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sábado, 11 de diciembre de 2010

Militarización

    

     Hemos comprobado todos la eficacia definitiva que la militarización del tráfico aéreo tuvo a la hora de quebrantar la voluntad de los controladores cimarrones. Resultó la manu militari decretada por Zp más que milagrosa mano de santo. En menos de veinticuatro horas el problema estaba resuelto. Se doblegó casi inmediatamente la voluntad de esos cientos de hombres y mujeres amotinados, a pesar de hallarse bien experimentados todos ellos, como su propia profesión les exige, en el autocontrol emocional y en el manejo de situaciones de riesgo.
    
     No debe ser nada sencillo resistir la amenaza que esos hombres debieron enfrentar. Tratemos de imaginarnos la situación: que uniformados militares y armados, después de interrogarte como ellos saben, delante tuya enarbolen y te muestren providencias palmarias –papeles retimbrados- del embargo inminente de tus bienes más íntimos y propios, que te amenacen a solas luego, como reo de sedición, con penas de presidio durante seis u ocho años, es decir, con arrancarte de tu pareja e hijos, además de tu propia libertad, para tan largo lapso, y con el tajante e irrevocable despido de tu medio de vida, después de malencararte la lista de artículos que estás infringiendo y de exagerarte los imperdonables estragos que para la vida de todo el mundo está acarreando tu omisión, todo eso a la vez y de golpe  por fuerza ha de ablandarle a cualquiera. Más que eso, como se vió, en horas redujo a la nada a aquella peligrosísima banda de… bueno, de “golpistas-chantajistas-terroristas…”, y añadamos aquí toda la lista de istas que la “intelligentsia” progre es capaz de regurgitar cuando de criminalizar a alguien que se les opone se trata.
    
     Por supuesto que si la intimidación militar y el decreto del Estado de Alarma los hubiera llevado a cabo un gobierno conservador, sin ser capaz su promotor siquiera de comparecer y anunciarlo, los prebostes de la Ceja y cía hubieran lanzado a las masas contra el gobierno, y a todos nos hubiesen persuadido de estar en vías de golpe de Estado y bajo las garrras ya de una sanguinaria dictadura.  ¿Dudaron acaso en motejar de TORTURADORES a los mismos jueces del Supremo (¡), y en patrocinar asonadas y encierros masivos, sólo  por osar por unanimidad aquél encausar a su favorito Juez Campeador?
    
     Visto el fulminante resultado de la militarización, pronto se jactaron los ideólogos gubernamentales del propio éxito. Normalidad, se retornó a la normalidad, repetían. Se justificó luego la inaudita presión intimidatoria sobre los controladores remisos como la respuesta… ¡ante un desafío al orden democrático!, Zp dixit, ¡ante un golpe de Estado económico!, el PSOE andaluz dixit. Que miles y miles de españoles vieron trastocados sus planes vacacionales resulta innegable, que alguna situación complicada debió afectarse, también. Ahora de ahí a hacer de esa protesta laboral… una ordalía apocalíptica, va un trecho injustificable, más cuando sabemos la muy precisa fecha en que el gobierno mismo promulgó el decreto que en marcha puso todo.
    
     Lo indudable es que la militarización funcionó, y que con este resorte a los controladores se les dobló la mano y la voluntad. Y claro, visto el éxito conseguido, al observador le queda la duda de cuantos otros, mucho más decisivos, amotinamientos y problemas podrían de similar manera resolverse: corrupciones millonarias y filoterrorismos varios, por poner sólo dos ejemplos.
    
     Me acordé en especial, lector, de la desdichada familia de Marta del Castillo: cómo le hubiera gustado a uno que, en ese caso sobre todo, se hubiese doblegado a los asesinos y a sus cómplices en su voluntad obstruccionista, y que al menos su cuerpo hubiera aparecido. Porque clama al cielo la desproporción entre el rotundo éxito obtenido en un caso y el estrepitoso ridículo que todo un Sistema obtuvo, a manos de unos simples jóvenes asesinos que de todos –incluido el Impresionante Rubalcaba que hasta Sevilla se desplazó y que a los padres prometió buenas nuevas- se rieron hasta la náusea. ¿No se podría, digo yo, “militarizar” un poco también a esos de verdad asesinos?


viernes, 10 de diciembre de 2010

Wikileaks: las revelaciones de un embajador cernícalo

    
     Y dijo la lumbrera diplomática de los Estados Unidos de América, tan admirables por tantas otras cosas que no sea por la inteligencia de sus embajadores, que es que es para nota el cúmulo de babeantes patochadas sin tregua de sus secretísimos cables, que no es de extrañar que a la vista de cosas como éstas deseen los contribuyentes norteamericanos mandarles a mamarla a Parla con toda su mamandurria, o como quiera que en Delaware llamen a lo que la Lewinsky practicábale en el despacho Oval a Mr Clinton:
-¿Zapatero? “Un astuto felino en la jungla que lleva mal que le den clases de algo”.
-¿Bono? “Un sabueso mediático”.
-¿Rubalcaba? “Muy capaz, serio, encantador, impactante, inteligente”.
-¿Blanco? “No fiable, no mira a los ojos cuando estrecha la mano”
-¿Chacón? “Lista, con el típico orgullo español, está desarrollando su sensibilidad política”.
-¿Moratinos? “Bienintencionado, su lealtad es con España, más que con Zapatero o con su propia carrera, idealista”.
    
