracietas anticapitalistas, si luego el gran Primate te impide entrar incluso a disfrutar del paraíso chavista? ¿De qué le han valido al socio de Buenafuente tantas coñas libertarias en pantalla, tanto trotskismo roussoniano y rouresiano de diseño, para que luego una turba de matones “alternativos” al grito de esquirol quiera a ti precisamente darte el paseíllo? Pero ya lo de Willy Toledo es desgracia que rebosa el colmo de la más inicua adversidad: vióse él brutalmente humillado en el Aiún por “conocidísimos torturadores” de la policía secreta marroquí. No deben saber, claro, los esbirros de este régimen que ahora le han roto un dedo, cuánto ha legitimado él a sus colegas de la Tortura castristas, cuántas paletadas de infamia el mismo Willy T en persona vertió sobre el cadáver caliente de Orlando Zapata, defendiendo con ardor fanático un régimen torturador como pocos desde hace ya más de cincuenta años. ¡Parias del Animalario, por los clavos de Castro, liberad a Willy de las golpizas alhauitas!
    
     Pertenecerá la Tierra al Viento, quien lo duda, pero hay semanas que no parece sino que sea éste un vendaval áspero que las más nobles almas arrasa a su paso, que a los buenos todo nos sale estos días mal, y la leninista virtud vése con rigor escarnecida, para más inri a manos de sus beneficiarios, como si el mundo hubiésese vuelto loco, loco. Sniff.