Hemos comprobado todos la eficacia definitiva que la militarización del tráfico aéreo tuvo a la hora de quebrantar la voluntad de los controladores cimarrones. Resultó la manu militari decretada por Zp más que milagrosa mano de santo. En menos de veinticuatro horas el problema estaba resuelto. Se doblegó casi inmediatamente la voluntad de esos cientos de hombres y mujeres amotinados, a pesar de hallarse bien experimentados todos ellos, como su propia profesión les exige, en el autocontrol emocional y en el manejo de situaciones de riesgo.
No debe ser nada sencillo resistir la amenaza que esos hombres debieron enfrentar. Tratemos de imaginarnos la situación: que uniformados militares y armados, después de interrogarte como ellos saben, delante tuya enarbolen y te muestren providencias palmarias –papeles retimbrados- del embargo inminente de tus bienes más íntimos y propios, que te amenacen a solas luego, como reo de sedición, con penas de presidio durante seis u ocho años, es decir, con arrancarte de tu pareja e hijos, además de tu propia libertad, para tan largo lapso, y con el tajante e irrevocable despido de tu medio de vida, después de malencararte la lista de artículos que estás infringiendo y de exagerarte los imperdonables estragos que para la vida de todo el mundo está acarreando tu omisión, todo eso a la vez y de golpe por fuerza ha de ablandarle a cualquiera. Más que eso, como se vió, en horas redujo a la nada a aquella peligrosísima banda de… bueno, de “golpistas-chantajistas-terroristas…”, y añadamos aquí toda la lista de istas que la “intelligentsia” progre es capaz de regurgitar cuando de criminalizar a alguien que se les opone se trata.
Por supuesto que si la intimidación militar y el decreto del Estado de Alarma los hubiera llevado a cabo un gobierno conservador, sin ser capaz su promotor siquiera de comparecer y anunciarlo, los prebostes de la Ceja y cía hubieran lanzado a las masas contra el gobierno, y a todos nos hubiesen persuadido de estar en vías de golpe de Estado y bajo las garrras ya de una sanguinaria dictadura. ¿Dudaron acaso en motejar de TORTURADORES a los mismos jueces del Supremo (¡), y en patrocinar asonadas y encierros masivos, sólo por osar por unanimidad aquél encausar a su favorito Juez Campeador?
Visto el fulminante resultado de la militarización, pronto se jactaron los ideólogos gubernamentales del propio éxito. Normalidad, se retornó a la normalidad, repetían. Se justificó luego la inaudita presión intimidatoria sobre los controladores remisos como la respuesta… ¡ante un desafío al orden democrático!, Zp dixit, ¡ante un golpe de Estado económico!, el PSOE andaluz dixit. Que miles y miles de españoles vieron trastocados sus planes vacacionales resulta innegable, que alguna situación complicada debió afectarse, también. Ahora de ahí a hacer de esa protesta laboral… una ordalía apocalíptica, va un trecho injustificable, más cuando sabemos la muy precisa fecha en que el gobierno mismo promulgó el decreto que en marcha puso todo.
Lo indudable es que la militarización funcionó, y que con este resorte a los controladores se les dobló la mano y la voluntad. Y claro, visto el éxito conseguido, al observador le queda la duda de cuantos otros, mucho más decisivos, amotinamientos y problemas podrían de similar manera resolverse: corrupciones millonarias y filoterrorismos varios, por poner sólo dos ejemplos.
Me acordé en especial, lector, de la desdichada familia de Marta del Castillo: cómo le hubiera gustado a uno que, en ese caso sobre todo, se hubiese doblegado a los asesinos y a sus cómplices en su voluntad obstruccionista, y que al menos su cuerpo hubiera aparecido. Porque clama al cielo la desproporción entre el rotundo éxito obtenido en un caso y el estrepitoso ridículo que todo un Sistema obtuvo, a manos de unos simples jóvenes asesinos que de todos –incluido el Impresionante Rubalcaba que hasta Sevilla se desplazó y que a los padres prometió buenas nuevas- se rieron hasta la náusea. ¿No se podría, digo yo, “militarizar” un poco también a esos de verdad asesinos?