      Lindezas así formaban la decisiva información confidencial que al parecer el embajador norteamericano cableaba a Washington como oro en paño reservado. Pues si el Departamento de Estado orienta su acción sobre el conocimiento del terreno que demuestran las susodichas filtraciones van apañados los que sobre sí soportan la máxima responsabilidad de las democracias liberales. Eso más parece obra de un cernícalo que de un analista de mínima enjundia. ¿Necesitan esos vacuos topicazos de Reader Deagest encriptada transmisión acaso?
    
     Vamos, que se imagina uno sin esfuerzo a los próceres nuestros (nuestros, nuestros) revolcándose de la risa a cuenta de la rendida fascinación que en su mediocridad peatonal han sido capaces de levantar en “el amigo americano”. Eso, con el portazo traicionero de Irak –a todos los aliados-, con la sentadita al paso de su bandera y con la proliferación de la estólida y anti-occidental Alianza de Civilizaciones incluidas, que si no, yo que sé, el señor embajador cernícalo va y pide el carnet en Gobelas, qué elemento. Sí, porque para ver a Zp como “felino astuto en la jungla” hay que estar pero que muy atiborrado de zetapeísmo, que ni los más fieles suyos, que sólo a Bambi en el bosque como mucho le asemejaban. Yo creo que la Lewinsky, con ser simple becaria, hubiera obtenido, si con plenos poderes nos la envían para acá, mucho más fiable información, y a mucho menor coste, que la aportada por este badulaque. ¿Y cuanto ganaba por despachar informes como estos el emisario de los USA que Bush mandó aquí?    
     
     Deberían los expertos psiquiatras pergeñar, pues, por encima incluso del célebre de Estocolmo, el “síndrome de los Madriles”, como prototípica desviación patológica de arrobamiento inmotivado del representante de la principal potencia democrática ante los amigos de Chávez, Evo, Castro y demás que te la metieron encima pero que muy bien doblada.
      
     ¿Quieren, señores del Departamento de Estado de los Estados Unidos de América, información certera de la verdadera naturaleza de quién ahora corta el bacalao al tran-trán en la monclovita gobernanza? Pues yo mismo, que ni a becario llego, gratis et amore, como el chivato traidor derechista y cateto que con uno va, se la ofrezco, porque todos lo pudimos ver, aunque no sé si todos en su verdad esencial repararon. Bueno,no tan gratis, que espero yo que a cambio de lo que aquí les dejo, do ut des, mi blog se difunda fulminante por las Américas todas y la legión de mis seguidores retratados aquí a la vera  de lo que escribo -y que tanto me inspiran- llegue a tres mil, y que mis maravillosos relatos inéditos hagan los pobres, igual que las folklóricas de antaño, las Américas y encuentren al fin editor que comprendan su maravilla única.
     Verán, ocurrió hace dos días. Rubalcaba ante la prensa, a propósito del Estado de Alarma: “Haremos todos los días una rueda de prensa”. Minutos más tarde en petit comité –pero ante sibilinos micrófonos testigos- Gallardón le inquiere: “¿váis a dar rueda de prensa cada día?”. Y el Señor del Faisán, categórico, responde: “Noooo”. Y Olé. Volvamos entonces al Wikileaks sobre él: ¿Capaz? Of course. ¿Serio? Se vé de sobra que no. ¿Encantador? De embajadores, desde luego; un encanto el señor Faisán. ¿Impactante? Ya nos le conocemos demasiado. ¿Inteligente? Según el informe Pisa, no mucho, aunque comparado con el Señor embajador, todo un crack, desde luego. Es moooi bueno. 
   

jueves, 9 de diciembre de 2010

Una película, un relato, una canción sobre la Puerta del Ángel

       
     
      Esperar que los del Sálvame y similares se ocupen en poner en valor la actuación de esa persona, Ángel, que sin pensárselo dos veces arriesgó su vida para salvar la de otra, arrojada entre los raíles del Metro, ciertamente es a estas alturas de la película una impertinencia. Qué cosas se le ocurren aquí al satélite, más de uno se pensará. Ya los telediarios lo dieron, se me podría además rebatir. Dieron el video de marras, sí, aunque más como recurso de suspense para sobresaltarnos epidérmicamente durante un instante, y que no pulsáramos aún al mando a distancia, que como serena ponderación del trascendental capital humano que ese valeroso gesto atesora –rayo de sol en el invierno de nuestro descontento- para el entramado básico de la sociedad actual, en constante proceso de desintegración.
    
     Así se “fabrican” ahora, por otra parte, los telediarios, como una retahíla de Impactos Tv que nos zarandeen los sentidos durante cincuenta y nueve segundos, que son los que al parecer resiste la concentración del espectador moderno sobre algo, antes de darle al mando en ávida busca de otra imagen sensacionalista, en loca carrera que nos distraiga sólo un instante del lógico sopor subsiguiente a tan constante agitación. Lo que aquí se demanda sobre todo es una reflexión de los profesionales que elaboran la información y el entretenimiento sobre la nociva mercancía que a diario enjaretan a las fauces de los ciudadanos a través de las pantallas, es decir, a través del más importante medio de comunicación, representación y socialización de los valores –a menudo de los vicios- con que cuenta la sociedad.
     Ese elevado ejemplo moral de Ángel no pasaría tan desapercibido, y dejaría su huella y la exigencia de su referencia en la orientación actitudinal de todos, si se resaltara y se encareciera como en sí merece, máxime en una sociedad bombardeada día y noche por radiantes modelos de irresponsabilidad social.
    
     Otro tanto podríamos decir de la hegemónica producción cultural. ¿Cuántas películas, cuántos relatos, cuántas canciones alrededor de la heroicidad de Ángel, o de gestos similares al suyo, que impregnaran la colectiva conciencia, que fueran así algo más que gotas en un océano de ruido y furia malsanas, se compondrán? Seducidos por la sedicente atracción del Mal, que es al parecer muchísimo más divertido que el Bien –y divertirse, sin saber muy bién cómo y de qué, parece ser el mandamiento central del mundo presente- los “creadores” suelen desde hace decenios –también porque colocan en el mercado mucho mejor esa mercancía- deleitarse en la morbosa plasmación de antisociales psicópatas, adobados por los “creadores” con un encanto transgresor irresistible, ante el que ellos mismos se derriten primero, y más tarde su legión de admiradores. En muchos talleres de relatos la primera lección no escrita al aspirante a escritor viene a ser: si te sale un “cabrón”, un auténtico “cabrón”, cojonudo, por nada lo sueltes.
   
     Es paradigmática a este respecto la diabólica fascinación que Hanibal Lecter –y su desquiciada, y no por casualidad, caníbal “ética”- a todos –incluida Clarice, la heroína detective del relato- nos producía, brillo maléfico y magnético ante el que la insulsez repeinada y pazguata del policía bueno disolvíase en la misma insignificancia que espera al inaudito arrojo salvador que en la Puerta del Ángel madrileña pudo verse. Hasta el punto de que el autor de la película reservaba al criminal Lecter incluso, para que nada se rindiera a su transgresor atractivo, nada menos que la autoría de la frase misma del enamoramiento sumo –que en la boca de un elemento como él debía un poco rechinar, ¡como si fuera el caníbal el único posible portador de la llama decisiva del amor!-: “el mundo, Clarice, es mucho más interesante con usted dentro”.  Quizás tampoco por azar la cosa –por lo demás, formalmente brillantísima a mi juicio- llamábase “El silencio de los corderos”. El nuestro, quizás.
     Por eso mismo ahora, no curados, sino sumergidos ya la mayoría en todos los espantos imaginables, el reclamar a los del Sálvame su brillantosa atención al Héroe  quizás resulte lo más trangresor hoy, una estupidez, vamos.

    

miércoles, 8 de diciembre de 2010

En el Sálvame no hablaban de tí

      
      De acuerdo, lector, los del Sálvame no le hicieron ni caso a mi carta de antesdeayer. Me asomé un rato a media tarde a ver si se obraba el milagro y ensalzaban la desprendida acción de ese anónimo salvador de vidas. Si acaso indagaban al menos en los problemas que debía conocer la existencia de quien, intoxicado de fracaso, se dejó caer entre las vías. En vano. Hablaban –es un decir- de un mafiosote prófugo de la Justicia, con aspecto de ciclán prostibulario, al que previamente habían dado estelar cancha a todo lo ancho de la brillante pantalla. Hablaban Uno y Otros –otra vez es un decir, gruñían acaso fuera más ajustado denominar a lo que ellos a través de la garganta repercutían- en formas y maneras tales que causarían espanto y merecerían escarnio por lo deshonrosas e irreproducibles de las mismas, si no nos tuvieran ya a todos envenenados y contagiados de su propia podredumbre.
    
     Me perdonarás, lector, pero deseé entonces que fueran los controladores de las conciencias en putrefacción que dirigen esos tinglados televisivos  quienes debieran verse a punto de ser arrollados de verdad por el tren. A ver si entonces aparecía el honorable Montilla, en trazas de Superhombre, tal como de él decían los carteles que el mes pasado le publicaban y que aquí vimos, y rescatábales a esos vivos entre los hierros a punto de ser seccionados en canal, en canal plus, of course.
    
     Observaba al público presente en el estudio, humildes ancianas en su mayoría, madrugadas muy temprano ese mismo día desde remotos parajes del país para acudir a la Televisión, y como si vinieran a adorar a alguien, dejábanles allí encima, -curiosa redistribución inversa- entre risotadas desencajadas los mejores productos de su terruño. Celebraban también con aparatosas muecas de regocijo, desinhibidas, sí, como escritoras del Cervantes también ellas, la baja estofa de aquel cúmulo de chocarrerías impublicables. Blasonaban además las figuras del abyecto astracán aquel de la muy millonaria audiencia que cada tarde les seguía. Daban ganas de dejarse mecer un poco en ese muladar apestoso que irradiaba la pantalla reluciente. Ah, qué gracia tiene la Princesa del Pueblo, qué envidiable sentido del humor tenían todos. Qué majetes.
    
     Tiene uno que entonces esforzarse en meditar: No. Todas esas personas no hace tanto tiempo eran capaces de interesarse por asuntos mejores y más elevados, existía en ellos un sano instinto de respeto y reverencia hacia contenidos superiores. Por más que del todo no los entendieran les revelaban esas obras superiores sus lagunas –las que todos tenemos- y les exigían un esfuerzo intelectual para aprender y en ese conato mejorarse. No para reducirles  a rústicos y rijosos zoquetes, orgullosos encima de serlo.
    
      Traté de imaginarme entonces –te lo confieso, lector mío, así de osada es mi vanidad inconmensurable- lo que cualquiera de los próceres de la cadena diría si por extraño prodigio cayera en sus ojos y en diagonal leyera la carta mía que aquí dejé antesdeayer a la atención del premiado señor de los Ondas: “bah, otro gilipollas”. No más palabras gastaría.   
  
    

martes, 7 de diciembre de 2010

¿Controla Zp? (Del Rosa al Amarillo también Zp)


     
     Nos faltaba aún esta estampita –y mira que tenemos unas cuantas, primorosas todas ellas para quien no elija mirar para otro lado, desde 1982- en la colección de los timos supercalifragilísticos del Mester de Progresía gobernante, tan espiralidoso. En sustancia la estampa es ésta: el gobierno zetapeico celebra el aniversario de la Constitución decretando manu militari el Estado de Alarma.
    
     Y eleva sobre todos este gravísimo precedente, inédito en nuestra Historia reciente, en medio de la clamorosa ausencia del Presidente del Gobierno, llamado antes por el Destino Manifiesto al parecer a pilotar la nave del mundo junto a Obama, al que siendo el más poderoso hombre en la Tierra jamás se le hubiera consentido despacharse así. Si en el momento mismo en que el riesgo de la Deuda española se despeñaba por abismos tenebrosos, le daba Zp a las mallas negras por el monte del Pardo, al firmar el decreto de la militarización de los aeropuertos, privóse el Señor de los Vientos hasta de comparecer, de incluso dejarse ver, en un régimen de opinión pública, estrepitosamente así despreciada.
    
     Dejaron adrede pudrirse el problema, lo hicieron coincidir milimétricamente con el anuncio de duros recortes sociales que de nuevo dejaban evidentes y palmarias sus trolas, para que así colaran éstas, tendieron el cebo a los controladores… y éstos picaron. Irresponsables éstos en grado sumo, de acuerdo, merecedores de dura sanción, por supuesto. Soberbios manipuladores, despóticos Controladores de dudosos principios los gobernantes, también.
     
      Del falso Rosa al verdadero Amarillo, también Zp: del gobierno del talante y los orgasmos, a la bota militar y a la intimidación suma al adversario (elegido a conciencia el chivo expiatorio): amenazas concretas de embargo de bienes, guiño amedrentador de pistolas, duras penas de presidio blandidas, reos de sedición. Alardes chavistas, dudosamente democráticos. Militarícese. Enfrente, dos centenares de simples civiles provocados. Les doblegaron, claro. Como si los piquetes del sindicato amigo no hubieran nunca secuestrado antes la existencia de millones de españoles, después de recibir encima multimillonaria subvención. Con los terroristas se negocia, “hombres de paz” al cabo. Con los piratas alakranos y con los del Dakar se cede y se paga. Con Gibraltar se cede, con Chávez se cede, con Marruecos se cede. Dice entonces el héroe de Balaclava, tan suelto, tan falaz, tan faisán, que es que quien le echa un pulso al Estado lo pierde. Ya. La misma sentencia que en su día nos vomitó Felipe G. Ahora Faisán viene a decirnos el Estado soy yo. Militarización del problema. ¿Dónde estaba Zp?   
    
     Y luego la insoportable sentencia de Blanco: “ahora vamos a hacer justicia”, dice. Como si no les viéramos, apalancados ellos, tanto los supervivientes como los caidos en las ventoleras zetapeicas, lucrados y sobreuntados en lujosísimas prebendas presupuestarias que a todos los demás nos obligan a sufragarles, sin la mínima preparación teórica que su cometido exige para ello, a la misma vez que extienden la ruina y la angustia a su alrededor. Ellos son los que en verdad controlan la pesadilla tétrica de nuestro día a día. Como si no nos hubieran metido ellos de hoz y coz ya hace tiempo a casi todos en mayúsculo estado de alarma. Esta es la estampita zetapeica en el aniversario de la Constitución, que no la teníamos todavía, hombre.

domingo, 5 de diciembre de 2010

A la atención de Jorge Javier Vázquez, presentador de Sálvame

    
 Estimado Jorge Javier:
                                             Estoy seguro que en cuanto llegue a tu conocimiento esta carta, en cuanto veas el video que la acompaña, con ambos abrirás encantado tu popular programa. Y que luego durante largo rato encomiaréis ahí el heroísmo anónimo de ese señor que jugándose el pellejo, sin conocer de nada a ese otro que, encogido y semiinconsciente entre las vías esperaba sólo la muerte, le salvó la vida. No me cabe la más mínima duda que al instante comprenderás lo necesitada que está la sociedad de ejemplos así, y al servicio de esa causa al menos el próximo programa tuyo casi en su integridad entregarás. Son hechos como éste, como bien sabes, los que sin duda constituyen y salvaguardan la urdimbre esencial y última de la Humanidad. Mientras queden personas así, no estaremos del todo perdidos Sé que lo harás, pues no en vano tu programa se llama Sálvame, y que el profundo sentido ético que adorna tu profesionalidad –y el de los directivos que sobre ti mandan- , como demuestra el Premio Ondas que posees, en esta ocasión brillará muy alto.
    
     Un hombre, con toda probabilidad bajo el influjo de sustancias espirituosas, se tambalea de espaldas y al mismo borde de un andén vacío del Metro. Es posible que vocee o canturree, o que maldiga algo. Enfrente una decena escasa de transeúntes, mientras esperan el suburbano, entre vagamente alarmados y curiosos, le observan de reojo. De pronto el hombre da un traspié y se precipita de espaldas por el hueco de la vía. Queda sobre los raíles tirado en mitad de la estación. Los de enfrente se sobresaltan y se remueven entonces, alterados de golpe por la estrepitosa caída. Agitan los brazos, señalan, accionan, corren hacia atrás, se disparan inquietos hacia uno y otro lado, en creciente ebullición de ansiedad. El caído recoge como puede sus piernas hacia el interior de los raíles, quizás creyéndose así fuera de los mismos. No puede, muy dolorido, moverse ya. Fatalmente, debe escucharse en ese mismo instante el silbido y el traqueteo fuertes que anteceden al convoy que viene apuntando hacia el lugar en que se encuentra el cuerpo yacente. Tres o cuatro mujeres, escalonadas una de otra, con bolsas de compras en las manos, sobre el saliente mismo del andén suyo, mueven hacia arriba y abajo las manos libres, acelerándolas, con gran susto metido ya en el  gesto, dirigido a avisar al convoy que a gran velocidad desde la oscuridad del túnel acude inminente.
    
     Es entonces cuando desde ese mismo andén otro hombre, que desde pasillos interiores ha escuchado los gritos, salta a las vías y se dirige hacia el cuerpo caído. Pero el convoy debe estar a punto de entrar. No va a tener tiempo para detenerse y el atropello es inminente. Se vé en la angustia espantosa con que las dos primeras mujeres de forma inconsciente se apartan y se giran hasta el mismo muro de su andén cuando el convoy irrumpe con estrépito, llenando el cuadro. Una de ellas, que lleva un abrigo blanco, se cubre los ojos con la mano, horripilada. La otra, también contra el muro, guarda aún arrestos para girar la cabeza. Tras ellas, enfrente justo del cuerpo caído, en el límite del andén, como petrificados, hay una pareja que contempla todo, aunque con el convoy ya a su nivel, no pueden evitar un paso atrás. Casi puede oírse el pitido del convoy como el escalofrío definitivo.
    
     Y sólo décimas de segundo le sobran al hombre que saltó a las vías, que tiene medio cuerpo dentro de los raíles sobre los que circula el convoy que tiene ya encima,   para de un tirón levantar el cuerpo tendido y apartarse los dos, antes que la maquinaria colosal se les lleve a ambos por delante, porque no puede ésta detenerse a su altura. El hombre fuerte entrega a los de arriba el cuerpo del accidentado. La decena de testigos se arremolina al fin en el andén, atravesada de honda conmoción, alrededor del caído y del anónimo héroe que, por simple instinto para el Bien, exponiendo la suya ha salvado esa vida. Nos enteramos luego que el salvador se llama Ángel, y que todo esto ocurrió en la estación de la Puerta del Ángel. Que es él nada más que un policía en prácticas… Ha pasado un ángel, ya lo creo.  
     Eso fue todo, Jorge Javier. Saludos cordiales.

          

sábado, 4 de diciembre de 2010

Del Rosa al Amarillo, claro

    
     El hilo de los niños graciosillos liándole un poco la mañana a la gran Comunicadora, más el hilo radiante de Ana María M a sus ochenta y cinco, y de sus botes tremendos ante el Cervantes, que tanto a mí me la lían, sólo podían anudarse dentro de mi melón, convaleciente de farola, en el ovillo superior que es “Del Rosa al Amarillo”, la preciosa película de Summers (de ¡1963!), sobre cuya playa final también le gustaría a uno hoy un poco pasearse, y pasearme contigo, lector, si a bien tienes coger mi mano.
    
     Claro, vista con los ojos de hoy, estropeado ya el gusto de todos a base de la catarata de trepidaciones, palabrotonas, efectos especiales, montajes supersónicos y carnaza de vísceras y de fluidos varios, que no otros son los ingredientes básicos del menú del día en las pantallas, “Del Rosa al Amarillo”, con su aparente endeblez argumental, su modestia formal, su cadencia sosegada e intimista invita casi a salir corriendo. El que un poema fílmico tan inspirado –por más que no sea perfecto- como el de que hablamos, a la inmensa mayoría provoque a buen seguro instantáneo repelús, debiera por sí sólo bastarnos para certificar la degradación de la producción cultural dominante y de sus usuarios.

     Y sin embargo, qué dos historias más conmovedoras y románticas se albergan en " Del Rosa al Amarillo", con qué emocionante temblor se adentra su autor en la indagación del misterio que late en el sentimiento amoroso. Del amor en su pureza toda, cabría decir, porque adrede sitúa Summers su doble historia de amor en los confines de la peripecia vital de las personas, en la infancia primera y en la última vejez, cuándo está, o bien aún ausente, o ya extinguida, la llamarada apremiante de la carne que pueda acaso contaminar aquél, cuando no se da el latigazo inaplazable del deseo físico, y vemos brotar nuevo o permanecer nítido el rescoldo de ese desnudo sentimiento, sin un cuerpo que detrás que lo exija. Bucea, pues, con deliberación el director en los confines de la edad de los hombres para insinuarnos que es también entonces el Amor –no como pulsión, sí como ilusión “ilusionada”- lo más sustancial de esas vidas.
    
      Cuando la ví por vez primera hace muchos años mucho más me emocionó, claro, la historia de los niños: la delicadeza con que ese niño recorta la foto de su enamorada para pegársela sobre la esfera del reloj y poder así tenerla siempre presente en clase, el contacto tembloroso de su mano al tomar la de la niña en un juego infantil, las cartas que él la escribe con los ojos enfebrecidos por ella, el miedo por su propia insignificancia física, su pena inconsolable cuando a la vuelta del fatídico verano ella tiene ya un novio formal, mayor que él, y le devuelve la pulsera que él le había regalado, el caudal de ese golpetazo íntimo, cuyo dolor, siendo sólo un niño, entonces conoce, que le lleva a borronear el nombre de su chica en el cuaderno de las matemáticas… para volver a escribirlo al cabo, a pesar de todo, fantaseándose a la vera del mar junto a ella.
    
     Cuando volví a verla el otro día, ay, mucho más me arrebató la aventura de los viejos: ese amor secretísimo y vibrante entre ellos, esa llama inocente que ambos alientan, a pesar de las arrugas y de los cuerpos averiados, a pesar de hallarse separados por sexos dentro del asilo en que ambos están recluidos, alimentado el mismo sólo con miradas, con intuiciones, con sus respectivas presencias, con cartas rebosantes de candor, que arrugadas en gurruño se las ingenian para escribirse y hacerse llegar el uno al otro salvando la estricta vigilancia monjil. Le pide él a ella… ¡que escapen de allí!, que, aun viejísimos, vivan los dos en libertad. Esa noche –un poco como Ana María M la víspera del Cervantes- … cómo llora ella, que se ve incapaz de seguirle, la pérdida de su amor, el hueco que abrirá esa ausencia. Y a la mañana siguiente, rota por esa falta, con qué alud de alegría interior se ilumina y resplandece su rostro al conseguir el premio gordo… pues ha resultado para él en el momento final imposible en conciencia abandonarla, y aun derrotado por la coerción que impone el asilo, ha decidido seguir con ella para siempre, como si el Amor fuese preferible a la misma Libertad, y ella justo entonces lo descubre cabizbajo en su banco de siempre, que es para ellos dorada playa, lector.

    

viernes, 3 de diciembre de 2010

Y-ganar-y-ganar-y-ganar-y-volver-a-ganar-y-ganar


    
     ¿Sabes? De sobra sé que escribir aquí es un poco como escribir en el aire. Sé que tiene algo de ademán inútil que a ningún sitio va, salvo al corazón de mis “seguidores”, a quienes, como diría una folklórica, llevo yo en los centros mismos del mío sentir. Quiero decir con ello que no tiene lo que aquí ponga yo la más mínima trascendencia pública,  aun cuando sea para mí, eso sí, lo más preciado que yo pueda darte, querido lector.
     Y viene esto a cuento porque no ha dejado de mortificarle a uno todo el día la áspera reprobación que hice ayer aquí de unas palabras de Ana María Matute, por más que reprochara yo en ella  más un gesto concreto que la dignidad de su  persona. Pensé luego en sus ochenta y cinco años. Me dije, y qué sabras tú lo que ronda por la cabeza entonces, so berzas. Quizás presienta ella cercana la Parca, con todo lo que eso debe desazonarle a uno, y se aferre al gran Premio como forma de negarla, para asegurarse en todo caso, de la mano que la popularidad internacional del Cervantes otorga, una más extensa pervivencia en la memoria de cuantas más personas mejor. Quién eres tú para hacerle el proceso de sus intenciones a una anciana de ochenta y cinco –ojalá cumpla cien más- inviernos. No sé.
    
     Yo creo que censuraba sobre todo la moderna religión del éxito, que a todos nos perturba el entendimiento. Me acordé luego del conocido verso Machado que tan bien musicara Serrat: “Nunca perseguí la Gloria, ni dejar en la memoria de los hombres mi canción, yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón”.  No nos imaginamos, verdad, a Machado tan desazonado por los premios como los escritores de campanillas hoy, aunque vete tú a saber, que la pátina del Tiempo todo también lo embalsama. ¿Sería sincero Machado al escribir eso? Porque si no lo era, mayor delito que todos los modernos tiene. De nuevo, lector, no sé.
    
     Pero es cierto que le repugnan a uno los estrictos códigos binarios –ganar/perder- en los que se cifra hoy el ser y el sentirte, y el no ser ni sentirte, en la vida. Hay numerosas pruebas al alcance de todos de lo que digo. Incluso en pachangas padeleras del suburbio madrileño, se persigue el ganar con insólita fiereza. Le preguntaban, por ejemplo, a Luis Aragonés qué cosa era el futbol, y era muy triste, en persona tan baqueteada también, ver como a su través fluía, más que su propia opinión matizada,  el Espíritu bárbaro de estos tiempos aciagos: el futbol es ganar, y ganar, y ganar, y volver a ganar, y ganar, y ganar, y volver a ganar…, que casi atragantábase hasta el síncope el hombre, de tanto atracón de ganancias. Y notaban los periodistas que estaba Luis expresando la verdad contemporánea.
    
      Cómo negar que la ilusión por mejorarnos y por competir, y por ponerle tensión de pasión a la existencia, nos hace también mejores. Me tengo además yo por liberal en asuntos ideológicos, aunque sin fundamentalismos. Todo tiene su medida. Cómo no añorar también un mundo más plácido, en el que no hayas cada día de medirte el ego y el público triunfo, en el que no se te conceda tregua ni para respirar en paz y mirar durante dos horas a las nubes sin pensar en nada.
    
     Cómo chirría entonces el ver precisamente a los escritores –que se dicen los más inconformistas y al margen del Sistema y del cálculo burgués- enfangados ellos hasta las trancas en la neurótica obtención del público oropel. Por lo demás, por si de algo valiera, volveré ahora mismo, señora Matute, a releerle ese cuento suyo que tanto me encantó. Y a mentalmente darle las gracias por el mismo.
    

jueves, 2 de diciembre de 2010

And the winner is... Ana María Matute

    
     Va a ser que es uno, como del muá dijo alguien aquí, un resentido cateto y derechista. Creo que esa era la troika calificativa que sobre mi vertía el amigo. Pero sería faltarle a la lealtad que uno debería a sí mismo guardarse siempre si no dijese yo aquí que… es que este mundo no lo entiendo. Vaya por delante que Ana María Matute, su persona y su figura enteras, me merecen el más sagrado de los respetos. No conozco mucho su obra: los tres relatos que la tengo leídos me han gustado, en especial uno sobre un niño que moría, que era extraordinario. Coinciden además numerosos críticos serios en ponderar la excelencia de su obra, y el derroche de fantasía y la riqueza de lenguaje y estilo que en su “Olvidado Rey Gudú” brillan, y que es seguro que permanecerá por largo tiempo su extensa obra en los anales literarios. Digno de encomio considero también el coraje con que a lo largo de su peripecia vital ha afrontado ella muy dolorosos infortunios personales.
    
     Por tanto, lector, la despiadada censura que ahora vas a leer, si me sigues, no va dirigida ni a su persona ni a su obra. Más bien vitupérase un gesto social, el mismo que, por más vueltas que le de, no encuentro puesto en razón. Vuelve uno por tanto a darse otra vez inútiles cabezazos contra el signo de los tiempos, que vienen a ser éste como la farola esa que el otro día ya  te presenté. Que va a hacérsele. Se rasca uno un poco y ya está. Además, entre tú y yo, lector, siendo yo casi nada, una troika de la nada, diríamos, y por lo mismo, si apenas a parte alguna esto llega, y que desde luego siendo esto así, sobraría incluso tanto prolegómeno disquisitivo ya, que comprendo yo, lector mío, que andes a punto de mandarme a la mismísima Chimbamba.    
    
     Verás, samaritano lector mío, reconoció Ana María, en rueda de prensa anterior en un mes a la oficial concesión del galardón que “si me dieran el Cervantes, daría unos botes tremendos”. En persona de ochenta y cinco años chocaban un poco esas audacias, algo así como cuando un novillero a grandes saltos cita de frente al morlaco por llamar sobre todo la atención del respetable jurado, por si acaso hallábase éste amodorrado. Eh, que estoy aquí. Bueno, el Cervantes llegó. Se lo dieron, que siempre hay alguien que tiene que darte algo. Tiene una asignación de 125.000 euros, acaso lo de menos. Podía haber Ana María entonces haberse contenido, pero se ve que es la desenvuelta sinceridad la moneda en curso hoy, que a todos se nos pega a las manos, y siguió ella confesando su verdad eufórica, por mucho que en el lance descompusiera ya del todo la figura: “esto es un estallido de felicidad… esta noche no he dormido, tenía unos nervios que me moría”.
    
     Pareciera que, en efecto, con el Premio hubiese ella el mismo cielo alcanzado, y como si del mismo hubiera dependido nada menos que abatirse del todo en su desdicha o abismarse sobre el eterno infierno. No comprende uno este desaforado entusiasmo en absoluto, máxime cuando se han tenido ya en la mano todos los premios del mundo, que lleva a cifrar en la obtención de un Premio, por el que duramente se competía con otros, la más absoluta felicidad. ¿Tenía de verdad Ana María la noche anterior “unos nervios que me moría” por GANAR el dichoso Premio? A fé que sí, como vemos,… para pasar a continuación a declarar, puestos ya (y puede verse con ello que la cabeza divinamente le rige), que… “habrá quien escriba para ganar premios, yo no” (¡) (¿entonces?) y más aún, que en su obra “siempre he querido comunicar la sensación de desánimo, de pérdida. Vivir es perder cosas, eso está hasta en el primer cuento”. Ganar, perder, ¿lo entiendes al menos tú, lector mío?
    
     Le maravilla una vez más a uno el comprobar como también entre los “creadores” (y acaso entre ellos más que en el resto, a pesar de las leyendas de rebeldes a todo lo establecido con que se adornan) funciona a la perfección el ancestral mecanismo de premios y recompensas – perritos de Pavlov todos-, públicamente sancionados además, a fin de sentirse definitivamente a gusto con uno mismo y con su puesta en sociedad. Ni la contemplación personal de los logros de la propia obra, ni la carta agradecida de un lector anónimo, o de cien, ni la admiración de los amigos íntimos, ni la consideración de los más respetables sabios, ni la propia satisfacción por la obra que sobre todo a uno ha de cautivar… bobadas, el Premio, el Premio.
    
     Y como digo pasma más aún semejante frenesí ganador en persona tan sensata, que posee ya en su haber una larga lista de trofeos: Café Gijón, Planeta, Nacional, Premio de la Crítica, Nadal, Fastenrath, otra vez el Nacional, por decir sólo los más nombrados. Porque si admitimos ese afán acaparador, que debiera extrañarnos sobre todo en un escritor, entonces, ni un solo reproche cabe hacerle a que Sara Carbonero quiera operarse hasta de la planta de los pies, si le peta, e impartir luego lecciones de periodismo en el mundo entero, si le place, o al multimillonario de turno  que persigue con denuedo y codicia hasta el fin de sus días el negocio más formidable del mundo que más y más le llene la faltriquera, o al concursante del reality que vende su pasado al mejor postor con tal de pasar el corte. En todos esos casos cabe sostener que una idéntica disposición psicológica de afirmación por encima de los demás es común, y que una obsesiva búsqueda del público reconocimiento también se repite. Pero es que ganar-y-ganar-y-ganar es el imperativo categórico de estos tiempos que, como se ve, incluso roba el sueño de sus mejores personas. Porque, mea culpa lector, también querría haber conquistado yo hoy el  merecimiento hasta aquí de tu atención.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Historia de la sorpresa que aconteció entre la gran comunicadora y los niños


     
      Tenía la radio esa mañana reservada una sorpresa para Ella. Y se la dieron unos niños. Explícome ya, lector. Tienen ganada fama los niños (junto a los borrachos y a los locos) de poseer consigo mismo, y de soltársela a la mínima a cualquiera que se les cruce, la más verdadera de las verdades del barquero sobre las cosas esenciales de la vida. Se interrogaba Dumas –lo he pillado al vuelo hace un minuto en la Wiki- : “¿cómo es que siendo tan inteligentes los niños, son tan estúpidos la mayor parte de los hombres? Debe ser fruto de la educación”,  que se contestaba ya él mismo de paso y todo. Y es que desde Rousseau para acá, sólo los borrachos y los niños nos dicen la verdad, repetimos a menudo. Cree verse en los infantes (igual que en los locos) una suerte de inocencia, una pureza original, en ellos no contaminada por la artificiosa convención de la sociedad y la mentira que la misma a diario nos exige, que les llevaría, sin cálculo ni componenda alguna, a expresar por su boca las sentencias más definitivas y veraces casi sobre el fondo de cualquier asunto.
    
     Y como esta sociedad –para olvidar en parte el insólito en términos históricos envejecimiento poblacional en que consiste- idolatra como pocas esa imagen roussoniana de la infancia, observamos multitud de relatos y de películas en las que el exclusivo prisma de la supuestamente delicada y natural visión infantil aporta el mensaje último del autor y la más rotunda certeza que la historia en cuestión pretenda albergar. Es como si la Verdad profunda pudiese expresarse sólo a través de la mente, aún no del todo consciente, es decir, aun no del todo racional, y por tanto más en contacto con ese magma oscuro e intuitivo que la estricta Razón no puede alcanzar, de un niño. “Donde hay niños, existe la Edad de Oro”, clamaba Novalis.
    
     Obsérvese como, en la reciente muerte de Michael Jackson –el hombre que nunca quiso crecer, que se rodeó para siempre de niños, que le puso a su rancho Neverland, en honor de Peter Pan, el niño eterno- fueron las lágrimas y las frases definitivas de su rubia hijita las que al cabo terminaron por absolverle en el universal juicio catódico.  
     También las programaciones de los mass media han reflejado, claro, ese puerólatra enfoque, y a menudo entrevístase a niños, en parte para variar en algo el habitual menú, pero también para descubrir en sus peregrinas ocurrencias la cifra última y certera de los problemas que azacanean nuestra existencia.
    
     Bueno, pues con motivo –y qué más oportuno motivo- del Día Internacional de la Infancia, una de las principales comunicadoras de la radio de nuestro país tuvo a bien organizar eso, una especie de entrevista a niños de entre diez y once años: llenar así las ondas de las gracias únicas de los niños, de sus voces, hay que ver lo agudos que son, su chispa genial, esas cosas. Es la popularísima comunicadora asimismo conocida, antes, por tener cada viernes noche creo que era, Una Sorpresa Para Ti, donde un poco todos como niños allí llorábamos con aquella pornografía sentimental, y ahora por su también sentimental filiación al zetapeísmo, que ella traduce de vez en cuando en complacientes entrevistas a sus mentores y en algunas airadas proclamas anticapitalistas que pone ella en las ondas.
     Claro, ya de sobra lo habrás supuesto, taimado lector, que si aquí la traigo, taimado mamoncete yo también, es porque resultó la sesión en verdad memorable:
    - A ver, a ver, quería yo preguntaros acerca de la actualidad, qué opináis de los políticos, a ver…
    - que me aburren… que es un rollo… (  óyese, en infantil confusión de voces)… que es muy malo (suelta al cabo un niño).
     - a ver, a ver, ¿quién es muy malo? (dice la Comunicadora, como si unas invisibles antenas se le despertaran y hacia allá apuntaran, en busca del tesoro imaginado)
     -… ¡Za-pa-te-ro! (repiquetea solemne y martilleante la misma voz filial de antes)… Sí, es muy malo (se oye más al fondo otra voz entre risas diciendo eso).
     -... ¿Zapatero?... (diríase que tragando saliva de golpe la gran comunicadora, encajando la sorpresa para sí) … ¿es muy malo Zapatero?  (aquí se le afila un poco a ella la voz).
     - …Sí…
     - ¿Si? ¿te ha pegado Zapatero? ¿te ha hecho algo?  (melismas fiscales ponénsele en la voz a la gran comunicadora en ese instante, qué cosas ella pregunta)
     - ¡Me dio un beso cuando era pequeño…!  (dice al otro lado del hilo el niño asturiano, con la voz más débil).
     -¿Y entonces? … ¿Por un beso le llamas malo? (y estira la o como una crema suavizadora extendida allí mismito por la Doña, ¿maloooooo?)
     - …No…
     -… Entonces…
     -… ¡Nos ha hecho estar en crisis! (suelta el guaje, como repitiendo algo oido a los mayores)
     - … ¿Los? ¿Cómo? (inquiere la comunicadora, sin duda algo perpleja ante lo que está pasando)
    - ¿Él solito? ¿Nos ha hecho estar en crisis él solito? (tercia una colaboradora, y no sabe uno si es que en ese punto a la gran comunicadora le ha dado un vahído).
     -… Sí…
     - Bueno… ¿y qué más? (inquiere de nuevo la Doña?
     - … que me aburren (apunta una voz de niña entonces)
     -…Pero si cuentan muchos cuentos, si los políticos cuentan muchos cuentos (apunta la gran comunicadora, riente ahora, viniéndose arriba… sólo que no le queda ya tiempo, no ha salido la cosa como se pensaba, lástima)… Bueno, bueno, chicos, con los políticos no se puede generalizar, ¿eh? no todos son iguales, en fin…
     Y ese fue el día de la Infancia y la bonita sorpresa que el mismo tenía guardado para nuestra gran comunicadora, que con esos locos bajitos nunca se sabe, que el que se entrevista con niños se levanta…, salvo que seas la Vice, claro, aunque a ella, ahora que lo pienso, fue otro chavalón el que de lo lindo se la jugó.